La Braña de Monasteriu d’Ermu recinto privado

Brañas de las fuentes del Narcea. Foto de ildepg en Panoramio.

En dos días habíamos improvisado una pequeña escapada a las fuentes del Narcea, y de paso “estrenar” el túnel del Rañadoiro camino de Monasteriu d’Ermu como indica el nuevo cartel al final de la obra recién inaugurada. Allá nos dirigíamos, o eso pretendíamos, con la sana intención de pasar la mañana por el fayeo y a ser posible “rescatar” algún capudre (sorbus aucuparia) inocente de entre la espesura del bosque y trasplantarlo en casa, después de comer en Rengos.

Sin embargo, nuestra aventura quedó truncada una vez cedido el paso a un pequeño rebaño de ovejas a la salida del pueblo, antes de que sin darnos cuenta nos veamos metidos en un recinto minero de la empresa Uminsa, y sin saber claramente donde estamos ni cómo continuar el viaje. Dando media vuelta podemos hablar con un paisano del pueblo, quien muy amable nos aconsejó que no debíamos continuar porque el resto del camino hasta la braña era de la empresa, justo antes de que apareciera un vigilante jurado, como para dar fe de sus palabras. Territorio Comanche. Ni que decir tiene que en esos momentos recordamos el vídeo visto ayer sobre una notícia relacionada con la Cueva de Chaves en el blog de Tsobu de Laciana e imaginamos al poderoso y potente JodeX4, perdón todoterreno, avanzando furioso hacia los intrusos que están invadiendo su propiedad, para desalojarnos “a las bravas”.

Como por Valdeprao pasamos algunas dificultades debido a la nieve, volvemos por los Caboalles donde una pintada rezaba: VITO FUERA. Y en vista de no poder disfrutar de la naturaleza os ofrecemos un tema musical de nuestros amigos de Felpeyu, Los Fayeos de Mayo, al tiempo que os recomendamos, según nos asegura un pajarín, que mañana de una a dos de la tarde sintonicéis Radio 3 para escuchar el programa Escribano Palustre, donde los compañeros de Filón Verde contarán aventuras más dramáticas y crudas que la vivida hoy por los dominios del dueño de la mina más grande de España, gran aficionado a la caza y amigo de políticos de toda índole y condición.

Artículo publicado el 30/01/2010 en: Plataforma para la Defensa de Gistreo

Fray Albino González Menéndez-Reigada (Corias, 1881- Córdoba, 1958)

Fray Albino

Fray Albino González Menéndez-Reigada nació en Corias (Cangas del Narcea, Asturias) el 18 de enero de 1881. Ingresó a los 15 años en el convento dominico de San Juan Bautista, cercano a su vivienda familiar. En 1897 profesó en la Orden de Predicadores y fue ordenado sacerdote en Valladolid el año 1905.

Licenciado en Filosofía y Letras en la Universidad de Salamanca con Premio Extraordinario, obtuvo el doctorado en esas disciplinas en la Universidad de Madrid, también con Premio Extraordinario, al tiempo que realizaba estudios de Derecho. De 1911 a 1913 estudió Filosofía de las Lenguas Neolatinas en las universidades de Berlín, Roma y Friburgo. Su gran facilidad para los idiomas le permitió expresarse en francés, inglés, italiano y griego, además del castellano y el latín.

La orden le otorgó el título de Lector y Maestro en Teología y Predicador General y la Universidad de Salamanca le concedió idéntico título de dicha institución. Por su fama como predicador fue requerido continuamente para ofrecer conferencias por toda España, Europa e Hispanoamérica.

 El 18 de diciembre de 1924 fue nombrado obispo de Tenerife, donde realizó una gran labor. El 18 de febrero de 1946 fue designado obispo de Córdoba. Hizo su entrada oficial en la diócesis el 9 de junio, domingo de Pentecostés, a la edad de 65 años. En Córdoba vivió hasta el 13 de agosto de 1958, fecha de su fallecimiento.

“Tenemos que hacer viviendas dignas para los cuerpos, templos para las almas y escuelas para educar a la infancia”, dijo a poco de su llegada al conocer la situación en que se encontraba la ciudad. Y en verdad que esta especie de “programa de gobierno” lo cumplió con creces.

Tumba de Fray Albino delante de la Capilla de las Benditas Ánimas del Purgatorio en la Catedral de Córdoba (Antigua Mezquita).

Los números de Fray Albino en Córdoba, en los 12 años que estuvo entre nosotros, son impresionantes. Casi 5.000 viviendas entre las barriadas construidas en el Campo de la Verdad y en Cañero, con sus correspondientes equipamientos sociales (seis colegios, tres iglesias, mercados, cines, campo de deportes, economato, etc.), más de 80 templos bendecidos y más de 200 unidades escolares, dan fe de esta realidad.

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Tumba de Fray Albino González Menéndez-Reigada (Corias, Cangas del Narcea, 1881-Córdoba, 1958), obispo de Córdoba

Para conseguir toda esta obra creó la Asociación Benéfica La Sagrada Familia, que fue la encargada del programa de viviendas; el Patronato de Obras Sociales de San Eulogio (escuelas de aprendices, semanario Ecos, Club Deportivo San Álvaro, cuadro artístico, orfeón y rondalla); el Patronato de San Alberto Magno para la gestión de las unidades escolares; el Patronato Nuestra Señora de la Fuensanta para la atención a niños desvalidos; las Milicias de Cristo para el amparo de la niñez y juventud descarriada en la población rural, etc.

Su labor pastoral fue también extraordinaria: activó las Cáritas diocesana y parroquiales; desde 1949 a 1957 presidió las Semanas Sociales de España, que tuvieron una gran repercusión; escribió 35 obras y 48 cartas pastorales; dio un desarrollo espectacular al Seminario y puso en marcha el Seminario Menor de Hornachuelos; convocó el concurso de curatos para dotar a las parroquias de sacerdotes rectores; ofreció conferencias en la Universidad Internacional Menéndez y Pelayo de Santander; creó en Córdoba las Hermandades del Trabajo; impulsó la Acción Católica, la HOAC y la JOAC; organizó escuelas de aprendices; la actual Tipografía Católica, etc.

El abate Pierre lo presentó a la televisión francesa y su obra fue conocida a nivel internacional, lo que motivó la constante visita de personalidades nacionales y extranjeras a Córdoba.

A lo largo de su vida obtuvo honores y distinciones, a las que daba la justa importancia. El Ayuntamiento de Córdoba le nombró Hijo Adoptivo en la sesión celebrada el 9 de junio de 1950. Su Santidad el papa Pío XII le dirigió en dos ocasiones cartas felicitándole por su labor y por los 25 años de su episcopado. El alcalde de Córdoba de Veracruz (México) le hizo entrega de la llave de la ciudad.

A finales de diciembre de 2008 y hasta el 24 de enero de 2009, se celebró una exposición, gracias a la gentileza de Cajasur, con la pretensión de dar a conocer a las generaciones actuales de una manera gráfica la ingente actividad desplegada por este excepcional obispo en Córdoba y su provincia. Con ella se cerró el programa de actos que la comisión organizadora, constituida en el seno de la Asociación de Antiguos Alumnos del Colegio Público Fray Albino, desarrolló durante el 2008 para conmemorar el 50 aniversario de su muerte. Esta exposición no hubiera sido posible sin el trabajo documental realizado por Florencio Rodríguez, quien fue el encargado de selleccionar las fotografías de Ricardo procedentes del Archivo Histórico de Cajasur, y el equipo de la Fundación Cajasur.

Juan Antonio Polo Molina
Presidente de la Comisión Organizadora de los actos
del 50 aniversario de la muerte de Fray Albino.
Fuente: Fundación Cajasur

La cal en Cangas del Narcea

Calero u horno de cal en El Rodical (Tinéu), en 2008. Fotografía de Astur Paredes.

La cal fue un producto muy importante que se empleaba para la construcción de edificios, el abono de tierras y otros usos agrícolas e industriales. En la Asturias caliza su fabricación era muy abundante y su producción se vendía en la región y fuera, sobre todo a Galicia. En el concejo de Cangas del Narcea, donde la caliza es escasa, solo había hornos de cal en unos pocos lugares donde aflora este mineral y su producción era pequeña, pero no dejó de tener su relevancia. Hoy, todos estos caleros están abandonados y arruinados, y ya casi no los recuerda nadie.

José Luis García López del Vallado es el autor del libro La cal en Asturias, editado por el Museo del Pueblo de Asturias en 2009.

 La fabricación de cal en Cangas del Narcea

por José Luis García López del Vallado

Anuncio de un fabricante de cal en el periódico ‘El Narcea’, julio de 1912

En Asturias la cal se empleaba para mortero en la construcción, para blanquear fachadas de casas y cuadras, y para fertilizar la tierra, que se empobrecía de calcio y otras sustancias con la lluvia y el cultivo. La cal resulta de calcinar piedra caliza a unos 900 grados en hornos llamados caleros. Aunque en el tercio occidental asturiano la piedra caliza escasea, no falta por completo y, en Cangas del Narcea, Tineo y otros concejos, las vetas conocidas se explotaron a lo largo de varios siglos. Se ha encontrado un contrato de 1612 para hacer en Fontes de Corbeiro cal destinada a la construcción del monasterio de San Juan de Corias, y este contrato podría no ser el más antiguo; por otra parte, hacia 1950 tejeros llegados de Llanes hacían cal en Ridera, parroquia de Ambres, en una campa situada por encima de los 1000 metros, que al parecer es el único lugar de la comarca en que afloran vetas de piedra calear. Un período, por tanto, de unos 350 años, que probablemente fue mayor. Los contratos más antiguos se refieren a la fabricación, el porte y el suministro de cal para construcciones de importancia. Aparte del ya citado de 1612, conocemos otro de 1650 también para fabricar en Fontes de Corbeiro cal para Corias; otro de 1750, para transportar cal desde Fontes hasta Ardaliz (seguramente para la construcción del palacio que existe en ese lugar); y uno más, de 1756, en el que un particular de Rengos denuncia a un vecino que se aprovechó del producto de un calero y una cantera propiedad del denunciante. Es posible que ya entonces hubiera varios caleros en Rengos, porque el de la denuncia estaba “inmediato a la Vega de los Fornos” y, por otra parte, también el conde de Toreno, en un escrito de 1777, menciona la existencia de un horno de cal en las canteras de mármol de Rengos.

Calero u horno de cal en El Rodical (Tinéu), en 2008. Fotografía de Astur Paredes.

