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Colocación en la iglesia parroquial del cuadro “Verdadero Retrato de Ntra. Sra. del Acebo” de 1710

“N.ª S.ª del Azebo”, 1710 (óleo sobre lienzo, 140 x 115 cm), atribuido a Ignacio Abarca Valdés.

El próximo sábado, 7 de diciembre, a las 20.25 h, se presentará en la iglesia parroquial de Cangas del Narcea la nueva ubicación del “Verdadero retrato de N.ª S.ª del Acebo”, pintado en 1710 y atribuido al pintor Ignacio Abarca Valdés.

Se trata del cuadro de principios del siglo XVIII que el Tous pa Tous adquirió en una subasta en 2018 gracias a la colaboración de don Francisco Rodríguez García. El acto se celebrará al finalizar la misa de ocho de la tarde y antes de iniciarse el concierto del Coro Joven de la Sinfónica de Galicia dentro de la III Semana de Música en la Basílica.

El “Verdadero retrato de N.ª S.ª del Acebo”, que quedará expuesto definitivamente en la iglesia parroquial de Cangas del Narcea es un gran cuadro de devoción (1,40 x 1,15 m) pintado por Ignacio Abarca en 1710, un año después de concluirse el retablo mayor del santuario del Acebo. Este pintor de caballete, formado en Madrid, es uno de los primeros de su clase que se establece en Asturias y este cuadro será una de sus primeras obras. El cuadro, propiedad del Tous pa Tous, ha sido cedido a la parroquia de Cangas del Narcea y es un magnifico testimonio de la gran importancia que tuvo este santuario mariano en aquellas fechas.

El Tous pa Tous presenta un cuadro del “Verdadero retrato de Ntra. Sra. del Acebo” de 1710

“N.ª S.ª del Azebo”, 1710 (óleo sobre lienzo, 140 x 115 cm)

El «Tous pa Tous. Sociedad Canguesa de Amantes del País»  celebrará un acto para la presentación del cuadro “Verdadero retrato de Nuestra Señora del Acebo”, 1710, atribuido al pintor Ignacio Abarca Valdés, adquirido por nuestra asociación en Madrid con el patrocinio de don Francisco Rodríguez García, el viernes 16 de noviembre, a las 20.30 h, en la Casa de Cultura “Palacio de Omaña” de Cangas del Narcea.

Intervendrá: Juaco López Álvarez, presidente del Tous pa Tous.

Este gran retrato de la imagen y el camarín de la Virgen del Acebo, pintado en 1710 (óleo sobre lienzo y marco original pintado y dorado, 140 x 115 cm), es una muestra de la importancia que alcanzó la devoción de este santuario a fines del siglo XVII y en la primera mitad del siglo XVIII. Fue un cuadro encargado por un devoto muy pudiente para colgar en su casa, seguramente en Madrid. De momento, ningún otro santuario asturiano tiene un retrato de su imagen de este tamaño, calidad y antigüedad. Es, además, un cuadro barroco excepcional en Asturias.

La importancia de este santuario en aquel tiempo se manifiesta en varias obras y donaciones, así como en la constitución de la Cofradía de Nuestra Señora del Acebo en 1704, que en 1713 tenía inscritos unos veinte mil cofrades. En 1687, se comienza a hacer el retablo mayor, diseñado por el escultor Manuel de Ron, que se concluye con su dorado en 1709. El camarín y la imagen de este nuevo retablo son los que aparecen pintados en el cuadro. El santuario recibe numerosas donaciones de cangueses que viven fuera, como la custodia de 1711, la corona de la Virgen de 1716 y la cruz procesional de 1723; esta última se compra con dinero recolectado en las 32 cajas de limosnas que para el Acebo había repartidas por casas de emigrantes cangueses en Madrid.

El cuadro no está firmado, pero es muy probable que su autor haya sido Ignacio Abarca Valdés (fallecido en Oviedo en 1735), un pintor formado en Madrid a finales del siglo xvii, acaso de origen leonés, y cuya residencia en Oviedo ya se documenta en 1708. Por aquel tiempo, la actividad pictórica profesional en Asturias la ejercían solo dos artistas: Francisco Martínez Bustamante (Santander, 1680 – Oviedo, 1745), dedicado sobre todo al género del retrato, y el mencionado Ignacio Abarca, especializado en temas religiosos.

El cuadro ha sido comprado por el «Tous pa Tous. Sociedad Canguesa de Amantes del País» en una subasta en Madrid, gracias al mecenazgo de don Francisco Rodríguez García.

Federico Granell en el taller de los oscuros

La Revista Clarín en su número 123, de mayo-junio 2016, dedica su portada y varias páginas a desentrañar la obra del artista plástico Federico Granell (Cangas del Narcea, 1974) .

