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Guía artística de Cangas del Narcea. Iglesias, monasterios y capillas

Portada de la guía artística de Cangas del Narcea con imagen de un santo benedictino del s.XVII del monasterio de Corias. Fotografía de Avelino García Arias.

Disponible en nuestra biblioteca la edición digital de la Guía artística de Cangas del Narcea. Iglesias, monasterios y capillas.

Su autor es Pelayo Fernández Fernández, licenciado en Historia del Arte por la Universidad de Oviedo y doctor desde 2014 con la tesis “Actividades escultóricas en la zona suroccidental de Asturias durante los siglos XVII y XVIII: los talleres de Cangas y Corias”. En este trabajo documentó la autoría de numerosos retablos de nuestro concejo, así como la construcción de iglesias y capillas que datan de esos siglos. Es un trabajo exhaustivo y muy extenso debido a las numerosas edificaciones religiosas que se conservan, desde los monumentales Monasterio de Corias e iglesia de Santa María Magdalena de Cangas del Narcea hasta las modestas capillas de Santana y Santarbás del Mouro.

La guía que se presenta ahora recoge los principales edificios religiosos del concejo de Cangas del Narcea y muestra su riqueza artística y monumental, de gran valor en algunos casos, como el monasterio de Corias/Courias, equiparable a los grandes ejemplos españoles. Partiendo de fuentes documentales, la mayor parte inéditas, se enseñan de un modo sistemático, comprensible e ilustrado las peculiaridades del patrimonio artístico religioso de este concejo asturiano que tuvo su momento de esplendor en el periodo que va de 1640 a 1740.

Ha sido editada por el Ayuntamiento de Cangas del Narcea y el Tous pa Tous con la colaboración del Arciprestazgo de El Acebo.

El CSIC emplea por primera vez en el mundo los retablos barrocos como método de estudio de la vid

La investigadora canguesa Carmen Martínez muestra la variedad Tinta Castañal representada en el retablo de la iglesia del convento de las Clarisas en Tui, Pontevedra

Un equipo de investigadores del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC) ha analizado 101 retablos barrocos ubicados en 54 iglesias de Galicia y Asturias y ha logrado identificar seis variedades de vid cultivadas en esta zona peninsular. Los resultados de este trabajo, publicado en la revista del jardín botánico de Nueva York, Economic Botany, demuestran, según sus autores, el valor del arte como instrumento para estudiar la evolución histórica de los cultivos de vid y la antigüedad de algunas variedades.

Las seis variedades identificadas en estos retablos del siglo XVII son Loureira, Tinta Castañal, Albariño, Albarello (también llamada Brancellao), Dona Blanca y Palomino Fino. Esta última variedad se encuentra representada en el retablo mayor del Santuario de Nuestra Señora del Acebo de Cangas del Narcea.

Santuario de El Acebo (Cangas del Narcea, Asturias). Variedad representada: Palomino fino

“El estudio se basa en la comparación de las hojas y los racimos de variedades de vid reales, con las que aparecen representadas en las columnas salomónicas de los retablos barrocos. En algunos casos hemos encontrado un alto nivel de realismo, precisión y fidelidad en las representaciones. Esto nos ha permitido identificar algunas variedades reales y confirmar en algunos casos su posible carácter autóctono y la antigüedad de su cultivo en la zonas vitícolas en las que se ubican las iglesias cuyos retablos han sido estudiados”, explica la investigadora canguesa del CSIC Carmen Martínez, de la Misión Biológica de Galicia.

Para alcanzar estos resultados, los investigadores visitaron cada una de las 54 iglesias y tomaron imágenes de las hojas y racimos de vid representadas en las columnas salomónicas de los retablos. Este elemento arquitectónico, típico del arte barroco, se caracteriza por su forma helicoidal y su decoración vegetal, generalmente con hojas y racimos de vid. Después, en el laboratorio, los investigadores midieron numerosos detalles botánicos en las imágenes con los mismos métodos y técnicas utilizadas para medir las hojas y los racimos reales.

El origen de las variedades

“En la bibliografía antigua hay nombres de variedades de vid muy concretas y ligadas a determinadas zonas, pero solo en algunos casos van acompañados de brevísimas descripciones. En el siglo XIX empiezan a aparecer algunas descripciones puntuales más amplias que incorporan, en casos muy excepcionales, ilustraciones, que permiten identificar correctamente las variedades. Salvo esas excepciones, en el resto de los casos todavía hoy continúa el debate en torno a los orígenes de muchas variedades, la antigüedad de su cultivo en zonas determinadas, o los problemas de sinonimias y homonimias. El hecho de haber sido capaces de identificar una variedad real en un retablo, demuestra que en el siglo XVII esa variedad se cultivaba en esa zona concreta”, añade la investigadora.

Retablos estudiados en Cangas del Narcea

En Asturias, prácticamente el estudio se ha centrado en iglesias y retablos del concejo de Cangas del Narcea: el Santuario del Acebo, las iglesias parroquiales de Bimeda, Carballo, Corias y Limés, las capillas de los palacios de Carballo y Cibea y el monasterio de Corias. A estos retablos del concejo cangués hay que añadir el de la iglesia parroquial de San Antolín de Ibias.


icon Tabla 1 – Ubicación de las iglesias y retablos estudiados (47.81 kB)


Trabajo publicado en la revista Economy Botanic:

Descargar PDF: iconWorks of Art and Crop History: Grapevine Varieties and the Baroque Altarpieces (5.38 MB)

 

Works of Art and Crop History:
Grapevine Varieties and the Baroque Altarpieces

Vídeo CSIC Comunicación: Identificadas variedades de vid reales en retablos barrocos del siglo XVII


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Una mirada antropológica de la fiesta de El Acebo en 1971

Las fotografías de la antropóloga María Cátedra

María Cátedra Tomás, catedrática de Antropología Social en la Facultad de Ciencias Políticas y Sociología de la Universidad Complutense de Madrid

María Cátedra Tomás, catedrática de Antropología Social en la Facultad de Ciencias Políticas y Sociología de la Universidad Complutense de Madrid.

La antropóloga María Cátedra (Lérida, 1947), catedrática de Antropología Social de la Universidad Complutense de Madrid, acaba de donar al Museo del Pueblo de Asturias, en Gijón, todas las fotografías que realizó entre 1970 y 1975 para un estudio sobre los vaqueiros de alzada de los concejos de Valdés y Tineo. Los lugares donde centró su trabajo de campo fueron Naraval, Navelgas, Escardén, L.leiriel.la, Businán, Los Corros, Folgueras del Río, etc. Sus informantes le mencionaron enseguida a la Virgen del Acebo, de la que son muy devotos los vecinos de aquellos lugares, y el 8 de setiembre de 1971 vino a conocer, observar, participar y fotografiar aquella fiesta. Una selección de las fotografías que hizo aquel día son las que publicamos hoy en la web del Tous pa Tous.

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Santuario de Nta. Sra. del Acebo, 8 de septiembre de 1971. Foto: María Cátedra.

Con toda la información recopilada en esos cinco años de trabajo, María Cátedra hizo  dos tesis doctorales. La primera fue leída en la Universidad Complutense de Madrid en 1972 y lleva por título “Un estudio antropológico-social sobre los vaqueiros de alzada (Asturias)”, y la segunda, Death as a cultural process: ideology of suicide, sickness, death and after-life among the vaqueiros de alzada (Spain), fue leída en la Universidad de Pensilvania (EE. UU. de América) en 1984 y editada por la Universidad de Chicago en 1992. Está última tesis obtuvo en 1986 el Premio Nacional de Investigación “Marqués de Lozoya”, que otorga el Ministerio de Cultura para estudios de etnografía y antropología, y se publicó en español en 1988 con el título La muerte y otros mundos (enfermedad, suicidio, muerte y más allá entre los vaqueiros de alzada).

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Don Herminio, el cura del Acebo, en la procesión del 8 de septiembre de 1971. Foto: María Cátedra.

Las fotografías de María Cátedra muestran la sociedad y la vida cotidiana de aquel tiempo, y tienen mucho interés porque aquella sociedad campesina estaba a punto de cambiar radicalmente. Hay retratos de vecinos, personas trabajando la tierra y trashumando con el ganado, la matanza, hombres en ferias y mercados, niñas jugando, una boda, fiestas y romerías, entierros, pueblos y paisajes rurales, etc. Son imágenes poco frecuentes de lugares, gestos y escenas de la vida común, que son el resultado de una mirada antropológica sobre el territorio y la sociedad. Todas estas imágenes forman parte de una larga relación entre fotografía y antropología, que comenzó en el siglo XIX cuando la fotografía se convirtió en una herramienta de estudio para los antropólogos al considerarla como el medio más fiel y verdadero de registrar la realidad.

En El Acebo, María Cátedra fotografía todos los elementos sustanciales de aquella fiesta: el peregrinaje andando o a caballo; el campo de la fiesta con puestos y repleto de gente; la procesión, momento central de la fiesta, en la que aparece don Herminio, el cura del Acebo en aquel tiempo; el contacto con el manto de la Virgen para buscar su protección; las personas ofrecidas que llegan descalzas o rodean la iglesia de rodillas o vienen “envolubraos” (amortajados); la ofrenda de velas de cera encendidas; la música con el grupo “Son d’Arriba”; la comida de las familias o grupos repartidos por los alrededores del santuario, y el baile. Así era la fiesta en 1971.

Seis fotos de la fiesta del Acebo en 1949

Se acerca la fiesta del Acebo y hay que ir preparando el ambiente. El Acebo es uno de los lugares más visitados del concejo, tanto por lo atractivo del lugar y el paisaje que se contempla desde aquella altura como por la devoción religiosa. Es también uno de los lugares donde más fotografías se han hecho en el concejo de Cangas del Narcea. ¿Qué cangués no tiene una fotografía en el Acebo?

Las fotos que presentamos hoy en la web del Tous pa Tous fueron hechas el 8 de septiembre de 1949 por Victorino López Rodríguez, gran aficionado a la fotografía, y muestran escenas habituales de ese día de fiesta: una vista general del santuario con mucha gente, las tiendas y las caballerías sobre las que llegaban las personas que no iban a pie; la procesión de la Virgen; las meriendas y el regreso a Cangas.

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Historia del santuario de Nuestra Señora del Acebo

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Vista exterior de la iglesia del santuario de El Acebo

Esta historia del santuario de Nuestra Señora del Acebo es un resumen de la memoria sobre el santuario hecha a petición de la Consejería de Cultura y Deporte del Principado de Asturias para tramitar su declaración como Bien de Interés Cultural, ya que pese a ser un santuario de considerable valor y fervor religioso, hasta ahora, solo cuenta con una protección ambiental.

Fray Alberto Colunga en su Historia del santuario (1909 y reeditada en 1925) escribe sobre el origen del nombre Acebo, según la leyenda y la historia. Según la primera, el nombre procede del acebo en que la imagen de la Virgen se habría aparecido a unos pastores que vivían por el entorno; sin embargo, la historia no recoge este suceso, y el nombre deriva de la sierra de los Acebales, de la que El Acebo es una prolongación. La primera advocación del santuario fue la de Nuestra Señora de las Virtudes, y después de los milagros que sucedieron en él a partir 1575 se convirtió en uno de los santuarios marianos asturianos de mayor devoción tras el de Nuestra Señora de Covadonga.

Desde los tiempos del jesuita Luis Alfonso de Carballo (Entrambasaguas, Cangas del Narcea, 1571 – Villargarcía de Campos, Valladolid, 1635) se sabe de la existencia de una pequeña ermita, situada en la cima del monte del Acebo, «sin memoria de su primera fundación», como así dice Carballo, y de la que deja constancia en su obra póstuma Antigüedades y cosas memorables del Principado de Asturias, terminada en 1613 y publicada en Madrid en 1695. Esta primera ermita era sumamente pobre y de construcción popular; se erigía en un territorio de pastores, estaba cubierta con armadura madera y en su interior estaba la imagen de Nuestra Señora, la que hoy día se venera en el retablo mayor, la que vio y describió el propio Carballo y ante la cual sucedieron los primeros milagros, así como una cruz de palo.

Vista exterior de la iglesia del santuario de El Acebo

Milagrosamente, por intercesión de la Virgen de El Acebo se curaron numerosas personas enfermas de los huesos, enfermedades sin remedio humano, y mujeres estériles consiguieron concebir hijos. Con estos sucesos, la Virgen de El Acebo ganó en veneración y aquella ermita olvidada, visitada ocasionalmente por los pastores que vivían en sus inmediaciones se quedó pequeña para acoger a los nuevos devotos que año tras año se iban sumando en peregrinación en busca de un nuevo milagro que les remediase de alguna enfermedad de la que no había remedio humano. En 1590 ya estaba terminada y abierta al público la nueva ermita en cuya construcción se habla de un hecho milagroso, como así narra Colunga en su Historia del santuario:

«Cuando estaban reunidos los materiales para comenzar la obra, amanecieron un día transportados a lo alto de la montaña. Los directores de la obra bajaron de nuevo los materiales y guardarlos durante la noche, pero a la mañana siguiente sucedió lo mismo, aparecieron de nuevo en la cumbre y los guardias que se habían acostado sobre las vigas y maderas dormían tranquilos en la cima del monte sin haber advertido cosa alguna hasta la tercera vez se repitió el prodigio que indicaba bien claramente ser voluntad de la Santísima Virgen que en lo más encumbrado de la montaña se le edificase su morada y así contra los primeros propósitos se hubo de construir el nuevo santuario en el mismo sitio que ocupaba la antigua ermita».

Vista del interior de la iglesia del santuario de El Acebo desde la tribuna

No obstante, la historia no recoge este prodigio y dice que «creciendo la devoción y las limosnas, se edificó un templo harto bueno, con su torre y colaterales, y muy proveída la sacristía de ornamentos y recados para los Oficios Divinos, y siete lámparas de plata» (CARVALLO, Antigüedades y cosas memorables, pág. 467). Su construcción coincidió con la reforma de la iglesia del monasterio de Corias (Cangas del Narcea), cuyos planos fueron trazados por uno de los grandes maestros de la arquitectura clasicista de la mitad norte peninsular, Juan del Rivero Rada (1540-1600), maestro mayor de la catedral de Salamanca, que fueron interpretados por Domingo de Argos y sus oficiales Juan del Alsar y Domingo de Biloña, que fueron los que también edificaron la ermita de El Acebo.

Retablo de la capilla dedicada al Santo Cristo

Arquitectónicamente, El Acebo es un santuario de montaña, que se caracteriza por la poca elevación de los muros y bóvedas para evitar los percances ocasionados por los fenómenos meteorológicos. La ermita es una derivación popular de la iglesia del monasterio de Corias y representa el modelo de templo quinientista asturiano: nave única con tribuna a los pies, crucero a cuyos lados se abren dos capillas (dedicadas al Santo Cristo y Santa Ana) y cabecera de testero recto, lo que proporciona una visión monofocal hacia el ábside. Como en el templo de Corias, se combina una cierta centralización (ábside, crucero, capillas y cabecera) y una longitudinalidad representada por la nave. El santuario se terminó de construir en 1609. En ese año se concluyeron las casas de novenas y del capellán. El arquitecto fue Juan del Alsar, vecino de Villaverde, en la Merindad de Trasmiera (Cantabria), que había trabajado con Argos en Corias y en la ermita.

El patronato de este nuevo santuario lo ejercía el obispo de Oviedo y aunque al monasterio de Corias creía pertenecerle su administración, lo cierto es que no era así. Llegó incluso a pleitear ante la Real Chancillería de Valladolid contra el prelado por tal motivo. Litigio que perdieron los monjes en 1613, cuando una sentencia de esta chancillería declaró al obispo único patrono del santuario, tanto en lo espiritual como en lo temporal. Junto al obispo estaba el mayordomo, que era el sacerdote de una parroquia cercana, cuya función era organizar el culto, y el sacristán que se encargaba de mantenerlo limpio y con decoro, lavaba la ropa de la imagen y reponía el vino y las hostias para la celebración de la misa; en 1690 fue sustituido por el capellán.

