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Pedru Pereira en su rincón

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El cantautor y escritor cangués Pedru Pereira de Xedré

La historia humana es trágica en todos los tiempos, como el ser humano es en todo tiempo y lugar desgraciado y mortal, dejó escrito Emilio Castelar. En el tiempo del currusco de pan, de las estrecheces y el hambre, madres esclavas podían parir en el campo en mitad de la siembra. Venimos de un pasado más doloroso que ilustre y cabalgamos un presente maltrecho. Quien más quien menos ha vivido y ha sufrido, y carga sobre los hombros el peso de su tierra. Aunque Oscar Wilde sostuvo que hay algo infinitamente vulgar en las tragedias, sobre todo cuando no son propias, algunos son capaces de elevar la vulgaridad de la desdicha al universalizar su singularidad.

Pedru Pereira (Xedré, Asturias, 1966) es cantautor y escritor, aunque como su abuelo y su padre, oriundos de Galicia, se ganó la vida en las minas de carbón de Cangas del Narcea, en el suroccidente asturiano. La coyuntura económico-política que le tocó fue más amable que la de sus predecesores y con 41 años se prejubiló de la mina, lo que, al menos hasta ahora, venía a significar algo así como sacar un premio en la lotería de la existencia.

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El cantautor y escritor cangués Pedru Pereira de Xedré

Desde muy joven compaginó mina y guitarra. Autodidacta, mientras componía leía a León Felipe, Antonio Machado y a Miguel Hernández, escuchaba a Víctor Manuel, Joan Manuel Serrat y Silvio Rodríguez, participaba en bandas de rock garajero con sabor local y nombres como Delirium Tremens o Tractel y grababa artesanalmente en su casa lo que componía. Luego lo escuchaban vecinos y amigos, y algunas cosas se tocaban en fiestas o en los tiempos muertos de las huelgas mineras para entretener a los compañeros. Entonces escribía en castellano, pero empujado por jóvenes como Gema Martínez y Azucena Collar comenzó a saborear el mundo en asturiano occidental, y le agradó no solo el sabor de esas palabras, sino también el sonido, la música de una lengua muerta y olvidada, y así fue como nació su primer y hasta la fecha único disco en solitario: Xedré, editado en 2004. Luego, junto a su hija Tania, participaría en Brandal, grupo de música folk responsable del disco Na fonte La Canalina, y desde 2012 ha vuelto al rock con la banda Lapsus.

 

POEMAS Y CANCIONES DE PEDRU PEREIRA

—Traducción de Alfonso López Alfonso—
 

FLORES NA SOLOMBRA

Na mía casa miedran flores na solombra
ya siempre hai una estrel.la que me nombra
cuando fartu de trabayar me sabe l.levantar
ya alcuérdame una viecha canción.
 
María foi minera ya tamién madre soltera,
sou ficha alantre el.la sacóu
trabayando de sol a sol nel lavaderu de carbón
ya los domingos iba cortexar
con un gal.legu grandul.lón,
frenista de profesión
nel Patateru.
 
Siempre m’alcuerdo del l.lugar d’ou vengo
ya quien trabaya tanto ou más que you.
¿Quién vei enxuagar las l.lagrimas del curax?
¿Quién vei quitar a la fuercia’l dereitu d’esixir?
 
¿En quién pouséi tolos mious suenos?:
nuna mocina l.libre ya sin amu
a la que nun debo abel.lugar
porque el.la sola bien sabe
cómo tien que ser una mucher. 

(Del disco Xedré, Ámbitu, 2004).

FLORES EN LA SOMBRA

En mi casa crecen flores en la sombra
y siempre hay una estrella que me nombra
cuando harto de trabajar me sabe levantar
y me recuerda una vieja canción.
 
María fue minera y también madre soltera,
su hija adelante sacó
trabajando de sol a sol en el lavadero de carbón
y los domingos iba a cortejar
con un gallego bravucón,
frenista de profesión
en El Patatero.
 
Siempre me acuerdo del lugar de donde vengo
y de quien trabaja tanto o más que yo.
¿Quién va a enjuagar las lágrimas del coraje?
¿Quién le va a quitar a la fuerza el derecho de exigir?
 
¿En quién apoyé todos mis sueños?:
en una chiquilla libre y sin amo
a quien no debo proteger
porque ella sola bien sabe
cómo tiene que ser una mujer.
 
 

 

NEL TIEMPU DEL CURRUSCU DE  PAN 

Nel tiempu del curruscu de pan ya la copa d’oruxu al madrugar
miou buela tuvo ocho fichos, l’últimu na tierra semando’l pan.
Nel tiempu de las nevadonas miou padre tenía que pasar
la estación trancáu nel monte, xunto’l chamizu pa trabayar.
Ya’l volver pola mañana dalgún l.lobu lu solía siguir
el que sólo yera un guah.e con cayáu ya madreñas que bebía anís.
Agora cerranon las minas, ya nun hai que madrugar.
Baxo cona moza al ríu, aprendo a cantar.
Agora cerranon las minas mas nun séi que pensar,
riráse la cara la tierra pero los mozos tendrán que marchar.
La roupa había que l.lavala a mano, remendar la vida sin parar,
yera duro ser muyer de mineru pero pasar fame yera muitu más.
¡Qué lexos queda xugar nas escombreras, escuitando al glayu glayar
xugar los bolos con miou padre ya’l domingu dir a pescar! 

