RUMBO A CARBACHU. Promesas de días de vino y rosas (I)
Salimos de Cangas al alba, en las primeras horas de la mañana, cuando la niebla parece aún deslizarse por las laderas de las montañas y al tiempo en que grupúsculos de personas madrugadoras, principalmente mujeres de mediana edad, dirigen sus pasos apurados, atravesando La Cartuja, hacia el hospital comarcal, bien a cumplir con su tarea, bien a la consulta programada, o aún por programar.
Ascendiendo ligeramente por la carretera AS-213, paralela al margen del río Naviego y tras dejar a mano derecha el Palacio de Ardaliz, nos topamos con la Panadería Isacel y con las Bodegas La Verdea, ya en el l.lugar de Puenticiel.la: pan (sin gluten) y vino, dos nuevas industrias que buscan florecer y dinamizar el entorno, en las que la innovación intenta fermentar más rápido que la masa y brindar así nuevas oportunidades de crecimiento para una comarca castigada por el despoblamiento.
Al llegar a Las Mestas, intermitente a la izquierda y acceso a la CN-4. El valle del río Cibea se despereza con un aliento tibio y olor a retama fresca. La luz se va poco a poco filtrando y haciendo más intensa a través de las escobas florecidas y los brezos encendidos, como si alguien hubiese alumbrado desde dentro las montañas con el fuego dorado de mil fraguas.
Llegando a Tremáu y haciendo buena referencia a su nombre, un pequeño número de viviendas se entremezcla de forma desordenada a un lado y otro del río con campos de cultivo entre los que la vid, heroica, sobria y trabajadora, desafía al desorden impuesto por las casas, alineándose en ringleras en espaldera, como líneas imperfectas de un inacabado pentagrama. En las laderas más soleadas, las cepas del rico albarín muestran sus más tiernos brotes con orgullo, y cada una de ellas parece asentir ante el lujo caprichoso de las siempre presentes pero ahora más numerosas vecinas, las rosas, que han venido a repoblar el terreno. Asienten como quien entiende que toda belleza por efímera que sea necesita de algo fuerte que la acompañe, pues los recios vinos que de aquí salen huelen a juventud antigua, a piedra y a flor y fruto de hueso. Son vinos excepcionales, que no embriagan, sino que más bien fortalecen el cuerpo y hechizan el alma con su frescura y su singularidad.
Y así, continuamos ascendiendo por el valle, este valle que antaño respiró bronco y asmático (a veces silicoso) con el rumor de las bocaminas de carbón, y del que se ha ido apoderando, paso entre paso, un silencio atronador, solamente roto por el momentáneo ronroneo de algún tractor o el repique de las l.luecas en los prados y el murmullo del agua correndera del Cibea.
Unas curvas más y ya vislumbramos el pueblo y parroquia de Carbachu. Es una aldea pequeña pero valiente, que aún resiste con bravura los peores envites de su historia. En la parte baja de la carretera, donde el pueblo parece contener el aliento para no despertar a los siglos dormidos, se alza el Palacio de Carballo, antigua casa solariega de los Flórez Valdés, descendientes de los Fuertes, desde cuando reinaba el mismísimo Ordoño III, y del Valdés que fue fundador de la Universidad de Oviedo. Con su cerca almenada en mampostería de pizarra, su panera alzada sobre 12 pies y su blanco palomar. No lo anuncia cartel alguno, no lo necesita, pues se muestra visiblemente altivo, a semejanza de otras muchas casonas nobles de la comarca. Construido con esa piedra asturiana que no busca lucirse, sino perdurar al paso del tiempo. La misma que ha resistido lluvias feroces, frías nieves y gélidas escarchas, y generaciones enteras de silencio, paz y sosiego. Sus curiosos corredores de madera, en dos niveles superpuestos y bajo una visera negra de pizarra, recorren las fachadas internas con una elegancia sencilla, reposando sobre tres esbeltas columnas toscanas. La presencia de flores (en este caso de lis) en su escudo de armas parece anticipar con siglos la presencia de otra flor muy particular en el pueblo.