Desde los orígenes del santuario, allá por el siglo XIII, se veneraba la imagen de Nuestra Señora, cuya primera advocación fue la Nuestra Señora de las Virtudes, y su fiesta (la Natividad de la Virgen, el 8 de septiembre) se viene celebrando, al menos, desde la construcción de la nueva ermita, como muestra el relieve inferior del retablo de la capilla de Santa Ana, esculpido en 1598, donde se representa La Natividad de la Virgen. Con la incorporación en 1706 de la «Hermandad de Nuestra Señora de El Acebo», cuyo primer Hermano Mayor (presidente) fue el obispo de Jaén don Benito de Omaña, miembro de una de las familias más poderosas del concejo, colegial mayor de Santa Cruz de Valladolid, catedrático en esa Universidad y de la de Granada, pasando después a Roma como auditor del Tribunal de La Rota en 1701, a la Archicofradía de la Santísima Resurrección de la iglesia de Santiago de los Españoles en Roma, el santuario ya celebraba las festividades del Jueves y Viernes Santo, el Domingo de Resurrección, el Corpus Christi y las Cuarenta Horas. La refundación de la cofradía fue decisiva ya que aparte de aportar limosnas, potenció el culto a la Virgen y al Santísimo Sacramento. En algún momento llegó a tener inscritos más de 22.000 cofrades, entre los que figuran artistas y gente noble. En 1713, al pasar su administración a depender del mayordomo del santuario se fue paulatinamente extinguiendo, hecho que se consumó en el siglo XIX.

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Retablos de los altares colaterales de San Miguel y San José y de la capilla de Santa Ana

Entre 1598-1600 se realizaron los primeros retablos, lo que coincidió con una ligera recuperación económica y social de Asturias, sumergida, desde finales de la baja Edad Media, en una profunda crisis económica. En la realización de los retablos intervinieron algunos de los pintores asturianos que entraron en el mundo del retablo y de la imaginería, pintando frescos y falsos retablos. Esto llevó a Javier González Santos a denominarlos como «pintores-tallistas». Entre ellos estaban Juan Menéndez del Valle y Juan de Torres que en 1598 contrataron con los administradores del santuario tres retablos: dos para los altares colaterales de San Miguel y San José, y otro para la capilla de Santa Ana según la traza dispuesta, acaso de Domingo de Argos (GONZÁLEZ SANTOS, Los Comienzos de la escultura naturalista en Asturias, 1997, pág. 28). Poco después, en 1600, Menéndez del Valle hizo y pintó el primer retablo mayor, vendido en 1592 a la iglesia de Linares de El Acebo (COLUNGA, Historia del santuario, pág. 23), y la imagen del Santo Cristo para su capilla que se renovó en la década de 1650 con la hechura de un retablo y una nueva imagen. El artífice fue Pedro Sánchez de Agrela (San Pedro de Mor, Lugo, h. 1610 – Cudillero, 1661), autor material del retablo mayor de la colegiata de la villa de Cangas del Narcea, avecindado en dicha villa, al menos, desde 1642. La imagen es una interpretación fría del modelo naturalista de Gregorio Fernández que Sánchez de Agrela conoció indirectamente a través de uno de sus discípulos en Valladolid, el gijonés Luis Fernández de la Vega (Llantones, Gijón, 1601 – Oviedo, 1675).

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Retablo mayor

Seguidamente, y coincidiendo con uno de los momentos de mayores ingresos del santuario, gracias a los censos y limosnas, se renovaron los acomodos del presbiterio. En la visita de 1687 se ordenó que Manuel de Ron (Pixán, Cangas del Narcea, h. 1645-1732), maestro ensamblador, hiciese una planta de un retablo que fuese «la obra más primorosa que hacerse pueda» para la capilla mayor de dicho santuario (COLUNGA, Ob. cit., págs. 22-24). Con ello, los administradores pretendían embellecer la ermita, acoger con decoro y suntuosidad la imagen de la Virgen y, como no, modernizarla, adaptándola al gusto artístico del momento, de un barroco decorativo que se implantó en Cangas del Narcea con la construcción, entre 1677-1679, de los retablos mayor y colaterales del monasterio de Corias, por el arquitecto Francisco González y el escultor Pedro del Valle, vecinos de la villa de Villafranca del Bierzo (León), que previamente habían trabajado en las catedrales de Santiago de Compostela, Lugo y Astorga. Ron aprendió el arte de la escultura en la fábrica de Corias y antes del retablo de El Acebo no se le conoce obra importante, solo alguna intervención en algún retablo y labores de carpintería, como los cajones que hizo en 1683 para la sacristía del santuario. Fue el retablo de El Acebo lo que le dio fama y prestigio y a partir de entonces le sobrevinieron los encargos. No obstante, su elección se fundamenta en que era un maestro que conocía el barroco decorativo, cuatro años atrás había trabajado en el santuario, haciendo los cajones de madera para la sacristía, con ello se le condonarían parte de las deudas que su padre Juan de Ron tenía contraídas con el santuario y de esta forma los administradores desembolsarían menos dinero. El retablo se comenzó en 1688 y ya estaba terminado cuatro años más tarde. El ensamblaje lo hizo Francisco Arias (doc. 1678-1693), un maestro casi ignorado del círculo de Fernández de la Vega que había trabajado como oficial en los retablos de Corias y del monasterio de San Pelayo de Oviedo. Su coste fue de 10.400 reales, cantidad declarada por el escultor Tomás de Solís, vecino de Oviedo, quien hizo la tasación. La policromía se concertó en 1700, con el dorador Juan Menéndez Acellana, vecino de la villa de Cangas, que la terminó en 1709 y recibió 13.500 reales (COLUNGA, Ob. cit., págs. 22-24). Por tanto, el retablo supuso un desembolso de 23.900 reales.

Siguiendo con la renovación de la ermita, en 1712 se hizo el púlpito [APCN: Libro de cuentas del Santuario de El Acebo (1680-1723), fol. 168v]. El maestro fue Antonio García de Agüera (doc. entre 1692-1725), vecino del barrio de El Corral, arrabal de la villa de Cangas del Narcea. Este maestro fue junto a Manuel de Ron uno de los más destacados escultores del Taller de Corias. Aunque profesó la arquitectura y la escultura, fue la carpintería la que más ingresos le proporcionó. Aparte del púlpito renovó toda la carpintería de la casa de novenas, incendiada en 1703. Entre 1714-1716 se reformó el camarín de Nuestra Señora; se hizo la ventana del presbiterio y las escaleras de acceso. Los maestros principales fueron el escultor Pedro Rodríguez Berguño (doc. entre 1705-1744), el platero Gregorio Pinos, ambos de Corias, y el dorador Francisco de Uría y Llano (doc. 1712-1764), de Cangas. Finalmente, por la misma época que la renovación del presbiterio se hizo la reja, trabajada por el rejero Juan Orejo que recibió 8.000 reales (COLUNGA, Ob. cit., pág. 18). En 1721 se compró una nueva imagen de la Virgen, conocida como «la Excusadora», para excusar y no sacar la imagen titular en las procesiones de Jueves Santo y Domingo de Resurrección. Su coste fue de 30 reales, 15 por hacerla y 15 por pintarla.

Entre 1725 y 1780 se registra un parón en la actividad del santuario, ocasionada por un decrecimiento en su economía, consecuencia de la pérdida de censos, rentas y aportación de limosnas, sobre todo de la cofradía. En esos años se hicieron obras de mantenimiento y entre 1784-1790 se reformó la mayor parte de la ermita y de la casa de novenas. Se detectaron algunas quiebras considerables en el presbiterio y se declaró en ruina la casa de novenas. La reedificación estaba terminada en 1790 y costó 27.906 reales que tras autorizarse la venta de algunas alhajas, recaudación de limosnas y productos de las arcas, el santuario se benefició de 23.150 reales. El resto lo puso el obispo de Oviedo. Como hecho significativo y para conmemorar la reforma se pintó la parte exterior del arco de triunfo con un fresco con cortinajes y cartelas, con inscripciones alusivas a la Virgen, ornamentadas con tornapuntas y motivos arrocallados del barroco tardío.

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Interior de la iglesia del santuario de El Acebo en la actualidad

En el siglo XIX la economía del santuario fue muy menguada y tras el cese de los réditos de los censos, granos y especies, el santuario solo se mantenía con las limosnas, a lo que se sumo la venta en 1868 del terreno que rodea al santuario, incluyendo la casa de novenas y la ermita. A partir de entonces, el santuario no tuvo capellán propio y su atención y la de los devotos pasó a depender del párroco de Linares de El Acebo, don Florencio Fernández Bada. El terreno fue recuperado en 1875 por una Real Orden en la que se declaró parte integrante del culto del santuario.

Como hecho significativo, en 1828 se volvió a policromar el retablo mayor y se recompusieron todas las imágenes que estaban inservibles; en 1863 se fundió la campana pequeña de la torre cuyo recibo dio el maestro campanero Miguel del Mazo y ya en el último tercio del siglo XIX se pavimentó de nuevo el interior de la ermita, lo que supuso la pérdida de las lápidas sepulcrales de aquellos que eligieron el santuario como su lugar de enterramiento, como los Miramontes de Sorrodiles; comenzaron las obras de la cerca exterior y se reconstruyó completamente la casa de novenas.

El siglo XX fue en lo patrimonial muy negativo: se derribó el pórtico de la ermita y la casa de novenas antigua fue sustituida por la actual en 1982. A partir de esta fecha, el santuario adquirió la fisonomía que muestra hoy en día. Mantuvo, en cambio, su gran arraigo en la zona y festividad, patrona del concejo y fiesta local, celebrada cada año el 8 de setiembre. Previamente a ella, se inicia la novena. En la fiesta, los fieles presentan algunas ofrendas, se celebra una misa y la imagen de la Excusadora sale en procesión en torno al recinto del santuario.

Estado anterior del interior de la iglesia del santuario del Acebo con las pinturas murales desaparecidas.

La última pérdida patrimonial de la ermita ocurrió en 2012, cuando se desplomó el fresco del arco de triunfo, emitiéndose por ello una denuncia al Ayuntamiento de Cangas del Narcea. Se han perdido unas de las pinturas murales asturianas más significativas del último barroco.

Esto es a grandes rasgos la historia del santuario, la cual no se podría concluir sin, al menos, decir algo sobre la devoción a la Virgen. Previamente a los primeros milagros, la ermita era visitada por pastores que vivían en sus inmediaciones, pero a partir de 1575 fue aumentando la devoción, las limosnas fueron cada vez mayores y se edificó un templo nuevo. La devoción ocasionó la donación de alhajas, como la custodia regalada en 1711 por don Benito de Omaña, en la que se declara esclavo de Nuestra Señora de El Acebo (actualmente, en el Museo de la Iglesia de Oviedo), o la corona de plata sobredorada que dio en 1716 Santiago Valdés, residente en Madrid y natural de Santiago de Sierra (Cangas del Narcea). La devoción hacia la Virgen del Acebo llegó a América gracias al beneplácito de los emigrados, como don Francisco Queipo de Llano, natural de Curriellos (Cangas del Narcea) y residente en Lima (Perú), que en 1730 envió 3.004 reales de limosna, y muchas alhajas de la Virgen llevaban el nombre de algunos de estos emigrados.

Historia del santuario de Nuestra Señora del Acebo

Vista exterior de la iglesia del santuario de El Acebo

Esta historia del santuario de Nuestra Señora del Acebo es un resumen de la memoria sobre el santuario hecha a petición de la Consejería de Cultura y Deporte del Principado de Asturias para tramitar su declaración como Bien de Interés Cultural, ya que pese a ser un santuario de considerable valor y fervor religioso, hasta ahora, solo cuenta con una protección ambiental.

Fray Alberto Colunga en su Historia del santuario (1909 y reeditada en 1925) escribe sobre el origen del nombre Acebo, según la leyenda y la historia. Según la primera, el nombre procede del acebo en que la imagen de la Virgen se habría aparecido a unos pastores que vivían por el entorno; sin embargo, la historia no recoge este suceso, y el nombre deriva de la sierra de los Acebales, de la que El Acebo es una prolongación. La primera advocación del santuario fue la de Nuestra Señora de las Virtudes, y después de los milagros que sucedieron en él a partir 1575 se convirtió en uno de los santuarios marianos asturianos de mayor devoción tras el de Nuestra Señora de Covadonga.

Desde los tiempos del jesuita Luis Alfonso de Carballo (Entrambasaguas, Cangas del Narcea, 1571 – Villargarcía de Campos, Valladolid, 1635) se sabe de la existencia de una pequeña ermita, situada en la cima del monte del Acebo, «sin memoria de su primera fundación», como así dice Carballo, y de la que deja constancia en su obra póstuma Antigüedades y cosas memorables del Principado de Asturias, terminada en 1613 y publicada en Madrid en 1695. Esta primera ermita era sumamente pobre y de construcción popular; se erigía en un territorio de pastores, estaba cubierta con armadura madera y en su interior estaba la imagen de Nuestra Señora, la que hoy día se venera en el retablo mayor, la que vio y describió el propio Carballo y ante la cual sucedieron los primeros milagros, así como una cruz de palo.

Vista exterior de la iglesia del santuario de El Acebo

Milagrosamente, por intercesión de la Virgen de El Acebo se curaron numerosas personas enfermas de los huesos, enfermedades sin remedio humano, y mujeres estériles consiguieron concebir hijos. Con estos sucesos, la Virgen de El Acebo ganó en veneración y aquella ermita olvidada, visitada ocasionalmente por los pastores que vivían en sus inmediaciones se quedó pequeña para acoger a los nuevos devotos que año tras año se iban sumando en peregrinación en busca de un nuevo milagro que les remediase de alguna enfermedad de la que no había remedio humano. En 1590 ya estaba terminada y abierta al público la nueva ermita en cuya construcción se habla de un hecho milagroso, como así narra Colunga en su Historia del santuario:

«Cuando estaban reunidos los materiales para comenzar la obra, amanecieron un día transportados a lo alto de la montaña. Los directores de la obra bajaron de nuevo los materiales y guardarlos durante la noche, pero a la mañana siguiente sucedió lo mismo, aparecieron de nuevo en la cumbre y los guardias que se habían acostado sobre las vigas y maderas dormían tranquilos en la cima del monte sin haber advertido cosa alguna hasta la tercera vez se repitió el prodigio que indicaba bien claramente ser voluntad de la Santísima Virgen que en lo más encumbrado de la montaña se le edificase su morada y así contra los primeros propósitos se hubo de construir el nuevo santuario en el mismo sitio que ocupaba la antigua ermita».

Vista del interior de la iglesia del santuario de El Acebo desde la tribuna

No obstante, la historia no recoge este prodigio y dice que «creciendo la devoción y las limosnas, se edificó un templo harto bueno, con su torre y colaterales, y muy proveída la sacristía de ornamentos y recados para los Oficios Divinos, y siete lámparas de plata» (CARVALLO, Antigüedades y cosas memorables, pág. 467). Su construcción coincidió con la reforma de la iglesia del monasterio de Corias (Cangas del Narcea), cuyos planos fueron trazados por uno de los grandes maestros de la arquitectura clasicista de la mitad norte peninsular, Juan del Rivero Rada (1540-1600), maestro mayor de la catedral de Salamanca, que fueron interpretados por Domingo de Argos y sus oficiales Juan del Alsar y Domingo de Biloña, que fueron los que también edificaron la ermita de El Acebo.

