Rumbo a Nuestra Señora de Castanéu
La AS-15 no solo une puntos geográficos, une etapas de historia, fe, economía y comunidad. Desde el esplendor palaciego hasta el molino que aún muele y el monasterio que el tiempo desdibuja, cada parada es un poema a punto de ser escrito. La crónica del camino es la invitación a desacelerar, a escuchar el agua, sentir la piedra y leer la sucesión de seres y oficios que, en esta orilla del Narcea, hicieron latir este valle.
Salimos de Cangas a media tarde, en plena canícula y en vísperas de Nuestra Señora, y pasado Arayón, a los pies del camposanto municipal, entre castaños centenarios y caminos olvidados, dos antiguas serrerías de madera, fantasmas de hierro oxidado y madera carcomida, yacen agónicas al borde de la carretera. Sus paredes abiertas como heridas aún conservan el eco lejano del trabajo y el aroma a virutas y serrín. Las sierras aparecen ya oxidadas, mudas tras años de silencio. Rodeadas por un mar de árboles que ya nadie explota y pilas de madera amontonada que resiste la humedad y el olvido, son vestigios del bullicio que una vez sostuvo a parte de este pueblo. Hoy, son símbolo del abandono: esqueletos de una economía que murió cuando sus gentes decidieron que ya no merecía la pena continuar. En esta comarca, donde la madera aún abunda, el vacío humano crece como la hiedra, lento, imparable, silencioso.
Del otro lado del río, a mano izquierda y fruto de la herencia señorial, nos deslumbra el Palacio de Uría, en Santulaya. Con galería acristalada en dos plantas, levanta orgullosos muros que recogen la historia de una familia ilustrada y liberal de nuestro concejo: es la cuna de José Uría y Terrero, primer alcalde del ayuntamiento cangués, representante del concejo en la Junta del Principado y diputado provincial, y de su hijo, José Francisco Uría del Riego, que fue director general de Obras Públicas, y que tanto empeño puso por mejorar las comunicaciones de nuestra región y aportó sus sabios conocimientos para la agricultura y para el cultivo del vino en nuestro concejo.
Avanzando poco a poco, la carretera serpentea junto al Narcea hasta un recodo que invita a detenerse: el Pozo de Chanu. Un remanso fluvial donde vecinos y foráneos acuden a relajarse en un entorno natural y tranquilo y a refrescarse en las cristalinas aguas en las cálidas tardes del verano. El rumor del agua contra la roca forma una poza que deja ver su fondo de cantos rodados, y más abajo, a los pies del puente, otra de mayor profundidad, aunque no tanta como en décadas pasadas, en las que la estacada que retenía el agua para la presa, hacía que el nivel fuera más alto. En ella, los jóvenes más aguerridos muestran aún hoy sus habilidades y valentía mezclada con cierta inconsciencia, arrojándose desde el puente y recuerdan que uno, en una ocasión, emergió sosteniendo entre sus dientes una hermosa trucha.
Más adelante y ya alcanzando los 400 metros de altitud, una vez superada la panadería Penlés, divisamos el barrio de El Cascarín, pero éste del pueblo de La Riela, aferrándose a la ladera, aprendiendo a convivir con la pendiente, y atravesamos entre casas desordenadas La Riela Parandones, —onde andan las muyeres a caballo de los homes— lugar en el que entemecen sus aguas el Narcea y el Coutu, con sus dos hermosos puentes medievales, a cual más guapo, uno para cada río, así evitamos los celos. Con su capilla del Ecce Homo, en el barrio de El Santo y con su antiguo monasterio románico dedicado a Santa María, hoy en ruinas tras siglos de abandono, este paraje contiene la memoria del monacato benedictino y la decisión de la “Regla” que aquí se impuso.
Saliendo ya por L`Arenosa, abandonamos La Riela Parandones, y, siguiendo siempre el curso del río, nos acercamos a Veiga-i-Pope, l.lugarín en el que podemos visitar el molín de Pepe, uno de los últimos molinos en funcionamiento, con más de seis siglos de historia. La rueda del ingenio gira con el flujo constante del Narcea allí donde el polvo de la harina recién molida y el olor a madera húmeda dialogan con el aire puro del valle.
