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“El coche de Cangas de Tineo” en 1895

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“Coche de Cangas de Tineo”, en Trubia, hacia 1895.

En la segunda mitad del siglo XIX se construyen las primeras carreteras por el suroeste de Asturias y con ellas llegó el transporte en coches de caballo o diligencias. Hasta entonces el transporte de personas y mercancías se hacía por caminos reales, por los que se transitaba en carros de vacas o bueyes, en caballería o caminando.

Las diligencias que hacían el trayecto de Oviedo a Cangas del Narcea, por Salas, La Espina y Tineo, eran de la empresa “Diligencias Maurines y Cia.”, de Oviedo, que en los últimos años del siglo se unió a “Horga. Servicio de Carruajes”, formando la sociedad “Maurines, Horga y Cia.”. A comienzos del siglo XX esta compañía dejará el servicio de viajeros con tracción de sangre por automóviles de la casa Dion Bouton, de París.

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Reverso de la fotografía con el texto: “Coach for Cangas de Tineo”.

Los carruajes tenían cuatro ruedas, y capacidad para cuatro viajeros en el interior y otros fuera, en el cupé. En la villa de Cangas del Narcea paraban en la plaza de La Refierta (hoy, plaza Mario Gómez) y los billetes se vendían en la fonda de Venancio López Álvarez. Además de personas y mercancías, estos coches transportaban el correo. La concesión de este servicio público era una garantía para el mantenimiento de este servicio, porque el número de viajeros era tan pequeño que a veces no compensaba a las empresas. En 1895 la conducción del correo desde Cangas a Oviedo y viceversa estaba en manos de los siguientes socios: Adolfo Álvarez Fernández, de Oviedo; Joaquín Horga, vecino de Santander y residente en Oviedo; Ladislao Menéndez Bernardo, de Salas, y el mencionado Venancio López Álvarez, de Cangas del Narcea, que eran dueños de dos tiros o mulas cada uno.

La fotografía de este “coche de Cangas de Tineo” tirado por ocho mulas, fue hecha por un viajero inglés, seguramente un ingeniero de minas, en Trubia, hacia 1895.

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Sergio Baragaño finalista del concurso internacional «Building of the year»

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El arquitecto Sergio Baragaño Cachón (Oviedo, 1975)

La sede de la Fundación Metal en Avilés es finalista en el concurso de la web de arquitectura más prestigiosa del mundo: Archdaily, que otorgará en unos días los premios «Building of the year» (Edificio del Año). La obra del asturiano Sergio Baragaño Cachón (Oviedo, 1975) compite con otros cuatro finalistas en la categoría de Arquitectura Industrial, entre los que se encuentra la prestigiosa firma Foster+Partners con su centro de producción de McLaren.

La web fue seleccionando a lo largo del año pasado [2011] diferentes proyectos de todo el mundo, y luego por votación popular se eligieron los cinco finalistas en cada sección de entre más de 3.000.

Entre las obras de Sergio Baragaño, que es hijo de nuestros socios Juan Ignacio Baragaño Quirós y Carmen Cachón Antón,  destacan:

  • Tinglados en el Puerto de Avilés [Asturias] 2006-2008. Seleccionado Bienal X de Arquitectura Mención. Finalista Premios Ateg.
  • Terminal de Cruceros en el Puerto de Bilbao [Vizcaya] 2010-2011. Primer Premio Concurso Internacional de Arquitectura.
  • Fundación Metal en Avilés [Asturias] 2007-2011. Finalista premios «Building of the year».
  • Estación Marítima Puerto de Gijón [Asturias] 2010

Entre las obras en proceso reseñar:

  • Reforma y Ampliación Centro de I+D+I ArcelorMittal Avilés [Asturias] 2010-2011
  • Viviendas Crecientes [Angola] 2009
  • Estudio de Grabación y Viviendas para músicos en Las Regueras [Asturias] 2011

Principales concursos en los que ha participado:

  • Terminal de Cruceros en el Puerto de Bilbao [Vizcaya]. Primer Premio.
  • Nuevo Ayuntamiento de Mieres [Asturias]. Finalista.
  • Ayuntamiento de Ares del Mestre [Castellón]. Mención.
  • Reforma Plaza de Toros de Palencia.  Mención ?nalista.
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Sede de la Fundación Metal Asturias, en Avilés.

Su estudio, [baragaño], está en Madrid desde hace dos años, tras un periodo anterior en Valencia y una trayectoria anterior trabajando para Arcelor Mittal. «El futuro de la arquitectura está fuera, la profesión está congelada en España», reconoce. Su estudio está buscando ahora nuevos campos de trabajo, en países como Finlandia, Brasil y China.

Tanto en el edificio de la Fundación Metal como en buena parte de su obra, la industria es el campo de batalla de Sergio Baragaño. «Tengo mucho interés personal por este mundo, quizá por la tradición de Asturias; siempre me ha llamado la atención». En su estudio han acuñado el término «romanticismo industrial» que incluye su obra en Avilés y que supone una reflexión sobre los límites de la industria. «Pensamos en los límites físicos y conceptuales, interviniendo en áreas portuarias, en zonas postindustriales, en los límites, bien sean ciudad-industria, ciudad-mar, mar-industria. Allí es donde nos sentimos cómodos, cerca de los contenedores, de las vías de tren, de las grúas y chimeneas. Lugares con reminiscencia al paisaje de mi infancia, a arquitecturas siempre referente, como las de Vaquero Palacios y Álvarez Castelao».

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El Narcea, el río del oso

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Mario Gómez, escribía en La Maniega nº 36 de enero-febrero de 1932 que había que darle otra vuelta al nombre del Narcea ya que de su etimología había aún muchas dudas. Nuestro fundador reconocía no saber si sería una acierto o no lo que iba a contar pero, no obstante, se apuntaba cuatro tantos.

Resulta que tomando notas del apellido García, en ellas vio los nombres ibéricos de Arcius, Arciana, Arcea, Horse, Arceiz, Garsea, todos con el significado de oso, traduciéndolo así del éusquero. Teniendo en cuenta que la raíz nar significa río, corriente (agua que fluye), el nuestro pudo haber sido Nar-garsea, Nar-arsea, Nar-arcea, con el significado de río del oso o de los osos.

Cuando en el batir de estas aguas vuelven a sonar hoy día rugidos de esas fieras, mucho más frecuentes en los años que Mario Gómez llegaba a esta conclusión, puede calcularse las que habría en los siglos prehistóricos y que justificarían el nombre.

Puenticiella / Ponticiel.la

En el suroccidente de Asturias se encuentra este precioso rincón llamado Puenticiella o Ponticiel.la. Pertenece a la parroquia de Limés, en el concejo de Cangas del Narcea, y se encuentra a 5 kilómetros de la villa de Cangas en la carretera que conduce al Puerto de Leitariegos.

INVIERNO 2009

INVIERNO 2012

Fuente: BSG. MEDIA

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Félix Mª Villa o la “voluntad inquebrantable” de hacer el Hospital-Asilo de Cangas del Narcea

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Vista del Hospital-Asilo fundado por Félix Mª Villa en El Corral, Cangas del Narcea, h. 1915

Si hay una institución que ha cumplido una labor asistencial en nuestro concejo para los enfermos y ancianos pobres, esa es el Hospital-Asilo de “San José”, que se inauguró el 16 de agosto de 1880 en el barrio de El Corral, en un promontorio ventilado y tranquilo, situado sobre el río Narcea.

En una descripción de la villa de Cangas del Narcea publicada el 1 de septiembre de 1882 en el periódico El Occidente de Asturias se dice:

“Hay también desde hace dos ó tres años un Hospital para enfermos pobres con su cementerio y capilla, debido á la iniciativa y á la voluntad inquebrantable de un caballero de esta villa y al auxilio que le han prestado algunas piadosas señoras de la misma”.

El nombre del “caballero” y de las “piadosas señoras”, así como el relato de las circunstancias que trajeron consigo la fundación del Hospital, los ofrece Ángel Martínez de Ron, “Amader”, en 1930:

“[…] Un pobre desvalido y enfermo, no teniendo dónde albergarse, se metió en el portalón de [la casa de] Velarde [en la calle Mayor], y allí le encontraron muerto. Este triste suceso causó una impresión de dolor tan grande en Cangas, que en seguida varias señoras, entre las cuales estaban doña Antonia, esposa de don Marcelino Rodríguez Arango, regente que había sido de la Audiencia de Barcelona; doña Candelaria García del Valle, doña Cristina y doña Carolina Meléndez de Arbas y doña Dolores Flórez de Sierra, caritativas y protectoras de los pobres, se reunieron para ver si encontraban el medio de evitar escenas tan lamentables auxiliando a los necesitados. Al efecto comenzaron a pedir limosnas en todas partes; acudieron a varios señores, encargándose al fin, el filántropo don Félix Villa de poner en práctica lo que se proponían, meditando el asunto, formulando planes, pensando cómo había de obtener lo que era necesario y acudiendo a la Diputación, a los Ayuntamientos, a los particulares y hasta a su peculio particular para conseguir hacer un pequeño hospital. Desde la primera piedra del edificio hasta verlo terminado no se apartó de allí, pasando el calvario que en tales casos se sufre, siempre por las dificultades que a cada momento se presentan. La fundación del hospital fue de inmenso beneficio y de prestigio para Cangas” (“Recuerdos de antaño”, La Maniega, nº 24, enero-febrero, 1930).

En efecto, Félix María Villa y Santamarina fue el fundador, promotor y administrador del Hospital-Asilo de San José, cuyo fin era atender y acoger a personas pobres y enfermas, así como a desvalidos. Nuestro benefactor nació en Cangas del Narcea el 2 de septiembre de 1828. Sus padres eran Francisco Manuel Villa, natural de Cangas del Narcea, y Mª del Carmen García Santamarina, de Puerto de Veiga (Navia). Su abuelo paterno, José Villa, era de Pola de Siero y se había establecido en la villa de Cangas hacia 1780, donde se casó con Isabel Pardo.

La profesión que declara Félix Villa en el padrón de 1889 era la de “propietario”, es decir, vivía de las rentas que le daban sus propiedades. Pero además, como también había hecho su padre, trabajaba como administrador de terratenientes que tenían muchas propiedades en el concejo de Cangas del Narcea, pero que no vivían en él. De este modo, fue administrador de los bienes de María Manuela Vázquez Quiroga y Queipo de Llano, de Anselmo Gonzalez del Valle, etc.

