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A don Florentino Quevedo Vega. In memoriam.

Don Florentino Quevedo Vega en su despacho en 2016

La semana pasada, meses después de cumplir su centenario, fallecía don Florentino Quevedo en la villa de Cangas del Narcea a la que llegó con veintiún años para ejercer como maestro de escuela.

Su historia podía haber sido la de un entrañable docente que habría dedicado toda su vida a formar a varias generaciones de cangueses, pero no fue así. Su alma inquieta le llevó a ser director de Educación, procurador y, finalmente, abogado ejerciendo esta profesión desde el año 1961. Desde entonces, no faltaba un solo día en su despacho, mereciéndose el reconocimiento de la profesión y del Ministerio de Justicia, que en 2009 le otorgaba la Cruz de San Raimundo de Peñafort.

Desde el Tous pa Tous lamentamos el fallecimiento de nuestro socio de mayor edad y desde aquí queremos homenajearlo publicando el artículo que le dedica nuestro socio Mario Gómez Marcos en su blog “Desde el Corazón de Cangas”, y recordando una de sus últimas entrevistas que concedió al Ilustre Colegio de Abogados de Oviedo en 2016 y otras publicaciones que le dedicamos con anterioridad en esta página web.

Nuestro sentido pésame a sus familiares y amigos.


A don Florentino Quevedo Vega. In memoriam.

El pasado martes día 25 de febrero fallecía en su domicilio de Cangas del Narcea, a punto de cumplir los 101 años de edad, mi querido y admirado amigo y compañero don Florentino Quevedo Vega, doctor en Derecho y prestigiosísimo abogado, a quien en su día se le condecoró, a propuesta del Ilustre Colegio de Abogados de Oviedo, con la Cruz Distinguida de la Orden de San Raimundo de Peñafort, galardón creado en el año 1944 y que el Ministerio de Justicia concede para premiar los relevantes méritos de cuantos intervienen en el cultivo y la aplicación del estudio del Derecho en todas sus ramas.

Fue precisamente con ocasión de la imposición de dicha condecoración, en un entrañable acto celebrado en la sede colegial el día 28 de enero de 2011 con asistencia de las más altas personalidades de la magistratura, la fiscalía y la abogacía asturianas, así como importantes representantes del mundo empresarial, un nutrido grupo de entusiastas amigos y, por supuesto, muchos familiares, cuando tuve el privilegio de realizar la laudatio in honorem de Don Florentino Quevedo Vega y que, como dije entonces, no se trataba de una laudatio en el sentido de simple alabanza de los méritos, como consideraba Cicerón, sino en su más profunda acepción de laudare que, en los primeros tiempos del latín, significaba “designar al que es digno de ocupar puesto en la memoria y conversaciones de los hombres”.

Don Florentino Quevedo Vega había nacido en la localidad de San Miguel de Mones, municipio de Petín, provincia de Orense, el día 11 de Marzo de 1919.

En el año 1940 fue destinado como maestro a la villa de Cangas del Narcea, que pasó a ser desde entonces el lugar de su residencia habitual y el eje central de todas sus actividades.

En el año 1943 fue nombrado director interino de las escuelas de Cangas del Narcea hasta que, en el año 1949 y tras las correspondientes oposiciones, ganó la plaza en propiedad, desempeñando la misma de forma continuada hasta el año 1980 en que solicitó su jubilación voluntaria. Dedicó por ello a la enseñanza pública, como maestro y como director de un grupo escolar, prácticamente cuarenta años ininterrumpidos de su vida.

Sin embargo, Don Florentino Quevedo Vega no se dio por satisfecho y así, en el año 1948, causó alta como procurador de los tribunales en el partido judicial de Cangas del Narcea, ejerciendo dicha profesión hasta que en el año 1961 cesó voluntariamente en la misma por las razones que ahora diré. Dedicó pues a la procuraduría casi trece años seguidos de su vida.

Pero en ese constante afán de superación que siempre le caracterizó, Don Florentino Quevedo Vega todavía encontró tiempo para matricularse como alumno libre en la Facultad de Derecho de la Universidad de Oviedo. Estamos hablando de los duros años cincuenta del pasado siglo, de una persona casada y con hijos, residente en una recóndita localidad asturiana donde trabajaba como maestro-director de las escuelas y ejercía como procurador de los tribunales, por lo que en estas circunstancias el estudio de la carrera de Derecho, con notables calificaciones como fue su caso, se convirtió en toda una proeza excepcional.

En el año 1961, nada más causar baja como procurador de los tribunales, puso en práctica su licenciatura en Derecho incorporándose como letrado ejerciente a al Ilustre Colegio de Abogados de Oviedo, habiendo pertenecido también a los colegios de Gijón, León, Valladolid y Madrid, entre otros, iniciando así su actividad de abogado que continuó desempeñando ininterrumpidamente  hasta pasados los 97 años. Dedicó así a la abogacía más de cincuenta y cinco años continuados de su vida y, además, de una forma absolutamente espectacular. Porque desde su bufete en Cangas del Narcea don Florentino Quevedo Vega intervino a lo largo y ancho de la geografía nacional en asuntos de la más variada índole, con notables éxitos en todas las ramas del Derecho que cultivó en su prolífica y espléndida actividad profesional.

Pero no contento con ser maestro-director de las escuelas y con ejercer como abogado, en una muestra más de su batalladora personalidad y de su extraordinaria capacidad de trabajo, realizó su tesis doctoral sobre Derecho Minero, alcanzando el grado de doctor en el año 1963.

En el año 1964 la prestigiosa “Editorial Revista de Derecho Privado” publicó en dos gruesos volúmenes su tesis doctoral bajo el título de “Derecho Español de Minas. Tratado teórico práctico” que rápidamente se convirtió en todo un referente en la materia y que, desde entonces hasta la actualidad, más de cincuenta y cinco años después (y esto, en el mundo del Derecho, es casi una eternidad), sigue siendo cita obligada en cualquier trabajo sobre Derecho Minero. Estos estudios de Don Florentino Quevedo Vega abarcan desde las instituciones básicas de nuestros derechos público y privado hasta el análisis del Derecho comparado, de suerte que hay páginas dedicadas a los derechos francés, portugués, italiano e incluso al Derecho ruso, lo que si hoy, con los actuales medios, sería complicado, excuso decir lo que tuvo que suponerle en aquellos difíciles años, máxime al tener que compatibilizar las horas dedicadas a la tesis doctoral con sus trabajos como maestro-director de las escuelas y como abogado.

Para calibrar la importancia y trascendencia de ésta magnífica obra de Don Florentino Quevedo Vega quiero referirme al siguiente sucedido: entre los años 2005 y 2006 se celebraron en Alicante las “II Jornadas Nacionales sobre Derecho de Daños” en las que intervinieron como ponentes más de 50 especialistas de toda España (baste decir que participaron en sus sesiones magistrados de todas las salas del Tribunal Supremo) y entre esos expertos se encontraba, nada más y nada menos, que Don Luis Díez-Picazo y Ponce de León, Catedrático de Derecho Civil de la Universidad Autónoma de Madrid, Presidente de la Real Academia de Jurisprudencia y Legislación, Presidente de la Sección Primera de Derecho Civil de la Comisión General de Codificación del Ministerio de Justicia, Juez, Consejero de Estado y Magistrado del Tribunal Constitucional. Pues bien, este reputadísimo jurista participó en éstas jornadas con una ponencia titulada “Indemnización de daños y restitución de enriquecimientos” en el curso de cuya comunicación relató que hacía unos años, en su acreditado bufete madrileño, había llevado un caso de intrusismo minero que le había dado muchos quebraderos de cabeza pero que al final lograría resolver satisfactoriamente para los intereses de su cliente gracias precisamente a este libro de Don Florentino Quevedo Vega al que citó expresamente en su conferencia y así figura recogido en las actas de las jornadas, que en el año 2007 publicó la “Editorial Dykinson”, y también en los “Anales” de la Real Academia de Jurisprudencia y Legislación de ese mismo año 2007.

Aunque, como ya dije, el despacho profesional de don Florentino Quevedo Vega siempre estuvo radicado en la villa de Cangas del Narcea, se da la circunstancia de que su rigor y éxito en el trabajo le llevó a traspasar no solo las fronteras locales y regionales sino también las nacionales.

