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RUMBO A SANTIÁU DE SIERRA. «In memoriam» José Álvarez Cabezas

17 de septiembre de 2025/en De la vida rural, Historias con nombre y apellidos/por Jesús H. Feito Calzón

Daban las cuatro de la tarde por Cangas cuando arrancamos en El Paseo los dos coches que nos iban a llevar a Santiáu. La tarde de finales de abril resultaba una tarde tibia de primavera, tras una Semana Santa fría y bastante lluviosa, un tipo de tarde en la que el tiempo parece querer variar constantemente haciendo pasar en sólo una jornada por todas y cada una de las estaciones.

Collar, como acostumbra, nos conduce tranquilamente por la carretera que serpentea junto al río Narcea, camino de Portiel.la, para girar en este punto hacia la derecha y cruzar el río, dirección a Ounón. Comenzamos aquí un trayecto de apenas unos kilómetros. Sin embargo, parece hacerse mucho más largo y tedioso por lo sinuoso de su trazado y por el firme, que, kilómetros arriba, se muestra plagado de baches que hacen traquetear el coche: otra muestra más del abandono al que se enfrentan nuestros pueblos, mayor cuanto más alejados están del núcleo urbano.

Cada curva desvela una postal distinta. La primavera se nota en todas partes: en el río, a nuestra derecha, que corre limpio y alegre, desaguando las copiosas lluvias de los últimos días y haciendo rebotar la luz sobre las piedras claras del cauce, río que de golpe desaparece brevemente en algunas curvas, engullido por una incipiente vegetación de ribera, de un verde tan intenso que parece incrementar por momentos la frondosidad de la arboleda, y río que reaparece luego entre los claros, mostrando la fuerza de sus frías y rabiosas aguas; en los prados, salpicados de margaritas y dientes de león; en las laderas moteadas de escobas en flor; en el murmullo de los árboles, que empiezan a desplegar sus primeras y tiernas hojas. El aire huele a tierra nueva, a agua y a flor de manzano. Un perfume áspero y dulce a la vez, imposible de calificar por muy familiar que se nos presente.

A la entrada del pueblo, a mano derecha, nos encontramos con la casa Santiaguín, nuestro destino final. El lugar, casi en silencio, parece aguardarnos con la paciencia de quien sabe que lo importante siempre llega a paso lento. En la entrada de la vivienda nos espera la familia de José Álvarez Cabezas: su viuda Berta, su hija Belinda y su nieta Romina, tres generaciones de mujeres que pujan por mantener vivo el territorio al que pertenecen. Salen a recibirnos con sonrisas abiertas, acogedoras, sinceras, de esas que no se aprenden sino que se heredan. Pegados a la casa, a modo de macetas y escalones, nos sorprenden ya unas enormes e impertérritas moles pétreas cinceladas toscamente y en un solo bloque: una colección de duernas y entremisos resignados a cumplir anguano funciones bien diferentes de las que antaño cumplieron. La casa, con su aroma a madera vieja, se revela como un cofre repleto de tesoros. Cruzar el umbral es como entrar en otro tiempo, uno más lento, más callado, donde los objetos que nos rodean todavía se nombran por su nombre auténtico y verdadero.

Charlamos brevemente antes de comenzar, saludándonos y poniéndonos al día como si nos conociéramos de siempre. Después, con el cuaderno de campo en la mano y la cámara de fotos al hombro, pasamos a la sala en la que pensamos iniciar el inventario: una sala de bajo techo, apenas iluminada de forma natural y a la que se accede a través de un par de escalones.

La tarea encomendada consiste en registrar, describir y fotografiar cada una de las piezas conservadas en la casa, relacionadas todas ellas con los usos tradicionales y propios de una casa de campo de Asturias. Ardua tarea al contemplar en un primer vistazo la ingente cantidad de piezas que abarrotan la sala: toneles alineados como muñecas matrioskas; docenas de canadas; cachos; embudos…todos de madera seca y tallada a mano y que aún conservan el aroma a vino añejo, que todavía nos hablan no sólo del vino como producto, sino como cultura, como forma de vivir; tarreñas; escudiel.las de diversos tamaños, ferradas centenarias con aros de metal corroído; instrumentos musicales que parecen haber olvidado con el tiempo las notas y letras de algún viejo cantar. En una esquina, un pequeño altar doméstico en el que, entre diferentes objetos sagrados y litúrgicos, sobresale, majestuosa, la Virgen de la Salud.

