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De Cerveiriz a Madrid para ser aguador y sereno

Aguadores de cuba o barrica en una de las fuentes reservadas al gremio en la villa de Madrid hacia 1850.

Manuel González fue un campesino del concejo de Cangas del Narcea que marchó a Madrid en torno al cambio del siglo XIX al XX para trabajar de aguador. Nació en 1885 en la aldea de Cerveiriz, perteneciente a la parroquia de Abanceña en el Río del Couto. En la capital conoció la extrema dureza del oficio de aguador de cuba, que a diferencia de otros tipos de aguador eran los que abastecían de agua a los hogares. Todavía, en las primeras décadas del siglo XX, el agua llegaba a pocos barrios madrileños, y hasta la década de los años veinte no se generalizó un sistema capaz de hacerlo subir por las cañerías hasta los pisos altos de las casas. La llegada a Madrid del agua del Canal de Isabel II, en 1858, significó el punto de partida de un ansiado y esperadísimo servicio del que no se beneficiarían muchos barrios madrileños hasta los años setenta del siglo XX.

El aguador de cuba era uno de los oficios más ingratos de Madrid. Había tres tipos de cubas: de 29, de 33 y de 48 litros. El aguador tenía treinta, cuarenta o más vecinos a los que servía una o dos cubas diarias, trasladadas desde la fuente por lo general sobre el hombro izquierdo. Manuel González, como el resto de aguadores, llevaba una herida en ese hombro que luego, abandonado el oficio, se transformaría en una cicatriz que le acompañaría de por vida. Los aguadores entraban y salían de los hogares con absoluta familiaridad, ya que volcaban las cubas sobre tinajas que solían estar en las cocinas y aseos. A su quehacer le denominaban ellos mismos “echar cubas de agua”. Poseían las llaves de las casas madrileñas, por eso las familias exigían que fueran hombres muy honrados y leales, y por eso el oficio era casi monopolio de los asturianos.

Fuente de Pontejos hacia 1904, con los largos caños metálicos para facilitar la aguada.

Formaban uno de los gremios más peculiares de Madrid, por el elevado número que conformaba y por su multitudinaria presencia en las plazas de las ciudad (a veces por centenares; con sus juegos de cartas sobre las cubas, sus cabezadas, sus riñas y sus famosas “tertulias de aguadores”). Más del 90 por ciento procedían de Asturias, y sólo un 5 por ciento de Galicia. Más de un tercio eran nacidos en el concejo de Tineo, y de Cangas del Narcea eran casi un 10 por ciento. El resto eran nacidos en otros concejos asturianos. Manuel González trabajó en la fuente de Pontejos, una de las más populares de Madrid, muy cerca de la Puerta del Sol; una fuente con cuatro caños y casi un centenar de aguadores en 1850.

Manuel González se cambió, a los diez años de estar en Madrid, a otro oficio monopolizado por los asturianos, el de sereno, donde también resultaba un requisito indispensable la honradez. Pero en este caso los serenos procedían en dos terceras partes de pueblos del concejo de Cangas del Narcea. Es decir, los de Tineo eran mayoría en el oficio de aguador y los de Cangas en el de sereno. Éste poseía también multitud de llaves de hogares y comercios y las de todos los portales madrileños. Era un oficio duro por las muchas horas de trabajo que exigía, por soportar condiciones y temperaturas extremas, por el cansancio y sueño que se sufría y por los riesgos que conllevaba la noche madrileña. Manuel tuvo su primera plaza de sereno en la calle del Olivar, próxima a la plaza de Tirso de Molina, y luego pasó a una de las calles mejor valoradas dentro del gremio, la de Preciados, repleta de comercios y en pleno centro de la capital. Y es que el sereno vivía de las propinas de los vecinos y, sobre todo, de los que les daban los dueños de comercios por su especial dedicación a la vigilancia de los mismos. Manuel, como otros serenos, entregó las llaves de las casas y portales que atendía con la llegada de la Guerra Civil, cuando se convirtió en una escena nocturna habitual que las tropas de la capital sacasen a vecinos de sus casas para “darles el paseíllo”. Manuel residía entonces en la calle Santiago, en el Madrid más antiguo, entre el Palacio Real y la Plaza Mayor.

La fuente de Lavapiés (Madrid), hacia 1870, según grabado de Francisco Pradilla y Ortiz, publicado en “La Ilustración Española y Americana”.

Manuel González, como la mayoría de asturianos que emigraron a la capital, echó raíces en Madrid, pero sin olvidarse jamás de su Cerveiriz natal, a donde se trasladaba cada verano con su mujer y con su hija, María del Rosario, que actualmente (2017) tiene 92 de años. Rosario recuerda cómo llegaban en autobús a Cangas y desde allí en carro a Cerveiriz, donde tenía que dormir en la panera. Ella y su madre regresaban a Madrid a finales del verano, incluso en octubre, como hacían la mayoría de hijas y esposas de emigrantes. En Madrid, Rosario creció jugando junto al Palacio Real, se formó –como tantas jóvenes- estudiando mecanografía y logró entrar en una empresa consolidada y con gran futuro, como era Telefónica, con un puesto de trabajo en la mismísima Gran Vía.

Madrid, calle Preciados hacia 1907

A Manuel González le debió ir económicamente bien con su plaza de sereno en la calle Preciados. Tuvo mérito, además, que la familia lograse vivir en uno de los enclaves de mayor solera de Madrid, quedando la hija empleada en una empresa tan próspera como la Telefónica.

Este texto se ha realizado a partir del libro Asturianos en Madrid: los oficios de las clases populares (Siglos XVI-XX), escrito por Juan Jiménez Mancha y editado por el Museo del Pueblo de Asturias en 2007, y con el testimonio de oral de María del Rosario González Rodríguez, recogido el 20 de enero de 2017 por José Manuel Fraile Gil y María del Pilar Fraile Agudín, cuyo texto íntegro ofrecemos a continuación.

Texto íntegro de la entrevista realizada a María del Rosario González Rodríguez

Localidad: Madrid capital (Barrio de Palacio)

Informante: María del Rosario González Rodríguez, de 92 años de edad.

Fecha de la recopilación: viernes 20 de enero de 2017.

Recopiladores: José Manuel Fraile Gil y María del Pilar Fraile Agudín.

