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Fundación de la Escuela de San Juliano de Árbas en 1819

Una de las primeras escuelas rurales del concejo de Cangas del Narcea

La escuela es algo relativamente reciente en la vida de los cangueses. La enseñanza primaria reglada es una novedad que comienza en el siglo XIX promovida por particulares, vecinos de los pueblos y más tarde por el Estado. En 1865 existían en el concejo de Cangas del Narcea, según Pedro González Arias, 25 escuelas (dos en la villa, una de niños y otra de niñas, y el resto distribuidas por el concejo), y en 1901, según Fermín Canella, eran 28 escuelas de niños y 5 de niñas, “en general en mal estado y defectuosas, […], y necesitadas de material pedagógico”. En fin, a comienzos del siglo XX casi la mitad de las cincuenta parroquias del concejo carecían de escuela y las que la tenían era en unas condiciones bastante precarias.

Escuela vieja de San Juliano de Árbas con dos puertas, una para entrar en el aula y otra para la casa del maestro

Una de las primeras escuelas que se fundó en el concejo fue la de San Juliano de Árbas en 1819. Su fundador fue el canónigo Manuel Arias Flórez de Llano, que en los años ochenta del siglo XVIII había estado de párroco en aquella extensa feligresía, “montuosa y quebrada”, formada por quince pueblos situados junto al puerto de Leitariegos: Árbas, Corros, Xilán, L.lindouta, Miravalles, Otardexu, L’Outeiru, Rimolín, San Juliano, San Romano d’Árbas, Trascastro, Veigamioru, Veigairréi, Villaxer y Villar de Rogueiro. Los eclesiásticos fueron los principales fundadores de escuelas en los siglos XVII y XVIII. Para ello creaban obras pías que dotaban con dinero y tierras que generaban unas rentas que servían para mantener las escuelas y pagar a los maestros.

Vista de la escuela vieja en San Juliano de Árbas

El fundador fue un alto dignatario de la iglesia asturiana de su tiempo. Nació en La Regla de Cibea (Cangas del Narcea) hacia 1745 y pertenecía a una familia de “hijosdalgos notorios de casa y solar conocido” en la que abundaban los clérigos. Tuvo dos hermanos: Nicolás, que se quedó en la casa de Cibea y uno de cuyos hijos, Benito, fue sacerdote, y Teresa, que se casó en la villa de Cangas del Narcea con Ignacio Fernández Flórez, uno de las personas más poderosas e influyentes de esta villa a caballo entre los siglos XVIII y XIX. Manuel Arias Flórez fue párroco de San Juliano de Árbas (donde está empadronado en 1787) y en 1787 fue nombrado Arcediano de Grado y canónigo de la Catedral de Oviedo. Fue profesor de la Universidad de Oviedo, juez de Estudios en ella, y rector en 1790 y 1791. Tuvo numerosos cargos más: examinador sinodal del Obispado, juez apostólico y real de las Tres Gracias de la Santa Cruzada, inspector y director general de los Hospitales del Real Ejército Asturiano, y chantre y canónigo de la catedral de Durango en el reino de México. Después de la guerra de la Independencia se retiró a Cangas del Narcea; en 1815 aparece empadronado en la villa y al año siguiente vivía “achacoso” en el monasterio de Corias. Falleció el 24 de enero de 1822.

Escuela vieja de San Juliano de Árbas

En este periodo de retiro en Cangas, fundó y dotó la escuela de San Juliano de Arbas con el fin de instruir a la juventud y teniendo muy en cuenta a los jóvenes que emigraban sobre todo a Madrid: “conociendo por lo mismo las ventajas y beneficios que se les pueden proporcionar sabiendo leer, escribir y contar, máxime aquellos varones que, obligados de las circunstancias del país, se ven precisados a ir a la Corte u otras provincias a proporcionarse su sustento”. La escritura de fundación está en el Archivo Histórico de Asturias entre los protocolos del escribano Manuel Folgueras (15 de octubre de 1819, fol. 231, caja 13643). En ella se enumeran todas las condiciones que el fundador establece para la escuela, así como el capital de dos mil ducados y las rentas en los que sustenta dicha fundación. Todo esta escrito en ese protocolo que reproducimos literalmente al final de esta noticia.

La figura principal de la fundación es el maestro. Tenía que ser católico, persona de buena vida y costumbres, y no haber sido condenado por la Inquisición. Era un puesto de carácter vitalicio, y solo se le podía despojar de él por incumplimiento de sus deberes, embriaguez, blasfemia y afición al juego. Tenía que poner escuela cinco meses al año, desde el 18 de octubre al 18 de marzo, durante todos los días, sin excepción (salvo fiestas muy señaladas como Navidad, día de San Julián, Martes de Carnaval y Semana Santa); había que aprovechar bien ese tiempo de invierno, pues el fundador sabía que el resto del año los niños tenían que trabajar en sus casas cuidando el ganado, trabajando la tierra o recogiendo castañas.

La escuela era solo para varones, “niños y adultos”, tanto de la parroquia de San Juliano de Árbas como de las de los alrededores. Pero había una diferencia entre unos y otros: los de San Juliano no tenía que pagar ninguna cantidad de dinero, los de otras parroquias si. La única condición que tenían que cumplir los padres de los alumnos de San Juliano de Árbas era llevar a “la casa de la escuela y a disposición del maestro” un carro de leña por cada niño que asistiese a la escuela.

Detalle de la hornacina

En la escuela se enseñaría a leer, escribir y contar; la doctrina cristiana, y la “debida obediencia al Rey y autoridades que gobiernan en su nombre” y respeto a los ministros de la Iglesia. Después de la Revolución francesa, la guerra de la Independencia, las Cortes de Cadiz y la lucha encarnizada entre absolutistas y liberales en aquel tiempo, el fundador, probablemente un firme partidario de Fernando VII, quería influir en la medida de sus posibilidades en la orientación ideológica de los vecinos de San Juliano de Árbas.