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Placa dedicada en 1921 a Félix Mª Villa en el Hospital-Asilo San José, El Corral, Cangas del Narcea

Félix Villa permaneció soltero toda su vida. Tenía tres hermanas y un hermano, Julián María, médico y catorce años más pequeño que él, con el que compartió negocios y que colaboró mucho en el Hospital. Era una familia muy religiosa, que mantenía una estrecha relación con las dominicas del convento de Cangas y con los frailes de Corias. Él fue durante bastantes años presidente de la Congregación del “Corazón de Jesús” de la parroquia de Cangas del Narcea. Murió el 10 de julio de 1908. El 21 de junio de 1910 el Ayuntamiento acordó dedicarle una calle en el barrio de El Corral y en 1921 el pueblo de Cangas le dedicó una placa, que se colocó en la fachada del Hospital-Asilo.

El Hospital, fundado y administrado por Félix Villa, atendió a muchos enfermos pobres, que llegaban en unas condiciones pésimas. Su creación coincidió con unos años de crisis de alimentos en los concejos del suroeste de Asturias, lo que favoreció la extensión de la pobreza y las enfermedades. El establecimiento subsistía gracias a los donativos de particulares, tanto de dinero como de ropa; a las retribuciones que daba el Ayuntamiento de Cangas del Narcea por cada enfermo pobre del concejo que ingresaba en él y a las aportaciones continuas del propio Villa. Para recaudar donativos hacía en la prensa local llamamientos “á las personas piadosas y caritativas, para que se sirvan concurrir con algunas ropas viejas de ambos sexos, sobre todo de la llamada blanca, para vestir a muchos enfermos que casi desnudos llegan a dicho establecimiento” (El Eco de Occidente, 25 de mayo de 1894). En el mismo periódico se les recordaba un mes después a esas mismas personas caritativas: “que no tengan reparo en dar cosas viejas porque todo sirve en un pobre hospital: un pañuelo hecho jirones sirve para limpiar el sudor á un moribundo, y así todo lo demás. Con unas prendas se arreglan otras. También se estima mucho el calzado por malo que sea” (El Eco de Occidente, 22 de junio de 1894).

Desde el primer momento, una de las mayores preocupaciones de Félix Villa fue asegurar el gobierno y, sobre todo, el futuro del Hospital. Para ello era muy importante decidir quien iba a ser su titular. Consultó a algunos amigos “acerca del medio mejor para impedir que mañana los incautadotes se apoderen del Hospital”. No se fiaba del Estado, porque en el siglo XIX había desmantelado, con la Desamortización de los bienes de la Iglesia, muchas instituciones religiosas de carácter asistencial y además desconfiaba de los avatares de la política española, que llegaban hasta las localidades más alejadas. Un amigo, Diego Canto Fernández, le contestó el 4 de enero de 1881 recomendándole lo siguiente:

“En cuanto al Hospital te diré que, para ponerlo a cubierto de la rapacidad revolucionaria, debe ponerse la casa como propiedad tuya o de otra persona de esa villa, y que por tus días se destine a un objeto piadoso, reservándote el derecho de disponer de ella a la hora de la muerte. Después, al hacer testamento, la dejas a otra persona de tu confianza que haga lo mismo”.

Félix Villa solo siguió en parte el consejo de este amigo. Puso el Hospital a su nombre e hizo un testamento donde dejaba como heredera a la Diócesis de Oviedo, pero alguna desavenencia tuvo con el Obispo, seguramente porque consideró que la Iglesia no colaboraba suficientemente con su Hospital, que cambió de opinión y al final, en vida, cedió el Hospital de Cangas del Narcea a las Hermanitas de los Ancianos Desamparados. Esta institución religiosa se había creado en 1873 y tenía su sede central en el Asilo-Noviciado de Valencia, donde residía la Superiora General de la orden, por eso es a ella a la que Félix María Villa cede la propiedad del Hospital de Cangas del Narcea. Ahora bien, la cesión la hace con unas condiciones muy claras, con el objeto de garantizar los fines para los que se creó, que conocemos gracias a un borrador escrito por el mismo Félix Villa y que merece la pena ser leído:

CESIÓN DEL HOSPITAL DE CANGAS DEL NARCEA POR FELIX Mª VILLA A LAS HERMANITAS DE LOS ANCIANOS DESAMPARADOS

Cesión absoluta que hace D. Felix Mª Villa y Santamarina del Hospital Asilo de San José de esta villa de Cangas de Tineo, a la Superiora General de las Hermanitas de los pobres o ancianos desamparados, llamada Sor María de Jesús, residente en su Asilo-Noviciado de Valencia, quien delega para poder efectuar su cometido en Sor Carmen de San Francisco, actual Superiora del Asilo de Ancianos de Oviedo, que aceptará el indicado edificio a nombre de dicha Sra. Al verificar la cesión se expresarán en el documento redactado al efecto (que será una conciliación) las condiciones siguientes:

  1. Que la cesión será absoluta, sin restricción alguna de la propiedad existente del edificio, en la que se incluyen todas sus salidas, huertos y jardín adyacentes, cementerio y pozo, con más las dos casitas que radican en dicha propiedad, formando un perímetro aproximado de 12 áreas y 59 centiáreas.
  2. Que también hace cesión de todos los muebles, ropas y alhajas que en la casa existen, sin otra reserva que un nicho en el cementerio, construido a sus expensas para que sirva al fundador del establecimiento de honrosa sepultura.
  3. Que por cuanto había ofrecido al Prelado de la Diócesis el patronato de la casa con la propiedad de la misma, contando con su protección prometida, a fin de darle desarrollo en sus más perentorias necesidades, las cuales olvidó, desisto por lo tanto en la concesión de tales derechos por verme desasido de compromiso, por más que apareciere en cláusulas de mi testamento.
  4. y última: Que siendo perpetua y para siempre la cesión hecha del Establecimiento a la Institución de las Hermanitas, como se deja descrita, estas o quien las represente nunca podrán enajenar el edificio y demás propiedad adyacente, ni darle otro uso más que el que actualmente tiene, con el nombre de Hospital para los enfermos y pobres y ancianos de la villa de Cangas y su concejo, porque siendo construido para este fin con las limosnas de personas caritativas, no puede hacerse otro uso sin faltar a las leyes de la equidad y justicia. Así mismo, para evitar todo evento en lo futuro y asegurar su existencia, abandonado que fuera de las Hermanitas, que hoy lo poseen, entonces pasará la propiedad al Sr. Cura Párroco de la propia villa de Cangas, al Alcalde de la misma, al Señor Arcipreste del distrito y al Sr. Rector de Corias, para que todos de consuno acuerden lo que mejor convenga para secundar las intenciones del fundador, manifestadas en este documento, cuyo original existirá en el Archivo Municipal de la propia villa de Cangas de Tineo.

Aparta de todo derecho a sus herederos, declarando que el Establecimiento construido pertenece a los enfermos pobres del pueblo y su comarca, por más que haya coadyuvado a su existencia.

Premio Nacional a la Excelencia a los carteros de Cangas del Narcea

Oficina de Correos de Cangas del Narcea en la calle Gabriel Arce (Chapinas) nº 4

Correos ha concedido el Premio Nacional a la Excelencia a la oficina de Cangas del Narcea. Nuestros carteros han obtenido el primer premio entre 217 unidades de distribución que competían a escala nacional en la categoría de unidades con más de 16 carteros.

Este premio galardona a Correos de Cangas de Narcea por emplear de forma eficiente sus recursos, utilizar adecuadamente la información y realizar correctamente los procesos, contribuyendo, con ello, a alcanzar los objetivos fijados.

Sin duda alguna todo un reconocimiento a la labor de los profesionales de la oficina local que recibirán su distinción cuando sean entregados todos los galardones a las oficinas, cartería y centros logísticos premiados en las diferentes categorías.

Desde el Tous pa Tous os enviamos nuestra felicitación y agradecimiento a todos los carteros de Cangas por vuestra profesionalidad.

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La propaganda de don Herminio. Cuatro carteles de la fiesta del Acebo, 1962 – 1978

El gran radiofonista José Luis Pecker en 1970 entrevistando en El Acebo a don Herminio Rodríguez Roces, “el cura del Acebo”, que fue durante más de veinte años gran animador y promotor de este santuario.

Don Herminio Rodríguez Roces fue cura del santuario del Acebo desde 1962 hasta su fallecimiento el 21 de enero de 1985. Era natural del concejo de Siero. Fue un gran dinamizador del santuario. Su objetivo era atraer gente, cuanta más mejor, y para ello utilizó todos los medios de propaganda a su alcance: la prensa, la radio y los carteles anunciadores.

En los carteles anunciaba el programa de las celebraciones e introducía eslóganes con grandes letras: “¡El Santuario del Occidente es el del Acebo!” o “Un Santuario Mariano El Acebo”. Los programas de esos años no se reducían solo al día grande del 8 de septiembre y la novena, sino que duraban dos meses; por ejemplo, en 1967 la fiesta ocupó desde el 30 de agosto al 29 de octubre. Don Herminio era un innovador, y cada año buscaba hacer actividades nuevas y programas atractivos. Durante algunos años organizó el “Día del madrileño en el Acebo”, que se hacía el domingo anterior a la fiesta, y la “Fiesta de las ofrendas y ramos a la Virgen del Acebo”, que se llevaba a cabo el domingo posterior al 8 de septiembre, donde subastaba las ofrendas, a menudo de animales, que hacían los devotos. Para realzar los actos religiosos invitaba al Arzobispo de Oviedo o al Deán de la Catedral, y para animar la fiesta profana traía al Gaitero Mayor de Asturias, a los Campeones de la Canción Asturiana, a grupos de Coros y Danzas de Avilés, Gijón, El Entrego o La Foz de Morcín, además de música del país y grupos locales, como el Son d’Arriba, etc.

En el cartel de las fiesta de 1975 anuncia la celebración del Cuarto Centenario 1575 – 1975. La fecha de 1575 es en la que, según el padre Luis Alfonso de Carballo, ocurrió el milagro de la curación de María Noceda, que trajo consigo numerosas peregrinaciones al Acebo y la expansión del santuario.

Para facilitar la llegada de los visitantes al Acebo en esos días festivos, los carteles también informaban del modo de acceder hasta el santuario, situado a 1.195 metros de altitud. En 1967 se anunciaba el “servicio del Land Rover de Perandones”, que subía desde la villa de Cangas todos los días desde las nueve de la mañana. Asimismo, en 1972 los carteles indicaban la organización para acceder en coche al Acebo durante los días grandes: la subida había que hacerla por la carretera de Carceda y la Pilarina, y la bajada por Robléu de San Cristóbal.