  1. Datos familiares: nació en Madrid, calle de Santiago, 24 antiguo y 18 moderno. Hija de Manuel González ¿Collar? (Cerveiriz, concejo de Cangas del Narcea, Asturias, 1885 – Madrid, 1949) y de María de los Dolores Rodríguez, fallecida a los cinco meses de nacer Rosario. En la lápida de su madre había un retrato que besaba de niña, cuando iba al cementerio. Su padre casó en segundas nupcias, cuando ella tenía año y medio, con María…
  2. Informes sobre Cerveiriz: Cerveiriz era una aldea, ni siquiera era una aldea, era una casa sola a siete kilómetros de Cangas. En aquella casa había de todo: una panera donde guardaban el grano y los alimentos, había un lagar, había animales, y una casa muy grande. La casa estuvo habitada hasta hace poco por un pariente mío, pero ahora creo que está cerrada. Yo creo que antiguamente se debió llamar el Regueiro de Cerveiriz. Está metida en lo más hondo del camino. En la cocina, que era muy grande, había una cocina de hierro, de las que tenían tanque para el agua caliente, y mi padre la mando subir de Cangas en el carro, que también había carro en aquella casa.
  3. Informes sobre la llegada a Madrid de su padre como aguador [1]: mi padre se vino a Madrid cuando era muy joven, y se vino a Madrid sin conocer a nadie. Él vino a “echar cubas de agua” de aguador que decían entonces. En aquella época Madrid no tenía agua en las casas, y entonces estaban los aguadores que subían a las casas el agua. La subían en una cuba de metal, que yo no sé cuánto cabría en ella, pero sí sé que pesaba mucho cuando estaba llena. Y de subir las cubas de agua tenía él una cicatriz en el hombro izquierdo, que la tuvo toda su vida. Él estaba en la fuente de Pontejos, que entonces no estaba como está ahora, y cada uno tenía su demarcación, no era coger el agua y subirla donde quisieras. Estaba todo distribuido, y a mi padre le tocó ahí, en Pontejos.
  4. Informes sobre su padre y el oficio de sereno: a los diez años de estar en Madrid como aguador, como aquello era muy duro empezó a ser sereno, que había muchos serenos entonces asturianos en Madrid, y muchos eran de Cangas. Empezó primero en la calle Olivar, que sale de Magdalena y baja a Lavapiés y luego ya estuvo en la calle Preciados, y ahí estuvo mucho tiempo. Al venir la guerra, como mi padre y todos los serenos tenían por la noche las llaves de los portales, pues decidieron dejarlas en la Alcaldía del barrio, porque ya sabes que a muchos iban a buscarlos por la noche para darlos el paseo… y claro, el sereno tenía que abrir el portal, y aquello era muy comprometido.

Los serenos trabajaban sin sueldo, ganaban sólo las propinas que les daban los vecinos y trabajaban todo el año salvo que buscara un suplente. En Navidad era cuando más propinas les daban y también les daban aguinaldo, buen aguinaldo. Mi padre llevaba una especie de chuzo, de madera con una daga en la punta de arriba, cubierta con cuero, abajo era de madera y por eso sonaba cuando daban con ella en el suelo; también llevaba una gorra de plato y también como un guardapolvo, que en invierno era de más abrigo.

  1. Informes sobre su vida escolar: primero fui a una escuela nacional que había en la calle Lazo, y luego iba a una academia que la directora era francesa, que estaba en la calle San Felipe Neri, y allí iba como becada, como si dijéramos. Allí había un sacerdote que ejercía en San Ginés, y cuando había comuniones, íbamos las mayores a cantar a la iglesia. Luego, durante la guerra, iba a clases particulares a casa de una señorita, que la madre se llamaba Rosario, como yo; y aquella fue la que me encauzó, me enseñó que había que firmar siempre igual, y les dijo a mis padres que, si podían, debían darme estudios porque estaba capacitada para estudiar. Al terminar la guerra, fui a una academia de mecanografía a la calle Pontejos… y luego entré en Telefónica.
  2. Informes sobre su Guerra Civil: la guerra la pasé toda en Madrid. Ya iban a desalojar nuestra casa en la calle Santiago, porque detrás había una trinchera, pero antes acabó la guerra y ya no nos evacuaron. Una noche, me acuerdo que estaba prohibido encender luz por la noche, y una noche vieron desde abajo, en la calle Santiago, una rendija de luz, porque teníamos la luz encendida, y empezaron a decir: ¡esa luz, esa luz!, y tiraron un tiro que dio en el balcón, que allí está todavía la señal.
  3. Informes sobre su vida laboral: yo trabajé siempre en Telefónica, no tuve otro trabajo. Entré en la oficina porque no daba las medidas para los cuadros de las telefonistas, por eso entré en la oficina. Fui ascendiendo hasta llegar a ser jefe de negociado. Trabajé siempre en el edificio de Telefónica, en la Gran Vía, pero en los últimos años estuve en otro sitio, en la calle…
  4. Informes sobre su infancia: yo jugaba siempre en la Plaza de Oriente, con mis primas, jugábamos a la comba, al corro… pero yo no era muy cantarina, y no recuerdo bien. Me acuerdo que íbamos a la Puerta del Príncipe para ver si salía alguien de la Familia Real, o los políticos. Y me acuerdo también de las amas de cría, porque las familias pudientes traían mujeres de Asturias y de León, y las vestían con unos trajes de amas de cría, que eran muy vistosos y eran las que alimentaban a las criaturas.
  5. Informes sobre sus viajes a Asturias en la infancia: como el sereno no tenía sustituto, mi padre tenía que buscar una persona para poderse ir a su pueblo. Entonces nos íbamos en verano a Cerveriz, y estábamos allí la madre y yo, a lo mejor hasta octubre. Íbamos en un autobús que salía de Madrid hasta Cangas, y luego subíamos en el carro a Cerveriz. Yo me acuerdo que dormía en la panera, y una vez me caí al suelo, porque la panera está en alto.

    Autores: Juan Jiménez Mancha, José Manuel Fraile Gil y María del Pilar Fraile Agudín

Juan González Marqués, honra de la emigración canguesa en Argentina

De derecha a izquierda, Juan González Marqués, Jose Antonio Nespral y Juaco López en la puerta del centro asturiano de Buenos Aires en septiembre de 2012

El pasado 8 de julio murió en Buenos Aires Juan González Marqués, tenía 86 años y había nacido en casa El Gaiteiro del pueblo de L.labachos / Labayos, en la parroquia de Bimeda. Juan fue uno de los muchos emigrantes cangueses, hombres y mujeres, que en los años cuarenta y cincuenta del siglo pasado fueron a la República Argentina. Allí también fueron sus hermanos Benjamín y Antonio. Los tres pertenecieron a la última oleada de emigrantes españoles a América, pues a partir de 1960 la inmensa mayoría de los trabajadores que marcharon a ganarse la vida fuera irán a Suiza, Alemania, Bélgica, etc.

La emigración no era algo nuevo en esta casa, sino un hecho habitual a lo largo de su historia. Y era algo asumido por sus miembros. En agosto de 1959 le escribe la madre de Juan, Aurelia Marqués, desde Labayos a Buenos Aires lo siguiente: “Aquí todos tienen trabajo. Las niñas con las vacas y los niños, a trabajar con los padres, también están bien esclavos, como tuvisteis vosotros y tuvimos todos, porque es un país este que no vale más que para arrebatar la gente”. La madre sabía bien de que hablaba. Tres de sus hermanos estaban en Argentina desde los primeros años del siglo XX y todas las generaciones de la familia habían dado emigrantes. Antiguamente iban a Madrid. Unos antepasados de Juan en el siglo XVIII fueron Francisco y Juan Collar, hijos de Juan Collar y Ana Alfonso, que emigraron a Madrid, y desde allí mejoraron la capilla de Labayos y fundaron en ella la Cofradía del Carmen en 1736. Francisco Collar, que murió en Madrid en 1757, era miembro de la Congregación de N. S. de Covadonga de Naturales del Principado de Asturias en Madrid, establecida en 1743, que fue el antecedente de los centros asturianos que se crearon a partir de fines del siglo XIX en Madrid, América y en todo el mundo.

La ayuda de los emigrantes, así como la de algún tío cura, hicieron que la casa de El Gaiteiro se convirtiera en una casa de campesinos de cierto acomodo, lo que permitió mandar a varios de sus hijos a América.

