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El despoblamiento de Cangas del Narcea

Calle Mayor de Cangas del Narcea. Foto: Juan Ramón, tomada el 15 de agosto de 2014

Los habitantes del concejo de Cangas del Narcea, que en los años veinte del pasado siglo llegaron a ser casi 24.000 personas y que hoy en día superan escasamente las 12.000, llevamos años viendo su progresivo despoblamiento mientras escuchamos a nuestros gobernantes el manido mantra de que hay que fijar población, pero sin que hasta el momento hayan concretado nada efectivo al respecto.

Cangas del Narcea languidece progresivamente, en caída libre, a la vista, ciencia y paciencia de su alcalde y demás responsables municipales, pese al suculento salario que se impusieron los integrantes del denominado equipo de gobierno local (36.500 euros anuales por barba) y que hay que suponer que se paga por algo más que por asistir, como simples espectadores, a esta hecatombe que se nos viene encima.

Señor alcalde de Cangas del Narcea, todo está en la Historia, así que aprendamos de ella. En el siglo XIV la ruta de comunicación de Asturias con Castilla y Galicia a través del puerto de Leitariegos era una cuestión primordial. Para mantenerla transitable en los meses de invierno se requería de población en El Puerto de Leitariegos y pueblos próximos, y para ello el rey Alfonso XI (1311-1350) otorgó a sus pobladores el 14 de abril de 1364 un privilegio con el fin de favorecer el asentamiento permanente de una población que mantuviese abierto el paso por el puerto; es el conocido como “Privilegio de Leitariegos”, que, entre otros beneficios, eximía a sus habitantes del pago de impuestos, alcabalas y portazgos. Y con esto consiguió que se estableciese población en este lugar, situado a más de 1.500 metros de altitud, y que se mantuviese hasta finales del siglo XIX. Hoy, sin ese privilegio, la situación es muy distinta y muchos de esos pueblos están casi abandonados.

La medida seguida por Alfonso XI hace más de seiscientos años debería aplicarse hoy a Cangas del Narcea. A los habitantes de este territorio, en el que muy pocas personas quieren vivir, deberían dárseles unos “privilegios” con el fin de mantener su población e incluso repoblar.

Gráfico que refleja el descenso de la población del concejo de Cangas del Narcea en los últimos 20 años.

Señor alcalde de Cangas del Narcea: proponga usted al Pleno del Ayuntamiento la supresión (total o parcial) de los impuestos municipales sobre bienes inmuebles (IBI), vehículos de tracción mecánica (“viñeta”), incremento del valor de los terrenos de naturaleza urbana (“plusvalía”), etcétera, de esa infinidad de tasas municipales que gravan las actividades más variopintas (por expedición de licencias y otros documentos, por apertura de establecimientos, por recogida de basuras, por servicios del cementerio municipal, por tenencia de animales domésticos, por alcantarillado, por ocupación de terrenos públicos municipales, por vados de acceso a los garajes, por suministro de agua potable, etcétera), del precio público municipal por las escuelas infantiles de 0-3 años, etcétera.

Señor alcalde de Cangas del Narcea: dígale usted a su amigo don Adrián Barbón que exima (total o parcialmente) a los habitantes de Cangas del Narcea del pago de los impuestos autonómicos de transmisiones patrimoniales y actos jurídicos documentados, de patrimonio, de sucesiones y donaciones, de la cuota autonómica del impuesto sobre la renta de las personas físicas (IRPF), etcétera.

Señor alcalde de Cangas del Narcea: pídale usted a su jefe don Pedro Sánchez que exima (total o parcialmente) a los residentes en Cangas del Narcea del pago de los impuestos estatales sobre el valor añadido (IVA) y sobre sociedades, de la cuota estatal del impuesto sobre la renta de las personas físicas (IRPF), etcétera.

Solo así podremos combatir el progresivo despoblamiento del concejo y contribuiremos a fijar población. Todo lo demás, en las actuales circunstancias socioeconómicas, serán brindis al sol.

Es hora de dejarse de cantos de sirena; hay que tomar urgentemente decisiones prácticas y efectivas, y esta de la fiscalidad reducida, avalada por importantes estudios sobre el despoblamiento, es, sin duda, la más eficaz. Lógicamente, esta solución tiene un coste económico para el erario, pero sería mínimo y además susceptible de recuperarse a medio plazo con la actividad económica que se generaría en este territorio. La fiscalidad diferenciada, como instrumento de discriminación positiva, cada vez es más evidente que es posible y necesaria.


Más información en el blog del autor: Desde el corazón de Cangas

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Cangas del Narcea en la tarjeta postal, 4. “Recuerdo de Cangas del Narcea” de Fotomely (1954)

altHacia 1954 la casa de Ediciones y reportajes gráficos “Fotomely”, de Oviedo, editó una tira de diez tarjetas postales fotográficas, que se presentaba empaquetada en una funda de cartulina, con el título: “Asturias. Recuerdo de Cangas del Narcea”. Fotomely tenía su domicilio en Monte Santo Domingo, nº 5 y se dedicaba a hacer tarjetas postales de ciudades y villas asturianas (Oviedo, Pravia, Pola de Lena, Ribadesella, etc.), así como retratos de personas; trabajaban como fotógrafos de calle y ambulantes en unos años en los que en las villas había pocos estudios fotográficos.

La colección que presentamos hoy en la web del Tous pa Tous es probablemente la última serie de postales dedicada a Cangas del Narcea que se hizo con este tipo formato, en el que el comprador tenía que adquirir el conjunto completo. Después seguirán haciéndose muchas más tarjetas postales de Cangas, pero se venderán por unidades.

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Vista parcial. Cangas del Narcea, desde la carretera del Acebo con el convento de las dominicas en primer plano. Fotomely, 1954

La tira contiene las siguientes fotografías:

  1. Vista general. Cangas del Narcea
  2. Presa sobre el río Luiña. Cangas del Narcea
  3. Corias y monasterio. Cangas del Narcea
  4. Puente romano sobre el río Narcea. Cangas del Narcea
  5. Reguerón. Cangas del Narcea
  6. Vista parcial. Cangas del Narcea
  7. Vista general. Cangas del Narcea
  8. Puente Nuevo sobre el río Narcea. Cangas del Narcea
  9. Cuesta de la Vega. Cangas del Narcea
  10. Escalera de la Fuente. Cangas del Narcea
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Fachada de la iglesia parroquial de Cangas del Narcea. Fotomely, 1954

Además de estas diez tarjetas, Fotomely publicó otras postales con fotografías de Cangas del Narcea y de esa misma fecha de hacia 1954. Conocemos dos: 1) “164. Vista parcial. Cangas del Narcea”, que es una fotografía de la villa sacada desde la carretera del Acebo con el nuevo convento de las dominicas en primer plano, y 2) la fachada de la iglesia parroquial.

Las imágenes de Fotomely nos permiten conocer el aspecto de Cangas del Narcea en un momento en el que ya había comenzado la transformación urbana del centro de la villa. La demolición en los años anteriores del convento de las dominicas del siglo XVII y la casa consistorial del siglo XVIII en la calle Mayor, y de los viejos palacios de la calle de la Iglesia, permitieron la apertura de las calles Ibo Menéndez Solar, Alcalde Díaz Penedela, Dos Amigos y Tres Peces, el ensanche de la calle de la Iglesia (actual, Médico Rafael Fernández Uría) y la construcción de casas de pisos en esas nuevas calles. En las imágenes de Fotomely aún se ven muchos solares vacíos y calles recién trazadas.

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Detalle vista general de Cangas del Narcea desde la Carretera de Nueva. Fotomely, 1954

En las fotos se ven también tres construcciones muy significativas de aquel tiempo, que acababan de construirse en la calle Uría: el Hotel Truita de 1953, el chalet de Joaquín Rodríguez “el Soliso” y el chalet de Braulio Sánchez y Marina Morodo (desaparecido). Por el contrario, el resto de la villa y sus alrededores (véase la fotografía de El Reguerón) mantendrán su fisonomía decimonónica hasta veinte años más tarde, en que los cambios y la especulación del suelo comenzarán a llegar a todos los rincones de la urbe.

 

1954 - Recuerdo de Cangas del Narcea (portada)1954 - Vista general1954 - Presa sobre el río Luiña1954 - Corias y monasterio1954 - Puente romano sobre el río Narcea1954 - Reguerón1954 - Vista parcial1954 - Vista general1954 - Puente Nuevo sobre el río Narcea1954 - Cuesta de la Vega1954 - Escalera de La Fuente

Cangas del Narcea en la tarjeta postal, 2. Enrique Gómez (1915)

Retrato de un niño hacia 1900. Fotografía de Enrique Gómez

Las primeras fotografías de mi abuelo paterno, Joaquín López Manso, y de su hermano Luis las hizo el fotógrafo Enrique Gómez alrededor de 1900 en Cangas del Narcea. Las casualidades de la vida han hecho que yo mantenga trato y amistad con un nieto del fotógrafo, Luis Gómez, de Luarca, que es el que me facilita la mayor parte de la información que utilizó en esta noticia.

Enrique Gómez Rodriguez nació en Mirallo de Arriba, concejo de Tineo, en 1867. Emigró a Madrid como tantos otros asturianos y allí trabajó de cochero de Juan Prim Agüero (1858 – 1930), hijo del famoso general Prim. Este señor era muy aficionado a la fotografía y fue el que le enseñó los primeros conocimientos de la técnica fotográfica. Enrique se casó con María Pastora Sánchez, natural  de Écija (Sevilla), que trabajaba en Madrid como señora de compañía de  la marquesa de Viana.

Impreso publicitario fotógrafo Enrique Gómez, Madrid.

Después de contraer matrimonio se estableció como fotógrafo profesional en Madrid, en la Glorieta de Bilbao, nº 5. Tuvo siete hijos. Los cinco primeros murieron todos niños y un médico le recomendó trasladarse a vivir a algún lugar de la costa cantábrica para evitar tanta mortandad infantil. Decide trasladarse a Luarca, a donde viene durante algunos años sólo en verano (época que también aprovechaba para trabajar) y donde se establece definitivamente en 1902. Sobrevivieron dos hijos: Camilo, nacido en Madrid en 1896 y Néstor que nació en Luarca en 1904; los dos se dedicaron a la fotografía. Enrique Gómez murió en Luarca en 1934.

En la villa de Luarca, Gómez se estableció con un socio, Rubio, que también vino de Madrid, pero este regresó enseguida a la Corte. Unos años más tarde abrió una sucursal en Trevías. Además del estudio fotográfico, también tuvo una bodega de vinos.

Impreso publicitario fotógrafo Enrique Gómez, Luarca.

Como era costumbre en aquellos primeros años del siglo XX, donde los fotógrafos profesionales eran escasos en el medio rural e, incluso, en las villas asturianas, Enrique Gómez trabajó como fotógrafo ambulante por todo el occidente de Asturias. Su principal trabajo era hacer retratos individuales, familiares o de grupos. Asimismo, hizo tarjetas postales de varias villas de esta parte de Asturias, entre las que está la serie que dedicó en 1915 a Cangas del Narcea.

Esta serie esta formada por ocho tarjetas postales impresas y numeradas. Llevan en el anverso rotulado el título y en el reverso el nombre del fotógrafo. En todas las fotografías, salvo en las vista generales, aparecen grupos de vecinos posando, que dan a las fotos de Gómez un estilo peculiar, que no es frecuente en las tarjetas postales donde lo habitual es que las calles aparezcan vacías o con transeúntes ocasionales. Tal vez el carácter alegre y juerguista que tenía este fotógrafo, que tocaba la guitarra y acordeón, expliquen ese gusto por colocar en sus fotografías estos grupos de personas.

La serie de Enrique Gómez está formada por las siguientes tarjetas postales:

nº 1 - Vista generalnº 2 - Vista generalnº 3 - Plaza Mayornº 4 - Plaza de Torenonº 5 - El Paseonº 6 - Calle Mayornº 7 - Ambasaguasnº 8 - La ReglaReverso MadridReverso Luarca

Cangas del Narcea en la tarjeta postal, 1. Modesto Morodo (1910 – 1912)

Portada bloc con diez tarjetas postales de Modesto Morodo.