(Del disco Xedré, Ámbitu, 2004).

EN EL TIEMPO DEL CUERNO DE PAN 

En el tiempo del cuerno de pan y la copa de orujo al madrugar
mi abuela tuvo ocho hijos, el último en la tierra sembrando el pan.
En el tiempo de las grandes nevadas mi padre tenía que pasar
la noche atrapado en el monte, junto al chamizo para trabajar.
Y al volver por la mañana algún lobo lo solía seguir,
a él que sólo era un niño con cayado y madreñas que bebía anís.
Ahora cerraron las minas, y no hay que madrugar.
Bajo con la novia al río, aprendo a cantar.
Ahora cerraron las minas mas no sé qué pensar,
puede reírse la cara de la tierra, pero los jóvenes tendrán que marchar.
Había que lavar la ropa a mano, remendar la vida sin parar,
era duro ser la mujer de un minero, pero pasar hambre lo era mucho más.
¡Qué lejos queda jugar en las escombreras, escuchando al arrendajo chillar
jugar a los bolos con mi padre y el domingo ir a pescar!
 
 
 
 

 

YOU TAMIÉN CHEGUÉI NUN CAYUCU 

Siempres suanou cun d’algu mechor
el sou país nun sy lu díu
la fame aprieta ya’l sol castiga
de magar que l’oasis nun yía l’Edén.
 
L’asfaltu yía un mantu prietu de soledá
ya las casas de cartón d’esti probe país
aveíranlu d’un fríu que manca la piel:
nada cambíou, esa yía la verdá.
 
Subíu al cayucu vendíu sou reló
cruzóu l’Estrechu casi muerre na mar
ya recurdóu los güechos verdes del sou pae
ya cumu l’últimu guerreiru aburdóu la ciudá.
 
Vende baratu lu del cuntenedor
l.lueu busca un requeixu de calor
suana esnalar pol camín de Santiagu
furchigandu feliz cumu cerrica n’Abril
 
El desiertu yía outru mar qu’el bien cunoz
ya cuánta la murnia pola sua mucher
pol sou reló, pol vientu Sirocu…
Ya recuechi la manta, entama a currer. 

(Inédito)

YO TAMBIÉN LLEGUÉ EN UN CAYUCO 

Siempre soñó con algún lugar mejor
su país no se lo dio
el hambre aprieta y el sol castiga
desde que el oasis no es el Edén.
 
El asfalto es un manto lleno de soledad
y las casas de cartón de este pobre país
lo abrigan de un frío que hiere la piel:
nada cambió, esa es la verdad.
 
Subió al cayuco, vendió su reloj,
cruzó el Estrecho, casi muere en el mar,
y recordó los ojos verdes de su padre
y como el último guerrero abordó la ciudad.
 
Vende barato lo del contenedor,
luego busca un resquicio de calor.
Sueña con volar por la Vía Láctea
estirándose feliz como un pajarillo en abril.
 
El desierto es otro mar que él conoce bien.
Cuánta la tristeza por la mujer,
por el reloj, por el Siroco…
Ya recoge la manta, y empieza a correr.

 

 

NANA 

Duermi nenín, qu’hai priesa
duermi, puvisa, duerme-ty tú
que la fuguera nun cal.lenta
duermi que muerre la l.luz.
Ea ea ea
Ea ea ea
 
Duermi nun tapín de fuechas
duermi nuna nuble azul
sos cumu la riesa l’augua
duermi y’abraza la mar.
Ea ea ea
Ea ea ea
 
Duermi l.larima de l.luna
duermi ximielgu del sol
que nel reló díu la una
duermi que’l gal.lu cantóu.
Ea ea ea
Ea ea ea

(Inédito)

NANA 

Duérmete niño, que hay prisa
duerme, povisa, duérmete tú
que la hoguera no calienta
duerme que muere la luz.
Ea ea ea
Ea ea ea
 
Duérmete en un lecho de hojas
duérmete en una nube azul
eres como la risa del agua
duerme y abraza la mar.
Ea ea ea
Ea ea ea
 
Duérmete lágrima de luna
Duérmete hermanito del sol
que en el reloj dio la una
duerme que el gallo cantó.
Ea ea ea
Ea ea ea
 
 
 

 


Publicado en Clarín. Revista de nueva literatura, nº 107, septiembre-octubre 2013


PEDRU PEREIRA: “SOLEDÁ”

 

 

 

 

 


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L.lingua asturiana na web del Tous pa Tous

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RODRÍGUEZ-CASTELLANO, Lorenzo, ‘Aspectos del bable occidental’, IDEA, Oviedo, 1954.

Dende’l TOUS PA TOUS, ya comu nun podía ser d’outra forma, nun se quier esqueicer d’un bon estaxu de la nuesa cultura comu ía la l.lingua asturiana, con un enfoutu bien especial na fala del concechu de Cangas.

