Leyenda vaqueira de Braniego
El texto que sigue recoge una leyenda vinculada a la braña vaqueira de Braniego, situada en la parroquia de Las Montañas, en el concejo de Cangas del Narcea, en sus límites con la sierra del Valledor (Allande). Se trata de un relato transmitido por tradición oral dentro de la comunidad vaqueira y fijado por escrito a comienzos de este siglo.
La conservación y puesta por escrito de esta leyenda fue posible gracias al trabajo conjunto de recopilación de memoria oral realizado por Gregorio, de Casa Pulgarín de Pumar de Las Montañas (Cangas del Narcea), conocedor del mundo vaqueiro y de sus tradiciones, y Luis Miguel Rodríguez Sánchez, de Casa’l Churro de Besullo (Cangas del Narcea), casa natal del escritor Alejandro Casona.
El propio texto señala que el relato procede de recuerdos transmitidos en el ámbito familiar y comunitario, así como del contacto con personas que conservaron la memoria de la braña de Braniego y de los hechos asociados a ella, sin que ello implique testimonio directo de los acontecimientos narrados. Esta leyenda fue publicada originalmente en el volumen Leyendas de Asturias, editado por Hércules Astur de Ediciones en el año 2004.
BRANIEGO
Luis Miguel Rodríguez Sánchez
En los confines de los montes de Cangas del Narcea, casi rayando con la sierra del Valledor, a la sombra de La Cornea, bajo el Mosqueiro de El Robleu, existen aún los vestigios de una braña vaqueira: Braniego.
Hoy no son más que restos de muros de piedra de lo que fueron sus cabañas vaqueiras (más de 30), sobre una campera natural donde campan a sus anchas osos, lobos, corzos y jabalíes, y donde tiene su nacimiento el río Pumar.
Pero no hace muchos años esta braña de verano, Braniego, estaba habitada por los vaqueiros de alzada desde abril a octubre, a la que llegaban desde sus asentamientos de invierno en la parroquia de La Montaña, en Luarca, en su mayoría procedentes de Butxacente.
Brañina de Butxacente
desde lejos paez villa,
tien una rosa a la entrada
ya un clavel a la salida.
Siendo yo niño, en aquellos años infantiles en los que la imaginación es fácilmente excitable, mi padre, durante las vacaciones en Besullo, me contaba una historia real de vaqueiros, sucedida en aquella braña de Braniego, que yo trato de recordar ahora.
Los vaqueiros de Braniego habían decidido comprar un monte en las cercanías de la braña, para lo cual llevaban ahorrando mucho tiempo. Cuando tuvieron el dinero suficiente encargaron a uno de los vaqueiros, Juan Ardura, al que todos apodaban “Picos”, quizá el más “leído” de todos, que bajara a Cangas del Narcea y adquiriera el monte para todos los vaqueiros. Hizo las gestiones oportunas y el día señalado en la Notaría de Cangas del Narcea compró el monte tan largamente codiciado por los vaqueiros.
Pero la realidad fue bien distinta: la compra la hizo exclusivamente a su nombre y no al de todos los vaqueiros que lo habían pagado. Enterados de lo sucedido, hubo el revuelo consiguiente en la braña y advirtieron muy seriamente a Picos que enmendara inmediatamente lo que todos ellos consideraban un robo.
Parece ser que Picos prometió arreglarlo todo inmediatamente, pero dio largas al asunto, y pasaban los días y las semanas sin que nada se solucionara.
En el colmo de su desesperación, un buen día, dos de los vaqueiros de Braniego a los que apodaban “Palanquera” y “Zapatón” decidieron castigar al rebelde Picos y, un día de verano, lo esperaron en el camino hacia la braña, concretamente en el sitio conocido como el Paredón de Cazarnoso.
Aquel día Picos subía a Braniego a lomos de caballo, un poco “alegre”, después de haber pasado el día en Cangas del Narcea.
Cuando atravesaba el Paredón de Cazarnoso, Palanquera y Zapatón, desde su escondrijo, lo insultaron y lo amenazaron, a lo que Picos, probablemente debido a su estado, contestó con risas. Uno de los vaqueiros le lanzó una piedra que lo derribó del caballo entre unos peñascos, donde, en el colmo de su desesperación y excitados por los acontecimientos, los vaqueiros mataron a Picos golpeándole la cabeza con una piedra.
Luego, asustados, escondieron el cadáver en un hueco bajo las peñas y lo cubrieron con matorrales. Nada dijeron a sus vecinos y así pasaron los días.