En palabras de César Iglesias, autor del artículo que incorporamos ahora a la Biblioteca Digital del Tous pa Tous, “Granell nos lleva remitiendo sus postcards desde que se inició con los lápices y sus moleskines adolescentes en esa región singular de la República del Poniente ibérico que es el suroccidente asturiano. Allí, a finales de los años ochenta del pasado siglo, empezó a atrapar las sombras de los tejados de pizarra, los destellos de los árboles sagrados de Muniellos, los perfiles del humo triste de las chimeneas de carbón, los atardeceres de los viñedos en cuesta, donde los racimos de carrasquín y alvarín ofrecen su fulgor tanino, y los colores de los cielos imposibles de un territorio donde la luz reescribe su biografía a cada instante”.

En el siguiente enlace se puede consultar esta particular presentación de la pintura del cangués Federico Granell.

 

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Donación de un cuadro del pintor Víctor San Juan al Muséu del Pueblu d’Asturies

Víctor San Juan, Pachu Ríos, 1984. Óleo sobre lienzo, 92×73 cm

El Muséu del Pueblu d’Asturies ha recibido un cuadro del pintor Víctor San Juan donado por Elisa Rodríguez Rodríguez, su viuda. Se trata de un retrato de Pachu Ríos, músico aficionado de Cangas del Narcea, muy popular entre los años treinta y sesenta del siglo XX, realizado en 1984. La obra es un óleo sobre lienzo de 92 x 73 cm y permanecerá expuesta al público en la recepción del museo hasta el 17 de abril de 2016.

Víctor San Juan (Madrid, 1919 – Cangas del Narcea, 1997) fue un pintor fundamentalmente dedicado al paisaje asturiano, aunque realizó algunas incursiones en el campo del retrato. Se formó en la Escuela de Artes y Oficios de Madrid y como copista en el Museo del Prado. En 1953 se estableció en Cangas del Narcea, donde vivió dedicado a la pintura hasta su fallecimiento. Pintó al aire libre en Cangas del Narcea, Somiedo, Picos de Europa, Avilés, etc., tomando apuntes en pequeñas tablas que después trasladaba al lienzo en su estudio. Realizó numerosas exposiciones en Oviedo, Gijón, Avilés, Valencia, Madrid, Barcelona, Santander, Zaragoza, La Coruña… Fue un pintor vocacional, que recomendaba a quienes querían dedicarse a este oficio “sinceridad y que pinten las cosas conforme las vean”. De él cabe destacar la identidad entre artista y paisaje, heredada de los impresionistas.

El retratado es Francisco Ríos, conocido como “Pachu Ríos”. Había nacido en Villar de Adralés (Cangas del Narcea), de donde también era natural José Martínez González, “Maquilo” (1873 – 1958), que regentaba una carpintería en la villa de Cangas del Narcea y era, además, conocido como gaitero y artesano fabricante de gaitas, al igual que sus primos Urbano y Vicente. Pachu Ríos solía visitar la carpintería de su vecino y allí le pidió que le hiciera una gaita, a lo que Maquilo accedió. Dado que Pachu Ríos sufría una minusvalía que le impedía tocar correctamente una gaita convencional con todas sus partes y tubos, el resultado de su encargo fue un puntero provisto de una boquilla que protegía la lengüeta sonora o “payuela” y se podía tocar independientemente, sin necesidad de fuelle. Pachu Ríos bautizó a este singular instrumento con el nombre de “xipla” (que en Asturias se aplica siempre a las flautas) y lo tocaba de forma autodidacta, llegando a ser conocido en la villa por su actividad como músico aficionado.

No es habitual que en Asturias se toquen los punteros aisladamente, sin el concurso del fuelle, aunque no era infrecuente que jóvenes que se iniciaban en el oficio de gaiteros aprendieran a tocar utilizando solo el puntero o, en su defecto, flautas de factura popular, en las que practicaban hasta que podían disponer de una gaita completa. Este método se debía más al elevado coste de un instrumento completo que a razones técnicas; no obstante, en las actuales escuelas de música tradicional se ha generalizado el uso de flautas con los orificios modificados para poder practicar en ellas la digitación de la gaita (que es distinta de la de la flauta y exige dicha modificación). En consecuencia, la xipla que tocaba Pachu Ríos y que pintó Víctor San Juan anticipa una solución práctica que ha sido muy utilizada con posterioridad.

‘Mientras corre el tiempo’

Ediciones Hontanar publica el libro ‘Mientras corre el tiempo’, un poemario compilado por la hija de Tomás Tornadijo García, María Eugenia Tornadijo Rodríguez, que hace así realidad el viejo sueño de su autor. En él están recogidas gran parte de las poesías que fue escribiendo a lo largo del tiempo y que son precisamente un compendio de recuerdos bucólicos, sentimientos y reflexiones serenas dibujadas con sencillas palabras. Leer más

La actividad artística en el barrio de El Corral de la villa de Cangas del Narcea (I): La familia García de Agüera

Barrio de El Corral. Detalle del dibujo de la villa de Cangas del Narcea hecho en 1771 y que pertenece a los fondos del Archivo General de Simancas.