Conocí a don Florentino Quevedo Vega hace muchos años: como director del grupo escolar donde cursé mis estudios primarios, luego como buen amigo de mi padre, también abogado en Cangas, y, por último, desde el año 1984, como compañero en el ejercicio de la abogacía. Intervinimos juntos en muchos pleitos: unas veces enfrentándonos noblemente, como nos corresponde a los abogados, y otras ocupando ambos la misma posición procesal, intercambiando entonces argumentos jurídicos y compartiendo estrategias judiciales. Sé pues muy bien de quien estoy hablando.

Por eso, si ahora tuviera que resumir la personalidad de don Florentino Quevedo Vega, diría:

  • que fue discreto, porque allí donde iba le gustaba pasar completamente inadvertido;
  • que fue prudente, porque sabía lo aventurado que es el mundo del Derecho para un abogado;
  • que fue tenaz, porque no daba nada por perdido, hasta el punto de que, en mi modesto criterio, pienso que su máxima vital podría ser perfectamente la del viejo aforismo que alude a “el agua que orada la roca”;
  • que fue laborioso e infatigable, porque, por ejemplo, la vigente Ley de Enjuiciamiento Civil del año 2000 jubiló a muchos abogados bastante más jóvenes que él, incapaces de abordar los enormes cambios que la misma iba a introducir en prácticamente todos los procedimientos judiciales, y sin embargo Don Florentino Quevedo Vega, sin ayuda y a base de estudio, sacrificio y dedicación, llegó a dominar como nadie el nuevo rito procesal;
  • y que poseía una gran inteligencia, porque sin ella no hubiera podido alcanzar nunca la cima de una profesión tan compleja como es la abogacía.

Pero quiero decir también que todas estas virtudes, que indudablemente adornaban a Don Florentino Quevedo Vega, sin embargo no le impedían en absoluto ser:

  • no solo una persona modesta, porque pudiendo vanagloriarse de tantas hazañas jurídicas protagonizadas, sin embargo nunca presumió de ninguna de ellas,
  • sino también una persona humilde, porque en el trato con los demás no lo vi nunca, y nadie me lo ha comentado jamás, tomar actitud de persona de superior categoría, inteligencia o saber, aunque no hay ninguna duda de que poseía todo ello.

Don Florentino Quevedo Vega era un hombre hecho a sí mismo al que las vicisitudes de la vida, sobre todo en la Galicia profunda y en los duros tiempos en los que le tocó nacer, le obligaron desde muy pequeño al esfuerzo y al sacrificio permanentes. Y en esas continuó hasta el final, con un ritmo de trabajo frenético tanto en el tiempo (por las muchas horas que le dedicó pues lo hacía a tiempo completo) como en el espacio (por los numerosos viajes profesionales que continuamente realizaba) y, además, con una hiperactividad que a la mayoría de los jóvenes abogados de hoy les resultaría muy difícil de seguir.

Fue un auténtico titán de la abogacía, un insigne y eminente letrado reconocido como tal a nivel nacional, al que no se le puso nunca nada por delante, desde el conocimiento de disciplinas jurídicas prácticamente inexistentes en su época de formación universitaria hasta el empleo de las últimas tecnologías de la informática, asumiendo siempre con igual dedicación, esfuerzo y responsabilidad todos los asuntos que se le encomendaron, desde el más intranscendente hasta el más importante.

Para mí es el abogado “más completo” y “más eficaz” que he conocido nunca o, si se me permite emplear un anglicismo, propio del ámbito deportivo pero en todo caso sumamente expresivo por su significado, fue todo un ‘crack’ de la abogacía.

Don Florentino Quevedo Vega fue, nunca mejor dicho tratándose de toda una autoridad en Derecho Minero, una especie de “bulldozer” procesal en el sentido de que era un abogado que, con escrupuloso acatamiento de todas las normas de la deontología profesional y respetando siempre las reglas de la buena fe y la lealtad procesales (que, por cierto, tanto se echan de menos en los actuales tiempos), solía llevarse al contrario por delante en el sentido forense de la expresión, de suerte que las más de las veces resultaba un abogado imbatible.

Y terminaba yo diciendo en aquella laudatio in honorem: que, aunque quien tiene verdaderos y reales méritos no busca ni el aplauso ni los honores, en esta ocasión el Ministerio de Justicia había acertado de pleno al conceder tan alta distinción in iure mérita a Don Florentino Quevedo Vega, condecoración otorgada al margen por completo de puestos políticos o de cargos institucionales pues, en mi humilde opinión, creo que esa fue de las escasísimas cruces de San Raimundo de Peñafort concedida única y exclusivamente en atención a una larga, brillante, fructífera y ejemplar trayectoria profesional como abogado.

Querido amigo y admirado Maestro, sid tibi terra levis.

Mario Gómez Marcos
Cangas del Narcea, 27 de febrero de 2020


Hace cuatro años, don Florentino Quevedo concedía una entrevista al ilustre Colegio de Abogados de Oviedo, que hoy rescatamos a modo de homenaje.

 


Otros enlaces relacionados:

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Álbum de Homenaje a Marcelino Peláez en 1931

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Detalle de la placa que va en la cubierta del álbum

En 9 de julio de 1930, el Ayuntamiento de Cangas del Narcea, presidido por Joaquín Rodríguez-Arango, acordó ofrecer a Marcelino Peláez Barreiro (Ounón, 1869 – Mar del Plata, Argentina, 1953) un álbum como expresión de agradecimiento de todo el concejo por su colaboración en la construcción de casas-escuela, pues “desde hace varios años viene concediendo un donativo de 1.000 pesetas para cada casa-escuela que se construya en este concejo y que levantó a sus expensas un buen edificio escolar en Onón, pueblo de su nacimiento”.

Con tal fin, el ayuntamiento abrió una suscripción popular. Los donativos podían entregarse en las confiterías de Milagros Rodríguez y Joaquín López Manso, y en los comercios de Vicente Oliveros, Evaristo Morodo, y Morodo y López. Se recaudaron 600 pesetas. La relación de donantes puede verse en los números 27 a 35 de la revista La Maniega de 1930 y 1931. Fueron muy numerosas las donaciones de maestros y padres de alumnos de los pueblos favorecidos por la generosidad de Marcelino Peláez: Cangas del Narcea, Cibuyo, La Regla, Pousada de Rengos, San Pedro de Arbas, Villacibrán, Carballo, Villategil, Gedrez, Santa Marina, Carballéu, Pousada de Besullo, Las Montañas, Bimeda, Biescas, Acio y Caldevilla, Sillaso, Mieldes, Leitariegos, Naviego, Porley, Vallado, Valleciello, San Pedro Coliema, etc.

El álbum fue obra de Tomás F. Bataller (Madrid, 1891-Oviedo, 1962), artista especializado en dibujar diplomas, títulos y esta clase de álbumes honoríficos. En las primeras páginas aparece el retrato de Marcelino Peláez y dibujos de su casa natal y la escuela de Ounón, así como de una vista de la iglesia de Cangas del Narcea y el palacio de Omaña desde el río. A continuación aparecen las firmas del alcalde (Mario de Llano) y los concejales de la corporación el 14 de abril de 1931, de los miembros de la comisión que se encargó de la suscripción popular y de los maestros de las escuelas que él ayudó a construir y de algunos niños de cada escuela.

El álbum lo conservan sus descendientes en Cangas del Narcea.


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La placa del Tous pa Tous a Marcelino Peláez se colocará en la villa de Cangas

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Ounón / Onón, 1920

El paisaje del concejo de Cangas del Narcea de hoy no tiene nada que ver con el de hace noventa años. Un ejemplo lo tenemos en Ounón / Onón. Mientras en el año 1920 era un pueblo habitado y cultivado, hoy es un territorio deshabitado y selvático. La fotografía de 1920 pertenece al fondo de “El Progreso de Asturias”, de La Habana, que se conserva en el Museo del Pueblo de Asturias. De todas las construcciones que se ven detrás de la escuela, solo queda en pie la panera que está junto a ella.

El pasado mes de junio, se desplazaron a Onón algunos socios del Tous pa Tous con la finalidad de ver el mejor sitio para colocar la placa de Marcelino Peláez. Allí el único sitio posible es la escuela. El pueblo de Onón antiguo, que es donde se levanta la escuela, está completamente abandonado y solo viven vecinos en la carretera, en el nuevo Onón que se hizo a partir de 1950 con la apertura de esta vía.

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Ounón / Onón, 2015

La escuela se construyó enfrente de Casa Peláez, de la que hoy solo queda en pie una panera, el resto de los edificios: casa, lagarón y hórreo, están todos en ruinas y cubiertos por la vegetación.