Retablo de la capilla dedicada al Santo Cristo

Arquitectónicamente, El Acebo es un santuario de montaña, que se caracteriza por la poca elevación de los muros y bóvedas para evitar los percances ocasionados por los fenómenos meteorológicos. La ermita es una derivación popular de la iglesia del monasterio de Corias y representa el modelo de templo quinientista asturiano: nave única con tribuna a los pies, crucero a cuyos lados se abren dos capillas (dedicadas al Santo Cristo y Santa Ana) y cabecera de testero recto, lo que proporciona una visión monofocal hacia el ábside. Como en el templo de Corias, se combina una cierta centralización (ábside, crucero, capillas y cabecera) y una longitudinalidad representada por la nave. El santuario se terminó de construir en 1609. En ese año se concluyeron las casas de novenas y del capellán. El arquitecto fue Juan del Alsar, vecino de Villaverde, en la Merindad de Trasmiera (Cantabria), que había trabajado con Argos en Corias y en la ermita.

El patronato de este nuevo santuario lo ejercía el obispo de Oviedo y aunque al monasterio de Corias creía pertenecerle su administración, lo cierto es que no era así. Llegó incluso a pleitear ante la Real Chancillería de Valladolid contra el prelado por tal motivo. Litigio que perdieron los monjes en 1613, cuando una sentencia de esta chancillería declaró al obispo único patrono del santuario, tanto en lo espiritual como en lo temporal. Junto al obispo estaba el mayordomo, que era el sacerdote de una parroquia cercana, cuya función era organizar el culto, y el sacristán que se encargaba de mantenerlo limpio y con decoro, lavaba la ropa de la imagen y reponía el vino y las hostias para la celebración de la misa; en 1690 fue sustituido por el capellán.

Desde los orígenes del santuario, allá por el siglo XIII, se veneraba la imagen de Nuestra Señora, cuya primera advocación fue la Nuestra Señora de las Virtudes, y su fiesta (la Natividad de la Virgen, el 8 de septiembre) se viene celebrando, al menos, desde la construcción de la nueva ermita, como muestra el relieve inferior del retablo de la capilla de Santa Ana, esculpido en 1598, donde se representa La Natividad de la Virgen. Con la incorporación en 1706 de la «Hermandad de Nuestra Señora de El Acebo», cuyo primer Hermano Mayor (presidente) fue el obispo de Jaén don Benito de Omaña, miembro de una de las familias más poderosas del concejo, colegial mayor de Santa Cruz de Valladolid, catedrático en esa Universidad y de la de Granada, pasando después a Roma como auditor del Tribunal de La Rota en 1701, a la Archicofradía de la Santísima Resurrección de la iglesia de Santiago de los Españoles en Roma, el santuario ya celebraba las festividades del Jueves y Viernes Santo, el Domingo de Resurrección, el Corpus Christi y las Cuarenta Horas. La refundación de la cofradía fue decisiva ya que aparte de aportar limosnas, potenció el culto a la Virgen y al Santísimo Sacramento. En algún momento llegó a tener inscritos más de 22.000 cofrades, entre los que figuran artistas y gente noble. En 1713, al pasar su administración a depender del mayordomo del santuario se fue paulatinamente extinguiendo, hecho que se consumó en el siglo XIX.

Retablos de los altares colaterales de San Miguel y San José y de la capilla de Santa Ana

Entre 1598-1600 se realizaron los primeros retablos, lo que coincidió con una ligera recuperación económica y social de Asturias, sumergida, desde finales de la baja Edad Media, en una profunda crisis económica. En la realización de los retablos intervinieron algunos de los pintores asturianos que entraron en el mundo del retablo y de la imaginería, pintando frescos y falsos retablos. Esto llevó a Javier González Santos a denominarlos como «pintores-tallistas». Entre ellos estaban Juan Menéndez del Valle y Juan de Torres que en 1598 contrataron con los administradores del santuario tres retablos: dos para los altares colaterales de San Miguel y San José, y otro para la capilla de Santa Ana según la traza dispuesta, acaso de Domingo de Argos (GONZÁLEZ SANTOS, Los Comienzos de la escultura naturalista en Asturias, 1997, pág. 28). Poco después, en 1600, Menéndez del Valle hizo y pintó el primer retablo mayor, vendido en 1592 a la iglesia de Linares de El Acebo (COLUNGA, Historia del santuario, pág. 23), y la imagen del Santo Cristo para su capilla que se renovó en la década de 1650 con la hechura de un retablo y una nueva imagen. El artífice fue Pedro Sánchez de Agrela (San Pedro de Mor, Lugo, h. 1610 – Cudillero, 1661), autor material del retablo mayor de la colegiata de la villa de Cangas del Narcea, avecindado en dicha villa, al menos, desde 1642. La imagen es una interpretación fría del modelo naturalista de Gregorio Fernández que Sánchez de Agrela conoció indirectamente a través de uno de sus discípulos en Valladolid, el gijonés Luis Fernández de la Vega (Llantones, Gijón, 1601 – Oviedo, 1675).

Retablo mayor

Seguidamente, y coincidiendo con uno de los momentos de mayores ingresos del santuario, gracias a los censos y limosnas, se renovaron los acomodos del presbiterio. En la visita de 1687 se ordenó que Manuel de Ron (Pixán, Cangas del Narcea, h. 1645-1732), maestro ensamblador, hiciese una planta de un retablo que fuese «la obra más primorosa que hacerse pueda» para la capilla mayor de dicho santuario (COLUNGA, Ob. cit., págs. 22-24). Con ello, los administradores pretendían embellecer la ermita, acoger con decoro y suntuosidad la imagen de la Virgen y, como no, modernizarla, adaptándola al gusto artístico del momento, de un barroco decorativo que se implantó en Cangas del Narcea con la construcción, entre 1677-1679, de los retablos mayor y colaterales del monasterio de Corias, por el arquitecto Francisco González y el escultor Pedro del Valle, vecinos de la villa de Villafranca del Bierzo (León), que previamente habían trabajado en las catedrales de Santiago de Compostela, Lugo y Astorga. Ron aprendió el arte de la escultura en la fábrica de Corias y antes del retablo de El Acebo no se le conoce obra importante, solo alguna intervención en algún retablo y labores de carpintería, como los cajones que hizo en 1683 para la sacristía del santuario. Fue el retablo de El Acebo lo que le dio fama y prestigio y a partir de entonces le sobrevinieron los encargos. No obstante, su elección se fundamenta en que era un maestro que conocía el barroco decorativo, cuatro años atrás había trabajado en el santuario, haciendo los cajones de madera para la sacristía, con ello se le condonarían parte de las deudas que su padre Juan de Ron tenía contraídas con el santuario y de esta forma los administradores desembolsarían menos dinero. El retablo se comenzó en 1688 y ya estaba terminado cuatro años más tarde. El ensamblaje lo hizo Francisco Arias (doc. 1678-1693), un maestro casi ignorado del círculo de Fernández de la Vega que había trabajado como oficial en los retablos de Corias y del monasterio de San Pelayo de Oviedo. Su coste fue de 10.400 reales, cantidad declarada por el escultor Tomás de Solís, vecino de Oviedo, quien hizo la tasación. La policromía se concertó en 1700, con el dorador Juan Menéndez Acellana, vecino de la villa de Cangas, que la terminó en 1709 y recibió 13.500 reales (COLUNGA, Ob. cit., págs. 22-24). Por tanto, el retablo supuso un desembolso de 23.900 reales.

Siguiendo con la renovación de la ermita, en 1712 se hizo el púlpito [APCN: Libro de cuentas del Santuario de El Acebo (1680-1723), fol. 168v]. El maestro fue Antonio García de Agüera (doc. entre 1692-1725), vecino del barrio de El Corral, arrabal de la villa de Cangas del Narcea. Este maestro fue junto a Manuel de Ron uno de los más destacados escultores del Taller de Corias. Aunque profesó la arquitectura y la escultura, fue la carpintería la que más ingresos le proporcionó. Aparte del púlpito renovó toda la carpintería de la casa de novenas, incendiada en 1703. Entre 1714-1716 se reformó el camarín de Nuestra Señora; se hizo la ventana del presbiterio y las escaleras de acceso. Los maestros principales fueron el escultor Pedro Rodríguez Berguño (doc. entre 1705-1744), el platero Gregorio Pinos, ambos de Corias, y el dorador Francisco de Uría y Llano (doc. 1712-1764), de Cangas. Finalmente, por la misma época que la renovación del presbiterio se hizo la reja, trabajada por el rejero Juan Orejo que recibió 8.000 reales (COLUNGA, Ob. cit., pág. 18). En 1721 se compró una nueva imagen de la Virgen, conocida como «la Excusadora», para excusar y no sacar la imagen titular en las procesiones de Jueves Santo y Domingo de Resurrección. Su coste fue de 30 reales, 15 por hacerla y 15 por pintarla.

Entre 1725 y 1780 se registra un parón en la actividad del santuario, ocasionada por un decrecimiento en su economía, consecuencia de la pérdida de censos, rentas y aportación de limosnas, sobre todo de la cofradía. En esos años se hicieron obras de mantenimiento y entre 1784-1790 se reformó la mayor parte de la ermita y de la casa de novenas. Se detectaron algunas quiebras considerables en el presbiterio y se declaró en ruina la casa de novenas. La reedificación estaba terminada en 1790 y costó 27.906 reales que tras autorizarse la venta de algunas alhajas, recaudación de limosnas y productos de las arcas, el santuario se benefició de 23.150 reales. El resto lo puso el obispo de Oviedo. Como hecho significativo y para conmemorar la reforma se pintó la parte exterior del arco de triunfo con un fresco con cortinajes y cartelas, con inscripciones alusivas a la Virgen, ornamentadas con tornapuntas y motivos arrocallados del barroco tardío.

Interior de la iglesia del santuario de El Acebo en la actualidad

En el siglo XIX la economía del santuario fue muy menguada y tras el cese de los réditos de los censos, granos y especies, el santuario solo se mantenía con las limosnas, a lo que se sumo la venta en 1868 del terreno que rodea al santuario, incluyendo la casa de novenas y la ermita. A partir de entonces, el santuario no tuvo capellán propio y su atención y la de los devotos pasó a depender del párroco de Linares de El Acebo, don Florencio Fernández Bada. El terreno fue recuperado en 1875 por una Real Orden en la que se declaró parte integrante del culto del santuario.

Como hecho significativo, en 1828 se volvió a policromar el retablo mayor y se recompusieron todas las imágenes que estaban inservibles; en 1863 se fundió la campana pequeña de la torre cuyo recibo dio el maestro campanero Miguel del Mazo y ya en el último tercio del siglo XIX se pavimentó de nuevo el interior de la ermita, lo que supuso la pérdida de las lápidas sepulcrales de aquellos que eligieron el santuario como su lugar de enterramiento, como los Miramontes de Sorrodiles; comenzaron las obras de la cerca exterior y se reconstruyó completamente la casa de novenas.

El siglo XX fue en lo patrimonial muy negativo: se derribó el pórtico de la ermita y la casa de novenas antigua fue sustituida por la actual en 1982. A partir de esta fecha, el santuario adquirió la fisonomía que muestra hoy en día. Mantuvo, en cambio, su gran arraigo en la zona y festividad, patrona del concejo y fiesta local, celebrada cada año el 8 de setiembre. Previamente a ella, se inicia la novena. En la fiesta, los fieles presentan algunas ofrendas, se celebra una misa y la imagen de la Excusadora sale en procesión en torno al recinto del santuario.

Estado anterior del interior de la iglesia del santuario del Acebo con las pinturas murales desaparecidas.

La última pérdida patrimonial de la ermita ocurrió en 2012, cuando se desplomó el fresco del arco de triunfo, emitiéndose por ello una denuncia al Ayuntamiento de Cangas del Narcea. Se han perdido unas de las pinturas murales asturianas más significativas del último barroco.

Esto es a grandes rasgos la historia del santuario, la cual no se podría concluir sin, al menos, decir algo sobre la devoción a la Virgen. Previamente a los primeros milagros, la ermita era visitada por pastores que vivían en sus inmediaciones, pero a partir de 1575 fue aumentando la devoción, las limosnas fueron cada vez mayores y se edificó un templo nuevo. La devoción ocasionó la donación de alhajas, como la custodia regalada en 1711 por don Benito de Omaña, en la que se declara esclavo de Nuestra Señora de El Acebo (actualmente, en el Museo de la Iglesia de Oviedo), o la corona de plata sobredorada que dio en 1716 Santiago Valdés, residente en Madrid y natural de Santiago de Sierra (Cangas del Narcea). La devoción hacia la Virgen del Acebo llegó a América gracias al beneplácito de los emigrados, como don Francisco Queipo de Llano, natural de Curriellos (Cangas del Narcea) y residente en Lima (Perú), que en 1730 envió 3.004 reales de limosna, y muchas alhajas de la Virgen llevaban el nombre de algunos de estos emigrados.

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El Santo Cristo de El Acebo. Una escultura ignorada de Juan Menéndez del Valle

Fig. 1. Relieve del Calvario del retablo de Linares.

Este artículo forma parte de la memoria histórico-artística sobre el santuario de Nuestra Señora de El Acebo (Cangas del Narcea), realizada por el autor a petición de la Consejería de Educación, Cultura y Deporte del Principado de Asturias para la declaración del santuario como Bien de Interés Cultural, de la que haremos un breve resumen para la web del Tous pa Tous.

El Santo Cristo de El Acebo es una imagen hasta ahora desconocida, de la que ni siquiera el padre fray Alberto Colunga (Noreña, 1879 – Caleruega, Burgos, 1962) en su Historia del santuario, publicada por primera vez en Madrid en 1909, da noticia alguna. Es, sin duda, la pieza más sobresaliente de la producción del escultor y pintor Juan Menéndez del Valle. Se la atribuimos a este escultor tras compararla con el relieve del Calvario con la Virgen y san Juan (fig. 1) del retablo mayor de la iglesia parroquial de Santa María Magdalena de Linares de El Acebo (antiguo retablo mayor del santuario), obra del año 1600 perfectamente documentada de Menéndez del Valle (COLUNGA, Historia del santuario, 1909, pág. 23).

Fig. 2. Santo Cristo de El Acebo.

Menéndez del Valle fue uno de los artistas asturianos más destacados del primer cuarto del siglo XVII, momento en que Asturias se estaba empezando a recuperar de la crisis socio-económica que la asoló desde finales de la Baja Edad Media. Su actividad se documenta entre 1598-1621. Era natural del concejo de Llanera y vecino de Oviedo. Él fue el que inició y apadrinó la carrera artística del escultor gijonés Luis Fernández de la Vega (Llantones, Gijón, 1601 – Oviedo, 1675), el principal representante del naturalismo barroco castellano en la mitad norte peninsular, tras el casamiento de este con su hija, Isabel Menéndez, en 1616. Su obra documentada es muy escasa y de ella solo se conservan sus trabajos para el santuario de El Acebo: los retablos colaterales de San José y San Miguel y el de la capilla de Santa Ana (GONZÁLEZ SANTOS, Los comienzos de la escultura naturalista en Asturias, 1997, págs. 27-30, figs. págs. 28-29), contratados en Oviedo en 1598. Fue un artista que estableció abundantes mancomunidades con otros maestros de su generación, como Juan de Torres (doc. entre 1587-1615), Francisco González (1583-1627) y Toribio Suárez (doc. 1600-1628), por las que los maestros se comprometían a realizar conjuntamente una serie de obras. El estilo de Menéndez del Valle se caracteriza por una lejana influencia del último Renacimiento (manierismo), ejemplificado en el retablo mayor de la catedral de Astorga, realizado por Gaspar Becerra (1520-1568) a partir de 1550, con unas figuras algo desproporcionadas, inexpresivas, frías y, sobre todo, robustas, de clara influencia romanista.