Nos detenemos un momento en el desvío que conduce a L.ladréu para descender y contemplar extasiados tan estupenda vista, dudando si dirigir nuestra mirada a izquierda, ante el espectáculo natural creado por ese al que llaman arquitecto supremo o a la derecha, al resultado del trabajo del constructor simple mortal. Podríamos deleitarnos durante largo rato contemplando y describiendo tal belleza, pero nos están esperando y no nos place hacer esperar, así que no nos queda otra que… romper el encanto, recomendaros que os desplacéis a este lugar para disfrutar del panorama, y para información más detallada, echar un ojo a la Guía artística de Cangas del Narcea, palacios y casonas, de Pelayo Fernández Fernández y publicada por el «Tous pa Tous, Sociedad Canguesa de Amantes del País» y el Ilmo. Ayuntamiento de Cangas del Narcea.
Y el resto del pueblo. Casas de reciente factura conviven con otras añejas que vivieron tiempos mucho mejores. Sus tejados de pizarra acogen más silencio que risas. Sólo el sutil griterío de un pequeño número de niños, apenas media docena y de diferentes edades, que esperan en la calle por el transporte que los lleve a la escuela, rompe la calma de la mañana, en la que la tierra parece refunfuñar añorando tiempos pretéritos en los que el número de escolares de la zona superaba la centena, en los que la algarabía inundaba desde bien temprano todos los rincones del pueblo.
Frente al portón de la casa, un automóvil rotulado con el acrónimo CSIC me certifica de algún modo la llegada al punto exacto de ubicación que me habían enviado. Bajo una mañana que apenas rompe la niebla, la casa solariega de la familia emerge custodiada por un enorme cerezo, como un recuerdo detenido en el tiempo. Y es en su corralón donde nos reciben María del Carmen y Susana. Tras un saludo y una breve presentación, nos invitan a pasar y descubrir el lugar en el que se inició esta nueva singladura: simplemente el aroma de un semi olvidado rosal familiar que, como si de una madalena proustiana se tratara, evoca un recuerdo y con él una posibilidad de investigación.
— Pero la inspiración, eso sí, tiene que pillarte trabajando.
Y comenzamos el proceso de recolección, selección y clasificación estricta en diferentes maniegos de varios rosales que embellecen el corral de la casa y crecen aferrándose a las paredes, al pie de la panera. A mano, y girando la flor hasta oír el chasquido que nos informa de la idoneidad del momento. Y entre un puñado y otro de flores, vamos comentando:
— ¿Hasta la fecha, qué podemos contar, entonces, de estas rosas?
— Podríamos hablar de ciencia pura, pero mejor empezar, por el momento, con algo más poético. Después, habrá tiempo para explicaciones.
Y a modo de broma prosigue:
«Hubo un tiempo —que ningún libro consigna y ningún anciano tampoco recuerda, y aunque esta historia no figure en los libros, ni tenga cantares que la mantengan, quizás ha esperado todo este tiempo para ser contada ahora, porque hay leyendas que no nacen del pasado, sino del momento exacto en que alguien decide creerlas — en que dos hermanas mellizas pastoreaban en los prados altos de este valle, allá donde el musgo crece verde e intenso y los helechos susurran entre silencios prolongados. La una, Narcea, de la otra ya nadie recuerda su nombre. Aunque eran casi idénticas una diferencia las separaba: la mayor, decidida brava, solía caminar sin temor bajo el sol, dorando su piel al calor de la mañana. La otra, en cambio, tímida y sensible, se ocultaba bajo afeites y sombreros de ala ancha, temerosa de que el astro sol le arrebatase la pálida tersura de su rostro. A ese contraste se atribuye, dicen los pocos que aún murmuran esta historia, el interés que un busgosu, criatura huraña de los bosques, mitad hombre, mitad leyenda, sentía hacia ellas y que las espiaba desde las sombras de un fayéu cercano.
Una tarde cualquiera y sin saber cómo ni porqué las hermanas desaparecieron. El busgosu, deseoso de robarles los matices de la piel, consiguió dirigirlas al bosque y desorientarlas imitando el sonido de cien aves. Allí les propuso un trato: si querían regresar, deberían ofrecerle unas gotas de su sangre con las que teñir dos rosales blancos que él cuidaba desde hacía siglos y que, por maldición o destino, jamás florecían en color.