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Escuela de Ounón / Onón, 2015

Está claro que la placa allí no la va a ver mucha gente, casi podríamos decir que ni poca gente. No obstante, desde el primer momento y para ser consecuentes con los principios de nuestra asociación, seguimos pensando que deberíamos colocarla allí, considerando que podría ser una manera de revalorizar aquel sitio. Un modo muy modesto, pero que no deja de tener un alto valor simbólico.

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Ounón / Onón, 2015

Durante el verano le estuvimos dando vueltas a este asunto y valorando otros lugares donde colocar la placa. Entre otras opciones, se pensó que en la calle Maestro don Ibo, en la villa Cangas, no sería un disparate, porque en 1932 el Ayuntamiento tomó el acuerdo de dedicar a Marcelino Peláez una de las calles que se abrirían en el solar del convento de dominicas que se iba a derribar poco después. Sin embargo, ese acuerdo nunca se llevó a la práctica y Marcelino Peláez se quedó sin calle. En ese solar se hicieron dos calles: la Alcalde Díaz Penedela y la Maestro don Ibo. Por eso colocar la placa ahí tendría sentido. Además, Marcelino Peláez pagó la construcción de la escuela de Onón y dio dinero para otras muchas más en el concejo, y todo eso se hizo en la época del maestro don Ibo Menéndez Solar.

Finalmente, no sólo se ha decidido colocar la placa en este lugar, sino que además desde el Tous pa Tous se ha pedido al Ayuntamiento de Cangas del Narcea lo siguiente:

AL AYUNTAMIENTO DE CANGAS DEL NARCEA

La asociación “El Tous pa Tous”, de Cangas del Narcea, inscrita en el Registro de Asociaciones del Principado de Asturias con el nº 2.989 de la Sección Primera por Resolución de fecha 12 de mayo de 2009, tiene entre sus fines la promoción de la cultura y los intereses del concejo de Cangas del Narcea.

Una de las actividades de ésta asociación es la colocación de placas dedicadas a la memoria de personas relevantes relacionadas con el mencionado concejo; y así, en los últimos años, ya ha colocado cinco placas, en otros tanto edificios de la villa de Cangas del Narcea y del pueblo de Limés, dedicadas al padre Luis Alfonso de Carballo, Gaspar Melchor de Jovellanos, Åke W:son Munthe, Gumersindo Díaz Morodo “Borí” y Mario Gómez Gómez.

La próxima placa estará dedicada a don Marcelino Peláez Barreiro (Onón, 1869 – Mar del Plata, Argentina, 1953), emigrante a Argentina que construyó y dotó a sus expensas la escuela de Onón en 1920, y ofreció mil pesetas o más (que en aquel tiempo era mucho dinero) a todos los pueblos del concejo que levantasen una casa escuela. Este ofrecimiento lo cumplió repetidas veces y donó dinero para las escuelas de Porley, Villar de Lantero, Santa Marina, San Pedro de Culiema, Bergame, Naviego, Linares del Acebo, Agüera del Couto, Carballo, Bimeda, Llano, Santa Marina, San Cristóbal, Araniego, Carballedo, Acio y Caldevilla de Acio, etc…

Para darse cuenta de la verdadera dimensión de este extraordinario personaje cangués nada mejor que remitirnos a un artículo publicado en el año 1921 por el citado Gumersindo Díaz Morodo “Borí” en la revista “Asturias” de La Habana (Cuba):

“Voy a remediar una injusticia; que injusticia y muy grande implicaría silenciar determinados actos dignos del mayor encomio. Voy a hablaros de un “americano” como vosotros, de un alma altruista que desde hace años está haciendo en beneficio del concejo más, mucho más que hicieron en un siglo todos los politicastros que padecimos. Voy, en fin, a descubriros a un sembrador de cultura: don Marcelino Peláez, nacido en el pueblo de Onón.
¿No os suena ese nombre, verdad? No es extraño que para la mayor parte de vosotros sea desconocido. Muy niño emigró a la Argentina don Marcelino, lanzado a la ventura sin más bagaje que sus arrestos de luchador. Y en lucha estuvo años y más años; e indudablemente en el largo período de emigración palparía miserias y más miserias, presenciaría incontables tragedias y padecería no poco, aleccionándose diariamente en los propios dolores y en los dolores ajenos.
Venció a la adversidad, y derrochando energías consiguió labrarse una regular fortuna. Y hastiado de tanto bregar, buscando algo del merecido descanso, retornó al nativo solar, sin suponer que aquí también tendría mucho que luchar, lucha acaso peor que en las pampas argentinas; lucha contra el abandono, la rutina y la incultura. Vio que en su pueblo continuaba todo igual, en estancamiento mortal; que si hacía cuarenta años, cuando emigró, la escuela en que aprendió las primeras letras se hallaba instalada en infecta cuadra, en el mismo o aun peor local continuaba. Tendió la vista en derredor, y en todos los pueblos del concejo se le presentó el mismo cuadro de desolación: el mismo abandono y la misma incultura. Los niños de hoy, los emigrantes de mañana, continuarían la triste historia de rodar por las Américas sin conocer las más rudimentarias nociones de instrucción, condenados así a una vida de esclavos, como si sobre todos pesase una maldición.
Vio claramente la causa del mal, y no vaciló. Se dirigió al Ayuntamiento y expuso su proyecto, un bello proyecto suyo. Anunció que se proponía construir en su pueblo un edificio para escuela, y que daría una subvención de mil o más pesetas a cada uno de los pueblos del concejo que quisieran levantar casa escolar.
El caciquismo que entonces padecíamos acogió con indiferencia los proyectos del señor Peláez. No les convenía a estos politicastros que se construyesen escuelas. La escuela implica instrucción, cultura, y de terminarse con el analfabetismo, se terminaba también con el reinado del caciquismo.
Ante esta hipócrita y encubierta oposición caciquil -oposición que más tarde quedó vergonzosamente demostrada-, tampoco se arredró don Marcelino, que tiene temple de acero, como buen serrano. En su pueblo, y al lado de su humilde hogar, empezó la construcción de un elegante y adecuado edificio para escuela, inaugurado recientemente, y de cuya obra podéis formar idea por las fotografías que acompañan a esta crónica. Al mismo tiempo concedía importantes subvenciones a los pueblos que se comprometían a levantar edificio escolar, gastándose en todo esto no pocos miles de duros.
Así es don Marcelino: un apóstol de la instrucción, un sembrador de cultura. Vosotros, los cangueses que por las Américas os halláis, ¿no os creéis en el deber de solidarizaros con esta obra del señor Peláez? Nadie mejor que vosotros sabe -pues la experiencia os lo enseñó- que sólo en la instrucción se hallan las armas capaces de vencer en la lucha por la vida. Si por las actuales circunstancias de crisis económica no podéis por el momento demostrar vuestra solidaridad en forma material, es decir, contribuyendo a extender el apostolado de don Marcelino, podéis, sí, demostrarle vuestra adhesión espiritual, con el alma y el corazón. Que dondequiera que exista una agrupación canguesa figure en cuadro de honor el nombre de don Marcelino Peláez.”

La opinión de Gumersindo Díaz Morodo “Borí” era compartida por otros muchas personalidades canguesas de su tiempo, como el reputado maestro don Ibo Menéndez Solar.

Hasta tal punto que el Pleno del Ayuntamiento de Cangas del Narcea, en su sesión del día 14 de mayo de 1932, acordó por unanimidad poner el nombre de Marcelino Peláez Barreiro a la mejor de las calles que se abriese en el ensanche originado con la entonces reciente demolición del antiguo convento de las Dominicas situado en la calle Mayor. El acuerdo dice literalmente lo siguiente:

«El Sr. Alcalde leyó la siguiente mención: “Al Ayuntamiento de Cangas del Narcea. Mario de Llano González, alcalde presidente de este Ilustrísimo Ayuntamiento, al dar cuenta a la Corporación de una carta recibida por D. José Villa Suárez, de Don Marcelino Peláez Barreiro en la que ofrece 25.000 pesetas para la construcción de las escuelas graduadas de esta villa, así como otras varias subvenciones para otras nuevas escuelas del concejo, siguiendo en su cariño por el mismo y con amor a la instrucción, se cree en el deber, lo que hace con sumo gusto, de proponer a la misma lo siguiente:
1º. Que conste en acta la gratitud de este concejo, representado por su Ayuntamiento, a D. Marcelino Peláez Barreiro, mandándole oficio en que conste este acuerdo.
2º. Que siendo merecedor a que figure su nombre en el rotulo de una calle, como recuerdo a su buena obra y ejemplo de ella, se cambie el que hoy tiene la Plaza del Mercado o Toreno por el de D. Marcelino Peláez, dándole también cuenta de ello.
Cangas del Narcea, 13 de mayo de 1932. Mario de Llano”.
Conformes todos los presente con el fondo de la proposición leída, se discutió el punto de cual había de ser la calle dedicada al Sr. Peláez, acordándose por unanimidad que lo sea la mejor de las que se abran en el ensanche originado con la demolición del antiguo convento.»