La escuela dependería de un patronato integrado por el párroco, el mayordomo de la fabrica de la parroquia, el “vistor mayor” o alcalde pedáneo y dos vecinos, que tenían que saber leer y escribir, elegidos por los cabezas de familia de la parroquia.

Para albergar la escuela se aforó una casa a José Uría Álvarez-Terrero, señor de la Casa de Uría en Santolaya y de la de Miravalles, en la parroquia de San Juliano de Árbas, situada en el mismo pueblo de San Juliano. La casa dispondrá de una “oficina capaz para la escuela” y cocina y habitación para el maestro y su familia. La reparación de este edificio tendrán que sufragarla los vecinos. La existencia de un edificio dedicado solo a escuela y casa del maestro era una gran novedad, pues hasta bien avanzado el siglo XIX lo más frecuente era que la enseñanza en el medio rural se impartiese en la sala de una casa particular o en el pórtico de la iglesia parroquial.

El edificio de la vieja escuela de San Juliano de Árbas todavía se conserva en pie, aunque hace setenta y cinco años que dejó de ser escuela; tiene junto a la puerta de entrada una hornacina de cantería que seguramente cobijó alguna imagen religiosa. La parte dedicada a aula tiene unas amplias ventanas para dar luz y ventilación. Esta escuela se vendió en pública subasta en 1944 para ayudar en la construcción de una nueva.

Escuela nueva de San Juliano de Árbas, construida en 1944 con aulas para niños y niñas y dos viviendas para los maestros


La nueva escuela fue pagada casi en su integridad por los vecinos de la parroquia. En el acta del pleno del Ayuntamiento de Cangas del Narcea de 17 de abril de 1944 puede leerse: “[…] el vecindario del distrito escolar de San Juliano de Árbas, en este concejo, ha construido un hermoso edificio para la escuela de niños y de niñas, con vivienda para los maestros, hallándose las obras casi terminadas, pues solo falta dividir la vivienda de la maestra, construyendo los tabiques necesarios; que la edificación alcanza un coste de más de cien mil pesetas, todas hasta la fecha a cuenta del vecindario, y que este no solicitó ayuda económica del Estado, como debiera haber hecho al tratarse de una construcción tan importante. Acordó solicitar al Ministerio de Educación Nacional una subvención de veinte mil pesetas” para concluir la escuela.

Puedes descargar desde los siguientes enlaces la escritura de fundación de la Escuela de San Juliano de Árbas y el anexo con los Censos para sostenimiento.

SAN XULIANU / SAN JULIANO DE ARBAS – Iglesia parroquial

SAN XULIANU / SAN JULIANO DE ARBAS

Iglesia parroquial.

En el interior de esta iglesia, en un enterramiento de 1520 propiedad de la Casa de Miravalles, está uno de los conjuntos heráldicos más interesantes del concejo de Cangas del Narcea por su antigüedad, sus motivos y labra, y la inscripción que presenta. Francisco Sarandeses Pérez le dedicó un artículo, “La piedra de Santo Juliano de Arbas”, en el Boletín del Instituto de Estudios Asturianos, nº XLIX (1963), págs.. 237-244. Aparecen cuatro escudos con las armas de los Coque, San Miguel, Rescuro y Carballo; la atribución a estas casas aparece en la inscripción del borde de la tapa del sepulcro y en los mismos escudos.

Los Coque tienen un árbol, una flor de lis y un cazador armado con una lanza que sujeta a un perro por el collar y persigue a un jabalí. En el escudo aparece la inscripción: “S COQUE CUYAS SON ESTAS ARMAS”.

Los San Miguel tienen como emblema un árbol y el arcángel San Miguel con alas y una gran espada. La inscripción menciona la casa de San Miguel y Rescuro, con solar en la vecina Laciana (León), y señala sus armas.

Rescuro se representa con un castillo asentado sobre peñas y un hombre armado con una espada atacando a un monstruo marino.

Y las armas de Carballo son una mujer sujetando la rama de un árbol, haciendo alusión al lema de esta familia: “La virtud me hará torcer, que por fuerza no tengáis temor que tuerza”. En la inscripción se menciona la casa de Carballo y en el escudo se aclara que: “SON ESTAS OTRAS ARMAS”.

La inscripción dice lo siguiente: DE LOS COLLARES DE VI / LLAR DE RENGOS DONDE /  LOS COQUES DESCIENDEN POR LINIA DE BA / RON DE LA CASA DE SAN MIGUEL Y RESCURO / CUYAS ESTAS ARMAS / Y POR HEMBRA DES / CIENDEN DE LA CA / SA DE CARVALLO / SON ESTAS OTRAS ARMAS. 1520

Las mismas armas del sepulcro de la iglesia de San Juliano de Arbas aparecen en los escudos de la Casa de Miravalles, la Casa de Murias de Paronche y la Casa de Suárez Cantón en la villa de Cangas del Narcea.

MIRAVAL.LES / MIRAVALLES (Parroquia de San Xulianu / San Juliano de Arbas) – Casa Uría o Palacio de Miraval.les

MIRAVAL.LES / MIRAVALLES

(Parroquia de San Xulianu / San Juliano de Arbas)

Casa Uría o Palacio de Miraval.les.

Escudo con las armas de 1. San Miguel (aparece el arcángel con unas grandes alas y un árbol); 2. Rescuro o Rioscuro (castillo sobre rocas y un hombre que ataca a un monstruo que sale del agua); 3. Carballo (un árbol con copa y raíces, y una mujer que intenta torcer una rama. Esta imagen alude al lema de los Carballo: “La virtud me hará torcer, que por fuerza no tengáis temor que tuerza”), y 4. Queipo de Llano (tres flores de lis y tres fajas, bordeadas por piñas). Las tres primeras armas aparecen en un enterramiento del siglo XVI en la iglesia parroquial de San Xulianu, y se repiten en los escudos de Murias de Paronche y de la casa de Suárez-Cantón (que en el siglo XIX era conocida como Casa de Miravalles o Casa de Uría) en la calle Mayor de la villa de Cangas del Narcea.