En este artículo estudiamos la actividad artística desarrollada en el barrio de El Corral de la villa de Cangas del Narcea, vinculada a la familia García de Agüera, que a finales del siglo XVII emparentó con los Menéndez Acellana, una familia de doradores y pintores, a partir del matrimonio del arquitecto Antonio García de Agüera con Gregoria Menéndez Acellana. De los Menéndez Acellana hablaremos en la próxima entrega.

El barrio de El Corral estuvo adscrito a la antigua parroquia de Ambasaguas (o Entrambasaguas), que fue suprimida en 1892, pasando sus pueblos (Curriellos y Llamas) y barrios (Santa Catalina, San Tirso, El Corral, El Fuejo, El Cascarín y Ambasaguas) a depender de la parroquia de Santa María Magdalena.

La villa de Cangas del Narcea fue la capital artística de toda la zona suroccidental de Asturias durante los siglos XVII y XVIII, sobre todo, tras el asentamiento en ella del escultor y arquitecto de retablos Pedro Sánchez de Agrela (San Pedro de Mor, Lugo, h. 1610 – Cudillero, 1661) en 1642-1643. Como es sabido, Agrela vino a trabajar en los acomodos (retablo mayor, sillería de coro, puertas y cajonería de la sacristía, escudos de armas, etcétera) de la colegiata de Santa María Magdalena, mandada erigir en 1639 por don Fernando de Valdés Llano (Cangas del Narcea, 1575 – Madrid, 1639), obispo de Teruel, arzobispo de Granada y presidente del Consejo de Castilla y consagrada en 1642. Poco a poco, los artistas que le sucedieron se domiciliaron en algunos barrios de la villa (calles de la Fuente, del Mercado y del Puente y el barrio de El Corral) donde instalaron sus talleres y viviendas.

Precisamente, en el barrio de El Corral moraban, desde el último cuarto del siglo XVII, dos familia de artistas: los García de Agüera (Antonio, Plácido y Plácido Antonio), vinculados a la arquitectura, escultura y pintura, y los Menéndez Acellana (Juan y Antonio), doradores y pintores.

Antonio García de Agüera, arquitecto

Rúbrica de Antonio García de Agüera. Escritura de dote matrimonial de su hija Antonia (1718).

El primer miembro conocido de esta familia es el arquitecto Antonio García de Agüera (él firma «Auguera»), cuya actividad profesional se documenta entre 1694 y 1725, cuando su cadáver fue inhumado en la colegiata de Cangas. En los documentos que suscribió dice ser vecino del barrio de El Corral en la villa de Cangas, y en la partida de defunción, vecino de la feligresía de Entrambasaguas (APCN: Libro de difuntos de la colegiata de Cangas del Narcea, fol. 37v):

«En once de septiembre de setecientos y veinte y cinco años se murió Antonio García de Augüera, estado de viudo, de la feligresía de Entrambasaguas, y se enterró en esta parrochial de la Magdalena de Cangas, y hico memoria de testamento y se le administraron los Sanctos Sacramentos, y por verdad lo firmo.»

Antonio nació en la villa de Cangas hacia 1660. Seguramente fue bautizado en la iglesia de Ambasaguas. Se casó con Gregoria Menéndez Acellana, hermana del dorador de retablos Juan Menéndez Acellana y Alba, de cuyo enlace nació en 1696 Manuel Antonio, Antonia, que contrajo matrimonio en 1718 con José Rodríguez Panizo, y Antonio Menéndez, acaso el dorador Antonio Menéndez Acellana.

Tras los ensambladores Antonio López de la Moneda (Zanfoga, Lugo, 1654 – Corias, 1724) y Manuel de Ron y Llano (Peján, Cangas del Narcea, h. 1645 – Cangas del Narcea, 1732), Antonio García de Agüera fue el tercer artista que consolidó el barroco decorativo en el área suroccidental asturiana tras la construcción de los retablos principales (mayor y colaterales) del antiguo monasterio de San Juan Bautista de Corias, realizados entre 1677-1679 por Francisco González y Pedro del Valle, vecinos de Villafranca del Bierzo (León). A pesar de ello, en el comienzo de su carrera, no le debió de ir muy bien, manteniéndose ligada a obras de carpintería. La actividad desplegada por Manuel de Ron y Antonio López de la Moneda le ensombreció a él y a otros contemporáneos, porque sus capacidades estaban un paso por detrás de la de aquellos. Pero apartir de 1700, la popularidad de García de Agüera fue paulatinamente incrementándose: contrató aprendices, estableció mancomunidades (contratos de compañía) con La Moneda y trabajó la arquitectura y escultura con cierta frecuencia. A pesar de todo, su popularidad nunca alcanzó la de aquellos.