Cartel año 1978Cartel cuarto centenario 1575 - 1975Cartel año 1962Cartel año 1967

Gracias al Depósito Legal, custodiado en la Biblioteca de Asturias “Ramón Pérez de Ayala”, de Oviedo, conocemos cuatro carteles de esos años: 1962, 1967, 1975 y 1978. Todos impresos en Graficas Lux (Oviedo).

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La propaganda de don Herminio. Cuatro carteles de la fiesta del Acebo, 1962 – 1978

El gran radiofonista José Luis Pecker en 1970 entrevistando en El Acebo a don Herminio Rodríguez Roces, “el cura del Acebo”, que fue durante más de veinte años gran animador y promotor de este santuario.

Don Herminio Rodríguez Roces fue cura del santuario del Acebo desde 1962 hasta su fallecimiento el 21 de enero de 1985. Era natural del concejo de Siero. Fue un gran dinamizador del santuario. Su objetivo era atraer gente, cuanta más mejor, y para ello utilizó todos los medios de propaganda a su alcance: la prensa, la radio y los carteles anunciadores.

En los carteles anunciaba el programa de las celebraciones e introducía eslóganes con grandes letras: “¡El Santuario del Occidente es el del Acebo!” o “Un Santuario Mariano El Acebo”. Los programas de esos años no se reducían solo al día grande del 8 de septiembre y la novena, sino que duraban dos meses; por ejemplo, en 1967 la fiesta ocupó desde el 30 de agosto al 29 de octubre. Don Herminio era un innovador, y cada año buscaba hacer actividades nuevas y programas atractivos. Durante algunos años organizó el “Día del madrileño en el Acebo”, que se hacía el domingo anterior a la fiesta, y la “Fiesta de las ofrendas y ramos a la Virgen del Acebo”, que se llevaba a cabo el domingo posterior al 8 de septiembre, donde subastaba las ofrendas, a menudo de animales, que hacían los devotos. Para realzar los actos religiosos invitaba al Arzobispo de Oviedo o al Deán de la Catedral, y para animar la fiesta profana traía al Gaitero Mayor de Asturias, a los Campeones de la Canción Asturiana, a grupos de Coros y Danzas de Avilés, Gijón, El Entrego o La Foz de Morcín, además de música del país y grupos locales, como el Son d’Arriba, etc.

En el cartel de las fiesta de 1975 anuncia la celebración del Cuarto Centenario 1575 – 1975. La fecha de 1575 es en la que, según el padre Luis Alfonso de Carballo, ocurrió el milagro de la curación de María Noceda, que trajo consigo numerosas peregrinaciones al Acebo y la expansión del santuario.

Para facilitar la llegada de los visitantes al Acebo en esos días festivos, los carteles también informaban del modo de acceder hasta el santuario, situado a 1.195 metros de altitud. En 1967 se anunciaba el “servicio del Land Rover de Perandones”, que subía desde la villa de Cangas todos los días desde las nueve de la mañana. Asimismo, en 1972 los carteles indicaban la organización para acceder en coche al Acebo durante los días grandes: la subida había que hacerla por la carretera de Carceda y la Pilarina, y la bajada por Robléu de San Cristóbal.

Cartel año 1978Cartel cuarto centenario 1575 - 1975Cartel año 1962Cartel año 1967

Gracias al Depósito Legal, custodiado en la Biblioteca de Asturias “Ramón Pérez de Ayala”, de Oviedo, conocemos cuatro carteles de esos años: 1962, 1967, 1975 y 1978. Todos impresos en Graficas Lux (Oviedo).

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La calle de Anselmo del Valle (antigua calleja de Reigada)

Algún día tendremos que empezar a escribir en el Tous pa Tous la historia de las calles y plazas de la villa de Cangas del Narcea, y a desvelar la biografía de los personajes que les dan nombre. Ya hemos dado algunos pasos con las biografías de Mario Gómez, José Francisco Uría, el padre Luis Alfonso de Carballo, Alejandro Casona, y los alcaldes José Mª Díaz “Penedela” y Joaquín Rodríguez, pero todavía nos queda mucho por hacer.

Hace unas semanas nos encontramos en el Archivo Municipal, en un libro de actas de las sesiones del ayuntamiento, el acuerdo para poner el nombre de Anselmo González del Valle (La Habana, 1852 – Oviedo, 1911) a una calle de la villa. En realidad, el nombre dado a la calle, que es el que todavía mantiene hoy, fue el de Anselmo del Valle, que era como se le conocía a este filántropo, industrial, músico y modernizador del vino de Cangas. El acuerdo se tomó el 25 de enero de 1891, siendo alcalde José de Llano Valdés, y dice así:

“Acordó asimismo el Ayuntamiento por unanimidad aprobar las obras y gastos hechos en el arreglo de la calleja de Reigada, la cual se llamará de D. Anselmo del Valle por haber cedido una faja de terreno con dicho objeto”.

Detalle del acta de la sesión del ayuntamiento de 25 de enero de 1891 donde se acordó poner el nombre de Anselmo del Valle a una calle de Cangas del Narcea

La calle, para los pocos que no la conozcan, une la calle de La Fuente con La Veiguitina y el río Narcea.

Una de las consecuencias del crecimiento de las urbes es la desaparición del espacio rural circundante y de los viejos nombres de esos lugares; la apertura de calles nuevas trae consigo, en la mayor parte de los casos, nombres nuevos. El nombre de Anselmo del Valle vino a sustituir a otro que hoy ya no recuerda nadie en Cangas del Narcea: la calleja de Reigada.

Calle de Anselmo del Valle en Cangas del Narcea, 14 de febrero de 2012

El nombre de Reigada es probable que viniese de una familia que con ese apellido vivía en el número 22 de la calle de La Fuente. De todos modos, este apellido procede del topónimo La Reigada, que es muy frecuente en Asturias; da nombre a varios pueblos de los concejos de Allande, Tineo, Candamo, Pravia e Illas, así como a otros muchos lugares: La Reigada, por ejemplo, se llaman unos praos en el camino de Besullo a El Pumar de las Montañas. Según Xosé Lluis García Arias, este nombre procede de la palabra latina radix, “raíz”, y en concreto del adjetivo radicatus que significa “enraizado”.

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El Orfeón de Cangas de los años 60

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El Orfeón en el Teatro Toreno

La afición por la música coral en Cangas del Narcea no tuvo su primera manifestación en el nacimiento de la actual Coral Polifónica. Con anterioridad, otras agrupaciones, más o menos estables, canalizaron el gusto por el canto con actividades casi siempre ligadas a los actos litúrgicos de la iglesia parroquial.

Así, en La Maniega, Boletín del Tous pa Tous, se recoge en un número del verano de 1927 una actuación del Orfeón durante las fiestas del Carmen. El cronista anónimo, después de destacar su actuación, escribe lo siguiente:

“¿Y qué diríamos del Orfeón? Pues del Orfeón diríamos que su director, don Lorenzo Menéndez, nos presentó un conjunto agradable de voces que cantaron muy bien, teniendo que repetir algunas canciones, y que estaban muy monas las orfeonistas Pilar Castrillón, Carmina Tejón, Esperanza Tejón, Marina Queipo, Remedios Pertierra, Alicia Rodríguez Magadán, Adela Avello, Olvido Rodríguez, Matilde Collar, Victoria Rodríguez, Mercedes Fernández, Carmina Rodríguez, Lucía Rodríguez y Cristina Rodríguez.”

Ahora bien, de entre todas las agrupaciones musicales antecesoras a la actual Coral Polifónica de Cangas del Narcea destaca el Orfeón dirigido por don Juan José Uráin.

El nacimiento de esta agrupación coral está ligado a la llegada a Cangas del Narcea del mencionado don Juan José Uráin Macazaga, un vasco nacido el 5 de enero de 1925 en Deva (Guipúzcoa), que fue destinado a nuestra villa como director de la Banda de Música en 1957. Desde entonces reside entre nosotros.

Juan José Uráin había desarrollado su preparación musical primero bajo la tutela de su padre y con posterioridad en el Conservatorio de San Sebastián, donde completó sus estudios de piano y órgano. Ejerció como director de la Banda hasta febrero de 1968, cuando al desaparecer ésta quedó en situación de excedencia forzosa.

Al poco tiempo de llegar a nuestra villa y por iniciativa de varios cangueses surgió la idea de crear un Orfeón con el fin de dar realce a las fiestas más importantes del año: Semana Santa, el Carmen, la Magdalena y Navidad. Eran tiempos en los que la actividad minera estaba en pleno auge, abundaba el trabajo y el buen ambiente; fue una época de gratos recuerdos para los cangueses que la vivieron.

La vida del Orfeón se prolongó durante los años 60 y su desaparición tuvo lugar en torno a 1969. Las causas del fin de sus actividades fueron las habituales en este tipo de conjuntos: desmotivación, envejecimiento de los componentes, falta de participación de los jóvenes, etc.

El Orfeón estuvo siempre muy ligado a la iglesia parroquial, colaborando con ella desinteresadamente. El repertorio era básicamente de carácter popular y religioso: Misas de Perosi, de Pío X, etc.

El Orfeón nació como una agrupación exclusivamente masculina, ya que se enfocó como una actividad realizada por un grupo de amigos. Más adelante se decidió incorporar voces femeninas. Los ensayos tenían lugar entre las sillas de la iglesia, ya que por aquel entonces no disponía de bancos. En aquella época la silla de la iglesia había que pagarla. Los que tenían reclinatorio propio no echaban el perrón en el cepo, que llevaba un candado para preservar de tentaciones a los monaguillos, pero los demás feligreses debían hacerlo.

Con motivo de la celebración del Corpus, don Dositeo, párroco de Cangas en aquellos años, invitaba a todos los coristas a vermut y pasteles en la Confitería de Milagros, y en época de novenas, a pasteles y vino de misa en la propia sacristía de la iglesia.

Un componente del antiguo Orfeón continúa hoy cantando en la Coral Polifónica: Mª Loli.

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El Orfeón en el Club al principio de la década de los 60.

Un testimonio de cómo en Cangas se dieron siempre la mano música y gastronomía es la reseña periodística de Carlos Graña Valdés en un diario de la época (1960), que al hablar de la celebración de la festividad de Santa Cecilia concluye así: “Finalizaron los actos con una comida de hermandad en una fonda que tiene fama de presentar menús apetitosos y facturas moderadas”. Eran otros tiempos. Tiempos en los que abundaban las cenas en casa Juacona, en casa Benjamín de Corias o en el Club.

