El cangués que echaba chispas
A partir de una fotografía de 1925 en la que aparecen Ruth Matilda Anderson y los hermanos Ferreiro, Tano Ramos rescata una anécdota conservada en la memoria popular canguesa: la de «Truchín», el joven que persiguió a unas nenas por la calle de la Fuente dejando un reguero de chispas bajo sus madreñas ferradas.
El cangués que echaba chispas
Tano Ramos

José Luis Ferreiro con su hermana Mª Teresa y Ruth M. Anderson en Cangas del Narcea, mayo de 1925. Fotografía de Alfred Anderson. Fuente: The Hispanic Society of America.
Cada vez que miro esta fotografía me acuerdo de mi tía Carmina. Miro la foto y veo a ese joven atildado corriendo tras unas nenas por la calle de la Fuente abajo, agitando un bastón con el que pretendía arrearles unos palos. Una de esas nenas era mi tía Carmina. El joven estaba muy enfadado con ellas porque se burlaban de él a menudo. ¡Truchín, Truchín! Aquel día explotó y echaba chispas. Pero además, literalmente. Calzaba madreñas ferradas con clavos y la calle de la Fuente era una cuesta empedrada: saltaban chispas bajo sus pies. Fue lo que perduró de aquella persecución en la memoria popular.
El joven de la fotografía es José Luis Ferreiro. Posa junto a su hermana, Teresa, y la fotógrafa estadounidense Ruth M. Anderson. Mayo de 1925. Ferreiro tenía 21 años, era un estudiante de Derecho, un miembro de la burguesía canguesa. Mi tía Carmina era entonces una nena de nueve años y pertenecía a una de las familias pobres de la calle de Abajo. No podía haber más distancia social entre ellos. ¡Cómo iba a alcanzarla!
Ferreiro recorrió entera la calle de la Fuente, bajó echando chispas hasta el enlace con la calle de Abajo. Ahí ya no supo hacia dónde continuar. Había perdido de vista a las nenas. O bien habían tirado hacia la Veguetina o habían enfilado por Rastraculos arriba. Se detuvo, frustrado, sin haber conseguido sacarle ni un mínimo partido a tanto esfuerzo.
Mientras Ferreiro refunfuñaba bajo el corredor azul de Radis (¿quién viviría allí entonces?) mi tía Carmina estaba muy cerca, pero bien escondida. Había doblado la esquina en dirección al río, pero en lugar de seguir corriendo, se metió en un portal, subió las escaleras hasta el segundo piso, entró en la vivienda y buscó refugio debajo de una cama. Conocía la casa porque era la de su amigo Ramón, que tenía más o menos su misma edad. Las puertas de las casas permanecían entonces abiertas, no había costumbre de cerrarlas con llave.
En mayo de 1925, José Luis Ferreiro hizo de cicerone en Cangas a Ruth Anderson. Quizá mi tía Carmina y su amigo Ramón, los nenos y nenas de la calle de Abajo, vieron aquellos días por la villa a la mujer que fotografiaba el puente de madera de Ambasaguas, a mujeres en la Veguetina y en la calle Mayor, a paisanos en las bodegas. No pasaba inadvertida para nadie.
Después de aquello, Ferreiro apenas sumó once años a su vida. El amigo de mi tía Carmina, Ramón, un poco más. Al abogado lo mataron en septiembre de 1936. Y al joven jornalero de veinte años de edad, en enero de 1938. En cambio, mi tía Carmina sobrevivió a ambos muchos años, muchos.
Mi tía ya había fallecido cuando vi por primera vez la fotografía de Ferreiro y Ruth Anderson. Cuando se la enseñé a mi madre, dijo: este es Truchín, el que perseguió a Carmina y a sus amigas por la calle de la Fuente con aquellas madreñas con clavos. Entonces se puso a contarme una historia de rayos y centellas. Las nenas que huían, veloces como un rayo, del joven que iba soltando centellas.
José Luis Ferreiro fue un cangués apasionado de la genealogía, las antigüedades y el arte popular. En la memoria de mi casa era Truchín, el que echaba chispas.











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