En el siglo XVII el propietarios de esta Casa de Miraval.les era Francisco Coque de Llano, casado con Margarita Queipo de Llano, de la Casa de los Queipo de Llano de San Pedru d’Arbas. A finales del siglo XVIII, era de su descendiente María Sierra Pambley y Coque, señora también de la Casa de Pambley, casada con Nicolás del Riego Núñez, de Tuña. En el siglo XIX pasó a la primogénita de este matrimonio: María Josefa del Riego Núñez y Sierra Pambley, que se casó con José de Uría Álvarez-Terrero, de la Casa de Uría de Santolaya. El heredero de estos fue su hijo José Francisco Uría del Riego (1819-1862), el reconocido Director de Obras Públicas que da nombre a varias calles de ciudades y villas asturianas, que al fallecer soltero dejó esta casa a su hermano Rafael (1820-1901). Este último vendió la Casa de Miraval.les con todas sus propiedades en 1874.

El Son d´Arriba y los Cantos de Ramos en el Valle de Naviego (Cangas del Narcea)

Bailando el Son d´Arriba en L´Outeiro. Toca el pandeiro y canta Pilar y baila su madre María

Nuestra modesta aportación al tema que nos ocupa, consiste en poner a la luz unos materiales originales que fueron recogidos entre los años 1977-78. El trabajo de campo fue realizado por algunos componentes de uno de los primeros grupos llamados de investigación que surgieron en Asturias, en los años 70, “Raigañu” era su nombre. Naviegu, L´Outeiro, Miraval.les y San Xulianu, fueron los pueblos donde se recogió dicho material. Se realizaron grabaciones de los bailes con los medios que entonces se disponían, una cámara de super-8 y una grabadora de bobina para el registro del audio. En concreto los materiales estudiados se refieren al Son d´Arriba y a los cantares de ramos tocados con pandero cuadrado.



Pág.2 El Bail.le d´Arriba – L´Outeiru

Pág.3 El Son d´Arriba – Miraval.les

Pág.4 Ramo de Sanxulianu

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Recuperación libro de actas de los plenos municipales de 1887 a 1890

altEl presidente del Tous pa Tous, Juaco López Álvarez, habla en esta entrevista en Onda Cero Cangas del Narcea el pasado 20 de agosto de 2012 sobre el libro de actas de los plenos municipales de 1887 a 1890 recuperado por nuestra asociación. Juaco nos cuenta alguna de las decisiones tomadas por el Ayuntamiento entre 1887 y 1890, entre ellas el rechazo a la solicitud de vecinos del Río Cibea y  San Xulianu d’Árbas de formar un concejo independiente que se llamaría La Unión y tendría su capital en Miravalles.


      Entrevista a Juaco López


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Sor Sagrario (Miravalles, Cangas del Narcea, 1919 – Santander, 2019). 70 años de pasión por el prójimo

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Sor Sagrario recogiendo La Cruz de la Victoria, distinción otorgada por el Centro Asturiano de Cantabria a la Cocina Económica de Santander en su centenario

Dicen de ella que tiene una «viveza en los ojos, un andar resuelto y una forma de hablar que apabullan a su interlocutor». Con 93 años, María del Sagrario Rodríguez Álvarez, más conocida como Sor Sagrario, tiene claro que si «volviese a nacer mil veces, mil veces sería Hija de la Caridad». La vocación y la fe de esta mujer desbordan a quien la escucha. Su mente, de una lucidez extraordinaria, le lleva a recordar con pelos y señales los motivos y las reflexiones que llevaron a una joven asturiana de 23 años a vestir el hábito y dedicar su vida a los demás.

Aunque lleva 69 años residiendo en Santander, donde trabajó en numerosas instituciones benéficas como el Hogar Cántabro o la Cocina Económica, no olvida sus raíces asturianas, con las que mantiene permanente contacto. De hecho, el Centro Asturiano de Santander, en el que participa activamente y del que es Miembro de Honor, la ha homenajeado recientemente por sus 70 años vistiendo el hábito.

Sor Sagrario nació en 1919 en el pequeño pueblo de Miravalles, de la parroquia de San Juliano de Arbas, cuando Cangas del Narcea se llamaba todavía Cangas de Tineo -cambiaría su nombre en 1927-, en el seno de una familia campesina pero con recursos. Ella, la quinta de seis hermanos, siempre tuvo claro que le gustaba «más la iglesia que las romerías». Había algo entre las Sagradas Escrituras que le «llenaba el espíritu» y que en las fiestas no pudo encontrar. Aunque también le encantaba bailar, sobre todo «el son d’arriba», la vocación fue superior en todos los sentidos.

«Desde pequeña sabía que iba a ser monja», asegura. Su vida no fue fácil, ya que «en plena Guerra Civil, el 16 de abril de 1938», murió su madre. Sagrario contaba 17 años. Esta pérdida le impactó mucho y le llevó a recordar todo lo que de ella había aprendido. «Era una santa», recuerda, y relata la constante ayuda que ofrecía a los necesitados del pueblo. «En aquella época no había Seguridad Social, así que ella acompañaba a un familiar, que era médico, y le ayudaba a preparar vendas, desinfectarlas, aplicar pomadas, cataplasmas…», explica. Y Sagrario iba con ella. «Todo eso me llamó muchísimo. Aprendí a hacer un montón de cosas que luego me sirvieron mucho», relata.

Hasta que un buen día presenció una escena en la que un grupo de Hijas de la Caridad de San Vicente de Paúl ayudaba a un hombre necesitado. Una escena que le «impactó» y que marcó sus futuros pasos. Aunque había estudiado mecanografía y contabilidad en Madrid, en 1941 se puso en contacto con las Hijas de la Caridad de San Vicente de Paúl y en 1942 tomó los hábitos.

