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Existe una literatura semi olvidada de novelas, cuentos, narraciones, etc., locales que es interesante recuperar, pues, si bien su interés literario a veces es dudoso no lo es su valor testimonial.

En Cangas nació en 1882 el sacerdote novelista José María García Aznar cuya obra encuadra perfectamente en ese caso y que ahora, con este artículo, queremos recordar. Se trata básicamente de tres novelas de ambiente asturiano: ¡Allá… junto al mar!, Oviedo 1930, En medio del mar (con portada del pintor asturiano García Sampedro), Oviedo 1932 y Confinado, Oviedo 1934 (cuya acción se desarrolla en el valle de Saliencia del concejo vecino de Somiedo).

 

¡ALLÁ… JUNTO AL MAR! y EN MEDIO DEL MAR

¡Allá… junto al mar!, es una novela de costumbres asturianas, en la que siempre está presente el mar Cantábrico como telón de fondo. En medio del mar, que comienza también en la costa de Asturias, continúa en la isla de Cuba para terminar en una islita cantábrica, en medio del mar, donde se refugia el protagonista para aislarse de los engaños y desengaños humanos.

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Portada de ¡Allá… junto al mar!, primera novela de Jose Mª García Aznar editada en Oviedo en 1930

En ambas novelas se muestra su autor como un literato colorista, hombre que posee una retina sensible para dejarse impresionar por todo espectáculo pintoresco y que cuenta con un ingenio sutil para trasladarlo fielmente al papel. Le ayuda a este último cometido un gran dominio del léxico, que le permite narrar con una prosa amena y llena de matices de claridad y desparpajo.

Tipos castizos de la cantera asturiana, gente de señorío y popular tejen ambas novelas, en las que se urden dos limpios cuentos de amor. Hay en las dos narraciones un deseo de originalidad que se lleva hasta la rotulación de los capítulos. Y en el carácter de la prosa de este escritor cangués hay la misma diafanidad, igual corrección de estilo, enjundioso sin pedantería, brillante sin rebuscamiento que tuvieron otros escritores de análoga raíz étnica que José María García Aznar; tales como Pereda, Leopoldo Alas, Palacio Valdés… Precisamente este último, de estas novelas hizo el siguiente comentario:

“… un léxico escogido y rico, de un selecto y correcto castellano. Una dicción suelta, galana, gaya, elegante; unas escenas donde palpitan llenas de vida, las virtudes y pasiones, querencias odios y amores expuestos con muy finos recatos, sin desparpajos, pero sin ñoñerías. Una trama llevada siempre con acierto… con ingenio, con interés, sin que los protagonistas se salgan ni un instante de su carácter, sin forzar las situaciones…”.

 

CONFINADO

Esta novela fue editada en Oviedo en 1934 por el propio autor. Su distribución, según nos cuenta José Manuel Feito, fue tormentosa puesto que al publicar los primeros ejemplares, algunas personas de La Arena (Soto del Barco) se vieron reflejadas en sus páginas, tales como La Sargenta, cuyo mote le venía por ser hija de uno de los carabineros que tenía su puesto allí, posiblemente con el grado de sargento. Marina fue una piadosa anciana que visitaba diariamente el templo y acudía a casa del sucesor de don José María, don David, ya jubilado, a la misa que decía en privado. Falleció en enero de 1998. Aunque finalmente cambió su testamento tenía pensado dejar su casa para la Iglesia, a pesar del trato que el autor le depara en la novela. Don Polonio de Losa, (Nolo de Tosa) es otro de los personajes con existencia real en La Arena el cual también dejó al morir bienes para la Iglesia, para las dos escuelas de la parroquia y para sus ahijados. Es otro de los que no salen bien parados en la novela. Por lo tanto parece que las fobias y filias del autor eran bastante desconcertantes. Lo que sí parece ser que al verse reflejados en sus páginas, algunos de estos supuestos personajes le trajeron problemas al autor aunque nunca de mayor cuantía. De todas formas juzgó prudente retrasar su puesta a la venta, cosa que luego se complicó al llegar la Revolución del 34, y dos años después la Guerra Civil.