Entama, destamiente, una seición na súa web au se vei dir ricuyendo, pouquinín a pouquinín, tolos trabayos de material l.lingüísticu feitos deica güei, con idea de sofitar ya dar muita más sonadía al asturianu ya, asina, menguar tolo que se pueda’l poucu valir social ya’l desapegu de las alministraciones, que tán l.levando la nuesa l.lingua a desaniciar dafeito.

Hai intención, amás, de que los socios del TOUS PA TOUS tengan un sitiu au puedan enviar las súas aportaciones, pa medrar l’archivu de esti tesouru nuesu, meyorando asina la conocencia de la l.lingua asturiana ya faendo más fácil l’estudiu d’el.la ya de la fala del occidente de Asturias.

DIR A:

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Estadística de La Regla [de Parandones]

Impreso que se publicó en 1935

Este es otro de los poemas escrito en asturiano por el sacerdote don José María Menéndez y Meléndez de Arvas que se leyó en 1935 en una velada literaria-musical en el “Círculo Cultural y Recreo” del pueblo de La Riegla de Parandones. En este caso, don José hace un repaso de todas las casas del pueblo, barrio a barrio, mencionando el oficio de su propietario y a veces alguna característica destacada de la casa.

La mayor parte de los nombres de las casas de La Riegla de Parandones en 1935 son los mismos que existen hoy. ENLACE recomendado: Casas de la parroquia de La Riela de Parandones.

ESTHER es el seudónimo de José Mª Menéndez y Meléndez de Arvas.

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N’acurdanza de Åke W:son Munthe

altEl pasado 20 de julio de 2012 el Tous pa Tous colocó en Cangas del Narcea una placa a la memoria de Åke W:son Munthe (1859 – 1933) en la casa donde se alojó este lingüista sueco en el verano de 1886. Munthe vino a nuestro concejo a estudiar la lengua asturiana y a recopilar cantos populares. El resultado de su estancia fueron dos estudios pioneros en Asturias y en España: uno sobre el dialecto occidental del asturiano, que fue el primer estudio dialectológico científico que se hizo en España, y otro sobre el folclore o “saber popular”, una ciencia nueva que en Asturias casi no tenía cultivadores. La placa se colocó en la casa donde está el Café Madrid, en la calle Mayor.

A continuación publicamos la historia de la estancia de Munthe en Cangas del Narcea y su biografía.

Más información: MUNTHE, Åke W:son

¡¡¡Viva La Riegla!!!

Este poema en asturiano se leyó en 1935 en una velada literaria-musical organizada por el “Círculo Cultural y de Recreo” de La Riegla de Parandones (Cangas del Narcea). El autor del poema, y organizador de estas veladas, era el cura párroco don José María Menéndez y Meléndez de Arvas, que había nacido en este pueblo, en Casa Ricardo, el 5 de septiembre de 1899. La poesía se publicó en una hoja suelta, donde aparece firmada por “Esther”, que era el nombre de una sobrina suya que él empleaba como seudónimo, y más tarde en la revista Narcea, nº 14 (1 de julio de 1936), donde no lleva firma.

En aquel año de 1935 y en esas mismas veladas se leyeron tres poemas más: “Murriu di la última”, “Estadística de La Regla” y “Lu qui sabi el sacristán”, que también se publicaron en hojas sueltas, y que iremos dando a conocer en la web del Tous pa Tous.

Don José fue muy aficionado a escribir en lengua asturiana y a organizar veladas culturales en las parroquias rurales en las que estuvo destinado. Las obras que escribió en Godán, concejo de Salas, las publicó en un folleto de 36 páginas que lleva el título: Retazos de las veladas que se celebraron en Godán (Salas) 1929-1930 (Oviedo: Talleres Tipográficos “Región”, 1930). Desde 1962 residió en Cangas del Narcea, ejerciendo como capellán del convento de las monjas dominicas. Falleció el 23 de junio de 1977. Sobre él seguiremos dando más noticias en nuestro web.

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Impreso que se publicó en 1935

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La novela de ambiente asturiano una literatura semi olvidada

Existe una literatura semi olvidada de novelas, cuentos, narraciones, etc., locales que es interesante recuperar, pues, si bien su interés literario a veces es dudoso no lo es su valor testimonial.

En Cangas nació en 1882 el sacerdote novelista José María García Aznar cuya obra encuadra perfectamente en ese caso y que ahora, con este artículo, queremos recordar. Se trata básicamente de tres novelas de ambiente asturiano: ¡Allá… junto al mar!, Oviedo 1930, En medio del mar (con portada del pintor asturiano García Sampedro), Oviedo 1932 y Confinado, Oviedo 1934 (cuya acción se desarrolla en el valle de Saliencia del concejo vecino de Somiedo).

 

¡ALLÁ… JUNTO AL MAR! y EN MEDIO DEL MAR

¡Allá… junto al mar!, es una novela de costumbres asturianas, en la que siempre está presente el mar Cantábrico como telón de fondo. En medio del mar, que comienza también en la costa de Asturias, continúa en la isla de Cuba para terminar en una islita cantábrica, en medio del mar, donde se refugia el protagonista para aislarse de los engaños y desengaños humanos.