Las tarjetas postales ilustradas con fotografías fueron una moda que comenzó a fines del siglo XIX y llegó hasta casi nuestros días. En este tiempo millones de personas se enviaron por correo tarjetas en las que aparecen imágenes muy variadas: calles de ciudades y villas, vistas generales, pueblos, monumentos, costumbres populares, tipos humanos, fábricas, puertos, barcos, estaciones de ferrocarril, puentes, etcétera. En los lugares turísticos abundaban estas postales que los visitantes enviaban a familiares y amigos. Estas tarjetas tenían unas características reguladas por unas normas internacionales. Sus medidas eran siempre las mismas: 9 x 13 centímetros y su reverso, desde 1906, se dividía en dos partes: una, para poner la dirección y el sello, y otra, para escribir un mensaje. Normalmente los editores de tarjetas postales publicaban series dedicadas a una población, que se presentaban en blocs o en tiras de diez o más fotografías. Desde muy pronto, comenzó el coleccionismo de estas tarjetas.

Romería del Acebo, Cangas de Tineo, 1912. Modesto Morodo.

No abundan las tarjetas postales dedicadas a Cangas del Narcea, porque nunca fue éste un centro turístico. De todos modos, como la villa era una población importante tuvo desde los inicios del siglo XX tarjetas postales en las que aparecían vistas de la villa y de Corias. Las primeras tarjetas postales dedicadas a nuestro concejo son las dos que editó en 1901 la Fototipia y Tipografía de Bellmunt y Díaz, en Gijón, en las que aparecen el barrio de Ambasaguas y el puente de Corias. Este taller aprovechaba para sus tarjetas postales las fotografías publicadas entre 1894 y 1901 en la obra Asturias, dirigida por Octavio Bellmunt y Fermín Canella. De esa misma fecha, 1901, es una tarjeta con una vista general de la villa publicada por Artes Graficas, de Gijón, y de 1903 son cinco tarjetas editadas por Hauser y Menet, de Madrid, con las siguientes fotografías: “Lavanderas en el Narcea”, “Orillas del Narcea”, mercado en la villa, feria de Vallado y convento de Corias. Más reciente, de hacia 1915, es otra tarjeta postal de Modesto Montoto con una vista general de la villa. En todos estos casos, son unas pocas fotos del concejo de Cangas del Narcea que aparecen en series más amplias dedicadas a Asturias. La mayoría de estas tarjetas postales pueden verse en el Álbum de Fotografías Antiguas de la página web del Tous pa Tous.

En las primeras décadas del siglo XX se publicaron cuatro series de fotografías dedicadas exclusivamente a Cangas del Narcea: dos de Modesto Morodo; una de Enrique Gómez, de Luarca, y otra del Monasterio de Corias editada en 1930 por los dominicos.

Además de todas las tarjetas mencionadas hay que citar las que hizo Benjamín R. Membiela, que es el primer fotógrafo profesional que se establece en el concejo de Cangas del Narcea, en concreto en el pueblo de Corias. Membiela hizo muchas tarjetas postales, pero, a diferencias de los fotógrafos o casas editoriales mencionadas, nunca las tiró en una imprenta y siempre las hizo él manualmente, una a una. Sus tarjetas no llevan normalmente firma, pero son inconfundibles porque están rotuladas a mano. En el Álbum de Fotografías Antiguas del Tous pa Tous pueden verse muchas de sus fotos.

Anuncio en prensa del negocio de Modesto Morodo

Modesto Morodo Díaz nació en Cangas del Narcea en 1884 y se instaló como fotógrafo y relojero hacia 1910. Tenía una tienda llamada La Suiza. Antes de establecerse definitivamente en Cangas había estado emigrado durante unos pocos años en Buenos Aires. A su regreso residió en Oviedo, donde se forma como fotógrafo en el estudio del famoso retratista Ramón García Duarte. Siempre tuvo una salud delicada, que le impidió ejercer el oficio de fotógrafo fuera del estudio que tenía en la calle Mayor. Murió en 1946.

Modesto Morodo editó hacia 1910 un bloc con diez tarjetas postales que lleva el titulo de “Recuerdo de Cangas de Tineo (Asturias)”. Son diez fototipias realizadas en la casa de Artes Gráficas Mateu S. A., de Madrid, dedicadas solamente a la villa. De estas diez fotografías conocemos nueve, que son las siguientes:

  1. Cangas de Tineo (Asturias). Vista general
  2. Cangas de Tineo (Asturias). Vista parcial
  3. Cangas de Tineo (Asturias). Calle Mayor
  4. Cangas de Tineo (Asturias). Plaza y Palacio del Conde Toreno
  5. Cangas de Tineo (Asturias). Vista de Ambas-Aguas. Una nevada
  6. Cangas de Tineo (Asturias). Desembocadura del río Luiña en el río Narcea
  7. Cangas de Tineo (Asturias). Puente romano de Ambasaguas
  8. Cangas de Tineo (Asturias). Una vista del río Narcea
  9. Cangas de Tineo (Asturias). Juzgado y cárcel

Factura del taller de fotografía de Modesto Morodo del año 1918.

Dos años más tarde, en 1912, editó varias tarjetas más dedicadas a Cangas del Narcea. En este caso las fototipias las encargó a la Casa Editorial PHG, de Valladolid. Las tarjetas están editadas con esmero y elegancia. Todas están firmadas. No sabemos exactamente cuántas tarjetas postales componen esta serie, porque no van en un bloc, ni llevan número de serie. Nosotros conocemos cinco:

  1. Cangas de Tineo. Vista general
  2. Cangas de Tineo. Vista parcial
  3. Cangas de Tineo. Calle Mayor
  4. Cangas de Tineo. Fuentes del Reguerón.
  5. Cangas de Tineo. Romería del Acebo.
1910 - Cubierta1910 - Vista general1910 - Vista general izda1910 - Vista general dcha1910 - Vista parcial1910 - Calle Mayor1910 - Plaza y palacio del Conde Toreno1910 - Ambasaguas1910 - Desembocadura del río Luiña en el río Narcea1910 - Puente de Ambasaguas1910 - Río Narcea1910 - Juzgado y cárcel1910 - Contracubierta1912 - Vista general1912 - Vista parcial1912 - Calle Mayor1912 - Fuente del Reguerón1912 - Romería del Acebo1915 - Anuncio "La Suiza"1918 - Factura

CANGAS DEL NARCEA – Calle de La Fuente, 40 – Casa de Regueral

Otro escudo con las armas de los Queipo de Llano y los Valdés. Es del primer tercio del siglo XVII y está labrado en una piedra de poca calidad. La casa donde está en la calle de La Fuente fue construida en los últimos años del siglo XIX.

CANGAS DEL NARCEA – Plaza de Rafael Rodríguez, 4 – Casa de Fontaniella

CANGAS DEL NARCEA

Plaza de Rafael Rodríguez, 4

Casa de Fontaniella

Escudo partido con las armas de los Queipo de Llano (con la cruz de la orden militar de Santiago) y los Valdés.

Este escudo tuvo que pertenecer a Suero Queipo de Llano, mayorazgo de la casa de los Queipo, que fue caballero de la orden de Santiago y alférez mayor del concejo de Cangas desde 1626, o a su hermano Álvaro, que heredó el mayorazgo al morir el primero sin sucesión; este Álvaro Queipo de Llano, nacido en la villa de Cangas del Narcea en 1599, fue nombrado también caballero de la orden de Santiago en 1633 y recibirá el título de conde de Toreno en 1657. Los dos eran sobrinos de Fernando de Valdés y Llano (Cangas del Narcea, 1575- Madrid, 1639), hermano de su padre el capitán Suero Queipo de Llano, que fue arzobispo de Granada y presidente del Consejo de Castilla, circunstancia que favoreció los importantes privilegios que alcanzaron.

El hecho de que este escudo no vaya rematado por una corona condal, sino que lleve un yelmo de caballero, nos indica que fue realizado con anterioridad a 1657.

Es un escudo de una gran calidad, hecho en cuarcita, que seguramente fue labrado por el escultor Pedro Sánchez de Agrela (h. 1610 – 1661), vecino de la villa de Cangas desde 1642, o por algún miembro de su taller.

Los padrones de la villa de Cangas de Tineo del siglo XVII

Incorporamos a la Biblioteca Digital del Tous pa Tous, un trabajo del profesor de la Universidad Pontificia de Comillas, Roberto López-Campillo y Montero bajo el título:

LOS PADRONES DE LA VILLA DE CANGAS DE TINEO DEL SIGLO XVII
INTRODUCCIÓN, TRANSCRIPCIÓN Y COMENTARIO

El presente artículo ofrece la transcripción de los tres padrones más antiguos de la villa de Cangas del Narcea, antigua Cangas de Tineo, que se han conservado. En ello se encuentran no sólo lo nombres de los vecinos que habitaban esta villa asturiana en el siglo XVII, sino también multitud de aspectos de índole demográfica, socio-económica o nobiliaria que son imprescindibles para cualquier estudio posterior. Para situar correctamente estos documentos, se hace un elenco de todos los padrones existentes de la villa de Cangas y se propone un amplio comentario de los que aquí se transcriben.

Cartel de las Fiestas del Carmen de Cangas del Narcea de 1969

Cartel de las Fiestas del Carmen de Cangas del Narcea de 1969.

Firmado: José Colubi [José Colubi Menéndez, Cangas del Narcea, 4 de enero de 1928 – Oviedo, 12 de julio de 2003]

Imprenta La Industria, Gijón.

Colección de la Biblioteca de Asturias “Ramón Pérez de Ayala”, Oviedo.

Carlos II y el demonio de Cangas

El reinado del último soberano de la casa de Austria se vio perturbado por la creencia de que el rey era objeto de un maleficio, idea que llevó a someterlo a exorcismos que terminaran con su mala salud y le permitieran engendrar un heredero.

Carlos II a los diez años. Museo Bellas Artes de Asturias. Óleo sobre lienzo (c. 1671). Obra de Juan Carreño de Miranda (Asturias, 1614-Madrid, 1685)

«Está tan melancólico que ni sus bufones ni sus enanos logran distraerlo de sus fantasías respecto a las tentaciones del diablo. Nunca se cree seguro si no están a su lado su confesor y dos frailes, a quienes hace acostar en su dormitorio todas las noches». Así describía el embajador inglés Stanhope, en 1698, el decaído estado de ánimo de Carlos II. Los altibajos de la precaria salud del monarca eran escrutados ansiosamente por los embajadores de las potencias europeas, que intrigaban en la corte de Madrid para decantar el testamento del soberano a favor de uno u otro de los candidatos extranjeros al trono, pues su Católica Majestad no tenía heredero. Su incapacidad para engendrar un sucesor no sólo lo había hundido en la angustia, sino que había contribuido a convencerlo de que era víctima de una conjura diabólica para que a su muerte quedara vacante el trono español.

Con el enfermizo Carlos culminó el problema sucesorio que había amargado la existencia de su padre, Felipe IV. Éste había tenido decenas de vástagos fuera del matrimonio –entre ellos, Juan José de Austria, el único al que había reconocido como hijo suyo–, pero sus dos esposas sólo le habían dado tres varones: Baltasar Carlos, fallecido a punto de cumplir los 17 años; Felipe Próspero, que no llegó a los cuatro, y  Carlos, el único que alcanzó la edad adulta.

