Noticias de Historia de Cangas del Narcea.

Un tesoro de monedas romanas en Trones (Cangas del Narcea) en 1907

En 1907, en el monte del pueblo de Faéu / Faedo, concejo de Cangas del Narcea, cuatro vecinos de Trones encontraron 1.300 monedas romanas. Este hallazgo monetario, totalmente desconocido para la arqueología asturiana, tendría hoy un indudable interés histórico y científico,  pero hace ciento trece años solo significó una ocasión soñada para solventar la vida a sus descubridores y un pleito para el propietario de la tierra donde apareció. Sin embargo, las monedas, todas de bronce, se tasaron en una cantidad insignificante y han desaparecido sin dejar rastro. Esta es su historia.

Trones en agosto de 1927. Fotografía de F. Krüger. Col. Museo del Pueblo de Asturias

La ocultación de monedas ha sido un hecho generalizado y constante a lo largo de la historia, que se intensifica en momentos de conflicto e inestabilidad social. En Asturias, se conocen cientos de testimonios de apariciones de tesoros y tesorillos monetarios, aunque en las últimas décadas estas noticias han disminuido considerablemente por el declive de la actividad agrícola en el medio rural. Al no removerse la tierra, no aparecen tesoros.

A excepción de algunos conjuntos que han ingresado en museos, muchos de esos hallazgos han desaparecido o solo se conservan unas pocas monedas en manos de particulares. En general, cuando aparecen noticias de tesoros en la prensa antigua siempre son parcas: apenas se mencionan a sus protagonistas, ni las circunstancias del hallazgo, ni el destino que tuvieron. Los arqueólogos e historiadores no consideran creíbles  muchos casos,  y  algunas noticias son tan vagas y dudosas que en el mejor de los casos quedan recogidas en las cartas arqueológicas.

El tesoro de Trones, aunque se suma al conjunto de estos hallazgos arqueológicos, es un caso singular por la documentación que generó. Su aparición fue noticia en un periódico de Cangas del Narcea, “El Narcea”, el 23 de marzo de 1907, pero su historia y los sucesos posteriores al hallazgo han podido reconstruirse gracias a las actuaciones judiciales que se siguieron ante el Juzgado de Cangas del Narcea y la Audiencia de Oviedo entre 1907 y 1911. En ellas figuran las declaraciones de todas las personas que tuvieron relación con las monedas del tesoro, así como las actas y escritos oficiales. Fue un proceso penal, iniciado con una denuncia por hurto puesta por Francisco Alvarez Uría, propietario de la tierra donde apareció el tesoro.

Expediente judicial consultado sobre el hallazgo de un tesoro en Trones, 1907.

En 1907, el fin de este proceso judicial fue reunir todas las monedas aparecidas y dirimir a quién le correspondía su propiedad. En la actualidad, nuestro interés es conocer los pasos que siguieron las monedas, desde el momento de su aparición hasta su reparto, en una sociedad cuyos valores, comportamientos y preocupaciones no coinciden con el interés histórico que hoy representa este hallazgo.

Los hechos sucedieron de la siguiente manera. En los primeros días del mes de marzo de 1907, Celestino Fernández Fuente, vecino de Trones, buscando en el monte de Faéu una piedra para hacer una muela de molino encontró una que podría servirle. Averigua que el llevador de la finca es Manuel Rodríguez Agudín, vecino del pueblo de Faéu, y le solicita autorización para sacarla. El domingo 10 de marzo acude para extraerla en compañía de tres vecinos de Trones: Antonio Fernández García, de casa Cabral; Gervasio, de casa Florenta, y Francisco Menéndez Fernández, de casa Cortina. Al profundizar en un lateral de la piedra, golpean y rompen con la azada una vasija de cerámica que contenía 1.300 monedas romanas de bronce.

Antonio Fernández “Cabral” tropezó con una olla que había allí escondida y la rompió, esparciéndose al momento gran cantidad de monedas que aunque oxidadas por la humedad les pareció que eran de oro [Declaración de Gervasio Fernández. 22 de marzo de 1907]

Ollas de cerámica del siglo IV de Paredes (Siero), similares, probablemente, a la que apareció en Trones en 1907. Col. Museo Arqueológico de Asturias.

Regresan al pueblo con la piedra y las monedas,  que tratan de ocultar, pero se sienten tan afortunados que transmiten el descubrimiento a alguno de sus vecinos.

En pocos días todos conocen la aparición del tesoro y su eco llega hasta la villa de Cangas del Narcea. En Trones aparecen interesados y compradores. Pocos días después, el propietario de la tierra donde supuestamente aparecieron las monedas, Francisco Álvarez Uría, procurador y vecino de la villa de Cangas, reclama su parte y denuncia el caso en el juzgado. El juez instruye una denuncia por hurto que se sobresee para tratar de determinar civilmente quienes son los verdaderos propietarios de las monedas. El artículo 351 del Código Civil, vigente entonces y en la actualidad, dice:

El tesoro oculto pertenece al dueño del terreno en que se hallare. Sin embargo, cuando fuere hecho el descubrimiento en propiedad ajena, o del Estado, y por casualidad, la mitad se aplicará al descubridor. Si los efectos descubiertos fueren interesantes para las ciencias o las artes, podrá el Estado adquirirlos por su justo precio, que se distribuirá en conformidad a lo declarado.

La sentencia llegará tres años después y decide un reparto equitativo de las monedas entre el propietario de la tierra y los cuatro descubridores. Curiosamente, nadie consideró que aquel tesoro fuera interesante para “las ciencias o las artes”.

  1. Sobre las monedas

El conjunto de monedas encontrado constituye un caso evidente de tesoro de ocultación, escondido deliberadamente dentro de una olla de barro cubierta con una capa de tierra de poco espesor y arrimada a una gran piedra. El lugar, a unos treinta minutos caminando desde Trones, está junto a un antiguo camino. En las declaraciones judiciales lo describen como un terreno montañoso: “con peñas más o menos grandes, unas sueltas, otras clavadas, otras partidas y removidas recientemente o de tiempo lejano. Allí existe una fosa, figurando un horno entre tres peñas y otra piedra suelta que lo cubría ”.

Lugar del monte de Faéu donde apareció el tesoro el 10 de marzo de 1907.

Como no se conserva ninguna moneda, el análisis numismático solo puede hacerse hoy con la información que aparece en el auto judicial, en que se dice que:

Las monedas son de cobre o bronce y cuño antiguo, de unos tres centímetros de diámetro, en forma discoidal y circular, presentando en su anverso el busto coronado del Emperador Constantino, según la inscripción que la rodea, y por el reverso ostenta la figura al parecer de un guerrero de cuerpo entero, cubierta su cabeza con un casco, empinando en su mano derecha un atributo que no se puede precisar y en su izquierda, también al parecer, un pescado. En la circunferencia marginal hay un lema o inscripción ilegible al primer examen.

Por esta descripción, es muy probable que las monedas del tesoro de Trones fueran acuñadas durante el mandato del emperador Constantino I (306-337) o de su hijo Constantino II (337-340), periodo en el que se hicieron importantes reformas monetarias y se acuñaron gran cantidad de  monedas de bronce.

Moneda
Anverso y reverso de una moneda de cobre similar a las encontradas en Trones.

Durante casi tres años, las 1.300 monedas romanas del tesoro de Trones permanecieron “en una caja de lata” depositadas en el Juzgado de Cangas del Narcea y en la Audiencia de Oviedo (del 21 agosto al 24 de diciembre de 1908). En ese tiempo, ningún numismático experto estudió la colección. Las únicas referencias sobre su interés histórico y arqueológico aparecen en los informes periciales, que a petición del juez, realizaron dos aficionados a la numismática vecinos de la villa de Cangas: Manuel Rodríguez González y José Colubi Beaumont, este último capitán de infantería. Ambos, sin negar su valor histórico, manifiestan que: “para todo el que es aficionado a reconstruir la historia no se puede desconocer que son corrientes y abundantes en los monetarios”, y concluyen diciendo que  tienen escaso mérito y poco valor intrínseco, y que “solamente tendrían algún valor para un coleccionista que careciese de alguna de  los diferentes modelos”. Declaración similar harán Domingo Avello Arias y Ricardo Pereiro Campoamor, relojeros y plateros de la villa, que son llamados como peritos para certificar el metal de las monedas y su valor de mercado.

  1. Los descubridores del tesoro

Son cuatro vecinos de Trones, todos labradores, de entre 27 y 38 años, que aprovechan una tarde de domingo para hacer un trabajo en común para uno de ellos. En sus declaraciones cuentan que el hallazgo fue inesperado, que su primera reacción fue pensar que se trataba de monedas de oro, “rezad un Padrenuestro que somos felices”, y a continuación se pusieron a contar las monedas. Sin embargo, no interrumpieron la tarea que les había llevado allí y siguieron extrayendo la piedra para el molino; durante ese tiempo otros vecinos se acercaron al lugar pero nadie notó nada. Con la piedra subida en el carro y las monedas envueltas en un pañuelo regresaron al pueblo, bromeando con quienes se cruzaban en el camino a costa de la carga, diciéndoles “que lo que llevan vale más que el prado del Riego”.

Al entrar en Trones se encontraron con Manuel Rubio, de casa Manso, quien al ver el envoltorio que llevaba el Cabral le preguntó que qué era aquello, contestando el Cabral que aquello valía más que el prado que parece que posee el Rubio, llamado del Riego, diciendo esto en tono de broma, sin que se le hubiera enseñado las monedas al Rubio.

Habían salvado el primer inconveniente y en sus casas comparten la fortuna con sus familias. El desconocimiento sobre la materia prima de las monedas no es obstáculo para que cada uno vea en este hallazgo la ocasión de hacerse rico.  Guardan las monedas en una masera (mueble para hacer el pan) en espera del reparto entre los cuatro afortunados y disfrutan de su posesión. Durante esos días hacen alarde de ellas con los vecinos, las exhiben sacando algunas del bolsillo y vendiendo unas pocas. Pero, ni el propietario de la tierra, ni el arrendatario que les había dado permiso para extraer la piedra, fueron avisados de la aparición de este conjunto de monedas.

El 16 de marzo de 1907, seis días después del hallazgo, de noche, se presentan en Trones el juez y la guardia civil a requerir todas las monedas del tesoro. Van a las casas de los cuatro descubridores y encuentran las monedas guardadas dentro de un arca pequeña en una habitación de la casa; en un cestito colgado de un palo clavado en la pared al lado de la cama; en una escudilla de madera en la cocina y en un hórreo, detrás de unos baúles, dentro de un pañuelo. No las encuentran todas porque algunas ya habían sido vendidas o estaban en manos ajenas fuera del pueblo. También requisan otros objetos que acompañaban al tesoro: un trozo de alambre  y una especie de aro del mismo metal, así como algunos fragmentos de la olla de barro.

Los cuatro descubridores habían sido denunciados por hurto y ocultación. Sin embargo, el delito de apropiación fraudulenta que pretendía la acusación no constituyó base suficiente, pues al tratarse de un tesoro hallado de manera casual en un terreno particular, al descubridor le pertenece la mitad y en esta causa el valor económico se tasó en seis pesetas y cincuenta céntimos, una cantidad que no llega a la indicada en el Código Penal para adquirir la categoría de delito.

Por imposición de la Justicia, las aspiraciones de estos vecinos de Trones, que tenían una arraigada creencia en los “tesoros enterraos”, quedaron frustradas. Los tesoros ocultos formaban parte del imaginario colectivo con el que convivían y soñaban a diario los vecinos de este pueblo y todos los campesinos españoles.

  1. Los intervinientes

Gracias a las actuaciones judiciales que provocó esta denuncia conocemos a todas las personas que intervinieron en este acontecimiento. En total son 32 las personas que estuvieron vinculadas a las monedas y que participaron de diferentes maneras: dueños de la tierra, vecinos, compradores y tasadores.

 

a. Dueños de la tierra

El tesoro apareció en la tierra llamada “Estajo de la Pena de la Campa” del monte de Faéu, en el límite de tres tierras. En Cangas del Narcea los montes son propiedad de los vecinos de los pueblos y se dividen en suertes o partes. En concreto, este monte consta de cuarenta suertes de las que tres eran propiedad del denunciante, que tenía arrendada una parte a Ramiro Agudín, vecino de Faéu,  que también era parte demandante. Ambos son personajes principales en la sociedad rural, especialmente Francisco Álvarez Uría, quien resultó ser el dueño único del terreno, porque presentó los títulos que justificaban la propiedad. Este era procurador de los tribunales de la villa de Cangas del Narcea, y por tanto conocía bien el funcionamiento legal y los procedimientos a seguir, y es  gracias a él que tenemos noticia del hallazgo pues de su casa salió la documentación que hoy manejamos. Impulsó el proceso judicial y durante tres años no cesó de exigir su parte de las monedas, sin importarle su valor ni la dispersión de algunas. Finalmente, el 12 de abril de 1911 recibe la mitad de las monedas recuperadas: 645, de las que en la actualidad sus descendientes no conservan ninguna.

 

b. Vecinos

Una parte de las personas que declaran en el sumario están unidas por lazos familiares y de vecindad con los descubridores. Todos comparten un territorio común entre los concejos de Cangas del Narcea y Allande. Participarán en la difusión de la noticia y colaborarán en diferente medida con esos descubridores. Alguno, como Manuel Rodríguez Agudín, de Faéu, también buscará la fortuna por su cuenta: 

[Declara] que se llama Manuel Rodríguez Agudín, de unos 27 años edad, casado, labrador, vecino de Faedo y no fue procesado. Examinado convenientemente declaró que el lunes último al pasar por la Pruida, que es donde encontraron los vecinos de Trones, según dicen, un tesoro, vio esparcido por el suelo algunos pedazos de un puchero u olla y suponiendo que estos restos fueron de la vasija que contuvo el tesoro las recogió y se las llevó a su casa, para enseñárselas a la familia. En aquel sitio no vio, ni recogió más que los referidos fragmentos de barro pero ninguna moneda, hierro o asa que pudiera tener relación con los hechos de este sumario.

Otros vecinos, llenos de curiosidad, acuden a ver las monedas, asisten al reparto y participan de la satisfacción de sus descubridores. A otros, como el sastre Marcelino Fernández, de casa Mingo de Iboyo (Allande), que estaba trabajando de jornal en casa de Celestino Fernández, uno de los descubridores, se le pretende pagar con una o dos monedas del tesoro, las cuales aceptó aunque “las veía podridas”. 

El mismo día que encontraron el tesoro vio el declarante en casa del Celestino, a donde había ido por casualidad o más bien para tratar asuntos propios con el Celestino, unas monedas antiguas con ocasión de estar el Celestino queriendo hacer un cambio sobre una navaja con Marcelino el sastre de Iboyo, quien pedía en devolución 20 céntimos ofreciéndole solamente el Celestino una moneda oxidada que sacó del bolsillo, la cual rechazó diciéndole que estaba podrida y no la quería que lo que él quería eran 4 perrinas de 20 en tanto el Gervasio García, que también estaba presente, sacó del bolsillo una moneda parecida a la anterior y entregándola al Celestino diciéndole: “tómala, dale las dos”, las que no quiso coger el Marcelino (Declaración de Manuel Rodríguez Álvarez, de casa de Viña, de 25 años de edad, casado, labrador, vecino de Trones. 1 de abril de 1907).

O el caso de la Esperanza García Berguño, de casa Cortina, madrastra de uno de los descubridores, que intermedia con unos curas para una posible compra.

Pero, sobre todo, la ayuda de los vecinos se manifiesta cuando se envían a Madrid dos monedas del tesoro con el fin de conocer fehacientemente su valor. En esta misión participó una cadena de individuos, unidos por lazos de parentesco o vecindad. Fueron los siguientes: Rosendo Fuertes Franco,  vecino de Argancinas (Allande), que las llevó a Madrid aprovechando un viaje para arreglar una herencia; Joaquín Rodríguez, natural de Araniego, que las recogió con el encargo de llevarlas a una casa de cambio para su valoración; Robustiano Rodríguez, portero de la casa n.º 54 de la calle San Bernardo, que acompañó al anterior y, por último, Manuel Rodríguez Álvarez, de Trones, que regresó con ellas desde Madrid e informó sobre la tasación. Todos participaron desinteresadamente en apoyo de los descubridores.

Trones en agosto de 1927. Fotografía de F. Küger. Col. Museo del Pueblo de Asturias

 

c. Compradores

 La venta de las monedas quedó truncada por la rápida intervención de la Justicia. Pero en los cinco días que medían entre el hallazgo y la requisa fueron vendidas nueve monedas  que acabaron en Cangas del Narcea, Tineo y Luarca.

La primera persona que se personó en el pueblo a comprar monedas fue un comerciante ambulante de tejidos, Antonio Mesa Magadán, de Carcedo (Allande), que, al regresar de una feria, se enteró en la villa de Cangas del Narcea, por Marcelino Álvarez Rodríguez, que había aparecido un tesoro en Trones y que tal vez fuese de oro. Dice en su testimonio que “cuando las vio las raspó con una navaja para saber si eran de oro, quedando al rato convencido que no eran de ese metal”. Compró en total ocho monedas. Siete las vendió en Tineo y otra se la entregó al mencionado Marcelino Álvarez Rodríguez, conocido como Baratura, comerciante y propietario de la fonda donde habitualmente se alojaba. Este comerciante de Cangas era conocedor del tesoro porque el mismo domingo en que apareció, su mujer, natural de Noceda de Besullo, pasó por Trones y se enteró de la noticia; él será el que difunda su hallazgo en la villa de Cangas. La moneda que recibió Marcelino Álvarez la envió, por medio de un viajante, a un tenedor de libros del almacén de José Suárez Asenjo, en la villa de Luarca, donde sabemos que residían personas que comerciaban con monedas antiguas. En Cangas del Narcea, las siete monedas de Antonio Mesa fueron objeto de análisis y limpieza por parte del teniente alcalde Joaquín Rodríguez Martínez, el profesor de música, un empleado del ayuntamiento y  un escribiente.

[…] El viernes de la pasada semana, o sea el mismo día en que compró las seis monedas últimas, bajó a Cangas hospedándose otra vez en casa de Baratura.  Cerca de casa de éste se encontraban, en la carretera próxima a ella, dos señores que según le dijeron uno era el teniente alcalde en funciones don Joaquín Rodríguez y el otro el profesor de música de esta villa, quienes al enterarse, o mejor dicho, el declarante se las enseñó para que las vieran y entonces dichos señores le dijeron que si hacía el favor de dejárselas para examinarlas despacio con la lente. Al día siguiente las recogió de poder del señor Joaquín Rodríguez en el café que tiene establecido en esta villa. Después de esto el declarante se ausentó de Cangas, recorriendo diferentes puntos, si bien donde vendió las siete monedas que conservaba fue en Tineo, pues la octava se quedó con ella Marcelino Baratura quién le manifestó que la había dado a un viajante cuyo nombre ignora, sin que el referido Marcelino le indemnizara por esta moneda con que se había quedado. No recuerda los lemas o inscripciones que tenían las monedas, aunque sí que estaban bastante oxidadas por lo que no se leían con facilidad y que alguna representaban una cabeza humana” (Declaración de Antonio Mesa Magadán, 23 de marzo de 1907)

Otros compradores fueron cuatro curas que llegan a Trones con la intención de ver las monedas y comprarlas “si estas eran de cobre”. El introductor de este grupo fue José Blanco Gómez, párroco de Parajas, parroquia a la que pertenece Trones. Le acompañaban los curas: Manuel Méndez García, de Linares; Rafael Alonso López, de Villagrufe, y Leoncio Díaz Llano, de Celón. Vieron las monedas y mostraron mucho interés, pero la operación no se cerró porque ya había sospechas que antes debían de comunicar el hallazgo. Además, los curas querían comprar todas las monedas, ajustando un precio por ellas.

 

d. Tasadores

Conocer el valor real del hallazgo es un asunto que preocupa tanto a los descubridores del tesoro como al juzgado.  Los primeros,  eludiendo la Justicia, mandan a Madrid dos monedas a tasar, “una, partida en dos pedazos, como del tamaño de media onza de las antiguas monedas y la otra, más pequeña, entera como del tamaño de una moneda antigua de oro de dos duros”. Aprovechan el viaje de Rosendo Fuertes Franco, vecino de Argancinas, que va a Madrid a recoger una herencia. Este se las entrega al general de brigada don Joaquín Rodríguez, natural de Araniego y vecino de Madrid, conocido como “El General de Araniego”, que era una persona de prestigio y confianza para los vecinos de Trones. Joaquín Rodríguez acude a una casa de cambio en el número 7 de la calle Preciados,  el Centro Numismático Matritense, que desde el último cuarto del siglo XIX es un importante comercio de compra y venta de monedas antiguas, y su propietario Valentín Gil las valora: “una moneda, un real”. Ese mismo día, el General de Araniego le entrega las dos monedas a Manuel Rodríguez Álvarez que las traerá de vuelta a Trones con la noticia de su valoración.

Un día, a mediados del mes de mayo, encontróse el testigo [Manuel Rodríguez Álvarez] en Madrid y siendo la hora de anochecer, subía el declarante por la calle Ancha de San Bernardo con dirección a la Plaza de Santo Domingo y en ese trayecto se encontró con el referido general don Joaquín Rodríguez, que venía en dirección contraria, y al ver al declarante le saludó y paró pues se conocen de antiguo. Manifestándole que celebraba encontrarle porque, precisamente, venía en aquel momento de averiguar el valor que tenían dos monedas que le había entregado Rosendo Fuertes Francos por encargo del vecino de Trones Antonio Fernández García. Dijo que le habían contestado en una casa de cambio que las monedas eran corrientes y que apenas tenían valor. Le invitó al testigo a que le acompañase a la casa de cambio en donde le dieran tales informes, para que pudiese comprobar por sí mismo la verdad de la que había respecto de las monedas. El declarante le contestó que no había necesidad de hacer tal cosa porque bastaba su palabra y la que él dijera, en vista de lo cual don Joaquín Rodríguez le hizo entrega de las monedas para que las volviese a Trones y se las entregarse a su vez al Antonio Fernández García, lo que él ha efectuado en los primeros días del mes de junio, dejándolas en su casa a su mujer pues cuando él se presentó a entregarlas no se hallaba Antonio Fernández García en su casa” (Declaración de Manuel Rodríguez Álvarez, 9 de julio de 1907).

Al conocer los descubridores el poco valor de las monedas ven frustrado el anhelo que aun mantenían de hacerse ricos, y desde ese momento pierden todo mérito y son tratadas como un objeto vulgar.