Narcea, valiente y deseando volver a casa, no dudó ni un instante. Con una espina afilada se abrió la palma de la mano, y al caer su sangre sobre uno de los rosales, las flores se encendieron en un fucsia vivo, imposible de mirar sin estremecerse. Días después, apareció medio inconsciente en el mismo prado donde solía cantar. Los vecinos la recogieron y llevaron a casa y, si bien mejoró, nunca llegó a superar del todo el suceso.
La menor, en cambio, se resistió. Le temblaban las manos y el alma. No quería dañar su cuidada y mimada piel. Así pues, no pudo dar lo que se le pedía. El busgosu, en lugar de enfurecerse con ella, le ofreció cobijo y muchos dicen que con el paso del tiempo, la criatura del bosque y la pastora hallaron un afecto extraño entre ellos, y que ella misma comenzó también a cuidar los rosales. Una mañana, podando un brote nuevo, se pinchó con una espina. Una gota cayó y el segundo rosal, antes níveo, y con solo esa gota, comenzó a tornarse de un rosa pálido, como el rubor de la moza.
Desde aquel día, no se supo más de ella, y aún hoy los vecinos del valle organizan batidas por el bosque, buscando a la hermana desaparecida. Lo hacen cada primavera, cuando los rosales florecen en los claros del fayéu, unos fucsia como una herida viva, los otros de color rosa como un secreto no del todo dicho».
— Ya ves, nos encontramos aquí con dos variedades como dos hermanas que se asemejan y al mismo tiempo se complementan con sus diferencias y que prometen un uso cosmético, quizás terapéutico, quién sabe si incluso gastronómico. Dos variedades nacidas de un misterio vegetal que estamos a punto de desentrañar.
Tras este primer y efímero contacto, nos conducen a una antigua cuadra, ahora reconvertida en un laboratorio improvisado, donde aún cuelgan los herrajes oxidados de otra época. Allí ya se encuentra Borja, un joven local que colabora en la investigación. Vasos de vidrio, balanzas de precisión, bandejas, bolsas de papel, cajas, cestas… cubren las mesas de trabajo. Entre herramientas sencillas y pasión desbordante, analizan, pesan, anotan… en ese lugar, donde la ciencia y el romanticismo parecen hablar en un mismo idioma, convencidos de que, destilando la esencia de la tierra, entre estas montañas que antaño exhalaron carbón, nacerá una industria de fragancias capaz de devolverle al valle su vitalidad perdida.
Y al lado de la cuadra, dos pequeños cuadros. En uno de los huertos familiares que antaño proveían de verduras frescas y frutas de temporada a la familia, atravesado por un serpenteante reguero que intenta mantener a raya las diferencias, de un lado, rosas fucsias, del otro, rosas claras, opuestas, pero no enfrentadas. Empeñadas ambas dos en producir el mayor número posible de capullos para hacer infinita la recogida y manteniendo matinales disputas por ver qué planta luce más florida a la hora de la recolección.
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Y después, a orillas del Cibea, donde el murmullo de las aguas acompaña el canto matinal de los mirlos, una mayor parcela cuidadosamente ordenada con precisión botánica en la que los rosales, plantados en espaldera, se alinean en varias hileras paralelas, formando corredores verdes y floridos que inevitablemente nos recuerdan a los cercanos viñedos. Las investigadoras no caminan, se mueven entre los rosales recolectando flores, fotografiando, como antiguos alquimistas, casi levitando, porque el aire ya no es aire, sino perfume: una mezcla imposible de pétalos maduros.
Y así, como a media mañana, cuando el sol alcanza su máxima altura y el aroma de la cosecha comienza a inundar progresiva y exponencialmente un laboratorio repleto de flores, la visita toca a su fin. Aunque a uno le cueste marcharse, las investigadoras tienen que trabajar. Y así, nos despedimos con una foto para recordar y con la promesa de regresar para comprobar los progresos, desentrañar nuevos misterios y celebrar con un buen albarín el éxito del proyecto.
Carbachu, Cangas del Narcea, julio de 2025














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