Carlos II había nacido el 6 de noviembre de 1661, cinco días después de la muerte de su hermano Felipe Próspero, lo que al soberano le pareció un venturoso augurio para la continuidad de su estirpe. Pero el pequeño ya mostraba una salud precaria. De hecho, hasta los seis años no pudo caminar, y a los nueve lo hacía con dificultad. También su formación intelectual era deficitaria. Sus dolencias y la preocupación por su salud hicieron que su educación pasara a un segundo término, de manera que a los nueve años hablaba torpemente, no sabía leer ni escribir y sólo podía contar hasta cien. El pequeño creció en el sombrío Alcázar de Madrid, sin compañía de chicos de su edad; su madre, Mariana de Austria, temerosa de cualquier percance, evitaba que practicase esgrima, equitación o cualquier actividad física. Cuando en 1665 murió Felipe IV, el futuro de su desmedrado hijo parecía de lo más incierto; tanto, que, en 1668, el emperador Leopoldo y Luis XIV de Francia –el Rey Sol–  pactaron el reparto de las posesiones españolas en caso de defunción del monarca.

Consciente de las limitaciones del heredero, el rey había establecido la regencia de doña Mariana de Austria, cuyo autoritarismo fue anulando en Carlos toda capacidad de decisión. Por su parte, la reina se confió a sus validos: primero, a su confesor, el jesuita Nithard, y después al dicharachero Fernando de Valenzuela, organizador de los festejos de la corte. La influencia de ambos levantó la oposición de la nobleza, que se canalizó a través de Juan José de Austria. El hermano bastardo del rey entró en Madrid en 1677, desterró a Valenzuela y apartó a la reina madre, instalándola en Toledo. Pero don Juan falleció en el verano de 1679 y doña Mariana volvió a Madrid. Y allí, en diciembre, se instaló la sobrina del Rey Sol. María Luisa de Orleans, que se acababa de convertir en esposa de Carlos.

Ni hijos, ni salud

Pasaron los años y el heredero no llegaba, lo que  incluso llevó a pensar que se daban a la reina sustancias para evitar la concepción y privar al trono de sucesor. Hasta se la acusó de tomar abortivos, una idea propagada por el embajador imperial; no en vano eran un francés y un austríaco los principales candidatos al trono español si faltaba el heredero. En ese ominoso ambiente falleció María Luisa, en febrero de 1689.
El rey, que amaba a su esposa, quedó destrozado. Pero el tiempo apremiaba, y se le buscó una nueva cónyuge: Mariana de Neoburgo, prima suya e hija del elector del Palatinado; su madre había tenido 24 gestaciones, lo que parecía garantizar su fertilidad. El matrimonio se consumó en 1690, y muy  pronto la nueva consorte chocó con la reina madre, Mariana de Austria. Para hacerse valer frente a ésta y dominar la voluntad de Carlos II, simuló hasta doce embarazos terminados en aborto. Cuando en mayo de 1696 falleció la madre del soberano, quedó abierto para Mariana de Neoburgo el camino de la injerencia política, a lo que contribuyó un carácter dominante que amedrentaba al regio consorte.

El demonio de Cangas

Mientras la sucesión se alejaba, la salud del rey empeoraba. Desde enero de 1696 padecía desarreglos gástricos, temblores convulsivos, pérdidas de sentido y otros achaques a los que los médicos no lograban poner término. Con un rey enfermo e incapaz de engendrar un hijo, y con la corte sumida en turbias maniobras políticas a propósito de la sucesión del trono, se planteó la cuestión de los hechizos del rey.

Poco a poco se había abierto paso la idea de que la decaída salud de Carlos II se debía a una actuación diabólica, hasta el punto de que ello se trató en el Consejo de la Inquisición, que sobreseyó el asunto por falta de pruebas. Pero el monarca supo a qué se atribuía su estado físico, y en enero de 1698 recibió en audiencia secreta al inquisidor general, el dominico Juan Tomás de Rocabertí, y le rogó que se aplicara a descubrir si estaba hechizado.

Cangas del Narcea hacia 1910. Procesión del Corpus Christi en la calle Mayor. En primer plano, a la izquierda, está el antiguo Convento de la Encarnación de las RR. MM. Dominicas.

Rocabertí expuso al Consejo de la Inquisición lo que le había sugerido el rey, pero los consejeros estimaron que no había pruebas de actuación maléfica, por lo que no cabía someter al monarca a rituales que sólo podían perturbar su paz de espíritu y la tranquilidad de la corte. El inquisidor  no quedó satisfecho con la respuesta, y se puso en contacto con el nuevo confesor del rey, el también dominico Froilán Díaz. Éste supo que un antiguo compañero de estudios, fray Antonio Álvarez de Argüelles, estaba exorcizando a unas monjas del Convento de la Encarnación poseídas por el demonio en Cangas de Tineo (la actual Cangas del Narcea, en Asturias). Fray Froilán se propuso sonsacar al diablo de Cangas la verdad acerca de los hechizos del rey, para lo que pidió permiso a Tomás de Reluz, obispo de Oviedo, diócesis a la que pertenecía el convento. Sin embargo, el prelado respondió que, a su juicio, en el rey no había «más hechizo que su decaimiento de corazón y una entrega excesiva de voluntad a la reina», y sólo recomendó oraciones.

Ni el inquisidor ni el confesor hicieron caso al obispo, y en junio de 1698 Rocabertí ordenó a fray Argüelles que conjurase al demonio y le preguntara si los soberanos estaban maleficiados. Con ello no sólo actuaba a espaldas del Consejo de la Inquisición, sino que contravenía las disposiciones canónicas, que prohibían interrogar al demonio espontáneamente. El 9 de septiembre, el diablo respondió por boca de las monjas que el rey estaba doblemente ligado por obra maléfica: para engendrar y para gobernar. Se le hechizó cuando tenía catorce años (la fecha de su mayoría de edad, en que podía gobernar por sí solo) con un chocolate en el que se disolvieron los sesos de un hombre muerto para quitarle la salud, y también los riñones –los testículos– para corromperle el semen e impedirle la generación. Explicó también el demonio que los efectos del bebedizo se renovaban por lunas y eran mayores durante las lunas nuevas. La inductora había sido la difunta reina madre, poseída de la ambición de seguir gobernando, y Valenzuela, su valido, permitió que llegase al rey la dosis nefasta, preparada por una mujer llamada Casilda y que vivía en Madrid.

Pero el demonio pronto se desdijo. El 28 de noviembre de 1698 escribía fray Antonio: «He hallado mucha y demasiada rebeldía en los demonios y, poniendo las manos sobre el ara consagrada, juró Lucifer que todo lo que había dicho era mentira y que no tenía nada el rey». Al parecer, el diablo no completaría sus revelaciones sino en la madrileña basílica de Atocha, adonde se debían trasladar fraile y posesas. Algo así era inconcebible para el inquisidor general, que había llevado todo el asunto en secreto. Esta complicada situación se enrarecería aún más con la muerte de Rocabertí, en junio de 1699.

Exorcismos en palacio

Retrato de Carlos II, con armadura. Museo del Greco (Toledo). Óleo sobre lienzo (c. 1681). Obra de Juan Carreño de Miranda (Asturias, 1614-Madrid, 1685)

Carlos II eligió como nuevo inquisidor al cardenal Alonso de Aguilar. El rey, que lo designó en contra de la voluntad de Mariana de Neoburgo (quien tenía otro candidato al puesto), dejó clara al cardenal la razón por la que lo había elegido: «Muchos me dicen que estoy hechizado, y yo lo voy creyendo: tales son las cosas que dentro de mí experimento y padezco. Y pues seréis presto nuevo inquisidor general y haréis justicia a todos, hacédmela a mí también, descargando de mi corazón esta opresión que tanto me atormenta». No era de extrañar que el rey se convenciera de que era objeto de artes maléficas, pues –desde que había hablado el Lucifer de Cangas– a él y a su esposa se les habían aplicado exorcismos, sin quizá llegarle a administrar los remedios prescritos por fray Antonio: ingerir aceite bendito en ayunas y ungir con él cuerpo y cabeza.

Ahora, el nuevo inquisidor y el obcecado confesor real se empeñaron en ayudar a su señor con el auxilio de un nuevo personaje: Mauro Tenda. Este capuchino saboyano, afamado exorcista, se había desplazado a la corte desde Italia después de que, en 1696, una endemoniada le confesara que el rey español estaba endemoniado y él debía liberarlo. Tenda había llegado a Madrid en el verano de 1698, y ahora el inquisidor se puso en contacto con él, visto que los médicos no lograban terminar con la esterilidad ni con sus dolencias. Un amanecer de junio de 1699, el capuchino tuvo su primera entrevista con el soberano; ordenó al demonio que pinchase a su majestad en diferentes lugares de su cuerpo, y así lo sintió un espantado Carlos II, lo que confirmó la existencia de una intervención diabólica. El fraile concluiría que el rey no estaba endemoniado, sino hechizado.

Así las cosas, Tenda advirtió que el monarca llevaba un saquito colgado del cuello, que guardaba bajo la almohada mientras dormía. Él y el confesor real lograron que la reina se lo entregase; cuando lo hizo, descubrieron que contenía cosas que se empleaban en hechizos, como cáscaras de huevo, uñas de los pies y cabellos. Interrogado el monarca, éste explicó que pensaba que eran reliquias y que no recordaba quién se lo dio.

El endemoniado de Viena

En septiembre, tres meses después de que comenzaran los exorcismos, habló el demonio en Madrid, por boca de una posesa que refirió que la propia reina estaba hechizada. El confesor y Tenda lograron que Mariana entregase a su esposo una bolsita que, como hacía Carlos, llevaba al cuello y ponía bajo la almohada, y en cuyo interior se hallaron tierra y cabellos del soberano. Los autores del maleficio eran la condesa de Berlepsch, confidente de la soberana, y una de sus azafatas, Alejandra, instigadas por Lorenza de la Cerda, conocida como la condestablesa Colonna. También le revelaron que el padre Gabriel de la Chiusa, confesor de la reina, no era cómplice de este hechizo, pero había fabricado otro con el que podía conseguir de la reina lo que quisiera. Que el diablo andaba por los pasadizos del Alcázar madrileño quedó confirmado en aquel mismo mes, cuando el embajador austríaco recibió del emperador Leopoldo el interrogatorio a un joven endemoniado de Viena, quien afirmó que el rey estaba maleficiado. El artífice del sortilegio era una tal Isabel, que tenía la boca torcida, la marca de una T en la axila y cuya hija había sido procesada por la Inquisición como judía notoria.

La furia de la reina

Esta vez, fray Froilán comunicó los hallazgos al Consejo de la Inquisición, que indagó al respecto, pero no se halló al autor de los hechizos «ni cosa cierta de lo demás». Dudando de si eran los lugares que el demonio señalaba, en un portal de la calle de Silva y en una estancia del Alcázar se encontraron cosas que se reputaron hechizos: según fray Froilán, el del Alcázar era «una masa compacta de agujas, horquillas, huesos de cereza y albaricoques y pelo de Su Majestad». Todo fue quemado según prescribía la Iglesia. Aquel otoño de 1699, Carlos II experimentó un maravilloso restablecimiento que el confesor real y el padre Tenda atribuyeron a la eficacia de los exorcismos. Pero la actuación de los dos frailes había levantado la ira de Mariana de Neoburgo, quien no podía tolerar que el diablo señalase a personas de su entorno (o a ella misma) como cómplices de los embrujamientos. El momento de ajustar cuentas llegó cuando, el 19 de septiembre, falleció el inquisidor Aguilar. La reina logró que se concediera su puesto al autoritario don Baltasar de Mendoza, obispo de Segovia, quien hizo que el Santo Oficio arrestara a fray Froilán y expulsara de España a fray Tenda. El rey hechizado abandonó este mundo el primero de noviembre de 1700. Ni exorcistas ni médicos lograron prolongar su vida ni que concibiera un hederedo, y a su muerte estalló, cruenta, la guerra de Sucesión por el trono español.

Para saber más

La vida y la época de Carlos II el Hechizado. José Calvo Poyato. Ed. Planeta, Barcelona, 1996.
Supersticiones de los siglos XVI y XVII y hechizos de Carlos II. Maura Gamazo, Gabriel (duque de Maura). Ed. Saturnino Calleja, s.p.i. Madrid.


