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A finales de 1918 el mundo entero, desde Samoa a Gran Bretaña y desde la India a España, se vio asolado por una epidemia de gripe que causó la muerte a millones de personas. La enfermedad se llamó popularmente «mal de moda», «soldado de Nápoles» o «dengue», y se encontró con una población que en su mayor parte estaba mal alimentada, vivía hacinada y en unas condiciones higiénicas penosas. Este panorama social, unido a un virus más mortal de lo común y a una organización sanitaria carente de medios, provocó una mortandad terrible, alcanzando la tragedia a las poblaciones más aisladas.

Gumersindo Díaz Morodo, Borí (Cangas del Narcea, 1886 – Salsigne, Francia, 1944), contará en la revista gráfica semanal Asturias, de La Habana, los efectos que causó esta epidemia en la villa y en los pueblos del concejo de Cangas del Narcea. Cada dos semanas Borí describe en su «Crónica Canguesa» el drama que viven sus habitantes desde finales del mes de septiembre de 1918, en que se detectan los primeros casos en el convento de los dominicos en Corias, a mediados de enero de 1919. En sus artículos reflejará el miedo, la desesperación y la impotencia ante la enfermedad y la muerte; la necesidad y el hambre; la solidaridad y, también, el egoísmo de los cangueses; el acaparamiento de alimentos; las protestas; las largas listas de fallecidos; la ayuda económica de los emigrantes en América, etc. Las crónicas de Borí, que publicamos a continuación, son realistas y sentimentales, y transmiten con emoción lo que pasó en Cangas del Narcea en aquellos cinco meses, en los que murieron cerca de 700 personas de una población de alrededor de 23.000. El número de fallecidos en la villa fue tan elevado que los dos cementerios que había en ella, el de Ambasaguas y el de la parroquia de Cangas, se quedaron pequeños y hubo que habilitar uno provisional en Barañán, donde existía el proyecto de hacer un nuevo cementerio municipal que al final, con mejor sentido de futuro, se construyó en Arayón, donde se inauguró en 1927.

Los sucesos que relata Borí coinciden completamente con el testimonio de otro testigo de esta epidemia; se trata de José Ríos Pérez, conocido como “Pepe Ríos”, nacido en 1905 en Villar de Adralés, que en sus memorias inéditas relata su vivencia de aquel hecho:

«Vino una enfermedad como un cólera, que moría mucha gente por abandono y de sed, ya que hubo casas que morían dos o más en cada familia y allí estaban varios días, allí por no haber quien los llevara. También los que estaban en cama hacían sus necesidades un día y otro en la cama, sin tener quien los limpiara, y en la aldea hubo muchos pueblos que los nenos abrieron las cuadras y soltaron el ganado para que no muriera de hambre atado. Y había un hombre llamado D. Alfredo Flórez, que cada segundo día visitaba a los enfermos pobres del Corral, La Vega, La Veguitina, calle de Abajo, Ambasaguas y el Cascarín, y sería yo un traidor a la verdad si no dijera que mientras su mano izquierda tocaba la frente del enfermo, con la mano derecha ponía trapos debajo de la cabeza y debajo dejaba cinco duros (en aquellos tiempos) por cada enfermo y cada segundo día. Muchas casas quedaron vacías; el mal de la “moda” llevaba con sus fiebres la gente al cementerio. Mis padres cayeron en cama y yo tuve que bajar [de Villar de Adralés] para Cangas para atenderlos y limpiarlos, y a las once [de la mañana] iba al Ayuntamiento a buscar la leche que bajaban de la Casona de Bimeda en un coche de caballos».

Sir Macfarlane Burnet y David O. White, autores de la Historia natural de las enfermedades infecciosas (Alianza Editorial, 1984), escriben:

«En Inglaterra, el número de muertes por gripe en esa época fue de 150.000 aproximadamente. […] La mayoría de los países del Occidente europeo tuvieron un índice de mortalidad que osciló entre tres y cinco por mil. En los países no europeos, en conjunto, la mortalidad fue mucho más alta. Murieron un veintisiete por mil de los nativos de Sudáfrica; en la India hubo más de cinco millones de muertes, con tantos por mil que oscilaban, según las regiones del país, de cuatro a seis. La mortalidad más alta se registró en Samoa, donde murieron una cuarta parte de sus pobladores».

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Gráfico 1

En Cangas del Narcea, según Borí, la gripe de 1918 provocó la muerte al veinticinco por mil de su población, índice que manifiesta las malas condiciones de vida de sus habitantes, cuya situación estaba más próxima a «los nativos de Sudáfrica» que a la mayoría de los países del Occidente europeo.

Según los dos autores mencionados, la epidemia de gripe de 1918 causó en Europa la muerte sobre todo a adultos jóvenes con edades comprendidas entre los 20 y los 35 años (Véase gráfico 1), circunstancia atípica, pues lo normal era que la gripe invernal afectase a niños y ancianos. En Cangas del Narcea, donde la mortalidad fue muy alta, esta infección afectó tanto a los grupos de riesgo habituales (niños y viejos) como a los adultos jóvenes (Véase gráfico 2).

En otros concejos asturianos la situación fue similar a la padecida en Cangas del Narcea. El horror cundió durante estos meses. El periodista Gícara escribe el 16 de octubre de 1918 desde Oviedo:

«En Asturias, más que estragos, lo ocurrido está siendo una verdadera catástrofe. No ha quedado un solo pueblo sin invadir y en todos la peste deja como recuerdo de su paso lúgubre una estela de luto, de inconsolables dolores, de lágrimas… Sobre todo en la población rural. En ella la peste encuentra ancho campo para su obra devastadora, y si rara es la familia que no viste luto, frecuente es el caso de familias enteras desaparecidas. El pánico, que es el mejor auxiliar de todas las epidemias, se apoderó de las gentes en tal forma, que todo el que puede se recluyó en casa y no hay forma de hacerle salir a la calle. La mayoría de los enfermos se mueren por falta de asistencia facultativa, otros porque no encuentran quien les asista ante el temor al contagio, y los más perecen de hambre, porque al caer enfermo el cabeza de familia falta en la casa el jornal para atender a las necesidades materiales» (Asturias, nº 229, La Habana, 15 de diciembre de 1918).

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Gráfico 2

La falta de médicos fue grande durante la epidemia, primero, porque eran pocos, y segundo, porque muchos de ellos cayeron enfermos los primeros días, llegando a morir varios, como sucedió en Navia, Villayón o Pola de Siero.

En Asturias algunas poblaciones se libraron de tanta tragedia. En la localidad de Cangas de Onís, según una noticia publicada en la revista Asturias, sólo hubo un fallecido, hecho que el cronista atribuye a la rapidez con la que se tomaron medidas para aislar completamente a los primeros enfermos y combatir los focos de infección, así como, «a las especiales condiciones higiénicas de Cangas de Onís, que hoy cuenta con abundante traída de aguas y con alcantarillado ad hoc» Por el contrario, en la villa de Cangas del Narcea, en esa misma fecha (diciembre de 1918), estaba comenzando la obra para el abastecimiento de agua corriente, que se esperaba inaugurar «a mediados del venidero julio, coincidiendo la fecha con las fiestas del Carmen». Como sucede casi siempre, la vida seguía su curso y en medio de aquella tragedia ya se estaba pensando en “fiestas”.

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