Junto a todas estas piezas de madera, un conjunto precioso de cerámica esmaltada, de reflejos verdes, azules y pardos se sustenta a duras penas sobre destartaladas estanterías y alacenas. Fuentes hondas, redondas, cuadradas, y algunas de ellas desconchadas, jarras con motivos vegetales, platos que sirvieron potajes en pretéritos inviernos.

Durante un par de horas fuimos desgranando objetos, con paciencia, uno a uno, como en una coordinada cadena de producción, en la que cada uno desempeña con esmero y precisión la función encomendada: Así, mientras dispongo y etiqueto las piezas, Benito las va fotografiando sobre un escenario improvisado, Alberto toma y canta las diferentes medidas, dimensiones y detalles descriptivos, mientras Jonathan anota de forma precisa la información más relevante en las fichas del cuaderno. Collar, sentado en el viejo escanu vigila, ojo avizor, que las piezas no se mezclen y nos lleven a errores. Y mientras tanto, cada objeto nos cuenta una historia, cada grieta en cada pieza nos habla de sus usos, de sus abusos, de generaciones, de tiempos pasados, bajo cielos ya olvidados. Cada arañazo, cada fractura, cada desconchado… es una línea, un punto en el mapa de toda una vida.

Dentro de la sala, sólo el murmullo de nuestras voces nombrando objetos, registrando medidas, anotando el estado de conservación, fotografiando detalles, intentando no alterar demasiado el sueño perpetuo de objetos casi olvidados.

Ochenta piezas en total fueron catalogadas en esta primera jornada, cada una con su historia, su lugar, su lenguaje. Documentarlas no es sólo un acto técnico, es una forma de escucha activa, de respeto, de agradecimiento a aquello que, en silencio y sin pedir nada a cambio, aún permanece prácticamente inalterable.

Cuando dimos por concluido el trabajo de la jornada, caía la tarde sobre los montes y ya el cielo empezaba a encenderse con los tonos cobre y malva propios de la estación. Una vuelta por las diferentes piezas de la casa, en las que nos esperan entre el polvo y la tenue luz de la tarde incontables objetos que parecen querer burlarse de nosotros recordándonos la tarea que nos queda por delante. Resultaría interminable la lista. Después, la familia nos invita a pasar a la cocina, reuniéndonos en torno a la mesa. Nos ofrecen café recién hecho, humeante, puro, acompañado de una bol.la de las tradicionales, de las de siempre, de esas que ya no se encuentran en las pastelerías y obradores de la villa, bol.la con sabor a anís y limón, amasada y cocida en el fornu casero. Dos botellas de licor sobre la mesa nos recuerdan que debemos conducir de vuelta a casa.

Esta primera jornada no fue sólo de trabajo. Fue algo más parecido a un pacto tácito y silencioso con la memoria: “Mientras me sigas susurrando tu historia, yo te seguiré respetando”. El inventario, más que una lista de objetos, resulta el comienzo de una conversación con la tierra, con la historia viva de sus gentes. Y al salir de Casa Santiaguín, pasadas las siete de la tarde y con el cuaderno lleno de palabras y nombres, supimos que algo esencial había empezado a revelarse.

Y así, día tras día, semana a semana, dos meses y medio después y tras varias sesiones de trabajo, finalizamos la tarea con un total de 1.140 piezas catalogadas e inventariadas.

Fueron hermosas tardes de primavera y verano, invadiendo, recorriendo y descubriendo la intimidad de la casa familiar: primero, en la sala ya descrita; después, en el enorme desván, dividido en tres niveles y cuatro diferentes estancias, a la luz de pequeñas claraboyas y a las sombras de telarañas cubiertas de denso polvo, enorme santuario del tiempo en el que la historia se amontona en forma de objetos dormidos, revelando un caos semiordenado de múltiples y variadas herramientas, cántaros de barro, camas y cunas, ruecas que en su girar aún parecen susurrar en una lengua que se resiste a morir; en la antigua l.lariega, que aún conserva parte del viejo y barrigudo fornu, cocina añeja, empapada en un aire denso y aromático que nos trae a la memoria el sabor a pan recién hecho, archivo de almas pretéritas trajinando entre sombras en las que el humo, con delicada paciencia, fue tiñendo de negro hollín; en el exterior de la casa, en la panera, cuyo corredor parece suspendido en el tiempo, lugar de encuentros juveniles y promesas que quedaron sin cumplir,  y debajo de la mole de madera que reposa sobre robustos pegol.los, un espacio que mantiene a salvo de la intemperie máquinas y aperos de labranza jubilados de forma forzosa y a veces anticipada, y sustituidos por otros más modernos, menos esclavos, más eficaces; herramientas de madreñeiru, de mango de blanda madera finamente pulido por el continuo roce de sabias manos y en los que la carcoma va dejando su rastro de destrucción; cestas, maniegos que antaño transportaron la cosecha que daba el sagrado sustento anual a la familia; en cualquier requexu de la casa, en el que cuelgan por doquier cacharros de hierro forjado a base de fuego y sudor, y que muestran orgullosos las cicatrices del martillo sobre su negra y metálica piel… todos ellos lugares en los que redescubrimos muchos de los objetos de los que teníamos ya constancia, y también descubrimos muchos otros ingenios, pensados y creados para facilitar las múltiples tareas propias de una casa de campo, de los que no conocíamos su función y, menos aún, sus nombres, pero que, de la mano de Berta, pasan ya a formar parte de nuestra memoria.