Antes de alcanzar Augüera-i-Castanéu, atravesamos Cibuyu, donde reposa en soledad y custodiando historias de peregrinaje y fe, la iglesia parroquial de San Salvador, templo del siglo XIII y estilo románico, con nave única y ábside semicircular, bóveda de cañón e interesante conjunto de pinturas murales recuperadas recientemente tras siglos ocultas bajo numerosas capas de la cal supuestamente profiláctica de epidemias, como la peste o el cólera y según creencia popular, castigo divino. En ellas se representa a modo de aviso a navegantes, de un lado el inferno y del otro la resurrección de los muertos y la entrada al paraíso celestial. En el cabidru de la iglesia nos toparemos con la placa que «el Tous pa Tous» colocó hace unos años en memoria de Agustín Jesús Barreiro, notable naturalista, buen antropólogo y mejor historiador, nacido en el pueblo y socio de nuestra entrañable asociación. A continuación, superado El Cristu Puchanca, llegamos a Las Frauguas, desde donde arranca la antigua pista que llevaba a Castanéu pero que ahora está en desuso.
Poco antes de este punto ya divisamos a los pies del pueblo de Castanéu y suspendida entre lo real y lo encantado, la iglesia de Nuestra Señora de Castanéu, fundada en el siglo XII según consta en su lápida de consagración (año 1186) colocada en su fachada norte y que en la actualidad está depositada en el Museo Arqueológico de Asturias. Resulta ser ésta un hermoso ejemplo del románico rural de nuestro suroccidente asturiano, siguiendo los esquemas de nave única rematada con un ábside semicircular y conservando en su interior interesantes piezas de imaginería.
A la entrada de Augüera, dejamos la AS-15 para coger a mano derecha, la carretera que nos llevará en continuo ascenso a Sierra y Castanéu.
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Compuesto por 15 casas, la hijuela comprende, además, los pueblos de Augüera-i-Castanéu, Sierra y Táranu. En Augüera, por razones obvias, no nos detendremos más de la cuenta, pues la pasión nos haría perder irremediablemente la objetividad. Mejor lo dejamos para un monográfico posterior. Un ascenso de unos 600 metros y tropezamos con el cementerio, y a mano derecha la iglesia en el campo de la fiesta, y un poco más arriba, el pueblo.
Nos reciben en la entrada de la casa, agazapados bajo un toldo protector de un sol asfixiante, Josefa y Jorge, unos moscones que decidieron echar el ancla en este pueblo hace ya más de dos décadas. Ella, enfermera, ya había tenido su primer destino en Cangas del Narcea, allá a inicios de los 90, lugar que le resultaba prácticamente desconocido y del que solo tenía referencias por su hermano, asiduo visitante a las fiestas de El Carmen. Tras un paso de unos tres felices años por tierras baleares, deciden retornar a Asturias, donde un nuevo contrato les hace recalar de nuevo en nuestro concejo: “la tierra tira, y ya teníamos muy claro que quería volver a trabajar en el hospital Carmen y Severo Ochoa y vivir en el suroccidente asturiano”.
Y fue la casualidad la que los llevó a Castanéu. Un anuncio en una agencia local rezaba la posibilidad de adquirir a bajo precio una vieja casona, con mucho por rehabilitar, pero que parecía cubrir las expectativas de la pareja. Y fue también casualidad el poder localizar al vendedor y tratar directamente con él, con lo que con una cosa y con otra, al final el precio salió redondo: “Ahí se reforzó aún más el aprecio por estas gentes del suroccidente asturiano. Estas cosas se dan aquí, y en ningún lado más. Nos dijeron que sabían perfectamente lo que para una pareja joven suponía establecerse por estos pagos y que harían todo lo posible por facilitarnos las cosas. Y vaya si lo hicieron”. Y allá arriba, bajo un cielo que parecía mucho más limpio y más cercano, comenzaron a hilvanar primero y luego coser su nueva vida.