Fuente: National Geographic ESPAÑA


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El nombre de la ‘Plaza de La Refierta’ por Manuel Flórez de Uría

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Plaza de La Refierta (actual, Mario Gómez), hacia 1901, en la que aparece una diligencia y muchas losas que se estaban empleando para reformar la plaza y la escalera de La Fuente.

En este articulo, Manuel Flórez de Uría ofrece una explicación del nombre de la plaza de La Refierta, que a pesar de llamarse hoy oficialmente plaza de Mario Gómez, todavía sigue manteniendo su nombre antiguo.

Este nombre de La Refierta para referirse a esta plaza de la villa de Cangas del Narcea es muy antiguo, y está perfectamente documentado en los primeros años del siglo XVI. La palabra “refierta”, hoy en desuso y fuera del diccionario de la Real Academia Española, significaba: “oposición, contradicción, repugnancia”, y así aparece en el diccionario de 1817 de esta academia. Para Flórez de Uría ese nombre procede de un hecho histórico que sucedió allí en el siglo XIV y fue la oposición que el pueblo de Cangas proclamó de viva voz contra Enrique II de Castilla (1333-1379), que había asesinado a su hermanastro el rey Pedro I (1334-1369) en 1369. Aunque el autor no menciona ninguna fuente de información y en el artículo hay algún dato erróneo, como el citar al conde Marcel de Peñalba como presente en ese acto, cosa imposible porque ese titulo fue otorgado por Felipe IV a García de Valdés y Osorio en el siglo XVII, es una opinión sugerente que no podemos desdeñar.

La lucha entre estos dos hermanastros, hijos de Alfonso XI, provocó una guerra civil en el reino de Castilla y León entre 1366 y 1369. En Asturias hubo partidarios de los dos bandos. Los de don Enrique de Trastámara estaban sobre todo en el centro y oriente de la región, y los del rey Pedro I en el centro y occidente. Lo que cuenta Flórez de Uría es muy posible, porque el linaje de los Valdés, encabezado por Diego Menéndez de Valdés, señor de las Torres de San Cucao de Llanera, tomó partido por Pedro I y sus descendientes, y en la villa de Cangas esta familia ya era poderosa en aquel tiempo. En el siglo XV, los Valdés poseían dos casas en esta población: una en la calle Mayor, donde está el palacio de Marcel de Peñalba, y otra en la misma plaza de La Refierta, en el solar de la conocida hoy como Casa de la Reguerala. Sobre esta guerra y los partidarios de los dos bandos en Asturias ha escrito Juan Ignacio Ruiz de la Peña, en el tomo 5 de la Historia de Asturias, dedicado a la Baja Edad Media, editada por Ayalga Ediciones en 1977.

En el mismo articulo Flórez de Uría relata como los vecinos de la villa para evitar la venganza de Enrique II se pusieron bajo la protección de la Virgen del Carmen y ese mismo año comenzó a hacerse la procesión desde la capilla de Entrambasaguas a la iglesia parroquial de Cangas. Tampoco aquí cita fuentes históricas, y es extraño pensar que existiese en la parroquia de San Tirso, más tarde trasladada a Entrambasaguas, el culto a la Virgen del Carmen en el siglo XIV, cuando fue una devoción que se generalizó en el mundo católico a partir del siglo XVI y sobre todo en el XVII.

Manuel Flórez de Uría y su mujer en Cangas del Narcea, h. 1925. Colección de Adela Rodríguez Flórez de Uría

Manuel Flórez de Uría Sattar fue un prolífico periodista cangués nacido en 1864. Escribió en varios periódicos de Cangas del Narcea: El Narcea y El Distrito Cangués, fundó y dirigió La Verdad, y colaboró en periódicos de Oviedo, Gijón, Grado, Pravia y Madrid, en los que firmaba con su nombre o con el seudónimo de “Juan de Cangas”. Autor de dos obras lamentablemente perdidas: “Apuntes para la historia de Cangas de Tineo y su concejo” e “Historia del Regimiento de Voluntarios de Cangas de Tineo”, basada en las memorias de su abuelo paterno, que había participado en aquel regimiento y fue uno de los pocos voluntarios que regresaron a Cangas al terminar la Guerra de la Independencia en 1814. En los años veinte fue nombrado miembro correspondiente de la Real Academia de la Historia.

Flórez de Uría era maestro y procurador de los tribunales. Tuvo una vida política intensa. En 1902 era presidente del Comité Municipal Republicano de Cangas de Tineo (así aparece en Las Dominicales. Semanario Librepensador, Madrid, 15 de agosto de 1902). Más adelante perteneció a los comités locales del Partido Reformista y de su sucesor el Partido Republicano Liberal Demócrata, liderados los dos por el político asturiano Melquiades Álvarez. Durante muchos años fue concejal del Ayuntamiento de Cangas del Narcea.


EL NOMBRE DE LA “PLAZA DE LA REFIERTA”
 
Manuel Flórez de Uría

 

Los que tuerto li tienen o que la desirvieron,
d’Ella mercet ganaron si bien gela pidieron;
nunca repoyó Ella a los que la quisieron,
ni lis dio en refierta el mal que li fizieron.
 
Gonzalo de Berceo,
Los milagros de Nuestra Señora, siglo XIII

 

En los tiempos de Gonzalo de Berceo, cura de su pueblo natal, del que lleva el apellido, diócesis de Calahorra, próximo a San Millán de la Cogolla, se decía refierta por “respuesta”. Eso era término de uso corriente entre la gente culta, la del Mester de Clerecía, y de creer es que venía ya de muy antiguo.

 En Cangas del Narcea, antes Cangas de Tineo, existe una plaza llamada “Plaza de la Refierta”. ¿Por qué ese nombre? ¿Qué significa Refierta?. Esa pregunta, en la actualidad, no existe cangués que la conteste.

 Vamos a descorrer la cortina que los siglos echaron sobre el suceso memorable, digno de eterna loa, que originó el nombre dado a la entonces plaza principal de la villa de realengo “Cangas de Sierra”, más tarde “Cangas de Tineo” y hoy “Cangas del Narcea”.

 Corrían los últimos años de la lucha cruenta, terminada en fratricidio poco después, entre Don Pedro I de Castilla y de León [1334-1369] y su hermano el Bastardo Don Enrique de Trastámara [1333-1379], y la Junta General de Asturias convocó a la nobleza asturiana y a los procuradores o personeros de los concejos, así como de las “Cuatro Sacadas” y villas de realengo, para la Junta que se celebró en el Convento de Santa María de la Vega de Oviedo (hoy, fábrica nacional de fusiles). En las sesiones de esa Junta, la nobleza y los procuradores se declararon por el Rey legítimo, y tacharon de felón y desleal al Bastardo Don Enrique. Esta fue la hidalga contestación que dieron a los emisarios del Infante rebelde.

 Pero éste no desistió de su intento. Tomó el camino que tan popular le hizo y que con el tiempo le valió el sobrenombre de “Enrique el de las Mercedes”. Consumado el regicidio de Montiel [el 14 de marzo de 1369, en el que Enrique mató al rey Pedro I], su noticia llegó a estas villas envuelta con el perdón a los partidarios del Rey caído y la concesión de donaciones, encomiendas y privilegios para los altos dignatarios eclesiásticos, los monasterios, la nobleza y los concejos. El interés quebrantó en casi todos estos la fe y lealtad jurada al Rey legítimo, y casi en totalidad se pasaron al partido del Bastardo y abandonaron el de las hijas del Rey asesinado.

 Pero el Duque de Lancaster, príncipe inglés que casara con doña Constancia de Castilla, hija primera del Rey Don Pedro y Doña María de Padilla, hizo proclamar, allá en sus Estados de Inglaterra, Reina de Castilla y de León a su esposa, y a Castilla llegó la noticia de que reclutaba gente de armas para realizar en estos reinos un desembarco para reivindicar por las armas la Corona que correspondía a su esposa.

 Esa Corona, tinta en la aún humeante sangre de Montiel, la consideraba el Bastardo tan poco segura sobre su frente, que, para reafirmarla, resolvió pedir el juramento de fidelidad a los municipios que no se habían declarado hasta entonces ostensiblemente de su partido, uno de los cuales era el de Cangas de Sierra.

 Los Comisarios Reales llegaron a Cangas en los primeros días del mes de julio del año 13.., y convocada la municipalidad en la Plaza de la Villa y el pueblo a son de clarín, atabal y voz de pregonero, la comisión dice por boca de su presidente Don…, conde Marcel de Peñalba, que preguntó en voz alta: “¿Reconocéis, vos, Corregidor e Alcalde Mayor, e vosotros regidores perpetuos, ansi como vosotros hijosdalgo e pecheros, por vuestro Rey e Señor natural al Rey Nuestro Señor Don Enrique, y le juráis fidelidad y pleitesía?”. Y el Corregidor, en nombre del Regimiento (Ayuntamiento) y de hijosdalgo y pecheros, contestó en voz alta y fuerte: “¡No! questa villa es y será fiel al señor Rey Don Pedro y las señoras sus fijas, e esto os refiertamos e sostendremos en todas formas, así la Virgen Santa María nos socorra”. Y el pueblo a coro dijo: “Amen”.

 Los comisionados salieron el mismo día de la villa y se acogieron al Coto de Corias, en como monasterio se les amparó y escoltó luego por el territorio de su coto abadengo hasta introducirlos por el de Barzana de la Cabuerna, que también era de dichos monjes benedictinos, hasta tierras de Tineo.

 A los pocos días, el 16 de dichos mes y año, en la parroquia cercana de San Tirso se celebraba la fiesta de la Virgen del Carmen, en la primitiva ermita de Entrambasaguas (sobre el mismo solar se alza desde el siglo XVI la ermita actual), por primera vez, concurriendo en corporación la Municipalidad con las solemnidades rituales de la época, asistió a la misa solemne, se trajo la imagen de la Virgen del Carmen en procesión solemne, entre músicas y cantos, a la iglesia parroquial de Cangas (la antigua, emplazada entonces en la plaza de la Oliva), implorando la protección de la Virgen que les amparara y protegiera contra la saña real.

 De entonces data ese nombre de “Refierta” dado a la plaza, y también la costumbre de que las fiestas del Carmen, aunque propias de la feligresía de San Tirso, más tarde llamada de Entrambasaguas, fueran consideradas por Cangas como suyas propias; la costumbre de celebrarlas mixtas entre ambas parroquias (hoy es una sola), trayendo la imagen procesionalmente el día 16 de julio, todos los años, a la Iglesia Colegial, y volviéndola a la tarde en igual forma a la ermita, y de entonces y hasta el día, el entusiasmo (algo idolátrico e irracional) de los cangueses a la Virgen del Carmen. Dándose el caso raro de que personas de gran cultura, de ideas extremadas por lo avanzado, incrédulas, materialistas, acaso, indiferentes en religión, que no practican culto ritual alguno, asisten reverentes a esos festejos, se descubren al paso de esa imagen y, desde donde quiera que están, contribuyen con esplendidas dadivas para el esplendor de sus festejos. A un cangués, que oye indiferente, acaso, blasfemias y burlas sangrientas contra Dios, la Virgen y los Santos, que no le mienten irrespetuosamente de la Virgen del Carmen de Entrambasaguas. Puede ser, y con frecuencia es, peligroso.

Los dibujos de las celdas del juzgado de Cangas del Narcea

Aviones militares dibujados en el calabozo de la planta superior de los juzgados de Cangas del Narcea

Este artículo es una síntesis del trabajo de catalogación de los dibujos de las celdas del juzgado de Cangas del Narcea, realizado para la Consejería de Educación, Cultura y Deporte del Principado de Asturias, hasta ahora no incluidos en el Inventario del Patrimonio Cultural de Asturias. Dichos dibujos constituyen un testimonio relevante de un aspecto destacado del conflicto bélico en nuestra región, siendo realizados por presos republicanos durante la Guerra Civil (1936-1939) y la posguerra.