«Cristo me llamaba»

Su primer destino fue el último: Santander. Allí aprendió de la generosidad y el carácter de los cántabros, «tan similar al de los asturianos». Toda su vida se sintió «muy bien acogida» y, aunque echó de menos Asturias, nunca perdió el contacto «con la tierrina». El momento más difícil fue la separación de su padre, en 1944. Él estaba muy enfermo y ella recibió un permiso para ir a verle. Apenas llevaba dos años de monja y pudo abandonarlo todo para permanecer junto a su familia. «Me desgarró dejar a mi padre pero lo hice porque lo que cuesta es lo que vale. Cristo me llamaba», explica. Al día siguiente de su vuelta a Santander, recibió la noticia de que había muerto.

Hoy Sagrario se sorprende de los recientes retrocesos en materia social tras décadas de continuo avance y progreso. Ella, que toda su vida la ha dedicado a ayudar a los demás, ve cómo ahora aumenta sin medida el número de personas que solicitan cada día la beneficencia y que acuden a la Cocina Económica.

No obstante, su vocación no flaquea lo más mínimo y, pese a que el 23 de agosto celebrará su 94 cumpleaños, no encuentra tiempo para la jubilación. «El compromiso de una Hija de la Caridad es para toda la vida», sostiene, convencida.


Fuente: El Comercio / Autor: D. Figaredo / Gijón, 28.05.12


La inolvidable religiosa de la Cocina Económica de Santander falleció el 3 de marzo de 2019, a punto de cumplir su centenario. Su huella humana, de ilimitada generosidad hacia los demás, será indeleble. Un ejemplo a seguir. Descanse en paz.

El único habitante

En febrero de 2010, a punto de finalizar el invierno, nuestro socio y colaborador Enrique de Santulaya nos contaba como en la falda del Cueto de Arbas, frente a Brañas de Arriba, pasaba inadvertido nuestro protagonista, el único habitante del pueblo de Corros.

Ahora que las primeras nieves de un nuevo invierno acosan el lugar, nos ha venido a la memoria nuestro aislado vecino, Pepe, y para recordarle hemos recuperado un reportaje que emitió por aquellas fechas el programa ESPAÑA DIRECTO, de RTVE. Pepe, el único habitante de la aldea canguesa de Corros desde hace ya 26 ó 27 años vive en un aislamiento voluntario que no ha mermado en absoluto su humanidad. Desde aquí le deseamos a nuestro vecino, un feliz invierno y año nuevo 2011.

Parroquia de San Xulianu

San Xulianu d´Árbas

♦ Casa Alonso ♦ Casa Antón del Marico ♦ Casa La Escuela (hoy propiedad de Casa Membiela) ♦ Casa Membiela ♦ Casa La Retural (hoy propiedad de Casa Membiela) ♦ Casa Viña (antes Casa Seguro)

Árbas

♦ Casa Carapuzo ♦ Casa Cueto ♦ Casa Manolín ♦ Casa Miguel ♦ Casa Pericón ♦ Casa Sixto

Corros

♦ Casa El Andaluz ♦ Casa El Maestro ♦ Casa El Manco ♦ Casa Natalio ♦ Casa El Rubio ♦ Casa Santos

La Chabola de Vallao

♦ Casa La Chabola (tienda y bar)

La Fonda

♦ Casa Acevedo ♦ Casa La Piñera

L.lindouta

♦ Casa Calderas ♦ Casa El Caminero ♦ Casa Carcabón ♦ Casa Casao ♦ Casa’l Conde ♦ Casa Cosmen ♦ Casa Macía ♦ Casa Mingo ♦ Casa Queitano ♦ Casa Toribo

Miraval.les

♦ Casa Alfredo (antes Casa Antón) ♦ Casa Capita ♦ Casa El Palacio ♦ Casa La Rubia
♦ Casa La Venta ♦ Casa La Ventera ♦ Casa Xuanón

Oul.ladas (braña)

Tienen cabaña en esta braña las casas siguientes:
♦ Casa Fonso (Terdexugu) ♦ Casa Garabuyo (Vil.laxer) ♦ Casa Garrido (Vil.laxer) ♦ Casa El Pablo (Vil.laxer) ♦ Casa El Romo (Vil.lar de Rugueiru)

L´Outeiro

♦ Casa Agustín ♦ Casa Antón de Mingo ♦ Casa Combarro ♦ Casa Culasón (hoy de Casa Floro) ♦ Casa La Escuela ♦ Casa Las Galanas ♦ Casa Fonso L’Ancliana ♦ Casa Floro ♦ Casa María ♦ Casa Melchor ♦ Casa Miguelón ♦ Casa Ramonzón ♦ Casa Xuan Peire

Riumolín

♦ Casa Coxo (desaparecida) ♦ Casa El Duco ♦ Casa Farrucón ♦ Casa La Madriñera ♦ Casa Pachón ♦ Casa El Puerro ♦ Casa Xuanarias

San Romanu d´Árbas

♦ Casa Colás ♦ Casa Florenta (hoy propiedad de Casa La Mansa) ♦ Casa La Mansa ♦ Casa Muirazo

Tardexugu / Otardejú

♦ Casa Fonso ♦ Casa Juanón ♦ Casa L.lázaro ♦ Casa Madriñeiru ♦ Casa Manuela ♦ Casa Manulín de Cabal.leitu ♦ Casa l’Obispu

Veigaimiedru / Vegameoro

♦ Casa Caballero ♦ Casa Calzón ♦ Casa Capa ♦ Casa El Ferreiro ♦ Casa Fuente ♦ Casa García ♦ Casa Pedro Fuente o Los Ordiales (de nueva creación, hacia 2004) ♦ Casa La Ponderosa (de nueva creación, hacia 2002) ♦ Casa Riesco ♦ Casa Soldao ♦ Casa Xastre o El Xastrín