Antonio fue un hombre de oficio, y aunque se titulara de arquitecto, también trabajó la escultura y la carpintería y esta fue, sin duda, su principal ocupación, como demuestra sus trabajos para la iglesia de Santa María de Carceda y el santuario de Nuestra Señora de El Acebo. Para la primera hizo en 1694 una puerta con sus marcos (no conservada) para la casa rectoral por la que percibió 28 reales (APCN: Libro de fábrica de la iglesia de Santa María de Carceda, fol. 33); y en 1699, una caja para poner los paneles de las hostias cuya construcción costó 30 reales (Ídem, fol. 43v). Del mismo modo, para el santuario de El Acebo realizó toda la carpintería de la casa rectoral y de la de novenas, auxiliado por uno de sus oficiales, Andrés de Corias.

Púlpito del santuario de El Acebo, 1712.

Aparte de carpintero, también fue ensamblador (arquitecto de retablos) como demuestra el hecho de que el 12 de enero de 1712 ajustase junto a La Moneda los retablos colaterales de la capilla del palacio de Omaña, en La Rozadiella, parroquia de Santa María de Arganza (Tineo), por 5.250 reales (AHA: escritura entre don Arias de Omaña y Antonio López de la Moneda y Antonio García de Agüera, ante José Santos de Puente, caja 13.550, fol. 1). En ese mismo año realizó el púlpito del santuario de El Acebo (APCN: Libro de cuentas del Santuario de El Acebo, fol. 168v). Está decorado con motivos vegetales, a base de rosetas y espigas. En la parte superior se dispone la guardamalleta también de forma poligonal y un dosel compuesto por motivos vegetales, característicos de los retablos del Taller de Corias. También hizo tres frontales de altar para la parroquia de San Martín de Sierra (no conservados) por los cuales percibió 63 reales en 1714. Fueron policromados por Juan Menéndez Acellana, su cuñado (AHA: ante José Santos de Puente, caja 13.550, fol. 17).

En su taller se formaron algunos mancebos, de cuya carrera artística posterior no tenemos ninguna constancia. Bernardo Rodríguez Tejón era hijo de Gertrudis de Bárcena y Vicente Rodríguez Tejon (escribano de Corias). Antonio se comprometió a instruirle en arquitectura en cinco años y a la manutención (comida y cama) durante dicho tiempo; y por su parte, la madre, vestido y calzado (AHA: ante Pedro Fernández de Puente, caja 13.529, fol. s/n.º). Otro de sus oficiales fue Andrés de Corias que, como quedó dicho, lo auxilió en las obras de El Acebo.

Al parecer, el taller de Antonio García de Agüera lo heredó su yerno José Rodríguez Panizo, hijo de Lázaro Rodríguez Panizo y María González, vecinos de Corias, ya que en la dote matrimonial de su hija Antonia, firmada en 1718, García de Agüera le mandó 1.500 reales de vellón, treinta formones y gubias, un serrote grande y otro pequeño, una sierra bracera, una juntera, una garlopa y un cepillo y lo demás de su taller para compartir, si fuera preciso (AHA: ante José Santos de Puente, caja 13.551, fols. 25-26).

José Plácido García de Agüera, escultor

Rúbrica de Plácido García de Agüera. Escritura de venta de censo a don Gonzalo de Llano Flórez (1721).

Era vecino de la villa de Cangas. Su actividad profesional se documenta entre 1711 y 1742. Aunque sin evidencia documental, parece que fue hermano de Antonio. Actuó de testigo en la dote matrimonial de Antonia García de Agüera, hija de Antonio, con José Rodríguez Panizo, otorgada en 1718. En esta escritura figura como José Plácido García de Agüera, vecino del barrio de El Corral, donde se avecindaban los miembros de la familia García de Agüera. Plácido estuvo casado con Francisca Menéndez Prieto, hija de Domingo Menéndez y Antonia de Miranda. Fruto de este matrimonio fue Plácido Antonio García de Agüera (1719-1798), de oficio dorador y pintor.

La primera referencia documental de Plácido García data de 1711, cuando los ad-ministradores del santuario de Nuestra Señora de El Acebo le pagaron 8 reales por componer los bancos, mesas y camas de la casa de novenas (APCN: Libro de cuentas del santuario de Nuestra Señora de El Acebo, 1681-1723, fol. 161v).