Esta cal de Fontes de Corbeiro y Rengos se calcinaba con leña. En el siglo XX, los caleros más conocidos del concejo de Cangas del Narcea fueron los de Rengos, Moncóu y Moal, aunque había caleros en otros lugares del concejo, como el llamado “calero de Casa Elvira”, en la parroquia de Monasterio de Hermo, que funcionaba hacia 1920. Posiblemente se conserven restos de algunos de estos hornos, en los que la cal se quemaba con carbón, que en el caso de Moal se extraía de una mina cercana a los hornos.

Si el calero es propiedad de los vecinos de un pueblo, ellos se reparten la cal; si es de un particular, la cal puede comercializarse en un establecimiento y, además, venderse por los pueblos, como hacía una pequeña empresa calera que, según se lee en 1912 en el periódico El Narcea, tenía un horno entre Ventanueva y Rengos. Es probable que la fabricación de cal en el concejo de Cangas del Narcea no se haya prolongado más allá de la década de 1950.

Ánxeles custodios

Dalgunos alumnos del Institutu de Cangas del Narcea que facían la ruta de Soutu la Barca nos primeros años setenta. Foto: Javier García

Lo que podía ser un grave accidente de coche, resuélvenlu de manera inesperada unos escolinos camín del institutu

Por Antón García en La Nueva Quintana (LNE)

A les nueve menos cuartu de la mañana la carretera que llevaba a Cangas víase blanca. Aquella nueche de xineru cayera una xelada que dexara escarchaos los árboles, les mates, les sebes y l’asfaltu. L’autobús, un Pegaso enllenu d’estudiantes, avanzaba despaciu, como si unes manes invisibles fueren delantre tantiguando’l terrén. Nun había plaques de xelu, anque nun se podía ún esfotar no que se topara na curva siguiente. Los que diben falando nun llevantaben muncho la voz. El viaxe de vuelta, a la tarde, solía ser ruidosu, cola xente de pies pel pasiellu o arrodiyaos nos asientos pa charrar colos d’atrás.

Un día que volvíemos n’animada parola, al llegar a les curves de La Paloma, ente Pilotuertu y La Florida, desapareció Andrés Vence de xunto a nós como si unos extraterrestres lu abducieren (palabra que daquella desconocíemos) o como si lu llevara’l sumiciu: la puerta na que diba respaldáu, de pesllera manual, abrióse al tomar una curva, botólu fuera, y volvió a zarrase tan rápido que nun nos dio tiempu a echalu de menos. Por suerte Arturo, que lu tenía delantre les narices, reparó en que yá nun taba y dio la voz d’alarma. Los que viaxaben atrás dixeron entós qu’acababen de ver pasar dalgo pel aire. L’autobús paró, y toos pudimos endilgar allalantrones, na última curva, al probe Andrés tiráu en suelu, qu’aterrizara na cuneta. Quitando’l sustu, nun-y pasara nada.

Tovía vivía Franco, eso seguro, y faltaríen-y dos o tres años pa morrer. Díbemos a estudiar a Cangas. Non al conventu Courias, sinón al institutu, que taba na Veiga, xunto al mercáu; ente’l cuartel de la Guardia Civil, la casa socorru y la báscula. Nun sé por qué díbemos a Cangas, porque Soutu la Barca pertenez a Tinéu y esta villa quedábanos a la mitá’l camín. Pero daquella nun taba organizáu’l tresporte escolar, y yera la empresa que tenía la central térmica, Unión Eléctrica Madrileña, la que nos ponía un autobús d’Alsa pa dir y venir de Soutu a Cangas. A los de Tuña, dos o tres nenos fíos de «productores» que teníemos que facer cuatro kilómetros más de viaxe, venía buscanos un coche d’empresa cada día pela mañana, y a devolvenos, de parte tarde. Per bien de tiempu foi un Dodge que conducíen Quildán, Mino o José’l de Calabazos.

Yá en Soutu garrábamos l’autubús, a veces onde tuvo la bolera (nel solar de lo qu’enantes foran los bares de casa Jorge y de Peliz), a vegaes arriba, nel Pobláu. La empresa arrasara’l vieyu Soutu medieval y llabrador pa construir la central térmica, llevantando na rimada’l monte un pueblu nuevu y artificial con dos barrios estremaos y profundamente clasistes: los Bloques, abaxo, que yeren pisos pa los obreros, y el Pobláu, arriba, xalés p’alministrativos y oficinistes. Les cases enllenárense de xente de fuera d’Asturies, gallegos, castellanos, estremeños, lleoneses y munchos senabreses, abondos cola ferida de Ribellagu (Ribadelago de Franco se llamaba oficialmente, un pueblu arrasáu al reventar la muria d’un embalse) tovía fresca.

Pero aquel día fríu, de la que díbemos pa clase, tan ceu, yera ún d’esos nos que nun había munches ganes de falar y a lo más que se llegaba yera a que los futboleros repasaren los resultaos del domingo, porque yera llunes. Entamóse una parolada, pero de sópitu, enantes de qu’acabara, toos callaron. Una moza dixo que pasara un ánxel. Sentíase’l runfíu del motor. Díbemos arrebuyaos nos abrigos, porque la calefacción del autocar empezaba a dar calor cuando yá llegábemos a destín.

Naide acabara de despertar ainda. El coche yera un espaciu mixtu, que compartíemos rapazos y rapaces d’ente doce a dieciocho años. Tenía importancia la conxuntura d’edaes y de xéneros, porque la enseñanza daquella taba rigurosamente separada por sexos y los sitios d’atopada o de convivencia habitual ente nenos y nenes yeren escasos y había que los aprovechar. Yera lo que facíen los mayores, mozos y moces, que se sentaben p’atrás y cortexaben como podíen.

Alcuérdome bien de los cardaos de dalgunes d’estes rapaces, melenes alleonaes enllenes de laca, de les maxi-botes con tacones de plataforma y de les minifaldes. Otres empezaben a participar na so particular revolución sexual y diben ensin sostén y con botes camperes. Nun puedo asegurar si dalguna diba o non ensin bragues. Los más pequeños, que nos sentábemos p’alantre por imperativu de los mayores, limitábemonos a tomar nota. Amás de los guajes de Tuña y de Soutu, l’autobús diba recoyendo xente pela carretera: Pousada, Pilotuertu, Xavita, Ounón, Tebongu, San Pedru, Courias…

Naquellos años nun había munchos coches circulando, si acasu los camiones qu’acarretaben carbón de les mines de Cangas pa la térmica de Soutu o los coches «de llinia», tamién d’Alsa, que facíen rutes regulares de viaxeros. Pero a aquella hora tan temprana, cola xelada enriba, tovía había menos tránsitu qu’otres vegaes. Yá pasáremos Tebongu, y tábemos llegando a la Ponte l’Infiernu, esa parte de la carretera na que’l valle estrecha, les curves fainse más zarraes y el Narcea queda abaxo, cortáu a picu. El ríu baxaba de baramonte, porque taba siendo un hibierno de muncha agua y abondu fríu. Nun sé si esa parte del camín se llama El Rachón, pero sé que queda al pie d’El Puelu y que ye una zona abesida.

Díbemos tovía más despaciu, mirando maraviaos los cristales de xelu qu’anubríen les cañes de los árboles y les paredes de los sucos, cuando un coche escuru y grande asomó rápido como un rellampu na curva de delantre y vímoslu facer un remosquete, como si nun esperara un autobús ellí y s’asustara. Nosotros paramos de sutaque, arimaos a la drecha, pegaos al sucu, ensin problema, y la caterva guajes que viaxábemos llevantamos el culu y la cabeza pa ver qué pasaba. El nuesu xofer echó’l frenu mano mientres soltaba un cagamentu y se tiraba fuera del coche. Na carretera, al llau del autocar escolar, un impresionante Chevrolet Impala negru, brillante, matrícula de Madrid ochocientos y picu mil, banciaba peligrosamente sobre’l ríu: les dos ruedes de la esquierda nel asfaltu, les dos de la drecha nel aire, sobre’l Narcea. El que conducía, poco dueitu, pisara’l frenu al ver l’autobús y el coche esguilara na carretera xilada, estrechina, y quedara como pensando si siguir viaxe o si dexase cayer pal ríu.

Los que primero reaccionaron fueron los mayores, que siguieron los pasos del nuesu xofer: abrieron les puertes del autobús y salieron atropellándose unos a otros. Detrás fuimos tolos nenos, más grandes y más pequeños. Les moces non, quedaron toes dientro, mirando a través de los cristales. Cuando nos averamos al Chevi, que ye como-y dicíen a aquella marca d’automóviles americanos los que la conocíen, pudimos ver el miedu instaláu dientro del coche. Dende la mio perspectiva de nenu de doce años, dos homes mayores, bastante vieyos, taben sentaos alantre, con traxes y corbates. Dos muyeres mayores, vieyes tamién, mui puestes, diben atrás, maquillaes y rubies, enxoyaes con collares de perles, pulseres d’oru, pendientes grandes y guapos y abrigos de pelleya caro.

Dalguién d’ente nós mandó a voces qu’echáramos mano al coche, y toos garramos per onde había sitiu. Cuando yá nun había onde poner la mano, enganchamos pela ropa al guaje que teníamos delantre. Quiciabes el mesmu que diera la voz abrió la puerta del conductor y mandó-yos que fueren saliendo. Sentimos que de dientro’l coche s’arramaba un arrecendor curiosu, una mecedura de los puros que debíen fumar los homes y del perfume delicioso qu’usaríen les muyeres. Pero dientro d’aquel Impala naide se movía, los cuatro pasaxeros taben paralizaos pol miedu, y los dos que quedaben pal llau del ríu, igual un matrimoniu, miraben de rebisgu, ensin atrevese a volver del too la cabeza, p’aquella agua que corría brava cuatro o cinco metros per baxo d’ellos. Volvieron a pidi-yos que salieren, pero tampoco dientro del coche hubo reacción nenguna. Taben mudos y blancos, la vista perdida al frente.

Entós sentí que la puerta que dalguién abriera volvía a pesllase, sentí la mesma voz mandando agora que tiráramos, primero de delantre, y como si fuera una maniobra habitual vi cómo’l Chevrolet Impala negru, con un par de llinies horizontales blanques y matrícula de Madrid, se llevantaba un poco pel aire, pordicir que nada, y nun par de tirones posaba les dos ruedes de delantre nel asfaltu. «Agora detrás», dixo otra vuelta la mesma voz, y un montón de manes xuveniles garraes a la defensa, a los baxos, a la rodera, a les maniyes… tiró a la vez y el coche, n’otros tres ximielgones, quedó posáu mansamente na carretera, como si nunca pasara nada, aviáu pa siguir un viaxe que parecía llevar lloñe a aquella xente.