Este acuerdo, tomado hace ya más de ochenta y tres años, nunca se ejecutó, y en la actualidad don Marcelino Peláez Barreiro no tiene ninguna calle ni plaza con su nombre. Desde “El Tous pa Tous” seguimos pensando que esta persona es merecedora de ella para recordar su generosidad a favor de la educación y la instrucción pública de los habitantes del concejo de Cangas del Narcea en los años veinte y treinta del siglo pasado, periodo en el que se construyeron gran número de escuelas, debiendo sumarse a este fomento de la enseñanza las importantes donaciones que también hizo al Hospital Asilo de Cangas del Narcea.

Por ello, para remediar el olvido que cayó sobre don Marcelino Peláez Barreiro, así como la injusticia que se cometió con este filántropo, “El Tous pa Tous” va a colocar el próximo 10 de octubre una placa de bronce a su memoria en la fachada lateral derecha del edificio de la calle Maestro Don Ibo, en cuya planta baja se ubica el negocio “La Cabaña”, siendo dicha calle la vía más importante de las que se hicieron en el solar del antiguo convento de las Dominicas.

Pero considerando que ese Ayuntamiento también debería de hacer algo para remediar su desmemoria, cumpliendo así con el referido acuerdo plenario adoptado por unanimidad de todos los miembros de la Corporación municipal de 1932, es por lo que “El Tous pa Tous” interesa que a la plazoleta existente entre las calles Maestro Don Ibo y Las Huertas (precisamente en la que se colocará la placa en su recuerdo, cuya plazoleta también está en terrenos en su día ocupados por el convento de las Dominicas y además siempre ha sido un espacio público innominado) se le dé el nombre de Marcelino Peláez Barreiro.

Por todo lo cual SOLICITA de ese Ayuntamiento que, teniendo por presentado éste escrito, se sirva admitirlo y, en su virtud, dicte Resolución otorgando el nombre de “Marcelino Peláez Barreiro” a la plazoleta existente entre las calles Maestro Don Ibo y Las Huertas de la villa de Cangas del Narcea.


Recuerdo a una maestra

Grupo de maestros de Cangas del Narcea en 1961. Lola está detrás de la única niña que aparece en la fotografía, su sobrina Casilda Flórez Menéndez.

El sábado 26 de septiembre, a las 11 h., se enterraba en Cangas del Narcea a Dolores Menéndez Martínez, “Lola”, que fue maestra durante muchos años en Cangas y su concejo, dejando un gran recuerdo entre sus numerosos alumnos por su entrega y vocación en la labor de enseñar.

Lola nació en Casa el Calvo de Santa Catalina el 26 de diciembre de 1924 y murió en Oviedo el 24 de septiembre de 2015. Estuvo en las escuelas de Riodeporcos (Ibias) y Linares de Allande, en El Otero, Adralés y El Reguerón en Cangas del Narcea, y se jubiló en El Resbalón en Lugones.

Mujer optimista, gran lectora y portadora de mucha fuerza, estuvo en el mes de mayo pasado, con 90 años de edad, en Dublín visitando a sus sobrinos nietos Esther y Miguel, y el día del Carmen vio la última Descarga desde su casa de Santa Catalina.


CARTA A LOLA
Esther Flórez Solarana

Lola en Dublín, mayo de 2015

El destino es así, y a veces no nos queda más remedio que aceptar que los caminos se tienen que separar; aceptar que no existen infinitas autopistas rectas. Pero antes de soltar tu mano y seguir caminando quiero decir en voz alta esa palabra que tanto nos cuesta pronunciar: gracias.

Gracias a ti, que has dado tu vida a los demás sin importar el cómo ni el por qué. Gracias por enseñarnos a vivir por nosotros mismos, pero sobre todo por nosotras mismas. Gracias por enseñarnos que la vida no es una, pues mientras abras un libro podrás robar millones de aventuras y hacerlas tuya. Gracias por enseñarnos que la justicia es posible, siempre y cuando se luche por ella. Gracias por enseñarnos a no creer lo primero que dicen las noticias, por querer saber más. Gracias por enseñar en el aula que dos más dos son cuatro, pero que en la vida dos más dos pueden ser cinco, quince o veinticinco, ya que en la vida todo es posible si trabajamos por conseguirlo.

Lola con sus sobrinos nietos en Dublín, mayo de 2015

Gracias por enseñarme el poder de la palabra, el enigma de las matemáticas y la belleza de la vida. Gracias por enseñarme a jugar, por enseñarme a soñar. Gracias por enseñarme a ser yo. En fin, gracias por enseñar, por ser catedrática en la Universidad de la vida.

Puede que mis palabras sepan a poco, por ello permíteme que robe unas letras al más grande, al que conquistó tu alma cuando aún eras una niña.

“Como las cosas humanas no sean eternas, yendo siempre en declinación de sus principios hasta llegar a su último fin, especialmente las vidas de los hombres, y como la de don Quijote no tuviese privilegio del cielo para detener el curso de la suya, llegó su fin y acabamiento cuando él menos lo pensaba; porque o ya fuese de la melancolía que le causaba el verse vencido o ya por la disposición del cielo, que así lo ordenaba, se le arraigó una calentura que le tuvo seis días en la cama, en los cuales fue visitado muchas veces del cura, del bachiller y del barbero, sus amigos, sin quitársele de la cabecera Sancho Panza, su buen escudero”.

Lola, gracias por habernos hecho formar parte de ti, de tus añoranzas, de tus aventuras, de tus anécdotas, en definitiva, de tu historia.

Hasta siempre.


Doña Cloti

Doña Cloti y alumnos a principios de los años 60

Doña Cloti y alumnos a principios de los años 60

Abuelita, te has ido, pero eso no quiere decir que te vayamos a olvidar, tenlo por seguro, por eso con esta carta quiero describirte tal y como eras, mostrando los valores que nos has inculcado, tanto a nosotros, tu familia, como a los tantos y tantos alumnos a los que has dado clase. Muchas son las palabras que podría usar para definirte, pero en especial estas que voy a relatar a continuación son las más significativas para mi:

  • Sabiduría: a lo largo de los años has demostrado ser una persona sabia, todos tus consejos rara vez han caído en saco roto, demostrándose con el paso del tiempo ser los más acertados. Sabiduría no solo significa ser sabio, sino también saber discernir entre lo bueno y lo malo, tenías experiencia.
  • Presencia: has demostrado siempre saber estar en todos y cada uno de los lugares a los que has ido sin protagonismos, has sabido acudir a aquellos sitios en los que se te valoraba tal y como eras y dejar a un lado actos frívolos y triunfalistas a los que en estos tiempos estamos tan acostumbrados a ver.
  • Amor: todo lo que hacías lo hacías con amor, amor al prójimo, amor por todas la cosas que hacías, amor por lo tuyo, por lo que durante tantos años te dedicaste en cuerpo y alma a construir para llevar una vida plena de felicidad y bondad.
  • Paciencia: quizás por tu dedicación a la enseñanza, quizás por tu forma de ser, el caso es que no he conocido persona que mostrase tanta paciencia como la que tu mostraste a lo largo de la vida fuesen cuales fuesen las circunstancias. Esto es tal vez es lo que intentaremos conseguir como una de las metas de nuestra vida, saber ser paciente como tu eras.
  • Prudencia: en parte la prudencia es sabiduría, ya he escrito arriba sobre ello, pero ser prudente en la vida y diferenciar cosas buenas de malas es algo que siempre has sabido hacer y ninguna o muy pocas veces equivocarte. Doy fe.
  • Amistad: a lo largo de 90 años cultivaste unas amistades que perduraron para siempre y no dejaste de hacerlo nunca, esto creo que no es fácil aunque en estos duros momentos tengo amigos que me demuestran su amistad y eso lo valoro muchísimo, como tú me enseñaste.
  • Felicidad: no importaba cuales fuesen las circunstancias, tu siempre sonreías, siempre irradiabas una felicidad contagiosa que durante estos días todo el mundo destacaba, entre otras cosas, de ti.
  • Discreción: nunca una salida de tono, nunca una palabra más alta que otra, siempre discreta, sólo preocupándote de lo tuyo y de los tuyos.
  • Generosidad: sin límites, tu generosidad abarcaba lo material y lo humano, siempre tenías palabras de ánimo y cariño hacia todo el mundo, siempre pensando en ayudar a gente que lo estaba pasando mal, siempre nos dabas alguna propina para gasolina, tomar algo, lo que fuese, daba igual. Siempre comprando cosas pensando en los demás, siempre ayudabas a todo el mundo, daba igual que fuese de la familia o no.
  • Fe: fe en lo que hacías, fe en los tuyos y sobretodo tu fe en el Señor, fe que te llevo a peregrinar a muchos sitios, a ser catequista y de esta manera poder enseñar los principios y dogmas del catolicismo en los que tu tanto creías. Todo ello nos lo inculcaste y de una manera o de otra seguimos cultivando para en algún momento de nuestra vida poder llegar a parecernos a ti.
  • Energía: la tenías toda, daba igual la circunstancia, últimamente cogías el bastón y te ponías el mundo por montera, fuese a donde fuese, eso con 90 años realmente es digno de admiración, nos gustaría tener la misma energía que has tenido tu, complicado será, ya que estabas hecha de “otra pasta”.