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Lorenzo Menéndez Alonso y su grupo musical en 1935

Recuerda don Juan José Uráin la afición que siempre hubo en Cangas por la música de banda y el canto. Destaca especialmente la labor realizada por don Lorenzo Menéndez, cangués, que fue durante muchos años motor del movimiento musical en nuestra localidad.

Cuando el señor Uráin llegó a Cangas existía una Asociación o Congregación de las Hijas de María dirigida por Mari Paz Menéndez, que cantaba por el mes de mayo y en la novena de la Inmaculada Concepción. Mari Paz Menéndez cedió el puesto de organista a Juan José Uráin. Tras los cambios habidos en la Iglesia Católica con motivo del Concilio Vaticano II desapareció la Congregación.

A continuación se formó un pequeño coro de niñas con el objeto de tener un grupo para atender las fiestas parroquiales, que poco después, a medida que las niñas crecieron, dejó de existir. Viendo la necesidad de poder contar con un coro para el realce de las fiestas religiosas se creó otro coro, éste sólo de mujeres, que cantó durante muchos años las novenas del Carmen, la Navidad y todos los entierros de la villa.

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Algunas muestras de la escultura del siglo XVI en el suroccidente de Asturias y su prolongación en el primer cuarto del siglo XVII

Fig. 1 – Crucificado de la iglesia parroquial de Ambres, siglo XVI

En este artículo queremos dar a conocer algunas muestras de la escultura quinientista (siglo XVI) en el suroccidente de Asturias y su prolongación durante el primer cuarto del siglo XVII, sobre todo haciendo hincapié en aquellas conservadas en las iglesias y capillas palaciegas del concejo de Cangas del Narcea. Unas muestras muy poco conocidas y, por qué no decirlo, insuficientemente valoradas frente a las imágenes medievales veneradas en la mayor parte de las parroquias y que han adquirido cierto prestigio.

No son muchas las muestras de escultura de los tres primeros cuartos del siglo XVI conservadas en el suroccidente de Asturias, debido a que los saqueos, deterioros de las piezas y las destrucciones ocasionadas en la Revolución de Octubre y en la Guerra Civil han acabado con gran parte de este más que interesante patrimonio.

Durante los primeros años del siglo XVI, debido a las dificultades que atravesaba nuestra región por la crisis estructural provocada por un aumento notable de población y una producción agraria baja, así como el incendio de Oviedo de 1521, la formación de talleres de artistas locales fue prácticamente inexistente (Javier González Santos, «Escultura del siglo XVI», en El Arte en Asturias a través de sus obras, La Nueva España, 1996, pág. 518). La carencia de estos talleres propició la importación de obras desde otros centros artísticos, que siempre estuvo ligada a las familias nobles con alto poder adquisitivo. En cambio, las piezas de producción local debemos de relacionarlas con la acción de humildes tallistas que tallaban pequeñas imágenes de devoción popular para el ornato de alguna iglesia o capilla. También conviene advertir que estamos en una zona eminentemente rural en donde los núcleos urbanos, idóneos para la formación de talleres, fueron prácticamente inexistentes. Solo las villas de Cangas del Narcea y Pola de Allande contaron con una población de carácter urbano. Aunque, la villa de Cangas tenía una reconocida actividad económica (sede de un feria desde el siglo XIV) no fue ajena a la crisis, y su verdadera importancia llegó hacia 1639 con la fundación de la colegiata de Santa María Magdalena por don Fernando de Valdés Llano, arzobispo de Granada y Presidente del Consejo de Castilla, y la formación de un taller escultórico capitaneado por los hermanos Pedro y Antonio Sánchez de Agrela. Por su parte, la Pola de Allande, como todo el concejo, estaba bajo el señorío de la familia Cienfuegos, bajo cuya financiación se fundó y edificó la iglesia de San Andrés para templo de la familia (proyecto que quedó desestimado en favor de la iglesia de San Tirso el Real de Oviedo donde están sepultados todos los miembros de esta familia) y la dotación de la capilla mayor con un monumental retablo que es una de las piezas más estimables de la escultura quinientista en Asturias (realizado con anterioridad a 1562, se viene atribuyendo al taller del escultor palentino Manuel Álvarez, conocedor del estilo y modelos de Alonso Berruguete, el gran escultor del manierismo castellano).

Fig. 2 – Crucificado de la iglesia de San Salvador en Grandas de Salime, siglo XVI

La escultura local fue en esta época bastante menguada. No obstante, contamos con alguna excepción. La iconografía más demandada fue la del Crucificado y la de la Virgen María. Entre los primeros debemos referirnos al Crucificado de la iglesia parroquial de Santa Eulalia de Ambres (fig. 1). La iglesia fue destruida durante la Guerra Civil, reconstruyéndose en 1983. De toda la imaginería solo se conserva el Crucificado, de tamaño natural, y uno de los mejores ejemplos de la escultura del siglo XVI en la zona. En ella se pierden todos los ecos del patetismo de los Cristos góticos, se suaviza el modelado, se alarga ligeramente el canon y se busca una serenidad propia del clasicismo. El rostro es sereno y apacible, con los ojos cerrados. El paño femoral está resuelto por unos pliegues suaves, poco profundos y tallados de manera suave y curva. Sin duda, se trata de una obra castellana del tercer cuarto del siglo XVI. Lamentablemente, ha perdido la encarnación y la policromía, y le añadieron unas potencias vulgares.

En el retablo pasional de la iglesia de San Salvador en Grandas de Salime se conserva otro Crucificado del siglo XVI (fig. 2) del que sabemos que fue policromado por el pintor lucense Antonio Fernández (doc. 1604-1607), en 1607 (Ramallo, Escultura barroca, pág. 132). Al igual que el de Ambres, es un Cristo muerto, con la lanzada en el costado, y de canon ligeramente alargado que recuerda a los esculpidos por Alonso Berruguete (h. 1490-1561) y sus imitadores, propio del último cuarto del siglo XVI. Su anatomía robusta, sobre todo en la zona abdominal, nos habla de la influencia del romanismo cultivado por Gaspar Becerra (Baeza, Jaén, 1520 – Madrid, 1568) a través de la imaginería del retablo mayor de la Catedral de Astorga realizado entre 1558-1562.

Fig. 3 – Cristo de La Salud, antiguo Cristo del Hospital, en la basílica de Cangas del Narcea, siglo XVI

Finalmente, en una de las capillas de la basílica de Cangas del Narcea hay otro Crucificado del último cuarto del siglo XVI (fig. 3), denominado en la actualidad Cristo de La Salud, antiguo Cristo del Hospital. Esta imagen procede de otra iglesia situada en la calle Mayor y que actualmente se usa como sala polivalente de la parroquia. Fue construida, junto al Hospital, fundación de la familia Omaña, en 1555 por don Ares de Omaña, llamado El Negro. Como los anteriores, este Crucificado esta muerto y se caracteriza por un canon excesivamente alargado. El tratamiento del paño de pureza está resuelto mediante unos pliegues curvos, suaves y poco profundos.

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Fig. 4 – Virgen con el Niño en la iglesia de Celón (Allande), siglo XVI.

De las imágenes marianas llama la atención la Virgen con el Niño (fig. 4) en el retablo mayor de la iglesia de Santa María de Celón (Allande). Es un grupo inexpresivo donde destaca la ausencia de comunicación emocional entre la Madre y el Hijo. Copia o trata de copiar la Virgen de la Luz en la Catedral de Oviedo, realizada por el escultor palentino Manuel Álvarez (Castromocho, Palencia; h. 1517 ? Valladolid, post. 1587) en 1552 (González Santos, «Escultura del siglo XVI», en El Arte en Asturias a través de sus obras, págs. 524-525). Su factura data del último tercio del siglo XVI. Fue restaurada en 1991 por el taller Arte y Oro de Gijón (limpieza, repinte y se añadió el pájaro del Niño).

Fig. 5 – Nuestra Señora con el Niño en la iglesia de Noceda de Rengos, siglo XVI

La imagen de Nuestra Señora con el Niño en la iglesia de San Esteban de Noceda de Rengos (fig. 5) es otro ejemplo de la asimilación por parte de los artistas locales del manierismo castellano. Destaca por el canon alargado y una inestabilidad propia del último cuarto del siglo XVI. Del mismo modo que en la Virgen de Celón, no se desprende ninguna comunicación emocional entre la Madre y el Hijo. Parece que sigue la iconografía de la Virgen de los Ojos Grandes de la Catedral de Lugo.

En el último cuarto del siglo XVI y durante el primer tercio del siguiente se produjo una activación de la práctica escultórica asturiana. A ello contribuyó la mejora de la situación económica de la región como resultado de la extensión del cultivo del maíz, lo que propició un aumento de la población y de las rentas agrarias (González Santos, «Escultura del siglo XVI», en El Arte en Asturias a través de sus obras, pág. 518). En el último cuarto del siglo XVI ya aparecen los primeros escultores asturianos cuya labor se propagó durante el primer cuarto del siglo XVII. El panorama artístico durante los primeros veinte años es bastante oscuro, y es difícil investigar y catalogar las escasas obras que han perdurado al paso de tiempo debido, ante todo, a la escasa documentación que ha llegado hasta nuestros días. Sí hemos de calificar con una palabra la producción en este periodo es la de diversidad, es decir una constante venida de artistas e influencias procedentes de otros ámbitos artísticos: Oviedo, Lugo, Toro, Ponferrada y Astorga. En primer lugar, la ejercida por los maestros asturianos avecindados en Oviedo y centrada en Cangas del Narcea y en la parte oriental del concejo de Tineo. En segundo lugar, la influencia del manierismo leonés que llegó al concejo de Cangas del Narcea a través del puerto de Leitariegos, que lo comunica con las comarcas leonesas de Babia y Laciana. Finalmente, los artistas procedentes de las diócesis de Lugo y Mondoñedo, sobre todo en los concejos más occidentales de la región y más próximos a Galicia, como Ibias, Grandas de Salime y Pesoz.