El nuesu conductor abrió la puerta del Chevi y el golor dulce del so interior volvió a arrodianos. Sorrió a aquelles cares pálides y asustaes de los viaxeros, díxo-yos: «Ide polo briao» y zarró ensin qu’ellos gurgutaren palabra, ensin que miraren pa nós siquiera. Aquella caterva nenos volvimos estropiellaos a subir al autocar, corrimos a sentanos nos mesmos sitios qu’acabábamos de dexar y a atotanos na ropa d’abrigu. El Chevi continuaba quietu nel sitiu que lu dexáramos, onde los pasaxeros siguíen mirando al frente, como si volver la cabeza fuera a desequilibrar el coche y facelu apilar.

L’autocar arrancó. Namás perdiéramos dos o tres minutos, nin tan siquiera llegamos tarde a clase. Naide comentó nada. El restu del viaxe ficímoslu callaos, como si pasara un ánxel. Como si acabaren de pasar unes docenes d’ellos.

El derribo de la casa de don Eleuterio o de María Angustias en 1980

Casa de María Angustias poco antes de ser derribada en 1980. Foto Tino

No cabe duda que hay acciones humanas que engrandecen a los pueblos y otras que los envilecen. Hace unas semanas celebrábamos en El Tous pa Tous los cien años de la construcción de la fuente del Reguerón y hoy, ya en 2010, vamos a recordar otro aniversario: el derribo hace tres décadas de la casa de don Eleuterio García Cuesta, también conocida con el nombre de su sobrina y heredera María Angustias. Esta casa no era un edificio cualquiera. Don Eleuterio fue un emigrante de Cangas del Narcea que se enriqueció en Madrid trabajando en el ramo del comercio. Construyó su casa en 1889 en la calle Mayor y para ello no escatimó medios. El proyecto debió de ser de Juan Miguel de la Guardia (1859-1910), arquitecto municipal de Oviedo, o de Javier Aguirre (1853-1909), arquitecto provincial, que en esos años estaba dirigiendo la construcción del Juzgado de Cangas del Narcea. Los dos están

Casa de María Angustias poco antes de ser derribada en 1980. Foto Tino considerados como los mejores arquitectos de finales del siglo XIX e inicios del XX en Asturias. La casa era, según los historiadores del arte, el edificio más importante de la arquitectura de finales del siglo XIX en todo el interior del occidente de Asturias.

Germán Ramallo Asensio, redactor del inventario de patrimonio histórico de los concejos del suroeste de Asturias en 1980-1981 y en la actualidad catedrático de Historia del Arte de la Universidad de Murcia, escribió en aquel inventario: “La casa de María Angustias es uno de los ejemplos más equilibrados y hermosos, mejor adecuados a sus funciones palaciegas a lo moderno y urbanísticas de servicio a la ciudad, de toda la arquitectura fin de siglo realizada por la zona”.

Casa de María Angustias durante su derribo en 1980

En 1979, la casa la compran unos constructores con raíces canguesas, que viendo la polémica que estaba surgiendo con el posible derribo del inmueble, deciden venderla a Manuel Martínez Menéndez, vecino de Santiago de Limés, que es el que va a derruirla en el mes de mayo de 1980 para levantar en su solar una casa de pisos. El arquitecto de la nueva obra fue el joven Emilio Llano Menéndez. El Ayuntamiento de Cangas del Narcea no quiso frenar este derribo, aunque si hubo unos pocos concejales que se opusieron duramente. La delegación en Asturias del Ministerio de Cultura, que era la administración competente en la protección de monumentos en aquellos años, envío a Madrid un expediente para declarar el edificio monumento histórico-artístico, pero la solicitud vino denegada por la Dirección General del Patrimonio Artístico de aquel Ministerio, con un informe firmado por el arquitecto Eduardo González Mercadé.

C/ Mayor, casas de los Flórez (con el comercio El Siglo XX) y de María Angustias hacia 1920. Fotografía de Benjamín R. Membiela

El valor de la casa era tan evidente que en contra de su derribo se manifestaron muchos vecinos de Cangas, como se constata en los periódicos de la época (incluida la revista local Entrambasaguas, que puede consultarse en nuestra Biblioteca Canguesa, en la que en los tres primeros números se trató este asunto), y también la Consejería de Cultura del Consejo Regional de Asturias, aquel ente de la denominada Preautonomía, que todavía no tenía ninguna competencia en esta materia. El informe escrito el 13 de marzo de 1980 por Emilio Marcos Vallaure, director regional de patrimonio histórico artístico en aquella joven institución y actualmente director del Museo de Bellas Artes de Asturias, para solicitar a la Dirección General del Patrimonio Artístico del Ministerio de Cultura la declaración de monumentalidad del edificio, es uno de los mejores testimonios que nos ha quedado de la casa de don Eleuterio (puede leerse en el número 2, página 12, de la revista Entrambasaguas).

Sirva esta noticia y estas fotografías como recuerdo a un edificio cuya construcción engrandeció nuestra villa y cuyo derribo la empobreció. ¡Pena y rabia nos sigue causando!

Fiestas del Carmen de 2000 en Cangas del Narcea

Las populares fiestas del Carmen y La Magdalena se celebran en la villa de Cangas del Narcea del 14 al 22 de julio y están declaradas de interés turístico regional. El 16 de julio, a partir de las ocho de la tarde, las culebras en Luarca, pueblo marinero ubicado a ochenta kilómetros, huyen porque sienten retumbar la tierra cuando sobre el cielo cangués atruenan los voladores. Es LA DESCARGA que la Sociedad de Artesanos dedica anualmente en su día a la Virgen del Carmen.


Los teitos en L.leitariegos en 1752

Durante muchos siglos, millones de europeos vivieron en casas cubiertas con materias vegetales. En el concejo de Cangas del Narcea hasta mediados del siglo XX todavía quedaban muchas casas, así como hórreos y cuadras, cubiertas con paja de centeno, que se conocían como teitos. También había construcciones cubiertas con tablas de roble, pero estas eran menos numerosas.

Hoy en Cangas del Narcea solo existen unos pocos hórreos cubiertos con paja, que en general están muy mal conservados. Su futuro es muy negro, porque casi no se cosecha centeno y ya quedan pocas personas que sepan colocar estas cubiertas. Por diferentes razones, en nuestro país estas construcciones cubiertas con materias vegetales se han despreciado, mientras que en otras naciones europeas se valoran y gozan de gran prestigio. Ejemplo de nuestra indiferencia es que en los últimos años se ha derrumbado la casa Vaqueiro, de Brañas d’Arriba, que era un símbolo de toda esta antigua arquitectura campesina. Esta casa fue fotografiada por muchos investigadores y publicada en numerosas publicaciones. Esta claro que no hemos sabido, o mejor dicho, es evidente que no hemos querido conservar ni tan siquiera un ejemplo de este patrimonio arquitectónico. No obstante, los archivos, donde se conserva la documentación antigua, seguirán recordándonos como era en el pasado la arquitectura de este concejo.

Xuan F. Bas Costales es licenciado en Geografía e Historia por la Universidad de Oviedo y esta preparando su tesis doctoral sobre el ajuar doméstico y la vivienda en Asturias en los siglos XVII al XIX. Él es el autor de esta noticia sobre las casas en L.leitariegos en 1752.

  LOS TEITOS EN L.LEITARIEGOS EN 1752

por Xuan F. Bas Costales

Libro de bienes del Catastro de Ensenada del coto de L.leitariegos, 1752. Archivo Municipal de Cangas del Narcea

Entre los fondos del Archivo Municipal de Cangas del Narcea se encuentra un documento de gran valor para el estudio de las construcciones existentes en el antiguo coto de L.leitariegos a mediados del siglo XVIII. Se trata del único tomo del catastro promovido por el marqués de la Ensenada en 1752 que se conserva del concejo, perteneciente a ese coto que estaba integrado por los pueblos de las parroquias de Brañas y Trescastru. La información que ofrecen las relaciones de bienes que dan los vecinos sobre sus casas y otras construcciones auxiliares nos permite reconstruir sumariamente la arquitectura de los pueblos de la zona, caracterizada por el predominio de teitos o cubiertas vegetales.

Corte o cuadra de casa El Roxu cubierta de paja de centeno en Xinestosu, 1927. Fotografía de Fritz Krüger

Las respuestas generales del catastro en el coto registran cincuenta y nueve casas habitables, once arruinadas «por desidia de sus dueños» y cuarenta y dos hórreos, «sin que los suelos de dichas casas tengan ningún tributo». No obstante, las respuestas particulares de los vecinos consignadas en ese único tomo se reducen a la descripción de treinta y cuatro casas y veintinueve hórreos, que se distribuyen entre los lugares de Trescastru y Brañas d’Arriba, aunque solo está completa la relación de bienes del primero con veintiséis casas y veintitrés hórreos.

El Puertu de L.leitariegos, 1944. Fotografía de J. Ramón Lueje

Las casas del antiguo coto de L.leitariegos ofrecían una gran uniformidad tanto en el material de construcción, la forma y la orientación, como en la distribución interior. Se caracterizaban por estar cubiertas mayoritariamente con paja de centeno y presentar una planta rectangular de unos 115 m2 de media. Las casas tenían una distribución interior formada en los casos más sumarios por «cozina terrena», algún dormitorio, caballeriza «para el recogimiento del ganado» y pajar. El espacio destinado a los animales y la cosecha ocupaba más de la mitad del edificio. En unas pocas casas, que eran las mejores, las caballerizas y los pajares aumentaban hasta tres o cuatro, y aparecían otras piezas como portales, bodegas y «quartos altos».

Casas y hórreo cubiertos de paja de centeno en El Puertu de L.leitariegos, 1944. Fotografía de J. Ramón Lueje

La mayoría de las casas disponía de un hórreo, e incluso alguna tenía dos. Prácticamente todos estaban cubiertos con paja y apoyaban sobre cuatro «pies de piedra», salvo una panera en Trescastru que lo hacía sobre seis. Asimismo, los vecinos de Brañas d’Arriba contaban con caballerizas «para la custodia de su ganado», cubiertas también con paja, en la cercana braña de Vil.lar d’Árbas.

Casa cubierta de paja de centeno en Brañas d’Arriba, 1927. Fotografía de Fritz Krüger.