Juan González Marqués fue el pequeño de cuatro hermanos. Su padre, José, era de Casa Seguro de Pixán y su madre, Aurelia, era de casa El Gaiteiro de Labayos. A los cuatro meses de nacer murió su padre y los hermanos se criaron con su madre y su abuelo Benjamín. En la casa solo quedará el hermano mayor, José, y los otros tres emigrarán para Argentina en los años cuarenta. Juan marchó para Buenos Aires en 1948, con 18 años de edad. Su primer trabajo fue en una carnicería en el Mercado de Las Heras. Después montó con su hermano Benjamín una empresa de distribución de cascos o casquería, y más tarde, hacia 1971, los tres hermanos establecieron una granja de huevos que distribuían ellos mismos; la empresa se llamaba “Río Narcea”. Juan también compró campos en Mar del Plata y allí criaba ganado vacuno. Jubilados los hermanos, Juan continuó con la granja y amplió el negocio, con la ayuda de sus hijos Javier, Alberto y Laura, al cultivo del viñedo y la producción de vino, árboles frutales y la cría de ganado para carne en las provincias de Mendoza y Entre Ríos. Esta empresa se llama “Asturcón S.A.”. Con sus hijos trabajó y colaboró hasta el mismo día de su repentino fallecimiento.

Su tiempo también lo dedicó a los demás, en su caso colaborando activamente con el Centro Asturiano de Buenos Aires y el Centro Cangas del Narcea de esta misma ciudad. En esto lo acompañó también su hermano Benjamín. La emigración asturiana desarrolló unas cotas de solidaridad en América y con Asturias que serán difíciles de superar en la historia. A estos emigrantes, bien colectivamente bien individualmente, les deben muchos pueblos de Asturias la escuela, la fuente, el camino o la carretera, etc., y muchas familias la mejora de la vivienda, la compra de ganado o tierras, etc., en definitiva, el haber salido de pobres. A las asociaciones fundadas en América se debe que el desarraigo de los emigrantes fuese menos traumático y su integración en el nuevo país más fácil, así como una asistencia sanitaria y una beneficencia más que digna. Juan fue un emigrante muy comprometido durante toda su vida con estos dos centros. Tuvo cargos de responsabilidad en diferentes juntas directivas del Centro Asturiano y cuando por edad había dejado estos cometidos, fue reclamado por José Antonio Nespral para formar parte de una de las últimas juntas. No es de extrañar, porque Juan hacía realidad ese lugar común que atribuye a los asturianos las cualidades de honradez, bondad, lealtad y trabajo.

Pero donde Juan se sentía más a gusto y donde iba todas las semanas (los sábados era cita ineludible) era al Centro Cangas del Narcea, en Beruti 4643, barrio de Palermo, Buenos Aires. Allí estaba en casa, porque ese lugar es la parroquia número 55 del concejo de Cangas del Narcea. En “el Cangas”, jugando a las cartas y hablando de las cosas de Cangas, se entienden todos perfectamente. Juan fue presidente de este centro y miembro de varias juntas directivas. El centro se fundó en 1925 y muchas veces le escuché contar que la causa de su creación fue que los cangueses de Buenos Aires, que eran muchos, estaban hartos de los comentarios despectivos de numerosos emigrantes del centro y oriente de Asturias sobre su habla, sus bailes, su juego de bolos, sus frisuelos… y, al final, decidieron fundar un centro propio en el que se bailaba el Son d’Arriba, se tocaba el pandeiro, se jugaba a los bolos del occidente de Asturias y se empleaban palabras del asturiano occidental sin necesidad de oír la perorata de que eso era gallego.

Lo curioso es que casi cien años después el asunto todavía pervive. Parece que en la emigración, del mismo modo que se acrecienta el interés por la tierra de origen, también se refuerzan los tópicos, que son difíciles de desterrar de la conciencia del emigrante. Y así, en septiembre de 2012 estábamos visitando el edificio del Centro Asturiano de Buenos Aires y Juan se encontró con un conocido, emigrante procedente del centro de Asturias, y no pasó un minuto y ya le estaba recordando que los de Cangas del Narcea somos gallegos.

Juan vivió en los años cincuenta y sesenta del siglo pasado los años dorados de estos dos centros en los que había numerosos socios y muchas actividades en las que participaba multitud de gente. Es la época en la que el Centro Cangas del Narcea amplia sus instalaciones, gracias al esfuerzo de sus socios. Son los años en que esos salones se llenan hasta arriba durante las fiestas y donde los campeonatos de bolos juntan a equipos que vienen de diferentes ciudades del país. En estas fiestas se fraguan numerosos matrimonios entre emigrantes procedentes de España y sobre todo de Asturias, y no son raras las bodas entre vecinos de la misma parroquia o concejo. Juan se casó con Hortensia Berlanga, de Vega de Espinareda en El Bierzo (León). Su vida entre emigrantes es muy similar a la que cuenta el periodista Jorge Díaz Fernández en Mama (2002), una crónica novelada de su propia familia emigrada a Buenos Aires; su madre era de Almurfe (Belmonte de Miranda) y su padre de Barcia (Valdés), y los dos se “tropezaron” por primera vez en una fiesta del Centro Cangas del Narcea.

Hoy, el estado de estos centros ha cambiado radicalmente. No han sabido, o no han querido, o no han podido enganchar a las generaciones más jóvenes y sus enormes salones están casi vacios y solo los ocupan unos pocos jubilados que pasan el tiempo jugando a las cartas. Sobreviven de alquilar estos salones para celebraciones privadas. Las boleras están vacías la mayor parte del año. La necesidad de buscar una solución a esta situación y el futuro del patrimonio del Centro Cangas del Narcea era una gran preocupación para Juan, que siempre recordaba el esfuerzo que había costado a los cangueses levantar la sede social de la calle Beruti.

La misma preocupación le causaba el estado de los pueblos del concejo de Cangas del Narcea. Él, que había conocido la vida de estos pueblos en los años cuarenta, años de mucho trabajo y miseria, y que conocía bien la ganadería argentina, le parecía incomprensible lo que veía en Cangas del Narcea a fines del siglo XX, donde, con tanta riqueza para la cría de ganado, las casas se abandonaban y la producción agropecuaria no acababa de ofrecer una mejora sustancial en la vida de los campesinos y seguía anclada al pasado. No entendía como no se hacían masivamente las concentraciones parcelarias para poder cerrar grandes superficies de tierra y criar ganado en semilibertad; no entendía como no se plantaban árboles maderables de calidad y en cambio la administración plantaba en laderas solanas numerosos árboles que no se cuidaban y se morían al cabo de un par de años en su totalidad. No entendía nada, solo constataba en sus visitas estivales a Labayos y otros muchos pueblos del concejo que visitaba, en los que vivían sobrinos o viejos amigos emigrantes, que aquello no mejoraba y que el futuro era muy oscuro.

No creía mucho en el Estado. Juan decía que no le debía nada al Estado español, porque hasta los 18 años que marchó de España el Estado nada había hecho por él y los suyos. El sueldo del maestro lo pagaban los vecinos de Labayos, la traída del agua era cosa de los vecinos, los caminos los abrían y limpiaban los vecinos, y todo era así. El Estado solo aparecía para reclutar a los jóvenes para hacer el servicio militar y cobrar la “contribución”.