El argumento de la obra se basa en uno de tantos confinamientos o destierros que sufrieron muchos dirigentes políticos, entre ellos el economista político Flórez Estrada (1765-1853), natural de Pola de Somiedo. De ahí el título de CONFINADO, o “confiscao” como se les llama en Somiedo, y que equivale a desterrado. En cuanto al protagonista de la novela nos dice José M. Feito que don David Granda que conoció al autor, le afirmó que el protagonista fue un personaje real, un sacerdote desterrado por sus ideas políticas en tiempos de la primera República al Puerto de Leitariegos.

Encontramos en esta novela una de las pocas descripciones de lo que entonces era una cacería del oso en el concejo de Somiedo. Por ello y por lo interesante que resulta “el bable occidental” que usa nuestro novelista, copiamos a continuación una parte de la narración:

 

CONFINADO pp. 181-184

“… Parece que Celipín de Antona era el montero mayor, según que distribuyó la gente por los puestos. Yo temblaba por si me colocaban a mí solo en uno. ¡Cualquiera se avenía a vérselas cara a cara con una fiera de aquellas que íbamos a buscar! Me pusieron al lado de Pedrín de Endría. No sabía los puntos que calzaba en achaques de valor; pero era de la tierra y me aquieté.

Nos colocaron a la salida de un istmo, que unía la relativa planicie en que nos encontrábamos, con una peña voladiza enorme, inasequible por todos los lados, menos por el istmo, y que levantaba su cabezota, como avizorando sobre abismos espantosos que por todos lados había. El istmo era… como pelo de la cabezota aquella, que la ataba a la montaña de nuestra planicie, o como aleta de un monstruo que cayera de las nubes plomizas, en aquel estático mar de piedra. Y a la cresta de aquel monstruo, no se podía llegar más que por el filo de la aleta. Ni los “rebezos” podían irse allí a pastar -pastos buenos y abundantes, según dicen- más que por el camino aquel que empezaba en nosotros, con abismos a ambos lados, de alturas espantables.

La meseta en que yo estaba, era la parte trunca de una pirámide muy obtusa, amplia, descomunal, que afinca en abismos y se levanta  al  cielo…  no  tanto  como  la  mayor  parte  de  montañas, sierras y peñascos que nos circundan. Aquí, por muy alto que te pongas, siempre ves picachos más altos que tú: nunca se sabe cuándo se puede decir que se está en lo más alto: nunca se ve por doquier más que tremebundas oleadas de piedra de mil formas y tamaños y altitudes.

De la meseta en donde estábamos, arrancan tres senderos: uno el istmo ese que te describo, otro a nuestra espalda -que es el que anduvimos para llegar aquí-, y otro  que va a morir a aquel que parece regato, que, como te dije, baña y pule los estribos de la montaña aquella que tenemos enfrente, vestida con mil retazos de verdores obscuros, algo más tupidos que los que visten aquella en la que nosotros tenemos nuestro “puesto de espera”. Al parecer el escenario va a ser la ladera de enfrente, pues por allí “anda la osa” o el oso… o sabe Dios cuántos.

Y te digo que el escenario es amplio, amplio; más que suficiente para ocultar legiones de fieras. Y pido a Dios que no encuentren ninguna. ¿Has visto alguna vez algún cazador con estos deseos?

La vertiente de la meseta en donde nosotros estábamos, no era demasiadamente acentuada; pero tenía una brecha, una escotadura, hacia el famoso istmo, grande y perpendicular a un plano… imaginario, que estaba como a trescientos metros. No creo posible para un hombre bajar por allí. Acaso un rebeco… Y no creas que a humo de pajas pongo estos trazos de paisaje.