Hará un mes o cuatro semanas regresó de Madrid Manuel Rodríguez Álvarez al pueblo de Trones. En ocasión en que el testigo [Antonio Fernández García] se encontraba trabajando en Allande, que por esta razón no vio al Manuel Rodríguez Álvarez cuando al regresar de Madrid vino a entregar las monedas en casa del declarante. A los pocos días de llegar Manuel regresó el testigo a Trones, y su mujer le enteró de que estaban allí las monedas que mandó a Madrid para que las examinaran, que las trajo el Manuel Rodríguez, y que había contestado que don Rosendo se las entregó a don Joaquín Rodríguez y que éste las llevo a una casa de cambio de Madrid en donde le dijeron que las monedas no tenían mérito y que en esa casa se vendían a real. Y que el don Joaquín volvió a entregar las monedas a don Manuel Rodríguez para que éste las entregará a su vez al declarante, como así lo hizo. Al enterarse el testigo de que las monedas no tenían valor las cogió y tiró a un prado que hay cerca de su casa, en donde fueron a buscarlas unos chicos del pueblo al verlas caer, logrando encontrar únicamente la que en este momento presenta en el Juzgado. Entre esos chicos se encontraban tres hijos del declarante, los cuales cogieron la moneda y al verla entre sus manos otra vez su madre, o sea la esposa del testigo, la volvió a recoger y a guardar”. (Declaración de Antonio Fernández García, 8 de julio de 1907)

Por su parte, el juez de Cangas del Narcea estima la necesidad de elaborar un dictamen pericial para la causa, aunque alega que no hay en el partido judicial ni en los inmediatos persona con título ni conocimiento suficiente para emitir dictamen y solicita a la Audiencia de Oviedo que estime procedimiento a este respecto. El 2 de enero de 1908 se convoca a cuatro peritos prácticos al acto de tasación: dos relojeros y plateros de Cangas del Narcea para el reconocimiento y determinación del metal de las monedas, y dos coleccionistas de monedas antiguas de la villa de Cangas del Narcea para la tasación arqueológica y artística. Ninguno de los cuatro peritos dan muestras de tener cualidades especiales. Todos responden con generalidades: que son de bronce, que son circulares, que se ven figuras e inscripciones, que son de acuñación romana y que son comunes y corrientes. Los peritajes, lamentablemente, no aportan un estudio más detallado y sus impresiones son superficiales.

Al final, el tesoro, como otros muchos, no fue objeto de especial atención porque al tratarse de piezas de bronce su cotización en el mercado numismático era baja, y fue tasado pericialmente en la cantidad de 13 pesetas.

 

  1. Final

En época romana, el suroccidente de Asturias fue un territorio en el que se desarrolló una intensa explotación del oro, cuya huella todavía pervive en el paisaje. La población habita desde la Edad del Hierro en castros o poblados fortificados, que en el siglo II d. c. comienzan abandonarse. Los siglos III y IV son tiempos de cambio, cuando Diocleciano impuso una nueva redistribución provincial asignando los territorios del Conventum Asturiense a la provincia de Gallaecia. Con esta medida, Roma concedió a este territorio un mayor rango y ello provocó el incremento de la actividad pública y fiscal, y como consecuencia una mayor implantación militar. Las excavaciones llevadas a cabo recientemente en el castro de Pelou (Grandas de Salime) han puesto al descubierto una intensa renovación de las fortificaciones de un marcado carácter militar, llevada a cabo a finales del siglo III y comienzos del IV. Todo esto parece indicar que el uso de moneda en este área estaba más en función de las pagas a los soldados que en la actividad comercial.

Localización de poblados castreños y restos mineros romanos en el entorno de Trones. Mapa elaborado por Ángel Villa Valdés.

El tesoro de Trones, con esas 1.300 monedas, es el mayor hallazgo seguro de monedas del que tenemos noticia en Asturias. Y hemos de vincularlo con otras apariciones de monedas sueltas y de tesoros, como el encontrado en 1864 en Bimeda, del que se conservan 192 monedas del siglo IV d. c. en el Museo Arqueológico de Asturias; otro de Corias, en donde se hallaron setenta monedas bajo imperiales de plata, de las que no se conoce ninguna, y otro depósito encontrado en 1917 en Foxó (Yernes y Tameza), integrado por 1.080 monedas de los inicios del siglo IV d. c., de las que solo se conservan 163.

Monedas del tesoro de Bimeda. Museo Arqueológico de Asturias

En aquellos primeros años del siglo XX, ninguna institución cultural se enteró del hallazgo del tesoro de Tronos y nadie se interesó por conservar el conjunto. Muchas personas, con formaciones muy diferentes, trataron directamente con las monedas y participaron de los hechos, algunas, incluso, con conocimientos sobre numismática. Jueces, guardias civiles, párrocos, políticos locales, comerciantes, militares o coleccionistas deberían ser conocedores de la existencia de instituciones como la Comisión Provincial de Monumentos Histórico Artísticos y el Museo Arqueológico, que radicaban en Oviedo, pero nadie consideró la posibilidad de que aquel tesoro tuviera un valor histórico.

Finalmente, agradezco a Lucía Barreiro Hurlé  y Benito Álvarez Pereda la oportunidad que me dieron de conocer y estudiar esta documentación que procede del archivo de Francisco Álvarez Uría, bisabuelo de Lucía.

 

Tabla 1 – Relación de las personas que participaron en los autos judiciales del tesoro de monedas de Trones.

Nombre Papel Actividad Lugar
Antonio de la Escosura Audiencia de Oviedo Secretario Oviedo
Antonio Fernández García Descubridor Labrador, Casa Cabral Trones (Cangas del Narcea)
Antonio Lago Fernández Vecino Labrador Trones (Cangas del Narcea)
Antonio Mesa Magadán Comprador Vendedor Ambulante Carcedo (Allande)
Celestino Fernández Fuente Descubridor Labrador Trones (Cangas del Narcea)
Domingo Avello Arias Tasador Relojero y platero Villa de Cangas del Narcea
Esperanza Garcia Berguño Vecina Madrastra, Casa Cortina Trones (Cangas del Narcea)
Francisco Álvarez Uría Propietario Procurador de los tribunales Villa de Cangas del Narcea
Francisco Menéndez Fernández Descubridor Labrador, Casa Cortina Trones (Cangas del Narcea)
Gervasio Fernández Descubridor Labrador, Casa Florenta Trones (Cangas del Narcea)
Joaquín Rodríguez Martínez Ojeador Teniente alcalde Villa de Cangas del Narcea
Joaquín Rodríguez Menéndez, “el general de Araniego” Ojeador General de brigada Calle San Bernardo, 53 (Madrid)
José Álvarez Suárez Vecino Labrador Araniego (Cangas del Narcea)
José Alvarez Velasco Propietario Labrador Faéu/Faedo (Cangas del Narcea)
José Blanco Gómez Comprador Cura párroco Parajas (Cangas del Narcea)
José Colubi Baumont Tasador Coleccionista, capitán de infantería Villa de Cangas del Narcea
José Rubio Rodríguez Vecino Labrador, Casa Manso Trones (Cangas del Narcea)
Laureano Francos Suárez Juzgado Juez Villa de Cangas del Narcea
Leoncio Díaz Llano Comprador Cura párroco Celón (Allande)
Maestro de música, empleado del ayuntamiento y escribiente Ojeadores Villa de Cangas del Narcea
Manuel Méndez García Comprador Cura párroco Linares (Allande)
Manuel Rodríguez Álvarez Vecino Labrador Trones (Cangas del Narcea)
Manuel Rodríguez Gómez Tasador Coleccionista Villa de Cangas del Narcea
Manuel Rubio Rodríguez Vecino Labrador Trones (Cangas del Narcea)
Manuel. Almacén de José Suárez Asenjo Comprador Tenedor de libros Luarca (Valdés)
Marcelino Álvarez Rodríguez, “Baratura” Comprador Comerciante y fonda El Fuejo (Cangas del Narcea)
Marcelino Fernández Comprador Sastre. Casa Mingo Iboyo (Allande)
Rafael Alonso López Comprador Cura ecónomo Villagrufe (Allande)
Ramiro Agudín Propietario y arrendatario Labrador Faéu/Faedo (Cangas del Narcea)
Ramiro Álvarez Rodríguez Vecino Labrador Trones (Cangas del Narcea)
Ricardo Pereira Campoamor Tasador Relojero y platero Villa de Cangas del Narcea
Robustiano Rodríguez Ojeador Portero en Madrid Calle San Bernardo, 68 (Madrid)
Rosendo Fuertes Franco Vecino Labrador Argancinas (Allande)


Sofía Díaz Rodríguez
(Museo Arqueológico de Asturias)


Los Colón y los Sierra de Llamas del Mouro, historia de una relación

Palacio de Llamas del Mouro, parroquia de San Martín de Sierra (Cangas del Narcea)

En la fachada del palacio de Llamas del Mouro (Cangas del Narcea) hay dos escudos relativamente recientes, de los últimos años del siglo XIX o principios del XX, uno con las armas de los Sierra y otro con las de los Colón o ducado de Veragua; además, en algunos libros y artículos de comienzos del siglo XX se menciona a este palacio como del duque de Veragua o de los Colón, familia descendiente del almirante Cristóbal Colón.

Escudo de armas de los Colón

Gracias a un interesante artículo escrito en 2006 por Jesús Urrea Fernández (catedrático emérito de Historia del Arte de la Universidad de Valladolid) sobre la historia de la Casa de Colón en Valladolid, donde se suponía erróneamente que había fallecido el descubridor de América, podemos conocer la historia de esta relación de las familias Sierra y Colón de Larreategui, que comenzó el 13 de marzo de 1780 con el casamiento de la mayorazga de la Torre y Casa de Llamas del Mouro, Josefa de Sierra y Sarria, hija de Diego de Sierra Salcedo y Antonia de Sarria Montalvo, con José Joaquín Colón de Toledo y Larreategui, hermano del duque de Veragua.

Escudo de armas de los Sierra

Esta Josefa de Sierra y Sarria era la propietaria de una casa en Valladolid, que después de su matrimonio se conocerá  como Casa de Colón y que pertenecía a la familia de los Sierra de Llamas del Mouro desde 1727, cuando su propietaria, Manuela Josefa Salcedo, se casó con Diego de Sierra Cienfuegos, natural de Llamas del Mouro y abuelo de Josefa de Sierra y Sarria.

En este artículo se cuenta la historia de la Casa de Colón en Valladolid y la de sus propietarios, pero su lectura también ayuda a conocer la expansión y las ventajosas alianzas matrimoniales de la familia Sierra de Llamas del Mouro en Castilla y Madrid.

 

El primer automóvil que llegó a Cangas del Narcea, 1897

Automóvil Panhard y Levassor, modelo 1890, de Victoriano Alvargonzález. Fotografía de Ricardo del Río. Col. Museo del Pueblo de Asturias.

En el número 301 del periódico El Eco de Occidente, del 1 de diciembre de 1897, que se editaba en Cangas del Narcea desde 1894, aparece en la sección dedicada a los viajeros que llegan o se van de la villa la noticia siguiente:

Y, procedente de Gijón,  ha llegado el Sr. Alvargonzález y su consorte, quienes hicieron el viaje en su coche automóvil, que ha llamado grandemente la atención en esta capital, por ser el primer vehículo que de los de su clase se ha visto en la misma.

Los viajeros eran el ingeniero e industrial Victoriano Alvargonzález Suárez (Gijón, 1856-1913) y su esposa Margarita Lanquine Dupoux (1857-1911). El automóvil era de fabricación francesa, de la casa Panhard y Levassor, modelo de 1890; fue el segundo modelo de esta casa, se concibió en 1890 y se inició su producción al año siguiente, fabricándose hasta 1896. Tenía cuatro asientos y un motor Daimler colocado en la parte delantera. Era un coche sencillo y eficaz, que podía alcanzar una velocidad máxima de 30 km/h, pero que con las carreteras de aquel tiempo hacia una media de unos 10 km/h. Alvargonzález lo adquirió en 1892.

Automóvil Panhard y Levassor, modelo 1890, de Victoriano Alvargonzález. Tomada de Fernando de La Hoz, Historia del automóvil en Asturias (1890-1965).

Existen varias fotografías de este vehículo, que publica Fernando de La Hoz en su Historia del automóvil en Asturias, 1890-1965 (2010).

El automóvil nació al mundo en 1886. El primero documentado en Asturias lo trajo de París el marqués de Vistalegre en octubre de 1890. Era un Benz de tres ruedas, dos traseras y una delantera, que alcanzaba la velocidad máxima de 20 km/h en las bajadas, 15 en terreno llano y 10 en las subidas.

Automóvil Panhard y Levassor con capota, modelo 1890, de Victoriano Alvargonzález. Tomada de Fernando de La Hoz, Historia del automóvil en Asturias (1890-1965).

El interés de Victoriano Alvargonzález por los automóviles le impulsó a fundar una fábrica de coches a motor en Gijón en 1906, donde se fabricaba el “Hormiga”. Utilizaba motores franceses de la marca Delahaye. Era un coche, según Fernando de La Hoz, silencioso y flexible, de marcha rápida y pensado para subir cuestas, por lo que era muy apropiado para circular por Asturias”. Seguro que uno como el Panhard y Levassor le fueron muy útiles para diseñar el “Hormiga”. Fue el único fabricante de automóviles que hubo en Asturias. La aventura duró seis años.

Cambios en la domesticidad de la casa aristocrática: el palacio de los condes de Toreno en Cangas del Narcea (1689-1827)

Palacio de Toreno; perspectiva general. Foto: Daniel Herrera Arenas, 2014

Fernando Queipo de Llano y Valdés (Madrid, 1663-Cangas del Narcea, 1718), tercer conde de Toreno, regresó al viejo solar asturiano de su ascendencia en 1683 para casarse, tras medio siglo de absentismo familiar. El prístino hogar medieval fue arrasado y sustituido por un nuevo y amplio edificio, en el que se concentraban las nuevas necesidades de habitabilidad requeridas por la aristocracia, aunque en un entorno rural. El interior doméstico se racionaliza, lo que supondrá la funcionalidad específica de cada una de las salas desde el principio. A partir de varios inventarios de bienes fechados entre 1719 y 1827 se observan los principales cambios y permanencias en el hogar de una familia aristocrática durante el siglo XVIII y en la transición del Antiguo Régimen al Liberalismo, favorecidos por los paulatinos cambios culturales suscitados a lo largo del Siglo de las Luces, en la utilización de las habitaciones y en su decoración, sobre todo en las colecciones artísticas (pinacoteca y tapicería).

En el siguiente enlace a la biblioteca del Tous pa Tous, se puede consultar un interesante estudio de Juan Díaz Álvarez, Doctor en Historia y Licenciado en Geografía e Historia (secciones de Historia e Historia del Arte) por la Universidad de Oviedo, basado principalmente en tres inventarios post morten pertenecientes a otras tres personas habitantes del palacio cangués. El primero es el que se hizo a la muerte del tercer conde de Toreno y promotor de la construcción Fernando Queipo de Llano y Valdés (Madrid, 1663-Cangas del Narcea, 1718); el segundo el de su nieto, el quinto conde Joaquín José Queipo de Llano y Valdés (Cangas del Narcea, 1727-1805), realizado en 1803 cuando, aquejado de una prolongada enfermedad traspasa la dirección de la casa a su hijo y heredero el vizconde de Matarrosa, José Marcelino Queipo de Llano Bernaldo de Quirós (Cangas del Narcea, 1757-1808), futuro sexto conde de Toreno. El tercero corresponde a la hija de éste, Josefa Queipo de Llano Ruiz de Sarabia († Cangas del Narcea, 1827), viuda del general Juan Díaz Porlier († La Coruña, 1815).


Las honras fúnebres de los carlistas cangueses en recuerdo de Margarita de Borbón y Carlos VII

José Luis Agudín Menéndez(1)
Universidad de Oviedo

Don Carlos, el Marqués de Cerralbo y Francisco Martín Melgar, de izquierda a derecha. Museo Cerralbo, Madrid.

En las páginas del gran diario carlista El Correo Español, fundado tras el cisma de Ramón Nocedal (1888) y El Siglo Futuro(2), se hallan dos noticias que ayudan a construir unos retazos del desarrollo del carlismo en el distrito electoral de Cangas de Tineo (hoy, Cangas del Narcea). Cabe comenzar afirmando que es sumamente revelador el conocimiento de unas organizaciones minoritarias tradicionalistas pero muy activas políticamente a través del estudio de las prácticas sociales y familiares, los clubes políticos, las liturgias o ceremoniales o el de la actividad periodística o literaria. Este amplio universo desde luego se muestra más que competente para comprender el grado de movilización de una cultura política frente a un exhaustivo análisis electoralista. Estas crónicas también se pueden rastrear de hecho a través de las páginas de Las Libertades(3), el relevante rotativo ovetense adicto al augusto exiliado Carlos VII. Ha de advertirse, sin embargo, que el predominio político en el distrito cangués por aquel entonces había pasado a manos de los liberales de Félix Suárez Inclán tras la muerte del VIII Conde de Toreno, bestia negra del denominado Zar de Asturias, es decir, Alejandro Pidal y Mon(4).

En fin, encaminado en el fin-de-siècle, el carlismo supo salir de los dos tremendos letargos de 1876 y 1888. Bajo la batuta del enérgico Marqués de Cerralbo, ya desde el cisma de Nocedal, el tradicionalismo supo llevar a cabo un prodigioso aggiornamento en forma de juntas políticas, la fundación de círculos de sociabilidad, los viajes de propaganda de los dirigentes y la actividad propagandística oral y escrita(5). El cénit de este prodigioso desarrollo modernizador vino coronado por una actualización programática en el Acta de Loredán, redactada por el pensador Juan Vázquez de Mella.

Margarita de Borbón-Parma, Duquesa de Madrid (1847-1893). Fotografía de Atelier Nadar (1877). Bibliotèque Nationale de France.

Asturias es testigo de las desgarradoras consecuencias del cisma encabezado por el director de El Siglo Futuro. Años más tarde, tras el acicate supuesto por la visita del Conde de Casasola, hermano del Marqués de Cerralbo, se constituyeron juntas locales(6). Su viaje de propaganda no se separaba en absoluto de las directrices generales seguidas por Cerralbo en otros puntos del país. Según recoge José Girón a través del estudio de El Carbayón, Casasola escogió como punto de encuentro del militantismo carlista Laviana, lugar al que acudieron simpatizantes procedentes de la capital provinciana, de Meres, Noreña, La Oscura y Sotrondrio. Poco después de este viaje, Casasola partió de Oviedo rumbo a Galicia, dejando tras de sí el germen de la fundación de otras juntas locales(7). Cabría sumar a este incentivo la presencia incógnita del futuro Jaime III, relatada por Tirso de Olázabal que tocó varios puntos de Asturias aunque no Cangas de Tineo(8).

En el caso de Cangas de Tineo, a consecuencia de estas actividades, se formó una junta local a finales de 1893, según se puede apreciar en el rotativo Las Libertades, al mismo tiempo que aparecían otras en Villaviciosa y Ribadesella(9) . Quienes quizás integraron ese grupo de afectos locales no fueron otros que los abogados Atilano Valdés Miranda y Fernando Graña Ordóñez, que fundarían un mes después el bisemanario El Eco de Occidente (1894-1898)(10) , que si bien Manuel Flórez de Uría lo situaba en órbita lindante del carlismo, sería quizás más apropiada la etiqueta de tradicionalista. Por todo ello, la publicación se hacía eco del movimiento católico regional y los primeros experimentos del catolicismo social de Maximiliano Arboleya, así como del pensamiento de Alejandro Pidal y Mon, aunque al propio tiempo daba rienda suelta a los avatares del carlismo a nivel nacional(11) .

Portada del número extraordinario de El Correo Español correspondiente al 10 de marzo de 1912. El diario carlista fue publicado entre 1888 y 1922, a expensas del marqués de Cerralbo. Biblioteca Nacional de España.

Pues bien, unos meses antes fallecía en Viareggio (Italia) la primera de las dos esposas del pretendiente Carlos VII, Margarita de Parma, reina de buena memoria entre los carlistas. Hasta tal punto fue popular que las mujeres carlistas pasaron a denominarse margaritas cuya actividad comenzó a despuntar cuando el carlismo funda juventudes y cuerpos paramilitares requetés(12) . Su muerte causó una honda conmoción y el órgano oficioso del carlismo en la capital madrileña recogía a primera página con todo lujo de detalles los sufragios en honor a la augusta finada. En su ejemplar del día 7 de marzo de 1893, El Correo Español incluye las honras fúnebres que tuvieron lugar en Oviedo, Cangas de Tineo y Laviana. Los actos, como se habrá podido suponer, estuvieron encabezados por los dirigentes tradicionalistas de la región. Así, en Oviedo el duelo fue presidido por el dirigente y catedrático de la Universidad de Oviedo Guillermo Estrada, el ex diputado Domingo Díaz Caneja y José Díaz Ordoñez, presidente del Círculo Tradicionalista Covadonga.

En cuanto a los actos conmemorados en Cangas de Tineo, la crónica comienza señalando que:

Los carlistas de este importante pueblo están perfectamente organizados, y á pesar de la distancia larga y malas vías de comunicación, que les impide el frecuente trato con los de la capital, conservan tan vivo el espíritu carlista, que no desconfían de poder sacar en no lejano tiempo un diputado que defienda nuestro programa en el Parlamento.

Una muestra palmaria de esta militancia, continúa el corresponsal, se produjo el 16 de febrero de 1893, cuando:

Primera plana del bisemanario El Eco de Occidente (7 de diciembre de 1894). Hemeroteca del Tous pa Tous.

[Se] celebra [ron] unas honras fúnebres tan solemnes, que no cedieron en importancia á las de muchas ciudades.
Asistió numeroso clero de todos los pueblos comarcanos y de algunos bastante distantes, y una Comisión de los Revdos. PP. Dominicos de San Juan de Corias.
El templo parroquial estaba completamente lleno de fieles, y los bancos ocupados por los más caracterizados carlistas de la localidad.