En 1973 regresó a Cangas del Narcea y se instaló en la villa con toda la familia. Cogió el traspasó de la Carnicería de Juanín, en la calle Mayor, cerca del Mercado y puerta con puerta con la panadería La Astorgana. Dos años después volvieron todos para Buenos Aires. El año pasado hablando sobre esta aventura, comentaba que no acertaba a saber que lo movió a volver a América. Creía que a la larga, y teniendo en cuenta las vicisitudes de la economía argentina, les hubiera ido mejor en España, al menos la vida hubiera estado exenta de tantos sobresaltos. Este ir y volver, cambiar y experimentar, define bien su carácter inquieto y emprendedor.

Era un hombre tremendamente sociable, un gran conversador de habla pausada, al que le gustaba contar historias de antes, de la emigración y del estado de las cosas de los pueblos de Cangas y de las sociedades de emigrantes. Creo que fue el último lector asiduo de los artículos y los libros de Mario Gómez. Le tenía una gran admiración por haber fundado en 1926 la Sociedad “Tous pa Tous” y la revista La Maniega, y por haber conseguido la unidad de los cangueses en Cangas y en la emigración. Esto era lo que más admiraba de él. A menudo recordaba artículos suyos, que leía en su casa de Buenos Aires. Su abuelo, Benjamín Marqués, de Labayos, había sido socio fundador del Tous pa Tous y en Casa El Gaiteiro, cuando él era un niño, había muchos ejemplares de La Maniega, que se editó entre 1926 y 1932.

Desde hace un par de décadas, con sus hijos al frente de la empresa familiar, Juan venía todos los años a Cangas del Narcea. Alquilaba un coche y no paraba. Visitaba a emigrantes retornados, familiares, asistía a fiestas, celebraciones… Este mes de agosto de 2016 también pensaba volver a Labayos. Aunque su cuerpo se haya quedado para siempre en América, su alma seguro que está en el cielo de Cangas del Narcea.

Marcelino Peláez Barreiro (Ounón, 1869 – Mar del Plata, Argentina, 1953)

Chafán de la plazoleta entre las calles Don Ibo y Las Huertas, con la placa a la memoria de Marcelino Peláez

Publicamos aquí una breve biografía escrita por nuestra compañera Mercedes Pérez Rodríguez con motivo del homenaje a Marcelino Peláez y leída por ella misma en el acto a la memoria de este emigrante cangués. En una de las esquinas de la plazoleta existente en Cangas del Narcea, entre las calles maestro Don Ibo y Las Huertas, el Tous pa Tous descubrió una placa de bronce a su memoria. Días después, hemos sabido que el Ayuntamiento de Cangas del Narcea, a petición del Tous pa Tous y por decreto de alcaldía de 24 de septiembre de 2015, acordó incoar expediente para dar el nombre de “Marcelino Peláez Barreiro” a la citada plazoleta.


Marcelino Peláez Barreiro (Ounón, 1869 – Mar del Plata, Argentina, 1953)

Desde mediados del siglo XIX y hasta 1930, cincuenta millones de europeos emigraron a ultramar. Unos 350.000 eran jóvenes asturianos, la mayoría entre 15 y 17 años.

Unos pocos se enriquecieron y algunos de ellos favorecieron a su tierra natal bien por altruismo bien por interés social o económico.

Marcelino Peláez emigró a Argentina donde sus comienzos debieron de ser muy duros. Por Amalia Fernández, hija de un administrador suyo, sabemos que tenía un almacén de Ramos Generales en San Agustín, a unos 100 Km de Mar de Plata. Estos comercios vendían de todo, generaban mucho dinero y no estaban exentos de peligros porque tanto los gauchos como los indígenas eran “gente muy brava”. Marcelino Peláez invirtió en tierras sobre las que gestionó la fundación de núcleos de población como Mechongué.

Los indianos o “americanos”, edificaron palacetes y panteones para uso propio y financiaron obras públicas como traídas de agua, casinos, iglesias, hospitales, asilos, boleras, lavaderos, y favorecieron especialmente la educación de los jóvenes, construyendo escuelas, dotándolas de materiales didácticos y comedores escolares, incentivando a los maestros y premiando a los mejores estudiantes.

La construcción de una escuela era una tarea que implicaba al Estado, al Ayuntamiento, a los vecinos y a los emigrantes. La intervención de los emigrantes adoptó varias fórmulas:

  • Las sociedades de instrucción, cuyo ejemplo es la Sociedad de los Naturales de Boal, nacida en La Habana en 1911, que construyó a sus expensas más de veinte escuelas en el concejo de Boal.
  • La colecta, en la que además de participar los emigrantes enriquecidos lo pudieron hacer otros menos favorecidos por la fortuna.
  • La individual, en la que un “americano” financiaba la escuela; destaco a Pepín Rodríguez, uno de los propietarios de la fábrica de tabaco “Romeo y Julieta”, de La Habana, quien constituyó una fundación que no solo construyó el edificio sino que también se preocupó del proyecto didáctico, de la dotación de materiales y profesorado.

Se calcula que unas doscientas noventa y cuatro escuelas asturianas se beneficiaron del capital de los emigrantes.

Pese a lo dicho, encontrar capital para estos fines no era tarea fácil, como señalaba Carlos Graña Valdés en carta abierta en La Maniega en diciembre de 1928, “el número de personas que se desprenden de cantidades de dinero para ayudar a sus aldeas a construir sus edificios se cuenta por los dedos”.

¿Qué hace tan peculiar el caso de Marcelino Peláez? El hecho de que no solo costeó la escuela de su pueblo natal, Ounón, como hicieron muchos “americanos”, sino que también colaboró en la construcción de la escuela de otros pueblos, donando 1.000 pesetas para todas las escuelas que se construyesen en cualquier pueblo del concejo y 25.000 para las escuelas graduadas de la villa. Es el único caso en Asturias.

Apreciemos la importancia de esa cantidad si la comparamos con otras, así para la construcción de la escuela de Naviego el Ayuntamiento puso 1.975 pesetas, la Sociedad Cangas del Narcea de Buenos Aires 1.250 pesetas y la mayoría de las donaciones solía ser de 50 pesetas.

Los pueblos beneficiados por Marcelino Peláez fueron Porley, Villar de Lantero, Santa Marina, San Pedro de Culiema, Bergame, Naviego, Linares del Acebo, Agüera del Couto, Carballo, Bimeda, Llano (con 2.000 pesetas), Santa Marina, San Cristóbal, Araniego, Carballedo, Acio y Caldevilla de Acio, etc. Disponía el concejo de Cangas del Narcea en 1931 de cincuenta y cinco escuelas, más once que estaban en construcción y esperaban llegar a las noventa en cuatro años.

Marcelino Peláez Barreiro detectó el problema de la escasa instrucción, del analfabetismo; según La Maniega en abril de 1929 en Ounón de 34 habitantes, 21 eran analfabetos, y quiso remediar esta penosa situación favoreciendo la construcción de escuelas. ¿Qué pensaría de la situación actual, cuando la despoblación aboca a muchas de estas escuelas rurales al cierre y aún presentan dificultades para impartir una enseñanza de calidad en igualdad de condiciones para todos los alumnos?

La generosidad de Marcelino Peláez no se limitó al terreno educativo, también donó importantes cantidades al Hospital Asilo de Cangas, a los pobres de Ounón y contribuyó a pagar el plano de la villa en 1930. Y sin alardear de ello, numerosos testimonios lo califican de hombre modesto; el médico Manuel Gómez en 1930 alaba su discreción: “su mano izquierda no sabe lo que la derecha hace”.