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Portada de ¡Allá… junto al mar!, primera novela de Jose Mª García Aznar editada en Oviedo en 1930

En ambas novelas se muestra su autor como un literato colorista, hombre que posee una retina sensible para dejarse impresionar por todo espectáculo pintoresco y que cuenta con un ingenio sutil para trasladarlo fielmente al papel. Le ayuda a este último cometido un gran dominio del léxico, que le permite narrar con una prosa amena y llena de matices de claridad y desparpajo.

Tipos castizos de la cantera asturiana, gente de señorío y popular tejen ambas novelas, en las que se urden dos limpios cuentos de amor. Hay en las dos narraciones un deseo de originalidad que se lleva hasta la rotulación de los capítulos. Y en el carácter de la prosa de este escritor cangués hay la misma diafanidad, igual corrección de estilo, enjundioso sin pedantería, brillante sin rebuscamiento que tuvieron otros escritores de análoga raíz étnica que José María García Aznar; tales como Pereda, Leopoldo Alas, Palacio Valdés… Precisamente este último, de estas novelas hizo el siguiente comentario:

“… un léxico escogido y rico, de un selecto y correcto castellano. Una dicción suelta, galana, gaya, elegante; unas escenas donde palpitan llenas de vida, las virtudes y pasiones, querencias odios y amores expuestos con muy finos recatos, sin desparpajos, pero sin ñoñerías. Una trama llevada siempre con acierto… con ingenio, con interés, sin que los protagonistas se salgan ni un instante de su carácter, sin forzar las situaciones…”.

 

CONFINADO

Esta novela fue editada en Oviedo en 1934 por el propio autor. Su distribución, según nos cuenta José Manuel Feito, fue tormentosa puesto que al publicar los primeros ejemplares, algunas personas de La Arena (Soto del Barco) se vieron reflejadas en sus páginas, tales como La Sargenta, cuyo mote le venía por ser hija de uno de los carabineros que tenía su puesto allí, posiblemente con el grado de sargento. Marina fue una piadosa anciana que visitaba diariamente el templo y acudía a casa del sucesor de don José María, don David, ya jubilado, a la misa que decía en privado. Falleció en enero de 1998. Aunque finalmente cambió su testamento tenía pensado dejar su casa para la Iglesia, a pesar del trato que el autor le depara en la novela. Don Polonio de Losa, (Nolo de Tosa) es otro de los personajes con existencia real en La Arena el cual también dejó al morir bienes para la Iglesia, para las dos escuelas de la parroquia y para sus ahijados. Es otro de los que no salen bien parados en la novela. Por lo tanto parece que las fobias y filias del autor eran bastante desconcertantes. Lo que sí parece ser que al verse reflejados en sus páginas, algunos de estos supuestos personajes le trajeron problemas al autor aunque nunca de mayor cuantía. De todas formas juzgó prudente retrasar su puesta a la venta, cosa que luego se complicó al llegar la Revolución del 34, y dos años después la Guerra Civil.

El argumento de la obra se basa en uno de tantos confinamientos o destierros que sufrieron muchos dirigentes políticos, entre ellos el economista político Flórez Estrada (1765-1853), natural de Pola de Somiedo. De ahí el título de CONFINADO, o “confiscao” como se les llama en Somiedo, y que equivale a desterrado. En cuanto al protagonista de la novela nos dice José M. Feito que don David Granda que conoció al autor, le afirmó que el protagonista fue un personaje real, un sacerdote desterrado por sus ideas políticas en tiempos de la primera República al Puerto de Leitariegos.

Encontramos en esta novela una de las pocas descripciones de lo que entonces era una cacería del oso en el concejo de Somiedo. Por ello y por lo interesante que resulta “el bable occidental” que usa nuestro novelista, copiamos a continuación una parte de la narración:

 

CONFINADO pp. 181-184

“… Parece que Celipín de Antona era el montero mayor, según que distribuyó la gente por los puestos. Yo temblaba por si me colocaban a mí solo en uno. ¡Cualquiera se avenía a vérselas cara a cara con una fiera de aquellas que íbamos a buscar! Me pusieron al lado de Pedrín de Endría. No sabía los puntos que calzaba en achaques de valor; pero era de la tierra y me aquieté.

Nos colocaron a la salida de un istmo, que unía la relativa planicie en que nos encontrábamos, con una peña voladiza enorme, inasequible por todos los lados, menos por el istmo, y que levantaba su cabezota, como avizorando sobre abismos espantosos que por todos lados había. El istmo era… como pelo de la cabezota aquella, que la ataba a la montaña de nuestra planicie, o como aleta de un monstruo que cayera de las nubes plomizas, en aquel estático mar de piedra. Y a la cresta de aquel monstruo, no se podía llegar más que por el filo de la aleta. Ni los “rebezos” podían irse allí a pastar -pastos buenos y abundantes, según dicen- más que por el camino aquel que empezaba en nosotros, con abismos a ambos lados, de alturas espantables.