Con todo esto abuelita, quiero darte las gracias por haber vivido la vida junto a ti y haber disfrutado de ti hasta el último momento. Espero estar a la altura de las circunstancias y hacer vivir a mi hija lo que tú me enseñaste y me permitiste vivir.

Descansa en paz abuelita, te quiero.


Bruno Tejón Fernández-Gayón

Tapia de Casariego, octubre de 2014


¿Soluciones o nuevos problemas?

IES Cangas del Narcea – Edificio Obanca – Foto MERA

Si, en general, podemos considerar que “decisión política” es sinónimo de “decisión equivocada tomada por motivos espurios”, la que ahora afecta a la enseñanza canguesa, que pretende privar al IES Cangas del Narcea de uno de sus edificios, no puede ser más “política”. De hecho, comparte dos de las “técnicas de solución de problemas” con las que nuestros mandamases nos han afligido durante estos últimos años: la de “desvestir un santo para vestir a otro” y la de “pan para hoy, hambre para mañana”.

La primera consiste en ir moviendo el problema de lugar y enfrentando a unos ciudadanos con otros, de manera que, al final, todos acaban pareciendo culpables menos aquellos que tenían la responsabilidad de arreglarlo. La segunda, en vez de cambiar el problema de sitio, lo difiere en el tiempo. Eso es lo que se les ofrece ahora a los afectados: “Tus hijos tendrán todo el espacio que quieran durante los años que les quedan en Primaria, pero tendrán que apretarse en los pasillos durante los seis años que estén en Secundaria”. ¿De verdad quieren hacernos creer que eso es lo que los padres desean?

Los que fuimos a una escuelina de pueblo, nunca aprendimos a manejar esas maravillosas herramientas modernas que son la demagogia, la manipulación y la contabilidad creativa. Tuvimos que conformarnos con la aritmética para resolver los problemas. Por ello, tendrán que perdonarme que la aplique aquí. Se han insinuado, soterradamente, razones de aprovechamiento de espacios. Los alumnos que ahora ocupan el edificio de Obanca son algo más de 200, los que se pretende subir son poco más de 100. ¿Aprovecharan mejor el espacio 100 que 200? La aritmética dice que no, las otras herramientas parece ser que dicen que sí. El IES Cangas del Narcea tiene más de 700 alumnos repartidos entre tres edificios. No existe ningún otro instituto en la zona y todos los alumnos de Cangas y Allande tienen que pasar por allí. En la villa de Cangas existen tres colegios de primaria y uno de infantil. En ninguno de ellos, salvo en el CRA Obanca, existe problema alguno de espacio. ¿De verdad puede alguien sostener que lo único que se puede hacer para mejorar la calidad de la enseñanza es amontonar a los alumnos del instituto? ¿Puede algún padre querer eso?

En estos momentos de crisis en los que una educación lo más completa posible es lo único que muchas familias podrán dejarles a sus hijos, cualquier recorte en la calidad de la educación secundaria que reciben es un recorte en sus oportunidades de futuro y no puede ser tolerado. La aritmética que Cangas necesita para solucionar sus problemas es la de sumar y multiplicar. Si permitimos que nos sigan aplicando la de dividir y restar llevando, como hasta ahora, pronto no seremos nada.


Antonio Ochoa es socio del Tous pa Tous y autor del blog Cosas del Suroccidente.


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Escuelas y maestros en el concejo de Cangas del Narcea en 1935 y 1936

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Foto y firma de Teresa Rodríguez en el carnet de identidad de inspectora de 1ª enseñanza, 1935. Col. de Luis M. Rodríguez Sánchez.

Hoy publicamos en el Tous pa Tous un texto excepcional. Se trata de las notas que escribió Teresa Rodríguez Álvarez, inspectora de primera enseñanza, en sus visitas a las escuelas del concejo de Cangas del Narcea en 1935 y 1936. Estas notas están escritas en una pequeña libreta que nos ha facilitado su sobrino Luis Miguel Rodríguez Sánchez.

Teresa era la primogénita del matrimonio formado por los maestros Gabino Rodriguez, de Besullo, y Faustina Álvarez, natural de León, y hermana de Alejandro Casona. Nació en 1900 en el pueblo de Canales (León), donde su familia tenía una casa. En su infancia y juventud vivió en diferentes lugares de León, Asturias y Murcia, acompañando a sus padres. Estudió magisterio, como el resto de sus cuatro hermanos (Alejandro, Matutina, José y Jovita), y el 6 de junio de 1932 ingresó en el cuerpo de inspectores de primera enseñanza.  Después de la Guerra Civil dejó de trabajar y se trasladó con su marido, el médico Florentino Hurlé Morán, a Pontevedra, donde falleció en 1966.

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Teresa Rodríguez con su marido y su padre en Pontevedra, 1942. Col. de Luis M. Rodríguez Sánchez.

Nuestra inspectora perteneció al colectivo de nuevos inspectores de enseñanza formado por la República Española, que tenía como objetivo primordial renovar el sistema educativo y auxiliar a los maestros en su tarea pedagógica. Hasta entonces la inspección era sobre todo un trabajo burocrático, a partir de ahora se hará visitando a menudo las escuelas para conocer la auténtica realidad de las aulas y asesorar a los maestros. El ideario republicano era una educación gratuita, laica y de carácter activo y creador.

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Libreta de notas de Teresa Rodríguez

Teresa era una profesional exigente y observadora. Recorrió el concejo de Cangas del Narcea en los meses de mayo y junio de 1935, y en los de enero y mayo de 1936. Iba a caballo. Las anotaciones que escribe de cada escuela son breves, pero muy ilustrativas para conocer la situación de la enseñanza en el concejo en aquellos años de la II República Española. En total visitó 67 escuelas o “locales provisionales” donde se impartían clases. Una buena parte de estas escuelas se había construido durante la Dictadura de Primo de Rivera y la República. Diez años antes, Luis Bello, en las crónicas de su viaje por las escuelas de Asturias que publica en el diario El Sol, mencionaba que el concejo “no llega a tener cuarenta escuelas”. En 1935, la existencia de un edificio destinado a este cometido y la presencia de un maestro con titulación era una novedad muy reciente en muchos pueblos. Teresa acude a algunos pueblos a conocer el solar donde se va a construir la escuela y a reconocer los “locales provisionales” que se emplean como aulas, que normalmente eran salas o desvanes de casas particulares.

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Planta del piso del proyecto de escuela para Limés del arquitecto Leopoldo Corugedo, diciembre de 1922, que nunca llegó a realizarse.

La mayoría de las escuelas eran unitarias, es decir, en una misma aula convivían niños y niñas de diferentes edades. En unos pocos pueblos había dos maestros y dos aulas, una para las niñas y otra para los niños, como sucedía en Bimeda, Naviego, San Julián de Arbas, Limés, Llano o Tebongo. La única escuela que agrupaba a los alumnos en grados era la de la villa de Cangas del Narcea, que ocupaba un edificio terminado de construir hacia 1877 y que en 1935 era insuficiente para albergar a tanto escolar como había.