Poco después, el 9 de diciembre de 1719, junto a su mujer, vendieron a las memorias y obra pía que en la colegiata de Cangas fundó don Fernando de Valdés Llano y a don Gonzalo de Llano Flórez, vecino y regidor de la villa de Cangas, administrador de dicha obra, 9 reales de renta en cada año, por razón de 330 reales. En la escritura se mencionan los bienes hipotecados, entre ellos, «la parte de la casa en que viuen en esta villa junto a la casa de Escuelas, con su parte de guerta que linda por la parte de la entrada con la calle principal». Hizo de testigo de la escritura Antonio García de Agüera, su más que presumible hermano (AHA: ante Pedro López, caja 13.542, fols. 51-52).

Retablo de Nuestra Señora del Rosario de Barres (fotografía de Ainhoa López Formadela).

En 1721 y 1722, la parroquia de San Esteban de Barres (Castropol) le pagó el retablo de Nuestra Señora del Rosario (Ainhoa López Formadela, Los retablos barrocos del concejo de Castropol. Aportaciones desde la restauración, I Premio de Investigación Ría del Eo, 2013, pág. 45). En el Libro de fábrica figura como «Plázido Garzía, escultor, vecino de Cangas».

En 1727 aparece en una cláusula del testamento de Manuel de Ron donde se hace constar que «Plácido García de Agüera me debe sesenta reales». Finalmente, en 1742 intervino en la hechura de algunas piezas (las columnas) del retablo de la iglesia San Juan Bautista, en Vega de Rengos (Rosalía Pérez Suárez, Estudio histórico-artístico de un linaje asturiano de la Época Moderna: las empresas arquitectónicas promovidas por los condes de Toreno (siglos XVI al XVIII), Memoria de Investigación (inédita), Universidad de Oviedo, 1999, págs. 63-70).

Plácido García desempeñó los oficios de ensamblador, escultor y carpintero. Su única obra documentada y conservada es el retablo de Nuestra Señora del Rosario de Barres, realizado en 1720, revela que su estilo y formas estaban en consonancia con los del Taller de Corias. No en vano, sus características recuerdan enormemente el arte de Manuel de Ron, como la disposición de los roleos del banco, la forma alargada de los florones sobre las hornacinas laterales y los mascarones vomitando roleos, lo que indica que acaso Plácido García hubiese sido discípulo suyo. No obstante, el retablo de barres es más innovador ya que incluye el estípite en vez de la columna salomónica.

En el retablo de Nuestra Señora del Rosario se veneran las imágenes de San José con el Niño y San Roque (imágenes del primer cuarto del siglo XVIII, acaso de factura ovetense), Nuestra Señora del Rosario y San Salvador. Costó 755 reales. El retablo fue dorado en 1732, ya que en las cuentas de la cofradía del Rosario de dicha parroquia, consta que el 1 de noviembre de 1732, se dieron «seis reales de aceyte para la lámpara por no auer ardido mucho tiempo del año a causa de auerse quitado para pintar el retablo». El retablo está parcialmente repintado con formas geométricas.

José Rodríguez Panizo, escultor

Rúbrica de José Rodríguez Panizo. Escritura de dote matrimonial con Antonia García de Agüera (1718).

Este maestro fue heredero del taller de Antonio García de Agüera. Era hijo de Lázaro Rodríguez Panizo y María González, vecinos de Corias. Pronto ingresó en el taller de Manuel de Ron (h. 1645-1732) en el que permaneció entre 1701 y 1706, y en 1718 se casó con Antonia García de Agüera.

En varias ocasiones hizo de testigo en las escrituras otorgadas por Manuel de Ron, donde se dice que es vecino de la villa de Cangas, acaso residente en el barrio de El Corral. Nada sabemos de su actividad artística.

Plácido Antonio García de Agüera, dorador y pintor.

Finalmente, a esta familia de artistas pertenecía el pintor Plácido Antonio García de Agüera, hijo de José Plácido García de Agüera y Francisca Menéndez Prieto, vecinos del barrio de El Corral. Nació el 26 de marzo de 1719 (APCN: Libro bautismos de la iglesia de Entrambasaguas, fol. 8) y falleció el 22 de setiembre de 1798 (APCN: Libro de difuntos de la iglesia de Entrambasaguas, fols. 55-56):

«En veinte y tres de setiembre de mil setezientos noventa y ocho yo, el infraescrito cura de esta pa-rroquia, di sepultura eclesiástica al cadáver de Plácido García Guera que murió en el veinte y dos de dicho mes y se enterró en esta mi parroquia. Hizo testamento a testimonio de don Miguel Pando, escrivano de número de esta villa, y conzejo, recivió los Santos Sacramentos, el de la Eucharistía por viático y el de la Extremaunción, y lo firmo.»