La meseta en que yo estaba, era la parte trunca de una pirámide muy obtusa, amplia, descomunal, que afinca en abismos y se levanta  al  cielo…  no  tanto  como  la  mayor  parte  de  montañas, sierras y peñascos que nos circundan. Aquí, por muy alto que te pongas, siempre ves picachos más altos que tú: nunca se sabe cuándo se puede decir que se está en lo más alto: nunca se ve por doquier más que tremebundas oleadas de piedra de mil formas y tamaños y altitudes.

De la meseta en donde estábamos, arrancan tres senderos: uno el istmo ese que te describo, otro a nuestra espalda -que es el que anduvimos para llegar aquí-, y otro  que va a morir a aquel que parece regato, que, como te dije, baña y pule los estribos de la montaña aquella que tenemos enfrente, vestida con mil retazos de verdores obscuros, algo más tupidos que los que visten aquella en la que nosotros tenemos nuestro “puesto de espera”. Al parecer el escenario va a ser la ladera de enfrente, pues por allí “anda la osa” o el oso… o sabe Dios cuántos.

Y te digo que el escenario es amplio, amplio; más que suficiente para ocultar legiones de fieras. Y pido a Dios que no encuentren ninguna. ¿Has visto alguna vez algún cazador con estos deseos?

La vertiente de la meseta en donde nosotros estábamos, no era demasiadamente acentuada; pero tenía una brecha, una escotadura, hacia el famoso istmo, grande y perpendicular a un plano… imaginario, que estaba como a trescientos metros. No creo posible para un hombre bajar por allí. Acaso un rebeco… Y no creas que a humo de pajas pongo estos trazos de paisaje.

Pedrín de Endría me dijo:

-Agora escomienza el ujeu. Mire atchí’n el regatu a Tanasio el Chumbo y Xuan del Puertu con los perros: ya laten y golfatian. Mírelos cómo ‘sguilan monte arriba. Hacia la meta d’aquel ribazu debe tener la cama, sigún Antón de Ulia: hacia aquetchas penas pardas… Y siendo asina y como perros y xente van pa’rriba, escurro que la caza vaiga pa las escopetas del cura y de Tonón, que tan atchí enfrente: ¿nun los véi?

-Y usted ¿ya mató algún oso?

-¿Por qué lo pregunta?

-Por… por nada: para que me diga algo a fin de matar tiempo que tendremos que esperar.

-Nun será muito según veo yo el aire de los perros, y sigún trincan po’l monte arriba aquetchos mozos que siguen a los perros: y tóos etchos van po’l mesmo camín; camín, de las penas pardas: algo barruntan… You matare nun matéi más que uno con una trente; pero me paez que güey va a habere pa toos… si ía verdá que hay más de uno por aquí… Y el sitio es apareao, y las esperas tan bien tomadas. Nun pueden escapare, más que regueiru abaxu, y eso nun ía lu curriente… Asina que vámonos pa tras d’aquel peñasco. Dende allí vemos y no nos ve el oso, u séase la osa u lo que hebia, hasta dar encima de nos.

Y sentimos un ladrar desesperado de los perros y un vocerío fuerte, descompasado de los que jujeaban las piezas.

He observado que los ecos de los ruidos y de voces en estas montañas, en estas soledades, erguidas o acanaladas o truncas o ahondadas, tienen sonoridades breves, secas, pedernalinas, que ruedan y se expanden sin guedejas ni matices blandos de sonido: parece sonido virgen, sin atrofiamientos ni afonías ni oquedades que acolchen el estruendo: es voz de la naturaleza, sana, que clama recio, con lengua de pedernal. Y aquel día me parecieron aquellos ruidos centuplicados; se me figuraba aquella clamorosidad voces de hombres primitivos, con pecho de titán, que jujeaban rebaños de mastodontes, en aquella prístina naturaleza, que protestaba de la holladura de su virginidad, con voces de mar emborrascado. Hasta me parecía que las olas de aquel mar se movían. El miedo obra milagros.

Y Pedrín me dijo:

-Son dos: el macho y la hembra… u visteversa… mírelus… van camín del cura y de Gildo… güenas escopetas… No nos va tocare nada si nun salen outros… Osté escuéndase bien, y nun asome la nariz, ni los caños de la escopeta hasta que you lu avise.

Sí, sí; asomarme… De buena gana me escondía debajo de tierra, después de oír aquellas bramidas espeluznantes, a aquellas fieras descomunales, que subían monte arriba, como regueros brunos, acosados por los perros, y aún más por las voces descompasadas de aquellos bigardos, que jurara que deseaban echarles mano, tal era el aire que llevaban. Y las fieras remando con furia en aquel mar de hayas, brezos y “escobas”, y dejando surco acentuado abierto con sus remos, que cascaban y abatían árboles bastante talludos, y arbustos, con la misma facilidad que un niño cañas de junco. ¡Y aquello se puede venir ¡”encima de nos”…!