Fig. 3. Detalle del Santo Cristo de El Acebo.

El Santo Cristo está en la sacristía del santuario de El Acebo (figs. 2-3). Es una talla un poco menor que el natural (sobre 110 cm aprox.), realizada en madera y policromada, que a nuestro juicio fue esculpida el mismo año que este escultor hizo los retablos de la ermita, para ornamentar la capilla del Santo Cristo, abierta en el lado del evangelio del crucero, y acaso junto a un pequeño retablo (no conservado), semejante a los colaterales, para colocar la imagen con decoro. Este conjunto, retablo e imagen, fue sustituido hacia 1650 por otro de mayor tamaño, realizado por Pedro Sánchez de Agrela (San Pedro de Mor, Lugo, h. 1610 – Cudillero, 1661), donde se venera un Crucificado que ejemplifica el estilo naturalista implantado en Cangas del Narcea en el segundo tercio del siglo XVII por Sánchez de Agrela y su taller.

Fig. 4. Cristo de Prada (o de Velarde) de la catedral de Oviedo.

Para labrar la imagen, Menéndez del Valle se inspiró en el Cristo de Prada (o de Velarde) venerado en una de las capillas del costado meridional de la catedral de Oviedo, fundada a mediados del siglo XVI por Antonio Vázquez de Prada, abad de Tuñón, quien también donó el Crucificado (fig. 4). Antonio era hijo de don Andrés Vázquez de Prada y Rubio, capitán del emperador Carlos V en la batalla de Pavía (1525), caballero de la orden de Santiago en 1528 y fundador de la casa de Prada en 1544. El sobrenombre de Velarde le viene de cuando la casa de Prada recayó en aquella, ya a mediados del siglo XVIII. El Cristo de Prada es una imagen manierista que se relaciona con el Cristo de las Injurias de la catedral de Zamora, obra del círculo de Gaspar Becerra (Baeza, Jaén, h. 1520 – Madrid, 1570). No obstante, últimamente también se viene vinculando con el escultor Arnao Palla.

Fig. 5. Cristo crucificado del relieve de San Francisco del retablo de Linares.

La imagen del Cristo de El Acebo, aunque no es tan estilizada como aquella, justifica la influencia que tuvo este modelo en los escultores asturianos del cambio de siglo: el rostro sereno, noble y apacible, con un mechón de cabello cayendo sobre su hombro derecho; una anatomía robusta, insistiendo en los músculos del abdomen; la disposición estirada de los dedos índice y corazón de las manos, y los pliegues suaves, clasicistas, del paño femoral. No obstante, Menéndez del Valle supo dotar a su imagen de una personalidad propia.

Fig. 6. Detalle del Crucificado del relieve de San Francisco del retablo de Linares.

Suyo es el tratamiento alargado de la barba, el trenzado de la corona de espinas y, sobre todo, el rizo del cabello sobre su oreja izquierda que repite exactamente en el Cristo de Linares y en el del relieve de San Francisco de Asís del mismo retablo (figs. 5-6).

La imagen de El Acebo está policromada. Presenta desconchados en las rodillas, piernas, abdomen y brazos. Destacan las tonalidades mortecinas en las magulladuras de las rodillas, pies, manos y rostro, y evidentes goterones de sangre que emanan de las heridas producidas por los clavos, corona de espinas y lanzada. Carece de postizos, cuyo uso por estas fechas en Asturias aún no estaba generalizado. La policromía es sin duda la original, acaso realizada por el mismo Menéndez del Valle.

El Santo Cristo de El Acebo. Una escultura ignorada de Juan Menéndez del Valle

Fig. 1. Relieve del Calvario del retablo de Linares.

Este artículo forma parte de la memoria histórico-artística sobre el santuario de Nuestra Señora de El Acebo (Cangas del Narcea), realizada por el autor a petición de la Consejería de Cultura y Deporte del Principado de Asturias para la declaración del santuario como Bien de Interés Cultural, de la que próximamente haremos un breve resumen para la web del Tous pa Tous.

Santo Cristo es una imagen hasta ahora ignorada y desconocida, de la que ni siquiera el padre fray Alberto Colunga (Noreña, 1879 – Caleruega, Burgos, 1962) en su Historia del santuario, publicada por primera vez en Madrid en 1909, da noticia alguna. Es, sin duda, la pieza más sobresaliente de la producción del escultor y pintor Juan Menéndez del Valle. Se la atribuimos a este escultor tras compararla con el relieve del Calvario con la Virgen y san Juan (fig. 1) del retablo mayor de la iglesia parroquial de Santa María Magdalena de Linares de El Acebo (antiguo retablo mayor del santuario), obra del año 1600 perfectamente documentada de Menéndez del Valle (COLUNGA, Historia del santuario, 1909, pág. 23).

Fig. 2. Santo Cristo de El Acebo.

Menéndez del Valle fue uno de los artistas asturianos más destacados del primer cuarto del siglo XVII, momento en que Asturias se estaba empezando a recuperar de la crisis socio-económica que la asoló desde finales de la Baja Edad Media. Su actividad se documenta entre 1598-1621. Era natural del concejo de Llanera y vecino de Oviedo. Él fue el que inició y apadrinó la carrera artística del escultor gijonés Luis Fernández de la Vega (Llantones, Gijón, 1601 – Oviedo, 1675), el principal representante del naturalismo barroco castellano en la mitad norte peninsular, tras el casamiento de este con su hija, Isabel Menéndez, en 1616. Su obra documentada es muy escasa y de ella solo se conservan sus trabajos para el santuario de El Acebo: los retablos colaterales de San José y San Miguel y el de la capilla de Santa Ana (GONZÁLEZ SANTOS, Los comienzos de la escultura naturalista en Asturias, 1997, págs. 27-30, figs. págs. 28-29), contratados en Oviedo en 1598. Fue un artista que estableció abundantes mancomunidades con otros maestros de su generación, como Juan de Torres (doc. entre 1587-1615), Francisco González (1583-1627) y Toribio Suárez (doc. 1600-1628), por las que los maestros se comprometían a realizar conjuntamente una serie de obras. El estilo de Menéndez del Valle se caracteriza por una lejana influencia del último Renacimiento (manierismo), ejemplificado en el retablo mayor de la catedral de Astorga, realizado por Gaspar Becerra (1520-1568) a partir de 1550, con unas figuras algo desproporcionadas, inexpresivas, frías y, sobre todo, robustas, de clara influencia romanista.

Fig. 3. Detalle del Santo Cristo de El Acebo.

El Santo Cristo está en la sacristía del santuario de El Acebo (figs. 2-3). Es una talla un poco menor que el natural (sobre 110 cm aprox.), realizada en madera y policromada, que a nuestro juicio fue esculpida el mismo año que este escultor hizo los retablos de la ermita, para ornamentar la capilla del Santo Cristo, abierta en el lado del evangelio del crucero, y acaso junto a un pequeño retablo (no conservado), semejante a los colaterales, para colocar la imagen con decoro. Este conjunto, retablo e imagen, fue sustituido hacia 1650 por otro de mayor tamaño, realizado por Pedro Sánchez de Agrela (San Pedro de Mor, Lugo, h. 1610 – Cudillero, 1661), donde se venera un Crucificado que ejemplifica el estilo naturalista implantado en Cangas del Narcea en el segundo tercio del siglo XVII por Sánchez de Agrela y su taller.

Fig. 4. Cristo de Prada (o de Velarde) de la catedral de Oviedo.

Para labrar la imagen, Menéndez del Valle se inspiró en el Cristo de Prada (o de Velarde) venerado en una de las capillas del costado meridional de la catedral de Oviedo, fundada a mediados del siglo XVI por Antonio Vázquez de Prada, abad de Tuñón, quien también donó el Crucificado (fig. 4). Antonio era hijo de don Andrés Vázquez de Prada y Rubio, capitán del emperador Carlos V en la batalla de Pavía (1525), caballero de la orden de Santiago en 1528 y fundador de la casa de Prada en 1544. El sobrenombre de Velarde le viene de cuando la casa de Prada recayó en aquella, ya a mediados del siglo XVIII. El Cristo de Prada es una imagen manierista que se relaciona con el Cristo de las Injurias de la catedral de Zamora, obra del círculo de Gaspar Becerra (Baeza, Jaén, h. 1520 – Madrid, 1570). No obstante, últimamente también se viene vinculando con el escultor Arnao Palla.

Fig. 5. Cristo crucificado del relieve de San Francisco del retablo de Linares.

La imagen del Cristo de El Acebo, aunque no es tan estilizada como aquella, justifica la influencia que tuvo este modelo en los escultores asturianos del cambio de siglo: el rostro sereno, noble y apacible, con un mechón de cabello cayendo sobre su hombro derecho; una anatomía robusta, insistiendo en los músculos del abdomen; la disposición estirada de los dedos índice y corazón de las manos, y los pliegues suaves, clasicistas, del paño femoral. No obstante, Menéndez del Valle supo dotar a su imagen de una personalidad propia.

Fig. 6. Detalle del Crucificado del relieve de San Francisco del retablo de Linares.

Suyo es el tratamiento alargado de la barba, el trenzado de la corona de espinas y, sobre todo, el rizo del cabello sobre su oreja izquierda que repite exactamente en el Cristo de Linares y en el del relieve de San Francisco de Asís del mismo retablo (figs. 5-6).

La imagen de El Acebo está policromada. Presenta desconchados en las rodillas, piernas, abdomen y brazos. Destacan las tonalidades mortecinas en las magulladuras de las rodillas, pies, manos y rostro, y evidentes goterones de sangre que emanan de las heridas producidas por los clavos, corona de espinas y lanzada. Carece de postizos, cuyo uso por estas fechas en Asturias aún no estaba generalizado. La policromía es sin duda la original, acaso realizada por el mismo Menéndez del Valle.

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La propaganda de don Herminio. Cuatro carteles de la fiesta del Acebo, 1962 – 1978

El gran radiofonista José Luis Pecker en 1970 entrevistando en El Acebo a don Herminio Rodríguez Roces, “el cura del Acebo”, que fue durante más de veinte años gran animador y promotor de este santuario.

Don Herminio Rodríguez Roces fue cura del santuario del Acebo desde 1962 hasta su fallecimiento el 21 de enero de 1985. Era natural del concejo de Siero. Fue un gran dinamizador del santuario. Su objetivo era atraer gente, cuanta más mejor, y para ello utilizó todos los medios de propaganda a su alcance: la prensa, la radio y los carteles anunciadores.

En los carteles anunciaba el programa de las celebraciones e introducía eslóganes con grandes letras: “¡El Santuario del Occidente es el del Acebo!” o “Un Santuario Mariano El Acebo”. Los programas de esos años no se reducían solo al día grande del 8 de septiembre y la novena, sino que duraban dos meses; por ejemplo, en 1967 la fiesta ocupó desde el 30 de agosto al 29 de octubre. Don Herminio era un innovador, y cada año buscaba hacer actividades nuevas y programas atractivos. Durante algunos años organizó el “Día del madrileño en el Acebo”, que se hacía el domingo anterior a la fiesta, y la “Fiesta de las ofrendas y ramos a la Virgen del Acebo”, que se llevaba a cabo el domingo posterior al 8 de septiembre, donde subastaba las ofrendas, a menudo de animales, que hacían los devotos. Para realzar los actos religiosos invitaba al Arzobispo de Oviedo o al Deán de la Catedral, y para animar la fiesta profana traía al Gaitero Mayor de Asturias, a los Campeones de la Canción Asturiana, a grupos de Coros y Danzas de Avilés, Gijón, El Entrego o La Foz de Morcín, además de música del país y grupos locales, como el Son d’Arriba, etc.

En el cartel de las fiesta de 1975 anuncia la celebración del Cuarto Centenario 1575 – 1975. La fecha de 1575 es en la que, según el padre Luis Alfonso de Carballo, ocurrió el milagro de la curación de María Noceda, que trajo consigo numerosas peregrinaciones al Acebo y la expansión del santuario.

Para facilitar la llegada de los visitantes al Acebo en esos días festivos, los carteles también informaban del modo de acceder hasta el santuario, situado a 1.195 metros de altitud. En 1967 se anunciaba el “servicio del Land Rover de Perandones”, que subía desde la villa de Cangas todos los días desde las nueve de la mañana. Asimismo, en 1972 los carteles indicaban la organización para acceder en coche al Acebo durante los días grandes: la subida había que hacerla por la carretera de Carceda y la Pilarina, y la bajada por Robléu de San Cristóbal.

Cartel año 1962Cartel año 1967Cartel cuarto centenario 1575 - 1975Cartel año 1978

Gracias al Depósito Legal, custodiado en la Biblioteca de Asturias “Ramón Pérez de Ayala”, de Oviedo, conocemos cuatro carteles de esos años: 1962, 1967, 1975 y 1978. Todos impresos en Graficas Lux (Oviedo).

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Algunas muestras de la escultura del siglo XVI en el suroccidente de Asturias y su prolongación en el primer cuarto del siglo XVII

Fig. 1 – Crucificado de la iglesia parroquial de Ambres, siglo XVI

En este artículo queremos dar a conocer algunas muestras de la escultura quinientista (siglo XVI) en el suroccidente de Asturias y su prolongación durante el primer cuarto del siglo XVII, sobre todo haciendo hincapié en aquellas conservadas en las iglesias y capillas palaciegas del concejo de Cangas del Narcea. Unas muestras muy poco conocidas y, por qué no decirlo, insuficientemente valoradas frente a las imágenes medievales veneradas en la mayor parte de las parroquias y que han adquirido cierto prestigio.

No son muchas las muestras de escultura de los tres primeros cuartos del siglo XVI conservadas en el suroccidente de Asturias, debido a que los saqueos, deterioros de las piezas y las destrucciones ocasionadas en la Revolución de Octubre y en la Guerra Civil han acabado con gran parte de este más que interesante patrimonio.

Durante los primeros años del siglo XVI, debido a las dificultades que atravesaba nuestra región por la crisis estructural provocada por un aumento notable de población y una producción agraria baja, así como el incendio de Oviedo de 1521, la formación de talleres de artistas locales fue prácticamente inexistente (Javier González Santos, «Escultura del siglo XVI», en El Arte en Asturias a través de sus obras, La Nueva España, 1996, pág. 518). La carencia de estos talleres propició la importación de obras desde otros centros artísticos, que siempre estuvo ligada a las familias nobles con alto poder adquisitivo. En cambio, las piezas de producción local debemos de relacionarlas con la acción de humildes tallistas que tallaban pequeñas imágenes de devoción popular para el ornato de alguna iglesia o capilla. También conviene advertir que estamos en una zona eminentemente rural en donde los núcleos urbanos, idóneos para la formación de talleres, fueron prácticamente inexistentes. Solo las villas de Cangas del Narcea y Pola de Allande contaron con una población de carácter urbano. Aunque, la villa de Cangas tenía una reconocida actividad económica (sede de un feria desde el siglo XIV) no fue ajena a la crisis, y su verdadera importancia llegó hacia 1639 con la fundación de la colegiata de Santa María Magdalena por don Fernando de Valdés Llano, arzobispo de Granada y Presidente del Consejo de Castilla, y la formación de un taller escultórico capitaneado por los hermanos Pedro y Antonio Sánchez de Agrela. Por su parte, la Pola de Allande, como todo el concejo, estaba bajo el señorío de la familia Cienfuegos, bajo cuya financiación se fundó y edificó la iglesia de San Andrés para templo de la familia (proyecto que quedó desestimado en favor de la iglesia de San Tirso el Real de Oviedo donde están sepultados todos los miembros de esta familia) y la dotación de la capilla mayor con un monumental retablo que es una de las piezas más estimables de la escultura quinientista en Asturias (realizado con anterioridad a 1562, se viene atribuyendo al taller del escultor palentino Manuel Álvarez, conocedor del estilo y modelos de Alonso Berruguete, el gran escultor del manierismo castellano).