Podemos preguntarnos si tanto altruismo fue correspondido por los cangueses. Desde el Ayuntamiento de Cangas del Narcea parten dos muestras de agradecimiento:

  • Una el 9 de julio de 1930, la Corporación presidida por Joaquín Rodríguez-Arango, acordó ofrecer a Marcelino Peláez Barreiro un álbum artístico como expresión de agradecimiento de todo el concejo. Firman en él el alcalde, los concejales, y muchos maestros y escolares. Este entrañable y sencillo homenaje, costeado por suscripción popular y conservado por sus descendientes, puede verse reproducido en la Web del Tous pa Tous.
  • El otro tuvo lugar durante el pleno del 14 de mayo de 1932, cuando se hace público el agradecimiento y se acuerda dar el nombre de Marcelino Peláez a la mejor de las calles que se abran en el centro de la villa tras el derribo del convento de dominicas. Este acuerdo nunca se llevó a cabo porque la memoria de los pueblos y de sus representantes suele ser débil.

El Tous pa Tous. Sociedad Canguesa de Amantes del País descubre hoy esta placa, un monumento público que refresca la memoria del pueblo mostrando sus valores, y ha solicitado al Ayuntamiento que a esta pequeña plaza se le dé el nombre del “benefactor de las escuelas de Cangas del Narcea”, del apodado por Gumersindo Díaz Morodo “Borí” como “sembrador de cultura”, de Marcelino Peláez Barreiro.

Hacia el Trópico: José Fernández Rodríguez en Guinea Ecuatorial

José Fernández Rodríguez, en su casa de Villacanes, el 26 de julio de 2013

José Fernández Rodríguez, en su casa de Villacanes, el 26 de julio de 2013

Cuentan que los bueyes tiraron tan fuerte que a Mariano Mora, de casa Castán, en el pueblo de Chía, del aragonés valle de Benasque, se le rompió el arado cuando estaba un día labrando la tierra, y agarró tal cabreo que allí dejó bueyes, arado y campo. Se fue a casa y con cuatro trapos hizo un hatillo que colocó en el extremo de un palo para descender la montaña hasta alcanzar Barcelona. Desde allí, con la ayuda de los padres claretianos con los que había estudiado, llegó a la isla de Fernando Poo, en Guinea Ecuatorial, donde se estableció fundando una empresa de cultivo y exportación de cacao y desde donde pronto comenzó a reclamar ayuda de familiares y vecinos ribagorzanos del valle de Benasque, que fueron llegando para trabajar en el cacao y la madera. Mariano Mora, por cierto, se convertiría en el primer representante de una saga, la de la casa Mora-Mallo, propietaria de algunas de las fincas más importantes de la isla y que adquiriría fama dedicándose al cultivo del cacao.
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A la memoria de Marcelino Peláez Barreiro (Ounón, 1869 – Mar del Plata, Argentina, 1953)

Retrato de Marcelino Peláez Barreiro hacia 1930

La próxima placa del Tous pa Tous destinada a recordar a alguna persona relevante se dedicará a Marcelino Peláez Barreiro y se colocará en el pueblo de Ounón.

¿Quiénes recuerdan hoy a este señor? La respuesta, sin dudarlo, es: muy pocos, casi nadie. ¡Terrible, el problema de memoria que tenemos en este país!

Marcelino Peláez fue un emigrante a Argentina que en los años veinte y treinta del siglo XX promovió la mejora de la educación en el concejo de Cangas del Narcea. Construyó y dotó a sus expensas la escuela de Ounón en 1920, y ofreció mil pesetas o más (que en aquel tiempo era mucho dinero) a todos los pueblos del concejo que levantasen una casa escuela. Este ofrecimiento lo cumplió repetidas veces y donó dinero para las escuelas de Porley, Villar de Lantero, Santa Marina, San Pedru Culiema, Bergame, Naviego, Linares del Acebo, Agüera del Couto, Carballo, Bimeda, Llano, etc.

El Ayuntamiento de Cangas del Narcea acordó ponerle su nombre a una calle de la villa, pero ese acuerdo nunca se llevó a efecto. Nuestro hombre había nacido en Ounón en 1869, emigró muy joven a la Argentina, donde le fueron bien las cosas, y murió allá, en la ciudad de Mar del Plata, en 1953. En 1921, Gumersindo Díaz Morodo, “Borí”, en un artículo publicado en la revista Asturias, de La Habana, lo calificó como “sembrador de cultura” y escribió sobre él lo siguiente:

CRÓNICA CANGUESA: SEMBRADOR DE CULTURA

Innumerables veces me lo tienen reprochado, en incontables ocasiones me tienen repetido que “no sirvo” para dedicar loas; que de mi pluma, que dicen mojarse en hiel, siempre sale la crítica lacerante y punzante, con intenciones de destruir lo que toque; que si en alguna ocasión tengo que aplaudir algún acto que aplauso merezca, salgo del paso con cuatro líneas, refiriendo escuetamente el acto aplaudible, sin meterme en comentarios.

Así hablan mis censores: ¿Tienen o no razón en sus censuras? Acaso la tengan y acaso no la tengan. Porque, más que en mí, ¿no estará la culpa en el ambiente que me rodea, o, mejor dicho, en los actos de las personas de quienes me veo precisado a hablar una y otra vez? ¡Qué mayor satisfacción para el cronista si pudiese llenar continuamente cuartillas y más cuartillas repletas de loas! Pero de loas merecidas, porque para “las otras”, para las de bombo y platillos, para esas… no sirvo.

¿Qué adónde voy con este raro exordio? Voy a remediar una injusticia; que injusticia y muy grande implicaría silenciar determinados actos dignos del mayor encomio. Voy a hablaros de un “americano” como vosotros, de un alma altruista que desde hace años está haciendo en beneficio del concejo más, mucho más que hicieron en un siglo todos los politicastros que padecimos. Voy, en fin, a descubriros a un sembrador de cultura: don Marcelino Peláez, nacido en el pueblo de Onón.

¿No os suena ese nombre, verdad? No es extraño que para la mayor parte de vosotros sea desconocido. Muy niño emigró a la Argentina don Marcelino, lanzado a la ventura sin más bagaje que sus arrestos de luchador. Y en lucha estuvo años y más años; e indudablemente en el largo período de emigración palparía miserias y más miserias, presenciaría incontables tragedias y padecería no poco, aleccionándose diariamente en los propios dolores y en los dolores ajenos.

Venció a la adversidad, y derrochando energías consiguió labrarse una regular fortuna. Y hastiado de tanto bregar, buscando algo del merecido descanso, retornó al nativo solar, sin suponer que aquí también tendría mucho que luchar, lucha acaso peor que en las pampas argentinas; lucha contra el abandono, la rutina y la incultura. Vio que en su pueblo continuaba todo igual, en estancamiento mortal; que si hacía cuarenta años, cuando emigró, la escuela en que aprendió las primeras letras se hallaba instalada en infecta cuadra, en el mismo o aun peor local continuaba. Tendió la vista en derredor, y en todos los pueblos del concejo se le presentó el mismo cuadro de desolación: el mismo abandono y la misma incultura. Los niños de hoy, los emigrantes de mañana, continuarían la triste historia de rodar por las Américas sin conocer las más rudimentarias nociones de instrucción, condenados así a una vida de esclavos, como si sobre todos pesase una maldición.