Después, dos tiros secos, ahilados, que se fueron redondeando, al engolarse por aquellas gargantas, vinieron a dar en los mismos centros de mi sensibilidad, y… ya no pude ver ni pensar nada serenamente. Y para remachar el clavo, Pedrín me dice:

-Prezpitáronse un pouco pa tirare… Debían esperar una migaína… ¡Vamos, uno caíu…! Y ¡cómo se regüelve el condenao…! ¡Carafio! ¡Tchevantóuse y esfarrapóu el perro de Chumbo! ¡Por vida de la perra de su madre…! ¡Y cómo agulla y estombexa!; pero escurro que tien bastante ‘ncima ‘l alma…! El outro tira pa ‘cá… ¡Ah, puñefla!; de aquí nun ‘scapas-. Y se relamía de gusto el bárbaro; y acariciaba la escopeta, y hería el suelo con la puntera de los pies, tumbado, como estaba en el “observatorio”.


FUENTES UTILIZADAS

El asturiano occidental en la voz de Lorenzo Rodríguez-Castellano

Lorenzo Rodríguez-Castellano (Besullo, 1905 – Oviedo,1986)

El lingüista Lorenzo Rodríguez-Castellano (Besullo, 1905 – Oviedo, 1986) fue un intelectual republicano y liberal de origen cangués que durante treinta años, en el periodo de la dictadura franquista, desarrolló una ingente labor en favor de la lectura en Asturias como coordinador provincial de las bibliotecas públicas. Además de pilotar el complejo tránsito de las bibliotecas de la República al Franquismo, Rodríguez-Castellano fue el principal promotor para formar una Biblioteca Pública de Oviedo. También desarrolló una importante labor investigadora como filólogo, llegando a ocupar la vicesecretaría del RIDEA. Fue galardonado por sus tesis sobre Aspectos del bable occidental  (1954) por el CSIC con el premio Luis Vives.

El primer relato que recita Lorenzo Rodríguez-Castellano en el siguiente vídeo, es el romance “Farruquín el de Buseco”, de José Mª Flórez y González (ver Composiciones en dialecto vaquero, 1883, en la Biblioteca Digital del Tous pa Tous) y el segundo es “El viaxe de Xuaco de La Fulgueirosa”, una narración, basada en un hecho real, escrita por el mismo Rodríguez-Castellano.


Ánxeles custodios

Dalgunos alumnos del Institutu de Cangas del Narcea que facían la ruta de Soutu la Barca nos primeros años setenta. Foto: Javier García

Lo que podía ser un grave accidente de coche, resuélvenlu de manera inesperada unos escolinos camín del institutu

Por Antón García en La Nueva Quintana (LNE)

A les nueve menos cuartu de la mañana la carretera que llevaba a Cangas víase blanca. Aquella nueche de xineru cayera una xelada que dexara escarchaos los árboles, les mates, les sebes y l’asfaltu. L’autobús, un Pegaso enllenu d’estudiantes, avanzaba despaciu, como si unes manes invisibles fueren delantre tantiguando’l terrén. Nun había plaques de xelu, anque nun se podía ún esfotar no que se topara na curva siguiente. Los que diben falando nun llevantaben muncho la voz. El viaxe de vuelta, a la tarde, solía ser ruidosu, cola xente de pies pel pasiellu o arrodiyaos nos asientos pa charrar colos d’atrás.

Un día que volvíemos n’animada parola, al llegar a les curves de La Paloma, ente Pilotuertu y La Florida, desapareció Andrés Vence de xunto a nós como si unos extraterrestres lu abducieren (palabra que daquella desconocíemos) o como si lu llevara’l sumiciu: la puerta na que diba respaldáu, de pesllera manual, abrióse al tomar una curva, botólu fuera, y volvió a zarrase tan rápido que nun nos dio tiempu a echalu de menos. Por suerte Arturo, que lu tenía delantre les narices, reparó en que yá nun taba y dio la voz d’alarma. Los que viaxaben atrás dixeron entós qu’acababen de ver pasar dalgo pel aire. L’autobús paró, y toos pudimos endilgar allalantrones, na última curva, al probe Andrés tiráu en suelu, qu’aterrizara na cuneta. Quitando’l sustu, nun-y pasara nada.

Tovía vivía Franco, eso seguro, y faltaríen-y dos o tres años pa morrer. Díbemos a estudiar a Cangas. Non al conventu Courias, sinón al institutu, que taba na Veiga, xunto al mercáu; ente’l cuartel de la Guardia Civil, la casa socorru y la báscula. Nun sé por qué díbemos a Cangas, porque Soutu la Barca pertenez a Tinéu y esta villa quedábanos a la mitá’l camín. Pero daquella nun taba organizáu’l tresporte escolar, y yera la empresa que tenía la central térmica, Unión Eléctrica Madrileña, la que nos ponía un autobús d’Alsa pa dir y venir de Soutu a Cangas. A los de Tuña, dos o tres nenos fíos de «productores» que teníemos que facer cuatro kilómetros más de viaxe, venía buscanos un coche d’empresa cada día pela mañana, y a devolvenos, de parte tarde. Per bien de tiempu foi un Dodge que conducíen Quildán, Mino o José’l de Calabazos.