Fig. 2 – Crucificado de la iglesia de San Salvador en Grandas de Salime, siglo XVI

La escultura local fue en esta época bastante menguada. No obstante, contamos con alguna excepción. La iconografía más demandada fue la del Crucificado y la de la Virgen María. Entre los primeros debemos referirnos al Crucificado de la iglesia parroquial de Santa Eulalia de Ambres (fig. 1). La iglesia fue destruida durante la Guerra Civil, reconstruyéndose en 1983. De toda la imaginería solo se conserva el Crucificado, de tamaño natural, y uno de los mejores ejemplos de la escultura del siglo XVI en la zona. En ella se pierden todos los ecos del patetismo de los Cristos góticos, se suaviza el modelado, se alarga ligeramente el canon y se busca una serenidad propia del clasicismo. El rostro es sereno y apacible, con los ojos cerrados. El paño femoral está resuelto por unos pliegues suaves, poco profundos y tallados de manera suave y curva. Sin duda, se trata de una obra castellana del tercer cuarto del siglo XVI. Lamentablemente, ha perdido la encarnación y la policromía, y le añadieron unas potencias vulgares.

En el retablo pasional de la iglesia de San Salvador en Grandas de Salime se conserva otro Crucificado del siglo XVI (fig. 2) del que sabemos que fue policromado por el pintor lucense Antonio Fernández (doc. 1604-1607), en 1607 (Ramallo, Escultura barroca, pág. 132). Al igual que el de Ambres, es un Cristo muerto, con la lanzada en el costado, y de canon ligeramente alargado que recuerda a los esculpidos por Alonso Berruguete (h. 1490-1561) y sus imitadores, propio del último cuarto del siglo XVI. Su anatomía robusta, sobre todo en la zona abdominal, nos habla de la influencia del romanismo cultivado por Gaspar Becerra (Baeza, Jaén, 1520 – Madrid, 1568) a través de la imaginería del retablo mayor de la Catedral de Astorga realizado entre 1558-1562.

Fig. 3 – Cristo de La Salud, antiguo Cristo del Hospital, en la basílica de Cangas del Narcea, siglo XVI

Finalmente, en una de las capillas de la basílica de Cangas del Narcea hay otro Crucificado del último cuarto del siglo XVI (fig. 3), denominado en la actualidad Cristo de La Salud, antiguo Cristo del Hospital. Esta imagen procede de otra iglesia situada en la calle Mayor y que actualmente se usa como sala polivalente de la parroquia. Fue construida, junto al Hospital, fundación de la familia Omaña, en 1555 por don Ares de Omaña, llamado El Negro. Como los anteriores, este Crucificado esta muerto y se caracteriza por un canon excesivamente alargado. El tratamiento del paño de pureza está resuelto mediante unos pliegues curvos, suaves y poco profundos.

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Fig. 4 – Virgen con el Niño en la iglesia de Celón (Allande), siglo XVI.

De las imágenes marianas llama la atención la Virgen con el Niño (fig. 4) en el retablo mayor de la iglesia de Santa María de Celón (Allande). Es un grupo inexpresivo donde destaca la ausencia de comunicación emocional entre la Madre y el Hijo. Copia o trata de copiar la Virgen de la Luz en la Catedral de Oviedo, realizada por el escultor palentino Manuel Álvarez (Castromocho, Palencia; h. 1517 ? Valladolid, post. 1587) en 1552 (González Santos, «Escultura del siglo XVI», en El Arte en Asturias a través de sus obras, págs. 524-525). Su factura data del último tercio del siglo XVI. Fue restaurada en 1991 por el taller Arte y Oro de Gijón (limpieza, repinte y se añadió el pájaro del Niño).

Fig. 5 – Nuestra Señora con el Niño en la iglesia de Noceda de Rengos, siglo XVI

La imagen de Nuestra Señora con el Niño en la iglesia de San Esteban de Noceda de Rengos (fig. 5) es otro ejemplo de la asimilación por parte de los artistas locales del manierismo castellano. Destaca por el canon alargado y una inestabilidad propia del último cuarto del siglo XVI. Del mismo modo que en la Virgen de Celón, no se desprende ninguna comunicación emocional entre la Madre y el Hijo. Parece que sigue la iconografía de la Virgen de los Ojos Grandes de la Catedral de Lugo.

En el último cuarto del siglo XVI y durante el primer tercio del siguiente se produjo una activación de la práctica escultórica asturiana. A ello contribuyó la mejora de la situación económica de la región como resultado de la extensión del cultivo del maíz, lo que propició un aumento de la población y de las rentas agrarias (González Santos, «Escultura del siglo XVI», en El Arte en Asturias a través de sus obras, pág. 518). En el último cuarto del siglo XVI ya aparecen los primeros escultores asturianos cuya labor se propagó durante el primer cuarto del siglo XVII. El panorama artístico durante los primeros veinte años es bastante oscuro, y es difícil investigar y catalogar las escasas obras que han perdurado al paso de tiempo debido, ante todo, a la escasa documentación que ha llegado hasta nuestros días. Sí hemos de calificar con una palabra la producción en este periodo es la de diversidad, es decir una constante venida de artistas e influencias procedentes de otros ámbitos artísticos: Oviedo, Lugo, Toro, Ponferrada y Astorga. En primer lugar, la ejercida por los maestros asturianos avecindados en Oviedo y centrada en Cangas del Narcea y en la parte oriental del concejo de Tineo. En segundo lugar, la influencia del manierismo leonés que llegó al concejo de Cangas del Narcea a través del puerto de Leitariegos, que lo comunica con las comarcas leonesas de Babia y Laciana. Finalmente, los artistas procedentes de las diócesis de Lugo y Mondoñedo, sobre todo en los concejos más occidentales de la región y más próximos a Galicia, como Ibias, Grandas de Salime y Pesoz.

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Fig. 6 – Retablos colaterales del santuario del Acebo, obra de Juan Menendez del Valle y Juan de Torres, 1598

Los maestros asturianos documentados procedían de Oviedo, no habiendo constancia documental de ninguno natural del concejo de Cangas del Narcea. En los albores del siglo XVII desarrollaron su actividad los denominados por Javier González Santos como los «pintores-tallistas» (Los comienzos de la escultura naturalista en Asturias, 1997, pág. 14) que pintaban ciclos murales en iglesias y falsos retablos, aparte de ello también policromaban imaginería y esta fue la manera de entrar en el mundo de la estatuaria y del retablo. En suma eran los únicos imagineros que había en Asturias en el siglo XVI. Claro ejemplo lo constituye el hecho de que en 1598, los administradores del santuario de Nuestra Señora de El Acebo (Cangas del Narcea) se ajustasen con Juan Menéndez del Valle y Juan de Torres, «pintores» y vecinos de Oviedo, para realizar tres retablos según la traza que se dispuso de antemano (fig. 6).

A Juan Menéndez también le debemos el antiguo retablo mayor del santuario de Nuestra Señora de El Acebo, hoy en día en la iglesia de Linares de El Acebo (ver el artículo en el Tous pa Tous). La actividad de estos maestros se extinguió hacia 1625. En ese momento fueron relegados por otra generación de artistas de la que formaban parte los ensambladores Francisco González Quinzanes (Oviedo, h. 1591-1602 – Oviedo, 1657), Alonso Carreño (doc. 1623-1650) y Pedro García (doc. 1623-1641), contemporáneos de Luis Fernández de la Vega (Llantones, Gijón; 1601 ? Oviedo, 1675), uno de los mejores interpretes de los modelos naturalistas de Gregorio Fernández (1576-1636) en el norte de España. Estos artistas desterraron, de manera definitiva, las formas artificiosas del manierismo castellano a favor del clasicismo herreriano que se inició con el retablo mayor del monasterio benedictino de Santa María la Real de Obona (Tineo), que ellos mismos ensamblaron y esculpieron entre 1622-1623.

Fig. 7 – Sillería del coro de la iglesia del monasterio de Corias, obra de Juan Ducete Díez, 1610

Por su parte, los artistas castellanos procedían de las actuales provincias de León y Zamora. De la primera, de Ponferrada y Astorga. De Ponferrada se documenta la presencia del ensamblador Mateo Flórez (doc. 1622-1674), responsable del desaparecido retablo en la iglesia de San Juan el Degollado de Villaláez, en 1624. De Astorga vino, en 1619, el ensamblador Antonio Ruiz (doc. 1619-1633) para realizar dos retablos para la parroquia de San Vicente en Regla de Naviego. Desde Toro (Zamora) se trasladó a Asturias el arquitecto y escultor Juan Ducete Díez (1549-1613) a trabajar en las fundaciones valdesianas: el retablo mayor de la colegiata de Santa María la Mayor de Salas y el de la capilla de la Universidad de Oviedo, en 1606. Aprovechando su presencia en Asturias y viendo los buenos resultados logrados por Ducete, el monasterio de Corias le encomendó una sillería (fig. 7) para el coro bajo de su templo monasterial cuyo contrato se firmó en el monasterio el 21 de junio de 1610.

Finalmente, en la villa zamorana de Benavente (por entonces de la diócesis de Oviedo) nació el entallador Juan de Medina Cerón (h. 1567-1646), que en 1598 ya se encontraba asentado en Oviedo, quizás avalado por el propio Ducete, donde llegó a ser el escultor más avanzado de su generación y conocedor de las premisas italianizantes del último cuarto del siglo XVI que sin duda conoció durante su aprendizaje en Castilla.

Por su parte, desde las diócesis de Lugo y Mondoñedo se trasladaron el pintor Antonio Fernández (Monforte de Lemos, Lugo, doc. 1604-1607), al que ya mencionamos al hablar del Cristo en la iglesia de Grandas de Salime, y el escultor y pintor Juan de Castro († 1633) que se estableció en Asturias en torno a 1628 para trabajar el retablo mayor de la iglesia de San Salvador de Grandas de Salime, una de las primicias de la retablística del primer tercio del siglo XVII en Asturias, y posteriormente alrededor de 1631 se trasladó a la villa de Cecos (Ibias), avalado por los Ron, para trabajar en el alhajamiento de la iglesia parroquial de Santa María (aún persiste el retablo de Nuestra Señora del Rosario, obra de su taller).

Frente a esto, la escultura local fue bastante pobre, por no decir inexistente. No se ha documentado la actividad de ningún artista oriundo de la zona. Sin duda, existirían meros artesanos, de modesta cualificación artística, cuya labor era atender y satisfacer una demanda orientada a las capillas de las pequeñas aldeas que, debido a sus escasos medios económicos, no podían permitirse el lujo de acudir a los talleres artísticos.

EL MAESTRO JUAN DE MEDINA CERÓN

Fig. 8 – San Mateo en la iglesia de San Vicente de Villategil, obra de Juan de Medina Cerón, 1604.

Fue Juan de Medina Cerón el maestro de mejores dotes en la Asturias del primer cuarto del siglo XVII. Aunque natural de Benavente, apartir de 1598 ya lo encontramos en Oviedo titulado como «imaxinario». Estableció infinidad de mancomunidades (compañías) con otros maestros de su misma generación, como el pintor ovetense Andrés de Muñó con el que trabajó diez largos años desde que se conviniesen en Romadonga (Gozón), en 1602. Fue Muñó quien policromó la mayor parte de los retablos e imágenes realizadas por Cerón. La primera noticia documental de este escultor en la villa de Cangas del Narcea es de 1607, cuando arrendó una casa en la calle del Puente por un año, aunque existe algún trabajo suyo previo, como la imagen de San Mateo en la iglesia de San Vicente de Villategil (fig. 8), realizada en 1604 y encargada por Mateo Meléndez el Mozo según la inscripción pintada en la peana: «este. san. mateo. m / ando. hacer. mateo / melendez el moco 1604».

Fig. 9 – Antiguo retablo mayor en la iglesia de Carceda, obra de Juan de Medina Cerón, 1609.

En 1609 realizó una de sus obras más destacadas: el antiguo retablo mayor (fig. 9) en la iglesia de Santa María de Carceda (hoy día, en la nave de la iglesia). La escritura se firmó en la villa de Cangas del Narcea el 22 de junio. En ella Cerón se ajustó con Francisco Martínez de Castrosín, mayordomo de la parroquia, para realizar un retablo en la capilla mayor, «de talla y pintura», y con una imagen que le ordenase el propio mayordomo, o sino tan solo la parte tocante a la arquitectura. A pesar del clasicismo manifiesto en el empleo de las columnas de orden dórico, con el fuste estriado y con el tercio inferior sin labrar, el frontón triangular del ático y las metopas y triglifos del primer piso, aún mantiene ciertos rasgos del manierismo, como las cabezas de querubines en el segundo friso, la decoración de los laterales del banco y la efigie del Padre Eterno del tímpano del frontón.

Fig. 10 – Retablo de la capilla de los Sierra en la iglesia de Jarceley, obra de Juan de Medina Cerón, 1611.

En 1611 realizó el retablo de la capilla de los Sierra en la iglesia de Santa María de Jarceley (fig. 10), muy influenciado por el de Carceda. Destacan sus esculturas, sobre todo el Calvario que sigue los modelos del escultor palentino Manuel Álvarez (Castromocho, Palencia, h. 1517 ? Valladolid, post. 1587), sobre todo por el Cristo del retablo del lado del evangelio de la iglesia de Villabáñez (Palencia). Seguramente, fue policromado por Andrés de Muñó con el que Cerón tenía establecida mancomunidad.

Fig. 11 – Retablito del Niño Jesús en la iglesia de Tebongo, obra de Juan de Medina Cerón, siglo XVII

Suyo también es el retablito del Niño Jesús en la iglesia de San Mamés de Tebongo (fig. 11), muy similar con lo visto en Jarceley. La imagen del Niño Jesús está ricamente estofada con motivos vegetales, obra del propio Muñó.

Pero la obra más destacada de Medina Cerón en el concejo de Cangas del Narcea es el desaparecido retablo de la capilla del licenciado Labio en la iglesia de Cibuyo, destruido en 1992 (fig 12). Se había realizado en 1612, según se dice en la carta de pago suscrita con el artista el 13 de setiembre de ese año.

Fig. 12 – Antiguo retablo de la capilla del licenciado Labio en la iglesia de Cibuyo, destruido en 1992. Obra de Juan de Medina Cerón, 1612. Fotografía de Germán Ramallo.

Ramallo valoró su buena composición y plasticidad en el tratamiento de los relieves, en consonancia con las premisas italianizantes que se impusieron en España en el último tercio del siglo XVI (Escultura barroca, 1985, págs. 131-132, fig. 9). Las figuras de los relieves están envueltas por unos ropajes trabajados de manera suave y curva. El tratamiento del rostro destaca por la plasticidad de barbas y peinados, buscando los efectos de claroscuro. La policromía seguramente se deba al propio Andrés de Muñó.

OTROS MAESTRO ARTISTAS: ANTONIO RUIZ Y MATEO FLÓREZ

De los artistas foráneos es obligatorio referirse al astorgano Antonio Ruiz, que el 28 de julio de 1619 firmó, en Regla de Naviego, el contrato para realizar dos retablos en la parroquia de San Vicente de dicho lugar. Uno de ellos para colocar en una capilla adscrita a dicha parroquia, donde se veneraría la imagen de San Justo (no conservado).

Fig. 13 – Retablo en la iglesia de Regla de Naviego, obra de Antonio Ruiz, 1619.