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Planta baja del proyecto de escuela para Limés del arquitecto Leopoldo Corugedo, diciembre de 1922, que nunca llegó a realizarse.

Sin embargo, a pesar del avance de la instrucción pública, en 1935 el estado de muchos de los espacios donde se impartía la enseñanza era lamentable y la dotación de material escolar insuficiente. Por ejemplo, sobre la escuela de Llamas del Mouro, que visita el 1 de julio de 1935, escribe: “La escuela es malísima, húmeda, baja de techo, poca luz, faltan mesas, encerados, mapas, armario. Libros pocos y malos. […]. No hay libros de lectura”, y de la de Villaláez, que visita el 6 mayo de 1936, dice: “Escuela malísima, material infame. No hay mesas ni encerados, ni armario, ni nada. Únicamente algunos libros”.

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Fachada principal del proyecto de escuela para Limés del arquitecto Leopoldo Corugedo, diciembre de 1922, que nunca llegó a realizarse.

Con todo, el principal problema de la instrucción en Cangas del Narcea era la bajísima asistencia de los escolares a las aulas. Uno de los datos que siempre anota Teresa es el número de matriculados en la escuela y el número de alumnos que están presentes en el momento que ella realiza la inspección. La situación es desmoralizante. En Agüera de Castanedo escribe el 11 de mayo de 1936: “Matrícula 45. Término medio de asistencia 14. Hay muy poca asistencia, presentes hoy 7 y eso porque saben que yo vengo”. La causa de estas ausencias la señala ella misma el 7 de mayo de 1935 en la escuela de Linares del Acebo, donde anota: “He podido apreciar lo siguiente: de los 28 niños matriculados solo hay presentes en el momento de la visita 8, siendo la asistencia ordinariamente muy irregular por dedicar a los niños al trabajo del campo y a cuidar el ganado”. El problema se agudiza en julio, mes de la hierba; el 1 de julio visita Jarceley, donde hay 40 matriculados, y ese día “no hay ningún niño, están dedicados a las faenas del campo”, y lo mismo sucede al día siguiente en la escuela de El Pládano. Por eso, en sus visitas, insta a los maestros a que fomenten la asistencia de sus alumnos a la escuela.

En las escuelas los maestros no eran todos iguales. Había maestros propietarios y maestros interinos, había mujeres y hombres. Unos empleaban métodos de enseñanza modernos y otros estaban anticuados para el modelo de enseñanza que propugnaba Teresa. Algunos maestros estaban muy comprometidos con la instrucción pública que propiciaba el Gobierno de la República. Teresa Rodríguez nos da los nombres de todos ellos. En total menciona a 72 enseñantes, de los cuales 46 son maestros y 26 maestras.

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Carnet de identidad de inspectora de 1ª enseñanza de 1935, libreta de notas y tarjeta de visita de Teresa Rodríguez Álvarez. Col. de Luis M. Rodríguez Sánchez.

Las notas de su libreta terminan el 1 de julio de 1936. Comenzaban las vacaciones de verano. El curso siguiente iba a ser muy diferente, porque el 18 de julio todo aquel universo escolar iba a estallar por los aires, y con el golpe de estado del general Franco aquel sistema educativo desaparecerá. También desaparecerán muchos de aquellos maestros que visitó Teresa Rodríguez. Gracias al libro de Leonardo Borque López, La represión violenta contra los maestros republicanos en Asturias (Oviedo, KRK Ed., 2010) y a otras informaciones, sabemos el triste destino de algunos de ellos. Celso García Rodríguez (natural de Sotrondio), maestro de Llamas del Mouro en 1935; Ceferino Farfante Rodríguez (natural de Besullo), primo de Teresa, maestro en Cangas en 1936 y Vicente Bosqued, maestro de Bergame en ese mismo año, fueron ejecutados por los franquistas. Juan Almeida Rabal, maestro de Carceda, de ideas conservadoras, fue asesinado en Porley en 1937. Manuel Pérez Rodríguez, maestro de Tebongo, fue condenado a 20 años de cárcel por sus ideas republicanas y murió en el penal del Dueso. Bernardino González García (natural de Viveiro, Lugo), maestro de Carballedo en 1935 y de la escuela de Cangas en 1936, fue condenado a pena de muerte, que le fue conmutada. María Dolores González, maestra de El Pládano; José Granell (natural de Rocafort, Valencia), maestro de Gedrez en 1935 y de Cibuyo en 1936, y otros muchos más fueron inhabilitados durante algún tiempo para el ejercicio de la enseñanza por ser maestros de la República. Celso López Rodríguez, maestro de Limés en 1935 y de Araniego en 1936, marchó en 1937 para Rusia acompañando a un grupo de “niños de la guerra”.

El paso del tiempo ha convertido aquella pequeña libreta de notas de Teresa Rodríguez en  testigo de una etapa muy importante en la promoción y difusión de la instrucción pública en el concejo de Cangas del Narcea.

Al abogado Florentino Quevedo Vega

Florentino Quevedo Vega, abogado.

En la sede del ilustre Colegio de Abogados de Oviedo, tuvo lugar el acto protocolario para la imposición de la Cruz de San Raimundo de Peñafort que, en el pasado mes de agosto, el Ministerio de Justicia le concedió al abogado de Cangas del Narcea Florentino Quevedo Vega, lo que me lleva más allá de una razón de amistad personal, con la cual me honra, a escribir unas líneas breves pero llenas de afecto personal, con que sumarme al reconocimiento público de este buen amigo y enorme letrado. Dígase que aquélla es la distinción otorgada por el Ministerio de Justicia para premiar sobremanera los servicios prestados por los funcionarios de la Administración de Justicia, los miembros de las profesiones directamente relacionadas con ella, y cuantos otros hayan contribuido en su estudio y aplicación al desarrollo del Derecho, sin nota alguna oficial desfavorable en las actividades jurídicas desempeñadas.

Viene esta importante distinción, bien merecida en este caso, precedida de otros recientes reconocimientos profesionales, de los que algunos medios se han hecho eco, señaladamente el periódico La Nueva España. Digo merecida y no creo equivocarme en el caso de Quevedo Vega, ya que en una época como la que nos ha tocado vivir, de éxito en ocasiones fácil y embriagador, a veces conseguido por puro azar o sin mérito reseñable, Quevedo es rara avis en cuanto ejemplo vivo y bien elocuente de hombre hecho a sí mismo, que procedente de una familia humilde de la vecina Galicia, con enorme vocación, espíritu de sacrificio, saber hacer y energía poco común, ha alcanzado un reconocimiento profesional en el mundo del Derecho y, en concreto, de la abogacía más que notable y que le permiten aún hoy, a sus envidiables 91 años, continuar trabajando con un entusiasmo casi juvenil, lo cual debiera servir de estímulo y acicate a aquellas generaciones más jóvenes que buscan hoy, en un entorno social y profesional sin duda muy difícil, su porvenir profesional.

Si bien el Derecho, a través de la abogacía ha marcado la vida profesional de Quevedo, su formación fue originariamente otra muy distinta, ya que, como recordarán muchas personas con mayor experiencia vital que yo, ejerció muchos años ese noble oficio de maestro de escuela llegando a ser ya a finales de los años cuarenta, muy joven por tanto, director de colegio (Nuestra Señora del Carmen). Estudió la carrera de Derecho que simultaneó con el trabajo anterior, habiendo dado clases a varias generaciones de cangueses. Fue asimismo procurador durante nueve años, lo que le permitió conocer los entresijos de la burocracia judicial, como antesala privilegiada para su posterior e inmediata dedicación a la abogacía, que ya no abandonaría hasta hoy, durante prácticamente cincuenta años ininterrumpidos.

Seguramente algunos no sabrán que además, entre tanta ocupación, a Quevedo le dio tiempo a obtener el grado de doctor en Derecho, que lo llevó a, tras varios años de intenso estudio y dedicación al tema, culminar su tesis, publicada después bajo el título de «Derecho español de minas». Esta obra que viene con frecuencia citada entre la bibliografía específica en la materia, tuvo el indudable mérito de abordar sistemáticamente o en conjunto la general problemática jurídica que el Derecho minero planteaba, como rama del ordenamiento, haciéndolo Quevedo además con unos mimbres en la literatura anterior muy rudimentarios.