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Fig. 6 – Retablos colaterales del santuario del Acebo, obra de Juan Menendez del Valle y Juan de Torres, 1598

Los maestros asturianos documentados procedían de Oviedo, no habiendo constancia documental de ninguno natural del concejo de Cangas del Narcea. En los albores del siglo XVII desarrollaron su actividad los denominados por Javier González Santos como los «pintores-tallistas» (Los comienzos de la escultura naturalista en Asturias, 1997, pág. 14) que pintaban ciclos murales en iglesias y falsos retablos, aparte de ello también policromaban imaginería y esta fue la manera de entrar en el mundo de la estatuaria y del retablo. En suma eran los únicos imagineros que había en Asturias en el siglo XVI. Claro ejemplo lo constituye el hecho de que en 1598, los administradores del santuario de Nuestra Señora de El Acebo (Cangas del Narcea) se ajustasen con Juan Menéndez del Valle y Juan de Torres, «pintores» y vecinos de Oviedo, para realizar tres retablos según la traza que se dispuso de antemano (fig. 6).

A Juan Menéndez también le debemos el antiguo retablo mayor del santuario de Nuestra Señora de El Acebo, hoy en día en la iglesia de Linares de El Acebo (ver el artículo en el Tous pa Tous). La actividad de estos maestros se extinguió hacia 1625. En ese momento fueron relegados por otra generación de artistas de la que formaban parte los ensambladores Francisco González Quinzanes (Oviedo, h. 1591-1602 – Oviedo, 1657), Alonso Carreño (doc. 1623-1650) y Pedro García (doc. 1623-1641), contemporáneos de Luis Fernández de la Vega (Llantones, Gijón; 1601 ? Oviedo, 1675), uno de los mejores interpretes de los modelos naturalistas de Gregorio Fernández (1576-1636) en el norte de España. Estos artistas desterraron, de manera definitiva, las formas artificiosas del manierismo castellano a favor del clasicismo herreriano que se inició con el retablo mayor del monasterio benedictino de Santa María la Real de Obona (Tineo), que ellos mismos ensamblaron y esculpieron entre 1622-1623.

Fig. 7 – Sillería del coro de la iglesia del monasterio de Corias, obra de Juan Ducete Díez, 1610

Por su parte, los artistas castellanos procedían de las actuales provincias de León y Zamora. De la primera, de Ponferrada y Astorga. De Ponferrada se documenta la presencia del ensamblador Mateo Flórez (doc. 1622-1674), responsable del desaparecido retablo en la iglesia de San Juan el Degollado de Villaláez, en 1624. De Astorga vino, en 1619, el ensamblador Antonio Ruiz (doc. 1619-1633) para realizar dos retablos para la parroquia de San Vicente en Regla de Naviego. Desde Toro (Zamora) se trasladó a Asturias el arquitecto y escultor Juan Ducete Díez (1549-1613) a trabajar en las fundaciones valdesianas: el retablo mayor de la colegiata de Santa María la Mayor de Salas y el de la capilla de la Universidad de Oviedo, en 1606. Aprovechando su presencia en Asturias y viendo los buenos resultados logrados por Ducete, el monasterio de Corias le encomendó una sillería (fig. 7) para el coro bajo de su templo monasterial cuyo contrato se firmó en el monasterio el 21 de junio de 1610.

Finalmente, en la villa zamorana de Benavente (por entonces de la diócesis de Oviedo) nació el entallador Juan de Medina Cerón (h. 1567-1646), que en 1598 ya se encontraba asentado en Oviedo, quizás avalado por el propio Ducete, donde llegó a ser el escultor más avanzado de su generación y conocedor de las premisas italianizantes del último cuarto del siglo XVI que sin duda conoció durante su aprendizaje en Castilla.

Por su parte, desde las diócesis de Lugo y Mondoñedo se trasladaron el pintor Antonio Fernández (Monforte de Lemos, Lugo, doc. 1604-1607), al que ya mencionamos al hablar del Cristo en la iglesia de Grandas de Salime, y el escultor y pintor Juan de Castro († 1633) que se estableció en Asturias en torno a 1628 para trabajar el retablo mayor de la iglesia de San Salvador de Grandas de Salime, una de las primicias de la retablística del primer tercio del siglo XVII en Asturias, y posteriormente alrededor de 1631 se trasladó a la villa de Cecos (Ibias), avalado por los Ron, para trabajar en el alhajamiento de la iglesia parroquial de Santa María (aún persiste el retablo de Nuestra Señora del Rosario, obra de su taller).

Frente a esto, la escultura local fue bastante pobre, por no decir inexistente. No se ha documentado la actividad de ningún artista oriundo de la zona. Sin duda, existirían meros artesanos, de modesta cualificación artística, cuya labor era atender y satisfacer una demanda orientada a las capillas de las pequeñas aldeas que, debido a sus escasos medios económicos, no podían permitirse el lujo de acudir a los talleres artísticos.

EL MAESTRO JUAN DE MEDINA CERÓN

Fig. 8 – San Mateo en la iglesia de San Vicente de Villategil, obra de Juan de Medina Cerón, 1604.

Fue Juan de Medina Cerón el maestro de mejores dotes en la Asturias del primer cuarto del siglo XVII. Aunque natural de Benavente, apartir de 1598 ya lo encontramos en Oviedo titulado como «imaxinario». Estableció infinidad de mancomunidades (compañías) con otros maestros de su misma generación, como el pintor ovetense Andrés de Muñó con el que trabajó diez largos años desde que se conviniesen en Romadonga (Gozón), en 1602. Fue Muñó quien policromó la mayor parte de los retablos e imágenes realizadas por Cerón. La primera noticia documental de este escultor en la villa de Cangas del Narcea es de 1607, cuando arrendó una casa en la calle del Puente por un año, aunque existe algún trabajo suyo previo, como la imagen de San Mateo en la iglesia de San Vicente de Villategil (fig. 8), realizada en 1604 y encargada por Mateo Meléndez el Mozo según la inscripción pintada en la peana: «este. san. mateo. m / ando. hacer. mateo / melendez el moco 1604».

Fig. 9 – Antiguo retablo mayor en la iglesia de Carceda, obra de Juan de Medina Cerón, 1609.

En 1609 realizó una de sus obras más destacadas: el antiguo retablo mayor (fig. 9) en la iglesia de Santa María de Carceda (hoy día, en la nave de la iglesia). La escritura se firmó en la villa de Cangas del Narcea el 22 de junio. En ella Cerón se ajustó con Francisco Martínez de Castrosín, mayordomo de la parroquia, para realizar un retablo en la capilla mayor, «de talla y pintura», y con una imagen que le ordenase el propio mayordomo, o sino tan solo la parte tocante a la arquitectura. A pesar del clasicismo manifiesto en el empleo de las columnas de orden dórico, con el fuste estriado y con el tercio inferior sin labrar, el frontón triangular del ático y las metopas y triglifos del primer piso, aún mantiene ciertos rasgos del manierismo, como las cabezas de querubines en el segundo friso, la decoración de los laterales del banco y la efigie del Padre Eterno del tímpano del frontón.

Fig. 10 – Retablo de la capilla de los Sierra en la iglesia de Jarceley, obra de Juan de Medina Cerón, 1611.

En 1611 realizó el retablo de la capilla de los Sierra en la iglesia de Santa María de Jarceley (fig. 10), muy influenciado por el de Carceda. Destacan sus esculturas, sobre todo el Calvario que sigue los modelos del escultor palentino Manuel Álvarez (Castromocho, Palencia, h. 1517 ? Valladolid, post. 1587), sobre todo por el Cristo del retablo del lado del evangelio de la iglesia de Villabáñez (Palencia). Seguramente, fue policromado por Andrés de Muñó con el que Cerón tenía establecida mancomunidad.

Fig. 11 – Retablito del Niño Jesús en la iglesia de Tebongo, obra de Juan de Medina Cerón, siglo XVII

Suyo también es el retablito del Niño Jesús en la iglesia de San Mamés de Tebongo (fig. 11), muy similar con lo visto en Jarceley. La imagen del Niño Jesús está ricamente estofada con motivos vegetales, obra del propio Muñó.

Pero la obra más destacada de Medina Cerón en el concejo de Cangas del Narcea es el desaparecido retablo de la capilla del licenciado Labio en la iglesia de Cibuyo, destruido en 1992 (fig 12). Se había realizado en 1612, según se dice en la carta de pago suscrita con el artista el 13 de setiembre de ese año.

Fig. 12 – Antiguo retablo de la capilla del licenciado Labio en la iglesia de Cibuyo, destruido en 1992. Obra de Juan de Medina Cerón, 1612. Fotografía de Germán Ramallo.

Ramallo valoró su buena composición y plasticidad en el tratamiento de los relieves, en consonancia con las premisas italianizantes que se impusieron en España en el último tercio del siglo XVI (Escultura barroca, 1985, págs. 131-132, fig. 9). Las figuras de los relieves están envueltas por unos ropajes trabajados de manera suave y curva. El tratamiento del rostro destaca por la plasticidad de barbas y peinados, buscando los efectos de claroscuro. La policromía seguramente se deba al propio Andrés de Muñó.

OTROS MAESTRO ARTISTAS: ANTONIO RUIZ Y MATEO FLÓREZ

De los artistas foráneos es obligatorio referirse al astorgano Antonio Ruiz, que el 28 de julio de 1619 firmó, en Regla de Naviego, el contrato para realizar dos retablos en la parroquia de San Vicente de dicho lugar. Uno de ellos para colocar en una capilla adscrita a dicha parroquia, donde se veneraría la imagen de San Justo (no conservado).

Fig. 13 – Retablo en la iglesia de Regla de Naviego, obra de Antonio Ruiz, 1619.

El otro (fig. 13) con los relieves de San Antolino y San Bernardino para la iglesia parroquial. La imagen titular (San Antonio) es de factura posterior, del último tercio del siglo XVIII, en relación con la imagen de la misma advocación de la iglesia de San Salvador de Grandas de Salime, labrada por Froilan Basurto París, en 1770. Los apéndices laterales, con los relieves de San Miguel y San Juan Bautista, datan de 1605, según la inscripción grabada en el banco, y los atribuimos al escultor Medina Cerón. La policromía fue realizada por el pintor Pedro García (doc. 1620-1637), natural de León, cuya carta de pago se firmó en Cangas el 24 de mayo de 1620. Este pintor fue el mismo que doró en 1637 el primitivo retablo mayor del santuario de Nuestra Señora de Carrasconte, en el norte de León (Mayán Fernández, «El Santuario de Nuestra Señora de Carrasconte», Archivos Leoneses, nº III, 1949, pág. 41).