Veigairréi / Vega de Rey

♦ Casa Balbino ♦ Casa El Chalín ♦ Casa El Gaiteiro

Vil.lar de Rogueiru

♦ Casa Camila ♦ Casa Feito ♦ Casa Julián ♦ Casa Músico ♦ Casa Peisano ♦ Casa Romo ♦ Casa Vuelta

Vil.laxer / Villager

♦ Casa Ceferino ♦ Casa Fuente (hoy propiedad de Casa Garrido) ♦ Casa Garabuyu ♦ Casas Garrido ♦ Casa La Molinera ♦ Casa El Pablo ♦ Casa La Xastra

Xilán / Gelán

♦ Casa Fabón ♦ Casa Niso

Pepe el de Corros

El Cueto Arbas desde Laguna Seca

Por Enrique Rodríguez García

Santolaya de Cueiras (Cangas del Narcea)

En la falda del Cueto de Arbas, enfrente de Brañas de Arriba, pasa inadvertido el pueblo de Corros, pueblo que por su altura es azotado por el invierno y la nieve cada vez que la naturaleza desata los elementos por los contornos del puerto de Leitariegos.

Este pueblo de Corros, vecino del Monte del Gato, en sus buenos tiempos mantenía seis casas, que vivían de la ganadería. Sus dominios limitan con Trascastro, Gillón, Riomolín y la provincia de León; posee lugares naturales de verdadera belleza paisajística: el valle donde nace el río de Corros; la laguna denominada Chaguna Seca, desde la que se ve de forma privilegiada el Cueto de Arbas; el pico del Fraile que deja ver el valle del puerto de Leitariegos y el valle de Riomolín; el Pico de la Corona y el Monte del Gato, bastante conocido por albergar todo tipo de fauna en su interior, en el que destaca la visita de algún oso pardo.

Corros, Cangas del Narcea

El nombre del pueblo nos traslada a otros tiempos, en que los vaqueiros trashumantes subían por el verano a pastar los ganados a estas zonas altas y construían pequeñas cabañas de piedra que denominaban “corros”. Es posible que posteriormente ya se quedaran en la zona todo el año, formando el pueblo tal como lo conocemos hoy.

En las décadas de los setenta y ochenta, la emigración del campo hacia la ciudad hizo que en este pueblo sólo quedara un vecino, quedando las demás casas para ser visitadas durante los fines de semana. Este vecino es conocido como Pepe el de Corros, su nombre real es José Santor Antón, de Casa de Santos, tiene ochenta años y la primera impresión que suele dar cuando se le visita no deja dudas de su fortaleza: se presenta erguido como una vara de avellano, tiene fuerte semblante, en pleno invierno casi nunca le hace falta chaqueta, tiene que hacer mucho frío para que lo note. Cuando Pepe siente algo de frío los demás ya estamos en proceso de congelación, él dice con humor: “es que la juventud hoy coméis muchas cosas raras y no valéis ni para…”

Pepe el de Corros y Enrique Rodríguez

Pepe denota en sus facciones y ojos azules que de mozo debió de ser un buen representante de la zona en las fiestas populares. En la conversación puede esperarse que al estar aislado en el pueblo, los temas que se puedan abordar sean escasos, sin embargo nada más lejos de la realidad; pues Pepe, como es muy sociable, siempre tiene visitas de todo tipo. Además, lee constantemente y con las nuevas tecnologías, móvil, emisora…, está enterado de todos los temas de actualidad.

Siempre me llamó la atención, que muchas veces que subí a visitarlo sabía más de lo que pasaba en Cangas y alrededores que yo.

Políticamente es reservado y muy diplomático, como él dice hay que vivir y respetar a todos: “yo tengo que llevarme bien hasta con los osos del Monte del Gato”. Al final, Pepe deja ver que es un hombre de centro y respetuoso con todas las ideas.

Me decido a escribir estas líneas porque en una de tantas veces que lo visité, mantuvo una larga conversación conmigo en su cocina, comiendo buen jamón y tomando un buen vino de Cangas y, por supuesto, el chupito de hierbas hecho en casa, que según dice él cura todo: la barriga, el corazón, los ojos, etc. Solo es malo para la cabeza, si se abusa, pues con la presión atmosférica cambiando por la altura, la bajada de Corros puede entrañar alguna dificultad.

En aquella ocasión, Pepe me empezó a contar historias pasadas, relacionadas con la caza y el oso, que él vivió en primera persona, y consideré que tenían cierto valor por la peculiaridad de las mismas; indicaban fielmente como se vivía no hace tantos años en pleno contacto con la naturaleza.

Supe por otros vecinos que este hombre en sus tiempos mozos era un gran cazador, cazaba por el Monte del Gato, Pico del Fraile, Braña de Trascastro… , todos contornos del pueblo de Corros. Después vendía las pieles en la feria del sábado de Ramos donde peleteros de varios sitios venían a comprarlas ese día.

A algunas personas jóvenes y no tan jóvenes, esto puede parecernos que es una historia de los cazadores tramperos del Canadá, nada más lejos, esto se vivía no hace mucho en Cangas del Narcea.

Sentado en la cocina con Pepe, me empieza a hablar, con detalles meticulosos fruto de su proverbial memoria, como cazaba cuando tenía 20 años, donde se vendían las pieles y anécdotas que le ocurrieron. Intentaré describir aquí lo más significativo de lo que me cuenta entre trago y trago de vino.

Cuenta que todo lo que cazaba se vendía en la feria del sábado de Ramos, si quedaba algo se vendía posteriormente en la feria de La Cruz, en esta feria las pieles se pagaban menos. Muchas pieles se vendían en la zapatería de Casa Carchuelas de Cangas y otras veces venía un intermediario directamente desde Caboalles a comprarlas.