Entre las autoridades tradicionalistas que encabezan el acto se señalaba además a varios abogados, “todos ellos distinguidos de tan importante villa”: Fernando Flórez Valdés, Fernando Graña Ordoñez, el futuro alcalde y diputado provincial liberal Nicolás de Ron Flórez, Luis González Pérez y Joaquín Flórez de Sierra. En la crónica se describen por último las representaciones heráldicas flordelisadas del catafalco:

El catafalco, verdaderamente soberbio, constaba de cuatro cuerpos coronados por alta y primorosa estatua de la Fe; los negros mantos que los cubrían estaban cuajados de hermosas flores de lis, y el cuerpo central ostentaba las armas flordelísadas y dos preciosas guirnaldas de margaritas; á uno y otro lado del túmulo estaban colocados dos leones de gran tamaño, de los cuales brotaba abundantísimo foco de luz, la cual, unida á la de los blandones y cirios colocados también á ambos lados, permitía ver con toda claridad la severa majestad del catafalco(13).

Ejemplar del diario conservador ovetense El Carbayón del día 17 de octubre de 1892 aplaudiendo la modernización y aceptación del juego político del nuevo carlismo tras la visita del Conde de Casasola. Biblioteca Virtual del Principado de Asturias.

Varios años más tarde, fallecía el 18 de julio de 1909 en Varese (Italia) el Duque de Madrid, Carlos VII. Para aquella ocasión, El Correo Español recoge un escueto telegrama firmado por el mismo Fernando Graña Ordoñez, unos ocho días más tarde de su fallecimiento. En el telegrama recogido en primera plana, en la sección extraordinaria “Duelo Nacional”, se mencionaba que los tradicionalistas de Cangas de Tineo celebraron un funeral eterno en la iglesia del monasterio de San Juan de Corias el día 24, funeral en el que ofició el Rector de los Dominicos y al que asistieron veintiún sacerdotes(14) .

Pocos días antes de iniciarse la I Guerra Mundial, Fernando Graña era confirmado en el cargo de dirigente local del comité de la ya comunión jaimista (desde la muerte de Don Carlos los carlistas pasaron a denominarse jaimistas ya que el nuevo dirigente era su hijo Jaime III). En la antesala de la fiesta onomástica de Don Jaime, el 25 de julio de 1914, se celebraron varios actos de propaganda que dan constancia de la vitalidad del jaimismo asturiano. La noticia aparecida en las páginas de El Correo Español alude a que para obtener una organización más perfecta se ha dividido la región en zonas, nombrando para cada uno de ellas un delegado de la Junta organizadora(15).

 

 


Notas sobre el texto

(1) Becario predoctoral FPU en la Universidad de Oviedo. En estos momentos, ultima una tesis titulada “El Siglo Futuro (1914-1936): órgano del integrismo y la Comunión Tradicionalista” bajo la dirección de Jorge Uría y Víctor Rodríguez Infiesta. Correo electrónico: jlagudin@hotmail.com.

(2) Sobre la disidencia integrista vid. la síntesis de Jordi CANAL: “Las muertes y las resurrecciones del carlismo. Reflexiones en torno al cisma integrista de 1888″, Ayer, 38 (2000), pp. 115-135. Para más detalles del carlismo en el fin de siglo puede acudirse a la obra monumental de Melchor FERRER: Historia del Tradicionalismo Español, T. XXVIII-I, Sevilla, Editorial Católica, 1959; y de modo más asequible Jordi CANAL: El carlismo. Dos siglos de contrarrevolución en España, Madrid, Alianza, 2000, pp. 231-255.

(3) José NAVARRO CABANES: Apuntes bibliográficos de la prensa carlista, Valencia, Sanchis, Torres y Sanchis, 1917, p. 192.; Jesús-Evaristo CASARIEGO: Exposición sobre historia del periodismo asturiano, Oviedo, Caja de Ahorros de Asturias, 1971; José GIRÓN: “La prensa monárquica en Asturias durante la Restauración”, Boletín del Real Instituto de Estudios Asturianos, 148 (1996), pp. 246-247 y 258.

(4) El apelativo Zar de Asturias es deudor del título de la biografía de Joaquín FERNÁNDEZ: El Zar de Asturias. Alejandro Pidal y Mon (1846-1913), Gijón, Trea, 2005.

(5) Jordi CANAL: Banderas blancas, boinas rojas. Una historia política del carlismo, 1876-1939, Madrid, Marcial Pons, 2006, pp. 119-158; Agustín FERNÁNDEZ ESCUDERO: El marqués de Cerralbo. Una vida entre el carlismo y la arqueología, Madrid, La Ergástula, 2015, pp. 135-170; algunas reflexiones sobre esta monografía las ofrezco en José Luis AGUDÍN MENÉNDEZ: “Cerralbo: algo más que un político”, El Comercio, 18 de abril de 2017.

(6) El Carbayón, 6 de septiembre de 1892. La visita en Oviedo la realizó en compañía de Guillermo Estrada y José Díaz Ordoñez, presidente del círculo Covadonga. Cfr. José GIRÓN: Los partidos políticos en Asturias (1875-1923). Los Partidos Monárquicos, Oviedo, Nobel, 2013, p. 85.

(7) Ibíd., p. 86; “Los carlistas en Laviana”, El Carbayón, 17 de septiembre de 1892; sobre la necesidad de adaptación del carlismo reivindicada desde la tribuna del órgano ovetense vid. “Política asturiana I y II”, 17 y 18 de octubre de 1892.

(8) Tirso de OLAZABAL: Don Jaime en España. Crónica del viaje de S.A.R., Bilbao, Imp. y Enc. La Propaganda, 1898, pp. 35-55.

(9) Las Libertades, 23 de diciembre de 1893. Cit. en José GIRÓN: Los partidos políticos…, p. 89.

(10) José GIRÓN lo inserta dentro del grupo de los periódicos conservadores, supliendo el espacio ocupado hasta entonces por el decano de la prensa canguesa El Occidente de Asturias y encarnando el azote del caciquismo inclanista, rol luego asumido por el kleiserista El Narcea: “La prensa monárquica…”, pp. 250 y 259; sobre la apuntada filiación entre la frontera conservador-carlista: Faustino MELÉNDEZ DE ÁRVAS: “Cangas de Tineo”, en Octavio BELLMUNT y Fermín CANELLA SECADES (Dirs.): Asturias: su historia y monumentos, bellezas y recuerdos, costumbres y tradiciones, el bable, asturianos ilustres, agricultura e industria, estadística, T. 3, Gijón, Fototip. y Tip. O. Bellmunt, 1894-1900, p. 196.

(11) Alejandro PIDAL Y MON: “El filosofo español Fr. Ceferino González”, El Eco de Occidente, 4 y 7 de diciembre de 1894. Sobre el círculo obrero ovetense, incentivado por el tío de Arboleya, el arzobispo Fr. Ramón Martínez Vigil, aparece una memoria en forma de folletín: “Círculo católico de obreros de Oviedo/Memoria”, El Eco de Occidente, 30 de noviembre, 4,7, 11, 14, 21, 25 y 28 de diciembre de 1894.

(12) Realmente su origen se produjo en la última carlistada en los hospitales de campaña. La mujer carlista, según Jordi Canal, pudo dar el salto del espacio privado al público. Acceden a espacios de clara prerrogativa masculina como eran los círculos. Estas agrupaciones tradicionalistas femeninas emergen en los últimos años de la Restauración, produciéndose su gran expansión en tiempos de la II República, aunque el papel que se les seguía asignando era el del hogar. Tenían un papel más que destacado en la reproducción y pervivencia como cultura política. Vid. Jordi CANAL: El carlismo…, pp. 296-297.

(13) El Correo Español, 7 de marzo de 1893.

(14) El Correo Español, 26 de julio de 1909.

(15) “Movimiento legitimista/ Gran mitin en Gijón”, El Correo Español, 7 de julio de 1914.

 

La fiesta del Carmen de Cangas de Tineo en 1927

Fiesta del Carmen, 1927. Coche camino de la plaza de toros con intención de presidir una becerrada que finalmente se suspendió. Foto: Mena.

En el año 1927, en la simpática y próspera villa de Cangas de Tineo, el día grande de las fiestas del Carmen se celebró el domingo 17 de julio. A la solemnísima festividad de la Virgen del Carmen estaban invitados los gobernadores civil y militar y el presidente de la Diputación, así como otras distinguidas personalidades.

Como a las nueve y media de la mañana de dicho día, salió la comitiva automovilística que trasladaba a Cangas a las autoridades de la provincia, de los alrededores de la Diputación. En el coche donde iban el general Zuvillaga y el gobernador civil señor Caballero, iba también el general paraguayo Maulio Ichenmón que se hallaba en Oviedo en comisión de servicio, Francisco Zuvillaga, hijo del gobernador militar, y el teniente de Infantería don Luis Castañón, como ayudante del general.

En otro coche iban el presidente de la Diputación señor Pumariño y el vicepresidente señor Victoreco Dosal, con el conserje de la Diputación, don Gilberto González.

El viaje se realizó felizmente, aun cuando el día se presentaba amenazador de lluvia. Al llegar los automóviles al límite del concejo fueron recibidos los visitantes por el alcalde de Cangas de Tineo don Antonio Arce, el delegado gubernativo, el diputado provincial don José María Díaz Penedela y otras distinguidas personalidades. Inmediatamente de darles la bienvenida se formó una gran caravana automovilista, que hizo la entrada poco después en Cangas, por cuyas calles ya pululaba un gentío enorme.

Fiesta del Carmen, 1927. Las autoridades presenciando el reparto del bollo con chorizo a los pobres del concejo. Foto: Mena

Llegados los visitantes a la populosa villa, se dirigieron inmediatamente a visitar el nuevo Teatro-Salón Toreno, que se debió inaugurar el día anterior, haciendo grandes y calurosos elogios del mismo, tanto de su instalación como de sus excelentísimas condiciones de capacidad, comodidad, etc.

En Cangas de Tineo llovía copiosamente, aunque con intervalos. Esta hostilidad del tiempo, no llegaba a deslucir la fiesta, que a pesar de todo, prometía estar animadísima. La concurrencia de personas era verdaderamente enorme.

Las autoridades de la provincia con sus acompañantes y las autoridades de la villa, luego de visitar el nuevo teatro, se dirigieron al llamado “Campo de la Vega”, donde se procedió al reparto del clásico bollo a los pobres del concejo, reparto que fue presenciado por los visitantes y numerosísimas personas. A continuación del reparto se celebró una animadísima romería que amenizaron la banda de música y una notable agrupación musical de Vegadeo, llamada “Los Quirotelmos”, compuesta por una gaita, un clarinete, un tambor y un bombo. Se celebró también un animado baile.

Luego los gobernadores, el presidente de la Diputación y el vicepresidente y sus acompañantes y otras muchas personas se trasladaron al domicilio del diputado don Jose María Díaz Penedela, donde fueron obsequiados con un banquete.

POR LA TARDE

Fiesta del Carmen, 1927. La procesión a su entrada a la capilla de Ambasaguas. Foto: Mena.

En las primeras horas de la tarde la animación que había en las calles era verdaderamente inusitada, siendo de notar una considerable afluencia de forasteros. A las dos y media comenzó a llover torrencialmente, que hizo temer por la celebración del principal festejo que era la procesión de la Virgen del Carmen, pero cerca de las cuatro, hora anunciada para que comenzase el religioso desfile, amainó algo y éste dio comienzo.

Por la mañana se había procedido a trasladar solemnemente la sagrada imagen desde la capilla de Entrambasaguas a la iglesia parroquial. La procesión de la tarde, la más solemne, consistía en retornar la imagen a su capilla. Fue transportada la imagen con toda solemnidad y al pasar por el puente junto a la capilla, comenzaron las descargas de voladores con un ruido atronador, enorme, que hacía taparse los oídos.

Apenas quedó la imagen en su capilla, comenzó a llover de nuevo torrencialmente. Quedaba un festejo público importante: el de los toros, si este nombre se podía dar a los dos becerretes que se habían de lidiar. Aprovechando las escasas escampadas que había, el público comenzó a afluir a la plaza.

SE HUNDE LA PLAZA DE TOROS

La plaza improvisada con tablas, se fue llenando de público, y cuando más rebosante estaba, se hundieron todos los tendidos de un lado.

Fiesta del Carmen. Un grupo de curiosos desfilando ante la parte del hundimiento de la plaza de toros. Foto: Mena.

Imposible describir la confusión, el pánico y la emoción que reinó entonces entre el público. Cayeron las personas en montón, entre tablas, en un revoltijo enorme. Gritos de angustia, ayes de dolor, demandas de auxilio se alzaron en un vocerío ensordecedor. Las personas de los tendidos ilesos se arrojaron a auxiliar a las caídas y a poco no se veían sino grupos de personas asistiendo a señoras accidentadas de la impresión y a algunos individuos en quienes el susto produjo ataques.

Al principio se pensó en una verdadera catástrofe con numerosos heridos y muertos, pero serenados un poco los ánimos, se vio enseguida que aparte de los desvanecimientos, algunos de gravedad, el accidente no había tenido mayores consecuencias.

Acudió la Guardia Civil que comenzó acto seguido a practicar gestiones. Las autoridades de la provincia llegaron prestamente al lugar del suceso, enterándose con todo detalle de lo ocurrido. Las autoridades locales llamaron inmediatamente al empresario de la corrida y a continuación al contratista de la improvisada plaza, el cual quedó detenido. Se llamaba Manuel Flórez. Inmediatamente se comenzó a devolver el dinero a las personas que entraron en el coso siniestrado.

Poco después de haber ocurrido el suceso, los gobernadores civil y militar, el presidente de la Diputación y sus acompañantes, emprendieron regreso a la capital asturiana, donde llegaron bastante tarde.

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Publicado en Región: diario de la mañana: Año V Número 1286 – 1927 julio 19 – Oviedo (19/07/1927) 

Reglamentos de 1840 y 1907 de los serenos de Madrid

Sereno de Madrid en el año 1832

La figura del sereno como vigilante nocturno se crea a finales del siglo XVIII y tiene como misión la de guardar el orden público por la noche, así como vigilar que los faroles nocturnos no se apaguen.

El Reglamento de Serenos de Madrid de 1798 establece que serán cien y tendrán como obligación “asegurar la quietud y buen orden en alivio del vecindario” y tienen una importante tarea que se incrementa en el siglo XIX al darles también la ocupación de faroleros. Concretamente es en 1840 cuando se terminan de unificar las misiones de sereno y farolero.

El reglamento de 1840 establecía, entre otras cosas, que los serenos debían vivir en el barrio donde trabajaban, que fueran nombrados por la policía, medir cinco pies de estatura al menos, no tener antecedentes policiales, no tener otro trabajo que les impidiera estar descansados por la noche, o tener entre 20 y 40 años.

Esta actividad de los serenos se transforma con las nuevas tecnologías y es con la llegada del siglo XX cuando se procede a un reciclaje de sus ocupaciones y la creación de la figura del sereno de comercio y vecindad, el cual tendrá por cometido abrir las puertas a los vecinos, así como el encendido o apagado del alumbrado de petróleo.

Esta nueva figura se desarrolla en Madrid con el “Reglamento del Servicio de Serenos de Comercio y Vecindario de Madrid” de 1907, donde se dan normas de actuación y se plantea la distinción entre serenos de villa y serenos de comercio, siendo los de villa adjuntos a la Policía Municipal, mientras que los de comercio se les consideraba como auxiliares del citado cuerpo.

Incorporamos a la Biblioteca Digital del Tous pa Tous el “Reglamento de Serenos, Madrid 1840” cuya procedencia son los fondos de la Biblioteca Nacional de España, y el “Reglamento del Servicio de Serenos de Comercio y Vecindario de Madrid” de 1907, que nos ha enviado nuestro socio residente en Madrid, José Fernando Menéndez Pérez, quien se ha molestado en rescatarlo para el Tous pa Tous, en formato digital, de los fondos de la Biblioteca Histórica Municipal de Madrid.

Los padrones de la villa de Cangas de Tineo del siglo XVII

Incorporamos a la Biblioteca Digital del Tous pa Tous, un trabajo del profesor de la Universidad Pontificia de Comillas, Roberto López-Campillo y Montero bajo el título:

LOS PADRONES DE LA VILLA DE CANGAS DE TINEO DEL SIGLO XVII
INTRODUCCIÓN, TRANSCRIPCIÓN Y COMENTARIO

El presente artículo ofrece la transcripción de los tres padrones más antiguos de la villa de Cangas del Narcea, antigua Cangas de Tineo, que se han conservado. En ello se encuentran no sólo lo nombres de los vecinos que habitaban esta villa asturiana en el siglo XVII, sino también multitud de aspectos de índole demográfica, socio-económica o nobiliaria que son imprescindibles para cualquier estudio posterior. Para situar correctamente estos documentos, se hace un elenco de todos los padrones existentes de la villa de Cangas y se propone un amplio comentario de los que aquí se transcriben.

Carlos II y el demonio de Cangas

El reinado del último soberano de la casa de Austria se vio perturbado por la creencia de que el rey era objeto de un maleficio, idea que llevó a someterlo a exorcismos que terminaran con su mala salud y le permitieran engendrar un heredero.

Carlos II a los diez años. Museo Bellas Artes de Asturias. Óleo sobre lienzo (c. 1671). Obra de Juan Carreño de Miranda (Asturias, 1614-Madrid, 1685)

«Está tan melancólico que ni sus bufones ni sus enanos logran distraerlo de sus fantasías respecto a las tentaciones del diablo. Nunca se cree seguro si no están a su lado su confesor y dos frailes, a quienes hace acostar en su dormitorio todas las noches». Así describía el embajador inglés Stanhope, en 1698, el decaído estado de ánimo de Carlos II. Los altibajos de la precaria salud del monarca eran escrutados ansiosamente por los embajadores de las potencias europeas, que intrigaban en la corte de Madrid para decantar el testamento del soberano a favor de uno u otro de los candidatos extranjeros al trono, pues su Católica Majestad no tenía heredero. Su incapacidad para engendrar un sucesor no sólo lo había hundido en la angustia, sino que había contribuido a convencerlo de que era víctima de una conjura diabólica para que a su muerte quedara vacante el trono español.

Con el enfermizo Carlos culminó el problema sucesorio que había amargado la existencia de su padre, Felipe IV. Éste había tenido decenas de vástagos fuera del matrimonio –entre ellos, Juan José de Austria, el único al que había reconocido como hijo suyo–, pero sus dos esposas sólo le habían dado tres varones: Baltasar Carlos, fallecido a punto de cumplir los 17 años; Felipe Próspero, que no llegó a los cuatro, y  Carlos, el único que alcanzó la edad adulta.

Carlos II había nacido el 6 de noviembre de 1661, cinco días después de la muerte de su hermano Felipe Próspero, lo que al soberano le pareció un venturoso augurio para la continuidad de su estirpe. Pero el pequeño ya mostraba una salud precaria. De hecho, hasta los seis años no pudo caminar, y a los nueve lo hacía con dificultad. También su formación intelectual era deficitaria. Sus dolencias y la preocupación por su salud hicieron que su educación pasara a un segundo término, de manera que a los nueve años hablaba torpemente, no sabía leer ni escribir y sólo podía contar hasta cien. El pequeño creció en el sombrío Alcázar de Madrid, sin compañía de chicos de su edad; su madre, Mariana de Austria, temerosa de cualquier percance, evitaba que practicase esgrima, equitación o cualquier actividad física. Cuando en 1665 murió Felipe IV, el futuro de su desmedrado hijo parecía de lo más incierto; tanto, que, en 1668, el emperador Leopoldo y Luis XIV de Francia –el Rey Sol–  pactaron el reparto de las posesiones españolas en caso de defunción del monarca.

Consciente de las limitaciones del heredero, el rey había establecido la regencia de doña Mariana de Austria, cuyo autoritarismo fue anulando en Carlos toda capacidad de decisión. Por su parte, la reina se confió a sus validos: primero, a su confesor, el jesuita Nithard, y después al dicharachero Fernando de Valenzuela, organizador de los festejos de la corte. La influencia de ambos levantó la oposición de la nobleza, que se canalizó a través de Juan José de Austria. El hermano bastardo del rey entró en Madrid en 1677, desterró a Valenzuela y apartó a la reina madre, instalándola en Toledo. Pero don Juan falleció en el verano de 1679 y doña Mariana volvió a Madrid. Y allí, en diciembre, se instaló la sobrina del Rey Sol. María Luisa de Orleans, que se acababa de convertir en esposa de Carlos.

Ni hijos, ni salud

Pasaron los años y el heredero no llegaba, lo que  incluso llevó a pensar que se daban a la reina sustancias para evitar la concepción y privar al trono de sucesor. Hasta se la acusó de tomar abortivos, una idea propagada por el embajador imperial; no en vano eran un francés y un austríaco los principales candidatos al trono español si faltaba el heredero. En ese ominoso ambiente falleció María Luisa, en febrero de 1689.
El rey, que amaba a su esposa, quedó destrozado. Pero el tiempo apremiaba, y se le buscó una nueva cónyuge: Mariana de Neoburgo, prima suya e hija del elector del Palatinado; su madre había tenido 24 gestaciones, lo que parecía garantizar su fertilidad. El matrimonio se consumó en 1690, y muy  pronto la nueva consorte chocó con la reina madre, Mariana de Austria. Para hacerse valer frente a ésta y dominar la voluntad de Carlos II, simuló hasta doce embarazos terminados en aborto. Cuando en mayo de 1696 falleció la madre del soberano, quedó abierto para Mariana de Neoburgo el camino de la injerencia política, a lo que contribuyó un carácter dominante que amedrentaba al regio consorte.

El demonio de Cangas

Mientras la sucesión se alejaba, la salud del rey empeoraba. Desde enero de 1696 padecía desarreglos gástricos, temblores convulsivos, pérdidas de sentido y otros achaques a los que los médicos no lograban poner término. Con un rey enfermo e incapaz de engendrar un hijo, y con la corte sumida en turbias maniobras políticas a propósito de la sucesión del trono, se planteó la cuestión de los hechizos del rey.

Poco a poco se había abierto paso la idea de que la decaída salud de Carlos II se debía a una actuación diabólica, hasta el punto de que ello se trató en el Consejo de la Inquisición, que sobreseyó el asunto por falta de pruebas. Pero el monarca supo a qué se atribuía su estado físico, y en enero de 1698 recibió en audiencia secreta al inquisidor general, el dominico Juan Tomás de Rocabertí, y le rogó que se aplicara a descubrir si estaba hechizado.

Cangas del Narcea hacia 1910. Procesión del Corpus Christi en la calle Mayor. En primer plano, a la izquierda, está el antiguo Convento de la Encarnación de las RR. MM. Dominicas.