Finalmente, el ensamblador ponferradino Mateo Flórez realizó el retablo mayor en la iglesia de San Juan el Degollado o «de las Aguas» de Villaláez en 1624. Flórez fue uno de los máximos representantes de la escultura ponferradina de la primera mitad del siglo XVII, siendo su obra cumbre el retablo mayor de la basílica de la Encina en Ponferrada. El retablo de Villaláez fue vendido en 1974 a don Andrés Alonso Gutiérrez, anticuario, vecino de León, por 200.000 pesetas (Marcos Vallaure, «Un caso escandaloso y ejemplar: Villaláez», en Datos e informes para una política cultural en Asturias, 1980, págs. 272-279).

Con todo ello esperamos haber despertado el interés del lector por un arte, hasta ahora prácticamente desconocido, que ejemplifica la intensa religiosidad de una región sumergida en una profunda crisis económica y estructural.

En próximos artículos hablaremos con detalle sobre alguno de estos maestros y de otros que hemos documentado, y cuyo grado de actividad en esta región fue bastante menor a los aquí mencionados, como sucede con los escultores Juan Ducete y Francisco González, y los pintores Juan de Torres, Baltasar de Torres y Toribio Suárez.

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Propuesta del médico Ambrosio Rodríguez para convertir el Acebo en el Lourdes asturiano, 1910 (II)

Carta de Ambrosio Rodríguez, 14 de agosto de 1910. Archivo del Santuario del Acebo

-Segunda parte-
El proyecto

La propuesta del doctor Ambrosio Rodríguez para impulsar y difundir el Santuario del Acebo aparece en una carta que desde Madrid remite el 14 de agosto de 1910 a Ángel Carrizo Díez, que era el cura de la parroquia de Linares y de aquel santuario desde 1907. Es una larga carta, que se conserva en el Archivo del Santuario y que reproducimos al final, en la que el doctor ofrece muchas ideas y propuestas, así como un modo de obtener el dinero para ejecutarlas. La carta se divide en tres partes.

La primera parte comienza mencionando las dos indulgencias que él mismo había obtenido para el Santuario de los obispos de Astorga y Madrid-Alcalá,  y cuyos títulos había enviado al cura. Las indulgencias se obtenían rezando delante de la imagen de la Virgen del Acebo, y con ellas conseguían los peregrinos la remisión de pecados y gracias divinas.

Después narra brevemente la historia del santuario en el siglo XVI y los muchos milagros que se deben a la Virgen, así como la similitud del Acebo con el santuario francés de Lourdes, que desde 1858 atraía a millones de peregrinos. Se extraña del desconocimiento del Acebo fuera de su territorio:

Tan fecundo y dilatado alcance atribuimos nosotros al Acebo, que no solo se nos hace inconcebible el desconocimiento o la indiferencia por parte de cuantos llevamos el nombre de españoles, sino que nuestra extrañeza llega al pasmo ante olvidos en que vemos incurrir a escritores de nota, que no están disculpados de ignorar hechos culminantes de la historia.

Romería del Acebo, h. 1910. Fotografía de Modesto Morodo. Col. Juaco López Álvarez

A continuación describe la fiesta del Acebo, y se emociona recordando la noche de la víspera con la foguera y los grupos diseminados por el campo, y la celebración del día 8 de septiembre con la procesión, las “filas de devotos”,  los sacerdotes “revestidos de ricos ornamentos”, la imagen de la Virgen, “el fuego graneado de los voladores de Cantarín” (el famoso pirotécnico cangués Raimundo Rodríguez “Cantarín”), la música, los “sagrados cánticos”, el repique de campanas, la misa solemne, etc.

Lógicamente para mejorar y difundir el Santuario del Acebo se necesitaba dinero, y el doctor sabe de donde sacarlo: pidiéndoselo a los que lo tienen. Por eso, la segunda parte de la carta es una extensa relación de personas (con sus direcciones postales) cuya cooperación debiera solicitar el cura para pagar las obras y mejoras del Santuario del Acebo. Hay dos listas: una de religiosos y otra de laicos. En la primera enumera a cuatro autoridades eclesiásticas naturales del concejo de Cangas del Narcea y al rector de los Dominicos de Corias. En la segunda aparecen los nombres de 62 “personas ricas”, la mayoría pertenecientes a la aristocracia española. La primera de la lista es la reina María Cristina. Ambrosio Rodríguez le propone al cura del Acebo “crear una Junta de Señoras devotas con su presidenta, vicepresidenta, secretaria y vocales que trabaje por el santuario”, así como otra de Caballeros. En la lista también aparecen numerosos emigrantes cangueses enriquecidos en Madrid,  la mayor parte naturales del Río Cibea, y otras personas más, como el político Antonio Maura, el escritor asturiano Armando Palacio Valdés, el confesor de la Reina, el también asturiano, José Montaña, etc.

Fin de la carta de Ambrosio Rodríguez, 14 de agosto de 1910.

La tercera parte de la carta es una “lluvia de ideas” que Ambrosio Rodríguez propone al cura del Acebo para llevar a cabo en beneficio y promoción del santuario: un álbum-recuerdo del Acebo; medallas de múltiples metales; rosarios; estampas, platos, jarros de cerámica de Llamas del Mouro, “figuras de recuerdo” con la imagen de la Virgen; obras en la torre de la iglesia, etc.

La carta termina comunicándole al sacerdote el envío de 50 pesetas para “artificios de pirotecnia ó fuegos artificiales” destinados a la fiesta del Acebo, “por la afición de nuestros paisanos a ellos”.

A pesar de la propuesta del doctor Ambrosio Rodríguez en 1910, el Acebo, cien años después, sigue siendo un sitio apacible, cuya tranquilidad solo se altera unas pocas semanas al año alrededor del 8 de septiembre. La “industriosa habilidad” que recomendaba don Ambrosio para gestionar el Acebo llegó muy matizada, y nuestro santuario, ¡gracias a la Virgen!, aún está muy lejos de alcanzar los cerca de seis millones de peregrinos que cada año visitan Lourdes.

CARTA DEL DOCTOR AMBROSIO RODRÍGUEZ

Madrid, 14 de agosto de 1910.

Sr. D. Ángel Carrizo Díez.

    Muy Sr. mío y de mi amistad: mucho celebraré se halle Usted bueno como igualmente su señor padre y hermana.

Concesión de 50 días de indulgencias, otorgada por el Obispo de Madrd-Alcalá por rezar ante la imagen de la Virgen del Acebo, 5 de julio de 1910. Archivo del Santuario del Acebo

Recibí sus dos cartas acusándome recibo de las indulgencias obtenidas para ese famoso santuario, que bien puede considerarse como el Lourdes asturiano, asentado sobre peana colosal en prominente cerro, y del que recordamos haber leído en el P. Carballo (Antigüedades de Asturias, tomo II, página 330) que por los años 1575 existía a una legua de Cangas de Tineo la renombrada ermita de Nuestra Señora del Acebo. Ocurrió allí que la Virgen se mostró y empezó a dispensar su milagrosa acción a una joven llamada María Noceda, conocida después con el nombre de María Santos; propalado el acaecimiento, acudieron al lugar algunos devotos necesitados de remediar sus males con tan valioso auxilio, y, repetidos los milagros, organizaronse peregrinaciones numerosas, en las que con preferencia figuraban cojos y tullidos que solían volver a sus hogares libres de sus antiguos ajes e imperfecciones, con lo cual la fama de la ermita extendió su radio por los pueblos comarcanos. El P. Carballo no solo relata estas cosas, sino que afirma haber presenciado él mismo diferentes milagros operados allí por la mediación y gracia de la Madre de Dios. ¿Y cómo desconocer la correspondencia que se descubre entre la apartada ermita del Acebo, en el último tercio del siglo XVI, y el prestigioso Lourdes del último tercio del siglo XIX? Si este tiene su Bernardette Subirous, aquel tuvo su María de los Santos; si contó aquel con cronistas respetables, que hablan de visu, de visu habla el P. Carballo, que no ha de cederles en respetabilidad; si los peregrinos curados en la piscina de la tierra francesa celebran y publican el beneficio recibido, no la habrán celebrado menos ni habrán dejado de publicarlo (aunque contaran con medios de publicidad menos difusivos) nuestros favorecidos conterráneos de Cangas y sus alrededores. A no diferir tanto los tiempos y la topografía y los medios de comunicación, los cangueses podían tal vez haberse envanecido con una vecindad donde el eco sonoro del prodigio, a la inversa de los ecos que aterraron los muros de Jericó, se hubieran alzados palacios y hoteles de la Unión Católica, y donde la industriosa habilidad se hubiera abierto camino franco y prodigo en rendimientos…

    Pero demos de mano a estas y otras incidencias que van retrasando desmedidamente el termino de nuestra carta, y repitamos que el Acebo le basta y le sobra con lo que fue y con lo que será para agujar el interés de las gentes, bien que abran su corazón al bendito influjo de místicos halagos, bien que amen con filial amor la memoria de los héroes que nos engendraron en la fe y en la gloria, bien que sepan sentir y admirar las bellezas serenas de la naturaleza y del arte, bien que, por su dicha, todo lo sumen, lo anhelen y lo gocen. Tan fecundo y dilatado alcance atribuimos nosotros al Acebo, que no solo se nos hace inconcebible el desconocimiento o la indiferencia por parte de cuantos llevamos el nombre de españoles, sino que nuestra extrañeza llega al pasmo ante olvidos en que vemos incurrir a escritores de nota, que no están disculpados de ignorar hechos culminantes de la historia.

¡Oh patria, cuyos triunfos,
la historia en vano mide!
¡Malhaya quien olvide
tus glorias y tu Dios!

¡Que nunca esta luz pura
no cese su relevo
y aun brille en el Acebo
cuando se apague el sol!