Vio claramente la causa del mal, y no vaciló. Se dirigió al Ayuntamiento y expuso su proyecto, un bello proyecto suyo. Anunció que se proponía construir en su pueblo un edificio para escuela, y que daría una subvención de mil o más pesetas a cada uno de los pueblos del concejo que quisieran levantar casa escolar.

El caciquismo que entonces padecíamos acogió con indiferencia los proyectos del señor Peláez. No les convenía a estos politicastros que se construyesen escuelas. La escuela implica instrucción, cultura, y de terminarse con el analfabetismo, se terminaba también con el reinado del caciquismo.

Onón / Ounón, Cangas del Narcea hacia 1920. Inauguración de la Escuela Pública construida a expensas de Marcelino Peláez que también dotó a la escuela del material y menaje necesario para su funcionamiento. Foto: Benjamín R. Membiela.

Ante esta hipócrita y encubierta oposición caciquil –oposición que más tarde quedó vergonzosamente demostrada—, tampoco se arredró don Marcelino, que tiene temple de acero, como buen serrano. En su pueblo, y al lado de su humilde hogar, empezó la construcción de un elegante y adecuado edificio para escuela, inaugurado recientemente, y de cuya obra podéis formar idea por las fotografías que acompañan a esta crónica. Al mismo tiempo concedía importantes subvenciones a los pueblos que se comprometían a levantar edificio escolar, gastándose en todo esto no pocos miles de duros.

Así es don Marcelino: un apóstol de la instrucción, un sembrador de cultura. Vosotros, los cangueses que por las Américas os halláis, ¿no os creéis en el deber de solidarizaros con esta obra del señor Peláez? Nadie mejor que vosotros sabe –pues la experiencia os lo enseñó— que sólo en la instrucción se hallan las armas capaces de vencer en la lucha por la vida. Si por las actuales circunstancias de crisis económica no podéis por el momento demostrar vuestra solidaridad en forma material, es decir, contribuyendo a extender el apostolado de don Marcelino, podéis, sí, demostrarle vuestra adhesión espiritual, con el alma y el corazón. Que dondequiera que exista una agrupación canguesa figure en cuadro de honor el nombre de don Marcelino Peláez.

Julio, 1921.


(Asturias, nº 365, 14 de agosto de 1921)


Las fotos de Balito, 1930-1932

Ubaldo Menéndez Morodo, ‘Balito’, a bordo del vapor ‘Veendam’, 1930

Ubaldo Menéndez Morodo (Cangas del Narcea, 1902-1968), conocido como “Balito”, era un cangués alegre y muy sociable. Aficionado a compartir viajes y comida con sus amigos, en los años treinta fue un activo miembro de la sociedad excursionista canguesa “La Golondrina” y uno de los fundadores de la peña “El Arbolín”.

En los años veinte emigró a México, donde también estaba su hermano José. En ese país trabajó en la fábrica de papel San Rafael, localizada en el municipio de Tlalmanalco a 50 kilómetros de la ciudad de México, que en aquel tiempo era la más importante del país y de toda Hispanoamérica. En ella trabajaba de escribiente en las oficinas de la empresa. La fábrica todavía existe.

En México se aficionó a la fotografía y en aquella fábrica tomó muchas imágenes de sus compañeros de trabajo, del equipo de fútbol de la empresa, en el que él jugaba, de indios o personajes singulares, de fiestas, comidas, viajes, etc.

A comienzos de 1930 vino a Cangas a pasar unas largas vacaciones. Viajó por Asturias, Madrid y Barcelona, y también por el concejo en compañía de Mario Gómez. Hizo muchas fotografías de la villa de Cangas y de los pueblos, algunas de las cuales se publicaron en la revista La Maniega. Como buen fotógrafo aficionado captó imágenes de lugares y rincones que ningún otro fotógrafo tuvo la curiosidad de tomar. Muchas de sus fotografías de la villa pueden verse en el Álbum de fotografías del Tous pa Tous.

En junio de 1931 regresó a México y a fines del verano de 1932 estaba de vuelta en Cangas del Narcea, para no volver a salir de aquí nunca más. Se casó en este tiempo con Estefanía Avello Díaz (Cangas del Narcea, 1904-2003), la recordada “Fanía”. No tuvieron hijos.

Con la muerte de don Mario Gómez en el mes de abril de 1932, el final de La Maniega y la guerra civil, Balito perdió la afición por la fotografía. Pero de aquellos años de fotógrafo compulsivo quedaron un par de álbumes, que hoy pertenecen a la familia Menéndez Liste, en los que aparecen las fotografías de México y Cangas del Narcea, los dos mundos donde Balito fue feliz.



Todas las Crónicas canguesas, 1916-1928, de Borí, en la web del Tous pa Tous

José Fuertes, ‘Fanxarín’, presidente de la Sociedad de Artesanos; José Álvarez (sentado), presidente del ‘Club Cangas de Tineo’ de La Habana, y Borí en Cangas del Narcea en el verano de 1917. Fotografía de Benjamín R. José Fuertes, ‘Fanxarín’, presidente de la Sociedad de Artesanos; José Álvarez (sentado), presidente del ‘Club Cangas de Tineo’ de La Habana, y Borí en Cangas del Narcea en el verano de 1917. Fotografía de Benjamín R. Membiela. Col. Juaco López.

Incorporamos a nuestra Hemeroteca las “Crónicas canguesas” que escribió Gumersindo Díaz Morodo, Borí (Cangas del Narcea, 1886 – Salsigne, Francia, 1944), para las revistas Asturias y El Progreso de Asturias, de La Habana, entre 1916 y 1928. El Tous pa Tous ha decidido realizar esta edición facsimilar y digital coincidiendo con la colocación de una placa a la memoria de este periodista republicano el próximo sábado 30 de noviembre.

Estas crónicas cubren un vacío en el periodismo cangués. Entre 1882 y 1916 hubo casi siempre en Cangas del Narcea uno o dos periódicos locales. En ese año dejan de publicarse y no volverá a haber otra publicación periódica canguesa hasta La Maniega (1926 – 1932). De este modo, las crónicas enviadas por Borí a estas revistas nos permiten mantenernos al día de lo que sucedió en Cangas del Narcea en aquellos años.

Entre 1914 y 1928, Borí fue el corresponsal en Cangas del Narcea de estas dos revistas gráficas semanales que se editaban en la isla de Cuba. Sus primeras colaboraciones aparecieron en 1914 en Asturias y eran noticias muy breves, unas meras notas de sociedad, que se publicaban sin su nombre; la primera crónica que aparece con la firma de Borí se publica el 23 de julio de 1916 y está dedicada a El Acebo. Cuando esta revista dejó de editarse comenzó su colaboración con El Progreso de Asturias, donde escribió con regularidad hasta 1925, año en que decide dejar de enviar sus crónicas ante la imposibilidad de decir lo que piensa debido a la censura impuesta a la prensa por la dictadura de Primo de Rivera. Solo volverá a romper su silencio en 1928 para dar cuenta de la muerte de su amigo el notario Rafael Rodríguez González.