El otro (fig. 13) con los relieves de San Antolino y San Bernardino para la iglesia parroquial. La imagen titular (San Antonio) es de factura posterior, del último tercio del siglo XVIII, en relación con la imagen de la misma advocación de la iglesia de San Salvador de Grandas de Salime, labrada por Froilan Basurto París, en 1770. Los apéndices laterales, con los relieves de San Miguel y San Juan Bautista, datan de 1605, según la inscripción grabada en el banco, y los atribuimos al escultor Medina Cerón. La policromía fue realizada por el pintor Pedro García (doc. 1620-1637), natural de León, cuya carta de pago se firmó en Cangas el 24 de mayo de 1620. Este pintor fue el mismo que doró en 1637 el primitivo retablo mayor del santuario de Nuestra Señora de Carrasconte, en el norte de León (Mayán Fernández, «El Santuario de Nuestra Señora de Carrasconte», Archivos Leoneses, nº III, 1949, pág. 41).

Finalmente, el ensamblador ponferradino Mateo Flórez realizó el retablo mayor en la iglesia de San Juan el Degollado o «de las Aguas» de Villaláez en 1624. Flórez fue uno de los máximos representantes de la escultura ponferradina de la primera mitad del siglo XVII, siendo su obra cumbre el retablo mayor de la basílica de la Encina en Ponferrada. El retablo de Villaláez fue vendido en 1974 a don Andrés Alonso Gutiérrez, anticuario, vecino de León, por 200.000 pesetas (Marcos Vallaure, «Un caso escandaloso y ejemplar: Villaláez», en Datos e informes para una política cultural en Asturias, 1980, págs. 272-279).

Con todo ello esperamos haber despertado el interés del lector por un arte, hasta ahora prácticamente desconocido, que ejemplifica la intensa religiosidad de una región sumergida en una profunda crisis económica y estructural.

En próximos artículos hablaremos con detalle sobre alguno de estos maestros y de otros que hemos documentado, y cuyo grado de actividad en esta región fue bastante menor a los aquí mencionados, como sucede con los escultores Juan Ducete y Francisco González, y los pintores Juan de Torres, Baltasar de Torres y Toribio Suárez.

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Propuesta del médico Ambrosio Rodríguez para convertir el Acebo en el Lourdes asturiano, 1910 (II)

Carta de Ambrosio Rodríguez, 14 de agosto de 1910. Archivo del Santuario del Acebo

-Segunda parte-
El proyecto

La propuesta del doctor Ambrosio Rodríguez para impulsar y difundir el Santuario del Acebo aparece en una carta que desde Madrid remite el 14 de agosto de 1910 a Ángel Carrizo Díez, que era el cura de la parroquia de Linares y de aquel santuario desde 1907. Es una larga carta, que se conserva en el Archivo del Santuario y que reproducimos al final, en la que el doctor ofrece muchas ideas y propuestas, así como un modo de obtener el dinero para ejecutarlas. La carta se divide en tres partes.

La primera parte comienza mencionando las dos indulgencias que él mismo había obtenido para el Santuario de los obispos de Astorga y Madrid-Alcalá,  y cuyos títulos había enviado al cura. Las indulgencias se obtenían rezando delante de la imagen de la Virgen del Acebo, y con ellas conseguían los peregrinos la remisión de pecados y gracias divinas.

Después narra brevemente la historia del santuario en el siglo XVI y los muchos milagros que se deben a la Virgen, así como la similitud del Acebo con el santuario francés de Lourdes, que desde 1858 atraía a millones de peregrinos. Se extraña del desconocimiento del Acebo fuera de su territorio:

Tan fecundo y dilatado alcance atribuimos nosotros al Acebo, que no solo se nos hace inconcebible el desconocimiento o la indiferencia por parte de cuantos llevamos el nombre de españoles, sino que nuestra extrañeza llega al pasmo ante olvidos en que vemos incurrir a escritores de nota, que no están disculpados de ignorar hechos culminantes de la historia.

Romería del Acebo, h. 1910. Fotografía de Modesto Morodo. Col. Juaco López Álvarez

A continuación describe la fiesta del Acebo, y se emociona recordando la noche de la víspera con la foguera y los grupos diseminados por el campo, y la celebración del día 8 de septiembre con la procesión, las “filas de devotos”,  los sacerdotes “revestidos de ricos ornamentos”, la imagen de la Virgen, “el fuego graneado de los voladores de Cantarín” (el famoso pirotécnico cangués Raimundo Rodríguez “Cantarín”), la música, los “sagrados cánticos”, el repique de campanas, la misa solemne, etc.

Lógicamente para mejorar y difundir el Santuario del Acebo se necesitaba dinero, y el doctor sabe de donde sacarlo: pidiéndoselo a los que lo tienen. Por eso, la segunda parte de la carta es una extensa relación de personas (con sus direcciones postales) cuya cooperación debiera solicitar el cura para pagar las obras y mejoras del Santuario del Acebo. Hay dos listas: una de religiosos y otra de laicos. En la primera enumera a cuatro autoridades eclesiásticas naturales del concejo de Cangas del Narcea y al rector de los Dominicos de Corias. En la segunda aparecen los nombres de 62 “personas ricas”, la mayoría pertenecientes a la aristocracia española. La primera de la lista es la reina María Cristina. Ambrosio Rodríguez le propone al cura del Acebo “crear una Junta de Señoras devotas con su presidenta, vicepresidenta, secretaria y vocales que trabaje por el santuario”, así como otra de Caballeros. En la lista también aparecen numerosos emigrantes cangueses enriquecidos en Madrid,  la mayor parte naturales del Río Cibea, y otras personas más, como el político Antonio Maura, el escritor asturiano Armando Palacio Valdés, el confesor de la Reina, el también asturiano, José Montaña, etc.

Fin de la carta de Ambrosio Rodríguez, 14 de agosto de 1910.

La tercera parte de la carta es una “lluvia de ideas” que Ambrosio Rodríguez propone al cura del Acebo para llevar a cabo en beneficio y promoción del santuario: un álbum-recuerdo del Acebo; medallas de múltiples metales; rosarios; estampas, platos, jarros de cerámica de Llamas del Mouro, “figuras de recuerdo” con la imagen de la Virgen; obras en la torre de la iglesia, etc.

La carta termina comunicándole al sacerdote el envío de 50 pesetas para “artificios de pirotecnia ó fuegos artificiales” destinados a la fiesta del Acebo, “por la afición de nuestros paisanos a ellos”.

A pesar de la propuesta del doctor Ambrosio Rodríguez en 1910, el Acebo, cien años después, sigue siendo un sitio apacible, cuya tranquilidad solo se altera unas pocas semanas al año alrededor del 8 de septiembre. La “industriosa habilidad” que recomendaba don Ambrosio para gestionar el Acebo llegó muy matizada, y nuestro santuario, ¡gracias a la Virgen!, aún está muy lejos de alcanzar los cerca de seis millones de peregrinos que cada año visitan Lourdes.

CARTA DEL DOCTOR AMBROSIO RODRÍGUEZ

Madrid, 14 de agosto de 1910.

Sr. D. Ángel Carrizo Díez.

    Muy Sr. mío y de mi amistad: mucho celebraré se halle Usted bueno como igualmente su señor padre y hermana.

Concesión de 50 días de indulgencias, otorgada por el Obispo de Madrd-Alcalá por rezar ante la imagen de la Virgen del Acebo, 5 de julio de 1910. Archivo del Santuario del Acebo

Recibí sus dos cartas acusándome recibo de las indulgencias obtenidas para ese famoso santuario, que bien puede considerarse como el Lourdes asturiano, asentado sobre peana colosal en prominente cerro, y del que recordamos haber leído en el P. Carballo (Antigüedades de Asturias, tomo II, página 330) que por los años 1575 existía a una legua de Cangas de Tineo la renombrada ermita de Nuestra Señora del Acebo. Ocurrió allí que la Virgen se mostró y empezó a dispensar su milagrosa acción a una joven llamada María Noceda, conocida después con el nombre de María Santos; propalado el acaecimiento, acudieron al lugar algunos devotos necesitados de remediar sus males con tan valioso auxilio, y, repetidos los milagros, organizaronse peregrinaciones numerosas, en las que con preferencia figuraban cojos y tullidos que solían volver a sus hogares libres de sus antiguos ajes e imperfecciones, con lo cual la fama de la ermita extendió su radio por los pueblos comarcanos. El P. Carballo no solo relata estas cosas, sino que afirma haber presenciado él mismo diferentes milagros operados allí por la mediación y gracia de la Madre de Dios. ¿Y cómo desconocer la correspondencia que se descubre entre la apartada ermita del Acebo, en el último tercio del siglo XVI, y el prestigioso Lourdes del último tercio del siglo XIX? Si este tiene su Bernardette Subirous, aquel tuvo su María de los Santos; si contó aquel con cronistas respetables, que hablan de visu, de visu habla el P. Carballo, que no ha de cederles en respetabilidad; si los peregrinos curados en la piscina de la tierra francesa celebran y publican el beneficio recibido, no la habrán celebrado menos ni habrán dejado de publicarlo (aunque contaran con medios de publicidad menos difusivos) nuestros favorecidos conterráneos de Cangas y sus alrededores. A no diferir tanto los tiempos y la topografía y los medios de comunicación, los cangueses podían tal vez haberse envanecido con una vecindad donde el eco sonoro del prodigio, a la inversa de los ecos que aterraron los muros de Jericó, se hubieran alzados palacios y hoteles de la Unión Católica, y donde la industriosa habilidad se hubiera abierto camino franco y prodigo en rendimientos…

    Pero demos de mano a estas y otras incidencias que van retrasando desmedidamente el termino de nuestra carta, y repitamos que el Acebo le basta y le sobra con lo que fue y con lo que será para agujar el interés de las gentes, bien que abran su corazón al bendito influjo de místicos halagos, bien que amen con filial amor la memoria de los héroes que nos engendraron en la fe y en la gloria, bien que sepan sentir y admirar las bellezas serenas de la naturaleza y del arte, bien que, por su dicha, todo lo sumen, lo anhelen y lo gocen. Tan fecundo y dilatado alcance atribuimos nosotros al Acebo, que no solo se nos hace inconcebible el desconocimiento o la indiferencia por parte de cuantos llevamos el nombre de españoles, sino que nuestra extrañeza llega al pasmo ante olvidos en que vemos incurrir a escritores de nota, que no están disculpados de ignorar hechos culminantes de la historia.

¡Oh patria, cuyos triunfos,
la historia en vano mide!
¡Malhaya quien olvide
tus glorias y tu Dios!

¡Que nunca esta luz pura
no cese su relevo
y aun brille en el Acebo
cuando se apague el sol!

    En esa montaña que, escondiendo su cima entre las nubes, embarga con su horridez y su altura la vista del asombrado espectador, al llegar la noche de la víspera, la foguera que eleva al aire sus lampos rojos, los puntos de luz diseminados por el campo, el movimiento de la muchedumbre confusamente entrevisto, el sordo rumor que sube al espacio estremecido un punto por el característico ijujú, sugieren a la fantasía el espectáculo de un ejercito que vivaquea y se regocija entre las sombras, después de reñido combate. Y a la mañana siguiente, la clásica procesión que se organiza en la Capilla, con sus filas de devotos, no pocos de ellos descalzos y amortajados con el hábito ofrecido en tristes horas de enfermedad; con los sacerdotes revestidos de ricos ornamentos; con la venerada imagen de la Santina ataviada de su traje más precioso y conducida en andas; con el inacabable cortejo donde se confunden hombres, mujeres y niños de todas edades y condiciones, animados de un mismo sentimiento de adoración y gratitud; entre el estruendo del cañón pedrero, que desde la vecina altura hace salvas a la Reina del cielo, y el fuego graneado de los voladores de Cantarín, que estallan por un lado y otro y pueblan el aire de rizos de humo blanquecino y silvatos; entre los acordes de la música, los acentos de sagrados cánticos y el atropellado repique de las campanas, cuyos ecos repiten los montes y se pierden a lo lejos… suspende el animo y despierta emociones inefables, que aun más, si cabe, acrecen, cuando el inmenso concurso se detiene al llegar a la diminuta Capilla del Acebo donde se celebra la solemne Misa, y al aire libre, sin otro techo que el azul del firmamento, se escucha el trinar de las aves, relinchar de los caballos y otros indistintos rumores que son como efluvios de vida de la naturaleza, exhalan los corazones inmensa plegaria que pasa por los labios con siseo suavísimo y con invisible alas se remonta a Dios; y esos mismos corazones que forman un solo corazón, laten presurosos al caer sobre ellos la encendida y elocuente palabra del Pastor de las almas, que desde la improvisada cátedra, también al aire libre erigida, les habla de los favores del cielo, del amor de María y de los históricos milagros consumados allí…

    Por eso conservamos grato recuerdo de nuestras visitas al Acebo, en los días de su renombrada fiesta, libres de los ordinarios cuidados, ganosos de la paz de espíritu y del descanso del cuerpo, fuera del trafago del mundo y de las exigencias sociales, considerándolo día de reparaciones históricas, desvaneciendo errores de hispanofobia, desenterrando pruebas y documentos olvidados, ilustrando puntos y cuestiones particulares a la luz de la historia de este hermoso y antiguo santuario que despertó en mi alma emociones tan vivas y profundas.

Personas cuya cooperación pudiera solicitarse a favor de las obras
y mejora del templo y culto de la Virgen del Acebo.

Autoridades eclesiásticas y residentes ahora en el concejo.

  • Excmo. e Ilmo. Sr. D. Joaquín Rodríguez González, natural de Vega de Meoro y Deán de la Santa Iglesia Catedral de León.
  • Sr. Rector de los Dominicos de Corias, o de los religiosos de la orden de Santo Domingo de Corias.
  • Sr. Dr. D. Francisco Trapiello, hijo de la villa de Cangas de Tineo y canónigo de Palencia.
  • Sr. Dr. D. Pedro Cadenas, hijo de Llamera (Cibea), canónigo doctoral de Toledo, residente en Toledo.
  • Sr. Dr. D. Francisco Gómez Rodríguez, natural de Miravalles, canónigo residente en Valladolid.

Personas ricas cuyo auxilio, ayuda y amparo pecuniario debía solicitarse
 por medio de cartas, circulares u otros medios (señas de ellas).

  • A S. M. la Reina Dª. María Cristina Deseada, Enriqueta, Felicidad Reniero, archiduquesa de Austria, reside ahora en el palacio de Miramar, en Guipúzcoa, San Sebastián, y pasado el verano en el Palacio Real de Madrid.

    […]

  • Excma. e Ilma. Sra. Dª. Rafaela Ríos, condesa viuda de Revillagigedo, calle del Sacramento, nº 1, Madrid.

    […]

  • Excma. e Ilma. Señora Dª. María de Santa Cruz y Navia Osorio, marquesa de Ferrera y marquesa de San Muñoz. Calle de Alcalá Galiano, 8. Madrid.
  • Excma. e Ilma. Señora duquesa viuda de Najera, marquesa de Sierra Bullones, de Montealegre, de Guevara y condesa de Oñate, calle de Alcalá, nº 72, Madrid.
  • Excma. e Ilma. Señora Dª. María del Pilar de León de Gregorio Navarrete y Ayanz de Ureta, marquesa de Squilache. Plaza de las Cortes, nº 4 en Madrid.
  • Excmo. Sr. D. Juan Manuel de Urquijo y Urrutia, marqués de Urquijo. Calle de Alcalá, nº 49 cuadruplicado, Madrid.
  • Excmo. e Ilmo. Sr. marqués de la Torrecilla, mayordomo mayor de S. M. el Rey, Sumiller de Corps y jefe superior de Palacio, vive calle de Peligros, nº 2 en Madrid.
  • Excma. e Ilma. Señora Dª. María Luisa Carvajal Dávalos, duquesa de San carlos, condesa de Castillejo. Calle de San Bernardino, nº 14, Madrid.
  • Excmo. e Ilmo. Sr. D. Álvaro Queipo de Llano Fernández de Córdoba Gayoso de los Cobos y Álvarez de las Asturias Bohorques, conde de Toreno, vive calle de San Bernardino, nº 11, en Madrid.
  • Excma. e Ilma. Señora Dª. María Josefa Argüelles y Díaz, marquesa de Argüelles, vive: Paseo de la Castellana, nº 36, y Serrano, 69, Madrid.
  • Excmo. Sr. D. Cristóbal Colón de la Cerda, duque de Veragua, marqués de la Jamaica. Calle de San Mateo, nos. 7 y 9, Madrid.