    En esa montaña que, escondiendo su cima entre las nubes, embarga con su horridez y su altura la vista del asombrado espectador, al llegar la noche de la víspera, la foguera que eleva al aire sus lampos rojos, los puntos de luz diseminados por el campo, el movimiento de la muchedumbre confusamente entrevisto, el sordo rumor que sube al espacio estremecido un punto por el característico ijujú, sugieren a la fantasía el espectáculo de un ejercito que vivaquea y se regocija entre las sombras, después de reñido combate. Y a la mañana siguiente, la clásica procesión que se organiza en la Capilla, con sus filas de devotos, no pocos de ellos descalzos y amortajados con el hábito ofrecido en tristes horas de enfermedad; con los sacerdotes revestidos de ricos ornamentos; con la venerada imagen de la Santina ataviada de su traje más precioso y conducida en andas; con el inacabable cortejo donde se confunden hombres, mujeres y niños de todas edades y condiciones, animados de un mismo sentimiento de adoración y gratitud; entre el estruendo del cañón pedrero, que desde la vecina altura hace salvas a la Reina del cielo, y el fuego graneado de los voladores de Cantarín, que estallan por un lado y otro y pueblan el aire de rizos de humo blanquecino y silvatos; entre los acordes de la música, los acentos de sagrados cánticos y el atropellado repique de las campanas, cuyos ecos repiten los montes y se pierden a lo lejos… suspende el animo y despierta emociones inefables, que aun más, si cabe, acrecen, cuando el inmenso concurso se detiene al llegar a la diminuta Capilla del Acebo donde se celebra la solemne Misa, y al aire libre, sin otro techo que el azul del firmamento, se escucha el trinar de las aves, relinchar de los caballos y otros indistintos rumores que son como efluvios de vida de la naturaleza, exhalan los corazones inmensa plegaria que pasa por los labios con siseo suavísimo y con invisible alas se remonta a Dios; y esos mismos corazones que forman un solo corazón, laten presurosos al caer sobre ellos la encendida y elocuente palabra del Pastor de las almas, que desde la improvisada cátedra, también al aire libre erigida, les habla de los favores del cielo, del amor de María y de los históricos milagros consumados allí…

    Por eso conservamos grato recuerdo de nuestras visitas al Acebo, en los días de su renombrada fiesta, libres de los ordinarios cuidados, ganosos de la paz de espíritu y del descanso del cuerpo, fuera del trafago del mundo y de las exigencias sociales, considerándolo día de reparaciones históricas, desvaneciendo errores de hispanofobia, desenterrando pruebas y documentos olvidados, ilustrando puntos y cuestiones particulares a la luz de la historia de este hermoso y antiguo santuario que despertó en mi alma emociones tan vivas y profundas.

Personas cuya cooperación pudiera solicitarse a favor de las obras
y mejora del templo y culto de la Virgen del Acebo.

Autoridades eclesiásticas y residentes ahora en el concejo.

  • Excmo. e Ilmo. Sr. D. Joaquín Rodríguez González, natural de Vega de Meoro y Deán de la Santa Iglesia Catedral de León.
  • Sr. Rector de los Dominicos de Corias, o de los religiosos de la orden de Santo Domingo de Corias.
  • Sr. Dr. D. Francisco Trapiello, hijo de la villa de Cangas de Tineo y canónigo de Palencia.
  • Sr. Dr. D. Pedro Cadenas, hijo de Llamera (Cibea), canónigo doctoral de Toledo, residente en Toledo.
  • Sr. Dr. D. Francisco Gómez Rodríguez, natural de Miravalles, canónigo residente en Valladolid.

Personas ricas cuyo auxilio, ayuda y amparo pecuniario debía solicitarse
 por medio de cartas, circulares u otros medios (señas de ellas).

  • A S. M. la Reina Dª. María Cristina Deseada, Enriqueta, Felicidad Reniero, archiduquesa de Austria, reside ahora en el palacio de Miramar, en Guipúzcoa, San Sebastián, y pasado el verano en el Palacio Real de Madrid.

    […]

  • Excma. e Ilma. Sra. Dª. Rafaela Ríos, condesa viuda de Revillagigedo, calle del Sacramento, nº 1, Madrid.

    […]

  • Excma. e Ilma. Señora Dª. María de Santa Cruz y Navia Osorio, marquesa de Ferrera y marquesa de San Muñoz. Calle de Alcalá Galiano, 8. Madrid.
  • Excma. e Ilma. Señora duquesa viuda de Najera, marquesa de Sierra Bullones, de Montealegre, de Guevara y condesa de Oñate, calle de Alcalá, nº 72, Madrid.
  • Excma. e Ilma. Señora Dª. María del Pilar de León de Gregorio Navarrete y Ayanz de Ureta, marquesa de Squilache. Plaza de las Cortes, nº 4 en Madrid.
  • Excmo. Sr. D. Juan Manuel de Urquijo y Urrutia, marqués de Urquijo. Calle de Alcalá, nº 49 cuadruplicado, Madrid.
  • Excmo. e Ilmo. Sr. marqués de la Torrecilla, mayordomo mayor de S. M. el Rey, Sumiller de Corps y jefe superior de Palacio, vive calle de Peligros, nº 2 en Madrid.
  • Excma. e Ilma. Señora Dª. María Luisa Carvajal Dávalos, duquesa de San carlos, condesa de Castillejo. Calle de San Bernardino, nº 14, Madrid.
  • Excmo. e Ilmo. Sr. D. Álvaro Queipo de Llano Fernández de Córdoba Gayoso de los Cobos y Álvarez de las Asturias Bohorques, conde de Toreno, vive calle de San Bernardino, nº 11, en Madrid.
  • Excma. e Ilma. Señora Dª. María Josefa Argüelles y Díaz, marquesa de Argüelles, vive: Paseo de la Castellana, nº 36, y Serrano, 69, Madrid.
  • Excmo. Sr. D. Cristóbal Colón de la Cerda, duque de Veragua, marqués de la Jamaica. Calle de San Mateo, nos. 7 y 9, Madrid.

    […]

  • Excmo. e Ilmo. Sr. D. Salvador Bermúdez de Castro y O’Lawlor, marqués de Lema, duque de Ripalda, calle de Alamgro, 17. Madrid.
  • Excmo. e Ilmo. Sr. D. Antonio Martín Nebot Murga y Trápaga, marqués de Linares, calle de Velázquez, 55. Madrid.

    […]

  • Excmo. e Ilmo. Sr. D. Emilio Martín González del Valle y Carvajal, marqués de la Vega de Anzo (su residencia en Grado, Oviedo).
  • Excma. e Ilma. Señora Dª. María de la Asunción Ramírez de Haro Crespi Valdaura, condesa de Bornos, marquesa de Villanueva de Duero, condesa de Montenuevo, de Murillo y de Peñarrubias de Villaverde, calle del Pez, nº 18. Madrid.
  • Excmo. e Ilmo. Sr. D. Víctor Dulce de Antón y Garay, conde de Garay, calle de Ferraz, nº 27 hotel. Madrid.
  • Sr. D. Santiago Gancedo y Frade, natural de Sorrodiles (Cibea), reside en dicho pueblo en el verano y el resto del año en Madrid, calle de Villanueva, nº 12.
  • Dª. Elisa Cosmen de Rodríguez, natural de Sonande (Cibea), reside en Vallado en el verano y el resto del año en Madrid, plaza del Rey, nos 4 y 6.
  • D. Juan Cardo, natural de Fuentes de Corbero, reside en este pueblo en el verano y el resto del año en Madrid, calle de Serrano, nº 4.
  • D. Antonio Verano, reside en Fuentes de Corbero.
  • D. Juan Gamoneda, reside en Limés en verano y el resto del año en Madrid, calle de Augusto Figueroa, nº 40.
  • D. Ricardo Trelles y señora, que residen en el Castillo de Ranón, de la parroquia de Soto del Barco, partido judicial de Avilés, en el verano y el resto del año en Madrid, calle de Sagasta, nº 31.
  • Dª. María Rodríguez, viuda de Gómez, reside en Miravalles (madre del canónigo de idem).
  • D. Luis Martínez Kleisser, abogado y concejal, calle de las Infantas, 28 y 30, Madrid.
  • D. Vicente Menguez, agente de bolsa, que reside en Villarino (Cibea) en el verano y el resto del año en Madrid, calle de Alcalá, nº 59.
  • D. Constantino Vicente y Alfonso, natural de Villajur (Naviego), calle de la Paz, 9, Madrid.
  • Asociación General de Empleados del Banco de España.
  • D. Ángel Román Cartavio, gerente del banco Basko-Asturiano del Plata, República Argentina, calle de Maipú 73 y 87 en Buenos Aires.
  • D. Juan Bances, Isla de Cuba, Centro de Asturianos de La Habana.
  • S. A. R. el Infante D. Carlos.
  • Junta Provincial Diocesana para la reparación de templos en Oviedo.
  • Formar y crear una Junta de Señoras devotas con su presidenta, vicepresidenta, secretaria y vocales que trabaje por el santuario. Idem otra Junta de Caballeros con su presidente, etc.
  • D. José López Feito, natural de Regla de Cibea, que vive en la República Argentina, calle 25 de Mayo, Almacén Suizo de López Hermanos en Buenos Aires.
  • D. Domingo García, de Llamera. En Llamera (Cibea).
  • D. Manuel Rodríguez, de Sonande. En Sonande (Cibea).
  • D. Francisco Rodríguez (Manón). En Llamera (Cibea).
  • Dª. María Pérez, viuda de Cosmen. En Genestoso, casa de Teresín.
  • D. José Rodríguez González, hermano del Sr. Deán, que pasa el verano en Trascastro y el Puerto de Leitariegos.
  • Excma. e Ilma. Señora marquesa de Comillas.
  • Excmo. e Ilmo. Sr. Dr. D. José Montaña (confesor de S. M. la Reina).
  • Excmo. e Ilmo. Sr. D. Santiago Stuart y Falcó, duque de Alba. Calle de la Princesa, nº 10 y 12, Madrid.
  • Excmo. Sr. D. Federico Bernardo de Quirós y Mier, marqués de Argüelles, calle de Serrano, 69, Madrid.
  • Excmo. Sr. D. Manuel de Vereterra y Lombán, marqués de Canillejas, en Oviedo, y el resto del año Mayor, 91, Madrid.
  • Excmo. Sr. D. Benigno Chavarri y Salazar, Valmaseda (Vizcaya).
  • Sr. D. Francisco Valle, natural de Cangas de Tineo, y actual Gobernador de Soria, en Soria.

    […]

  • Excmo. e Ilmo. Sr. D. Antonio Maura Montaner, Palma (Baleares), calle de la Lealtad, 18, Madrid.
  • Excmo. e Ilmo. Sr. D. Luis Fernández de Córdoba y Salazar, duque de Medinaceli, calle de Zurbano, nº 34, Madrid.
  • Excmo. e Ilmo. Sr. D. Luis Pidal, marqués de Pidal, calle de Serrano, nº 14, cuarto primero, en Madrid.
  • Sr. D. Armando Palacio Valdés, académico y novelista asturiano, calle de Lista, nº 5, Madrid.
  • Ilmo. Sr. D. Ignacio Montes de Oca, obispo de San Luis de Potosí, Méjico.