La arquitectura de Brañas d’Arriba que describe el catastro en 1752 no era muy diferente de la que se encontró el filólogo y etnólogo alemán Fritz Krüger cuando visitó el pueblo en 1927, a pesar de que ya habían aparecido «tres casas de nueva construcción con tejados de pizarra». Desde entonces, sin embargo, las cosas han cambiado mucho y no queda en pie ninguna construcción con cubierta de paja en el pueblo ni prácticamente en el resto de la parroquia.

Sección

 

Las imágenes de la derecha muestran la sección y planta de una casa de L.lamera similar a las que habría en L.leitariegos en 1752. En la parte superior están la cocina terrena y un cuarto, y en la inferior la cuadra y el pajar. Dibujos de Armando Graña García.

 

 

Planta

 

José Rodríguez Casín: – Yo di propinas a Onassis

Periódico La Nueva España del 26 de octubre de 1968 en el que aparece este reportaje

Por José Antonio Alonso Rodríguez – Casa Mingo de Moal; Fotos: Casa Casín de Moal, Cangas del Narcea. 

El día 26 de octubre de 1968, un joven periodista llamado Ramón Sánchez-Ocaña a quien acompañaba el fotógrafo José Vélez, como enviados especiales a Moal, publicaban en el periódico “La Nueva España” de Oviedo un reportaje sobre José de Casín, con el sugestivo título que ilustra este artículo. Ramón Sanchez Ocaña hace una amplia interviú con José de Casín como protagonista, en el que narra los avatares que tuvo durante los años mozos, cuando emigró a Argentina en busca de trabajo. Allá, en el hotel donde trabajaba, coincide con quien pasados los años se convirtió en una de las mayores fortunas del mundo: Aristóteles Onassis.  

La hoja que ilustraba el documental, si bien fue guardada con esmero por la familia Casín, a quién agradezco el envío de la información y las fotografías, no guarda la calidad necesaria para que pueda ser leída con normalidad, por lo que voy a transcribirla para su mejor lectura. 

Casín, de pie a la dcha. con boina. Onassis de traje junto a los compañeros del hotel Bristol de Buenos Aires

Yo di propinas a Onassis 

“Trabajamos en el mismo hotel: él de ascensorista; yo, de cafetero”

El era más hábil “trabajándose” las propinas.

José Rodríguez, de Moal, escribió al potentado proponiéndole un negocio de minas, y Onassis, al mes, respondió que no le interesaba.

Ramón SANCHEZ-OCAÑA y José VELEZ, enviados especiales

       Él, Onassis, estaba de ascensorista. Yo de cafetero. Y más de una vez le di un peso de propina… 

Lo que son las cosas. Aristóteles Sócrates Onassis, que desde hace muchos años acapara la atención mundial –y más ahora- recibía propinas de este hombre, José Rodríguez Casín, natural y vecino de Moal en Cangas del Narcea. Cuando llegamos, por tortuoso y embarrado camino, Casín estaba en cama. 

       Anda un poco mal del estómago, nos dice su mujer. Pero ahora viene.

Y vino. Y nos apoyamos en el mostrador de su bar. Y desarchivó todos sus recuerdos. Y sacó unas viejas cajas de puros. Y nos enseñó muchas cartas y certificados, y fotografías. Y charlamos.

Comunicado para recoger el pasaje

       Yo llegué a Buenos Aires –nos dice- en el año veintiocho. Al principio todo fue mal. Me tomaron el pelo, me engañaron, y hasta me robaron impunemente la maleta todo lo que llevaba. Quedé con lo puesto. Y gracias a un buen hombre que era de aquí, de Rengos, que me recomendó, entré en el hotel Plaza. Mire, mire –y vuelve a su archivo de recuerdos- esta es la carta en que me comunicaban que tenía trabajo…

Casín es un hombre alto, fuerte, de muy buena facha. Se le proponía entonces un trabajo de “mucamo” -según reza en documentos- y de ayudante de cafetero.

       ¿Y yo que iba a hacer?. Pues a ello.

       ¿Cuántos estaban trabajando allí?.

       No lo sé. Muchos. Porque de la misma empresa eran los cuatro mejores hoteles de Argentina. Y cuando hacíamos falta en uno o en otro sitio, para allá nos mandaban. 

Cheque expedido en 1931

Y allí, mientras José Rodríguez se ocupaba de la cafetera, un muchacho de unos veinte, veintidós años, bajito, moreno, enjuto, se ocupaba del ascensor: Aristóteles Sócrates Onassis. 

       Yo nunca pensé que podía ser griego, parecía un italiano.

       ¿Cómo se llamaba allí?.

       Nos llamábamos por nuestras ocupaciones, no por nuestros nombres. Allí estábamos de todas las partes del mundo. Y así como puede ser fácil decirme a mi José, decir Aristóteles u otros nombres extranjeros no es cosa tan sencilla. Yo era “el cafetero”. El “el ascensorista”. La verdad es que aquel hombre llamaba la atención. Mientras todos los demás charlaban de fútbol, de carreras de caballos, él estaba a lo suyo. Le interesaba el dinero, las propinas. Era el primero que ponía el ascensor. El más atento de todos. Y como todos andábamos a lo mismo, a mi me gustaba que al servir un café me dieran propina, y a él le gustaba que cuando te hacía un servicio, correspondieras.

Aristóteles Sócrates Onassis entonces no era más que un muchacho con aires italianos.

       Pero era –nos dice Casín- un muchacho que se pasaba, en los ratos que podía, con el pitillo en la boca. Yo creo que si se hiciera un monumento al tabaco, Onassis debería financiarlo, porque debe agradecerle mucho. Si, fumaba constantemente. A él le mandaban tabaco de Grecia. Y nos invitaba en muchas ocasiones. Era muy buen tabaco, esa es la verdad. Se notaba enseguida por el olor. Nos gustaba mucho a todos. Y siempre dijo que si lo vendía podría ganar algún dinero. Pidió más tabaco, compró una maquinilla de hacerlos, y ahí empezó todo.

La historia, con más o menos detalle es sabida. Lo difícil es el comienzo y Onassis que demostró siempre una gran habilidad y un talento natural poco frecuente, comprendió como aquello podía ir a más. Compró alguna máquina. Y empleó en la hechura de los cigarros a los viejos que vendían el tabaco por la calle. Así todos tenían interés en que aquello se venciera.

       Al principio salían sin marca ninguna. Después fue aumentando la fabricación, fue comprando más máquinas y se llamaron “Omega”.

Y pese al nombre, asimilado siempre a un final, aquello fue el principio. 

       Onassis había ascendido ya, porque como le digo, era muy trabajador. Y lo pusieron en la central telefónica. De “embornador”. Y allí debió de aprender lo suyo, porque en el hotel estaban los grandes financieros del mundo.

Después se le perdió la pista. Al poco tiempo abandonaba el hotel aquel muchachito que empezaba el gran negocio del tabaco. Las revistas nos cuentan que primero fue un barco, y luego otro, y luego otro. Y así, en progresión hasta ser hoy la tercera riqueza del mundo. 

       Casín, ¿y cuándo supo usted que aquel muchacho de cara italiana se había convertido en el hombre fabuloso que hoy es?

       Cuando los periódicos hablaron de él. Yo le vi y me dije: a este hombre lo conozco yo. Lo conozco. Lo conozco, lo conozco. Y entonces leí todo lo que hablaba de él. Y hasta que di con que había trabajado en el hotel Plaza.

       ¿Qué sintió entonces?

       Me alegré muchísimo. Porque llegar a donde está este hombre no es cosa fácil, no. 

LE PROPONE UN NEGOCIO

 

Familia Casín en 1946

Casín volvió de Buenos Aires, y se quedó en esta aldea de Moal. Aquí tiene su casa y su familia. También su ganado. Aquí ve pasar los días con tranquilidad. Guarda los primeros recortes que hablan de Onassis.  

       Hace tres años le escribí. Le felicité por su triunfo en la vida. Le mandé mis papeles del hotel para ayudarle a reconocerme. Y le proponía un buen negocio: que entrara de socio conmigo en la concesión de una mina de antracita que tengo. Tardó un mes en contestar. Me devolvió los papeles y dice que no le interesan.

        ¿y no hubo más correspondencia?.

        Si. La última: la de felicitación de boda. Es sencillo. No le digo más que sea muy feliz, que se lo merece y que siga siendo tan activo como era entonces.

       ¿Qué le parece la boda con Jacqueline?.

       Muy bien. Ella es una gran mujer. El es un gran hombre. Los dos eran famosos. Ahora lo son más. ¿A qué mujer no le apetece contar con la seguridad que da Onassis?. ¿Y a qué hombre le disgusta una mujer como Jacqueline?. 

Casín fue un famoso cazador de osos (1920)

Es curioso. Casín abre una botella de agua mineral. Luego charlamos de caza. Tiene una oreja partida.

  ¿Cazando?.       No, fue un mordisco en una pelea….hace ya años.

Pues si. Lo que es la vida. Este hombre le dio propinas a Onassis, por entonces un activo ascensorista del hotel Plaza de Buenos Aires. 

  –       Muy activo. Y muy correcto. Él se hacía ganar las simpatías y … las propinas.

       Y más de una vez le di un peso, más de una vez. 

 

La Descarga, al otro lado del Narcea

Imágenes cortesía de la Peña El Refuerzo, que nos demuestran que La Descarga, no sólo se alimenta de la pólvora del prao del Molín, que también, sino que al otro lado del Narcea, la oración también se vuelve explosión haciendo más grande el espectáculo si cabe.



El retablo mayor de la iglesia de Linares del Acebo, 1601

El actual retablo mayor de la iglesia parroquial de Santa María Magdalena de Linares del Acebo fue en su día el primitivo retablo del santuario de Nuestra Señora de El Acebo, lugar de gran devoción entre los habitantes del occidente de Asturias, y del que se empieza a tener constancia a partir de 1613 en la obra Antigüedades y cosas memorables del Principado de Asturias, escrita por el padre Luis Alfonso de Carballo y publicada, tras su muerte, en 1695.

El viejo retablo de El Acebo (hoy en Linares) fue realizado en 1601 por el pintor ovetense Juan Menéndez del Valle, siendo uno de los mejores ejemplos del estilo manierista (entre el renacimiento y el barroco) que existe en Asturias. En efecto, el 5 de octubre de ese año se otorga una licencia para que los mayordomos y administradores del santuario de El Acebo paguen al maestro 4.000 reales para el cumplimiento de la obra que hace y pinta en dicho santuario. El retablo se estructura en un banco, un cuerpo subdividido en dos pisos y tres calles, y un ático. En él figuran las siguientes imágenes: los relieves de San Francisco, la Crucifixión y San Antonio de Padua, y las imágenes de San Juan Evangelista, La Magdalena (titular de la parroquia de Linares) y San Blas.