Poco sé de su vida: solo que estuvo casado con Leonor Huerta. En cambio, algo más se sabe de su actividad profesional. El 19 de marzo de 1750, ajustó el dorado y pintura del desaparecido retablo mayor de la iglesia parroquial de San Damías (Cangas del Narcea), por 1.300 reales, comprometiéndose a terminarlo para el día de san Miguel, 29 de septiembre del mismo año (AHA: ante Alejandro López, caja 13.588, fol. 27)

En 1750 pintó las imágenes de Nuestra Señora y San Luis, la corona del Santo Cristo, cuatro candeleros, un atril y el cajón de ornatos de la capilla del Santo Cristo de Murias, parroquia de Santa María de Gedrez (APG: Libro de apeos de los bienes raíces de la ermita del Cristo de Gedrez, fol. 104v). Estás imágenes están reaprovechadas en un retablo de posterior factura, de hacia 1770-1778, realizado por el escultor de Corias Gregorio de Lago.

Poco después, en 1753-1754, doró y pintó el retablo de Nuestra Señora del Rosario de la iglesia de Santiago de Villar de Sapos, concejo de Allande (AHDO: Libro de la cofradía de Nuestra Señora del Carmen de la iglesia de Santiago de Villar de Sapos, caja 1.7.3, fols. 15v y 17v).

Finalmente, en 1796 pintó un retablo colateral, tres frontales, una cruz y el arco toral de la iglesia de San Pedro de Las Montañas (AHDO: Libro de la cofradía del Santísimo Sacramento de la iglesia de San Pedro de Las Montañas, caja 1.4.5, fol. 46).

Víctor San Juan (Madrid, 1919 – Cangas del Narcea, 1997)

VICTOR SAN JUAN, Memoria viva

[Prólogo del libro Víctor San Juan, Del corazón al lienzo, publicado en 2006]

Víctor San Juan, en una fotografía de estudio de 1951

 Elisa Rodríguez, con la autoridad –penosa- que es la de ser viuda de Víctor San Juan (Madrid, 1919 – Cangas del Narcea, 1997), mandome pergeñar a modo de prólogo para un libro –este libro-, que quiere ser un compendio de la vida profesional del amigo entrañable y del artista excepcional. Elisa debe saber que cumplo su mandato con el gozo y pesadumbre que supone la vida y el recuerdo de quien se nos fue, y debe conocer también el honor que me confiere al entregarme esta suave intervención de la obra.

Hablar –escribir- de arte, en cualquiera de sus facetas, es comprometido y delicado para el profano y hasta puede perjudicar al autor si no se acierta a encontrar el rigor con el que se expresa; y es también una acrobacia para quien –como yo ahora- se atreve a irrumpir en el terreno vedado de la pintura, sin las debidas “acreditaciones”, pero, con todo, me atrevo al encargo.

Conocí a Víctor en una de sus muchas exposiciones, allá en la Asturias del alma hace más de un cuarto de siglo y no me conformé con visitar la exposición atentamente y hablar un poco con su autor lo suficiente para escribir una crónica periodística, no. Tuve que volver una y otra vez para admirar la maestría de unos trazos, la sensibilidad del artista en cada cuadro, las luces halladas entre la niebla, aquellos cielos sin fronteras, las nubes sobre la Cordillera y el pico Naranjo –para mi siempre el Naranjo de Bulnes- en fin, para saborear unos paisajes de ensueño y unos bodegones llenos de vida. Al mismo tiempo, tuve la feliz ocasión de conocer al hombre y desde entonces nuestra amistad fue firme y mi admiración por el hombre y por el artista, sin límites.

 Víctor tuvo ocasión de exponer en Madrid, Santander, La Coruña, Barcelona, León, Badajoz, Bilbao, Zaragoza, todas las ciudades de Asturias, Europa y América. Un rosario de exposiciones y otro de críticas favorables, administrativas y justas.

Víctor San Juan, madrileño de nacencia pero asturiano por voluntad y por amor, envía cual palomas mensajeras, desde las riberas de su Narcea hacia el infinito a sus alados pinceles orientados por la flecha exacta de su intuición, de su arte y de su inteligencia; y del infinito cielo vuelven portando en sus picos la fuerza cromática del macizo central, vértice del Picu Tesoro, que marca el límite entre Asturias, Cantabria y León, del Picu Urriellu o del Pico Moprechu y las nubes sobre la cordillera. No son paisajes exclusivos, no son fotografías de aquellas tierras, no; en cada lienzo vibra el nervio del artista y allí están sus pinceles y sus colores, y sus luces y su voluntad, y su arte y su empeño, en llevar hasta nosotros tanta belleza, la que conocemos y la que él ve en cada rincón que lleva a la tela.