El doctorado fue una credencial sin duda excelente con la que Quevedo inicia su posterior y exitosa andadura profesional, principalmente aunque no sólo, en el asesoramiento de empresas mineras, algunas de las más importantes a nivel nacional en el sector carbonífero y que continuará ejerciendo al momento actual. No puedo dejar de reseñar que esta obra ha sido en alguna ocasión injustamente tratada, por opiniones cuando menos poco informadas. Huyó Quevedo, al encarar la temática de su tesis doctoral, de elegir un tema fácil o que estuviera previamente trillado en la doctrina anterior. Este libro de Quevedo ha sido valorado más ponderada y justamente en otros lugares importantes, y a título de ejemplo puedo mencionar que no hace mucho, en los Anales de la Real Academia de Jurisprudencia y Legislación, nº 37, de 2007 (Madrid), en un trabajo del eximio Díez-Picazo, catedrático de Derecho Civil de la Universidad Autónoma de Madrid, ex magistrado del Tribunal Constitucional y, sobre todo, maestro de una importante escuela de juristas, se refiere al libro de Quevedo en términos elogiosos. O en la más prestigiosa revista científica española de Derecho público, la Revista de Administración Pública, en un extenso trabajo de quien quizá sea el mayor especialista español en Derecho minero, Isidro Arcenegui, que, si no yerro, cita hasta siete veces a Quevedo Vega al abordar diversos aspectos del Derecho de minas.

El doctorado, que le abrió las puertas de una especialidad profesional, la continuada luego y nunca interrumpida experiencia práctica en dicho campo, con su personalidad abierta y autodidacta, lo acreditan como uno de los mayores especialistas a nivel nacional en Derecho minero.

Por todo ello, por ser ejemplo de laboriosidad sin desfallecimiento, por su buen hacer profesional, por su compañerismo, es una distinción oficial del todo merecida, que agranda la ya exitosa trayectoria profesional de Quevedo Vega como abogado, y llena de satisfacción y celebramos cuantos lo conocemos y queremos.

¡Felicidades, Quevedo!

Florentino Quevedo, 90 años y continúa al pie del cañón

Florentino Quevedo Vega. Foto de Pepe Rodríguez (lne.es)

Una vez que el Gobierno de España, ha anunciado la reforma del sistema de pensiones comtemplando el retraso en la edad de jubilación, se ha abierto la caja de los truenos y, ha dado paso ahora a un debate que se presenta tenso. Pero, si hay alguna persona en nuestro entorno a quien este debate no le va a ocupar mucho tiempo, esa persona es nuestro socio D. Florentino Quevedo.

El abogado Florentino Quevedo Vega, experto en el asesoramiento a empresas mineras, nace el 11 de marzo de 1919 en Mones, pueblo perteneciente al ayuntamiento de Petín de Valdeorras y a la provincia de Orense (Galicia), y lo hace en el seno de una modesta familia, quedando huérfano de padre cuando contaba tan sólo 13 meses de edad.

Gracias a las becas estudia Magisterio, carrera que le trae a Cangas del Narcea en 1940 como maestro en prácticas. Cuatro años más tarde pasa a la condición de profesor interino y, enseguida, logra la plaza fija en el grupo escolar en el que ejercía, del que llega a ser director, cargo que no abandonaría hasta 1981. Pero como quiere ser abogado, Florentino, que compatibilizaba la dirección del centro con el trabajo de procurador de los tribunales de justicia desde 1948, estudia en sus ratos libres Derecho, carrera que termina en 1961, año en que ya comienza a ejercer como abogado, por lo que abre bufete en Cangas. Doctorado en Derecho en 1963, en 1964 publica lo que había sido su tesis doctoral en un libro de dos tomos: Derecho Español de minas, tratado teórico-práctico, materia en la que es un auténtico experto. Tras unos primeros años como letrado en los que aborda abundantes y diversos asuntos, que nunca dejaría del todo, acaba especializándose en el asesoramiento a empresas mineras radicadas en una comarca ligada a la extracción del carbón, de la que forma parte fundamental Cangas, que es donde desarrolla la mayoría de su trabajo, aunque también se desplaza por diversos motivos profesionales a otras localidades, entre ellas Oviedo y Madrid.

Florentino Quevedo es un ejemplo de extraordinaria laboriosidad, que, pese a haber superado los 90 años, continúa al pie del cañón.

FUENTE: www.VivirAsturias.com

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Ánxeles custodios

Dalgunos alumnos del Institutu de Cangas del Narcea que facían la ruta de Soutu la Barca nos primeros años setenta. Foto: Javier García

Lo que podía ser un grave accidente de coche, resuélvenlu de manera inesperada unos escolinos camín del institutu

Por Antón García en La Nueva Quintana (LNE)

A les nueve menos cuartu de la mañana la carretera que llevaba a Cangas víase blanca. Aquella nueche de xineru cayera una xelada que dexara escarchaos los árboles, les mates, les sebes y l’asfaltu. L’autobús, un Pegaso enllenu d’estudiantes, avanzaba despaciu, como si unes manes invisibles fueren delantre tantiguando’l terrén. Nun había plaques de xelu, anque nun se podía ún esfotar no que se topara na curva siguiente. Los que diben falando nun llevantaben muncho la voz. El viaxe de vuelta, a la tarde, solía ser ruidosu, cola xente de pies pel pasiellu o arrodiyaos nos asientos pa charrar colos d’atrás.

Un día que volvíemos n’animada parola, al llegar a les curves de La Paloma, ente Pilotuertu y La Florida, desapareció Andrés Vence de xunto a nós como si unos extraterrestres lu abducieren (palabra que daquella desconocíemos) o como si lu llevara’l sumiciu: la puerta na que diba respaldáu, de pesllera manual, abrióse al tomar una curva, botólu fuera, y volvió a zarrase tan rápido que nun nos dio tiempu a echalu de menos. Por suerte Arturo, que lu tenía delantre les narices, reparó en que yá nun taba y dio la voz d’alarma. Los que viaxaben atrás dixeron entós qu’acababen de ver pasar dalgo pel aire. L’autobús paró, y toos pudimos endilgar allalantrones, na última curva, al probe Andrés tiráu en suelu, qu’aterrizara na cuneta. Quitando’l sustu, nun-y pasara nada.

Tovía vivía Franco, eso seguro, y faltaríen-y dos o tres años pa morrer. Díbemos a estudiar a Cangas. Non al conventu Courias, sinón al institutu, que taba na Veiga, xunto al mercáu; ente’l cuartel de la Guardia Civil, la casa socorru y la báscula. Nun sé por qué díbemos a Cangas, porque Soutu la Barca pertenez a Tinéu y esta villa quedábanos a la mitá’l camín. Pero daquella nun taba organizáu’l tresporte escolar, y yera la empresa que tenía la central térmica, Unión Eléctrica Madrileña, la que nos ponía un autobús d’Alsa pa dir y venir de Soutu a Cangas. A los de Tuña, dos o tres nenos fíos de «productores» que teníemos que facer cuatro kilómetros más de viaxe, venía buscanos un coche d’empresa cada día pela mañana, y a devolvenos, de parte tarde. Per bien de tiempu foi un Dodge que conducíen Quildán, Mino o José’l de Calabazos.

Yá en Soutu garrábamos l’autubús, a veces onde tuvo la bolera (nel solar de lo qu’enantes foran los bares de casa Jorge y de Peliz), a vegaes arriba, nel Pobláu. La empresa arrasara’l vieyu Soutu medieval y llabrador pa construir la central térmica, llevantando na rimada’l monte un pueblu nuevu y artificial con dos barrios estremaos y profundamente clasistes: los Bloques, abaxo, que yeren pisos pa los obreros, y el Pobláu, arriba, xalés p’alministrativos y oficinistes. Les cases enllenárense de xente de fuera d’Asturies, gallegos, castellanos, estremeños, lleoneses y munchos senabreses, abondos cola ferida de Ribellagu (Ribadelago de Franco se llamaba oficialmente, un pueblu arrasáu al reventar la muria d’un embalse) tovía fresca.

Pero aquel día fríu, de la que díbemos pa clase, tan ceu, yera ún d’esos nos que nun había munches ganes de falar y a lo más que se llegaba yera a que los futboleros repasaren los resultaos del domingo, porque yera llunes. Entamóse una parolada, pero de sópitu, enantes de qu’acabara, toos callaron. Una moza dixo que pasara un ánxel. Sentíase’l runfíu del motor. Díbemos arrebuyaos nos abrigos, porque la calefacción del autocar empezaba a dar calor cuando yá llegábemos a destín.