Las cárceles fueron lugar de residencia de pintores, escultores, dibujantes, escritores, artesanos, maestros de escuela, etc. Allí llevaron a cabo una importante actividad artística y cultural, hoy día poco valorada y estudiada. Junto a ellos estaba el campesino, el trabajador, el hombre de la calle, sin formación académica, artística ni profesional, cuya presencia también se deja ver en estas celdas ya que a causa de su desesperanza y horror (fusilamientos, palizas, hambre, suciedad, enfermedades y sobre todo frustración) dejaron escenas y mensajes trágicos que conmueven la sensibilidad de quien los lee y estudia. Los creadores no pretendían hacer dibujos bellos sino testimoniales, denunciando unos hechos y unas situaciones concretas. Buscaron en la expresión y en el dibujo un medio de salida hacia delante, de liberación personal, denunciando sus temores y el miedo al que estaban sometidos. Recrearon aspectos no solo militares sino de la vida cotidiana, como el amor y el trabajo. Son numerosas las caricaturas que ponían de manifiesto el lado humorístico de sus autores y las escenas de cabaret. Por tanto, con temáticas diferentes, ofrecían un testimonio de cómo era la vida en las cárceles durante la guerra y después de ella.

Los dibujos de la cárcel del Juzgado de Cangas del Narcea se encuentran en tres celdas: una en el piso inferior y dos en el superior, aunque los dibujos de una de ellas son de los años cincuenta del siglo pasado. No obstante, son dibujos destacados si tenemos en cuenta que el conflicto bélico no influyó demasiado en Cangas, pero sí la posguerra, ya que en estos lugares las partidas de guerrilleros republicanos se seguirían resistiendo y eran encarcelados.

El edificio del Juzgado fue diseñado por el arquitecto provincial Andrés Coello en 1861. Pero no fue hasta 1878 cuando, con un proyecto reformado por el arquitecto Javier Aguirre Iturralde (San Sebastián, 1853-1909), se reanuda la construcción que concluirá en 1892 (los planos están publicados en esta misma web del Tous pa Tous). Los calabozos se encuentran en la parte trasera del edificio y se distribuyen en dos plantas. En la inferior, a la que se accede por una puerta desde la entrada principal, se abren varias celdas en torno a un pasillo central: unas están reformadas con un nuevo enlucido, otra alberga el archivo del Juzgado de Cangas del Narcea, descolocado y en mal estado de conservación, y en otra están los dibujos. Esta última es una celda de planta rectangular, de 2,35 x 4,16 m aproximadamente (9,7 m2 ) y de considerable altura. Cuenta con un vano de iluminación y el techo es plano. Es una celda construida con mampostería de piedra irregular, revocada y enlucida. Su estado de conservación es muy deficiente ya que presenta desconchados en el enlucido, grandes suciedades, humedades, filtraciones de agua y agrietamientos en el muro.

Por su parte, en la planta superior, a la que se accede por una escalera de madera en forma de caracol, hay varias celdas más, aunque solo dos de ellas presentan dibujos. Las demás están tapiadas y cerradas por una puerta de madera.

Los dibujos más abundantes son los realizados entre 1937-1939. Entre ellos destacan varios retratos, uno del General Franco, y varios mapas de geografía de España y algunas de sus provincias (Madrid y el Litoral Cantábrico), con sus límites, principales ríos, vías de ferrocarril y, en algunos casos, la distancia de los principales núcleos de población con la capital de España. Hay también dibujos de posguerra, que tienen menos entidad; la mayor parte son esbozos que representan escenas de cabaret, animales e inscripciones con nombre de presos y núcleos de población.

El Misterio de la Serpiente, un cómic de María José Perrón con Cangas del Narcea como protagonista

Página nº 11 del cómic ‘El Misterio de la Serpiente’

En Cangas del Narcea el verano se presentaba tranquilo para Alberto y Ana, que pasaban unos días en la casa de sus abuelos. Pero la aparición de unos manuscritos antiguos les sacará del letargo. Analizar y descifrar qué misterio esconden les llevará a recorrer las calles, monumentos, plazas y lugares emblemáticos de la villa… aunque no son los únicos interesados en averiguarlo. ¿Qué esconden los documentos? ¿Serán capaces de descifrar estos jóvenes el Misterio de la Serpiente? ¿Por qué hay otras personas interesadas en poseer los manuscritos? Estos interrogantes son los que plantea María José Perrón en el cómic titulado “El Misterio de la Serpiente”, autora del guión original y de las ilustraciones.

La autora está buscando colaboración para publicar este cómic, cuya motivación principal a la hora de crearlo ha sido rendir un homenaje a Cangas y sus gentes. Los interesados en recibir más información o en contactar con María José puede enviarnos un mensaje a EL TOUS P@ TOUS.

Página nº 13 del cómic ‘El Misterio de la Serpiente’

Página nº 16 del cómic ‘El Misterio de la Serpiente’

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Sobre imágenes y cronistas

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Cangas del Narcea, 1974. Tarjeta postal de Ediciones Arribas titulada ‘la pasarela’ con el puente colgante recién construido ya que fue inaugurado en 1973

Cuando abro el correo electrónico me es grato encontrar uno que me enlaza con la Web del Tous pa Tous, generalmente contiene información sobre los aspectos más variados del concejo de Cangas del Narcea. Hace días me sorprendió uno de opinión titulado “Cronista accidental” criticando la elección de la pasarela colgante como una de las imágenes de la villa.

¿Qué entendemos por la “imagen” de una villa? Al menos algo que la identifica y la diferencia de otras villas, que es fácil de reconocer y de recordar y que guarda relación con su pasado, su presente o los proyectos de futuro. A este concepto de “imagen” se pueden ajustar una vista general, una parcial, un elemento singular o uno repetitivo. Sin duda incluso hasta un pequeño pueblo puede tener varias imágenes que lo identifiquen, sin que unas excluyan a otras.

¿Qué criterios podemos seguir para calificar a un elemento como “imagen de un lugar”? ¿Puede la antigüedad ser un criterio fiable? Ya que partimos de un elemento singular, tomemos algunos ejemplos reconocidos e incluso algunos de ellos polémicos en cuanto a su estética: la Torre Eiffel, 1889; Puente de la Torre de Londres, 1894; la Casa de la Ópera de Sidney, inaugurada en 1973; el Elogio al Horizonte, Gijón, 1989; el Museo Guggenheim en Bilbao, 1997; las Torres Kio o Puerta de Europa en Madrid, 1996; el Ojo de Londres o Noria del Milenium, 1999. Muchas generaciones vivieron en estas ciudades sin conocer estos edificios o esculturas y sin embargo a día de hoy cuando las vemos identificamos enseguida la ciudad donde se asientan.

¿Podemos tomar como criterio la identidad, es decir su diferenciación respecto a otros del mismo tipo, la facilidad de reconocimiento y recuerdo y/o la relación con la historia y con la gente del lugar?

La pasarela colgante de Cangas, nos guste o no, tiene identidad porque es una obra original, única, sustentada en una idea previa de José Gómez del Collado, quien lo ideó pensando en dos hombres grandes situados uno en la plaza de la Oliva y otro en El Fuejo, de espaldas, con dos largas cuerdas sujetas con sus manos y tensadas en sus hombros; de esas cuerdas cuelga la pasarela, los hombres soportarán mayor o menor peso y así se inclinarán menos o más por la tensión.

Su forma es fácil de reconocer, de recordar y desde su construcción se reproduce en postales y fotografías. El puente con la Basílica de Santa María Magdalena al fondo aparece en cuanto buscamos en cualquier medio fotos sobre Cangas, y pocos visitantes se escapan a la tentación de fotografiarse en él.

La pasarela colgante responde a un momento histórico de crecimiento demográfico en Cangas del Narcea, acompañado de una necesidad de habitación para muchas familias; todo un barrio dispuso de un acceso peatonal al centro de la villa con todas las implicaciones que ello conlleva.

Contribuye al magnífico muestrario de puentes que existen en Cangas del Narcea, uno de los valores patrimoniales de la villa. Los puentes unen y, excepto cuando los poderosos establecen peaje o pontazgo, ganan en popularidad a otros edificios que materializan el poder de unos pocos sobre otros.

Respecto a la profesión de “cronista accidental”, personalmente prefiero “cronista del suroccidente”; no puedo olvidar mi frustración al investigar en las hemerotecas sobre épocas no muy lejanas y no encontrar nada sobre Cangas del Narcea, como si no existiese. Estos cronistas son leídos desde muy lejos por esos “cangueses por el mundo” (eufemismo de emigrantes), por los que vivimos en Cangas y serán fuente histórica en el futuro. La crítica constructiva siempre es buena y necesaria, tanto como el reconocimiento de una buena labor. En el caso concreto del artículo sobre el puente colgante es muy relevante la entrevista a Orlando Vecino, una persona que hace algo más de cuarenta años trabajó a pie de obra en la construcción del puente, todo un testimonio.

Espero que esta pasarela, casi transparente desde lejos y con una potente geometría vista de cerca, siga siendo tan fotografiada, tan visitada por los turistas y tan útil para los transeúntes por muchos años, a pesar de las dificultades de mantenimiento. Y que nuestros cronistas lo cuenten.

Mercedes Pérez Rodríguez
Cangas del Narcea, 12 de marzo de 2013
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La casa de los Llano: El último palacio que se construyó en Cangas del Narcea

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Palacio de los Llano en la calle de La Fuente, hacia 1910.

La casa es siempre un reflejo de sus moradores. Su forma, tamaño, construcción, decoración y distribución interior son un reflejo de las personas que viven dentro, de su riqueza, de sus ideas, de su higiene o de su cultura.

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Casas que había en 1771 y que se derribaron para construir el palacio de los Llano en 1780-1785.

En la Edad Moderna el palacio era la casa de las familias más poderosas. En Cangas del Narcea estaban los palacios del conde de Toreno en la villa y en La Muriella, el del conde de Peñalba, el de Omaña, los de los Sierra en Llamas del Mouro y Xarcelei, los de Ardaliz y San Pedro de Árbas, etc. Todas estas construcciones, edificadas entre el siglo XVI y la primera mitad del siglo XVIII, tienen en común la presencia en su fachada de una o dos torres, para rememorar las viejas torres medievales que eran las viviendas de los señores en la Edad Media, que es la época a la que se remonta el origen de todos estos linajes.

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Palacio de los Llano en 1884.

A partir del siglo XVIII, este modelo de palacio con torre pasa completamente de moda y es sustituido por una arquitectura nueva, más funcional y diáfana, de diseño cúbico y con grandes aleros en voladizo, cuyos criterios estéticos acabarán siendo impuestos por la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando, fundada en Madrid, en 1752, que a partir de esta fecha supervisará los proyectos arquitectónicos que se llevaron a cabo en España. Es el llamado academicismo y a este estilo arquitectónico pertenece el último palacio que se construyó en Cangas del Narcea: el de los Llano, levantado en la calle de La Fuente entre 1780 y 1785.

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Palacio de los Llano en 1925.

Esta monumental casa es un bloque rectangular que tiene planta baja y dos pisos. El piso primero se abre a la calle con balcones redondeados y rejas de hierro forjado, y el último, mediante ventanas y balcones a paño con el muro. Todos los huecos de la fachada son iguales y agrupados en rigurosa simetría: tres huecos en centro y otros, más apartados, hacia las esquinas, en un ritmo así: b-aaa-b. En cambio, debido al violento cambio de rasante de la calle de La Fuente, no se pudo mantener la estructura tripartita de puertas, abriendo solo dos: la central y la del lado izquierdo.

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Fachada del palacio de los Llano a la calle Burgos.

En la fachada sur, que da a la calle Burgos, el piso superior tiene un gran corredor. La casa carece de torres, pero en el centro de su fachada principal, encima del balcón central, luce el escudo de armas de la familia, labrado en piedra de gran calidad, con las armas de Castrillón o Villamil, y Valdés-Flórez.

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Fachada del palacio de los Llano a la calle de la Fuente.