Rocabertí expuso al Consejo de la Inquisición lo que le había sugerido el rey, pero los consejeros estimaron que no había pruebas de actuación maléfica, por lo que no cabía someter al monarca a rituales que sólo podían perturbar su paz de espíritu y la tranquilidad de la corte. El inquisidor  no quedó satisfecho con la respuesta, y se puso en contacto con el nuevo confesor del rey, el también dominico Froilán Díaz. Éste supo que un antiguo compañero de estudios, fray Antonio Álvarez de Argüelles, estaba exorcizando a unas monjas del Convento de la Encarnación poseídas por el demonio en Cangas de Tineo (la actual Cangas del Narcea, en Asturias). Fray Froilán se propuso sonsacar al diablo de Cangas la verdad acerca de los hechizos del rey, para lo que pidió permiso a Tomás de Reluz, obispo de Oviedo, diócesis a la que pertenecía el convento. Sin embargo, el prelado respondió que, a su juicio, en el rey no había «más hechizo que su decaimiento de corazón y una entrega excesiva de voluntad a la reina», y sólo recomendó oraciones.

Ni el inquisidor ni el confesor hicieron caso al obispo, y en junio de 1698 Rocabertí ordenó a fray Argüelles que conjurase al demonio y le preguntara si los soberanos estaban maleficiados. Con ello no sólo actuaba a espaldas del Consejo de la Inquisición, sino que contravenía las disposiciones canónicas, que prohibían interrogar al demonio espontáneamente. El 9 de septiembre, el diablo respondió por boca de las monjas que el rey estaba doblemente ligado por obra maléfica: para engendrar y para gobernar. Se le hechizó cuando tenía catorce años (la fecha de su mayoría de edad, en que podía gobernar por sí solo) con un chocolate en el que se disolvieron los sesos de un hombre muerto para quitarle la salud, y también los riñones –los testículos– para corromperle el semen e impedirle la generación. Explicó también el demonio que los efectos del bebedizo se renovaban por lunas y eran mayores durante las lunas nuevas. La inductora había sido la difunta reina madre, poseída de la ambición de seguir gobernando, y Valenzuela, su valido, permitió que llegase al rey la dosis nefasta, preparada por una mujer llamada Casilda y que vivía en Madrid.

Pero el demonio pronto se desdijo. El 28 de noviembre de 1698 escribía fray Antonio: «He hallado mucha y demasiada rebeldía en los demonios y, poniendo las manos sobre el ara consagrada, juró Lucifer que todo lo que había dicho era mentira y que no tenía nada el rey». Al parecer, el diablo no completaría sus revelaciones sino en la madrileña basílica de Atocha, adonde se debían trasladar fraile y posesas. Algo así era inconcebible para el inquisidor general, que había llevado todo el asunto en secreto. Esta complicada situación se enrarecería aún más con la muerte de Rocabertí, en junio de 1699.

Exorcismos en palacio

Retrato de Carlos II, con armadura. Museo del Greco (Toledo). Óleo sobre lienzo (c. 1681). Obra de Juan Carreño de Miranda (Asturias, 1614-Madrid, 1685)

Carlos II eligió como nuevo inquisidor al cardenal Alonso de Aguilar. El rey, que lo designó en contra de la voluntad de Mariana de Neoburgo (quien tenía otro candidato al puesto), dejó clara al cardenal la razón por la que lo había elegido: «Muchos me dicen que estoy hechizado, y yo lo voy creyendo: tales son las cosas que dentro de mí experimento y padezco. Y pues seréis presto nuevo inquisidor general y haréis justicia a todos, hacédmela a mí también, descargando de mi corazón esta opresión que tanto me atormenta». No era de extrañar que el rey se convenciera de que era objeto de artes maléficas, pues –desde que había hablado el Lucifer de Cangas– a él y a su esposa se les habían aplicado exorcismos, sin quizá llegarle a administrar los remedios prescritos por fray Antonio: ingerir aceite bendito en ayunas y ungir con él cuerpo y cabeza.

Ahora, el nuevo inquisidor y el obcecado confesor real se empeñaron en ayudar a su señor con el auxilio de un nuevo personaje: Mauro Tenda. Este capuchino saboyano, afamado exorcista, se había desplazado a la corte desde Italia después de que, en 1696, una endemoniada le confesara que el rey español estaba endemoniado y él debía liberarlo. Tenda había llegado a Madrid en el verano de 1698, y ahora el inquisidor se puso en contacto con él, visto que los médicos no lograban terminar con la esterilidad ni con sus dolencias. Un amanecer de junio de 1699, el capuchino tuvo su primera entrevista con el soberano; ordenó al demonio que pinchase a su majestad en diferentes lugares de su cuerpo, y así lo sintió un espantado Carlos II, lo que confirmó la existencia de una intervención diabólica. El fraile concluiría que el rey no estaba endemoniado, sino hechizado.

Así las cosas, Tenda advirtió que el monarca llevaba un saquito colgado del cuello, que guardaba bajo la almohada mientras dormía. Él y el confesor real lograron que la reina se lo entregase; cuando lo hizo, descubrieron que contenía cosas que se empleaban en hechizos, como cáscaras de huevo, uñas de los pies y cabellos. Interrogado el monarca, éste explicó que pensaba que eran reliquias y que no recordaba quién se lo dio.

El endemoniado de Viena

En septiembre, tres meses después de que comenzaran los exorcismos, habló el demonio en Madrid, por boca de una posesa que refirió que la propia reina estaba hechizada. El confesor y Tenda lograron que Mariana entregase a su esposo una bolsita que, como hacía Carlos, llevaba al cuello y ponía bajo la almohada, y en cuyo interior se hallaron tierra y cabellos del soberano. Los autores del maleficio eran la condesa de Berlepsch, confidente de la soberana, y una de sus azafatas, Alejandra, instigadas por Lorenza de la Cerda, conocida como la condestablesa Colonna. También le revelaron que el padre Gabriel de la Chiusa, confesor de la reina, no era cómplice de este hechizo, pero había fabricado otro con el que podía conseguir de la reina lo que quisiera. Que el diablo andaba por los pasadizos del Alcázar madrileño quedó confirmado en aquel mismo mes, cuando el embajador austríaco recibió del emperador Leopoldo el interrogatorio a un joven endemoniado de Viena, quien afirmó que el rey estaba maleficiado. El artífice del sortilegio era una tal Isabel, que tenía la boca torcida, la marca de una T en la axila y cuya hija había sido procesada por la Inquisición como judía notoria.

La furia de la reina

Esta vez, fray Froilán comunicó los hallazgos al Consejo de la Inquisición, que indagó al respecto, pero no se halló al autor de los hechizos «ni cosa cierta de lo demás». Dudando de si eran los lugares que el demonio señalaba, en un portal de la calle de Silva y en una estancia del Alcázar se encontraron cosas que se reputaron hechizos: según fray Froilán, el del Alcázar era «una masa compacta de agujas, horquillas, huesos de cereza y albaricoques y pelo de Su Majestad». Todo fue quemado según prescribía la Iglesia. Aquel otoño de 1699, Carlos II experimentó un maravilloso restablecimiento que el confesor real y el padre Tenda atribuyeron a la eficacia de los exorcismos. Pero la actuación de los dos frailes había levantado la ira de Mariana de Neoburgo, quien no podía tolerar que el diablo señalase a personas de su entorno (o a ella misma) como cómplices de los embrujamientos. El momento de ajustar cuentas llegó cuando, el 19 de septiembre, falleció el inquisidor Aguilar. La reina logró que se concediera su puesto al autoritario don Baltasar de Mendoza, obispo de Segovia, quien hizo que el Santo Oficio arrestara a fray Froilán y expulsara de España a fray Tenda. El rey hechizado abandonó este mundo el primero de noviembre de 1700. Ni exorcistas ni médicos lograron prolongar su vida ni que concibiera un hederedo, y a su muerte estalló, cruenta, la guerra de Sucesión por el trono español.

Para saber más

La vida y la época de Carlos II el Hechizado. José Calvo Poyato. Ed. Planeta, Barcelona, 1996.
Supersticiones de los siglos XVI y XVII y hechizos de Carlos II. Maura Gamazo, Gabriel (duque de Maura). Ed. Saturnino Calleja, s.p.i. Madrid.


Fuente: National Geographic ESPAÑA


El Sereno

Sereno

El día 15 de marzo de 1976 aparece esta noticia en prensa: “El vigilante nocturno ha entrado en acción”. Esta noticia tiene detrás de sí mucha más importancia de lo que a simple vista aparenta; es el principio del fin del cuerpo de Serenos del Comercio y Vecindad, vulgo “el sereno”.

Como nieto, hijo, sobrino y primo de serenos, esta noticia me afectó profundamente y cambió la vida y forma de vivir de muchas personas, y las noches ya no fueron las mismas. Pero ¿qué era un sereno?

Básicamente, para todos era una persona con gorra y chuzo, que te abría el portal de casa cuando llegabas y estaba cerrado. Para mí es complicado de explicar, pero un sereno era muchas más cosas: controlaba el acceso a las viviendas de personas desconocidas, vigilaba los coches estacionados, avisaba al médico, estaba al tanto de los comercios y, en general, de cualquier situación no habitual que surgiera. Adjunto el título de sereno de mi abuelo, del año 1922, que lo firma el entonces alcalde de Madrid, el conde de Valle de Suchil. No me consta que en aquella época llevaran pito y me confirman que no llevaban el chuzo con la punta de lanza que se suele ver en las fotos. Si llevaban un farol, porque no debemos olvidar que durante la Guerra Civil Madrid estaba a oscuras, y llevaban unas cerillas bastante largas para que se iluminaran los vecinos hasta subir a su piso. Tampoco cantaban la hora ni el tiempo.

En aquellos años, la vida del sereno fue muy difícil porque, recordemos, los serenos de Madrid nunca cobraron un céntimo del ayuntamiento. Sus ingresos provenían exclusivamente de las propinas que recibían por abrir los portales y los “recibos” que algunos vecinos y comerciantes pagaban todos los meses; estos recibos eran los únicos ingresos fijos de los serenos, porque las propinas eran aleatorias, y pensemos lo que fueron los tiempos de guerra, de penuria general posteriores y que durante un tiempo si andabas por la noche sin un pase podías ser detenido. Esto obligó a los serenos a buscar además otros trabajos, con sus correspondientes permisos y, por supuesto, riesgos.

Insignia de los Serenos de Comercio y Vecindad de Madrid.

En el 1934, mi abuelo, ante la conflictividad que existe en Madrid, solicita una licencia de armas y lleva pistola; la licencia es renovada en época de guerra (adjunto licencias). Por supuesto, el arma y el uniforme eran comprados por los propios serenos. El Ayuntamiento de Madrid solo les daba la chapa con el número, que era muy ancha, se cosía muy mal a la gorra y se caía muy fácilmente; al final muy pocos la llevaban. Una chapa de estas estuvo en un museo sin clasificar, porque no sabían lo que significaba SCV (Sereno del Comercio y Vecindario), pensaban que la “V” era de vigilancia.

El uniforme completo era gorra de plato gris con rayas amarillas, abrigo o guardapolvos, (invierno o verano), chuzo y peto llavero. Este último era de cuero muy oscuro, se ataba con tiras laterales y llevaba dos o tres filas para llevar las llaves; pensemos en el tamaño de aquellas llaves, de aquellos portalones con grandes puertas de hoja de madera, motivo fundamental por el cual ningún vecino se llevaba la llave del portal cuando salía de casa.

Mas tarde, con el cambio de aquellas preciosas puertas por otras de aluminio y el cambio de las grandes cerraduras a otras más pequeñas, se redujo el tamaño de las llaves; hay fotos de serenos que llevan las llaves en un aro grande.

Lo que nunca cambió fue el sistema de llamarles. Llegabas al portal y dabas unas palmadas, y al cabo de un momento oías la voz: “VA”, acompañada de un golpe de chuzo por la acera, y mientras venía también daba algún golpe para que supieras por donde iba. El sereno siempre entraba en el portal el primero, por si había algo raro, encendía la luz, miraba detrás de la puerta que abría, daba las buenas noches y hacia algún comentario. NUNCA ponía la mano para pedir dinero, si le daban propina bien y si no también. Esperaba a que empezara a subir el vecino y volvía a cerrar el portal. Así lo vi hacer a mi abuelo, a mi padre y al sereno de mi calle, que se llamaba Ginés y era de Segovia.

De Segovia era también otro sereno que salió en prensa, ya que avisó a los vecinos que la casa temblaba, salieron corriendo y cayó la casa y no pilló a nadie dentro. Recuerdo un comentario en mi casa: “Para una vez que salimos en los periódicos, no es de Cangas”.

El sereno José Fernández Fernández de Casa Santiago, Llamas de Ambasaguas (Cangas del Narcea)

CANGAS… CANGAS DEL NARCEA, hablar en Madrid de serenos es hablar de Asturias, y más concretamente de Cangas del Narcea.

Como estos recuerdos los voy a mandar al Tous pa Tous reviso la revista La Maniega de los años 20-30, y, por ejemplo, la primera portada es…”Un sereno” y viendo los listados de socios en Madrid aparece mi abuelo. Analizo las profesiones de los socios en la capital de España y en el 1930, a pesar de la fama que tienen los cangueses de trabajar en bares y demás, incluyendo los que pueden ser bodegas y cualquier tipo de hostelería, son 107 socios los que trabajan en este ramo, una cantidad respetable, pero de oficio sereno aparecen: 153.

Y a todo esto, ¿cómo se conseguía una plaza de sereno?. Normalmente se compraba, se heredaba o se dejaba a un familiar. Los precios llegaban a ser muy altos. He visto dos “documentos” de préstamo de 1910, en los que las casas de los serenos se hacían fiadoras de este dinero, por valor de 90.000 y 105.000 pts., y me hablaron de una de 120.000 pts. Ojo, del año 1910.

El precio venía marcado por la calidad de la plaza o demarcación y por las propinas que se obtenían. No era lo mismo una plaza en el barrio de Salamanca, de muy alto poder adquisitivo, que en barrios más humildes. De hecho había plazas que no daban lo suficiente para vivir, y el sereno se buscaba otra ocupación. He conocido algunos que ayudaban en algún bar, bien de la plaza o de familiares o conocidos; otros ayudaban en establecimientos en la carga y descarga de mercancía, casi siempre por la mañana a continuación de su jornada laboral, y algunos trabajaban de guardas en talleres u oficinas que cerraban por la tarde, no se nos olvide que tenían licencia de armas.

Un hecho curioso, el recuerdo del primer sereno que tuvo coche en Madrid. Al parecer se llamaba Constante, era un hombre muy corpulento y le llamaban “Constantón”, vivía en la calle Jesús del Valle y su demarcación estaba por la ribera del río Manzanares; su mujer parece ser que era de Rocabo. El coche le fue confiscado durante la Guerra Civil. He revisado los socios de La Maniega, pero no le he localizado; vivía a cincuenta metros del actual domicilio de Esperanza Aguirre.

Otro hecho curioso. Celedonio Fernández, de casa La Paxaruca de Corias, fue sereno en Cangas del Narcea de 1940 a 1947; el cargo parece ser que era agente municipal nocturno y cobraba del ayuntamiento. En 1947 viene a Madrid donde se convierte en sereno, pasando en 1975 a vigilante nocturno y poniendo en su D.N.I. de profesión: V.N.M., que significaba VIGILANTE NOCTURNO MUNICIPAL. Esta información me la proporcionó su hijo Celedonio Fernández. No sé si se conocerán mas personas que fueran serenos en Madrid y en Cangas del Narcea.

Este tema no le he podido verificar con algún D.N.I., pero si tengo el carnet identificativo de un sereno que pone VIGILANTE NOCTURNO “A EXTINGUIR”, y un D.N.I. que pone solo VIGILANTE NOCTURNO. A pesar de esto, estoy seguro de la veracidad del dato del D.N.I. comentado por Celedonio.

Recuerdo a un sereno de la zona de Legazpi (Los Mataderos) que en 1965 trabajaba acompañado por una jauría de perros, debido al peligro de la zona con los camiones y mercancías. Cuando había un problema, o necesitaban ayuda, golpeaban con el chuzo repetidamente el suelo, estos golpes significaban que había un problema, y rápidamente se acercaban los serenos de las plazas limítrofes para ayudar.

Cuando fallecía un sereno, para avisar a todos los demás (recordemos que había muchas familias emparentadas, amistades y serenos de la misma parroquia) la mejor manera de comunicar su fallecimiento era recorrer Madrid con un coche, taxi, entregando esquelas a los serenos con la consigna de “que circule”, garantizando que por la mañana prácticamente todos los serenos estaban enterados. Entonces había pocos teléfonos. He asistido a entierros de serenos en los que se ponían autobuses para acudir al cementerio.

Esto me lleva al horario de trabajo de los serenos. El horario era de 22.00 a 7.30 h. en invierno y de 22.30 a 7.30 h. en verano, de manera que cuando se cambió la hora a la actual, con dos horas de diferencia solares, los serenos cerraban los portales de día. Hubo chistes sobre el tema. El sereno llegaba un poco antes de la hora, e iba dando con el chuzo en los portales para que los porteros fueran cerrando los mismos. Si las puertas eran de dos hojas el portero cerraba una y el sereno la otra. Interesaba que a las 22.00 h. estuvieran cerrados los portales para que tuvieran más trabajo; por la mañana se iban directamente y no dejaban el portal abierto a menos que se le pidiera expresamente.

El día a día de un sereno que no tuviera otra ocupación, era más o menos el siguiente: llegaban a casa a las 8.30 h., según la distancia, y se solían acostar a dormir hasta más o menos las 13.30 h., que se levantaban y comían; luego sobremesa y un paseo, y a media tarde se acostaban otro rato; cena y vuelta a la calle a ocupar la plaza. Así todos los días del año, sin vacaciones y sin seguridad social. Un ejemplo: cuando empecé a trabajar en 1965 pude poner a mis padres como beneficiarios míos, solo a efectos de seguridad social, pero no a mis hermanos más pequeños: eran empleados del Ayuntamiento y tenían certificado de pobreza. A primeros de mes, los serenos iban a cobrar los recibos a los vecinos y comercios, se iban a media mañana y volvían directos a comer; no había paseo y echaban casi toda la tarde. Cuando enfermaban tenían que poner un suplente. Yo solo recuerdo una vez a mi padre malo, se avisó y pusieron un suplente. Durante ese tiempo, el sereno no sólo no ingresaba nada (las propinas eran para el sereno suplente), sino que el titular tenía que pagar un sueldo fijo al suplente.

Los recibos, como dije, eran para los abonados que daban una cantidad fija. Después de todos los que rellené no he conseguido encontrar ninguno. Pasé por la papelería Salazar, en la que se vendían; los recuerdan perfectamente, venián en bloques de 500, rebuscaron por si acaso, pero no encontraron ninguno. El texto era mas o menos el siguiente: “El sereno del Comercio y Vecindad de calle, plaza, etc. … he recibido de Dº, Dª, nombre comercio, etc. … la cantidad de … pts. … cts. En Madrid, a … de … de 19..”. Guardo los listados de mi abuelo, con las correcciones de altas y bajas y los importes.

Ya que he mentado a los suplentes, tengo el informe previo de mi padre para ser suplente, el título de suplente y por último el de titular de la plaza, en el que cambia el nº de sereno. No tengo claro si el número era por plaza, sereno, titular; por ejemplo: mi abuelo en 1922 tiene el nº 102; mi padre de suplente, el día que es nombrado en 1945, tiene el nº 408; posteriormente sigue de suplente en 1949 y se le asigna el nº 575, número que mantiene al pasar a titular en 1961.

De lo que más carnéts tengo es del Montepío y, sin embargo, es de lo que menos recuerdos tengo. Sé que se suprimió, pero no tengo ni un solo documento sobre este asunto.

Carnet de Identidad emitido por la Sociedad de Socorros Mutuos y Montepío de los Serenos de Comercio y Vecindad de Madrid a favor de José Martínez Fernández de Casa Celestón, Rañeces, parroquia de San Cristobal de Entreviñas (Cangas del Narcea). Expedido en mayo de 1932.

Durante un tiempo se rellenaban unos informes diarios, en los que se daba parte de todas las incidencias, farolas fundidas, bancos deteriorados, tapas de alcantarillas mal y cegadas, fuentes y bocas de riego estropeadas, etc., así como cualquier actuación extraordinaria, accidente, pendencia, robo, etc. Los informes los rellenaban los serenos y se los entregaban al que era jefe de grupo (este cargo era rotatorio), que lo llevaba a la alcaldía. De esta manera el Ayuntamiento de Madrid tenía a diario una información muy completa del estado de la Villa, así como de todas las anomalías sucedidas por la noche y además GRATIS.

Me dicen, que el jefe pasaba antes de empezar la jornada por la alcaldía para recoger las instrucciones del día; también se le entregaba una lista con las matrículas de los coches denunciados como robados, para que los serenos revisaran si había alguno en su demarcación y dieran parte de ello. De los que se recobraron, a algunos serenos les dieron una gratificación; quiero aclarar que fueron los propietarios, nunca el Ayuntamiento.

Y aquí un recuerdo, dos días al año mi padre me avisaba que esa noche pasaban las ovejas por la calle Serrano (Cañada Real) de Madrid, una de subida y otra de bajada, podían estar pasando cuatro o cinco horas, no había ninguna publicidad y no era el circo en que se ha convertido ahora. Los serenos también iban al fútbol, casi exclusivamente los días que jugaban el Oviedo y el Gijón en Madrid. Como iban a ver a los equipo asturiano, iban tanto al Metropolitano como al Bernabéu, y luego, toda la tarde de charla.

También en Madrid se celebraba la fiesta de los Asturianos, el 28 de junio (cambiaba la fecha), era en los Viveros de la Villa. Para los Asturianos era la fiesta del bollo y para los madrileños era la fiesta de los serenos. Ese día iban con sus mejores galas, y era una celebración muy señalada para ellos, era el día que más vecinos y paisanos saludaban y se ponían al tanto de todo lo que pasaba.

Hay un tema que no quiero que se olvide. Son los famosos “paseos” que se daban en Madrid durante la Guerra Civil, y no caemos en la cuenta de ¿quien abría el portal?, por supuesto los serenos y veían la cara a los paseantes pero nunca dijeron nada, les iba la vida en ello. Al día siguiente, a la hora de comer, iban a ver si “sus” paseados estaban en las “fotos”. También hablaban de las patrullas que iban por las noches, controlando todo lo que pasaba en Madrid, incluidos los serenos, teniendo que dar “novedades” a cualquier grupo que las pidiera, a veces sin saber que era ese grupo. “Por si acaso”. Recuerdo a un sereno que contó que paró a un grupo de camuflados y que lo llevaron detenido. Estas conversaciones y algunas otras, las oí en los bares cercanos a la Estación del Norte, dónde muchos de los bares eran de cangueses (hoy también), y en ellos se reunían serenos y mozos de cuerda de la estación; los mozos de estación eran casi todos de Cangas.