Naide acabara de despertar ainda. El coche yera un espaciu mixtu, que compartíemos rapazos y rapaces d’ente doce a dieciocho años. Tenía importancia la conxuntura d’edaes y de xéneros, porque la enseñanza daquella taba rigurosamente separada por sexos y los sitios d’atopada o de convivencia habitual ente nenos y nenes yeren escasos y había que los aprovechar. Yera lo que facíen los mayores, mozos y moces, que se sentaben p’atrás y cortexaben como podíen.

Alcuérdome bien de los cardaos de dalgunes d’estes rapaces, melenes alleonaes enllenes de laca, de les maxi-botes con tacones de plataforma y de les minifaldes. Otres empezaben a participar na so particular revolución sexual y diben ensin sostén y con botes camperes. Nun puedo asegurar si dalguna diba o non ensin bragues. Los más pequeños, que nos sentábemos p’alantre por imperativu de los mayores, limitábemonos a tomar nota. Amás de los guajes de Tuña y de Soutu, l’autobús diba recoyendo xente pela carretera: Pousada, Pilotuertu, Xavita, Ounón, Tebongu, San Pedru, Courias…

Naquellos años nun había munchos coches circulando, si acasu los camiones qu’acarretaben carbón de les mines de Cangas pa la térmica de Soutu o los coches «de llinia», tamién d’Alsa, que facíen rutes regulares de viaxeros. Pero a aquella hora tan temprana, cola xelada enriba, tovía había menos tránsitu qu’otres vegaes. Yá pasáremos Tebongu, y tábemos llegando a la Ponte l’Infiernu, esa parte de la carretera na que’l valle estrecha, les curves fainse más zarraes y el Narcea queda abaxo, cortáu a picu. El ríu baxaba de baramonte, porque taba siendo un hibierno de muncha agua y abondu fríu. Nun sé si esa parte del camín se llama El Rachón, pero sé que queda al pie d’El Puelu y que ye una zona abesida.

Díbemos tovía más despaciu, mirando maraviaos los cristales de xelu qu’anubríen les cañes de los árboles y les paredes de los sucos, cuando un coche escuru y grande asomó rápido como un rellampu na curva de delantre y vímoslu facer un remosquete, como si nun esperara un autobús ellí y s’asustara. Nosotros paramos de sutaque, arimaos a la drecha, pegaos al sucu, ensin problema, y la caterva guajes que viaxábemos llevantamos el culu y la cabeza pa ver qué pasaba. El nuesu xofer echó’l frenu mano mientres soltaba un cagamentu y se tiraba fuera del coche. Na carretera, al llau del autocar escolar, un impresionante Chevrolet Impala negru, brillante, matrícula de Madrid ochocientos y picu mil, banciaba peligrosamente sobre’l ríu: les dos ruedes de la esquierda nel asfaltu, les dos de la drecha nel aire, sobre’l Narcea. El que conducía, poco dueitu, pisara’l frenu al ver l’autobús y el coche esguilara na carretera xilada, estrechina, y quedara como pensando si siguir viaxe o si dexase cayer pal ríu.

Los que primero reaccionaron fueron los mayores, que siguieron los pasos del nuesu xofer: abrieron les puertes del autobús y salieron atropellándose unos a otros. Detrás fuimos tolos nenos, más grandes y más pequeños. Les moces non, quedaron toes dientro, mirando a través de los cristales. Cuando nos averamos al Chevi, que ye como-y dicíen a aquella marca d’automóviles americanos los que la conocíen, pudimos ver el miedu instaláu dientro del coche. Dende la mio perspectiva de nenu de doce años, dos homes mayores, bastante vieyos, taben sentaos alantre, con traxes y corbates. Dos muyeres mayores, vieyes tamién, mui puestes, diben atrás, maquillaes y rubies, enxoyaes con collares de perles, pulseres d’oru, pendientes grandes y guapos y abrigos de pelleya caro.

Dalguién d’ente nós mandó a voces qu’echáramos mano al coche, y toos garramos per onde había sitiu. Cuando yá nun había onde poner la mano, enganchamos pela ropa al guaje que teníamos delantre. Quiciabes el mesmu que diera la voz abrió la puerta del conductor y mandó-yos que fueren saliendo. Sentimos que de dientro’l coche s’arramaba un arrecendor curiosu, una mecedura de los puros que debíen fumar los homes y del perfume delicioso qu’usaríen les muyeres. Pero dientro d’aquel Impala naide se movía, los cuatro pasaxeros taben paralizaos pol miedu, y los dos que quedaben pal llau del ríu, igual un matrimoniu, miraben de rebisgu, ensin atrevese a volver del too la cabeza, p’aquella agua que corría brava cuatro o cinco metros per baxo d’ellos. Volvieron a pidi-yos que salieren, pero tampoco dientro del coche hubo reacción nenguna. Taben mudos y blancos, la vista perdida al frente.

Entós sentí que la puerta que dalguién abriera volvía a pesllase, sentí la mesma voz mandando agora que tiráramos, primero de delantre, y como si fuera una maniobra habitual vi cómo’l Chevrolet Impala negru, con un par de llinies horizontales blanques y matrícula de Madrid, se llevantaba un poco pel aire, pordicir que nada, y nun par de tirones posaba les dos ruedes de delantre nel asfaltu. «Agora detrás», dixo otra vuelta la mesma voz, y un montón de manes xuveniles garraes a la defensa, a los baxos, a la rodera, a les maniyes… tiró a la vez y el coche, n’otros tres ximielgones, quedó posáu mansamente na carretera, como si nunca pasara nada, aviáu pa siguir un viaxe que parecía llevar lloñe a aquella xente.

El nuesu conductor abrió la puerta del Chevi y el golor dulce del so interior volvió a arrodianos. Sorrió a aquelles cares pálides y asustaes de los viaxeros, díxo-yos: «Ide polo briao» y zarró ensin qu’ellos gurgutaren palabra, ensin que miraren pa nós siquiera. Aquella caterva nenos volvimos estropiellaos a subir al autocar, corrimos a sentanos nos mesmos sitios qu’acabábamos de dexar y a atotanos na ropa d’abrigu. El Chevi continuaba quietu nel sitiu que lu dexáramos, onde los pasaxeros siguíen mirando al frente, como si volver la cabeza fuera a desequilibrar el coche y facelu apilar.

L’autocar arrancó. Namás perdiéramos dos o tres minutos, nin tan siquiera llegamos tarde a clase. Naide comentó nada. El restu del viaxe ficímoslu callaos, como si pasara un ánxel. Como si acabaren de pasar unes docenes d’ellos.

Inaguración del instituto y homenaje a D. José Flórez Sierra

Cangas del Narcea. Vista del Instituto de Enseñanza Media en construcción, 1968. Colección: Juaco López Álvarez

El Instituto de Enseñanzas Medias de Cangas del Narcea fue construido siendo gobernador civil y jefe provincial del Movimiento de Asturias, don José Manuel Mateu de Ros, rector de la Universidad de Oviedo don José Virgili Vinadé, y alcalde presidente de la corporación municipal de Cangas del Narcea don José Flórez Sierra. Fue inaugurado el 24 de abril de 1969 con la visita a Cangas del gobernador civil y ese mismo día se le hizo un homenaje al alcalde de la época don José Flórez Sierra.

En las imágenes cedidas por el socio José María Barrero Flórez podemos ver la llegada del gobernador civil a Cangas, concretamente fue recibido por las autoridades de la época en el Corral. Paseo por la villa hasta la entonces Colegiata de Stª María Magdalena y posterior bajada a la Vega para inauguración oficial del Instituto. Posteriormente la comitiva se desplaza al colegio Alejandro Casona y después a la Casa Consistorial donde le hacen entrega de distintas medallas al alcalde cangués D. José Flórez Sierra. Para finalizar comida del homenaje donde podemos reconocer a muchos cangueses.

La música del vídeo ha sido añadida por el webmaster del Payar con la única finalidad de dar algo más de realce a las imágenes. La foto que encabeza este post es del año 1968 con el instituto en construcción, está incluida en el álbum de fotos de la Villa y pertenece a la colección de Juaco López. Nuestro agradecimiento a José María Barrero, gerente de las gasolineras Flórez Sierra, S.L. y nieto del homenajeado, por facilitarnos este inédito documento.