Pedrín de Endría me dijo:

-Agora escomienza el ujeu. Mire atchí’n el regatu a Tanasio el Chumbo y Xuan del Puertu con los perros: ya laten y golfatian. Mírelos cómo ‘sguilan monte arriba. Hacia la meta d’aquel ribazu debe tener la cama, sigún Antón de Ulia: hacia aquetchas penas pardas… Y siendo asina y como perros y xente van pa’rriba, escurro que la caza vaiga pa las escopetas del cura y de Tonón, que tan atchí enfrente: ¿nun los véi?

-Y usted ¿ya mató algún oso?

-¿Por qué lo pregunta?

-Por… por nada: para que me diga algo a fin de matar tiempo que tendremos que esperar.

-Nun será muito según veo yo el aire de los perros, y sigún trincan po’l monte arriba aquetchos mozos que siguen a los perros: y tóos etchos van po’l mesmo camín; camín, de las penas pardas: algo barruntan… You matare nun matéi más que uno con una trente; pero me paez que güey va a habere pa toos… si ía verdá que hay más de uno por aquí… Y el sitio es apareao, y las esperas tan bien tomadas. Nun pueden escapare, más que regueiru abaxu, y eso nun ía lu curriente… Asina que vámonos pa tras d’aquel peñasco. Dende allí vemos y no nos ve el oso, u séase la osa u lo que hebia, hasta dar encima de nos.

Y sentimos un ladrar desesperado de los perros y un vocerío fuerte, descompasado de los que jujeaban las piezas.

He observado que los ecos de los ruidos y de voces en estas montañas, en estas soledades, erguidas o acanaladas o truncas o ahondadas, tienen sonoridades breves, secas, pedernalinas, que ruedan y se expanden sin guedejas ni matices blandos de sonido: parece sonido virgen, sin atrofiamientos ni afonías ni oquedades que acolchen el estruendo: es voz de la naturaleza, sana, que clama recio, con lengua de pedernal. Y aquel día me parecieron aquellos ruidos centuplicados; se me figuraba aquella clamorosidad voces de hombres primitivos, con pecho de titán, que jujeaban rebaños de mastodontes, en aquella prístina naturaleza, que protestaba de la holladura de su virginidad, con voces de mar emborrascado. Hasta me parecía que las olas de aquel mar se movían. El miedo obra milagros.

Y Pedrín me dijo:

-Son dos: el macho y la hembra… u visteversa… mírelus… van camín del cura y de Gildo… güenas escopetas… No nos va tocare nada si nun salen outros… Osté escuéndase bien, y nun asome la nariz, ni los caños de la escopeta hasta que you lu avise.

Sí, sí; asomarme… De buena gana me escondía debajo de tierra, después de oír aquellas bramidas espeluznantes, a aquellas fieras descomunales, que subían monte arriba, como regueros brunos, acosados por los perros, y aún más por las voces descompasadas de aquellos bigardos, que jurara que deseaban echarles mano, tal era el aire que llevaban. Y las fieras remando con furia en aquel mar de hayas, brezos y “escobas”, y dejando surco acentuado abierto con sus remos, que cascaban y abatían árboles bastante talludos, y arbustos, con la misma facilidad que un niño cañas de junco. ¡Y aquello se puede venir ¡”encima de nos”…!

Después, dos tiros secos, ahilados, que se fueron redondeando, al engolarse por aquellas gargantas, vinieron a dar en los mismos centros de mi sensibilidad, y… ya no pude ver ni pensar nada serenamente. Y para remachar el clavo, Pedrín me dice:

-Prezpitáronse un pouco pa tirare… Debían esperar una migaína… ¡Vamos, uno caíu…! Y ¡cómo se regüelve el condenao…! ¡Carafio! ¡Tchevantóuse y esfarrapóu el perro de Chumbo! ¡Por vida de la perra de su madre…! ¡Y cómo agulla y estombexa!; pero escurro que tien bastante ‘ncima ‘l alma…! El outro tira pa ‘cá… ¡Ah, puñefla!; de aquí nun ‘scapas-. Y se relamía de gusto el bárbaro; y acariciaba la escopeta, y hería el suelo con la puntera de los pies, tumbado, como estaba en el “observatorio”.


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