Las pieles que más se pagaban eran las de marta, aunque cazaba también gato montés, zorro…

Río Corros, afluente del río Naviego

Recuerda Pepe con añoranza la agilidad que da la juventud, pues una vez que estaba nevado, él y su vecino Aniceto, vieron un corzo que bajaba paralelo al río de Corros; Pepe se decidió a cazarlo vivo. El corzo y Pepe, los dos corriendo entre la nieve, bajaron desde el pueblo hasta el río que baja de la Braña de Trascastro, allí el corzo se rindió a la agilidad y resistencia de Pepe, que se abalanzó sobre él y lo cogió vivo; Aniceto no se lo podía creer, la dificultad de andar por la nieve era igual para los dos corredores.

Si algo no le gusta a Pepe es que le hablen de los lobos, siente gran respeto y desconfianza hacia este animal. Opina que es verdad el mito de que si un lobo te observa, se te ponen todos los pelos de punta y se tiene la sensación de que se despegan las ropas del cuerpo. Cuando le digo que eso no tiene lógica, que la explicación de esas sensaciones es el miedo, él me contesta con una pregunta: “¿Por qué no ocurre lo mismo con el oso que es un animal de mayor envergadura?”

Me cuenta como una vez estaba su hermana cuidando las cabras y vino una loba con cinco lobeznos pequeños, y sin respeto ninguno empezaron a matar a los cabritos con la hermana de Pepe presente: esta al ver la situación fue a salvar un cabrito, cogiéndolo con las manos; la loba al percatarse, se abalanzó sobre la niña, le quitó el cabrito de las manos y se lo ofreció a los lobeznos para que lo mataran. La niña, asustada, lo único que pudo hacer fue huir para no ser atacada.

Sin embargo a Pepe, cuando le hablas del oso le cambia la expresión, se queda más relajado, dice que está harto de encontrarse con él y tiene muchas anécdotas para contar. Siempre que se ven se asustan los dos, Pepe del oso y el oso de Pepe, y así conviven con cierto equilibrio de fuerzas que lleva a que se tengan el suficiente respeto para vivir juntos: el oso por el Monte del Gato y Pepe en el pueblo de Corros.

Cuenta como una vez los guardas forestales le preguntaron si viera el oso y si venía de la zona de Somiedo o de Muniellos. Pepe les contestó, con el buen humor que le caracteriza, que él cuando veía al oso nunca le pedía la documentación para saber de dónde venía; como es tan feo y habla tan poco, tiene miedo a que se enfade si lo molesta.

A pesar de la altura, los parajes de Corros cuentan con abundante vegetación y rincones naturales de verdadera belleza

Recuerda como una vez subían él y su vecino Aniceto de la fiesta de San Juliano y a media ladera, después de una noche de fiesta, Aniceto sintió la necesidad de vaciar las tripas escondiéndose entre unos matorrales. Pepe siguió andando y de repente se encontró cara a cara con un gran ejemplar que lo miraba fijamente; al verlo le dio una voz y el oso echo a correr asustado en dirección a los matorrales donde tranquilamente meditaba Aniceto, este al escuchar tan tremendo ruido solo le dio tiempo a subirse los pantalones y tirar piedras al oso mientras que corría precipitadamente delante de él para que no lo atropellara.

Otra vez me cuenta que estaba su padre, Pedro Santor, cortando mangos de avellano por el Monte del Gato para venderlos a los mineros de Villablino, cuando vio algo moverse encima del camino que baja de Corros hacia la braña de Trascastro; pensó que lo que se movía era un corzo que pastaba plácidamente. Se agachó y sigilosamente se acercó al borde de arriba del camino para coger el corzo por sorpresa y pegarle un golpe para cazarlo. Fue metiendo la mano por las matas hasta que tocó un brazo que era mucho más gordo que las cuatro patas juntas de un corzo, dándose cuenta Pedro del error, se tiró rápido hacia el camino y el oso asustado también se tiró, quedando los dos mirándose cara a cara; Pedro empezó a vocear y amenazando con la macheta que llevaba, consiguió que el oso se volviera y se marchara.

Dice Pepe que su padre llegó para casa sin ningún mango de avellano y no volvió nunca más a buscarlos al Monte del Gato.

Me sigue contando que siempre que se encuentra con el oso de frente, el animal es el que huye, salvo una vez que subía a ver unas vacas a Chaguna Seca y vio desde lejos un oso grande, un buen ejemplar descansando en un prado. Pepe por curiosidad se acercó por encima y le tiró una piedra a vueltas para ver que hacía; el oso al sentir la piedra se levantó y quedó mirándole fijamente; en ese momento los dos se echaron un pulso con los gestos y las miradas, Pepe lo describe muy bien, me dice: “Enrique, era como si me mirara con chulería y después de un tiempo decidiera irse, pero indicándome que se iba porque quería, no porque me tuviera miedo”.

Pepe me siguió contando encuentros y desencuentros con el oso, me dijo que últimamente los osos invernaban poco, cree que es porque los inviernos vienen más cálidos. También me enseñó una cueva que está debajo del Teso del Chano, donde siempre invernaba algún oso.

Molino abandonado de Corros

Me siguió contando como en el pueblo, aunque estaba alto, antiguamente se sembraban patatas y trigo, muestra de ello es que había en el río de Corros seis molinos, de las casas del Sastre, Natalio, Andaluz, el Maestro, el Rubio y Santos. Actualmente sólo queda uno en ruinas, pues los demás los llevó una avalancha en una gran nevada.

Me despido de nuestro anfitrión y cuando llego al Teso del Chano miro hacia atrás y veo todavía a Pepe enfrente, junto al corral de la casa; veo ochenta años de trabajo y de vida sencilla, sin grandes complicaciones ni explicaciones filosóficas. Sigo bajando en dirección a Trascastro ensimismado, pensativo, dándome cuenta que en ningún momento miré el reloj, ni pensé en el móvil, ni tuve prisa por marchar de este mundo tranquilo de Pepe. Claro está que como todo lo bueno dura poco, llego a la carretera de Leitariegos y ya empieza el ajetreo, ya empieza otra forma de vida más complicada, ya el reloj empieza a ser importante.