Víctor lleva a sus cuadros la maravilla de la Garganta de Cares, la profundidad del Valle de Somiedo; las delicadas figuras de unos gallos de pelea; el tipismo de los tejados de Tazones, de los hórreos y de las paneras; los puertos pesqueros inconfundibles de Luarca, Cudillero, Lastres, Avilés, Gijón, etc…; el Fontán de Oviedo… y lluvia suave de Almurfe y las brumas marinas acariciando las arenas playeras; y las barcas blancas y azules de los esforzados pescadores con sus redes y con sus ilusiones. Todo ello queda brillantemente expresado en los óleos y las acuarelas de Víctor San Juan, con trazos seguros formando un conjunto poético propio de su extraordinaria sensibilidad, porque Víctor es también un poeta que lleva el enamoramiento de sus pinceles a sus lienzos transformándolos en ventanales para disfrutar y sentir profundamente de aquellas figuras, de aquellos objetos y de aquellos paisajes, sus montes, sus puertos, sus valles, las calles recoletas y antañosas que nos transportan justo hasta el corazón de tanta poesía y tanta belleza. Así es la transparencia y la luminosidad que nos ofrece en cada una de sus obras, porque Víctor veía la realidad de cada cosa y la asimilaba, le daba vida y movimiento y la ofrecía a la contemplación callada admirativa, expresados con su tónica prodigiosa.

Perspectiva en Corias (Cangas del Narcea) Apunte, óleo sobre tabla. 1981 41 x 34 cm

Víctor quedó prendado de Asturias desde que llegó al Principado de la mano de su madre y luego sería Elisa quien le enamoraría, junto con todo el hermosísimo astur, para siempre. Vivió y murió entre los claroscuros de su Cangas del Narcea y supo atrapar la luz del sol, tantas veces tibio y huidizo y la vitalidad del espíritu, plasmándolas en sus lienzos, con plenitud, serenidad y equilibrio propios de esa incomparable Asturias, donde España comenzó a ser y donde aun puede saborearse la quietud de los siglos, contemplando el tipismo de su cielo y de su mar, de sus rincones urbanos y rurales, llenos de misticismo y de misterio.

Víctor San Juan –velazqueño- pudo quizá sentirse algo influido por Sorolla, que busca con pasión los distintos matices de los verdes astures; Víctor los encontró y los aprehendió para ofrecerlos restallantes.

“Si un pintor desea ver la belleza que le cautiva, tiene la facultad de crearla…” dijo Da Vinci. Víctor no sólo deseó ver el color entre las brumas asturianas, cántabras o gallegas, sino que una vez visto se dejó llevar por tanta emoción y ayudado de su imaginación, inteligencia y deseos de trabajar sin fatiga y sin descanso consiguió llevar esa emoción y sensibilidad a cada una de sus obras, que sorprenden por sus perspectivas, por la luz hábilmente distribuida, y por el “verdor” húmedo de sus campos, el azul fundiendo cielo y mar y las nubes protegiendo amorosamente esos pinchazos que hablan con el cielo. Y siluetas humanas, bodegones y retratos, que todo forma parte del magnífico equipaje de este singular y cautivador pintor.

Creo que, sobre todo, Víctor nos regala Asturias, una Asturias que supone una permanente tentación y que nos hechiza…

Y así fue desde 1949 en que expuso por primera vez en una galería de la Gran Vía madrileña hasta…  1997 en que se nos fue con sus pinceles, sus lienzos, su saber y su sonrisa… y con el amor que le empujaba, que le empujo siempre, al arte, al trabajo, a la familia, a Asturias, un amor leal que le atrapó e inundó de dicha su corazón.

Muchos años, muchos –pocos para él y para el arte- de asturianía, de expresividad, de remansada sensibilidad, le debemos a quien fue un gran artista y un gran hombre que, seguro, ahora estará pintando ángeles y arcángeles para agradecer a Dios las luces que en un día lejano puso en su mente y en su alma, proyectándole hacia las claras esferas del arte supremo.

¡Gracias por todo, Víctor!

Ramiro García de Ledesma
 La Coruña, Octubre 2004

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Portada del libro recopilación de parte de las obras que el pintor cangués Victor San Juan ha realizado a lo largo de su vida.

Elisa Rodríguez, la viuda de Víctor San Juan, posee una amplia colección de obras del pintor, la cual está conservando con la idea de hacer una exposición permanente en el Centro Cultural o en el Parador de Cangas del Narcea. Vive con la esperanza de que finalmente ésta pueda llevarse a cabo con la colaboración de la Consejería de Cultura del Principado de Asturias y el Ayuntamiento de Cangas del Narcea. Dicha exposición permanente servirá al pueblo como bien cultural de la villa y promoción turística de la zona.

Ver enlace: www.victorsanjuan.es

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Federico Granell muestra su diversidad creativa en Gijón

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Love is blue, Oleo s/ lienzo 162 x 195 cm

Un conjunto de 27 cuadros, 5 esculturas y un vídeo del artista Federico Granell, se ha instalado en la galería Gema Llamazares manifestando la diversidad conceptual de una obra que del dibujo y la pintura ha pasado a la tridimensionalidad, al objeto, y el vídeo, conjugando colores y descripciones con la voz y el movimiento en un espectáculo que alcanza los sentidos.