Yá en Soutu garrábamos l’autubús, a veces onde tuvo la bolera (nel solar de lo qu’enantes foran los bares de casa Jorge y de Peliz), a vegaes arriba, nel Pobláu. La empresa arrasara’l vieyu Soutu medieval y llabrador pa construir la central térmica, llevantando na rimada’l monte un pueblu nuevu y artificial con dos barrios estremaos y profundamente clasistes: los Bloques, abaxo, que yeren pisos pa los obreros, y el Pobláu, arriba, xalés p’alministrativos y oficinistes. Les cases enllenárense de xente de fuera d’Asturies, gallegos, castellanos, estremeños, lleoneses y munchos senabreses, abondos cola ferida de Ribellagu (Ribadelago de Franco se llamaba oficialmente, un pueblu arrasáu al reventar la muria d’un embalse) tovía fresca.

Pero aquel día fríu, de la que díbemos pa clase, tan ceu, yera ún d’esos nos que nun había munches ganes de falar y a lo más que se llegaba yera a que los futboleros repasaren los resultaos del domingo, porque yera llunes. Entamóse una parolada, pero de sópitu, enantes de qu’acabara, toos callaron. Una moza dixo que pasara un ánxel. Sentíase’l runfíu del motor. Díbemos arrebuyaos nos abrigos, porque la calefacción del autocar empezaba a dar calor cuando yá llegábemos a destín.

Naide acabara de despertar ainda. El coche yera un espaciu mixtu, que compartíemos rapazos y rapaces d’ente doce a dieciocho años. Tenía importancia la conxuntura d’edaes y de xéneros, porque la enseñanza daquella taba rigurosamente separada por sexos y los sitios d’atopada o de convivencia habitual ente nenos y nenes yeren escasos y había que los aprovechar. Yera lo que facíen los mayores, mozos y moces, que se sentaben p’atrás y cortexaben como podíen.

Alcuérdome bien de los cardaos de dalgunes d’estes rapaces, melenes alleonaes enllenes de laca, de les maxi-botes con tacones de plataforma y de les minifaldes. Otres empezaben a participar na so particular revolución sexual y diben ensin sostén y con botes camperes. Nun puedo asegurar si dalguna diba o non ensin bragues. Los más pequeños, que nos sentábemos p’alantre por imperativu de los mayores, limitábemonos a tomar nota. Amás de los guajes de Tuña y de Soutu, l’autobús diba recoyendo xente pela carretera: Pousada, Pilotuertu, Xavita, Ounón, Tebongu, San Pedru, Courias…

Naquellos años nun había munchos coches circulando, si acasu los camiones qu’acarretaben carbón de les mines de Cangas pa la térmica de Soutu o los coches «de llinia», tamién d’Alsa, que facíen rutes regulares de viaxeros. Pero a aquella hora tan temprana, cola xelada enriba, tovía había menos tránsitu qu’otres vegaes. Yá pasáremos Tebongu, y tábemos llegando a la Ponte l’Infiernu, esa parte de la carretera na que’l valle estrecha, les curves fainse más zarraes y el Narcea queda abaxo, cortáu a picu. El ríu baxaba de baramonte, porque taba siendo un hibierno de muncha agua y abondu fríu. Nun sé si esa parte del camín se llama El Rachón, pero sé que queda al pie d’El Puelu y que ye una zona abesida.

Díbemos tovía más despaciu, mirando maraviaos los cristales de xelu qu’anubríen les cañes de los árboles y les paredes de los sucos, cuando un coche escuru y grande asomó rápido como un rellampu na curva de delantre y vímoslu facer un remosquete, como si nun esperara un autobús ellí y s’asustara. Nosotros paramos de sutaque, arimaos a la drecha, pegaos al sucu, ensin problema, y la caterva guajes que viaxábemos llevantamos el culu y la cabeza pa ver qué pasaba. El nuesu xofer echó’l frenu mano mientres soltaba un cagamentu y se tiraba fuera del coche. Na carretera, al llau del autocar escolar, un impresionante Chevrolet Impala negru, brillante, matrícula de Madrid ochocientos y picu mil, banciaba peligrosamente sobre’l ríu: les dos ruedes de la esquierda nel asfaltu, les dos de la drecha nel aire, sobre’l Narcea. El que conducía, poco dueitu, pisara’l frenu al ver l’autobús y el coche esguilara na carretera xilada, estrechina, y quedara como pensando si siguir viaxe o si dexase cayer pal ríu.

Los que primero reaccionaron fueron los mayores, que siguieron los pasos del nuesu xofer: abrieron les puertes del autobús y salieron atropellándose unos a otros. Detrás fuimos tolos nenos, más grandes y más pequeños. Les moces non, quedaron toes dientro, mirando a través de los cristales. Cuando nos averamos al Chevi, que ye como-y dicíen a aquella marca d’automóviles americanos los que la conocíen, pudimos ver el miedu instaláu dientro del coche. Dende la mio perspectiva de nenu de doce años, dos homes mayores, bastante vieyos, taben sentaos alantre, con traxes y corbates. Dos muyeres mayores, vieyes tamién, mui puestes, diben atrás, maquillaes y rubies, enxoyaes con collares de perles, pulseres d’oru, pendientes grandes y guapos y abrigos de pelleya caro.