Pepe el de Corros

El Cueto Arbas desde Laguna Seca

En la falda del Cueto de Arbas, enfrente de Brañas de Arriba, pasa inadvertido el pueblo de Corros, pueblo que por su altura es azotado por el invierno y la nieve cada vez que la naturaleza desata los elementos por los contornos del puerto de Leitariegos.

Este pueblo de Corros, vecino del Monte del Gato, en sus buenos tiempos mantenía seis casas, que vivían de la ganadería. Sus dominios limitan con Trascastro, Gillón, Riomolín y la provincia de León; posee lugares naturales de verdadera belleza paisajística: el valle donde nace el río de Corros; la laguna denominada Chaguna Seca, desde la que se ve de forma privilegiada el Cueto de Arbas; el pico del Fraile que deja ver el valle del puerto de Leitariegos y el valle de Riomolín; el Pico de la Corona y el Monte del Gato, bastante conocido por albergar todo tipo de fauna en su interior, en el que destaca la visita de algún oso pardo.

Corros, Cangas del Narcea

El nombre del pueblo nos traslada a otros tiempos, en que los vaqueiros trashumantes subían por el verano a pastar los ganados a estas zonas altas y construían pequeñas cabañas de piedra que denominaban “corros”. Es posible que posteriormente ya se quedaran en la zona todo el año, formando el pueblo tal como lo conocemos hoy.

En las décadas de los setenta y ochenta, la emigración del campo hacia la ciudad hizo que en este pueblo sólo quedara un vecino, quedando las demás casas para ser visitadas durante los fines de semana. Este vecino es conocido como Pepe el de Corros, su nombre real es José Santor Antón, de Casa de Santos, tiene ochenta años y la primera impresión que suele dar cuando se le visita no deja dudas de su fortaleza: se presenta erguido como una vara de avellano, tiene fuerte semblante, en pleno invierno casi nunca le hace falta chaqueta, tiene que hacer mucho frío para que lo note. Cuando Pepe siente algo de frío los demás ya estamos en proceso de congelación, él dice con humor: “es que la juventud hoy coméis muchas cosas raras y no valéis ni para…”

Pepe el de Corros y Enrique Rodríguez

Pepe denota en sus facciones y ojos azules que de mozo debió de ser un buen representante de la zona en las fiestas populares. En la conversación puede esperarse que al estar aislado en el pueblo, los temas que se puedan abordar sean escasos, sin embargo nada más lejos de la realidad; pues Pepe, como es muy sociable, siempre tiene visitas de todo tipo. Además, lee constantemente y con las nuevas tecnologías, móvil, emisora…, está enterado de todos los temas de actualidad.

Siempre me llamó la atención, que muchas veces que subí a visitarlo sabía más de lo que pasaba en Cangas y alrededores que yo.

Políticamente es reservado y muy diplomático, como él dice hay que vivir y respetar a todos: “yo tengo que llevarme bien hasta con los osos del Monte del Gato”. Al final, Pepe deja ver que es un hombre de centro y respetuoso con todas las ideas.

Me decido a escribir estas líneas porque en una de tantas veces que lo visité, mantuvo una larga conversación conmigo en su cocina, comiendo buen jamón y tomando un buen vino de Cangas y, por supuesto, el chupito de hierbas hecho en casa, que según dice él cura todo: la barriga, el corazón, los ojos, etc. Solo es malo para la cabeza, si se abusa, pues con la presión atmosférica cambiando por la altura, la bajada de Corros puede entrañar alguna dificultad.

En aquella ocasión, Pepe me empezó a contar historias pasadas, relacionadas con la caza y el oso, que él vivió en primera persona, y consideré que tenían cierto valor por la peculiaridad de las mismas; indicaban fielmente como se vivía no hace tantos años en pleno contacto con la naturaleza.

Supe por otros vecinos que este hombre en sus tiempos mozos era un gran cazador, cazaba por el Monte del Gato, Pico del Fraile, Braña de Trascastro… , todos contornos del pueblo de Corros. Después vendía las pieles en la feria del sábado de Ramos donde peleteros de varios sitios venían a comprarlas ese día.

A algunas personas jóvenes y no tan jóvenes, esto puede parecernos que es una historia de los cazadores tramperos del Canadá, nada más lejos, esto se vivía no hace mucho en Cangas del Narcea.

Sentado en la cocina con Pepe, me empieza a hablar, con detalles meticulosos fruto de su proverbial memoria, como cazaba cuando tenía 20 años, donde se vendían las pieles y anécdotas que le ocurrieron. Intentaré describir aquí lo más significativo de lo que me cuenta entre trago y trago de vino.

Cuenta que todo lo que cazaba se vendía en la feria del sábado de Ramos, si quedaba algo se vendía posteriormente en la feria de La Cruz, en esta feria las pieles se pagaban menos. Muchas pieles se vendían en la zapatería de Casa Carchuelas de Cangas y otras veces venía un intermediario directamente desde Caboalles a comprarlas.

Las pieles que más se pagaban eran las de marta, aunque cazaba también gato montés, zorro…

Río Corros, afluente del río Naviego

Recuerda Pepe con añoranza la agilidad que da la juventud, pues una vez que estaba nevado, él y su vecino Aniceto, vieron un corzo que bajaba paralelo al río de Corros; Pepe se decidió a cazarlo vivo. El corzo y Pepe, los dos corriendo entre la nieve, bajaron desde el pueblo hasta el río que baja de la Braña de Trascastro, allí el corzo se rindió a la agilidad y resistencia de Pepe, que se abalanzó sobre él y lo cogió vivo; Aniceto no se lo podía creer, la dificultad de andar por la nieve era igual para los dos corredores.