Desde su fachada principal, la casa tenía unas magnificas vistas sobre el río Narcea y el valle de Cangas, que hoy ha perdido por la construcción de nuevos edificios.

Los Llano son un linaje muy antiguo en Cangas del Narcea, que tenía su casa en el barrio de Ambasaguas. Su viejo palacio, con una torre, todavía se conserva en un estado ruinoso, detrás de la iglesia de ese barrio, y el escudo que había en su fachada está desde 1955 en el hotel Truita, en la fachada que mira a la calle Diz Tirado.

En la segunda mitad del siglo XVIII, el mayorazgo de esta familia, Antonio de Llano Flórez, se casó con Catalina Villamil y Ron Álvarez de Castrillón y Casariego, natural de San Juan de Prendonés (concejo de El Franco), y esta unión cambió el destino de la familia Llano.

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Escudo con las armas de Llano y Flórez de la casa de los Llano de Ambasaguas, hoy en el hotel Truita.

Catalina heredó en 1770 una considerable fortuna de su tío materno Blas Sarmiento Castrillón y Casariego, con la que esta familia construyó su casa principal en la villa de Cangas, dejando en un segundo lugar la vieja casa de Ambasaguas, que era donde había vivido hasta entonces.

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Escudo de la casa de los Llano en la calle de la Fuente, según Armando Graña.

Blas Sarmiento  era natural del lugar de Mourio, en San Juan de Prendonés (El Franco), hijo de Blas López Casariego Castrillón y María Álvarez Castrillón, y de joven se había marchado a América (o a Indias, como entonces se decía). En México se casó con María Manuela Sarmiento Sánchez de Milla, heredera en esa tierra del mayorazgo fundado en 1586 por el capitán Juan Sarmiento y su mujer Isabel Vélez Raicón, de la que tomó el apellido. Tuvieron un hijo, pero tanto la esposa como el vástago murieron, quedando viudo y sin herederos forzosos. Blas Sarmiento era alguacil mayor del Santo Oficio de la Inquisición, que era un cargo honorífico reservado para miembros de la nobleza. De México se trasladó a Manila, capital de Filipinas, donde falleció en 1770. Las herederas de su fortuna fueron su hermana Tomasa Álvarez Castrillón de Casariego y su sobrina Catalina Villamil. También dejó dinero para reparar la iglesia de su pueblo natal, comprar alhajas de plata (lámpara, incensario, vinajera) y una custodia de oro para la misma iglesia, y fundar y mantener una escuela de gramática en San Juan de Prendonés. En 1817, José Alfonso Argüelles, vecino de Cangas del Narcea, calculaba que el dinero que había recibido Catalina Villamil de su tío «llegará a catorce mil ducados o algo más», o sea, a la abultada cifra de unos 154.000 reales.

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Escudo en la fachada del palacio de los Llano.

Con esta fortuna Antonio de Llano y Catalina Villamil compraron a la casa de Ardaliz las viviendas que había en el solar donde se erige el palacio. Se halla junto al antiguo Hospital (fundado en el siglo XVI), circunstancia que aprovecharon los Llano para abrir una tribuna a la capilla del hospital, que aún se conserva. Es muy probable que el proyecto de este palacio lo hiciese el arquitecto Manuel González Reguera (Candás, 1731 – Oviedo, 1798), el mejor arquitecto de su tiempo y el más destacado representante del academicismo en Asturias. Este arquitecto estuvo en Cangas por aquellos años, trabajando para el conde de Toreno y para la casa de Miramontes, y es casi seguro que Antonio de Llano Flórez también recurriera a él, un arquitecto de gran prestigio, cuando hacia 1780 decidió levantar un palacio para su renovado linaje.

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Balcón del palacio de los Llano.

Además, ciertos detalles arquitectónicos del edificio (como las molduras de las repisas de los balcones y la limpieza de líneas de la fachada a la calle de la Fuente) así parecen indicarlo.

Este fue el último palacio que se construyó en la villa de Cangas del Narcea. En el siglo XIX, sobre todo en su segunda mitad, se seguirán construyendo grandes casas para una sola familia, pero tanto sus promotores como el modelo de casa serán muy diferentes. El mejor ejemplo de esta nueva sociedad y arquitectura era la desaparecida casa de don Eleuterio García Cuesta o casa de María Angustias, levantada en 1889 en la calle Mayor.

Cronista accidental

Vista parcial de Cangas del Narcea en 1971. Aún no existía el puente colgante.

Espero siempre con gran interés la columna periodística que en el diario ABC plasma un par de veces a la semana y con certera visión de una actualidad alejada a los tópicos políticos del momento, el periodista y escritor sevillano-gaditano Antonio Burgos. En sus últimos artículos, glosa la figura de una nueva profesión, el “tertulianés”. No voy a entrar en definiciones cuando él la ha referido de forma magistral.

Ustedes se preguntarán: ¿a qué viene todo esto?

– Pues siguiendo la misma línea, incorporo otra nueva profesión: la de “cronista accidental”.

¿Qué define a la nueva figura?

– Sin entrar a valorar su posible calidad narrativa, informativa o de opinión creo que es preferible ponerles un ejemplo:

Esta mañana, como todas, desayuno con la reseña de las noticias que recoge en su web el Tous pa Tous referidas a la actualidad canguesa. Paso a citar una de ellas: “Hay muy pocas imágenes que sirvan para definir Cangas del Narcea más certeramente que el puente colgante. Un volador, un «cacho» de vino y pocas más…”

Me parece asombrosa la capacidad de síntesis que pueden tener algunos, sobre aspectos históricos, artísticos, humanos, paisajísticos etc. de una comarca que reúne y acrisola todo esto de manera notable para anteponer una actuación reciente y de cierto interés logístico, a la casi milenaria historia de la comarca. Pasé mi infancia y juventud como muchas otras generaciones sin la presencia de tal actuación arquitectónica por lo que con toda precaución, pediría a determinados “cronistas accidentales”, tuvieran más respeto a la historia, paisajes y paisanajes y no banalizaran sobre circunstancias que les pudieran sobrepasar.

G.M.L. Madrid
27 de febrero de 2013

Álbum de fotografías de un concejo asturiano: Cangas del Narcea 1860 / 1939

En 1989 la asociación cultural «Pintor Luis Álvarez», a través de Arbas Ediciones y con la colaboración del Ayuntamiento de Cangas del Narcea y la Caja de Ahorros de Asturias, publicaba el libro “Álbum de fotografías de un concejo asturiano: Cangas del Narcea, 1860-1939”.

Dos años antes, en 1987 y con la coordinación de Juaco López Álvarez, miembros del Cuelmu Ecoloxista Pésicu comenzaron a recopilar fotografías antiguas de Cangas del Narcea con el fin de confeccionar un libro. A esta empresa enseguida se unió la asociación cultural «Pintor Luis Álvarez», que desde la revista La Maniega solicitó la colaboración de los cangueses. Poco a poco este trabajo colectivo fue dando sus frutos y finalmente en dos años el proyecto se convirtió en una realidad.

Fue una tirada corta, que se agotó muy pronto, la de este álbum fotográfico de Cangas del Narcea pulcramente ejecutado en papel couché.

Además de la participación de otras muchas personas, esta publicación contó con la colaboración estelar del historiador Francisco Crabiffosse Cuesta. “Los ojos que os vieron. La fotografía en Cangas del Narcea, 1839 – 1939″, es el título de su interesante aportación al libro en la que hace un recorrido por toda una época y por tanto toda una etapa de la fotografía en Cangas.

Pero como una imagen vale más que mil palabras a continuación publicamos un recurso multimedia elaborado a partir de la totalidad de fotografías de este libro y con una composición musical de fondo, en exclusiva para el Tous pa Tous, obra de nuestro maestro particular en estos menesteres el socio Gerardo Menéndez López.

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La calle “Tres Peces”

Mucha gente se preguntará de donde salió ese nombre de Tres Peces con el que se denomina a una pequeña y céntrica calle de nuestra villa de Cangas del Narcea, en la que están algunas de las casas de comidas más concurridas de la población: el Mesón Payva, el Bar Caniecho…, y que rememora a la famosa calle de Los Tres Peces, del barrio de Lavapiés de Madrid.

El nombre de la calle madrileña, según Pedro de Répide en su libro Las calles de Madrid, procede de una casa que había allí, “perteneciente a la memoria de don Pedro de Solórzano, cuya condición era la de dar todos los años, el día de San Francisco de Paula, tres peces grandes al Convento de la Victoria; otros tres, en el día de San Rafael, al Hospital San Juan de Dios; tres igualmente, en el día de la Concepción, al de San Francisco, y otros tantos al de San Bernardino, y para que no se perdiese la costumbre de esta contribución fueron labrados en la fachada de la casa tres peces de piedra”. Veamos ahora de donde proceden los Tres Peces de la calle de Cangas del Narcea.

Calle de la Iglesia en 1910, a la izquierda está la casa de La Riva, que se derribó en 1923 para abrir la calle Tres Peces y hacer seis solares.

La calle se abrió en 1923, cuando se derribó una de las viejas casonas que había en la calle de la Iglesia (actual, calle don Rafael Fernández Uría), próxima a la Plaza Mayor, conocida como casa de La Riva. Este edificio lo compraron por cincuenta mil pesetas en 1922 tres personas, que serán los “Tres Peces” que dan nombre a la calle: el rentista Gonzalo Ortega Martínez, emigrante enriquecido en la isla de Cuba, hijo de Pascual Ortega, alguacil del juzgado, y de María Martínez Flórez; el industrial Antonio Fernández Gayón, y el zapatero y guarnicionero Luis Martínez, “Garabuyos”.

Gumersindo Díaz Morodo, “Borí”, nos ofrece en una crónica canguesa publicada en La Habana, en la revista El Progreso de Asturias, el 10 de julio de 1923, las claves del nombre de esta calle:

“Otra obra que contribuye mucho al embellecimiento e higiene de la villa se está llevando a efecto. El viejo, antiestético y poco higiénico caserón de La Riva, situado en la plaza Mayor, ha sido en su mayor parte demolido, y en ese solar se están construyendo nada menos que seis casas, abriéndose una calle por el centro, calle que ya “Carrón” bautizó con el nombre de “Los Tres Peces”, aludiendo a Ortega, Gayón y Garabuyos, que fueron los compradores del caserón y quienes planearon la división en seis solares. Esta nueva calle no tiene por el momento salida, pero se supone que con el tiempo siga su trazado por las huertas de la Vega a enlazar con la [calle] Mayor junto al teatro”.

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La calle de Anselmo del Valle (antigua calleja de Reigada)

Algún día tendremos que empezar a escribir en el Tous pa Tous la historia de las calles y plazas de la villa de Cangas del Narcea, y a desvelar la biografía de los personajes que les dan nombre. Ya hemos dado algunos pasos con las biografías de Mario Gómez, José Francisco Uría, el padre Luis Alfonso de Carballo, Alejandro Casona, y los alcaldes José Mª Díaz “Penedela” y Joaquín Rodríguez, pero todavía nos queda mucho por hacer.

Hace unas semanas nos encontramos en el Archivo Municipal, en un libro de actas de las sesiones del ayuntamiento, el acuerdo para poner el nombre de Anselmo González del Valle (La Habana, 1852 – Oviedo, 1911) a una calle de la villa. En realidad, el nombre dado a la calle, que es el que todavía mantiene hoy, fue el de Anselmo del Valle, que era como se le conocía a este filántropo, industrial, músico y modernizador del vino de Cangas. El acuerdo se tomó el 25 de enero de 1891, siendo alcalde José de Llano Valdés, y dice así:

“Acordó asimismo el Ayuntamiento por unanimidad aprobar las obras y gastos hechos en el arreglo de la calleja de Reigada, la cual se llamará de D. Anselmo del Valle por haber cedido una faja de terreno con dicho objeto”.