Es la muestra más completa de las ofrecidas hasta ahora desde que, tras licenciarse en Bellas Artes en la Universidad de Salamanca, en 1999, especialidad de Diseño y Audiovisuales, iniciase su actividad expositiva, primero en Cangas del Narcea, Asturias, donde nació el año 1974, y después en espacios españoles, también en París, México, República Dominicana y Roma, con pintura y fotografía; una pintura en la que la luz suele ser protagonista, tanto en espacios de la naturaleza como en ámbitos urbanos, con una técnica exquisita.

Federico Granell ha sido becario en Roma y Milán, y ha ampliado estudios en Londres donde profundizó en las técnicas del grabado, en el dibujo y el modelado, para después abrirse al audiovisual. Esta voluntad de seguir aprendiendo, de experimentar y explorar se manifiesta en la exposición que, con el título de ‘Love is blue’ muestra en la galería Gema Llamazares, de Gijón, hasta el 15 de junio de 2013.

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Luis Álvarez Catalá, Vista de Monasterio de Hermo / Monesteriu d’Ermu (1886)

Monasterio de Hermo (1886) del pintor Luis Álvarez Catalá

El Museo de Bellas Artes de Asturias, en Oviedo, tiene entre sus fondos desde 1995 un cuadro del pintor Luis Álvarez Catalá (Madrid, 1836 – 1901) que representa una vista del pueblo de Monasterio de Hermo / Monesteriu d’Ermu, realizado el 15 de agosto de 1886. El cuadro está pintado sobre una tabla y perteneció al pintor hasta su muerte. Se trata de una de las primeras imágenes conocidas de nuestro concejo y también de las casas de teito de paja de centeno que en esos años había en muchos pueblos altos de Cangas del Narcea. En el cuadro pueden verse varias casas de ese tipo y un hórreo cubierto de paja. Las casas tienen unos hastíales rematados con losas de pizarra, similares a los que existían en el concejo de Degaña, así como en las comarcas de L.laciana y otras del norte de León, con las que el pueblo de Monasterio tenía mucha relación a través del puerto de la Veiga’l Palo. Estas casas convivían con otras más modernas cubiertas con losas de pizarra. Una de estas, situada en el centro del cuadro, era la del padre del pintor, José Álvarez Sierra. En primer plano aparece un cierre de fincas que hasta hace poco era frecuente en este pueblo, el bárgano, hecho con tablas y varas entrelazadas.

Luis Álvarez Catala había nacido en Madrid, pero pasó parte de su infancia en Monasterio de Hermo, así como algunas temporadas de verano, y se sentía muy unido al pueblo de su padre. El 11 de febrero de 1886 le envío una carta desde Roma al director de El Occidente de Asturias, periódico que se editaba en Cangas del Narcea, donde dice:

Muy señor mio y estimado amigo: Doy a V. y a toda la Redacción de El Occidente de Asturias las más expresivas gracias por el articulo que a proposito de mi cuadro el “Besamanos” han publicado. Añadiré a las noticias que Vds. Dan del éxito obtenido, la de que el 13 de enero último tuve el honor de recibir en mi Estudio la visita de S. M. la Reina de Italia que deseaba ver dicho cuadro: la visita real ha durado casi una hora. Soy el primer artista español que recibe tal honor, que muy pocos obtienen. Debo, sin embargo, confesar a V. que de tantos plácemes, ninguno ha sido tan grato a mi corazón, como el aplauso de mis paisanos de Asturias, y digo mis paisanos, porque si bien nací en Madrid considero mi patria a Asturias y es para mí un honor que me llamen hijo de ese país y oriundo de Monasterio.

Luis Álvarez fue discípulo de Federico de Madrazo y completó su formación pictórica en Roma, donde tuvo su estudio hasta 1890. Fue un pintor de mucho prestigio. A su regreso a España trabajó como profesor de la Escuela Especial de Pintura, Escultura y Grabado de Madrid, y en el Museo del Prado, del que fue su director desde agosto de 1898 hasta su fallecimiento en 1901. Pintó más cuadros de costumbres inspirados en la vida de Monasterio, como el famoso “Filandón” (1872), que también pertenece al Museo de Bellas Artes de Asturias, “Baile en Monasterio de Hermo” (1866) y “Despedida a los novios en Monasterio de Hermo” (1897).

Bibliografía: El Occidente de Asturias, 23 de febrero de 1886 y Javier Barón Thaidigsman, Catálogo de la pintura asturiana del siglo XIX (Oviedo: Museo de Bellas Artes de Asturias, 2007).