*        *        *

Se puede hacer un Álbum-Recuerdo del Acebo, con vistas y datos del santuario y la Imagen veneranda del Acebo ¡ante la qué cuantos pueblos y cuantas generaciones han pasado ante sus plantas!

Se puede hacer o editar una medalla de metal batido o acuñado, ya sea de cobre, bronce, aluminio, calamina, níquel, metal blanco, azófar, latón, aleación, plata y oro, con la figura de la imagen de Nuestra Señora del Acebo y su templo.

Rosarios, estampas, platos con la imagen de la Reina de los Cielos, loza decorada con el mismo asunto, jarros de Llamas del Mouro con la Virgen sin mancilla, y figuras de recuerdo de la devoción a la imagen, que desde los primeros siglos del Cristianismo la representa en la ilustre Diócesis de Oviedo en el Acebo.

Factura de Raimundo Rodríguez -Cantarín- por la venta de 35 docenas de voladores de diferentes clases y “un gigante” al Santuario del Acebo, 8 de septiembre de 1910. Archivo del Santuario del Acebo.

La torre actual si se levanta será cubierta de pizarra clavada, o piezas cocidas de barro negro de Llamas, y acaso necesite pararrayos por su altura; el costado del Norte debe ser protegido contra el basto y humedad por cemento pórtland, losas o pintura impermeable.

Doy a Usted mi más cordial enhorabuena por sus trabajos, y por todo lo que haga en bien del templo y mejoras de la Gloriosa protectora nuestra, que desde lo alto de su gloria inmortal recibe benigna estos homenajes. ¡Adelante!

Para artificios de pirotecnia o fuegos artificiales en los festejos, remito a Usted con esta la cantidad de cincuenta pesetas, que puede destinar a dicho uso por la afición de nuestros paisanos a ellos, o al uso que Usted crea más conveniente al mayor esplendor de nuestra excelsa patrona, festejando su nombre y enalteciendo su sagrada memoria, brindándonos con protección santa.

Sin más por hoy, con cariñosos recuerdos a su señor padre, hermana y para usted, se reitera su afectísimo amigo S.L.Q.B.S.M.

Dr. Ambrosio Rodríguez y Rodríguez

Su casa: calle Núñez de Arce, nº 15 pral. Madrid.

La Viña: una montaña, un bosque, un río

Memoria de la vida en un pueblo de Cangas del Narcea de los que cuelgan en las montañas entre las que discurre el Coutu

Un hórreo en la braña de La Viña

Si hay topónimos con capacidad de evocar, La Viña es, sin duda, uno de ellos. Le permite al viajero imaginar a un grupo de monjes benedictinos del monasterio de Courias penetrando río del Coutu arriba para inaugurar, vertebrar y nombrar un mundo nuevo. Hoy día sería casi imperdonable para quien se acerque al concejo de Cangas del Narcea dejar de visitar alguno de los pueblos que cuelgan como higos maduros de las angostas montañas que se asoman al río del Coutu, porque este río, secreto y virginal, atesora una belleza intensa. Han mejorado en él lo que debe mejorar en todos los sitios: las comunicaciones, en el sentido de que los vecinos de estos pueblos tienen una carretera con buen firme y trazado todo lo bueno que permite la orografía, además de multitud de pistas que ascienden desde el río a las aldeas situadas en las laderas o en lo alto de las montañas, y han cambiado también, como en todo el campo asturiano, los usos de las tierras de labor, prácticamente abandonadas salvo las huertas cercanas a las aldeas y los prados más llanos, donde pueden trabajar las máquinas. Pero sigue habiendo en este itinerario como un resorte que nos lanza hacia atrás en el tiempo. Cuando nos adentramos en la quietud del río del Coutu comprobamos que todavía es posible llegar a vislumbrar la esencia de lo que fuimos.

La Viña, aldea del concejo de Cangas del Narcea, situada a 580 m de altitud en las inmediaciones de la carretera AS-29, en el valle del río del Coutu

La Viña es una aldea a la que se llega zigzagueando la carretera que transcurre pegada al río desde el pueblo de la Riela de Perandones. Después de Augüera la ruta se ondula como una habilidosa serpiente y las montañas caen a plomo sobre ella. Al dejar atrás ese tramo -que incluye un túnel poco iluminado- el viajero se asoma a una breve vega, acariciada en su fertilidad por la alegría cantarina del río. En mitad de esa pequeña vega está la iglesia de Veigalagar, que da servicio y cementerio a todos los pueblos de la parroquia -La Viña, Veiga d’Horriu, L’Artosa, Combu y Munasteriu-. Ascendiendo la ladera izquierda que da a la vega podrían haber puesto aquellos monjes benedictinos de los que hablábamos al principio sus viñas.

Algunos de los habitantes de la zona se sienten agredidos y abandonados por la Administración

Boda de María Lago y José Antonio Collar, en Veigalagar, en 1971

Pudo haber viñas en La Viña, pueblo bien orientado al sol del que posiblemente saldría un vino aceptable. Pero si las hubo, hace ya muchos años que no las hay. Ahora lo singular de esta aldea, que se articula en torno a un reguero en la parte baja de la ladera, es el buen estado de conservación de sus casas y el desarrollado sentido de la propiedad privada que tienen sus habitantes -casi por cualquier camino puede encontrar el viajero carteles que indican «propiedad privada», «fincas privadas» y cosas por el estilo-, seguramente exacerbada por el modo que han tenido la Administración y el Gobierno autonómicos de sacar adelante el parque de las Fuentes del Narcea e Ibias. El sentir de algunos de los habitantes es de abandono y agresión: «Mi casa es privada, como la tuya en la ciudad -le dicen al viajero-, y creemos que eso hay que respetarlo. Del mismo modo, son privados nuestros montes, no porque nos lo hayamos inventado, sino porque tenemos escrituras y documentos que lo demuestran. También lo es nuestra braña, a la que tanto os gusta subir. Que alguien viene educadamente a visitarla o a estudiarla, pues, bueno, estupendo, será bien recibido, pero que la gente no se crea que tiene aquí el mismo derecho que nosotros o más que nosotros. Si yo me meto en tu casa en la ciudad, la ley me sanciona. Pues esto es lo mismo. Lo que pasa es que ahora parece que quieren encerrarnos aquí como a los indios en la reserva y decirnos cómo tenemos que hacer lo que llevamos haciendo cientos de años. Y por eso no vamos a pasar sin oponer resistencia».

Ecce Homo en La Riela de Perandones, en los años setenta

Oyendo a algunos vecinos el viajero se da cuenta de que hay un choque muy fuerte entre lo que ellos sienten como libertades propias y el cambio de enfoque que el Gobierno y la Administración pretenden imponer orientando la zona al turismo sin preocuparse en exceso de preguntarles a los principales afectados, las personas que desenvuelven día a día su existencia en este medio. El viajero trata de explicar que no es necesariamente mala la regulación en ese ámbito porque puede proteger el patrimonio natural y cultural sin, lógicamente, afectar a la propiedad, y al tiempo puede servir para dinamizar algo la economía local. Trata de sacar adelante esos razonamientos, pero la cosa está tan enquistada que pronto desiste de su propósito y se la envaina dándose cuenta de que esta no es su guerra.
 

Machadora en La Viña en los años 70

El viajero ha venido a descansar y se mueve lánguido y paciente entre las casas y los hórreos. Sube y baja, atraviesa un pequeño puente sobre un reguero, contempla un molino de agua y también los restos ruinosos de una casa. Alguien le dice que aquella casa se llamaba de Juan Lago y entonces se interesa por el resto de los nombres de las casas: Xabiel, Chaguín, Meirazo, Cabanas, Vicente, Julián, Quiroche, Campichín y quizá alguna otra. Revolotean y alegran el cielo las oscuras golondrinas, que ya han vuelto trayendo el calor y el recuerdo de cuando la juventud, en otros veranos, corría en tropel a bañarse al río y entre todos anegaban el pozo l’Umeiru, en el que ahora -el viajero lo sabe porque desciende hasta allí- abundan los renacuajos, y tiene un aspecto bastante abandonado.
 

Joaquín y Amada, con un toro

A la braña de La Viña se puede subir por un cómodo camino transitable para vehículos todoterreno y tractores o por el camino tradicional, que atraviesa las tierras de labor del pueblo y enfila la montaña. El viajero, a las cuatro de la tarde, en pantalón corto, con una botella de agua, una gorra, un bastón y con el sol dejándose caer a plomo sobre su espalda compone una estampa bastante risible. Observándolo cualquiera diría que Chico Marx intenta imitar a José Antonio Labordeta, pero pese a su aspecto no se amilana y comienza a subir por el camino más ancho, que parece más descansado, aunque seguramente es bastante más largo. La ruta no es corta y resulta empinada, sin embargo le agrada comprobar, a medida que sube, que pese a dejar atrás fresnos y castaños, el robledal sigue acompañando al reguero prácticamente hasta el lugar donde se encuentran las cabañas, antaño refugio de pastores y ganado mientras aprovechaban los pastos de verano.

Emigrante de La Viña

Tras las vueltas y revueltas del camino llega sudoroso a la braña, en la que aún se pueden ver vacas y de la que le sorprende que casi todas las cabañas y hórreos -si, la braña de La Viña es famosa porque tiene hórreos- siguen en pie y, además, en bastante buen estado. Saca la cámara y mientras toma algunas fotos repasa mentalmente las algo más antiguas que le enseñaron en el pueblo antes de subir. Recuerda una en la que un hombre y una mujer posan orgullosos junto a un gran toro, recuerda fotos de boda en la iglesia de Veigalagar, otras en las que se mostraba el trabajo y algunas en las que aparecían los parientes emigrados a Madrid o América. También recuerda un puñado de ellas con grupos de personas en comidas campestres, procesiones, celebraciones, romerías… Entonces cae en la cuenta de que no ha visto ninguna fotografía de la braña, y piensa que le hubiera gustado ver aunque fuera una sola de este lugar hace cuarenta o cincuenta años. Se sienta un poco, descansa, disfruta del sosiego y cuando le parece, sencillamente se pone de nuevo en marcha, deshaciendo el camino. Ya cae la tarde y el sol incendia de naranja intenso las montañas anunciando buen tiempo para mañana. El viajero desciende y mientras lo hace piensa que si ahora pudiera contemplarse desde fuera, salir de sí mismo y mirarse desde el cielo, a vista de pájaro, sería apenas un punto en el hermoso lienzo que compone el paisaje.

La Nueva España, jueves 2 de febrero de 2012