Detalle del acta de la sesión del ayuntamiento de 25 de enero de 1891 donde se acordó poner el nombre de Anselmo del Valle a una calle de Cangas del Narcea

La calle, para los pocos que no la conozcan, une la calle de La Fuente con La Veiguitina y el río Narcea.

Una de las consecuencias del crecimiento de las urbes es la desaparición del espacio rural circundante y de los viejos nombres de esos lugares; la apertura de calles nuevas trae consigo, en la mayor parte de los casos, nombres nuevos. El nombre de Anselmo del Valle vino a sustituir a otro que hoy ya no recuerda nadie en Cangas del Narcea: la calleja de Reigada.

Calle de Anselmo del Valle en Cangas del Narcea, 14 de febrero de 2012

El nombre de Reigada es probable que viniese de una familia que con ese apellido vivía en el número 22 de la calle de La Fuente. De todos modos, este apellido procede del topónimo La Reigada, que es muy frecuente en Asturias; da nombre a varios pueblos de los concejos de Allande, Tineo, Candamo, Pravia e Illas, así como a otros muchos lugares: La Reigada, por ejemplo, se llaman unos praos en el camino de Besullo a El Pumar de las Montañas. Según Xosé Lluis García Arias, este nombre procede de la palabra latina radix, “raíz”, y en concreto del adjetivo radicatus que significa “enraizado”.

Un paseo en blanco y negro

En tan sólo tres minutos recorremos distintos rincones del concejo de Cangas del Narcea, pasando por Argancinas, perteneciente al vecino concejo de Allande. Besullo, Casares (Río del Coto), Brañas de Arriba y la propia villa de Cangas son algunos de los lugares de este recorrido hecho con fotografías de Jorge Fernández Rodríguez, realizadas en los años ochenta del siglo pasado.

Planos de la iglesia nueva o colegiata de la villa de Cangas del Narcea, 1642

Fachada principal de la iglesia nueva de Cangas de Tineo, según Diego Ibáñez Pacheco, 20 de abril de 1642

Con motivo del pleito entablado entre la casa de Omaña y la de los Queipo de Llano por el traslado de la parroquialidad de la vieja iglesia de Cangas del Narcea a la nueva construida con el dinero enviado por don Fernando de Llano Valdés (Cangas de Tineo, 1575 – Madrid, 1639), el maestro de obras del nuevo templo, Diego Ibáñez Pacheco, dibujó la planta, sección y alzados de las dos construcciones protagonistas de este enfrentamiento. En el caso de la iglesia nueva, Ibáñez Pacheco envió unas copias de los dibujos del proyecto original realizado por el arquitecto Bartolomé Fernandez Lechuga. El proyecto se modificará durante la construcción del edificio, de modo que en los planos no aparecen la sacristía ni las capillas laterales que se levantaron en 1642 y que hoy conocemos.

Dibujo de la puerta colateral de la iglesia nueva de Cangas de Tineo, según Diego Ibáñez Pacheco, 20 de abril de 1642

Fernandez Lechuga era natural de Baeza (Jaén), trabajó mucho y bien en Galicia y el 31 de diciembre de 1637 fue nombrado por el rey maestro mayor de las obras de La Alhambra de Granada; falleció en 1645. Ibáñez Pacheco era de Noja, en Cantabria, y fue uno de los muchos canteros y maestros de obras de esa provincia que en los siglos XVII y XVIII trabajaron en Asturias y Galicia; murió entre 1666 y 1668. Los dibujos de la iglesia nueva se conservan, junto a los de la iglesia vieja, en el Archivo General de Simancas, Patronato Eclesiástico, legajo 253.

Plantas de las iglesias vieja y nueva de Cangas de Tineo, según Diego Ibáñez Pacheco, 20 de abril de 1642

Sección de la nave, cúpula y linterna de la iglesia nueva de Cangas de Tineo, según Diego Ibáñez Pacheco, 20 de abril de 1642

La nueva iglesia empezó a construirse a mediados de 1639 y se consagró el 4 de septiembre de 1642. Es un magnifico edificio de proporciones monumentales, construido con abundante piedra de sillería. En su época, y si excluimos la catedral y algunos templos monásticos, como los de Corias y San Vicente de Oviedo, fue, sin duda, uno de los mejores edificios religiosos asturianos solo superado por la colegiata de Salas.

Bartolomé Fernandez Lechuga concibió un templo de orden toscano, con una sola nave y capillas-nicho abiertas entre contrafuertes,

Alzado exterior de la parte de atrás de la iglesia nueva de Cangas de Tineo, según Diego Ibáñez Pacheco, 20 de abril de 1642

crucero muy desarrollado en anchura y triple cabecera de perfiles rectos; las cubiertas, abovedadas en su totalidad, con cúpula cerrando el tramo central del crucero. Sin embargo, las capillas-hornacina de la nave no llegaron a ejecutarse, dejando sitio a autenticas capillas laterales. Para completar esta noticia véase en nuestra Biblioteca Canguesa el documentado artículo de Javier González Santos, profesor de Historia del Arte de la Universidad de Oviedo: “La iglesia de Santa María Magdalena de Cangas del Narcea”.

Planos de la iglesia vieja de la villa de Cangas del Narcea, 1642

Plantas de las iglesias vieja y nueva de Cangas de Tineo, según Diego Ibáñez Pacheco, 20 de abril de 1642.

En el mes de abril de 1642, gracias al pleito entablado con motivo del traslado de la parroquialidad de la vieja iglesia de Cangas del Narcea a la nueva construida con el dinero de don Fernando de Llano Valdés (Cangas de Tineo, 1575 – Madrid, 1639), el maestro de obras del templo nuevo, Diego Ibáñez Pacheco, levantó la planta, sección y alzados de aquella iglesia vieja de la parroquia de Cangas del Narcea.

Alzado exterior de la iglesia vieja de Cangas de Tineo que comprende una puerta lateral, portal, puerta principal y portal, según Diego Ibáñez Pacheco, 20 de abril de 1642.

Ibáñez Pacheco era natural de Noja, en Cantabria, y fue uno de los muchos canteros y maestros de obras de esa provincia que en los siglos XVII y XVIII trabajaron en Asturias y Galicia; morirá en Viveiro (Lugo) entre 1666 y 1668. Estos dibujos se conservan, junto al pleito, en el Archivo General de Simancas, Patronato Eclesiástico, legajo 253.

La iglesia vieja de la villa de Cangas del Narcea era un edificio humilde, de estilo románico tardío, que se había construido en el siglo XIII cuando se fundó la villa, a partir de la concesión de la carta puebla otorgada por el rey Alfonso X en 1255. Estaba situada en La Oliva, exactamente en el espacio que hoy está libre entre el palacio de los Omaña y la actual iglesia parroquial.

Sección de la iglesia vieja de Cangas de Tineo, según Diego Ibáñez Pacheco, 20 de abril de 1642.

Tenía tres ábsides: la capilla mayor dedicada a Santa María Magdalena y dos laterales con altares a San Bartolomé y San Miguel, y un pórtico a su alrededor. La fachada principal miraba al oeste, hacia el río, y la trasera daba a la calle de la Iglesia (actual Rafael Fernández Uría).

Alzado del campanario y trasera de la parte exterior de la iglesia vieja de Cangas de Tineo, según Diego Ibáñez Pacheco, 20 de abril de 1642.

 Era una iglesia de patronato real, en la que los señores de Cangas, sobre todo los Omaña, gozaban de unos privilegios que ellos mismos se habían otorgado. En 1642 se encontraba en un estado ruinoso y ese mismo año fue derruida. Para completar esta noticia véase en nuestra Biblioteca Canguesa el artículo de Javier González Santos: “La iglesia de Santa María Magdalena de Cangas del Narcea”.

Historia del molín de la villa de Cangas del Narcea

Depósito de agua y trasera del molín en 1903

La molienda de grano era la actividad industrial más importante de Asturias hasta mediados del siglo XIX. La harina era imprescindible para la elaboración del pan, que era el alimento básico de la mayor parte de la población. En consecuencia, el molino era la fábrica más abundante en el país, en muchos concejos la única. Los había de varias clases según el número de muelas que tuviesen y la propiedad. Los molinos más numerosos eran los de una muela que pertenecían y utilizaban varios campesinos, y aprovechaban regatos que a menudo en verano bajaban con tan poca agua que era imposible moler en ellos. Los otros molinos tenían dos, tres o cuatro muelas y eran propiedad de una sola persona que cobraba una maquila por moler. La maquila era un pago en especie o grano por el servicio que daba el molino.

El molín hacia 1935. Fotografía de Elisa Álvarez Castelao.

Estos molinos los atendía un molinero, que normalmente no era el propietario, y aprovechaban el agua de ríos, que desviaban con estacadas y presas. Los molinos de más de cuatro muelas eran muy raros en Asturias. Los dueños de estos molinos grandes siempre eran nobles, señores, monasterios o eclesiásticos, que obtenían de ellos un pingüe beneficio, debido a que sus molinos trabajaban durante todo el año y a los campesinos no les quedaba más remedio durante el estío que acudir a ellos para moler su grano. También había en Asturias, en los concejos de la costa, molinos de marea, que aprovechaban las subidas y bajadas del agua del mar, e incluso molinos de viento.

Localización del molín (letra F) en 1771 (detalle del dibujo de la villa de Cangas de Tineo)

En la villa de Cangas del Narcea, que tenía un territorio muy reducido (porque estaba rodeada por la parroquia de Entrambasaguas o Ambasaguas), solo había un molino, pero era un molino muy especial debido a su tamaño, sin duda uno de los más grandes que hubo nunca en Asturias. El molino estaba pegado al puente de piedra de Ambasaguas, a su derecha, entrando desde la calle de La Fuente, y funcionaba con el agua del río Luiña. En el dibujo de la villa de Cangas de 1771, que puede verse en el apartado de Mapas, planos y dibujos de la web del Tous pa Tous,  se ve perfectamente su localización: aparece identificado con la letra F. Su propietario era la casa de Omaña, uno de los linajes más poderosos de la villa en la Edad Media, que del mismo modo que había construido su palacio junto a la iglesia parroquial, que en aquel tiempo se consideraba un lugar preferente, también había obtenido la prebenda de construir y explotar un molino, que era, como ya dijimos, un negocio muy rentable.

Este molino aparece mencionado en el catastro del marqués de la Ensenada realizado en 1752, donde dice: “En la parroquia de esta villa, uno [molino] de quatro molares, sobre el río Naviego [o Luiña], que muele todo el año, trigo, centeno, mijo, maíz y panizo, propio de D. Arias de Omaña”. El molino fue reformado y ampliado unos años después, porque en 1771 en la cartela del dibujo de la villa mencionado aparece la siguiente información: “Molino de ocho ruedas de D. Joseph Omaña”. Es decir, entre 1752 y 1771 el molino duplicó el número de muelas, circunstancia que nos indica claramente que la población de Cangas había aumentado en ese periodo y con ella la producción de cereales y la necesidad de moler más grano. A mediados del siglo XIX volvemos a encontrar información de este molino en el Diccionario Geográfico-Histórico de España de Pascual Madoz (1845-1850), donde se lee que en Cangas del Narcea “existe un molino harinero con 8 muelas en continuo ejercicio”.

En los años ochenta del siglo XIX la casa de Omaña y parte de sus propiedades fueron adquiridas por Anselmo Gonzalez del Valle (La Habana, 1852 – Oviedo, 1911), rico propietario que tenía vínculos familiares con el concejo de Cangas del Narcea, y que invirtió mucho dinero en él con el fin de mejorar la situación económica de los vecinos. Sus mayores inversiones se destinaron a la viticultura y la vinicultura, y a él se deben cambios muy importantes relacionados con el viñedo y el vino de Cangas. El molino del puente de Ambasaguas también pasó a manos de González del Valle, que decidió construir un molino nuevo con todos los adelantos modernos. El nuevo se construyó muy cerca del viejo, del otro lado del puente, y reaprovechará la vieja presa que conducía el agua del río Luiña.