Portada de ‘La Maniega. Boletín del Tous pa Tous’ dedicada a los serenos

Y hablando de esos tiempos, por lo menos hicieron una huelga, coincidiendo con una general del año 1934, y la noche anterior le decían a los vecinos: “Mañana huelga revolucionaria”.

Las largas horas de la noche pasadas en soledad, con agua, nieve y heladas, hicieron que estos hombres, vigilantes de nuestros sueños, sean dignos del mayor de nuestros respetos y agradecimiento, y de alguna placa o detalle que les recuerde y que yo sepa no existe en Madrid.

En el año 1970, los serenos pueden apuntarse como autónomos a la Seguridad Social y algunos, básicamente por la edad, deciden darse de alta pagando los correspondientes “cupones”. Mas tarde, en 1974, tienen que afiliarse a un sindicato, concretamente al de Actividades Diversas, que en aquella época dirigía Juan García Carrés, y poco después llegaría el decreto de disolución del cuerpo de “Serenos del Comercio y Vecindad” y su incorporación a la plantilla del Ayuntamiento como “Vigilantes nocturnos a extinguir”, lo cual llevó a otra situación en cierto modo mas compleja.

Para terminar… He escrito un breve resumen de lo que fue y significó el sereno en Madrid, he aportado todos los documentos que poseo del tema y alguno que me han prestado desinteresadamente. Quisiera que esto sirva de recuerdo a lo que fue una parte muy importante de nuestra vida y de la del concejo de Cangas del Narcea, que llenó Madrid de serenos, y que cuando he hablado sobre ellos con la gente que los conoció, nadie nunca habló mal de los serenos de Cangas en Madrid.


TPT-SER-03TPT-SER-01Sereno: José Fernandez1932 - Fiesta del bollo1932 - Carnet del Montepío de Serenos1945 - Carnet de sereno1952 - Carnet del Montepío de Serenos1938 - Certificado de TrabajoDNI vigilante nocturnoCarnet de SerenoCambio de nº de serenoInsignia Serenos de MadridInsignia Serenos de Madrid1922 - Título de sereno1922 - Título de Sereno1922 Título de Sereno1945 - Título de Sereno (suplente)1945 - Título de Sereno (suplente)1961 - Título de Sereno (reverso)1961 - Título de Sereno1970 - Recibo del Montepío de SerenosSellos de salvoconductoResguardo de cupones1954 - Cobros y recibos1965 - Recibo1967 - Cobros y recibos1968 - Cobros y recibos1968 - Cobros y recibosCobros y recibosCobros y recibosCobros y recibosCobros y recibosCobros y recibosAfiliación sindical1945 - Cobros y recibos1934 - Licencia de armas1935 - Licencia de armas1936 - Licencia de armas1937 - Licencia de armas1977 - Licencia de armas (provisional)Parte al Ayuntamiento1974 - Recorte prensa1974 - Recorte prensa1976 - Recorte prensa


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Trabajo realizado por José Javier Collar Martínez, hijo y nieto de serenos. Mi madre Dolores Martínez Álvarez, que es hija, viuda y hermana de serenos, aportó la documentación y me recordó muchos asuntos relacionados con esta profesión.


Industria y Comercio en Cangas del Narcea, 1887 – 1903

DONACIÓN DE UNA DOCUMENTACIÓN AL ARCHIVO MUNICIPAL DE CANGAS DEL NARCEA

La memoria se conserva en nuestro cerebro y, sobre todo, en el papel. La memoria del cerebro es bastante limitada en el tiempo, poca gente es capaz de decir los nombres de sus bisabuelos y mucho menos de narrar acontecimientos que sucedieron antes de su nacimiento. En cambio, el papel soporta mejor el paso del tiempo y es el que mantiene la memoria del pasado y el que nos cuenta lo que vivieron y experimentaron nuestros antecesores.

Todo esto viene al caso por una documentación relacionada con Cangas del Narcea, que días atrás el Tous pa Tous ha ofrecido en donación al Ayuntamiento de Cangas del Narcea con destino al archivo municipal.

En Madrid, en la biblioteca de Manuel Gurdiel Sierra (Cangas del Narcea, 1941 – Madrid, 2014), profesor de Derecho Penal de la Universidad Complutense de Madrid, había documentación con información sobre el cobro de la Contribución Territorial e Industrial en Cangas del Narcea a fines del siglo XIX y primeros años del XX, que él había recogido en el desván de una casa de su propiedad en Cangas del Narcea.

Esta documentación tiene mucho interés para la historia social y económica de Cangas del Narcea, en especial los datos sobre la contribución industrial en los que se enumeran todas las personas que ejercían una actividad relacionada con la industria, el comercio, la venta de vino, el transporte, “artes y oficios” (confiteros, panaderos, sastres, barberos, hojalateros, zapateros, relojeros, alpargatero, herreros, etc.), “profesiones del orden judicial” (abogados, procuradores, escribanos, notarios, etc.), “profesiones del orden civil” (veterinarios, farmacéuticos, etc.), prestamistas, administradores de grandes propietarios y dueños de minas que había en esos años (Véase en documentos adjuntos la Contribución Industrial de los años 1898, 1901 y 1903).

El valor de esta documentación se acrecienta al saber que en el Archivo Municipal de Cangas del Narcea, que es donde debería haber una copia de toda esta información, no se conserva nada. La razón: fue destruida en su totalidad.

La época de fines del siglo XIX y primeros años del XX fue de grandes transformaciones en el concejo. Hasta ese momento todo el comercio se hacía en las ferias anuales y en el mercado de los sábados. Será en las últimas décadas del siglo XIX cuando comienzan a establecerse los primeros comercios fijos de ropa y alimentación, así como establecimientos de productos nuevos: ferreterías, cafés, confiterías, farmacias o tiendas de ultramarinos. En esta documentación aparecen los nombres de las primeras personas que establecieron estos negocios en Cangas del Narcea, que en la mayor parte de los casos procedían de fuera de la villa, como José Pallarés Nomdedeu, dueño de la única ferretería, que era de León; Darío Oliveros, propietario de una tienda de ultramarinos, de Luarca; José López Miranda, el primer confitero de la villa, era de Presa (Castropol) y venía de Madrid; los farmacéuticos Antonio Sal de Rellan y Apolinar Castro Isern eran de Ibias y León, respectivamente; Manuel Muñiz, “vinos por mayor”, era de Llamas del Mouro.

Lógicamente, la mayor parte de los comercios y “tiendas de vino” estaban en la villa. En el concejo había muy pocos; en 1898 solo había los siguientes, casi todos localizados en la carretera La Espina-Ponferrada y en la subida al Puerto de Leitariegos:

San Julián Rafael Arias Tienda de vinos
Vallado Valentín Flórez Tienda de vinos
Villadecanes Manuel Blanco Figón
Corias Laureano Montoto Figón
Corias Claudia Ordás Valle Figón
El Puelo Josefa Pérez Figón
El Otero Andrés Sierra Figón
Besullo Ramiro García Café económico

 

Tres años después, en 1901, ya habían aumentado los comercios repartidos por el concejo:

Bruelles Crisanta Ávila Mercería
Sillaso José Cuesta Mercería
Ventanueva Saturnino Martínez Mercería
Besullo Santos Victoria Mercería
San Julián Rafael Arias Tienda de vinos
Vallado Valentín Flórez Tienda de vinos
Villadecanes Manuel Blanco Tienda de vinos
Corias Hermenegilda Ayalde Figón
Corias Joaquín Muñiz Figón
Corias Laureano Montoto Figón
Corias Claudia Ordás Valle Figón
El Puelo Josefa Pérez Figón
El Otero Andrés Sierra Figón
El Fuejo Segunda Rodríguez Figón
Besullo Ramiro García Café económico

En esas fechas la actividad industrial de Cangas del Narcea se reducía casi exclusivamente a molinos hidráulicos harineros. Había muchos molinos de pequeño tamaño, una sola muela y propiedad de varios vecinos, que a menudo no funcionaban durante el verano por falta de agua. Estos molinos no pagaban contribución industrial. Sí la pagaban unos pocos que tenían dos o más muelas, que trabajaban gran parte del año, porque aprovechaban el agua de los ríos Luiña, Narcea, etc., y que cobraban su servicio en grano (la conocida como “maquila”). El número de molinos que pagaba contribución en aquellos años oscilaba entre siete y nueve, y eran el de Anselmo González del Valle en Cangas del Narcea, Veigalabá (Corias), L’Otriello, Cibuyo, Veiga de Pope, Portiella, Bimeda y Las Mestas.

Además de estos molinos hidráulicos, todos los años que abarca esta documentación aparece en la contribución industrial una “tundosa”, que estaba en Sandamías (parroquia de Abanceña) y era propiedad de Manuel Martínez. Esta era una máquina hidráulica que se empleaba en la industria lanera y cuya existencia en nuestro concejo desconocíamos completamente. Se usaba en el proceso de terminación de las telas de lana y su objeto era dejar completamente lisa la superficie de la tela, eliminando los pelos y nudos sueltos provenientes del proceso de hilado y de tejido en el telar. La máquina consiste en una serie de cuchillas que cortan el pelo de las telas de tres maneras: al ras de la superficie, dejando una cierta altura (para emparejar el pelo) o a distintas alturas para generar un dibujo. En general, con una misma máquina se puede realizar cualquiera de las tres modalidades regulando las posiciones de las cuchillas de corte. La tela entra siempre abierta al ancho y el corte de los hilos se realiza con una cuchilla fija y otra cuchilla helicoidal, que actúan a modo de tijera.

En 1900 aparece la fábrica de electricidad, “fuerza 44’45 kw hora”, de Cosmen, Arango y Suárez, que estaba en Arayón, junto a la villa de Cangas del Narcea, y en 1903 se anota una “fábrica de cerveza”, propiedad de Rafael Fernández, y la instalación fabril de la empresa “Bosna Asturiana” en el monte de Muniellos, integrada por una fábrica de electricidad y un aserradero con “máquina de machihembrar”, “sierra de cinta” y “tres sierras circulares”.

En cuanto a minas de carbón, hay datos de 1901 y 1902. En el primer año había cuatro concesiones, aunque no sabemos si en esa fecha se explotaba alguna. Las de 1902 eran la siguientes:

Mina Encarnación Víctor Fernández Carbajal Gijón
Mina Manuela Víctor Fernández Carbajal Gijón
Mina La Esperanza Víctor Barreaux París
Mina Antigua Sociedad Hullera Española Gijón
Mina Deseada Severiano Peláez Riego Cangas de Tineo

 

En la documentación mencionada tenemos que destacar la presencia del “Padrón de cédulas personales de 1890-1891”, que es una clase de documento del que no se conserva ningún ejemplo en nuestro archivo municipal. En este padrón se relacionan todas las personas que estaban obligadas a obtener esta cédula que era imprescindible para la realización de transacciones económicas, actos administrativos, etc. La cédula personal comenzó a expedirse en 1854 y es el antecedente del actual documento nacional de identidad, que es de 1944; ahora bien, “la cédula personal no fue concebida como un documento de identificación sino como un comprobante personal de haber pagado un determinado impuesto directo, fijado por niveles de renta y que —eventualmente— podía o debía utilizarse como documento identificador”. Era un impuesto-documento.

El padrón esta formado por más de diez mil personas. La primera es José López Miranda, vecino de la calle Mayor, 40 años de edad, casado, confitero, clase de cédula 9, importe 2,50 pesetas, y la última es Josefa Garrido, vecina de Ciella [parroquia de Agüera del Coutu], 44 años, casada, clase de cédula 11, importe 50 céntimos.

En el concejo de Cangas del Narcea se pagaban cinco clases de cédulas según el nivel de ingresos. En 1890 había seis personas que pagaban la 7ª clase (10 pts.); veinte pagaban la 8ª clase (5 pts.); a 1.510 personas les correspondía la 9ª clase (2,50 pts.); 840 eran de la 10ª clase (1 pts.) y 7.629 eran de la 11ª clase (50 cénts.). En total eran 10.005 los cangueses obligados a sacar la cédula personal.

Por último, este conjunto documental se completa con documentación de otros concejos limítrofes, que pertenecían a la Administración Subalterna de Hacienda de Cangas de Tineo, y otros más lejanos, que están aquí porque el recaudador de contribuciones era natural de Cangas.

A la vista de estos documentos, “El Tous pa Tous. Sociedad Canguesa de Amantes del País” animó a Manuel Gurdiel Sierra a hacer una donación al Archivo Municipal de Cangas del Narcea, a lo que él accedió con la condición de que “El Tous pa Tous” hiciese todas las gestiones con el Ayuntamiento. Lamentablemente, Manuel falleció en octubre del año pasado y no pudo realizar esta entrega. Ahora, sus dos hijas y herederas: Benigna Kopp-Gurdiel y Elisa Gurdiel Wedel, quieren efectuar la donación al Archivo Municipal de Cangas del Narcea para su conservación y consulta pública. El ofrecimiento al Ayuntamiento se ha presentado por escrito el pasado 22 de diciembre de 2015.

“El Tous pa Tous” ya ha trasladado la documentación de Madrid a Cangas del Narcea y la ha clasificado sumariamente para su entrega. La documentación ocupa cuatro cajas de archivo y es la siguiente:

  • Reparto de la Contribución Territorial (riqueza rústica y riqueza urbana) e Industrial de Cangas de Tineo de los años económicos: 1887-1888, 1888-1889 (Cangas de Tineo, Degaña, Leitariegos e Ibias), 1889-1890, 1890-1891, 1897-1898, 1898-1899, 1899-1900, 1900, 1901, 1902 y 1903.
  • Padrón de Cédulas Personales de Cangas de Tineo para el año económico de 1890-1891.Contribución Urbana de Leitariegos de los años 1899-1900, 1901 y 1903.
  • Contribución Territorial (rústica y urbana) de Degaña, 1902.
  • Contribución Territorial (rústica y urbana) e Industrial de Ibias de los años 1897-1898, 1898-1899, 1899-1900, 1900, 1901 y 1902.
  • Documentación de la Administración Subalterna de Hacienda de Pravia, 1890.
  • Documentación de la Administración Subalterna de Hacienda de Laredo (Santander). Cuenta de caudales de los años 1890 y 1891.

    DESCARGAS (tres ejemplos de Contribución Industrial de Cangas):

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Discurso del IX Conde de Toreno en la ceremonia de distinción como Grande de España en 1899

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Retrato del aristócrata y politico español José María Queipo de Llano (1786-1843), VII conde de Toreno, Grande de España y Presidente del Consejo de Ministros de España. Museo del Prado.

Hace ya mucho tiempo que los títulos nobiliarios no suponen ningún privilegio en España. Su valor reside en saber que uno ha sido reconocido con una de las mayores distinciones que puede otorgar el Rey y que, en la mayoría de los casos, ese honor se extenderá a toda su descendencia hasta que se extinga. El último de los privilegios fue abolido por el rey emérito Juan Carlos I en 1984 y permitía a los Grandes de España —que es la máxima dignidad en la nobleza española— obtener el pasaporte diplomático.

En tiempos de Alfonso XIII, los Grandes de España incluso podían formar parte del Senado. Otros privilegios permitían a los caballeros cubrirse en presencia del Rey y a las damas, tomar asiento. En la actualidad, la única distinción que conlleva un título nobiliario es recibir el tratamiento de excelencia, en el caso de los Grandes de España, y de ilustrísima, en los demás títulos.

El título nobiliario del condado de Toreno comenzó a otorgarse por el rey Felipe IV en 1657. El monarca reconoció al asturiano Álvaro Queipo de Llano y Valdés (Cangas de Tineo, 1599 – Málaga 1662) como señor de la villa leonesa de Toreno y de sus alrededores, y de este modo comenzó la saga hereditaria de los Queipo de Llano. Don Álvaro, era también alférez mayor del Principado de Asturias y de la villa de Cangas de Tineo (hoy Cangas del Narcea), donde poseía el solar de su linaje. Pero, fue el séptimo conde de Toreno, José María Queipo de Llano y Ruiz de Saravia (Oviedo, 1786 – París, 1843), quien llevó el título hasta el máximo exponente nobiliario dentro del país: la «Grandeza de España», en 1838.

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D. Alvaro Queipo de Llano Fernández de Córdoba y Gayoso (Madrid, 1864-1938), IX conde de Toreno, 1899

En 1899, el nieto de éste último, D. Alvaro Queipo de Llano Fernández de Córdoba y Gayoso (Madrid, 1864-1938), noveno conde de Toreno, que desde el año de 1890 llevaba ese título, recibió la distinción de «Grande de España» en una ceremonia ante la reina María Cristina, regente de España en nombre de su hijo menor de edad Alfonso XIII.

Era costumbre en el rito de cubrirse ante S.M. que los Grandes de España leyeran un discurso en el que resumían los servicios prestados a la patria y al trono por sus antepasados.

Este es el discurso leído entonces por el noveno conde de Toreno:

«Señora: Al tener el honor de cubrirme ante V.M. y manifestar mi profundo agradecimiento por tan alta distinción, cúmpleme señalar brevemente el origen y antigüedad de mi casa y los servicios prestados en diversos tiempos por mis antecesores.

La casa de los Queipo, a la que pertenezco, tiene desde tiempo muy remoto su solar en la villa de Cangas de Tineo, del Principado de Asturias, y ha sido ilustrada en todas épocas por hombres eminentes, en lo religioso, en lo político o en lo militar, debiendo hacer especial mención de D. Suero Queipo de Llano, heroico defensor de la citada villa de Cangas contra el Conde de Luna (1461); D. Fernando, Obispo de Teruel y de León, presidente del Consejo Supremo de Castilla y Arzobispo de Granada, y Don Álvaro, a quién por sus extraordinarios méritos concedió S.M. el Rey Felipe IV el título de Conde de Toreno (1657).

Muy largo sería enumerar los hechos en que mis antepasados tomaron una parte activa e importante; pero no dejaré de citar a mi ilustre abuelo D. José María, que siendo aún muy joven, fue comisionado por la Junta General del Principado de Asturias para ir a Inglaterra, con el objeto de demandar auxilios y estudiar las bases de una alianza contra los invasores ejércitos de Napoleón; diputado después en la Cortes de Cádiz, ministro de Hacienda y Estado, presidente del Consejo de Ministros, embajador en París y autor de la Historia del levantamiento, guerra y revolución de España, que mereció por su gran talento e indudables servicios, que S.M. la Reina Gobernadora le confiriese la Grandeza de España de primera clase (1838).

Nada he de decir del último conde de Toreno, mi antecesor, porque seguramente está en la memoria de todos el recuerdo de sus grandes cualidades y de los excepcionales servicios que prestó desde los más altos puestos, a las instituciones y a su país.

Hechas estas manifestaciones, sólo me resta afirmar una vez más, en este momento, el decidido propósito de que mi lealtad al Trono de V.M. y de vuestro augusto hijo el Rey D. Alfonso XIII, supere, si fuese posible, a la que siempre tuvieron a sus Reyes mis antecesores.»


La tumba de un exiliado cangués en Caulnes (Francia)

Los hijos de Juan Blanco Martínez ante la tumba de su padre en el cementerio de Caulnes (Francia)

Juan Blanco Martínez era un famoso ferreiro de Cangas del Narcea. Vivía en el Barrio Nuevo y a parte de ser un virtuoso en su oficio, era conocido por hacer las mejores trompas del concejo. Era socio de “El Tous pa Tous”. Con 60 años, él, que casi no había salido de Cangas, tuvo que marchar en agosto de 1936 con sus hijos Manuel y Consuelo para escapar de la entrada del ejercito de Franco.

Su hijo Manuel había emigrado con 14 años a la Argentina. Allí trabajó muy duro e hizo un pequeño capital. En aquella república americana, como les sucedió a otros muchos emigrantes asturianos en ultramar, se hizo republicano. A comienzos de 1931, tras la muerte de su madrastra y tía, Engracia Pérez, regresó a España. Le dijo a su padre que con el dinero que él traía podía dejar de trabajar. Al padre aquello le pareció casi un insulto y siguió trabajando en la fragua. Manuel construyó una casa en el Barrio Nuevo, justo enfrente del puente roto, y se metió en política. Se presentó en las elecciones municipales de abril 1931 con el partido republicano y salió elegido concejal. En 1936 tuvo que exiliarse a Francia, y con él se fueron su padre y su hermana Consuelo. Acabaron en Caulnes, un pueblo de la región de Bretaña, situado cerca de las ciudades de Saint Malo y Rennes, en el que vivían unas mil ochocientas personas.

Señalización del pueblo de Caulnes (Francia)

Pero tampoco aquí las cosas fueron fáciles para los tres. En 1939 comenzaba la Segunda Guerra Mundial y la pequeña población de Caulnes estaría ocupada por el ejercito alemán desde junio de 1940 hasta agosto de 1944. En este tiempo, en 1942, moría allí Juan Blanco Martínez.

Al terminar la Segunda Guerra Mundial, los dos hermanos se marcharon para Argentina, donde tenían hermanos y sobrinos, y donde Consuelo ya había estado en 1931 y 1932. En los años sesenta regresaron a Cangas del Narcea a su casa del Barrio Nuevo. La casa estaba habitada por una familia que se había hecho con ella y a la que tuvieron que desalojar. En la vivienda solo quedaba un aparador en la cocina, que estaba encajado en un hueco de la pared, el resto de los muebles y ajuar que ellos habían dejado había desaparecido. En esa casa murieron los dos muy viejos, primero Consuelo, el 28 de abril de 1986, con 85 años y diez días después Manuel, con 95 años. Los dos reposan en el cementerio de Cangas, en Arayón. A él se le conocía como Lin el Ferreiro. En su última estancia en Cangas, Manuel volvió a encender la fragua de su padre y fabricó trompas que regalaba a amigos y conocidos.

En la fotografía que publicamos aparecen los dos hermanos el día del entierro de su padre en el cementerio de Caulnes. En la base de la cruz, escrito en francés, se lee:

Cementerio de Caulnes (Francia). Lugar donde la tumba de Juan Blanco ha desaparecido.

Ici
repose
Juan Blanco Martínez
né en Espagne
1866-1942
offert par tes amis de
Caulnes
Les enfants ne t’oublient
pas

La traducción es: “Aquí reposa Juan Blanco Martínez, nació en España, 1866-1942, ofrecido por sus amigos de Caulnes. Los hijos no te olvidan”.