    […]

  • Excmo. e Ilmo. Sr. D. Salvador Bermúdez de Castro y O’Lawlor, marqués de Lema, duque de Ripalda, calle de Alamgro, 17. Madrid.
  • Excmo. e Ilmo. Sr. D. Antonio Martín Nebot Murga y Trápaga, marqués de Linares, calle de Velázquez, 55. Madrid.

    […]

  • Excmo. e Ilmo. Sr. D. Emilio Martín González del Valle y Carvajal, marqués de la Vega de Anzo (su residencia en Grado, Oviedo).
  • Excma. e Ilma. Señora Dª. María de la Asunción Ramírez de Haro Crespi Valdaura, condesa de Bornos, marquesa de Villanueva de Duero, condesa de Montenuevo, de Murillo y de Peñarrubias de Villaverde, calle del Pez, nº 18. Madrid.
  • Excmo. e Ilmo. Sr. D. Víctor Dulce de Antón y Garay, conde de Garay, calle de Ferraz, nº 27 hotel. Madrid.
  • Sr. D. Santiago Gancedo y Frade, natural de Sorrodiles (Cibea), reside en dicho pueblo en el verano y el resto del año en Madrid, calle de Villanueva, nº 12.
  • Dª. Elisa Cosmen de Rodríguez, natural de Sonande (Cibea), reside en Vallado en el verano y el resto del año en Madrid, plaza del Rey, nos 4 y 6.
  • D. Juan Cardo, natural de Fuentes de Corbero, reside en este pueblo en el verano y el resto del año en Madrid, calle de Serrano, nº 4.
  • D. Antonio Verano, reside en Fuentes de Corbero.
  • D. Juan Gamoneda, reside en Limés en verano y el resto del año en Madrid, calle de Augusto Figueroa, nº 40.
  • D. Ricardo Trelles y señora, que residen en el Castillo de Ranón, de la parroquia de Soto del Barco, partido judicial de Avilés, en el verano y el resto del año en Madrid, calle de Sagasta, nº 31.
  • Dª. María Rodríguez, viuda de Gómez, reside en Miravalles (madre del canónigo de idem).
  • D. Luis Martínez Kleisser, abogado y concejal, calle de las Infantas, 28 y 30, Madrid.
  • D. Vicente Menguez, agente de bolsa, que reside en Villarino (Cibea) en el verano y el resto del año en Madrid, calle de Alcalá, nº 59.
  • D. Constantino Vicente y Alfonso, natural de Villajur (Naviego), calle de la Paz, 9, Madrid.
  • Asociación General de Empleados del Banco de España.
  • D. Ángel Román Cartavio, gerente del banco Basko-Asturiano del Plata, República Argentina, calle de Maipú 73 y 87 en Buenos Aires.
  • D. Juan Bances, Isla de Cuba, Centro de Asturianos de La Habana.
  • S. A. R. el Infante D. Carlos.
  • Junta Provincial Diocesana para la reparación de templos en Oviedo.
  • Formar y crear una Junta de Señoras devotas con su presidenta, vicepresidenta, secretaria y vocales que trabaje por el santuario. Idem otra Junta de Caballeros con su presidente, etc.
  • D. José López Feito, natural de Regla de Cibea, que vive en la República Argentina, calle 25 de Mayo, Almacén Suizo de López Hermanos en Buenos Aires.
  • D. Domingo García, de Llamera. En Llamera (Cibea).
  • D. Manuel Rodríguez, de Sonande. En Sonande (Cibea).
  • D. Francisco Rodríguez (Manón). En Llamera (Cibea).
  • Dª. María Pérez, viuda de Cosmen. En Genestoso, casa de Teresín.
  • D. José Rodríguez González, hermano del Sr. Deán, que pasa el verano en Trascastro y el Puerto de Leitariegos.
  • Excma. e Ilma. Señora marquesa de Comillas.
  • Excmo. e Ilmo. Sr. Dr. D. José Montaña (confesor de S. M. la Reina).
  • Excmo. e Ilmo. Sr. D. Santiago Stuart y Falcó, duque de Alba. Calle de la Princesa, nº 10 y 12, Madrid.
  • Excmo. Sr. D. Federico Bernardo de Quirós y Mier, marqués de Argüelles, calle de Serrano, 69, Madrid.
  • Excmo. Sr. D. Manuel de Vereterra y Lombán, marqués de Canillejas, en Oviedo, y el resto del año Mayor, 91, Madrid.
  • Excmo. Sr. D. Benigno Chavarri y Salazar, Valmaseda (Vizcaya).
  • Sr. D. Francisco Valle, natural de Cangas de Tineo, y actual Gobernador de Soria, en Soria.

    […]

  • Excmo. e Ilmo. Sr. D. Antonio Maura Montaner, Palma (Baleares), calle de la Lealtad, 18, Madrid.
  • Excmo. e Ilmo. Sr. D. Luis Fernández de Córdoba y Salazar, duque de Medinaceli, calle de Zurbano, nº 34, Madrid.
  • Excmo. e Ilmo. Sr. D. Luis Pidal, marqués de Pidal, calle de Serrano, nº 14, cuarto primero, en Madrid.
  • Sr. D. Armando Palacio Valdés, académico y novelista asturiano, calle de Lista, nº 5, Madrid.
  • Ilmo. Sr. D. Ignacio Montes de Oca, obispo de San Luis de Potosí, Méjico.

*        *        *

Se puede hacer un Álbum-Recuerdo del Acebo, con vistas y datos del santuario y la Imagen veneranda del Acebo ¡ante la qué cuantos pueblos y cuantas generaciones han pasado ante sus plantas!

Se puede hacer o editar una medalla de metal batido o acuñado, ya sea de cobre, bronce, aluminio, calamina, níquel, metal blanco, azófar, latón, aleación, plata y oro, con la figura de la imagen de Nuestra Señora del Acebo y su templo.

Rosarios, estampas, platos con la imagen de la Reina de los Cielos, loza decorada con el mismo asunto, jarros de Llamas del Mouro con la Virgen sin mancilla, y figuras de recuerdo de la devoción a la imagen, que desde los primeros siglos del Cristianismo la representa en la ilustre Diócesis de Oviedo en el Acebo.

Factura de Raimundo Rodríguez -Cantarín- por la venta de 35 docenas de voladores de diferentes clases y “un gigante” al Santuario del Acebo, 8 de septiembre de 1910. Archivo del Santuario del Acebo.

La torre actual si se levanta será cubierta de pizarra clavada, o piezas cocidas de barro negro de Llamas, y acaso necesite pararrayos por su altura; el costado del Norte debe ser protegido contra el basto y humedad por cemento pórtland, losas o pintura impermeable.

Doy a Usted mi más cordial enhorabuena por sus trabajos, y por todo lo que haga en bien del templo y mejoras de la Gloriosa protectora nuestra, que desde lo alto de su gloria inmortal recibe benigna estos homenajes. ¡Adelante!

Para artificios de pirotecnia o fuegos artificiales en los festejos, remito a Usted con esta la cantidad de cincuenta pesetas, que puede destinar a dicho uso por la afición de nuestros paisanos a ellos, o al uso que Usted crea más conveniente al mayor esplendor de nuestra excelsa patrona, festejando su nombre y enalteciendo su sagrada memoria, brindándonos con protección santa.

Sin más por hoy, con cariñosos recuerdos a su señor padre, hermana y para usted, se reitera su afectísimo amigo S.L.Q.B.S.M.

Dr. Ambrosio Rodríguez y Rodríguez

Su casa: calle Núñez de Arce, nº 15 pral. Madrid.

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Propuesta del médico Ambrosio Rodríguez para convertir el Acebo en el Lourdes asturiano, 1910 (I)

El médico Ambrosio Rodríguez, en Buenos Aires, 1887. Fotografía de Chute & Brooks.

-Primera parte-
Los milagros del doctor Ambrosio Rodríguez

El doctor Ambrosio Rodríguez Rodríguez fue una de las personalidades más activas que dio el concejo de Cangas del Narcea en el último tercio del siglo XIX y primeras décadas del XX. Nació en La Torre, Sorrodiles (parroquia de Cibea), en 1852   y murió en Madrid en 1927. Estudió y vivió en Madrid, París, Berlín, Buenos Aires y Gijón, y viajó por numerosos países de Europa y América. Fue un profesional muy reconocido, y amigo de eminentes médicos de su tiempo, como su maestro don Federico Rubio y Galí y el mismísimo don Santiago Ramón y Cajal. Nunca dejó de tener relación con su concejo natal, y siempre estuvo preocupado por su estado y porvenir. En la necrológica que le dedicó la revista La Maniega en junio de 1927 se dice: “Difícilmente habrá habido nadie que haya superado al doctor Ambrosio como amante de Cangas; a donde no dejó de ir un solo año, hasta que en 1915 perdió la vista, cuya desgracia le hizo pasar lleno de tristeza los últimos años de su vida”. Fue un asiduo colaborador de los periódicos locales que se editaban en la villa de Cangas del Narcea.

En 1910 envió una larga carta a don Ángel Carrizo Díez,  párroco de Linares del Acebo y administrador del Santuario del Acebo, proponiéndole una serie de medidas para revitalizar este santuario y ponerlo a la altura del afamado Lourdes. Antes de ver ese proyecto nos parece importante dar a conocer dos sucesos en los que Ambrosio Rodríguez participó directamente, y que según su propio parecer tuvieron un final milagroso gracias a la intercesión de la Virgen del Acebo. ¡Sin duda, su fe en la Santa del Acebo era muy grande!

El hecho de que conozcamos estos milagros no es extraño. Por una parte, desde el siglo XVI todos los sucesos milagrosos atribuidos a la Virgen del Acebo se anotaban en un libro que estaba en el Santuario, en el que quedaban registradas las dolencias de los enfermos o tullidos y su curación,  o se enviaban por escrito para que quedase constancia documental del milagro; lamentablemente aquel libro desapareció a fines del siglo XIX, y lo mismo ha sucedido con las relaciones que enviaban las personas beneficiadas con un milagro. Los libros de milagros eran comunes a todos los santuarios, y aun hoy, con otros medios, se siguen haciendo para dar publicidad del poder curativo del santuario; por ejemplo, en Internet puede consultarse la lista de curaciones de Lourdes reconocidas como milagrosas por la Iglesia (www.lourdes-france.org). Por otra parte, es comprensible que en las publicaciones apologéticas dedicadas a la Virgen del Acebo se recojan los testimonios milagrosos de un reputado médico como Ambrosio Rodríguez,  lo que vendría a corroborar todavía más el poder curativo de esta Virgen canguesa.

La relación del primer milagro del doctor Ambrosio Rodríguez está publicada en el folleto La Virgen del Acebo: Descripción histórica de aquel santuario y novena en obsequio de la Virgen que allí se venera, escrito “por un devoto” anónimo y publicado en Luarca en 1894, y la del segundo la publica el dominico Fray Alberto Colunga (1879 – 1962) en su libro: Historia del Santuario de Ntra. Sra. del Acebo y novena en honor de tan excelsa patrona, editado en Madrid en 1909 y reeditado en Salamanca en 1925.

Primer milagro

“Otros muchos milagros se hallan registrados en los documentos que se conservan en el archivo del Acebo; los cuales no insertamos aquí por no hacer voluminoso este trabajo. Debiendo, sin embargo, hacer constar que en estos últimos años se han visto curaciones admirables y múltiples milagros, y entre otros el acaecido a José Gonzalez, natural y vecino de Cerveriz, parroquia de Ab, concejo de Cangas de Tineo. Este individuo que aun vive, y tiene 40 años de edad, refiere así el hecho:

Padecía ataques epilépticos, y no pudiendo obtener mejoría con los medios que la ciencia médica aconseja, se ofreció a la Virgen del Acebo, y a asistir de rodillas a la procesión de la Virgen alrededor de la Iglesia. Hízolo así, y desde aquel día no volvió a padecer más de la referida enfermedad.

Se refiere también otro hecho milagroso acaecido hace pocos años en un viaje que hizo el distinguido medico de Cibea, Cangas de Tineo, Dr. Ambrosio. Navegaba este señor acompañado de otros amigos por el mar del Norte, y habiéndose levantado una tempestad terrible, que puso en peligro inminente al navío y a las personas que llevaba, invocaron y se ofrecieron a la Virgen del Acebo, y de este modo se libraron de una naufragio seguro.”

Segundo milagro

“Una de las más notables curaciones alcanzadas en estos tiempos por intercesión de Nuestra Señora del Acebo es la siguiente, acaecida en 1880. D. Francisco Pérez, vulgarmente llamado el Teresín, natural de Genestoso y gran bolsista de Madrid, tenía un cáncer en uno de los pómulos que, según los médicos, no tenía remedio. Un amigo suyo, D. Ambrosio Rodríguez, doctor y miembro de la Real Academia de Medicina, leyó que el doctor Langenbeck, de Berlín, médico de cámara del Emperador Guillermo I, curaba esa clase de cánceres. Por sí o por no, se lo propuso al paciente, y éste le contestó que si le acompañaba a Berlín iría a probar la ciencia del doctor alemán. Accedió su amigo, fueron a Alemania, se presentaron al celebre médico, que hizo al enfermo una penosa y difícil operación, en la cual le sacó el ojo para bien limpiarle la órbita, y extrajo varios huesos del pómulo. Con esto el enfermo se puso muy grave; atormentado por los dolores y la fiebre comenzó a delirar, tanto, que el doctor Langenbeck dijo que no saldría de aquella noche. En medio de sus males el paciente pudo conocer su estado y comenzó a comunicar a su amigo sus últimas voluntades, para que él las llevara a su familia.

El cirujano alemán Bernhard Rudolf Konrad von Langenbeck (9 de noviembre 1810 – 29 de septiembre 1887)

Hecho esto, vuelve su corazón a la Virgen del Acebo, y lleno de fe, le hace votos para que alcance algún remedio a su mal. Su compañero, abundando en los mismos sentimientos, se postra de rodillas al lado de su cama y se asocia a sus ruegos y oraciones. Así pasaron la noche, y cuando el doctor Langenbeck fue por la mañana a examinar la herida, muy maravillado de que el enfermo no hubiera muerto, se quedó fuera de sí al verle libre de peligro y la herida casi del todo cicatrizada. A los tres días estaba completamente sano, con gran estupefacción de los que le habían dado por muerto. “La fe nos ha salvado”, decía al doctor alemán el español, y en verdad así había sido. El primer cuidado de los dos amigos fue volver a España e ir directamente al Acebo, donde ambos entraron de rodillas hasta el altar y mandaron celebrar misas en acción de gracias por tan singular favor. El enfermo duró aún dieciséis años, muriendo en León de pulmonía”.

Fray Alberto Colunga anota al pie de este texto: “Este hecho lo consignamos la primera vez por escrito según la relación muy detallada que de él nos hizo el mismo Dr. D. Ambrosio Rodríguez”.