La revista Asturias salió a la calle entre 1914 y 1921; la inició y dirigió el periodista José María Álvarez Acevedo, natural de Boal. El Progreso de Asturias fue fundado en 1919 por Celestino Álvarez, nacido en Villanueva (Boal), que fue su director hasta su desaparición en 1960. Ambas revistas gozaban de cierto prestigio entre la numerosísima colonia de emigrantes asturianos en aquella isla. En ellas, en especial en Asturias, colaboraban conocidos escritores asturianos (Marcos del Torniello, Fabricio, José Díaz Fernández, Constatino Cabal, Bernardo Acevedo Huelves, Carlos García Ciaño, Alfonso Camín, María Luisa Castellanos, Adolfo Posada o Leopoldo Alas Argüelles) y periodistas locales que hacían las labores de corresponsales en los concejos: uno de estos fue Borí.

Portada de la revista ‘Asturias’ de La Habana en la que colaboró Borí

La relación de Borí con Cuba y la emigración fue muy estrecha. Su padre había sido uno de los primeros cangueses en emigrar a aquella isla, de donde retornó en 1869; en Cangas del Narcea le apodaron El Guajiro. Sus tres hermanos varones emigraron a Cuba y Tampa (EE. UU.), y él mismo fue emigrante en La Habana entre 1900 y 1902. De allí regresó a Cangas del Narcea  enfermo y sordo. Además, tuvo muchos y buenos amigos emigrantes. Borí sentía gran admiración por todos ellos y estaba convencido que los “americanos” serían un motor de progreso y renovación de la conservadora sociedad canguesa: “de los emigrantes vendrá la regeneración de la provincia asturiana”. El aprecio era mutuo, porque los emigrantes le respetaban mucho y tenían gran confianza en él, y por ello en 1920 el “Club Acebo de Cangas de Tineo” de La Habana le nombra delegado en el concejo.

Portada de ‘El Progreso de Asturias’ de La Habana en la que colaboró Borí

En las “crónicas canguesas” de Borí aparecen las noticias de todos los acontecimientos que sucedieron en Cangas del Narcea en aquellos años: la epidemia de gripe de 1918; los asesinatos del Navarro y otras muertes violentas; la construcción del Teatro Toreno, cuyo proyecto, realizado por el arquitecto Leopoldo Corujedo, estuvo expuesto en el escaparate del comercio “El Siglo XX”; la vida política local en un tiempo en el que Cangas del Narcea era la cabeza de un distrito electoral para diputado a Cortes que comprendía los concejos de Somiedo, Grandas de Salime, Ibias, Degaña, Leitariegos y Cangas. También en estas crónicas se da cuenta del acontecer diario y cíclico de la población: el tiempo atmosférico, el precio de los productos en el mercado de los sábados, las ferias, las cosechas, la recogida de castañas y los accidentes durante el vareo de los árboles, la vendimia y la feitura “o sea la operación de extraer el vino de las grandes o pequeñas tinas donde fermentó”, las fiestas y romerías, el Carnaval, la Pascua y sus bollas, y el registro civil: en todas las crónicas aparece la relación de nacidos, casados y muertos del concejo.

En las noticias que envía Borí a La Habana se le otorga un papel destacado a los emigrantes. Menciona los nombres de los que vienen de América a pasar una temporada a Cangas del Narcea e informa de su regreso y del barco en el que van a hacer el viaje, y cuando puede da la relación de todos los jóvenes que emigran para allá. El número de estos era tan grande que llega a escribir: “De todos los pueblos salen caravanas de emigrantes para ambas Américas. Imposible es para el cronista recoger los nombres de todos los que se marchan” (Asturias, 23 de diciembre de 1917).

Las crónicas están escritas con noticias breves y un estilo directo y sencillo. Su lectura no cansa y cuando empiezas a leerlas te enganchan y se leen de corrido. Tienen un tono coloquial, de charla o de carta que escribe un amigo contándole a otro lo que sucede en el pueblo. En este sentido, las crónicas también sirven para conocer las desventuras de su autor, que él cuenta a sus “amigos” emigrantes. Borí conoce bien los intereses de aquellos cangueses que residían en América y con sus crónicas trató de satisfacer la necesidad de información que por su lugar de origen tienen todos los que están fuera.

En algunos casos las crónicas van acompañadas de fotografías realizadas por Modesto Montoto, que era el fotógrafo oficial de la revista Asturias; por los fotógrafos cangueses Modesto Morodo y en especial Benjamín Rodríguez Membiela, autor de la mayor parte de las fotos que se publican en ese periodo, y del propio Borí.

Miramontes Ciencia Tecnología Cultura ha producido la edición digital de “Crónicas canguesas, 1916-1928”, que lleva un índice e incorpora OCR para la búsqueda de palabras en el texto. Esta edición se ha hecho a partir de revistas originales que pertenecen al Muséu del  Pueblu d’Asturias, Alfonso López Alfonso y Juaco López Álvarez, y ha sido patrocinada por Mª José, Juaco, Pedro y Alejandro López Álvarez.


Descargar: icon “Crónicas canguesas, 1916-1928” de Borí (113.41 MB)


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Búsqueda de familiares en Cangas del Narcea desde Montevideo

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Ricardo Antonio Casas Bagnoli (Montevideo, 20 de abril de 1955) es un cineasta uruguayo, documentalista, director y productor de cine.

Ricardo Casas Bagnoli vive en Montevideo, es nieto de una canguesa que emigró a comienzos del siglo XX a América y después de ver el documental “El Viejo Rock”, de Pablo Sánchez Blasco, que trata sobre un emigrante asturiano en América, le surgió la necesidad de conocer a su familia en Cangas del Narcea. Recurre al TOUS PA TOUS y nos escribe desde la capital de Uruguay la siguiente solicitud:

Mi abuela paterna se llamó Esperanza González Fuertes y nació en Cangas del Narcea el 17 de noviembre de 1894. Vino joven a Montevideo, tuvo a mi padre en 1917. No conozco a mi familia asturiana y me gustaría saber de ellos. Yo hago cine y me está surgiendo un deseo de hacer un documental sobre mi familia española.

Espero ese contacto. Gracias.

Según la certificación literal de nacimiento que hemos obtenido en el Registro Civil, esta señora nació el 13 de noviembre de 1894 a las cinco de la madrugada (el 17 de noviembre fue inscrita en el Registro Civil) y es de Veiga / Vegaperpera, aldea perteneciente a la parroquia de La Riela / La Regla de Perandones en el concejo de Cangas del Narcea. Sus padres, bisabuelos de nuestro solicitante, fueron José González Fernández de Veiga / Vegaperpera y Joaquina Fuertes de Rebol.las también perteneciente a la parroquia de La Riela.

Para aportar información al respecto pueden utilizar nuestro buzón: Mensajes a: EL PAYAR

Detener el tiempo

Un artículo de Alfonso López Alfonso en la revista de literatura Clarín está dedicado a Benito Correa, vecino de Pousada de Rengos, que fue guardia civil, emigrante en Venezuela, Francia y Australia, dueño del Bar Correa en Cangas del Narcea, y aficionado a la pintura y la fotografía. Hoy, después de una existencia llena de sobresaltos, aventuras y viajes, lleva una apacible vida en el Río de Rengos. Todas las imágenes que acompañan el texto fueron realizadas por él en los años cuarenta y cincuenta del siglo XX.