Si algo no le gusta a Pepe es que le hablen de los lobos, siente gran respeto y desconfianza hacia este animal. Opina que es verdad el mito de que si un lobo te observa, se te ponen todos los pelos de punta y se tiene la sensación de que se despegan las ropas del cuerpo. Cuando le digo que eso no tiene lógica, que la explicación de esas sensaciones es el miedo, él me contesta con una pregunta: “¿Por qué no ocurre lo mismo con el oso que es un animal de mayor envergadura?”

Me cuenta como una vez estaba su hermana cuidando las cabras y vino una loba con cinco lobeznos pequeños, y sin respeto ninguno empezaron a matar a los cabritos con la hermana de Pepe presente: esta al ver la situación fue a salvar un cabrito, cogiéndolo con las manos; la loba al percatarse, se abalanzó sobre la niña, le quitó el cabrito de las manos y se lo ofreció a los lobeznos para que lo mataran. La niña, asustada, lo único que pudo hacer fue huir para no ser atacada.

Sin embargo a Pepe, cuando le hablas del oso le cambia la expresión, se queda más relajado, dice que está harto de encontrarse con él y tiene muchas anécdotas para contar. Siempre que se ven se asustan los dos, Pepe del oso y el oso de Pepe, y así conviven con cierto equilibrio de fuerzas que lleva a que se tengan el suficiente respeto para vivir juntos: el oso por el Monte del Gato y Pepe en el pueblo de Corros.

Cuenta como una vez los guardas forestales le preguntaron si viera el oso y si venía de la zona de Somiedo o de Muniellos. Pepe les contestó, con el buen humor que le caracteriza, que él cuando veía al oso nunca le pedía la documentación para saber de dónde venía; como es tan feo y habla tan poco, tiene miedo a que se enfade si lo molesta.

A pesar de la altura, los parajes de Corros cuentan con abundante vegetación y rincones naturales de verdadera belleza

Recuerda como una vez subían él y su vecino Aniceto de la fiesta de San Juliano y a media ladera, después de una noche de fiesta, Aniceto sintió la necesidad de vaciar las tripas escondiéndose entre unos matorrales. Pepe siguió andando y de repente se encontró cara a cara con un gran ejemplar que lo miraba fijamente; al verlo le dio una voz y el oso echo a correr asustado en dirección a los matorrales donde tranquilamente meditaba Aniceto, este al escuchar tan tremendo ruido solo le dio tiempo a subirse los pantalones y tirar piedras al oso mientras que corría precipitadamente delante de él para que no lo atropellara.

Otra vez me cuenta que estaba su padre, Pedro Santor, cortando mangos de avellano por el Monte del Gato para venderlos a los mineros de Villablino, cuando vio algo moverse encima del camino que baja de Corros hacia la braña de Trascastro; pensó que lo que se movía era un corzo que pastaba plácidamente. Se agachó y sigilosamente se acercó al borde de arriba del camino para coger el corzo por sorpresa y pegarle un golpe para cazarlo. Fue metiendo la mano por las matas hasta que tocó un brazo que era mucho más gordo que las cuatro patas juntas de un corzo, dándose cuenta Pedro del error, se tiró rápido hacia el camino y el oso asustado también se tiró, quedando los dos mirándose cara a cara; Pedro empezó a vocear y amenazando con la macheta que llevaba, consiguió que el oso se volviera y se marchara.

Dice Pepe que su padre llegó para casa sin ningún mango de avellano y no volvió nunca más a buscarlos al Monte del Gato.

Me sigue contando que siempre que se encuentra con el oso de frente, el animal es el que huye, salvo una vez que subía a ver unas vacas a Chaguna Seca y vio desde lejos un oso grande, un buen ejemplar descansando en un prado. Pepe por curiosidad se acercó por encima y le tiró una piedra a vueltas para ver que hacía; el oso al sentir la piedra se levantó y quedó mirándole fijamente; en ese momento los dos se echaron un pulso con los gestos y las miradas, Pepe lo describe muy bien, me dice: “Enrique, era como si me mirara con chulería y después de un tiempo decidiera irse, pero indicándome que se iba porque quería, no porque me tuviera miedo”.

Pepe me siguió contando encuentros y desencuentros con el oso, me dijo que últimamente los osos invernaban poco, cree que es porque los inviernos vienen más cálidos. También me enseñó una cueva que está debajo del Teso del Chano, donde siempre invernaba algún oso.

Molino abandonado de Corros

Me siguió contando como en el pueblo, aunque estaba alto, antiguamente se sembraban patatas y trigo, muestra de ello es que había en el río de Corros seis molinos, de las casas del Sastre, Natalio, Andaluz, el Maestro, el Rubio y Santos. Actualmente sólo queda uno en ruinas, pues los demás los llevó una avalancha en una gran nevada.

Me despido de nuestro anfitrión y cuando llego al Teso del Chano miro hacia atrás y veo todavía a Pepe enfrente, junto al corral de la casa; veo ochenta años de trabajo y de vida sencilla, sin grandes complicaciones ni explicaciones filosóficas. Sigo bajando en dirección a Trascastro ensimismado, pensativo, dándome cuenta que en ningún momento miré el reloj, ni pensé en el móvil, ni tuve prisa por marchar de este mundo tranquilo de Pepe. Claro está que como todo lo bueno dura poco, llego a la carretera de Leitariegos y ya empieza el ajetreo, ya empieza otra forma de vida más complicada, ya el reloj empieza a ser importante.

Llindouta: Dulia – Casa La Pacharina

De la serie documental Camín de Cantares, presentada por el estudioso de la cultura tradicional asturiana, Xosé Antón Fernandez, conocido por Xosé Ambás. En este vídeo publicamos, gracias a la colaboración de Ambás, el capítulo dedicado a L.lindouta: Dulia de Casa La Pacharina, aunque nacida en Bimeda (Cangas del Narcea).