Este retablo tuvo una vida muy corta dentro del santuario, ya que debido al culto y a la importancia que adquiere El Acebo pronto se decide sustituirlo por otro más monumental. Para la realización del nuevo retablo, los mayordomos y administradores del santuario recurrieron a los maestros conocedores del estilo barroco que se implanta en Cangas del Narcea tras la construcción del retablo mayor del monasterio benedictino de Corias, realizado en 1677 por Francisco González y Pedro del Valle, vecinos de Villafranca del Bierzo.

Es fray Alberto Colunga, en su Historia del santuario de Ntra. Sra. del Acebo, publicada en 1909, el primero que aporta la noticia de la venta del primitivo retablo del santuario de El Acebo a la parroquia de Linares. El padre Colunga indica que fue vendido en 1691 por 550 reales, aunque la intención de venderlo se remonta al año anterior. En efecto, el 4 de diciembre de 1690 se otorga licencia para poder vender la madera del retablo viejo, con el fin de sacar dinero para pagar a los maestros que estaban realizando el nuevo retablo, por haber disminuido las limosnas que los devotos daban al santuario.

Samartino en Besullo

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Ruta del Cueto de Arbas

El Cueto de Arbas la cumbre más occidental de la Cordillera Cantábrica donde se superan los 2.000 metros y, de hecho, es casi el extremo oeste de la divisoria principal. Se trata de una loma herbosa y pedregosa de suave cresta y pendientes laderas que surge sobre los extensos robledales en el flanco oeste del Puerto de Leitariegos.

ITINERARIO: Puerto de Leitariegos – Laguna de Arbas – collado (1.878 m) – cresta al NO. – Cueto de Arbas (2.007 m).

Septiembre de 2009. Vídeo: abarthfc

Ruta de Muniellos

Ruta de Muniellos realizada en septiembre de 2009. Vídeo: Lunaxanita. Música: Carlos Núñez.  

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La mora de La Matancia

Vista de Valcabo

Todo el mundo sabe que los moros fueron expulsados de Asturias en la batalla de Covadonga, pero casi todo el mundo ignora que, paralelamente a esa batalla, hubo otra en el Campo de la Matancia, en el partido de Sierra, cuyo recuerdo aún perdura en la tradición oral de la zona.

Lugar: San Pedru Culiema, CANGAS DEL NARCEA

Informante: José Flórez Fuertes, 64 años (1998)

Recopilador: Jesús Suárez López (Archivo de la Tradición Oral-Museo del Pueblo de Asturias).

Sí, tengo oyíu, sí, hablaban de que ahí entre Valcabo ya La Venta que había ahí dinero pa un reinado enterráu. Yo téngolo oyíu a los viejos, que cuando echaron los moros de aquí de Asturias, que los fueran matando ya que quedara una mora. Ya que dixera que no la mataran, que se casaba con cualquiera d’ellos y que con el tiempo que descubría donde taba el tesoro, que había dinero pa un reinado, enterráu, entre La Venta y Valcabo.

Entre La Venta y Valcabo
hay dinero pa un reinado.

Y luego la mora matáronla. Sí, sí, eso téngolo oyíu yo a los viejos, viejos, que güei tendrían ciento cincuenta años, porque tendrían de aquella noventa y tantos. Pero eso tien que tar enterráu… ¿quién lo atopa?

BIBLIOGRAFÍA: Jesús Suárez López, Tesoros, ayalgas y chalgueiros. La fiebre del oro en Asturias (Gijón: Museo del Pueblo de Asturias, 2001), págs. 368-375.

La odisea de una mujer cubana llamada Argentina, oriunda de Cangas del Narcea

Por Jorge Fernández Díaz en LA NACIÓN – Sábado 16 de enero de 2010

Argentina nació en la calle Buenos Aires, y cuando decidió escapar de Cuba y llegar contra viento y marea a un remoto aeropuerto del Cono Sur llamado Ezeiza no se resignó a cruzar las peligrosas aduanas del régimen castrista sin la Virgen de la Caridad del Cobre.

Alguien trató de disuadirla, puesto que se trataba de una imagen religiosa en yeso y madera de considerable tamaño que no pasaría inadvertida para los escáneres ni para la policía cubana. Estaba arriesgando la fuga con ese capricho, pero ella no quería ceder. Esa virgen española calmaba las mareas y estaba rodeada de leyendas. Argentina la envolvió amorosamente en toallas y la metió en una maleta. 

El aeropuerto de La Habana estaba ese día de noviembre de 1983 tomado militarmente a raíz de la invasión de los Estados Unidos a Granada. Pero Iberia no había suspendido los vuelos, de manera que Argentina Agüera Menéndez; su esposo, Tomás, y sus dos pequeños hijos se largaron con el corazón en la boca y con lo poco que tenían y se dejaron revisar hasta los huesos por los soldados.  

Argentina y Tomás eran los sospechosos de siempre: dos personas que no militaban contra la revolución, pero que tampoco la abrazaban; dos ciudadanos que por pequeñas divergencias con la política oficial habían incluso perdido sus trabajos. Pero luego de examinarles las ropas y los documentos, no tuvieron más alternativa que dejarlos pasar. Cuando la maleta con la Virgen de la Caridad del Cobre ya estaba en la cinta transportadora y se disponía a atravesar el detector de metales, ocurrió un auténtico milagro. El operador viró unos segundos para aceptar el sándwich que le acercaba un compañero y al volver la vista ya tenía en la pantalla la siguiente valija.

La Virgen ilesa descansa ahora en el living de la casa de Argentina, en el barrio porteño de Belgrano, donde 27 años más tarde la mujer me está narrando el comienzo de su odisea. Argentina tiene 70 años, y Tomás está en una clínica médica desde hace unos meses, luchando contra un tumor cerebral. Ella nació en la calle Buenos Aires, se llama Argentina y es cubana, pero sus padres eran dos asturianos de Cangas del Narcea y de Tineo. El padre había huido en 1919 de España, porque andaban reclutando muchachos para enviar a la cruenta guerra con Marruecos.

Manuel aprendió el oficio de ebanista en Cuba, llegó a manejar un taller de 26 operarios y tuvo dos hijas. Cuando nació Argentina, una chispa cayó en el aserrín y el incendio destruyó la carpintería. Hubo que empezar de nuevo, hasta que once años más tarde la desgracia volvió a suceder: un cortocircuito arrasó con todo y ya el viejo asturiano se conformó con alquilar un pequeño local dentro de un taller más grande y allí se dedicó a reparar sillas y mesas hasta que la revolución lo pasó a retiro forzoso.

La infancia de su hija fue triste. Le decían Argentina La Carpintera, y como era asmática su madre no la dejaba asistir al colegio. Al principio de una temporada se vistió sola, tomó un cuaderno y un lápiz y se presentó en la escuela 58. Nadie se dio cuenta de que no estaba ni siquiera inscripta, y sólo levantaban sospechas su gran altura para una alumna de primer grado y los nervios que la hacían vomitar. A media mañana se presentó su madre e irrumpió en la clase. “Póngase de pie, alumna -le ordenó la maestra-. ¿Conoce a esta señora?” Tímidamente, Argentina respondió: “Sí, es mi mamá, pero me quiero quedar”. Su madre temía que durante una crisis asmática su hija muriera; las maestras se encargaron de convencerla y de darle garantías. Argentina finalmente se quedó y puso tanto afán en el estudio que, con ayuda de una maestra privada, hizo la primaria muy rápido. Luego iba, como correspondía, a corte y confección.

Pronto comenzó la violencia en Cuba. Desaparecían estudiantes y se formaba la resistencia. Los Agüera Menéndez rogaban que se fuera Batista y escuchaban por onda corta las proclamas desde Sierra Maestra. Cuando triunfó la revolución sintieron que había triunfado la libertad. Ese día memorable, Argentina estuvo todo el tiempo en la terraza viendo pasar la caravana de autos y banderas. Sin embargo, el viejo carpintero escuchó el primer discurso de Fidel Castro y articuló, en voz muy baja, una premonición: “Es un farsante”.

La sonrisa de esa familia fue cerrándose a medida que el castrismo iba expropiando fábricas, tiendas y comercios. Intervinieron, en esa secuencia, el taller donde trabajaba Manuel, y el carpintero quedó fuera de operaciones.

Argentina consiguió un empleo en el sanatorio del Centro Asturiano, primero como mucama y después como operaria en el laboratorio industrial. Como había estudiado mecanografía y taquigrafía, los revolucionarios la pasaron luego a Admisión. Allí conoció a Tomás, que era técnico en electrocardiogramas, que se mostraba renuente al nuevo gobierno. Argentina era callada, pero Tomás decía lo que pensaba: “Esto es una mierda”. Ella se fue enamorando, aunque al enterarse de que era seis años mayor que él quiso cortar relaciones. Pero el amor se impuso.

Ninguno de los dos era contrarrevolucionario, pero ambos eran católicos y querían una boda por Iglesia, algo que estaba muy mal visto en 1969: la religión es el opio de los pueblos. Caerían entonces bajo sospecha y vendrían las represalias. Argentina fue a ver al cura de la parroquia del barrio del Cerro y le explicó su anhelo: “¿Estás segura?”, le preguntó el sacerdote. “Aunque sea cáseme en la sacristía”, le respondió. Los compañeros de los novios recibieron la invitación. Uno de ellos la pegó en la cartelera de Las Guardias de la Milicia a modo de burla y denuncia. La ceremonia se hizo a puertas cerradas. Y los amigos no entraron al templo para no comprometerse.

Tuvieron dos hijos, y Argentina accedió, a pesar de todo, al Comité de Actividades Científicas en el sanatorio Covadonga. Una noche la gente del Comité de la Cuadra los interrogó: “¿Manuel y Tomás pertenecen al partido, están anotados en la reserva?”. La cosa no pasó a mayores, pero Argentina averiguó que estaban buscando hombres para enviar a la guerra de Angola. Si no era ésa, sería cualquier otra: “Tomás, tenemos que irnos de este país -le dijo ella-. Van a llevar a nuestros hijos a la guerra”. El viejo asturiano había escapado de España por la misma razón: la historia se repetía.