No tardó en llegar Aida, y a pesar de ser una bendición, llegó cargada de nuevos retos. Creció jugando por los prados y por las caleyas, en ocasiones al cuidado de su abuela, que acudía puntual cuando necesitaba ver a su nieta y de paso echar una mano. Aida se escolarizó en la escuela rural de Augüera, junto con el resto de niños y niñas del pueblo y de otros pueblos de la zona, junto a los maestros y maestras que curso tras curso llegaban y con los que conformó su nueva familia. Desde el primer momento se incorporó al ambiente del aula sin, para disgusto de su madre, una lágrima, sin un berrinche, sin una pataleta… aprendiendo no solo a leer, a escribir, a manejar con soltura las cuatro reglas, sino algo mucho más importante: que una comunidad tan escasa en número de personas puede estar repleta de afectos y de lecciones de vida. Aprendió a leer la honradez en las miradas, aprendió a leer la nobleza en cada gesto, la solidaridad en tiempos más duros, la cooperación ante las adversidades.
Y al mismo ritmo que la niña crecía, crecían también las dificultades: el traslado semanal a la villa para acudir al centro de secundaria y al bachillerato (este sin opción a transporte), a la Escuela Municipal de Música, el viaje semanal a Grau, en donde recibía clases particulares de piano, los viajes al conservatorio superior de Música de Avilés, la falta de transporte público, las dificultades en las conexiones telefónicas e internet, que hacía las gestiones burocráticas largas y tediosas, cuando no imposibles, etc.
Y con todo ello, Chefi, incrementada aún más si cabe su eterna curiosidad por conocer, entender y comprender a las gentes del mundo rural, y vinculada de una forma más estrecha con la sección de música tradicional de la Escuela Municipal de Música, se licencia en Antropología por la UNED. Chefi y Jorge se enfocaron no solo en superar todos estos obstáculos, sino que pasaron a ser una parte muy activa en la dinamización de la zona. En el año 2011 crearon la Asociación Cultural El Bail.le, y un año después, el “Grupo de Baile”. A partir de ese momento, comenzaron a organizar las Jornadas de Folclore del Suroccidente Asturiano “Concha de Tresmonte”, con el objetivo de visualizar y homenajear a tantas mujeres del campo encarnadas en la propia Concha, mujeres que supieron mantener y transmitir nuestra cultura. En sus numerosas actuaciones tanto en Asturias como en Bretaña, Portugal o Suiza, incluyen siempre un Ramu de alguna de las parroquias de Cangas del Narcea, como el de Bimeda y el de San Xulianu. Inician en 2024 el proyecto “Descubriendo Nunca Jamás”, en el que ya incluyen trabajo de campo, que les permitió recoger valiosísimo material que de otra forma acabaría siendo parte de la mortaja de los y las últimos informantes, como es el caso del Ramu de Castanéu, gracias a la información y testimonio que obtuvieron de Lola Cabayalu, adquiriendo el compromiso de que nunca deje de sonar.
Al cerrar la escuela de Augüera por falta de alumnado, solicitaron su uso para la creación de una asociación cultural, evitando la muerte anunciada del edificio. Allí organizan actividades semanales variadas, desde talleres de primeros auxilios, yoga y pilates a filandones y amagüestos. Se convierte ésta en punto de encuentro, en local social, tan necesario tras la desaparición de los chigres, en el que los vecinos y vecinas se reúnen y desarrollan una vida en común y tejen lazos de cohesión con cinco agujas al tiempo que aprenden a tejer calcetos.
Recientemente han llevado a cabo un documental producido por Benito Sierra e inaugurado en Puenticine 2025: Aiquí tamos. La voz de un l.lugar, con el que pretenden dar visibilidad y voz a la gente del pueblo, avanzando en propuestas que afectan más a la unidad parroquial.