Una semana más tarde, un niño vaqueiro, que llevaba las vacas de regreso a la braña, descubrió el cadáver, delatado claramente por su olor y por las moscas del verano.
Inmediatamente los vaqueiros ponen en conocimiento de la Guardia Civil el hecho, y el Juzgado de Cangas del Narcea se traslada aquel mismo día a la zona, levanta el cadáver de Picos y lo traslada a la braña de los vaqueiros, ya casi entrada la noche.
Allí, tras las primeras investigaciones, el juez ordena colocar el cadáver de Picos descubierto sobre una manta en medio de la braña vaqueira, clava a su lado dos antorchas que lo iluminasen bien y reúne a toda la braña vaqueira frente al cadáver.
Entonces el juez tomó un crucifijo en su mano y se dirigió por tres veces en voz alta al cadáver en los siguientes términos:
—¡Picos!, yo te lo mando. Dime quién te mató…
A cada invocación hacía una larga pausa y observaba atentamente la reacción supersticiosa de los vaqueiros, hasta que a la tercera vez mandó bajar detenidos a Cangas del Narcea a Palanquera y Zapatón, en quienes advirtió un evidente nerviosismo supersticioso, además de unas delatoras manchas de sangre en la chaqueta de Palanquera, descubiertas en un registro de la braña por la Guardia Civil, de las que él mismo dijo que se trataba de la sangre de una liebre que había cazado.
Los dos detenidos fueron encerrados juntos, por orden del juez, en uno de los calabozos del juzgado, que tenía un pequeño hueco en lo alto, casi en el techo, que comunicaba con otro cuartucho que en el juzgado se utilizaba como archivo, y en el que ordenó al secretario judicial que permaneciera en silencio durante toda la noche y escuchara la conversación de los detenidos.
Palanquera y Zapatón nada se dijeron al principio, pero bien entrada la noche, cuando ya se consideraron “seguros”, comenzaron a preparar entre ellos la declaración más conveniente ante el juez para el día siguiente.
Pasada la noche, el juez se presenta en el juzgado y obtiene de su secretario la información necesaria para comenzar a tomar declaración a los dos detenidos. Enterado de todo, ordena al secretario sacar a uno de ellos y llevarlo a otro calabozo situado en el extremo opuesto del juzgado. Pasadas dos largas horas, manda sacar al otro y llevarlo a su presencia.
Tras la toma de datos de rigor, el juez le dice que su compañero ha confesado y le cuenta la conversación que tuvieron durante la noche y que astutamente el secretario judicial había escuchado. El detenido se derrumba, confiesa que todo es cierto y firma la declaración reconociendo su autoría en la muerte de Picos.
Ni que decir tiene que el segundo de los detenidos confesó igualmente.
Parece ser que ambos vaqueiros fueron condenados a cadena perpetua y pasaron el resto de sus días en el Penal de Mahón (Baleares), donde fallecieron ambos.
El hecho tuvo una enorme trascendencia en toda la zona y especialmente en la población vaqueira y en los pueblos cercanos: El Pumar, Besullo, Las Montañas, etc. Poco tiempo después, la tradición y la sabiduría popular inmortalizaron los hechos, hoy prácticamente olvidados, mediante unas coplas que no he podido recoger en su integridad.
Solamente un vecino de Besullo, nacido en El Pumar, que tuvo la enorme fortuna de conocer y tratar en su infancia y juventud a los vaqueiros de Braniego, Gregorio, de Casa Pulgarín, me las recuerda entrecortadamente, mezclando en ellas recuerdos de infancia y juventud, de bailes en la campa de Braniego al son de la paietxa y la txave, el bronco pandeiro y la botella de anís:
En el monte de Cazarnoso,
al cabo del Paredón,
mataron a Juan Ardura,
Palanquera y Zapatón.A la retranca estaba el Cartero
y Ramonzón.
Entre estos 36 vaqueiros,
armaron esta función…
Nota editorial
Texto reproducido respetando la versión publicada en Leyendas de Asturias, de Luis Miguel Rodríguez Sánchez, editado por Hércules Astur de Ediciones en 2004, a partir de la tradición oral vaqueira y de los recuerdos transmitidos en el ámbito familiar y comunitario.
Se ha realizado únicamente una normalización ortográfica y tipográfica para su publicación digital, sin alterar el contenido original ni su forma narrativa.





















































































