Tomás tenía primos en los Estados Unidos, pero emigrar parecía imposible. Así y todo, llenó una vez una planilla que repartían los norteamericanos y el Comité de la Cuadra dio aviso al sanatorio. El matrimonio fue inmediatamente expulsado. Era una situación precaria: la madre de Argentina tenía Alzheimer y el padre ya era muy anciano. A Tomás lo obligaron a barrer las calles. Y muy especialmente, los alrededores del sanatorio, para que sus ex compañeros vieran lo que les pasaba a los críticos de la causa. Cuando los ex compañeros lo veían, Tomás levantaba las manos y les gritaba: “Este es el precio de la libertad”. A Argentina la enviaron a trabajar al campo, pero como era asmática y tenía certificado médico la abandonaron a su suerte.

Los miembros del Comité arrearon a los vecinos para hacerles mítines de repudio. Ya no había matices: eran directamente “gusanos”, sin serlo, ante la mirada de la turba. Una noche les gritaron: “Apátridas” y “Tomás, ratón, te cambiás por un pantalón”. También le gritaban “puta” a su esposa, que abrazaba temblando a sus hijos. Volvieron a los tres días, y como balbuceaban, Tomás prendió la luz de afuera y les dijo: “Les enciendo la lámpara para que puedan leer mejor los insultos que traen escritos por otros”. En primera línea estaba el hijo de una vecina a quien Tomás había salvado de morir en una emergencia médica. Al día siguiente, el muchacho regresó, borracho de ron, y pidiendo perdón con los ojos llenos de lágrimas. “Vete para siempre de mi casa”, le dijo Tomás, dolorido, pero inflexible.

Otra mujer a quien él había salvado de un infarto le consiguió una tarea menos agraviante, y después trabajó con unas monjitas. Argentina y Tomás aprendieron de un dulcero a hacer merenguitos y comenzaron a venderlos clandestinamente en su casa. Con vestidos viejos, Argentina también fabricaba peluches y payasos de tela que le compraban en una maternidad.

* * *

Tardó un tiempo largo en darse cuenta de que la solución de su vida estaba cifrada en su propio nombre. Su madre murió en 1982 y la hija quiso ubicar a tres tías que vivían en la Argentina para comunicarles la triste noticia. Jamás había hablado ni tomado contacto con esos familiares de su madre que residían en el confín de la Tierra, así que empezó por enviar una carta a España. Una cuarta tía que se había quedado en Asturias remitió la misiva original a Buenos Aires.

Las hermanas de María vivían en Mar del Plata, Villa Concepción y Paso del Rey. Todas estaban casadas y tenían hijos. Respondieron rápidamente, y allí comenzó a encenderse una luz en ese túnel tan largo y oscuro: en 13 meses consiguieron enviarle a su sobrina perdida una visa por todo un año para ella, su marido y sus hijos.

¿Pero podrían salir de Cuba? No eran militantes anticastristas, se consideraban apolíticos, pero habían quedado marcados y condenados a la miseria por haberse atrevido a lo mínimo: casarse por Iglesia, querer emigrar para buscar nuevos horizontes, pensar distinto. Las idas y venidas con los documentos eran muy complicadas, les pedían muchos trámites, y Argentina temía que ese Estado policial le abriera la correspondencia y encontrara la forma de abortarle la partida. Un día, finalmente, la citaron en Migración. Una funcionaria examinó los papeles y miró a los niños. Lo usual era interrogarlos, pero esa burócrata no lo hizo. Les selló todo y les dio una fecha para retirar los pasaportes. Argentina llegó corriendo a casa. El viejo carpintero asturiano golpeó los brazos del sillón: “Al fin”, dijo. Y cuatro días después se murió.

Tras el duelo reaparecieron los miedos a una zancadilla. El Comité de la Cuadra sabía que se iban, pero creía que lo hacían a España. Quince días antes de que se marcharan, les quitaron la libreta de abastecimiento. Ahora no tenían nada para comer. Los vecinos les traían a escondidas leche en polvo y azúcar, y ánimos, porque faltaba poco. Dos días antes de partir, el Comité se presentó para clausurar la casa. Argentina y su familia tuvieron que mudarse a la casa de unos parientes y rezarle mucho a la Virgen de la Caridad del Cobre.

Fue entonces cuando llegaron al aeropuerto militarizado de La Habana, donde obligaron a Tomás a dejar en tierra todos los billetes cubanos que traía. Sólo llevaban consigo un cheque de viajero de 15 dólares, una valijita y otra maleta con la Virgen escondida. La espera en ese aeropuerto convulsionado y hostil les ponía los pelos de punta. Pensaban que a último momento, y por cualquier nimiedad, podían detenerlos. Cuando pasaron los controles y se sentaron en el Jumbo de Iberia se sintieron libres. Pero no era un vuelo directo. Llegaron a Panamá a las diez de la mañana y no había horario para el nuevo avión ni información veraz sobre lo que había ocurrido. Tomás intentó cambiar el cheque de viajero para alimentar a los niños, que estaban enloquecidos de hambre. Pero como era feriado no podía cobrarlo. Ahí estaban esos cuatro náufragos, con dos maletas y sin una moneda encima, esperando que pasaran lentamente las horas y en la sospecha de que alguien les había mentido con los pasajes o que en cualquier momento llegaría la orden de devolverlos a La Habana.

Al ver a los niños famélicos, un desconocido les ofreció salir de la zona de preembarque con ellos y darles de comer en la confitería exterior. Miraron a ese hombre calibrando si era decente o un degenerado, y al final decidieron correr el riesgo. El desconocido tomó de la mano a los chicos y se los llevó hacia la nada, y los padres se quedaron tensos, pensando que podrían no verlos más. Después de un rato interminable, el desconocido regresó con los niños y con jugos de naranja y galletas, que devoraron aliviados y agradecidos.

En un instante de desesperación, Tomás se lanzó sobre un empleado de Iberia. El vuelo se había suspendido, y tendrían que aguantar hasta la noche y abordar un avioncito que los llevaría a Lima. Un ataque de asma ahogó a Argentina y obligó a Tomás a salir a mendigar algo caliente. Le regalaron un café con leche y ella recuperó la respiración.

* * *

A las tres de la mañana subieron en Perú a un avión de Aerolíneas Argentinas, hicieron una escala y llegaron a Ezeiza. Habían enviado por correo una foto de la esposa de Tomás, y entonces un primo suyo, que no la había visto nunca, comenzó a gritarle en el aeropuerto: “¡Argentina, Argentina!”. Había acudido toda la parentela en dos autos y una camioneta. Se abrazaron con un cariño flamante, algo confundidos por el reencuentro y por la extrañeza de la situación, y pusieron rumbo a Paso del Rey. Allí los aguardaba un asado de 12 kilos: Tomás preguntó para cuántos días era ese manjar. “Nos lo vamos a comer hoy mismo”, le respondieron. Los cubanos no podían creer ese despliegue: era la comida de todo un mes. A los postres, el primo de Argentina fue certero: “Hasta aquí los trajimos; ahora depende de ustedes”.

Cuando Argentina vio por televisión que Raúl Alfonsín llamaba a la reconciliación de los argentinos, y que en su discurso no había vocablos castristas tan frecuentes como “guerra” y “enemigos”, sintió una paz interior que no conocía. Tomás fue pintor y mozo, puso restaurantes, se fundió y salió adelante. Y Argentina trabajó veinte años en un laboratorio. Tienen ahora un bar exitoso en Paseo Colón y Moreno, y Argentina empezó a decir que quería volver a visitar Cuba para ver a su familia. Tomás no estaba de acuerdo, pero la acompañaba con resignación en ese propósito. Regresar. Después de tanto tiempo y esfuerzo. Regresar unos días, por última vez.

Una tarde, Argentina lo vio triste en el café, y le dijo: “No te preocupes, Tomás, si no quieres volver no volvemos”. Pero no era tristeza. Lo internaron ese mismo día y descubrieron que tenía un tumor alojado en el cerebro. Se lo extirparon. Perdió la voz y algunas funciones del cuerpo. Argentina está a su lado día y noche, tratando de sacarlo del pozo, en esta nueva odisea de la vida que los médicos llaman “rehabilitación”.

Nos acercamos a la Virgen de la Caridad del Cobre, que tiene sobre un aparador. Veo los detalles de esa Virgen peregrina. La mirada tranquila y, a sus pies, los tres jóvenes que la adoran desde su canoa. Después miro los ojos de Argentina, acostumbrados al arte de sufrir. Hay una frase asturiana: “No tengas esperanzas y así no tendrás desilusiones”. Pero esta mujer tiene la tremenda valentía de la esperanza, y estoy seguro de que no la perderá jamás.

El personaje
ARGENTINA AGÜERA MENENDEZ
Una cubana que llegó a Buenos Aires en busca de la libertad que le faltaba.

Quién es: tiene 70 años y vive en el barrio de Belgrano. De padres asturianos (de Cangas del Narcea y Tineo), nació en la calle Buenos Aires, de La Habana. Se enamoró de Tomás Villanueva Lozano y tuvo dos hijos. Ahora tiene también dos nietos y un bar en la avenida Paseo Colón.

Qué hizo: ella y su familia recibieron con alegría la revolución castrista, pero con el tiempo cambiaron de opinión. No eran “gusanos”, pero pensaban distinto y fueron atacados por turbas, humillados, echados de sus trabajos y reducidos a la miseria.

José Francisco Uría y Riego (Cangas del Narcea, 1819 – Alicante, 1862)

José Francisco de Uría y Riego, por José Gragera y Herboso, 1862

José Francisco de Uría y Riego (1819-1862) da nombre a la calle más comercial de Oviedo y a otras principales en Gijón, Luarca y Cangas del Narcea. Nació en el seno de de una importante familia de la nobleza rural asturiana con solar en Santa Eulalia de Cueras (Cangas del Narcea).

Partícipe del ideal ilustrado del desarrollo económico como medio para conseguir el bienestar, se interesó por implantar nuevos cultivos, por el estudio de las enfermedades de las plantas, fue miembro de la Sociedad Económica de Amigos del País de Asturias y participó en la Exposición de Productos Agrícolas de 1857 donde obtuvo medalla de bronce por “cecinas de jamones” de su tierra natal.