Y Jorge acabó convirtiéndose, nun-y quedaba outra, en maestro lutier, confeccionando los mejores pandeiros de la zona, ya que aprendió de las mejores; en carpinteiru, elaborando las estructuras de los diferentes ramos…
Y Aida, como no podía ser de otra forma, y entre Rel.lumada y Rel.lumada, recogiendo el testigo cariñosamente, transcribe el material a las correspondientes partituras, preservando de esta forma un legado documental y audiovisulal de valor incalculable, del que tenemos la obligación moral de saber transmitir a los que vengan detrás.
Chefi y Jorge fueron muy valientes y perseverantes, necios, diría yo, trabajando duro para organizar para ellos y para su hija la vida que preferían y que consideraban mejor en un entorno idílico a la par que agresivo, y para crear conciencia entre una sociedad que aún no acaba de creerse, asumir y reivindicar el valor intrínseco y el potencial que tiene. Cierto que esto no sirve para cualquier familia. Hay que tener las ideas muy claras, saber superar obstáculos un día y otro también, y aprovechar las recompensas y las bondades que da la vida para seguir recargando baterías y continuar adelante.
Y mientras tanto, el tiempo va corriendo inexorablemente, y las puertas de su casa siguen abiertas, permitiendo llegar al enorme corralón, antesala de la casa, el olor del café recién hecho y del pan que acaban de sacar del horno, invitando con su ejemplo a otros a seguir el mismo camino, camino que con su tesón, paciencia y saber hacer, han dejado un poco más despejado.
No nos queda más que despedirnos y dar las gracias a tan singular y entrañable familia, mientras Aida, la pequeña de la casa, se dispone, junto a su compañero Juan, a viajar a un pueblo cercano para ofrecer una de sus actuaciones del grupo Rel.lumada, “deseándoles toda la mierda posible” para ésta y todas las que puedan venir.
Saliendo ya del pueblo, detenemos el coche a la entrada del campo de la fiesta. El lugar, en silencio y bajo un sol ya no tan abrasador a estas horas de la tarde, se nos antoja aún mucho más mágico y sobrenatural que cuando correteábamos de chiquillos entre las sayas de las mayores en el día de fiesta. Y de repente me viene a la cabeza la imagen de Virginia, la avellanera, midiendo la cantidad de ablanas turradas de la transacción con una lata de sardinas vacía y vendiéndonos aquellas bombas de elaboración casera que hacíamos explotar para desesperación de algunos más mayores que cortejaban bajo el sagrado y místico texu.
Y entre el débil murmullo de los centenarios árboles, parecen resonar en mi memoria los ecos de un Ramu casi olvidado:
Este ramo está enramado
Bene haya quien lo enramó.
Lo enramaron las doncellas,
La Virgen les ayudó.De rosas y de claveles
Bene haya quien se las dio.
Se las daba aquel muchacho
Muchachito de piedad
Pa llevarlo a la Virgen,
Que Ella se lo pagará.El mozo que lleva el ramo
Rodeadito de claveles
Que en su ventana los tiene
Coloraditos y verdes.Aquí estamos de rodillas
Esperando al mayordomo
Que nos abran esas puertas
Para ver ese Tesoro.El mayordomo de este año
Dios le dé salud y vida
Para celebrar el ramo
Con muchísima alegría.Las puertas están abiertas,
Entremos con alegría.
De rodillas por el suelo
A ver la Virgen María.Este es nuestro señor cura
Por cierto, viva cien años
Por lo bien que representa
El sacramento en sus manos.Tomemos agua bendita
Que nos sirva de escalera
Para que alcanzar podamos
De la que en el cielo reina.¿Quién es aquella Señora
Que está en aquella piedama?
Es la Virgen de Castanéu
Que venimos a adorarla.A la Virgen de Castanéu
Le tenemos ofrecido
El remo y el ramillete
Y el corazón para el Niño.Adiós a la Virgen María
Y el dulcísimo clavel,
Que hasta la misa del día
No la volveremos a ver.Quede con Dios la Señora
Madre del Verbo divino
Y échenos la bendición
Para andar nuestro camino.
















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