Y con cada objeto, recogido acá y acullá y atesorado por José, y envueltos en aquella atmósfera, nos dejamos llevar por la imaginación, recreando mil y una fantásticas historias ligadas al mismo: la de aquel bebé que, a la vera de la l.lariega, dormita tranquilo al suave balanceo del trubiecu que su abuelo le construyó con verdadera pasión meses antes de que naciera; la de la sarmentosa mano de la anciana que, en las nueites de filandón, gira con la maestría que dan los años y la experiencia el ligero fusu, mientras que con la otra mano deslía las hebras del vellón de suave y amarillenta l.lana que calecerá los pies de sus hijos en el frío invierno, al tiempo que, vigilante a comportamientos poco decentes de la mocedad, va entretejiendo historias de renubleiros y sumicios con viejos y pícaros cantares; la del joven confiado y emocionado a partes iguales, que tras el pretil de un puente viejo de piedra, levanta con firmeza el paletón para, si el acierto lo permite, variar con un poco de pescado fresco la monótona dieta de la casa familiar; la de los dedos del curiosu, que guía con firmeza las finas gubias y formones que devastan la madera, dibujando líneas que embellecen ¡y hasta qué punto! los cuerpos de las esbeltas ruecas; la de las iniciales grabadas a fuego en  el asa del manieguín, que desatan en nuestras mentes cientos de posibles combinaciones de nombres y apellidos de tan insigne propietario, o quién sabe si propietaria…¡Y vuelta a empezar!

Y también tardes de cocina, de café caliente y l.lambionadas varias, elaboradas por las hacendosas manos de Berta y de sus hijas. Tardes entre comentarios, anécdotas, risas y también alguna que otra lágrima que empaña por momentos los ojos de nuestras anfitrionas.

Y así, no nos queda más que agradecer la hospitalidad  y acogida por  parte de todos los miembros de la familia Santiaguín, a los que día a día fuimos conociendo: la matriarca, Berta Riesco Barrera; sus siempre cariñosas hijas Olga y Belinda para con “la sua mamina”; su yerno, Ricardo; sus nietas Érika y Romina y su nieto Izan, y también aquel otro, Diego, que por razones laborales tuvo que ausentarse del hogar y al que no llegamos a conocer personalmente, pero sí muy bien de labios de su familia.

Y también agradecer una vez más a todos y cada uno de los componentes del Tous pa Tous: a Collar, cómo no, por habernos despejado el acceso a tan buena y noble familia, a Jorge de Marcelo y a Alberto Cachón “El Gaucho” por tomar con precisión medidas y magnitudes, depositando con esmero cada una de las piezas de forma que quedaran, si no mejor, al menos igual a como estaban; a Sandra Flórez, que tras el etiquetado de piezas nos deleitó haciendo retumbar con destreza aquel par de castañuelas que, colgadas de un gabitu, remoloneaban por eternos meses y a la chita callando, como si se tratara de unos enormes y boquiabiertos arizos pendientes de la cana de cualquier castañalona, esperando el aire de las castañas que los despabile; a Benito Sierra, siempre en silencio y concentrado en su meticuloso trabajo, y  por registrar, además, esos momentos de intimidad y complicidad en torno a las humeantes tazas de café; y a Jonathan, si se me permite decirlo, nuestro becario favorito, por su trabajo de recogida de la información in situ y el ingreso de la misma en la base de datos creada para tal fin. A todos y todas que, de una forma u otra, han sido parte activa en esta tarea.

 

                                                         Santiáu de Sierra, 29 julio de 2025

Etiquetas: artesanía, Concejo, etnografía, Rumbos, Santiago de Sierra, viajes
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