Como político se adscribe al liberalismo moderado y es elegido Diputado a Cortes por el distrito de Cangas de Tineo en 1857. Nombrado Director General de Obras Públicas en 3 de julio de 1858, recibió respeto y consideración por su incansable trabajo en pro de modernizar las infraestructuras del Estado. Aprovecha un momento de estabilidad política, desarrollo económico e impulso de las obras públicas como fue el gobierno de O’Donnell y, sin olvidar su compromiso estatal, favoreció a Asturias y al distrito que representaba como diputado. Es el momento del ensanche de Barcelona y Madrid, de la construcción del Canal de Isabel II, del trazado de la red viaria y del ferrocarril, de los faros y los puertos.

Enfermo de tuberculosis se traslada a Alicante donde fallece lejos del solar familiar. La correspondencia privada, los homenajes póstumos, además de ser entrañables reflejan el reconocimiento a su trabajo desde todas las facciones políticas, el carácter de Uría y de su época.

Texto: Mercedes Pérez Rodríguez

Mercedes Pérez, socia del Tous pa Tous, ha tenido la generosidad de realizar un extracto de su tesis doctoral, “El patrimonio de las obras públicas en Asturias a mediados del S. XIX en relación con José Francisco de Uría y Riego”, para la web del Tous pa Tous. Desde estas líneas queremos envíar a Mercedes nuestro agradecimiento. El mencionado e interesante trabajo se puede consultar a continuación:

José Francisco de Uría y Riego (1819-1862):
un cangués Director General de Obras Públicas

Las casas del concejo de Cangas del Narcea

Barrios y casas de L.larón

El día de Reyes publicó Antonio Ochoa, socio del Tous pa Tous, un artículo en su blog Cosas del Suroccidente titulado “Cuando la casa era una saga”, en el que habla de la importancia y el valor de la “casa” en el mundo rural asturiano y en concreto en los concejos del occidente de Asturias. Este artículo, que reproducimos a continuación, nos sirve para informar a nuestros socios y lectores que el Tous pa Tous esta llevando a cabo desde diciembre de 2009 una recogida de todos los nombres de las casas del concejo de Cangas del Narcea, parroquia a parroquia y pueblo a pueblo. En este trabajo están colaborando muchas personas y ya quedan pocos pueblos por recoger. Nuestra intención es que antes de finalizar el mes de enero la lista de casas del concejo de Cangas del Narcea esté disponible en nuestra página web.

 

 

 Cuando la casa era una saga

Por Antonio Ochoa (6 de Enero, 2010)

Explicaba a alguien que la razón por la que no me veía el pelo últimamente no era un súbito incremento de mi alopecia, sino que estaba pasando estos días en mi casa y, de repente, me di cuenta de que lo que yo quería realmente decir y lo que el otro entendió era «en casa de mis padres, en el pueblo». Porque, en el fondo del corazón, ambos sabíamos que «mi casa» no es, en realidad, «la casa que me pertenece», sino «la casa a la que pertenezco».

Para los que nos criamos en una aldea, nuestra casa era bastante más que el lugar donde vivíamos. Era un concepto mucho más amplio que abarcaba, además del edificio, la gente que lo habitaba y los que habían habitado, su historia y sus historias, sus costumbres, sus normas y sus tradiciones. Era un todo del que tú formabas parte y que formaba parte de ti, que te definía e identificaba. Cuando hablabas, por ejemplo, de Pepe Colás, todos sabían que te referías a Pepe, el de casa Colás, del que, posiblemente, ni siquiera conocías su apellido.

Uno podía plantearse vender el piso donde vivía, especialmente si era para mudarse a otro mejor, sin demasiados ataques de nostalgia, pero nadie se desprendía de «su casa» sin una extrema necesidad. Supongo que hace falta ser dueño de la tierra bajo tus pies, que tu vivienda hunda firmemente sus cimientos en terreno propio, para que puedas echar raíces allí. Es necesaria esa vocación de permanencia, de atemporalidad, casi de eternidad, para que te sientas parte de una saga que te ha precedido en el tiempo, que seguirá después de ti y de la que sólo escribirás un capítulo, que seguramente pretendes que sea digno o, incluso, importante, pero que sabes que, al final, será también efímero.

Cada casa era, hasta cierto punto, un estado independiente con su territorio y sus fronteras, con sus leyes y su sistema económico. Tenía, además, cada una su patriarca y su matriarca, no necesariamente en este orden de importancia. Cuando uno de éstos llegaba a reinar durante un tiempo prolongado y poseía una personalidad lo suficientemente acusada, podía acabar reemplazando el anterior nombre de la casa por el suyo propio. Este era, probablemente, el honor más grande al que se podía aspirar. Resulta, por cierto, curioso comprobar que entre esos nombres casi legendarios abundaban casi tanto los femeninos como los masculinos.

No había, en cambio, (afortunadamente) ni ejércitos ni banderas, pero ello no impedía que algunos eventos se transformasen en demostraciones de poder, aunque de lo que se trataba era de demostrar la capacidad para preservar la vida y no para destruirla. Los principales eran la mayada y la matanza en los que el tamaño de las «facinas» y el número de los animales sacrificados establecían el estatus de cada casa. Era, eso sí, una rivalidad festiva en la que todos los vecinos colaboraban en un ambiente alegre, regado de risas, bromas y bebidas y que finalizaba en una comida de hermandad cuyo menú se repetía invariable en todos sitios sin que llegara nunca a cansarnos.

Aunque las mayadas hayan pasado ya a la historia y las matanzas acaben pasando pronto, todos los que nacimos en uno de nuestros pueblos hasta mediados del siglo pasado sentimos dentro de nosotros ese legado y la necesidad de preservarlo mientras vivamos. Lo que sucederá después no lo sé y, quizá, por suerte, no lo sabré nunca.

 

Como muestra del trabajo realizado vamos a presentar hoy la relación de las casas de la parroquia de L.larón, formada solamente por los pueblos de L.larón y La Viliel.la. Los nombres los ha facilitado Manuel Álvarez Rodríguez, de casa El Xastre de La Viliel.la, que vive en Madrid y es socio del Tous pa Tous. Manuel acompañó la información enviada al Tous pa Tous con una fotografía aérea de estos dos pueblos en los que él mismo ha señalado la situación de las casas, de la que publicamos la de L.larón. 

PARROQUIA DE L.LARÓN

L.larón

La Viliel.la

Barrio de El Casoiru

  • Casa Donisio
  • Casa Josepillo
  • Casa Florenta (desaparecida)
  • Casa Pacho (desaparecida)

Barrio de El Picu´l L.lugar

  • Casa Casín
  • Casa El Ferreiro
  • Casa Montero
  • Casa Xipitín
  • Casa El Pardo (desaparecida)

Barrio de El Carreiru

  • Casa Carrilo
  • Casa Jarana
  • Casa El Santo
  • Casa Toribo

Barrio de Los L.lagos

  • Casa Barreiro
  • Casa Castel.lano
  • Casa El Chispero
  • Casa El Coxo
  • Casa L’Haredeiro
  • Casa Mourín

Barrio de El Vareal

  • Casa El Caminero
  • Casa Casanueva
  • Casa Colinas
  • Casa El Curioso (desaparecida)
  • Casa Farruco
  • Casa Macera
  • Casa Pepito (desaparecida)

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Barrio de La Pedrera

  • Casa Castaño (desaparecida)
  • Casa Corbella
  • Casa Fonsón (desaparecida)
  • Casa Marcones
  • Casa El Xastre

Barrio de El Picu’l L.lugar

  • Casa La Casera (también Serafín)
  • Casa Mingarrín
  • Casa El Paisano
  • Casa El Poyo
  • Casa Xuanón
  • Casa El Gal.lego (desaparecida)
  • Casa El Manteigueiro (desaparecida)
  • Casa Lario (desaparecida)
  • Casa Rápala (desaparecida)
  • Casa Ricardo
Esta última existió hasta el incendio del
17 de febrero de 1918, aunque todavía no
sabemos su ubicación exacta.

Barrio de El Chanu

  • Casa Angelito
  • Casa Campillo
  • Casa Enrique
  • Casa José de Campillo
  • Casa El Marqués
  • Casa Pachalín
  • Casa El Roxo
  • Casa Xacinto
  • Casa Clara (desaparecida)
  • Casa El Cura (desaparecida)
  • Casa La Cestera (desaparecida)
  • Casa Manunga (desaparecida)

Barrio de La Fonte

  • Casa Castelao
  • Casa El Ferreiro
  • Casa Fuentes
  • Casa Gorrullo
  • Casa Juanito
  • Casa Lama
  • Casa Rosendo (también Costanta)
  • Casa Rita (desaparecida)

Barrio de La Capilla

  • Casa El Campo
  • Casa Felipón
  • Casa Minguchón
  • Casa El Pequeno
  • Casa El Romo
  • Casa Xuacón
  • Casa Xuan Blanco
  • Casa Benito (desaparecida)
  • Casa Farruquillo (desaparecida)

Barrio de La Baldosa

  • Casa L’Estudiante
  • Casa Fastio
  • Casa Manolón
  • Casa Pachón
  • Casa Mañas (desaparecida)
  • Casa Quisquilla (desaparecida)

Entrambasaguas. Papeles de un concejo, 1980-1981

Portada del nº 1 editado en la primavera de 1980

Entrambasaguas, unas hojas con pretensión de revista seria, fue creada a comienzos de 1980, época de cambios en el aire, por cinco universitarios de la villa de Cangas del Narcea con mucho entusiasmo y pocos medios. Sus intenciones e ideas de lo que tenía que ser esta empresa aparecen en la portada del número 0. No había en Cangas en aquel tiempo una imprenta apropiada para tirar un periódico de estas características y además, todos aquellos universitarios estudiaban en Oviedo, por lo que la revista se imprimía en esta ciudad.

Entrambasaguas duró año y medio y se acogía al paso de las estaciones. Fueron seis números, desde el invierno de 1980 a la primavera de 1981, que se vendían en los quioscos y tiendas colaboradoras y, sobre todo, en la calle, abordando a los paseantes, en especial los sábados y días de feria, que son jornadas en las que afluye mucha gente a la villa. Así se agotaban los mil ejemplares de su tirada, una cifra alta para una población ya en declive demográfico. En sus mismas páginas pueden verse las cifras de ventas y su vida económica.

En Entrambasguas se trataron asuntos de actualidad, que siguen despertando hoy el mismo interés que en aquel tiempo: el futuro de la minería y del campo; el vino; el urbanismo, que ya desde los 70 sufría los despropósitos y arbitrariedades de los poderes públicos; la sanidad -eran los tiempos de la inquietud popular por la creación de un hospital comarcal- y la educación. En ella se denunció vivamente el derribo de la casa de María Angustias.