Una amiga, Consuelo Hernández Valenzuela, que vive en Saint-Ouen-des-Alleux, no muy lejos de Caulnes, ha tenido la amabilidad de ir hasta este pueblo a buscar la tumba de Juan Blanco Martínez. Pero la tumba ya no está. Ha sido levantada. En unas fotos que me envía se ve el lugar vacío. La memoria es perecedera. La del exilio español es todavía más fugaz. Nos queda sólo esta fotografía que perteneció a otros exiliados, los hermanos Joaquín y Gumersindo Díaz Morodo “Borí”; este último también murió en Francia, en Salsigne, cerca de Carcasona, y su tumba tampoco se conserva.


En el homenaje a Marcelino Peláez; Sobre los “americanos”, un artículo de Borí de 1923

Retrato de Marcelino Peláez Barreiro (Ounón, 1869 – Mar del Plata, 1953)

El sábado, 10 de octubre de 2015, el Tous pa Tous descubrió una placa dedicada a la memoria de Marcelino Peláez Barreiro (Ounón, 1869 – Mar del Plata, 1953), que fue el “americano” o emigrante a América, que enriquecido allí, más ayudó a sus vecinos construyendo la escuela de su pueblo de nacimiento y dando generosas donaciones a numerosos pueblos del concejo para construir casas-escuelas y al hospital asilo de Cangas del Narcea. Aunque en los años treinta se le reconoció su generosidad, algunos de los acuerdos que tomó el Ayuntamiento para mostrar su agradecimiento no se llevó a efecto y hoy su actuación no la recuerda nadie. Por eso, el Tous pa Tous ha tomado la iniciativa de colocar esta placa en la calle Maestro Don Ibo, así como la de solicitar al actual Ayuntamiento que ponga su nombre a la plazoleta que está entre esta calle y Las Huertas.

Marcelino Peláez perteneció a ese grupo social conocido como “americanos” o “indianos”, que tuvo desde mediados del siglo XIX y hasta los años sesenta del pasado una gran relevancia en la vida social y económica de Asturias. Personas que dieron mucho dinero a sus pueblos para escuelas, carreteras, fuentes, etc., a las que se les pedía continuamente ayuda, a las que se las “chantajeaba” emocionalmente y a las que a menudo se las ensalzaba, pero también se las despreciaba.

Indianos en el pueblo, hacia 1915. El primero de pie es Gumersindo Díaz Morodo, ‘Borí’, corresponsal en Cangas de varias revistas de la colonia asturiana en Cuba.

Hemos encontrado un artículo de Gumersindo Díaz Morodo “Borí”, publicado en La Voz de Asturias el 15 de julio de 1923, en el que precisamente trata sin tapujos sobre los “americanos” y la poca consideración que recibían de sus coterráneos. Él conocía y apreciaba mucho a este colectivo. Su padre había sido un “americano”, tenía tres hermanos emigrados en Cuba y Estados Unidos de América, y él mismo había estado unos años en La Habana. Además, tenía muchos amigos emigrantes. El aprecio era reciproco, y por eso Borí fue corresponsal de Cangas del Narcea en las revistas Asturias y El Progreso de Asturias, editadas en La Habana, y representante en nuestro concejo de las dos sociedades de emigrantes de Cangas del Narcea que existían en La Habana. Él se encargaba de repartir el dinero que mandaban estas sociedades para hacer donativos a personas necesitadas, a escuelas, al asilo, etc., y él se encargaba también de informar a estas sociedades de las situaciones que precisaban de su socorro.

En esta misma web hemos publicado un articulo que Borí le dedicó a Marcelino Peláez en la revista Asturias en 1921 y que tituló: “Sembrador de cultura”.


HABLANDO DE CANGAS
LOS “AMERICANOS”

Borí

Largos años de convivencia con los cangueses que van y vienen de América me dan a conocer la triste realidad de que tanto en Cangas como en su concejo no se “conoce”, no se aprecia ni se estima como se merece al elemento “americano”.

El concepto que del “americano” tienen formado estas gentes es tan erróneo y tan… tanto, que daría grima si no provocase carcajadas. Para la mayoría, el “americano” es un “primo”, en toda la acepción de la palabra, y como a tal “primo” solo se ve en él al individuo a quien se puede explotar y engañar cándidamente. El título de “americano” es señuelo para esa mayoría de dejarse engañar y explotar.

Si se trata de un emigrante de aldea, apenas regresa a su pueblo –y como a todo “americano” se le supone repleto de oro- llueven sobre él peticiones de dinero, peticiones en muchos casos dirigidas por convecinos que están en mucha mejor situación económica que el emigrante que regresa. Le piden por pedir, suponiendo que podrán quedarse bonitamente con el dinero que tantos trabajos y sudores habrá costado al emigrante. Si éste accede a esas peticiones, a tantos como crea favorecer, tantos enemigos se creará. Si se niega, entonces se procurará perseguirle y vejarle, hasta obligarle a marcharse nuevamente, para con “los suyos”, como los desengañados dicen.

Se dan también los casos de “americanos” que guiados por su amor al rincón en que nacieron regresan con intención de instalarse definitivamente en el pueblo natal. Apenas llegados, observan el abandono en que se halla todo lo que depende de la administración pública, y principalmente lo que se refiere a la enseñanza primaria, pues la experiencia les demostró que el analfabetismo es la mayor calamidad que puede afligir y aflige a los pueblos. Sus miradas y sus pensamientos se dirigen, pues, a la escuela. Si disponen de suficiente dinero, ofrecerán una cantidad, siempre bastante respetable, para la construcción de un edificio escolar, y no se fijan en que desde el momento del ofrecimiento empieza su calvario. A los mismos a quienes quieren favorecer les parecerá poco el donativo del “americano”, y pretenderán que él cargue con todo y acaso también con las contribuciones del pueblo. Y si despreciando este africanismo rural acude en demanda de apoyo al elemento oficial, le saldrá al paso, cuando no la persecución, una montaña de balduque de expedientes que le abrumará por completo. En fin, que entre todos procurarán cansarle y aburrirle, y le obligarán a renunciar a sus altruistas proyectos y a marcharse de nuevo con sus energía y su dinero a crear vida y cultura en pueblos extraños.

Así es la realidad de las relaciones que el concejo sostiene con el “americano”. En beneficio de todos, de la prosperidad y cultura de la comarca, se hace necesario un radical cambio en el modo de tratar al “americano”. Es preciso ver en el “americano” –aparte del creador de vida en el concejo con los muchos miles de pesetas que anualmente se envían de América- no al ser a quien se procure explotar, sino al portador de progreso y cultura, al hombre de sensibilidad extremada por el dolor, que responde siempre en remedio de calamidades cuando del hogar patrio se le llama. El “americano” tiene más de espiritualista que de materialista, y le duele y ofende, con dolor y ofensa que no olvida, esas continuas pretensiones de engañarle y de atacarle a los bolsillos que ve en la inmensa mayoría de sus paisanos… y familiares.

El Ayuntamiento cangués debiera ser el primero en procurar establecer lazos de no mentida fraternidad con las colonias canguesas de América. Solo en Cuba existen dos agrupaciones integradas por naturales del concejo. ¿Por qué el Ayuntamiento no ha de ponerse en relación continua y “oficial” con esos hijos ausentes, ofreciéndoseles en todo y protegiéndoles al regreso de inicuas persecuciones y castigando cualquier intento de engaño o explotación en que se quisiera hacerles victimas? Y hasta creo que no estaría mal que uno de los principales números de fiestas del verano estuviera dedicado exclusivamente a los “americanos”, cual hacen ya otros concejos asturianos que comprenden mejor que nosotros lo que el “americano” es y significa en todos los ordenes de la vida provincial.


(La Voz de Asturias, 15 de julio de 1923).


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Álbum de Homenaje a Marcelino Peláez en 1931

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Detalle de la placa que va en la cubierta del álbum

En 9 de julio de 1930, el Ayuntamiento de Cangas del Narcea, presidido por Joaquín Rodríguez-Arango, acordó ofrecer a Marcelino Peláez Barreiro (Ounón, 1869 – Mar del Plata, Argentina, 1953) un álbum como expresión de agradecimiento de todo el concejo por su colaboración en la construcción de casas-escuela, pues “desde hace varios años viene concediendo un donativo de 1.000 pesetas para cada casa-escuela que se construya en este concejo y que levantó a sus expensas un buen edificio escolar en Onón, pueblo de su nacimiento”.

Con tal fin, el ayuntamiento abrió una suscripción popular. Los donativos podían entregarse en las confiterías de Milagros Rodríguez y Joaquín López Manso, y en los comercios de Vicente Oliveros, Evaristo Morodo, y Morodo y López. Se recaudaron 600 pesetas. La relación de donantes puede verse en los números 27 a 35 de la revista La Maniega de 1930 y 1931. Fueron muy numerosas las donaciones de maestros y padres de alumnos de los pueblos favorecidos por la generosidad de Marcelino Peláez: Cangas del Narcea, Cibuyo, La Regla, Pousada de Rengos, San Pedro de Arbas, Villacibrán, Carballo, Villategil, Gedrez, Santa Marina, Carballéu, Pousada de Besullo, Las Montañas, Bimeda, Biescas, Acio y Caldevilla, Sillaso, Mieldes, Leitariegos, Naviego, Porley, Vallado, Valleciello, San Pedro Coliema, etc.

El álbum fue obra de Tomás F. Bataller (Madrid, 1891-Oviedo, 1962), artista especializado en dibujar diplomas, títulos y esta clase de álbumes honoríficos. En las primeras páginas aparece el retrato de Marcelino Peláez y dibujos de su casa natal y la escuela de Ounón, así como de una vista de la iglesia de Cangas del Narcea y el palacio de Omaña desde el río. A continuación aparecen las firmas del alcalde (Mario de Llano) y los concejales de la corporación el 14 de abril de 1931, de los miembros de la comisión que se encargó de la suscripción popular y de los maestros de las escuelas que él ayudó a construir y de algunos niños de cada escuela.

El álbum lo conservan sus descendientes en Cangas del Narcea.



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Últimos salmos en Besullo

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Dina Rodríguez (Besullo, 1933-2014), la última descendiente de los primeros pastores evangélicos de Asturias.

El fallecimiento de Dina Rodríguez convierte en memoria a la última comunidad protestante de la Asturias rural. La localidad del suroccidente astur fue un pequeño reducto de libertad y tolerancia religiosa durante más de siglo y medio, y su iglesia-escuela de ‘Casa Xuacón’ sirvió para dar a conocer el reformismo del cristianismo evangélico y formar a generaciones de estudiantes de la que salieron la primera farmacéutica de España, Marina Rodríguez, los lingüistas y bibliotecarios Caridad, Juan y Lorenzo Rodríguez-Castellano y el dramaturgo Alejandro Casona.

En Besullo ya nadie recitará más salmos. Ni pasará las páginas de la vieja Biblia de 1870 que la Sociedad Bíblica Evangélica hizo llegar a Casa Xuacón hace siglo y medio. Dina Rodríguez, la última protestante de Besullo, ya descansa desde enero de 2014 en el cementerio de su fe, una huerta invadida por los helechos y con otras dos únicas lápidas, la de su hermano Manuel y la de su prima Ana María. El protestantismo en este rincón del suroccidente asturiano ya es historia.

Una historia mínima, pequeña, pero que ejemplifica la posibilidad de que la convivencia entre distintos y el respeto a los credos e ideas ajenas es capaz de sortear la intolerancia y la ignorancia de los fanatismos. Porque Besullo fue desde el último tercio del siglo XIX un pequeño reducto de libertad y convivencia religiosa, en el que católicos y protestantes se convencieron de que sus rezos se dirigían a un mismo Dios y que de poco servía el humo de las hogueras de tantos torquemadas.

Dos postales de aquel Besullo: la capilla evangélica se levanta contigua a la iglesia católica de San Martín y los más mayores aún recuerdan que Daniel Rodríguez, último pastor protestante hasta 1984 y padre de Dina, compartía partida de cartas y café con gotas con los curas de sotana y alzacuello.

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Protestantes de Besullo

Los Rodríguez de Besullo fueron los pioneros en traer al Suroccidente asturiano el mensaje de la segunda reforma protestante, un movimiento que dejó atrás los rescoldos del dogmatismo luterano para abrirse a los nuevos tiempos. No dejó noticia alguna el colportor Georges Brown, Jorgito el Inglés en su relato ‘La Biblia en España’, que distribuyese alguno de sus ejemplares por las tierras de Cangas y de Tineo.

La versión de la Biblia realizada por Cipriano de Valera, editada en 1870 por la Sociedad Bíblica, fue la que envió desde Madrid Manuel Rodríguez, tras abrazar la fe luterana, a su cuñado Antonio Rodríguez. Ahí nace la primera congregación protestante de Besullo, que se extiende también a la vecina localidad canguesa de Pumar. Superando trabas continuas, pese a la declaración de libertad religiosa recogida en la Constitución de 1869, la comunidad evangélica da sus primeros pasos y suma a varias familias que encuentran en el reformismo protestante y en la lectura directa de los textos bíblicos lo que el catolicismo negaba.

Fe y educación

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Versión de la Biblia realizada por Cipriano de Valera, editada en 1870 por la Sociedad Bíblica

Combatir el analfabetismo y la ignorancia fue el primer objetivo de aquellos primeros protestantes de Besullo. Aprender a leer y a escribir era la única fórmula para acceder directamente a los textos bíblicos, sin intermediarios ni exégetas. La capilla de Casa Xuacón se convirtió también en colegio, donde los hijos de las familias evangélicas, pero también las de las católicas, acudían a recibir las primeras letras. Después, los más adelantados tuvieron la oportunidad de asistir a las aulas de colegios protestantes ‘El Porvenir’, fundado por el médico alemán Federico Fliedner, y el ‘Instituto Internacional de Señoritas’ que creara el matrimonio estadounidense Gulick.

En estos centros se impartía una educación alejada de los dogmatismos del cristianismo trabucaire y allí se formaron hombres y mujeres de ciencias y letras. Marina Rodríguez se licenció en la Universidad Central de Madrid en 1900 como la primera farmacéutica española; Lorenzo Rodríguez-Castellano se convirtió en una referencia de la biblioteconomía y de la filología, al igual que sus hermanos Caridad y Juan, dedicados a la investigación y a la enseñanza de la literatura española en varias universidades estadounidenses. Alejandro Casona, de primer apellido Rodríguez, era hijo de un protestante de Besullo que abrazó el catolicismo. Sin embargo, Casona mantuvo vivo el contacto con la comunidad evangelista en sus habituales visitas al pueblo paterno.

No es casual que muchos progresistas españoles, alérgicos al adoctrinamiento católico escolar, buscaron en los colegios protestantes otros tipo de enseñanza: los hijos de Pablo Iglesias se formaron en ‘El Porvenir’, mientras que el ovetense Indalecio Prieto estudió en el colegio protestante de Bilbao.

El alemán de Besullo

Federico Fliedner tuvo un papel esencial en la consolidación de la comunidad protestante de Besullo. Desde que tuvo conocimiento de su existencia se volcó en prestar todo tipo de ayudas y dio a conocer el nombre de Besullo por Europa con los informes enviados a sus amigos en las Hojas de España. En una de las primeras comunicaciones relataba que “en el centro de la costa norte de España está el reino de Asturias y no lejos de su límite occidental, la cabeza de partido Cangas de Tineo. A unas horas de distancia, en medio de las montañas, en el apacible pueblo de Besullo hay una pequeña congregación”.

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Manuel Rodríguez en el cementerio protestante de Besullo donde hoy está enterrado junto a su hermana Dina y una prima, entre otros.

Fliedner, médico y misionero reformista alemán, la visitaba asiduamente y conocía la realidad de los habitantes de las zonas rurales. “Muy triste era la situación en los montes de Asturias, y también en la aldea de Besullo… morían las personas de agotamiento y hambre, y cuando además una gran nevada cubrió montes y valles, haciendo imposible toda comunicación, la necesidad apremiante partía el alma…”, anota en una de sus Hojas de España distribuida entre las federaciones protestantes europeas.

Fliedner y el matrimonio Gulick vieron en Besullo no sólo un territorio de misión. De aquella pequeña comunidad salieron varios pastores que extendieron la fe evangélica por otras regiones de España. Uno de los más nombrados fue Daniel Rodríguez, que pronto destacó y fue enviado a estudiar teología en L’Oratorie de Ginebra. En 1897 fue ordenado pastor, siendo destinado a la iglesia de Jesús de la calle Calatrava de Madrid, una de los primeros templos protestantes españoles. Dos años más tarde fue nombrado pastor de Reus para posteriormente ejercer en diferentes ciudades de Francia, incluso en el frente de la Primera Guerra Mundial con el ejército galo.

La procedencia canguesa marcó la trayectoria de Daniel Rodríguez en sus diferentes destinos y la publicación Le Christianisme au XXe lo define como “pastor sumamente consagrado, concienzudo y modesto, que sin ruido, sin alarde, realizó una obra espiritual profunda. De temperamento robusto, lleno de energía y de celo visitaba mucho a sus feligreses y recorriendo las montañas (…) sabia penetrar libremente en todos los hogares y ganarse la simpatía de los aldeanos”.

Besullo fue también un ejemplo de convivencia cívica. Alejandro Rodríguez, protestante, se convirtió en alcalde de la localidad durante la II República y destacó por impulsar instalaciones públicas, como la escuela o la carretera con Cangas del Narcea, entre otras muchas. Una convivencia vecinal que perduró en la dura postguerra, pese a las imposiciones del nacional-catolicismo de la dictadura franquista.

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Manuel y Dina Rodríguez en la escuela-capilla de Casa Xuacón

El declive de la comunidad evangélica de Besullo se produjo en los años 50 del siglo pasado, parejo al éxodo rural hacia las cabezas de comarca y las zonas industriales. Pese a todo, los Rodríguez, los Castellano, los Brixiel, los Ferreiro y otras familias mantuvieron viva la pequeña congregación durante el siglo XX, hasta que en 1984 la muerte del pastor Daniel Rodríguez, padre de Dina, dejó limitada la actividad a una celebración litúrgica anual a la que acudían miembros de iglesias de Oviedo, Gijón y Avilés.

La escuela-capilla de humildes cruces de madera, pupitres envejecidos y carteles con citas evangélicas, y el cementerio custodiado por una sebe descuidada son ya las únicas huellas del Besullo protestante. Manuel y Dina Rodríguez fueron sus custodios en los últimos veinte años. También cuidaron de los textos religiosos heredados de sus mayores, como esa Biblia de 1870. Hasta hace muy poco, el pasado 6 de enero, aún los vecinos oían entonar a Dina los salmos aprendidos de los suyos. Fueron los últimos salmos de Besullo. Hoy sólo quedan tres lápidas, las piedras y la memoria.


Artículo publicado en Asturias24, mayo, 2014. Autor: Rafael Ardura Suárez (Carrespientes/Mieres, 1961) es licenciado en Historia y se dedica a la enseñanza desde hace treinta años.


El origen cangués de doña Jimena, la esposa del Cid Campeador

Doña Jimena Díaz de Vivar, mujer del Cid

Doña Jimena Díaz de Vivar, mujer del Cid

Ya hace algún tiempo, un amigo asturiano de aventuras invernales me comentó que estaba leyendo una libro sobre el Cid Campeador y que le había llamado la atención descubrir que doña Jimena, la esposa del Cid, era de Cangas del Narcea.

¿Qué me dices?, le pregunté algo incrédulo.

Lo que oyes, los de Cangas sois mundiales. La esposa del Cid Campeador es de tu pueblo, me afirmaba.

Si tú me lo dices…, voy a tener que ponerme a investigar, le contesté.

Pues no te preocupes, me dice Joaquín, que así se llama mi amigo. Te voy a regalar un ejemplar del libro para que tengas por donde empezar.

Semanas después, recibo la  grata visita de Joaquín en mi centro de trabajo en Madrid y, como es hombre de palabra, me hace entrega de un libro que lleva por título El Cid histórico. La verdadera biografía de un héroe medieval: Rodrigo Díaz de Vivar. Editorial Planeta. Su autor es el medievalista y sacerdote jesuita, Gonzalo Martínez Diez (Quintanar de la Sierra, Burgos, 20 de mayo de 1924).

Y efectivamente, es este libro el que me pone sobre la pista del origen cangués de la asturiana Jimena Díaz, esposa de Rodrigo Díaz de Vivar, el Cid Campeador.  Y es que el abuelo materno de doña Jimena, Fernando Gundemárez, era nieto del conde don Piñolo Jiménez y su esposa  doña Aldonza Muñoz, fundadores del monasterio de Corias en el 1032.

En su libro, Martínez Díaz sigue las tesis de Ramón Menéndez Pidal y afirma que un diploma de la catedral de Oviedo datado el 13 de agosto de 1083 testimonia perfectamente que la madre de doña Jimena se llamaba Cristina.

Menéndez Pidal, en su libro La España del Cid, p.720, basándose principalmente en dos aspectos, echa por tierra la opinión de la gran mayoría de historiadores que pretende que la madre de Jimena fuese «Xemena Adefonsi regis filia».

Primero: si esta tal Xemena (Jimena) fuese la madre de la mujer del  Cid, entonces la mujer del Cid sería prima de Alfonso VI, y no «neptem», como dice la Historia Roderici:

Dominan Eximinam neptem suam, Didaci comitis Outensis filiam, ei in uxorem dedit, ex qua genuit filios et filias.

[El Rey] le dio como esposa a doña Jimena, su “sobrina”, hija de Diego, el conde de Oviedo, de  la cual tuvo hijos e hijas.

Alfonso VI, rey de Castilla y León, primo carnal de la madre de doña Jimena

Alfonso VI, rey de Castilla y León, primo carnal de la madre de doña Jimena

La Historia Roderici nos dice que doña Jimena era sobrina del rey Alfonso; hay que aclarar que con la palabra neptem o sobrina no se indica exactamente que doña Jimena fuera sobrina carnal de Alfonso. El parentesco exacto que la unía con el rey era el de hija de una prima carnal del rey, esto es, la madre de doña Jimena, de nombre Cristina como ha quedado dicho anteriormente, era prima carnal del rey Alfonso VI por parte de la madre de éste.

Segundo: Afirma Menéndez Pidal que «nadie reparó en el documento de nuestro Cartulario Cidiano, fechado en 13 de agosto de 1083, donde los hermanos de doña Jimena nombran a su madre doña Cristina, y a su tía, la condesa doña Urraca, y ésta, a su vez, dice ser hija de Fernando Gundemárez».