En la fotografía de J. M. Cordeiro de la villa de Cangas del Narcea en 1884 se ven el molino viejo, pegado al puente de piedra de Ambasaguas, y el molino nuevo pintado de blanco y recién inaugurado.

El nuevo molino se inauguró en el mes de noviembre de 1884. Tenía tres muelas: una francesa y dos españolas, que molían más rápido y mejor que las antiguas, y otras innovaciones, como un ventilador para limpiar el grano movido por un rodezno hidráulico. La noticia sobre este molino, que es el que todavía existe hoy junto al puente de piedra de Ambasaguas, la hemos tomado del periódico El Occidente de Asturias, de 11 de noviembre de 1884, y dice lo siguiente:

El día 5 del actual se inauguró el importante molino harinero, que, bajo la dirección del inteligente maestro D. Mariano Guerra, ha construido en esta villa nuestro particular amigo el Sr. D. Anselmo del Valle.  

El depósito de aguas contiene próximamente 929 metros cúbico y el salto es de 2,95 metros. Cinco tragaderos conducen las aguas a los canales en esta forma: una para la pesquera; otra para la rueda que imprime movimiento al ventilador, que despacha nueve fanegas [500 litros] por hora, desalojando la piedra, polvo y otros cuerpos extraños y dejando por consiguiente el grano perfectamente limpio; otra mueve una pareja de piedras francesas, sistema “Dordoña” clase superior, que muele cuatro fanegas [222 litros] por hora; y las otras  dos, a otras dos parejas de piedras españolas de las mejores clases.  

El estreno ha sido verdaderamente satisfactorio, porque, a pesar de ser bastante complicado el mecanismo, procedente de la acreditada fábrica del constructor Sr. Laurín, de León, funcionó sin el menor tropiezo.  

Por el mismo periódico sabemos que el Taller de Máquinas Agrícolas e Industriales de Alberto Laurín, de León, estaba especializado en “útiles para molinos harineros” y que la profesión del “maestro D. Mariano Guerra” era la de “maestro de molinos”. El redactor de la noticia se felicitaba por la obra “que reúne todas las condiciones en esta clase de artefactos, y que ha ser, al paso que de mucha utilidad para su dueño, de grandísima conveniencia para la población”.

Molín desde el puente de Ambasaguas, año 2009. Fotografía de Alberto Montes.

En los primeros años del siglo XX, este molino fue vendido a José María Díaz López “Penedela”, que unos años más tarde lo ampliará para convertirlo en una central hidroeléctrica.

En la actualidad, el molín del puente de Ambasaguas es, sin duda, uno de los edificios industriales más interesantes de la villa y del concejo. Es un edificio que hoy vemos viejo y en desuso, pero que en 1884 era una moderna fábrica de harina, que contribuyó a hacer más cómoda la vida de los cangueses.

De ferias y mercados en Cangas del Narcea

Día de mercao en la plaza de La Oliva o plaza Mayor de Cangas del Narcea, en 1905. Fotografía de don Mario Gómez, fundador del Tous pa Tous.

Hasta fines del siglo XIX toda la actividad comercial del medio rural giraba alrededor de los mercados y las ferias. Los comercios comenzaron a establecerse en las villas en ese momento y su desarrollo ira haciendo perder protagonismo a aquellos.

Los mercados eran semanales, se habían instaurado en las villas asturianas desde su fundación en los siglos XIII y XIV y en ellos se concentraba el comercio de su entorno inmediato. En Cangas del Narcea, el mercado se celebra desde esas centurias todos los sábados del año. Hasta 1805 se hacia delante del palacio del conde de Toreno, por eso a esa plaza la seguimos llamando el Mercao, pero en esa fecha se trasladó a la Plaza Mayor.

Cangas del Narcea. La Plaza, con puestos de cacharros de cerámica de L.lamas del Mouro y de El Rayu (Siero), 1910. Fotografía de Benjamín R. Membiela. Colección: Juaco López Álvarez.

Las ferias tenían un rango económico muy superior a los mercados y eran reuniones anuales de mercaderes que se trasladaban desde muy lejos; gozaban de un privilegio real y su radio de acción era más grande. En la Edad Media solo existían en Asturias tres ferias, que se celebraban en Oviedo, Llanes y Cangas del Narcea, hecho que denota el rango que tenía nuestra villa en aquel tiempo.

Hoy, las ferias y mercados están de capa caída. Las primeras solo se reducen a la venta de ganado y no tienen la incidencia económica y social que tenían antiguamente. En la Edad Media, la feria de Cangas se realizaba durante la Pascua de Pentecostés, duraba quince días y venía gente de Laciana, El Bierzo, Valdés, Castropol, Navia, etc. Esta feria es la que aún se sigue celebrando en esas fechas y se conoce como la Feriona. De todo esto nos habla el historiador Juan Uría Maqua en su artículo “Una feria asturiana en la Edad Media: la de Cangas del Narcea”, publicado en el número 8 de la revista Asturiensia medievalia, y que puede consultarse en nuestra Biblioteca Canguesa.

El mercado semanal de hoy día tampoco es el mercado de un sábado a comienzos del siglo XX y su importancia económica es mucho más pequeña. Para conocer como era aquel mercado reproducimos a continuación un artículo publicado el 26 de diciembre de 1908 en la portada del periódico local El Narcea. Aquella sociedad de hace algo más de cien años era muy diferente a la actual y allí se reunían oficios, animales y productos que en el presente han desparecido completamente de nuestro mercado.

NUESTROS DÍAS DE MERCADO

Aunque en Cangas los días de mercado no son días de fiesta, como sucede en otras partes, porque aquí el mercado se celebra el sábado, y dos días seguidos de fiesta llegarían a cansar, sin embargo, estos días resultan muy animados entre nosotros, y acaso más que en otras muchas villas por la concurrencia, ya no digamos excesiva ni grande, sino variada de las personas que nos visitan y de los productos que traen a la venta. 

            Sabido es que lo que más abunda esos días son las reses vacunas de los concejos de Tineo, Allande y este concejo, viéndose también ganado mular, caballar, asnal y de cerda de los lugares citados. De Ibias y Degaña, cuando los puertos están francos, también suelen concurrir a nuestro mercado con esos animales. Y, aunque no en todos, en algunos se ven también cabras y ovejas. 

            De Ponferrada, Toreno y Laceana, que son de la provincia de León, cuando el puerto Leitariegos y algún otro alto no están cubiertos de nieve, nos traen: de Ponferrada, pimientos, cebollas, ajos, cebada y centeno; de Toreno, garbanzos y lentejas, y de Laceana, patatas, trigo y centeno. 

            De los distintos pueblos de este concejo nos traen esos días todos los productos citados y otros muchos, tales como tomates, habas, judías, guisantes, castañas, nueces, avellanas, peras, manzanas, cerezas, higos, ciruelas y otras varias frutas –por supuesto, lo mismo de un lado que de otro, todo en su tiempo-, así como huevos, manteca, gallinas, pollos, perdices, quesos, natas, cestos, cestas, almadreñas, etcétera. 

            De Luarca y Cudillero nos suministran pescados de mar. 

            De nuestro vecino pueblo de Besullo, acuden al mercado con calderas, calderos, tambores para asar castañas, cazos, cacillas, ruedas de carro del país y toda clase de herramientas de campo, por supuesto todo fabricado en el citado pueblo, que es lo que mas admira, dado en donde está enclavado el pueblo de Besullo y por consiguiente lo difícil que es llegar a él con el hierro en bruto; pero esta consideración y otras muchas que pudiéramos hacer acerca de los honrados y valientes trabajadores de Besullo, las dejamos a cargo de nuestro colaborador D. Ambrosio Rodríguez… 

            Del partido de Sierra, que también merece punto y aparte, nos visitan los sábados los alfareros y alfareras de aquellos pueblos con toda clase de vasijas de barro, como tazas, cazuelas, jarros, jarrones, pucheros, platos, etcétera, industria ésta que, aunque montada como en los primitivos tiempos, es de suma importancia para este país, más que nada por lo barato que resulta toda mercancía que no paga porte alguno. 

            De otros pueblos, como Besullo, las Fraguas de Castanedo, etcétera, vienen con navajas, cuchillos, tijeras, hoces, etcétera, todo fabricado allí, que es también otra industria muy respetable para este concejo, por lo fuertes y adecuadas que resultan para los distintos trabajos todas estas herramientas. 

            Tampoco falta en nuestros mercados el lino y el cáñamo, comercio exclusivo de los vaqueros que viven en las montañas de Luarca. 

            Otras muchas cosas dejamos por apuntar, que también son causa de atraer gente a Cangas los sábados, como son la lana hilada y la tejida, hecha mantas y en rollo, una para la venta y otra para que los mazos de Besullo y la Pesonera de Abanceña sienten bien el tejido, a la vez que limpian y lavan las telas. 

            Por todo lo que precede puede juzgarse sin temor a padecer equivocación, que nuestros mercados son los más concurridos, animados y variados de toda España. 

            El foto-grabado que va al frente de las presentes líneas, representa la plaza Mayor y parte de la Oliva, que es el punto en donde los días de feria y de mercado se venden las frutas, los granos, la manteca, etcétera, y todas las demás menudencias, así como el sitio preferido por los carboneros para vender carbones, los herreros sus clavos y los cacharreros sus cacharros. 

(Publicado en El Narcea, nº 153, 26 de diciembre de 1908)

Dibujo de la villa de Cangas del Narcea en 1771

Dibujo de la villa de Cangas, 1771

Presentamos en esta nueva sección de Mapas, planos y dibujos de Memoria Canguesa un documento excepcional para nuestra historia: el “Diseño de la villa de Cangas y lugar de Entrambasaguas con sus arrabales, vega y río” hecho en 1771, que pertenece a los fondos del Archivo General de Simancas. Este dibujo fue encargado por el Ayuntamiento de Cangas y enviado el 31 de agosto de ese año a la Secretaría de Marina como prueba documental de una reclamación sobre el almacenamiento de madera procedente del monte de Muniellos que la Marina estaba realizando en la villa. El dibujo mide 49 x 128 centímetros y su autor fue probablemente el pintor ovetense Francisco Reiter (1736 – 1813), que estaba especializado en esta clase de dibujos y fue un protegido del conde de Toreno, Joaquín José Queipo de Llano, al que retrató en 1790 y que participará activamente en esta disputa contra la Marina.

El monte de Muniellos comenzó a explotarse en 1768 para proporcionar madera con destino a la construcción de navíos en el Arsenal de El Ferrol. La madera se cortaba en invierno, se bajaba por carretera hasta Cangas, aquí se almacenaba y en verano se llevaba por el río hasta el puerto de San Esteban de Pravia. En un primer momento los encargados de la saca de madera tuvieron la intención de depositar la madera en la orilla izquierda del río Narcea, justo enfrente del barrio de Entrambasaguas. El Ayuntamiento de Cangas consideró que ese lugar podía ocasionar problemas graves, porque si había una riada el agua podría ir contra el barrio y poner en peligro las casas, “que se hayan cimentadas a la orilla del mismo río”, y también el puente de piedra y los dos únicos molinos que había en la villa. El Ayuntamiento propuso como sitio más apropiado el espacioso campo de La Veiga, pero para ello había que construir un puente de piedra o madera, justo en el mismo lugar donde a fines del siglo XIX se levantará el Puente Nuevo. Esta propuesta fue rechazada por los responsables de la Marina por su elevado coste, y como solución propusieron para almacenar la madera “el cantil de El Fuejo”.

El dibujo fue realizado con gran detalle y en él puede observarse el aspecto de todas las calles y plazas que existían en la villa en 1771, así como el de los barrios circundantes: El Corral, Entrambasaguas y El Fuejo. Asimismo, aparecen dibujadas, también con gran precisión, las construcciones que formaban la villa: las casas, los palacios (especialmente los de Omaña, Marcel de Peñalba y Toreno), los edificios religiosos (iglesias, capilla del Hospital y convento de dominicas), el puente de piedra y los molinos.