También se escribía de historia local (el cambio de nombre del concejo, la Descarga, una historia de la prensa canguesa, el castro de Larón, el privilegio de Leitariegos), lengua asturiana y naturaleza. En sus páginas publicaron algunos de nuestros escritores actuales más conocidos: José Manuel Álvarez Flórez y José Avello Flórez, y en asturiano Xusé Mª Rodríguez (Chema). También colaboró Neto, sacando una tira cómica en casi todos los números.

Entrambasaguas cerró su ciclo con el nacimiento de la segunda época de la revista La Maniega, editada por la Asociación Cultural “Pintor Luis Alvarez”. Los responsables de Entrambasaguas vieron en la nueva revista su relevo y el final de su andadura.

La digitalización de esta revista ha sido patrocinada por ABOJ y está a disposición de todos vosotros en la Biblioteca Canguesa:

 icon Entrambasaguas (1980-1981)

El palacio de los Sierra en Xarceléi en 1820

Fachada principal del palacio de los Sierra, Xarceléi

En el lugar de Xarceléi, a escasos metros de la iglesia parroquial, se encuentra el palacio de los Sierra. A principios del siglo XIX su propietario era Francisco José de Sierra y Llanes, regidor perpetuo del concejo de Cangas y personaje que tuvo cierto protagonismo durante la Guerra de la Independencia: fue comandante de la Alarma de la división de La Cerezal, enfrentándose en Navia a las tropas francesas del mariscal Ney, y fue uno de los siete diputados que representaron a Asturias en las Cortes de Cádiz y que redactaron la Constitución de 1812.

Detalle del inventario de bienes del palacio de los Sierra de Xarceléi, 1820

Francisco José falleció en 1820 en Avilés, donde residía con su mujer María del Carmen Abello Fuertes de Castrillón. Su primogénito Francisco Julián, como nuevo «dueño y poseedor» de la casa de Xarceléi, encargó entonces a su administrador José Rodríguez que efectuara el «competente inventario» de todos los bienes, alhajas y efectos que había en la casa. Este documento, formalizado ante el escribano Francisco Alonso Fernández y depositado actualmente en el Archivo Histórico de Asturias, entre los protocolos notariales del distrito de Cangas, permite conocer los edificios que formaban el conjunto palaciego de Xarceléi, así como su distribución interior y los muebles y enseres que se hallaban en él en 1820.

Trasera del palacio de los Sierra donde se ven el corral, el “cuarto pajar” y la torre que se mencionan en 1820, Xarceléi

El palacio, además de la «casa principal» propiamente dicha, contaba con un «quarto pajar» dentro del corral, una panera «vastante derrotada» y tres hórreos. Además, tenía dos bodegas fuera de Xarceléi, una de ellas, con un lagar, en el pueblo de L.lanteiru, a orillas del río Narcea. El interior de la casa se organizaba en numerosas estancias, que el documento describe de manera pormenorizada: la cocina, la solana o corredor, el salón, los diferentes cuartos, la torre y la bodega, agrupando aparte las ropas y la plata.

Detalle del corral y la solana del palacio de los Sierra, Xarceléi

La cocina del palacio concentraba la mayoría de los bienes inventariados. Alrededor del fuego había un «escaño con dos cajones». Allí se cocinaba utilizando unos «yerros muy usados» (las gamaeras o pregancias) y un «caballete» para apoyar la leña. Los recipientes para preparar la comida eran potes, calderas de cobre y de latón, calderos y cazos de hierro, además de ollas y pucheros, un tambor de asar castañas y un par de chocolateras. Para comer y beber había dos vajillas, una de madera y otra de loza, formadas por escudillas, platos y fuentes, y vasos de cristal y un par de jícaras para tomar chocolate. Para el agua había una «herrada de madera con arcos de yerro» y un cangilón de cobre. Los cubiertos se reducían a unas pocas cucharas de madera y unos cuchillos con el mango de hueso, pero también había, en un lugar no especificado de la casa, más de una docena de cubiertos de plata, con «dos cucharas y tres pedazos de tenedores». En la cocina se amasaba el pan en una «masera de tablas», se colaba la ropa en un «coladero de piedra con su cesta» y se destilaba aguardiente en una «alquitara vieja y rota».

Salón del palacio de los Sierra, Xarceléi

La estancia de mayor prestigio del palacio era el salón, donde se encontraban dos escritorios, un par de bancos y mesas «ya muy usadas», así como cortinas y cuadros de diferentes tamaños. El resto del palacio se distribuía entre la solana o corredor; la torre, que se utilizaba de despacho, conforme a los muebles que había en ella: una mesa «con sus cajones y remates dorados», una silla de madera «aforrada con badana» y un estante para libros con rejado de alambre; siete cuartos destinados a dormir y a guardar la ropa, entre los que destacaban el de las amas de cría y el de la señora, y finalmente la bodega en la que se almacenaba el vino en una pipa.


Por Xuán F. Bas Costales


El retablo mayor del santuario de Nuestra Señora de El Acebo, 1687-1709

Retablo mayor del Santuario del Acebo, 1687-1709. Fotografía de Pelayo Fernández

El retablo mayor del santuario de Nuestra Señora de El Acebo no ha pasado inadvertido a los historiadores del arte regional que han estudiado las manifestaciones artísticas del suroccidente de Asturias.

El diseño del retablo fue obra del ensamblador Manuel de Ron (fallecido en 1732), natural de Pixán / Peján (parroquia de L.lumés / Limés) y vecino de la villa de Cangas del Narcea, según datos publicados por el padre fray Alberto Colunga en su “Historia del santuario de Ntra. Sra. del Acebo” (Madrid, 1909). Y el encargado de su ejecución fue el escultor Francisco Arias, natural del concejo de Valdés y vecino de Oviedo desde, por lo menos, 1674. La participación de este escultor era desconocida hasta ahora y este dato lo hemos encontrado nosotros en el Archivo Histórico de Asturias. Francisco Arias murió en Oviedo hacia 1692, poco después de terminar la construcción de este retablo de El Acebo.

Los administradores del santuario encargaron a Manuel de Ron que diseñase un retablo “que llenase toda la pared del altar mayor” y que fuese “la obra más primorosa que hacerse pueda”. En el retablo van aparecer todas las novedades del estilo barroco impuesto en Cangas del Narcea después de la construcción de los retablos del monasterio benedictino de Corias: la columna de orden salomónico, las ménsulas formadas por hojas de acanto entrecruzadas y los florones o cartelas en el ático, asimismo formadas por hojas de acanto y recorridas por una sucesión de bolas o cuentas.

Tras una nueva revisión de los Libros de Santuario, amablemente facilitados por don Jesús Bayón Rodríguez y don Reinerio Rodríguez Fernández, párroco y vicario de Cangas del Narcea respectivamente, se han obtenido más datos sobre esta interesante obra: sabemos que se comenzó en 1687, aunque los pagos se extendieron hasta 1691, cuando el escultor ovetense Tomás de Solís realizó su valoración. El precio de la obra ascendió a la importante cantidad de 10.410 reales de vellón. Para sufragar estos gastos se vendieron joyas de la Virgen y se emplearon muchas de las limosnas del santuario.

Aunque en su sagrario se lee actualmente la inscripción de que «se pintó este retablo año de 1828 siendo capellán don José Flórez de Sierra y Castiello», sabemos que hubo una policromía anterior (la original), de 1700, realizada por el dorador Juan Menéndez Arcillana, vecino del barrio de El Corral, en la villa de Cangas del Narcea, que costó 13.500 reales de vellón; este precio tan elevado era debido al empleo de pan de oro para dorar, que era muy caro. El dorado del retablo, a causa de su elevado precio y la escasez de fondos del santuario, se terminó en 1709.

El retablo mayor del santuario de Nuestra Señora de El Acebo, 1687-1709

Retablo mayor del Santuario del Acebo, 1687-1709. Fotografía de Pelayo Fernández

El retablo mayor del santuario de Nuestra Señora de El Acebo no ha pasado inadvertido a los historiadores del arte regional que han estudiado las manifestaciones artísticas del suroccidente de Asturias.

El diseño del retablo fue obra del ensamblador Manuel de Ron (fallecido en 1732), natural de Pixán / Peján (parroquia de L.lumés / Limés) y vecino de la villa de Cangas del Narcea, según datos publicados por el padre fray Alberto Colunga en su “Historia del santuario de Ntra. Sra. del Acebo” (Madrid, 1909). Y el encargado de su ejecución fue el escultor Francisco Arias, natural del concejo de Valdés y vecino de Oviedo desde, por lo menos, 1674. La participación de este escultor era desconocida hasta ahora y este dato lo hemos encontrado nosotros en el Archivo Histórico de Asturias. Francisco Arias murió en Oviedo hacia 1692, poco después de terminar la construcción de este retablo de El Acebo.

Los administradores del santuario encargaron a Manuel de Ron que diseñase un retablo “que llenase toda la pared del altar mayor” y que fuese “la obra más primorosa que hacerse pueda”. En el retablo van aparecer todas las novedades del estilo barroco impuesto en Cangas del Narcea después de la construcción de los retablos del monasterio benedictino de Corias: la columna de orden salomónico, las ménsulas formadas por hojas de acanto entrecruzadas y los florones o cartelas en el ático, asimismo formadas por hojas de acanto y recorridas por una sucesión de bolas o cuentas.

Tras una nueva revisión de los Libros de Santuario, amablemente facilitados por don Jesús Bayón Rodríguez y don Reinerio Rodríguez Fernández, párroco y vicario de Cangas del Narcea respectivamente, se han obtenido más datos sobre esta interesante obra: sabemos que se comenzó en 1687, aunque los pagos se extendieron hasta 1691, cuando el escultor ovetense Tomás de Solís realizó su valoración. El precio de la obra ascendió a la importante cantidad de 10.410 reales de vellón. Para sufragar estos gastos se vendieron joyas de la Virgen y se emplearon muchas de las limosnas del santuario.

Aunque en su sagrario se lee actualmente la inscripción de que «se pintó este retablo año de 1828 siendo capellán don José Flórez de Sierra y Castiello», sabemos que hubo una policromía anterior (la original), de 1700, realizada por el dorador Juan Menéndez Arcillana, vecino del barrio de El Corral, en la villa de Cangas del Narcea, que costó 13.500 reales de vellón; este precio tan elevado era debido al empleo de pan de oro para dorar, que era muy caro. El dorado del retablo, a causa de su elevado precio y la escasez de fondos del santuario, se terminó en 1709.