Dalguién d’ente nós mandó a voces qu’echáramos mano al coche, y toos garramos per onde había sitiu. Cuando yá nun había onde poner la mano, enganchamos pela ropa al guaje que teníamos delantre. Quiciabes el mesmu que diera la voz abrió la puerta del conductor y mandó-yos que fueren saliendo. Sentimos que de dientro’l coche s’arramaba un arrecendor curiosu, una mecedura de los puros que debíen fumar los homes y del perfume delicioso qu’usaríen les muyeres. Pero dientro d’aquel Impala naide se movía, los cuatro pasaxeros taben paralizaos pol miedu, y los dos que quedaben pal llau del ríu, igual un matrimoniu, miraben de rebisgu, ensin atrevese a volver del too la cabeza, p’aquella agua que corría brava cuatro o cinco metros per baxo d’ellos. Volvieron a pidi-yos que salieren, pero tampoco dientro del coche hubo reacción nenguna. Taben mudos y blancos, la vista perdida al frente.

Entós sentí que la puerta que dalguién abriera volvía a pesllase, sentí la mesma voz mandando agora que tiráramos, primero de delantre, y como si fuera una maniobra habitual vi cómo’l Chevrolet Impala negru, con un par de llinies horizontales blanques y matrícula de Madrid, se llevantaba un poco pel aire, pordicir que nada, y nun par de tirones posaba les dos ruedes de delantre nel asfaltu. «Agora detrás», dixo otra vuelta la mesma voz, y un montón de manes xuveniles garraes a la defensa, a los baxos, a la rodera, a les maniyes… tiró a la vez y el coche, n’otros tres ximielgones, quedó posáu mansamente na carretera, como si nunca pasara nada, aviáu pa siguir un viaxe que parecía llevar lloñe a aquella xente.

El nuesu conductor abrió la puerta del Chevi y el golor dulce del so interior volvió a arrodianos. Sorrió a aquelles cares pálides y asustaes de los viaxeros, díxo-yos: «Ide polo briao» y zarró ensin qu’ellos gurgutaren palabra, ensin que miraren pa nós siquiera. Aquella caterva nenos volvimos estropiellaos a subir al autocar, corrimos a sentanos nos mesmos sitios qu’acabábamos de dexar y a atotanos na ropa d’abrigu. El Chevi continuaba quietu nel sitiu que lu dexáramos, onde los pasaxeros siguíen mirando al frente, como si volver la cabeza fuera a desequilibrar el coche y facelu apilar.

L’autocar arrancó. Namás perdiéramos dos o tres minutos, nin tan siquiera llegamos tarde a clase. Naide comentó nada. El restu del viaxe ficímoslu callaos, como si pasara un ánxel. Como si acabaren de pasar unes docenes d’ellos.

Composiciones en dialecto vaquero (1883)

Las “Composiciones en dialecto vaquero”, escritas por José María Flórez, fue el primer libro que se imprimió en Cangas del Narcea. 

La publicación que presentamos hoy en el Tous pa Tous, y que a partir de ahora podrá consultarse en nuestra Biblioteca Canguesa, es la primera edición de las “Composiciones en dialecto vaquero”, escritas por José María Flórez y González y editadas por la Imprenta de El Occidente de Asturias en 1883. Las mismas “composiciones” y algunas más volverán a publicarse en Vicalvaro (Madrid) en 1923, en Cangas del Narcea por Árbas Ediciones en 1989 y en Oviedo por la Academia de la Llingua Asturiana en 2006. Estas “composiciones” son la mejor muestra de la literatura costumbrista escrita en asturiano occidental.

El autor nació en Cangas del Narcea en 1830 y murió en Oviedo en 1890. Fue maestro y director de la Escuela Normal de Oviedo desde 1879 hasta su fallecimiento. Aficionado a la arqueología y la historia del arte, fue el primero que excavó el castro de Coaña y también el primero que publicó las pinturas de la iglesia prerrománica de Santullano de los Prados (Oviedo). Perteneció a la Comisión de Monumentos Históricos y Artísticos de Asturias y a la Sociedad Económica de Amigos del País de Asturias. Su interés por los vaqueiros de alzada, por su lengua y sus costumbres, le valió el sobrenombre de “el cantor de las brañas”. En las escuelas públicas de Cangas del Narcea hay una placa de bronce hecha en 1919 en homenaje a su memoria.

Este libro es la primera publicación que se imprimió en Cangas del Narcea, donde la imprenta se había instalado un año antes con el fin de editar el periódico “El Occidente de Asturias” y realizar impresos para la administración y los comercios que estaban comenzando a progresar en la villa. Es un libro rarísimo. El ejemplar que presentamos pertenece a los fondos de la Comisión de Monumentos de Asturias, que hoy están en la biblioteca del Museo Arqueológico de Asturias, y es el único ejemplar que existe en una biblioteca pública española.