Puestos así en el buen camino, la familia de doña Jimena, la esposa del Cid, y los ascendientes de su abuelo materno, el conde Fernando Gundemárez, nos son conocidos por el citado documento ovetense datado el 13 de agosto de 1083 únicamente conservado en el Liber Testamentorum del obispo Pelayo.

Despedida del Cid a doña Jimena en el momento de salir para el exilio. Monasterio de Cardeña, óleo de Cándido Pérez (2002)

Despedida del Cid a doña Jimena en el momento de salir para el exilio. Monasterio de Cardeña, óleo de Cándido Pérez (2002)

Fernando Gundemárez, abuelo materno de doña Jimena, según diploma de 18 de mayo de 1063, es hijo de Gundemaro y Mumadonna y su madrina fue la reina Velasquita (primera mujer de rey de León Vermudo el Gotoso [Vermudo III, si no me equivoco], por los años 983-986, la cual, repudiada, vivía aún en 1024; FLÓREZ, Reinas Católicas, I, 1761, págs. 116-121). Contrajo matrimonio con la infanta Jimena, hija de Alfonso V. De ella, de su abuela, le viene el nombre a doña Jimena, la esposa del Cid, pues era costumbre imponer el nombre del abuelo o de la abuela al nieto o nieta. Esto mismo ocurre con la hija del Cid llamada Cristina, como la madre de doña Jimena. Con esto tenemos que la mujer del Cid era sobrina segunda de Alfonso VI, esto es, según la Historia Roderici, neptum en el sentido medieval de “sobrina”.

Bisabuelos maternos de doña Jimena: El conde Gundemaro Piñólez, gobernador de Asturias durante muchos años (según doc. de 1037, aducido en nuestro Cartulario Cidiano en nota del 26 de marzo de 1075); vivía aún en 1011, pero ya había muerto, sin duda muy joven, en 1012, C.M VIGIL, Asturias  Monumental, págs. 65-66. Casó en segundas nupcias con la condesa Mumadonna, con quien tuvo dos hijos, Fernando y Pelayo.

Genealogías Cidianas y otras complementarias

Genealogías Cidianas y otras complementarias

Tatarabuelos maternos de doña Jimena: El conde don Piñolo Jiménez (hijo de Jimeno Jiménez venido de Navarra a Asturias y de la condesa Aragonti), que figura en diploma de Alfonso V de 1019 (FERREIRO, Historia de la Iglesia de Santiago, II, Apéndice 86º); casado con la condesa Aldonza Muñoz (hija del conde Muño Rodríguez y de la condesa Ederquina, España Sagrada, XXXVIII, Apéndice 17º); son fundadores ambos de la iglesia de San Juan, en 1032 y del monasterio de Corias, acabado en 1043. Piñolo murió el 22 de mayo de 1049, sin duda octogenario, y Aldonza murió el 26 de noviembre de 1063 (España Sagrada, XXXVIII, 1793, págs. 58 b-63). Además de su hijo Gundemaro, tuvieron una hija, Elvira Piñólez.

Manuel Álvarez Pereda
Madrid, 21 de agosto de 2014
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Una “Descripción histórico-geográfica de la parroquia de Cibea (Cangas del Narcea)” de 1817

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Escudo de la Casa de Miramontes, en Cibea. Aparecen las armas de las casas de Miramontes, Sierra, Menéndez y Valdés

El autor de esta “Descripción histórico-geográfica de la parroquia de Cibea” es José Alfonso Argüelles (Cangas del Narcea, 1760-1827), señor de la casa y torre de Miramontes situada en esta parroquia del concejo de Cangas del Narcea, y al que se le conocía como José Miramontes o simplemente como Miramontes. En el padrón de Cangas de 1815, que se conserva en el archivo municipal, aparece como “hijosdalgo notorios de casa y solar conocido y armas pintar”.

Los Miramontes eran un linaje cangués menor, cuyos mayorazgos y mayorazgas supieron casarse bien. Gracias a estos matrimonios emparentaron con familias poderosas y aumentaron sus posesiones tanto dentro como fuera del concejo. Tenían propiedades en Cibea, el Partido de Sierra y la villa de Cangas (eran propietarios de la “deseada tierra y viña de Pelayo”); en el concejo de Valdés, donde eran dueños de la casa de Canero, y en Laciana (León) y Valdeorras (Ourense). Tenían el privilegio, desde tiempos inmemoriales, de vender ellos solos el vino en la parroquia de Cibea; nadie podía vender vino “mientras los poseedores de la Casa de Miramontes tengan taberna abierta de vino de su propia cosecha, con tal que este sea bueno”. Esto les reportaba un gran beneficio porque por esta parroquia pasaban los dos caminos que comunicaban con el puerto de Leitariegos; a finales del siglo XVIII además de tener una taberna en el valle de Cibea tenían una “barraca de sebe en el sitio del Campón del Fresno de la Vega de Vallado” para vender vino. Este privilegio fue motivo de varios pleitos con vecinos de la parroquia desde el siglo XVII.

José Alfonso Argüelles era hijo de José Alfonso Pertierra (1721-1794) y María Antonia Argüelles Uría (1718-¿?), natural de Ribadesella e hija de Petronila Uría Valdés, de la Casa de Santa Eulalia de Cueiras (Cangas del Narcea); era primo carnal del famoso liberal Agustín Argüelles (1776-1844). Tuvo cinco hermanas. En 1784, a la edad de 24 años, se casó con Xaviera Quiroga y Nava, de la Casa de Villoria del Barco de Valdeorras (Ourense), y tuvieron tres hijos: José Javier, nacido en 1786; Bernardo, en  1788 y Diego, en 1790. Su mujer murió en 1791.

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Retrato de Ignacio Merás, cuñado del autor, publicado en sus ‘Obras poéticas’, Madrid, 1797.

Era un hombre aficionado a la historia, la geografía, la etimología y la genealogía. Tenía una pequeña biblioteca y pedía libros sobre estas materias a un agente de negocios en Madrid. También le recomendaba libros su cuñado Ignacio Merás Queipo de Llano (1738-1811), que residía en Madrid, donde ejercía de ayuda de cámara del rey, y era escritor y académico correspondiente de la Real Academia de la Historia desde 1796. Estaba suscrito a la Gaceta de Madrid, que era el boletín oficial de la época, y al periódico Mercurio de España, donde se publicaban noticias de actualidad, opiniones y anuncios.

Su familia trataba a Jovellanos. En el diario de este ilustrado se menciona, durante su estancia en Cangas del Narcea en octubre de 1796, a la madre de José Alfonso, a la que llama “la Miramontes”, que ya estaba viuda y que pertenecía a su círculo de amistades. Jovellanos visita la casa y la viña de Miramontes en la villa de Cangas, y el jueves 13 de octubre va a un “convite” en esa casa. José tuvo que conocerlo y es probable que influyese en su interés por la etimología y las antigüedades.

Aunque, nuestro autor tratase a Jovellanos y fuese primo de Agustín Argüelles, sus ideas políticas eran contrarias a las de estos dos, hecho que no impedirá que en 1798 solicite a Madrid un ejemplar del Informe de la Ley Agraria (1795) escrito por el primero y que estimase mucho al segundo. De este modo, mientras que su primo estuvo encarcelado cerca de seis años por Fernando VII y después de 1823 exiliado hasta la muerte de este rey, él será partidario de Fernando VII y la monarquía absolutista, y enemigo de los liberales.

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Casa y torre de Miramontes con su palomar, pajar y panera, en Cibea

Los Miramontes tenían su solar en la parroquia de Cibea, allí estaba la vieja torre del linaje con su capilla y demás dependencias, pero ellos residían habitualmente en la villa de Cangas del Narcea, en la plaza de La Refierta (hoy, Mario Gómez), en una casa que estaba en donde hoy está el comercio de El Médico.

José Alfonso murió en Cangas y fue enterrado en el sepulcro que su familia tenía en la Colegiata, en la capilla de la Virgen del Rosario. Él fue el último de su familia que residió en esta villa. Su primogénito se casó en el Barco de Valdeorras (Ourense) y trasladó su residencia allí, a la Casa de Villoria que heredó de su madre, y en 1872 sus nietos vendieron la casa de Cangas al médico Benito Gómez Álvarez, que derribó la vieja vivienda de los Miramontes y construyó la que existe hoy.

La Descripción de la parroquia de Cibea de 1817

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Primera página del manuscrito de la ‘Descripción de la parroquia de Cibea’

El escrito de José Alfonso es algo caótico. Comienza con cierto orden, describiendo los pueblos más altos de la parroquia (Genestoso y Villar de los Indianos)  y va descendiendo (Llamera, Sonande, etc.) hasta llegar a su casa de Miramontes. En ese recorrido enumera acontecimientos, sucesos, el nombre de los párrocos y de los mayores propietarios de la parroquia, y la historia de algunas familias (como los Llano Flórez; el ascenso de los Fernández Flórez y, por supuesto, la suya). Dedica mucha atención a la etimología de los nombres de los lugares, en especial a Cibea, Cangas y Leitariegos, que después de muchas especulaciones históricas considera que proceden de “zid”, “cargas” y “litereros”, respectivamente. El texto termina describiendo el Santuario del Acebo, en el que los Miramontes tenían el privilegio de poseer dos sepulturas “adentro del vallado de la capilla mayor”.

En la “Descripción” aparecen citadas numerosas personas vinculadas de una u otra manera a la parroquia de Cibea; la mayoría son contemporáneas del autor, que él mismo conoció. Aparecen párrocos, vecinos, propietarios importantes, antepasados suyos y personas relevantes por su habilidad, como el tirador de barra Blas Rodríguez, de Sonande.

Para documentar estos acontecimientos y avalar sus conjeturas emplea las obras de varios historiadores de los siglos XVII y XVIII. Estas citas no son de oídas, sino que parten de la lectura directa de las obras y por eso menciona a veces el tomo o la página de dónde saca la información. Menciona el Compendio de la Historia de España (1759) de Duchesne, traducido del francés por el padre Isla; varios tomos de la España sagrada (1765-1767) de fray Enrique Flórez; la Chrónica de los príncipes de Asturias y Cantabria (1681) del padre Sota; la Vida de san Pablo Apóstol (1644) de Francisco Quevedo y, sobre todo, aparece citado repetidas veces el padre Luis Alfonso de Carballo, “el historiador de Asturias”, y sus Antigüedades y cosas memorables del Principado de Asturias (1695). Otras fuentes de información que utiliza son el Diccionario de la lengua castellana de la Real Academia Española para las etimologías y una obra manuscrita titulada “Antigüedades” escrita por “el curioso don Fulano Valentín, preceptor de gramática en esta villa de Cangas”.

La “Descripción de la parroquia de Cibea”, escrita por José Alfonso Argüelles en la villa de Cangas del Narcea en 1816 y 1817, es un testimonio muy valioso. Hay que valorar especialmente que junto a informaciones y opiniones infundadas y erróneas, tenemos la oportunidad de leer a un escritor que nos cuenta cosas de su tiempo y nos ofrece unas noticias de mucho interés que desconocíamos completamente. Además, tiene el merito de la excepcionalidad, porque aunque es probable que escritos como este hayan sido relativamente frecuentes en aquel tiempo, redactados por personas del mismo grupo social que nuestro autor, la gran mayoría han desaparecido como el resto de la documentación que había en las casas de esas personas.



Descripción histórico-geográfica de la parroquia de Cibea (Cangas del Narcea), 1817


Rodeados de música

Banda de Música Municipal de Cangas del Narcea bajo la dirección de don Lorenzo Menéndez, en Grao, agosto de 1924

«Frente a los actuales botellones más o menos improvisados en patios de colegios, parques o en nuestro querido Prao del Molín, encontramos un Casino en el que se sucedían bailes, veladas literario-musicales y alguna que otra función dramática. Quizás algunos os estéis preguntando qué tipo de Casino era el que existía en aquel Cangas de Tineo de las últimas décadas del siglo XIX.»

“Rodeados de música” es una reflexión sobre la presencia de la música en nuestras vidas, antes y ahora. Esta Lección magistral fue leída en el acto de Graduación de Bachillerato y Ciclos Formativos del Instituto de Educación Secundaria de Cangas del Narcea el 13 junio 2014.

¿Podríamos hoy imaginar nuestra vida sin la omnipresencia de la música, que nos rodea en casi cualquier ambiente o situación, sea en nuestros hogares, en restaurantes y cafeterías, en medios de transporte, en algunos centros de trabajo y hasta en el supermercado? ¿Podríamos concebir un programa de radio o televisión, una representación teatral, el cine, la publicidad o incluso un videojuego sin música? ¿Podríamos recordar, los que tenemos edad para ello, nuestro día a día de hace tan sólo un par de décadas sin el amplio abanico de artefactos que llevamos con nosotros a todas partes y que nos asaltan con famosas melodías, tonos y politonos a la primera de cambio?

Más difícil aún, ¿podríamos en la actualidad vivir sin la opción de escuchar en el momento y lugar en los que se nos antoje nuestra canción preferida, esa pieza clásica que llega a lo más hondo de nuestro espíritu o el último éxito del grupo o cantante de moda? Os invito a acompañarme en un salto atrás en el tiempo en el que trataré de evocar un contexto como el que acabo de proponer. Para ello, intentaré describir cuál era el papel de la música en la vida del Cangas de antaño, en concreto, del Cangas de las últimas décadas del siglo XIX y primeros años del XX.


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Rodeados de música


Homenaje cangués a la Casa Domecq en 1977

Homenaje a la Casa Domecq en Jerez de la Frontera en diciembre de 1977

El 9 de diciembre de 1977 un nutrido grupo de cangueses se desplazaba hasta Jerez de la Frontera para rendir homenaje a la Casa Domecq por la colaboración que un año tras otro prestaba a las populares peñas de la pólvora de Cangas del Narcea con ocasión de las tradicionales fiestas del Carmen y la Magdalena. 

El grupo, compuesto por mas de treinta peñistas, fue recibido a su llegada a las bodegas por el entonces consejero José Ignacio Domecq; por el subdirector general, Benito Carrillo; por el director de Relaciones Públicas, Manuel Domecq Zurita; por el jefe del Gabinete de Prensa, Manuel Liaño Pérez; por el coordinador de Relaciones Públicas, Francisco Pérez Gonzalez y el miembro de dicho departamento, José Sañudo Romano.

Tras un amplio recorrido por diversas bodegas y embotellados se celebraría un acto en «El Molino». Fue el socio del Tous pa Tous, Rafael Álvarez Flórez (Falo), en nombre de las siete peñas de Cangas representadas, quien tras unas palabras de gratitud a Domecq, hizo entrega a José Ignacio Domecq de una bandeja de plata, recuerdo de amistad, de la gratitud de todos y de su paso por las bodegas. También los señores Carrillo y Domecq Zurita recibieron preciosos regalos. Agradeció el acto, los regalos y las palabras de Falo, el consejero Ignacio Domecq.

A continuación, sobre las tres de la tarde, la Casa Domecq ofrecía un almuerzo a la embajada canguesa. A los postres, hubo un homenaje a Anselmo Suárez, padre e hijo, pasado y entonces presente en la Delegación de Domecq en Asturias; palabras nuevamente del consejero Jose Ignacio y breve discurso del por entonces delegado asturiano, Anselmo Suárez (hijo).


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Las fiestas del Carmen en 1931

Preliminares

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La Descarga el 16 de julio de 1931.

Como todos los años, novena muy concurrida; muchas pucheras y taquinos de jamón y cecina a la hora de la novena en casa de Ordás y Zoila; mucho ajetreo de blanqueo y limpieza por las casas y calles de La Fuente y de Abajo, así como de Ambasaguas, etc.; gran movimiento en la colocación de postes y tendido de alambre para la iluminación, y muchos forasteros cangueses y no cangueses que durante el novenario van llegando para disfrutar de unos días, como es difícil poder hacerlo en ninguna parte; pero ¡ay!, el día 14 causó más de un pesar a miles de personas, sobre todo jóvenes, que creyeron que las fiestas de este año se iban a ahogar en agua, ya que ese día estuvo lloviendo todo él sin cesar y de un modo que no parecía sino que las cataratas celestes querían inundar nuestro planeta.

La víspera

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Banda Municipal de Cangas del Narcea, dirigida por Lorenzo Menéndez, en la calle Mayor, 1931

Los corazones se ensanchan; el regocijo píntase en todos los rostros; el sol luce desde las primeras horas de la mañana: el día se presenta hermoso.

Ya no cabe duda de que el tiempo está de parte de la gente joven, la que hace mil cábalas, relacionadas con las prendas nuevas de vestir, en los bailes y con las conquistas amorosas.

Los cohetes, disparados a las doce del día, los gigantones, la banda de música de Cangas y la del regimiento número 3, de Oviedo; las gaitas y el continuo repique de campanas, ponen a Cangas en un estado de nerviosismo y agitación, durante hora y media, muy difícil de pintar.

Llegada la hora de la verbena, ésta presenta un aspecto fantástico desde todos los puntos que dominan Ambasaguas y Barrionuevo. En medio del puente romano gira una farola con una espiral de luz eléctrica blanca y rosa, que aparece y desaparece alternativamente de abajo arriba y viceversa. Toda la fachada de la iglesia, desde el campanario, así como las cornisas y puerta principal, están rodeadas de luces de colores, también eléctricas. Los tres puentes, o sea el romano, el de Ambasaguas y el de los Peñones, así como Los Nogales y Barrionuevo, están cubiertos de farolillos de papel de colores, alternados con focos blancos de luz eléctrica. Una hermosura, en fin, debiendo consignar que el fluido eléctrico y demás lo regaló, como otros años, D. Antonio Arango.

Los Nogales viéronse toda la noche, hasta las dos de la madrugada, repletos de gente, ya que allí y sólo allí tocaba la música, o sea las dos bandas y organillos; y dicho esto, nos excusamos de apuntar que en Los Nogales se establecieron los puestos de bebidas, se dispararon muchos cohetes, se quemaron fuegos artificiales, etc., etc. También se dispararon infinidad de cohetes gordos, y desde el huerto de la casa de D. Braulio Sánchez, y desde el sitio del Pelayo, en donde tienen por costumbre dispararlos los socios del Carmen. 

El día de la santina

Este amaneció espléndido, hermosísimo, como se ven pocos días. El pueblo despierta temprano; las empanadas de jamón y anguilas vense camino de las tahonas, unas, y de regreso, otras; los vendedores de corderos y cabritos madrugan con su mercancía, como el día anterior; los aprendices de sastre y algunas guapas chalequeras no cesan de llevar nuevos trajes a casa de sus parroquianos; los comercios y barberías están atestados de gente; se siente mucho ruido de automóviles, y a las diez sale la procesión desde Ambasaguas para la Colegiata, en medio de descargas atronadoras de cohetes.

En la Colegiata se celebra misa solemnísima, cantada por distinguidos jóvenes de ambos sexos de la localidad. El sermón está a cargo de un Padre dominico, hijo de este concejo, del pueblo de Posada de Rengos, Fray Manuel Ramos. Saluda emocionado a sus paisanos, y con verbo cálido y fácil, lleno de unción evangélica, se adentra en la vida y virtudes de la Virgen Carmelitana.

A la salida de misa, música, paseo y baile en La Vega, con el reparto de empanadas a los pobres. Número este que llenó de admiración a cuantos forasteros lo presenciaron.

Los forasteros continúan llegando sin cesar, tantos, que no se recuerda otro año igual, habiendo infinidad de ellos de la provincia de León, Pola de Allande, Tineo, La Espina, Salas, Luarca, Oviedo, Gijón, Belmonte, Grado, etc. De Grado parecía que materialmente se había volcado todo el pueblo en Cangas. Baste decir, para juzgar el número de forasteros que nos visitaron, que aun proponiéndose ver una persona conocida, en algunos momentos, en la calle Mayor o en La Vega, no era posible conseguir tal cosa.

En la tarde de este día, y mientras se aproximaba la hora de la descarga, los ases del canto asturiano y la banda de música de Oviedo dieron un concierto en el teatro, habiendo acudido numeroso público. 

La procesión y la descarga

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Procesión de la Virgen del Carmen en el puente de piedra, hacia 1940.

Este año, como novedad, se celebró la procesión a las ocho y media de la noche, casi entre dos luces. La concurrencia es inmensa; los puntos todos de dominio sobre Ambasaguas, lo mismo calles que casas, El Cascarín, El Fuejo, La Oliva, El Mercado, etc., vense atestados de personas que esperan, ansiosas, ver asomar la Virgen al puente de piedra para presenciar el espectáculo insuperable en su clase y emocionante en extremo.

Y el momento llega; y de repente, cientos y cientos de voladores de todos los calibres y a la vez rasgan, iluminan y atruenan el espacio durante más de quince minutos seguidos, saliendo los cohetes de Los Nogales, El Cascarín, Ambasaguas, El Mercado, El Pelayo, etc., y cruzándose amenazantes en el espacio que cubre la ermita en donde mora la Virgen festejada.

Este año la descarga superó en mucho a la mayor habida; y si algún nuevo calificativo merece, puede dársele el de demasiada descarga. ¡Cómo sería!

Y los forasteros estaban admirados, no saliendo de su asombro. Yo creo que estaban asustados. ¿Cómo no, si lo estábamos los de casa? 

Vino gratis a los forasteros

Así rezaba un cartelón sujeto al tronco de un árbol en el campo de La Vega, en donde una barrica de excelente vino tinto de Cangas, al cuidado de Paneiro, estaba abierta a todo forastero que quisiera tomar uno o más vasos.

Los cachos de madera, con vino, por supuesto, era lo que más preferían todos los forasteros. «¡Qué rico!», decían. 

La verbena de ese día

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Máquinas de voladores preparadas para La Descarga en Los Nogales, Cangas del Narcea, en 1931.

Fue en La Vega. El campo estaba admirablemente iluminado con farolillos de papel y luces eléctricas. Los farolillos salían del Campo hasta la Plaza Mayor.

La noche era hermosísima, como pocas, razón por la cual todo el mundo bajó al campo, hasta el extremo de verse aquél completamente lleno, como nunca se ha visto ni soñó verse.

Durante la noche se dispararon infinidad de cohetes y se quemaron bonitos fuegos artificiales; y los organillos y las dos bandas de música, sobre todo éstas, hicieron las delicias del público hasta las dos de la madrugada, hora en que los forasteros comenzaron a desfilar de regreso a sus casas de Pola de Allande, Tineo, La Espina, Luarca, Salas, Grado, Oviedo, Belmonte, Gijón, Leceana, etcétera, etc. 