El doctor alemán Bernhard von Langenbeck (1810 – 1887) fue un pionero de la cirugía mandibular y de paladar fisurado; un cirujano audaz que practicó métodos nuevos e inventó utensilios quirúrgicos adaptados a estas nuevas intervenciones. Tuvo una gran reputación en todo el mundo gracias a la habilidad y éxito de sus operaciones de cirugía de nariz, paladar y labio, y por su método de operar solo la parte del hueso lesionado o enfermo, sin necesidad de eliminar todo el miembro.  Desde 1848 a 1882 fue director de la Clínica de Cirugía y Oftalmología de la Charité de Berlín, donde se llevó a cabo la “milagrosa” operación de Francisco Pérez “Teresín”.

Continuará

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Por la Asturias de Occidente: El Acebo (1916)

Santuario del Acebo, 1916. Fotografía de Benjamín R. Membiela. Colección: Juaco López Álvarez

Tiempo hacía que deseaba poseer una fotografía del pintoresco lugar del Acebo, de ese pintoresco santuario tan conocido de todos los extremos occidentales de nuestra provincia.

El deseo no era fácil de satisfacer, ni mucho menos. Acaso en el día de la romería no faltaría cualquier aficionado que tuviese la valentía suficiente para subir con la máquina a cumbre tan elevada. Pero no era “eso” lo que yo deseaba. Mi deseo era traer a las páginas de ASTURIAS la reproducción de ese lugar, no en los días de bulliciosa fiesta, sino en los que se halla abandonado de todos, en los de calma, en los de placidez, en los días en que permanece solitario, invitando a la meditación.

Difícil de satisfacer era esa mi pretensión. Mas contra imposibles se opone en estos tiempos la voluntad; y en un día de buen sol conseguí que nuestro incansable fotógrafo Benjamín R. Membiela se decidiese a subir al Acebo, sacando la vista que hoy ofrezco a los lectores; no hecha en día, cual deseaba, de completa calma, ya que en ella se perciben bien claramente, y aparte de unos pastores con sus ganados, los restos de unos puestos de bebidas, los restos de días de juerga, de romería…

El santuario del Acebo se halla situado a mil metros sobre el nivel del mar, y a seiscientos sobre esta villa de Cangas de Tineo. Para hacer el recorrido de seis kilómetros que median entre Cangas y la cumbre de esa montaña se necesitan sus buenas dos y media o tres horas. La pendiente, y sobre todo en su principio, es pronunciadísima, escalonada. Desde su mitad, el camino se halla a grandes trechos cubierto por fino césped, haciendo menos penosa la ascensión, pero muy peligroso para los que se aventuran a subir a caballo, siendo muy frecuentes las caídas de cabalgaduras y jinetes.

Lo penoso de la ascensión queda más que compensado con el soberbio, con el incomparable panorama que desde la cumbre se percibe. Al Norte se ve a Tineo, entre el verdor de sus amigos, con sus blancas casas escalonadas; al Sur, el puerto de Leitariegos, con sus picachos cubiertos de nieve durante la mayor parte del año; al Este, por detrás del santuario, las montañas de Somiedo y de Belmonte; al Oeste, enfrente, las elevadas cumbres del Valledor y de Pola de Allande; y por todas partes, infinidad de aldeas y caseríos.

El Acebo, en sí, lo constituyen el santuario, la casa del cura, deshabitada, y otra casa llamada de “Novenas”, que es en la que buscan albergue y se llenan de miseria los aldeanos que allá se trasladan y allí permanecen los nueve días que preceden al de la fiesta. El frío se siente con intensidad durante todo el año. La planicie es extensa: pero apenas si motivado sin duda por el intenso frío, pueden vivir raquíticamente tres o cuatro árboles. En los meses invernales los lobos se hacen dueños de ese lugar, y hasta tal punto, que, para impedir que invadiesen el santuario, hubo que cerrar los pasos de comunicación con puertas de hierro.

La tradición nos cuenta… Mas dejemos la tradición que con sus deliciosas mentiras siga durmiendo a las almas. Si yo fuera a hablaros de lo que la tradición nos dice respecto a los milagros atribuidos a la Virgen del Acebo –que debe tal nombre a que, según la leyenda, apareció en ese lugar en medio de un acebo o “xardón”, aunque de este arbusto no se ve ninguno en toda la montaña—; si yo fuera a hacerme eco de leyendas, sería el cuento de nunca acabar. Lisiados que en el santuario recobran sus miembros, paralíticos que salen danzando; mujeres con los pechos corroídos por el cáncer, que se curan de repente, adquiriendo las partes enfermas gran exuberancia y derramando líquido vital; mudos que hablan, sordos que oyen… De todo nos habla la tradición, puesta en coplas para ser cantada por ciegos… Dejemos en paz la leyenda; que si en siglos pasados fue el Acebo cuna de fanatismo del Occidente de Asturias, hoy es punto de cita de la alegre juventud.

El exquisito escritor asturiano Álvarez Marrón1 puso en este lugar el epílogo a uno de sus famosos y más sentidos cuentos, premiado en concurso. Consuélese el ilustre tinetense, pues las montañas del Acebo todavía no han sido profanadas por las canallescas notas del piano-manubrio. La gaita de Andulina continúa aquí imperando, acaso como única excepción de romerías famosas, y continuará dueña absoluta de esta montaña, si no por gusto, por las dificultades insuperables para subir desde la villa un piano. ¡Bendigamos en esta ocasión el mal camino, que impide una profanación!

La festividad de la Virgen del Acebo es el 8 de Septiembre, el mismo día en que se festeja a la de Covadonga. La romería es muy típica. La bajada de los romeros a la villa la efectúan en grupos los jóvenes de ambos sexos, cogidos del brazo y cantando sin cesar. Antiguamente asistían a la fiesta muchos vaqueiros, que desaparecieron al confundirse en la vida moderna.

Con frecuencia trepo a lo alto de esta montaña. Es un lugar que me llama, que me atrae, invitándome a recordar días de dolor y de alegría, días de crueles padecimientos y de inefables dichas… Ese nombre de Covadonga trae a mi mente la visión de otra Covadonga, de esa mil veces bendita Covadonga que los asturianos poseemos en Cuba2, que es refugio de cuerpos enfermos y de almas doloridas; y ante mí, cuando estoy en el Acebo, se proyectan en tropel las dependencias de “nuestra” Casa, tal y como la dejé, con sus pabellones, su personal y sus jardines y sus estatuas, y, por encima de todo, elevándose sobre las altas palmeras, la venerable figura del doctor Bango, con un brazo extendido, en ademán de reprenderme por alguna de mis diabluras de rapaz enfermo, voluntarioso y travieso.

    Cangas de Tineo, junio de 1916.

(Asturias, nº 104, La Habana, 23 de julio de 1916)

_______________________________________

1 Se trata de Manuel Álvarez Marrón (Tineo, 1869 – La Habana, 1943), que a los quince años emigró para La Habana, en donde compaginaba su trabajo en un comercio con una intensa dedicación al periodismo y la literatura.

2 Se refiere a la “Quinta de Salud Covadonga”, el hospital que construyó en 1897 el Centro Asturiano de La Habana para sus asociados, en la que estuvo ingresado Borí durante su corta estancia en Cuba.

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En el Acebo, una nueva sección en la web del Tous pa Tous

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Santuario de Nuestra Señora del Acebo. Año 1954. Colección de Manuel Álvarez Rodríguez-Arango

El Acebo, el santuario de la Virgen del Acebo o de Nuestra Señora del Acebo, no es un lugar cualquiera para los cangueses. Desde hace muchos siglos y, probablemente, desde hace milenios este sitio, situado a 1.195 metros de altitud y con unas vistas sobre todo el territorio que constituye el mundo de Cangas y sus fronteras, es un lugar especial, cargado de sentimientos y emociones, y esto es así tanto para las personas religiosas como para las ateas. En esta nueva sección de Memoria Canguesa vamos a ir publicando noticias muy variadas relacionadas con este lugar y su historia, con la devoción a la Virgen y la cofradía en la que se agrupaban miles de cangueses que vivían dentro y fuera del concejo, con sus manifestaciones artísticas y literarias, con su fiesta, etc.

Comenzamos la sección con un artículo de Gumersindo Díaz Morodo, Borí (Cangas del Narcea, 1886 – Salsigne, Francia, 1944), dedicado al Acebo, escrito en 1916 y publicado en La Habana en la revista Asturias, en la que él colaboraba asiduamente como corresponsal de Cangas del Narcea. El artículo trasmite muy bien las emociones que sentía este cangués en el Acebo, que son las mismas que hoy seguimos sintiendo otros muchos. El artículo se publicó acompañado de una fotografía realizada por Benjamín Rodríguez Membiela (Llamas del Mouro, 1875 – Corias, 1944), famoso e incansable fotógrafo establecido en Corias, que es la misma que lo acompaña ahora, casi cien años después.

POR LA ASTURIAS DE OCCIDENTE: EL ACEBO
por Gumersindo Díaz Morodo, Borí

Parroquia de L.linares

L.linares del Acebo

♦ Casa Aviseo ♦ Casa Fernando ♦ Casa Grabiela ♦ Casa Manín (abandonada) ♦ Casa Pablo ♦ Casa Pelicarpio ♦ Casa La Rosa ♦ Casa Xuaquín

Bornazal

♦ Casa Baldragas ♦ Casa Cabeza ♦ Casa El Caseiro ♦ Casa Godoy ♦ Casa Marrón ♦ Casa Parla ♦ Casa El Peire ♦ Casa El Rey

Brañameana / Brendimiana -abandonado-

♦ Casa Gaiteiro (abandonada) ♦ Casa Xuanón (abandonada)

El Cabanal

♦ Casa Anxela ♦ Casa Bernaldo ♦ Casa Cabano ♦ Casa Chano ♦ Casa García ♦ Casa Lardeiro ♦ Casa Marta ♦ Casa Minga ♦ Casa Mourán ♦ Casa Salvador ♦ Casa Xastre ♦ Casa Xuan Peire

Castilmoure / Castil del Moure

♦ Casa Andrés (vacía) ♦ Casa El Obispo (vacía) ♦ Casa Queitano ♦ Casa Ramón (vacía) ♦ Casa Xuanín

El retablo mayor del santuario de Nuestra Señora de El Acebo, 1687-1709

Retablo mayor del Santuario del Acebo, 1687-1709. Fotografía de Pelayo Fernández

El retablo mayor del santuario de Nuestra Señora de El Acebo no ha pasado inadvertido a los historiadores del arte regional que han estudiado las manifestaciones artísticas del suroccidente de Asturias.

El diseño del retablo fue obra del ensamblador Manuel de Ron (fallecido en 1732), natural de Pixán / Peján (parroquia de L.lumés / Limés) y vecino de la villa de Cangas del Narcea, según datos publicados por el padre fray Alberto Colunga en su “Historia del santuario de Ntra. Sra. del Acebo” (Madrid, 1909). Y el encargado de su ejecución fue el escultor Francisco Arias, natural del concejo de Valdés y vecino de Oviedo desde, por lo menos, 1674. La participación de este escultor era desconocida hasta ahora y este dato lo hemos encontrado nosotros en el Archivo Histórico de Asturias. Francisco Arias murió en Oviedo hacia 1692, poco después de terminar la construcción de este retablo de El Acebo.

Los administradores del santuario encargaron a Manuel de Ron que diseñase un retablo “que llenase toda la pared del altar mayor” y que fuese “la obra más primorosa que hacerse pueda”. En el retablo van aparecer todas las novedades del estilo barroco impuesto en Cangas del Narcea después de la construcción de los retablos del monasterio benedictino de Corias: la columna de orden salomónico, las ménsulas formadas por hojas de acanto entrecruzadas y los florones o cartelas en el ático, asimismo formadas por hojas de acanto y recorridas por una sucesión de bolas o cuentas.

Tras una nueva revisión de los Libros de Santuario, amablemente facilitados por don Jesús Bayón Rodríguez y don Reinerio Rodríguez Fernández, párroco y vicario de Cangas del Narcea respectivamente, se han obtenido más datos sobre esta interesante obra: sabemos que se comenzó en 1687, aunque los pagos se extendieron hasta 1691, cuando el escultor ovetense Tomás de Solís realizó su valoración. El precio de la obra ascendió a la importante cantidad de 10.410 reales de vellón. Para sufragar estos gastos se vendieron joyas de la Virgen y se emplearon muchas de las limosnas del santuario.

Aunque en su sagrario se lee actualmente la inscripción de que «se pintó este retablo año de 1828 siendo capellán don José Flórez de Sierra y Castiello», sabemos que hubo una policromía anterior (la original), de 1700, realizada por el dorador Juan Menéndez Arcillana, vecino del barrio de El Corral, en la villa de Cangas del Narcea, que costó 13.500 reales de vellón; este precio tan elevado era debido al empleo de pan de oro para dorar, que era muy caro. El dorado del retablo, a causa de su elevado precio y la escasez de fondos del santuario, se terminó en 1709.

El retablo mayor del santuario de Nuestra Señora de El Acebo, 1687-1709

Retablo mayor del Santuario del Acebo, 1687-1709. Fotografía de Pelayo Fernández

El retablo mayor del santuario de Nuestra Señora de El Acebo no ha pasado inadvertido a los historiadores del arte regional que han estudiado las manifestaciones artísticas del suroccidente de Asturias.

El diseño del retablo fue obra del ensamblador Manuel de Ron (fallecido en 1732), natural de Pixán / Peján (parroquia de L.lumés / Limés) y vecino de la villa de Cangas del Narcea, según datos publicados por el padre fray Alberto Colunga en su “Historia del santuario de Ntra. Sra. del Acebo” (Madrid, 1909). Y el encargado de su ejecución fue el escultor Francisco Arias, natural del concejo de Valdés y vecino de Oviedo desde, por lo menos, 1674. La participación de este escultor era desconocida hasta ahora y este dato lo hemos encontrado nosotros en el Archivo Histórico de Asturias. Francisco Arias murió en Oviedo hacia 1692, poco después de terminar la construcción de este retablo de El Acebo.

Los administradores del santuario encargaron a Manuel de Ron que diseñase un retablo “que llenase toda la pared del altar mayor” y que fuese “la obra más primorosa que hacerse pueda”. En el retablo van aparecer todas las novedades del estilo barroco impuesto en Cangas del Narcea después de la construcción de los retablos del monasterio benedictino de Corias: la columna de orden salomónico, las ménsulas formadas por hojas de acanto entrecruzadas y los florones o cartelas en el ático, asimismo formadas por hojas de acanto y recorridas por una sucesión de bolas o cuentas.

Tras una nueva revisión de los Libros de Santuario, amablemente facilitados por don Jesús Bayón Rodríguez y don Reinerio Rodríguez Fernández, párroco y vicario de Cangas del Narcea respectivamente, se han obtenido más datos sobre esta interesante obra: sabemos que se comenzó en 1687, aunque los pagos se extendieron hasta 1691, cuando el escultor ovetense Tomás de Solís realizó su valoración. El precio de la obra ascendió a la importante cantidad de 10.410 reales de vellón. Para sufragar estos gastos se vendieron joyas de la Virgen y se emplearon muchas de las limosnas del santuario.

Aunque en su sagrario se lee actualmente la inscripción de que «se pintó este retablo año de 1828 siendo capellán don José Flórez de Sierra y Castiello», sabemos que hubo una policromía anterior (la original), de 1700, realizada por el dorador Juan Menéndez Arcillana, vecino del barrio de El Corral, en la villa de Cangas del Narcea, que costó 13.500 reales de vellón; este precio tan elevado era debido al empleo de pan de oro para dorar, que era muy caro. El dorado del retablo, a causa de su elevado precio y la escasez de fondos del santuario, se terminó en 1709.