Día 17. Tiro de pichón y verbena

Para el tiro de pichón, y como premios, había cinco hermosísimas copas, donadas por don José Herrero, una; por el marqués de Aledo, otra; dos, por la Comisión de festejos, y una, por la Sociedad de Cazadores.

El primer premio, que fue en la primera tirada, la ganó D. Manuel Valdés, de Tineo, que era una de las copas de la Comisión citada; la copa del marqués de Aledo la ganó otro joven de Tineo, D. Nicolás García, y la otra copa de la Comisión y la de la Sociedad de Cazadores las ganó D. Gervasio Cantón, de Cangas. Quedó la copa del Sr. Herrero, que se disputará otro día; y terminamos la reseña de este simpático número celebrado en el prado del Reguerón, con cohetes y música y una entrada bastante buena, mencionando al veterano cazador don Luis Cantón, que se ganó una poule de cincuenta y cinco pesetas, matando pichones sin tasa.

La verbena se celebró en el paseo de Dámaso Arango, el que estaba bonitamente iluminado y en donde la gente joven rindió culto a Terpsícore hasta la una de la mañana, sin que faltasen los consabidos cohetes y fuegos artificiales. 

Día 18. Concurso de ganado y nueva verbena

Del concurso de ganado celebrado el sábado de ese día nos ocupamos en otro lugar de este número.

La verbena fue en la calle Mayor, la que estaba iluminada en toda su longitud, que, como saben los cangueses, es un rato larga; y, como en todas las reseñadas, mucha gente, mucha animación y temperatura deliciosa, sin que faltase la pólvora en voladores y en ruedas bonitas.

 Día 19. Carreras en bicicleta y en saco, concurso de natación, chocolate y teatro

En las carreras de bicicleta se inscribieron ocho corredores, siendo 36 los kilómetros a recorrer en una hora y un cuarto.

En las primeras vueltas, que era salir del paseo de Dámaso Arango hasta el puente del Infierno y vuelta hasta Limés, dos veces, quedaron algunos corredores fuera de concurso por pinchazos repetidos en sus máquinas, siendo el resultado final el siguiente:

Primer premio, consistente en 30 pesetas: lo ganó Ceferino Arias Arce; el segundo, 20 pesetas: Justo Uría Azcárate; el tercero, 15 pesetas: José Valle Cantón; el cuarto, 5 pesetas: Manuel Pérez Avello, niño de doce años, y el quinto, consistente en unas almadreñas, fue para Manuel Fernández Agudín, de Corias. 

Carreras en saco

Estas carreras fueron un número que hizo reír bastante y al que acudieron media docena de chicos pequeños, que hicieron las delicias de los demás chicos, pequeños y grandes, que en número crecidísimo presenciaban los saltos y los revolcones, locos de contento. 

Natación

A este concurso, que consistía en premiar a los tres que llegasen primero desde el rabión del Peñón Furao hasta la estacada de los de Obanca, sólo se presentaron cuatro nadadores, llevándose el primer premio el niño Marino Méndez G. Solar; el segundo, Eduardo Díaz Menéndez, y el tercero, Manuel Muñiz Díaz. 

Chocolate

Este número del chocolate fue graciosísimo, pues consistía en que dos niños con los ojos vendados, sentados el uno frente al otro, con una tartera llena de chocolate entre ambos, tenían que mojar pan allí y cebarse mutuamente. Ante la perspectiva del chocolate, se prestaron al juego tres parejas de chiquillos, los cuales se propinaron infinitos manchones en la cara y manos, no untándose la ropa por tener el traje cubierto por un saco. 

Teatro

Como colofón a las fiestas del Carmen dio seis funciones en nuestro teatro Toreno la compañía cómico-dramática, Rico-Guerrero. En la de este día tuvo la compañía un lleno franco, de bote en bote, como no se esperaba menos, ya que son muchos todavía los forasteros que el día 19 pernoctaron en Cangas. 

Final

Y ya era tiempo, dirá más de un lector; pero los cangueses que viven allende los mares, y lo mismo los que viven aquende de ellos, fuera de Cangas, quieren saber, tienen derecho a saber, por medio de LA MANIEGA, todo cuanto pasa en su patria chica.

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La Descarga el 16 de julio de 1931

Por eso, como final de fiestas, hemos de decir que a pesar de tantísima pólvora como se quemó, tanto ir y venir de automóviles y tantas pucheras de vino y otros licores que se trasegaron al estómago, no hubo que lamentar nota alguna desagradable. Esto lo decimos con orgullo, porque Cangas del Narcea ya es conocida por toda la provincia y fuera de ella, como pueblo culto, hospitalario y que sabe disfrutar de unos festejos como nadie y como hay muy pocos.

 


Publicado en La Maniega; Año VI Num. 33 Julio-Agosto de 1931


Cuando Muniellos era un aserradero

Leñadores y rolla de roble en la serrería de la empresa «Muniellos, S.A.» en Las Tablizas, 1955

El que hoy es el espacio natural más protegido de Asturias fue durante dos siglos fuente de provisión de madera. Entre 1766 y 1973 se sucedieron las talas en el bosque que hoy es reserva natural integral y tiene restringido el acceso a veinte personas diarias. Hubo un pasado que un libro recupera ahora. Se trata de ‘La explotación de madera en el monte Muniellos (Asturias)’, una segunda edición corregida y aumentada del publicado en 1989. Lo firma el director del Museo del Pueblo de Asturias, Juaco López Álvarez, y cuenta con un apéndice de Juan Pablo Torrente Sánchez-Guisande.

Este libro, con profusión de material gráfico de diferentes fuentes, rememora ese pasado que hoy parece muy lejano pero no lo es tanto. Aquella «selva virgen» ubicada en el concejo de Cangas del Narcea que hasta mediados del siglo XVIII solo se usaba como lugar de pasto para el ganado vacuno y porcino y a la recolección de bellotas, se había de convertirse en aprovisionamiento maderero. Vinculado al mayorazgo de la Casa de los Queipo desde principios del siglo XVI, fue a mediados del XVIII cuando se inicio su aprovechamiento. En 1768 el rey Fernando VI ordena las cortas en este monte y los colindantes con destino al arsenal de El Ferrol dentro de un plan de regenación de la Armada. Claro que en aquel tiempo y en aquel lugar encontrar madera para construir navíos era menos difícil -revela el libro- que transportar ese material. «Las primeras labores se centraron en las vías de comunicación: por un lado, abrir una carretera desde Muniellos a la villa de Cangas del Narcea y, por otro, hacer navegable el río Narcea para bajar la maderas desde aquella villa al puerto de mar de San Esteban de Pravia», recoge el volumen, que da datos curiosos, como «las cinco varas de ancho de buena calzada» que requería la carretera o las «ocho leguas» en las que se actúo para limpiar el cauce del río. 1.251.220 reales era el presupuesto de la primera obra; la segunda, 1.650.463.

Saca de madera con un carro del país en el concejo de Cangas del Narcea, 1965 (Fotografía de Carson)

Parecía que la riqueza maderera del lugar merecía el gasto, pero pronto se supo que los árboles no daban lo esperado. La madera no era la adecuada para la construcción naval y solo servía como tablazón para ciertas partes de los barcos. Pero, aún así, la explotación para los Reales Arsenales continuó. Las talas se iniciaron en Muniellos en 1768 y finalizaron diez años después para este fin. Fue entonces cuando el conde de Toreno solicitó permiso para continuar con la explotación y lo obtuvo, aunque pronto descubrió que esa madera ya no interesaba.

Claro que, hasta entonces, en la zona se creó un mundo vinculado a la explotación de la madera. «Supuso la llegada a la zona de gentes de afuera, sobre todo leñadores y carpinteros vizcaínos y carreteros montañeses o santanderinos», relata el libro. Se detiene además en cómo la apertura de la carretera real de Cangas al monte propició en 1772 la inauguración de una venta con cocina, un cuarto, una bodega para vender vino y una fragua para herrar los animales y arreglar las ruedas de los carros.

Fue la venta proveedora de víveres de los doscientos operarios de Muniellos, cuya vida no era precisamente fácil. «En el interior del monte de Muniellos las labores de los leñadores, serradores, carpinteros y carreteros eran muy duras», detalla Juaco López en su libro, quien revela cómo las talas se efectuaban durante el menguante de las lunas de noviembre, diciembre, enero y febrero. En carretas se transportaban los troncos dentro del monte, donde se aserraban las piezas, que luego se trasladaban a Cangas en carros tirados por cuatro bueyes. Allí se almacenaba la madera hasta poder ser enviada por el río a San Esteban en las chalanas.

Locomóvil o locomotora a vapor de la casa inglesa Aveling & Porter empleado por la Sociedad Bosna Asturiana para transportar la madera del monte de Muniellos, en Courias (Cangas del Narcea), hacia 1907 (Fotografía de Benjamín R. Membiela)

El XIX llegó al suroccidente asturiano con la explotación maderera parada, pero a mediados de siglo se retomó. Si antes fue el Estado el que asumió la explotación y las inversiones, ahora es el turno de la empresa privada. Y aquí entran en juego sociedades con capital inglés, catalán, francés y belga. «A mediados del siglo XIX, el crecimiento económico e industrial de España trae consigo también la aparición de capitales especulativos que fijarán su atención en la explotación de la madera», recupera el libro, que narra cómo van llegando gentes interesadas en su arbolado hasta que en enero de 1855 comienzan de nuevo los trabajos de explotación de la madera de la mano del británico Melvil Wilson. Franceses, suizos, sardos y alemanes se encargaron junto a nueve empleados asturianos de la explotación, que fue transferida poco después a otros británicos, y más tarde, en medio de un montón de enredos, pasó a manos del Crédito Mobiliario Barcelonés. Propiedad al margen, la explotación mantenía el traslado a bordo de balsas rumbo a San Esteban, desde donde se distribuía una madera que se destinaba «a explotación de minas, obras civiles, construcción de wagones, lanchas y otros usos». Se creó también una ferrería para aprovechar la madera sobrante y convertirla en carbón vegetal. Su actividad cesó en 1882. En los primeros años hubo beneficios; luego llegaron las deudas.

Puerto de San Esteban de Pravia, h. 1912 (Fotografía de Celso Gómez Argüelles. Colección Álvarez Pereda)

Se fueron ellos, volvieron los especuladores en busca de negocio y la familia Queipo de Llano decidió vender. Un anuncio en ‘Le Figaro’ en 1892 lo hacía público. Pero no era fácil encontrar quien quisiera explotar el monte, porque los costes del transporte de la madera seguían siendo elevadísimos. Se planeó incluso construir una línea de ferrocarril entre San Esteban de Pravia y Cangas del Narcea, pero nunca llegó a realizarse. La Sociedad Minero Forestal, con capital franco-belga, tenía grandísimos proyectos pero todo acabó en 1898 en un enorme fracaso.

Así llegó el siglo XX, que comenzó con la venta en su primer año del monte a un banquero vasco y a un ingeniero francés. Eso fue en 1901. Un año después se constituyó la Sociedad General de Explotaciones Forestales y mineras Bosna Asturiana, que tenía un proyecto muy similar al de la sociedad franco-belga. Construyeron en Las Tablizas un centro fabril con talleres y casas para los empleados y se sirvió de camiones de vapor (una especie de locomotoras) para transportar la madera. De nuevo llegaron trabajadores de fuera, en esta ocasión una cuadrilla de croatas que habría de adiestrar a los asturianos para trabajar la duela del roble. Se pelearon por conseguir la línea férrea pero no hubo forma y en 1932 se disolvió la compañía.

Los hermanos Velasco Herrero heredaron la propiedad pero hasta los cincuenta el monte no volvió a explotarse. Se hace a través de la empresa Muniellos S.A. «En este último periodo se explota con más intensidad que nunca, gracias a la apertura de varias pistas y al uso de camiones con motor de gasolina, que facilitaron y abarataron mucho el transporte de la madera», descubre el libro, que añade otro elemento, el uso de la motosierra a partir de los sesenta que propició la tala masiva hasta 1972. Hasta que, por fin, «las presiones del Estado y los problemas económicos llevaron a la empresa a vender el monte Muniellos al Icona el 17 de febrero de 1973 por 34.008,25 pesetas».

ACTUALIDAD El bosque de Muniellos, Reserva de la Biosferea. / A. Piquero

Así se puso fin a la explotación forestal y se dio la bienvenida a una apuesta por la conservación que a decir verdad comenzó ya en pleno siglo XIX. El primero en pedir protección para los montes de Cangas fue el secretario municipal Faustino Meléndez de Arbas. Más tarde, Eduardo Hernández Pacheco, catedrático de Geología de la Universidad Central de Madrid y vinculado a la Institución Libre de Enseñanza, pidió en el diario ‘El Sol’ la protección para «nuestra selva de Muniellos». Pero es a mediados del siglo XX cuando las voces comienzan a alzarse con fuerza. Hasta el mismísimo Félix Rodríguez de la Fuente clamó por hacer de Muniellos «el primer parque regional español». Suspendidas las talas en 1973, su camino fue otro. En 1982 se declaró Reserva Biológica Nacional y en 2000, Reserva de la Biosfera.


Publicado en EL COMERCIO el 31 de mayo 2014


Primeros aviones sobre el cielo y la tierra de Cangas del Narcea

El aeroplano que aterrizó en Riotorno en 1932 en la playa de San Lorenzo, Gijón / Xixón. Fotografía de Constantino Suárez. Col. Museo del Pueblo de Asturias.

“A mi hermano Pedro, que ya vive en el cielo de Cangas” 

En los últimos días del mes de octubre de 1927, Mario Gómez, el fundador del Tous pa Tous y de la revista La Maniega, estaba en su casa de L.lumés/Limés extrayendo noticias de unas cartas escritas por un cangués a otro residente en Madrid a fines del siglo XVIII e inicios del XIX, que le había dejado María Agüelles, una vecina y amiga de Cangas. Las noticias eran para documentar la historia moderna de Los Siglos de Cangas de Tineo. Los datos que le parecían de interés los anotaba en una libreta. Uno de esos días escribió:

Mientras tomo estas notas en Limés, el día 27 de octubre de 1927, cruza por este horizonte un aeroplano. Creo es el primero que se ve en este país y no hay que decir la expectación que aquí despierta.

Nada más sabemos de ese posible primer paso de un avión por el cielo de Cangas del Narcea en 1927, hecho que sucedió treinta años después de la invención de estos aparatos.

Cinco años más tarde volverá a pasar otro aeroplano por encima del concejo, que, además, por una avería, se vio obligado a aterrizar en el pueblo de Riotorno, convirtiéndose con toda probabilidad en el primer avión en pisar suelo cangués. La noticia la recoge la revista La Maniega en su número de septiembre-octubre de 1932:

En la tarde del 23 de agosto una avioneta, que desde Madrid se dirigía a Gijón para tomar parte en la Fiesta de Aviación que había de tener lugar en la citada villa al siguiente día, sufrió una avería de consideración, que la obligó a aterrizar en Ríotorno. No es para describir la enorme impresión y admiración de los vecinos de aquellos pueblos al ver aquel enorme pajarón volar sobre ellos y posarse en una tierra de labrantío un tanto pendiente. Al tomar tierra la avioneta se rompió la hélice, debido a la pendiente del terreno, y sus ocupantes, el aviador Sr. Ortiz Muñoz y su acompañante el parachutista señor Gersol, se vieron obligados a trasladarse a Cangas y desde aquí a Gijón, con el fin de buscar las piezas necesarias para la reparación de la aeronave.

De regreso de Gijón, según se dice, no encontraron de la avioneta más que el armazón y poco más, todo lo cual, en unión de alguna otra cosa, había desaparecido. Por fin, después de ocho días de viajes y de reparaciones, en la tarde del día 29 [de agosto] salió de los términos de Ríotorno, tripulada por dicho señor Ortiz.

El piloto era el comandante y profesor de aviación Juan Ortiz Muñoz, que en 1927 era jefe del Grupo de Caza de la Escuadra de Instrucción en Cuatro Vientos (Madrid), y el parachutista o paracaidista era Cristóbal Gersol, de Getafe, conocido como “El diablo rojo”. Los dos iban a Gijón a hacer una exhibición aérea, contratados por la comisión municipal de fiestas. Por los diarios de Gijón, La Prensa, El Comercio y El Noroeste, sabemos que llegaron a esta ciudad el lunes 29 de agosto de 1932. En La Prensa del día siguiente se leía que Ortiz y Gersol:

Habían salido por la mañana de Cangas del Narcea y aterrizaron en Pumarín, dando unas vueltas sobre la población. Por la tarde volvió a elevarse y por necesidad tuvo que aterrizar el aparato en la playa, frente a las primeras casas de la calle Ezcurdia, pero tan forzosamente tomó tierra que rozó una barra de hierro de las que sostienen las maromas para los bañistas y la avioneta sufrió ligeras averías, teniendo que ser trasladada al Piles. Seguramente que se fijará hoy el plan a seguir en estas exhibiciones interesantes.

La exhibición aérea consistió en hacer acrobacias con el avión sobre la playa y en ver el arrojo del paracaidista, que se subía a un ala y se lanzaba “al espacio desde una gran altura”. El espectáculo, según los periodistas, “gustó grandemente por sus extraordinarias hazañas” y fue presenciado por millares de personas.

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Memoria de los bosques de Cangas del Narcea, 1920

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Cortando un roble en el monte de Muniellos, 1964. Fotografía de Manuel Rodríguez Montes, ‘Carson’

La elaboración de vino y la explotación de madera fueron las principales actividades industriales de Cangas del Narcea hasta los años cuarenta del siglo pasado, cuando la minería del carbón comenzó a expandirse.

Desde mediados del siglo XVIII y hasta mediados del siglo XX, la madera es una materia prima muy necesaria y buscada. Se empleaba para la construcción de barcos, para la construcción de edificios y obras públicas, para traviesas de líneas de ferrocarril, para tonelería, etc. La madera de roble será una de las más empleadas para estos fines, pero había un problema: era escasa. Por eso los robledales del concejo de Cangas del Narcea, en especial el “famoso” monte de Muniellos, serán el punto de mira del Estado en el siglo XVIII y de muchas empresas madereras a partir de 1845.

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Encabezamiento comercial de la Sociedad Bosna Asturiana, 1920

La explotación industrial de madera se inició en Cangas del Narcea en 1766 en este monte de Muniellos, propiedad del conde de Toreno, por iniciativa de la Armada y con el fin de suministrar madera para la construcción de navíos de guerra en el Arsenal de El Ferrol. En la segunda mitad del siglo XIX se seguirá explotando intensamente por parte de empresas inglesas (Wilson, Misley & Sichel), catalanas (Crédito Mobiliario Barcelonés) y franco-belgas (Sociedad Minero-Forestal-Ferroviaria). En 1901, la Sociedad Bosna Asturiana, integrada por capital francés, vasco y asturiano y con domicilio en Gijón, adquiere el monte y lo explotará hasta los años veinte. Por último, la empresa “Muniellos S.A.”, fundada en 1952 por varios socios de Cangas, Allande y Gijón, sacará madera hasta 1973 en que el Estado compra este monte para su conservación como espacio natural.

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Vista de los montes de L’Artosa y La Veiga’l Tachu desde Pena Ventana, 2013

Muniellos no fue el único monte explotado masivamente en todo ese periodo de más de doscientos años. También se explotaron otros en su entorno: los montes de Monasterio del Couto, El Pueblo de Rengos, Las Montañas, Cabreiro, etc., así como Valdebois, en el concejo de Ibias, y Valledor, en Allande. En ellos cortarán madera algunas de las empresas que trabajaron en Muniellos y otras más que a menudo eran extranjeras o de otras partes de España. Las últimas de esta clase fueron la catalana “Robledor, S.A.” y la valenciana “Explotaciones Forestales Pumar S.A.” fundada por Salvador Vilarrasa Sicra.

En todos estos montes se extraía madera de faya (haya), abedul, xardón (acebo) y, sobre todo, roble. Muchos de los trabajadores eran vascos, cántabros, franceses, croatas o suizos, así como vecinos de los pueblos propietarios de los montes y de los alrededores. La madera se enviaba para Burdeos, Barcelona, Madrid, Jerez de la Frontera, Valencia, Sonseca (Toledo), Gijón, etc.

La “Memoria de los bosques de Cangas de Tineo” que presentamos en el Tous pa Tous fue escrita en 1920 por encargo de algún empresario o sociedad interesada en invertir en la explotación de madera. Se centra en los montes de Monasterio de Hermo, Monasterio del Coto y Monte Cabreriro, que es propiedad de los vecinos de Oubachu y La Veiga’l Tachu, y también en el de Valdebois / Valdebueyes, que era de la familia Ron. En ella se trata sobre su superficie, las especies de árboles, las condiciones para la compra de los derechos de explotación de la madera y su precio, y el estado de las comunicaciones para el transporte de la madera.

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Vista de los montes de Rengos y Muniellos desde Pena Ventana, 2013

El traslado de la madera será uno de los grandes problemas con los que se encontraron todas las empresas que quisieron explotar los montes de nuestro concejo. En esta memoria se mencionan tres posibles vías para sacar la madera: la futura línea de ferrocarril “Pravia-Cangas del Narcea-Villablino”, que atravesaría por Monasterio de Hermo y que no llegó a hacerse; la carretera en construcción de Ventanueva a Ibias, por donde podría sacarse la madera del Monte Cabreiro y la de Valdebois, y el río Couto, por donde bajaría flotando la madera del monte de Monasterio del Couto hasta La Regla de Perandones; años más tarde, la empresa Robledor S.A. abrirá a su costa la actual carretera que atraviesa el Río del Couto, desde La Regla al Pozo de las Mujeres Muertas, para sacar madera de este monte y del Valledor (Allande).

La memoria está fechada en Oviedo el 12 de febrero de 1920 y no lleva ninguna firma. Procede de los restos del archivo del empresario y banquero José Tartiere Lenegre (Bilbao, 1848 – Lugones, Siero, 1927), que tenía adquirida la explotación de unos robles en el Monte Cabreiro. En ella se menciona al comerciante y negociante José María Díaz López “Penedela” (Penedela, Ibias, 1870 – Cangas del Narcea, 1934), que en esa fecha era el alcalde de Cangas del Narcea, y que proporcionó al autor de la memoria datos sobre las intenciones de los propietarios de los montes y los precios en los que estarían dispuestos a vender los derechos de explotación del arbolado.


Memoria de los bosques de Cangas de Tineo (Asturias), 1920