Arando en el Cortinal, Posada de Rengos, hacia 1949

DETENER EL TIEMPO

Alfonso López Alfonso

El deseo de detener el tiempo únicamente podemos verlo cumplido en las fotografías. Las viejas fotografías nos fascinan porque en ellas se produce el milagro de poder contemplar la carcasa de un mundo que ha desaparecido. Con los años se deja de ser joven y, como en el poema de Gil de Biedma, también se comienza a comprender que envejecer, morir, es el único argumento de la obra. Con el tiempo, de nosotros únicamente quedan los restos del naufragio, entre ellos unas cuantas imágenes anónimas y destartaladas colocadas en montoncitos por los rastrillos dominicales. Las viejas fotos son un reloj parado justo cuando quien las realizó activó el obturador de la cámara para atrapar ese instante, algo que seguramente nadie podría lograr nunca escribiendo, aunque pusiera muchas cuartillas en el empeño. No sé si una imagen vale más que mil palabras, aunque supongo que todo depende de qué imagen estemos hablando y también de qué palabras, pero lo que sí sé es que por muy bueno que sea un escritor no podrá llegar nunca a describir con entereza y precisión lo que cabe en una imagen.

El Cortinal, Posada de Rengos hacia 1950

Las fotografías presentan seres y objetos congelados y tienen por ello una clara ventaja para el espectador respecto a la literatura, y es que venga de donde venga el que contempla puede absorber directamente lo que está viendo y ponerlo en contacto con sus emociones y experiencias sin necesidad de intermediarios, algo que lógicamente la fotografía comparte con la pintura. Una fotografía de Diane Arbus o un cuadro de Vermeer dirán algo a un espectador que los contemple en un pueblo perdido de Oklahoma o a quien lo haga en París, en Lisboa o El Cairo; Shakespeare, sin traductores, no podría hacerlo. Esto es una observación de Perogrullo que nos conviene tener presente a quienes escribimos porque, más allá de consideraciones artísticas, es doloroso saber que cualquiera con una cámara o unos pinceles en la mano ha de sacarte ventaja.

El Cortinal, Posada de Rengos, hacia 1950

Las fotos antiguas, como documentos que hablan de la sociedad a la que pertenecieron, no necesitan parabienes estéticos, sencillamente se acercan a nosotros poniéndonos en contacto con lo que fuimos y nos interesan más cuanto más cerca nos tocan. La foto del abuelo en la guerra, la de papá en la mili, la del tío afortunado que disfrutó unas vacaciones en Canarias hace veinte o treinta años, puede revolver más el corazón de quien la tiene en la mano que todas las que hizo en su vida Cartier-Bresson. Hay algo evanescente y emocionante en todos los fotógrafos anónimos que desempeñan algún papel en nuestra vida. Lo comprendo al conocer a Benito Correa, que durante muchos años se ocupó meticulosamente de disparar su cámara allá por donde iba. Fue un niño de la guerra nacido en la localidad extremeña de Herrera de Alcántara, en la Raya entre España y Portugal. A finales de los años cuarenta se hizo Guardia Civil y vino destinado a una de las zonas más remotas de una región remota para conocer a Delfina, que se convertiría en su mujer.

El Poulón, Posada de Rengos, hacia 1957

Se afincó en este destino y se casó en Pousada de Rengos (Cangas del Narcea), donde vive hoy apaciblemente en una casa con vistas envidiables. Pero su vida está llena de sobresaltos, aventuras y viajes. Después de casarse dejó la Guardia Civil y anduvo medio mundo para ganarse la vida: Venezuela primero, en solitario, sin la familia, donde estuvo cerca de siete años; Francia después, donde pasó aquel mes de mayo de 1968; tras eso, todavía, más de veinte años en Australia. En los años sesenta, a su regreso de Venezuela y antes de partir hacia Rosult, en Francia, montó en Cangas del Narcea un bar de estilo flamenquista que se llamó Bar Correa. En él hizo con pasodobles y chotis las delicias de los señoritos de la villa a la salida de misa.

Josefa Ramos Rey, hacia 1967

Hoy Benito Correa disfruta de un merecido descanso en una casa que algo tiene en su diseño de híbrido entre rancho y mansión. Quien se acerque hasta la casa La Mata en Pousada de Rengos puede encontrarlo todos los días del año dedicado con empeño oriental a las flores de su jardín y a los ensimismados pensamientos producto de los largos paseos. Es un hombre de aspecto apacible, de voz apacible, de conversación apacible. Si preguntan les hablará de lugares lejanos, de su trabajo como recepcionista de un importante hotel en Caracas, por donde pasaban militares de alta graduación, presidentes y toreros, de las fábricas francesas, de las cocinas de los restaurantes australianos, de las travesías en barco, de los transbordos en avión, de su primera salida, cuando la familia fue a despedirlo al puerto de Vigo;

La Bouba, Posada de Rengos, hacia 1950

y también hablará de una infancia marcada por la crueldad de la guerra y la pérdida de un hermano, de su cariño por Herrera de Alcántara, por el Tajo y por los vecinos portugueses de Castelo Branco, que alcanzaba a ver desde la otra orilla del río; pero sobre todo hablará de la afición que tenía al dibujo, para el que mostraba condiciones, y a hacer fotografías sin parar, con las que sin duda algo salvó de lo que fuimos.

Rectoral de San Luis del Monte, hacia 1950

Benito Correa nunca hizo ni pretendió hacer fotos que valieran más de lo que valen. No es un fotógrafo profesional, pero los momentos de la vida cotidiana que captó los ha convertido el runrún del tiempo en documentos. Sus fotografías, en general, interesan mucho porque dan fe de un mundo cuya realidad se ha ido devanando hasta sumirse en la inexistencia. Hay fotos de gente trabajando en el campo, de los días de fiesta, de comuniones, de escolares, de todo un poco.

Rectoral de San Luis del Monte, hacia 1953

En ellas aparecen edificios que ya no existen, como la casa rectoral de San Luis del Monte, al lado de la ermita del mismo nombre en una montaña cercana a Pousada de Rengos, y también nos damos cuenta al observarlas de que no están cosas que se hicieron después, en especial las instalaciones de los lavaderos y oficinas de las empresas mineras en el entorno de Veiga de Rengos, hoy bien visibles, pero que no aparecen en las fotos tomadas desde el Cortinal por Benito Correa a finales de los años cuarenta y principios de los cincuenta.

Rosult, Departamento del Norte, Francia, hacia 1967

Qué decir de lo que sugieren esas fotos de los escolares y las comuniones, tantas caras cargadas de curiosidad, de incertidumbre, de candidez, de jovialidad. Infantiles, pero también majestuosas, aparecen aquí expectantes, repletas de futuro, las caras de esos dos niños que en el corredor de casa Mario observan al fotógrafo sumergidos en un claroscuro caravaggiesco. Las toscas tablas del suelo, el abrigo colgado, la ropa tendida, la cesta, el balde, la escoba, todos componentes de una casa que, como vemos por la rudimentaria lavadora que aparece en primer plano en el margen derecho de la foto, empieza a modernizarse.

San Luis del Monte, hacia 1953

Muchas de las fotografías de Benito Correa son escenas de la vida campesina, todas son hijas de su tiempo, pero hay una que condensa y llena de significado ese tiempo. Está tomada en el puente de Ventanueva, seguramente con motivo de alguna visita importante, y en ella aparece —fiel metáfora del control moral y físico que se practicaba en los tiempos que corrían— un puñado de curas y guardias civiles. Sotanas y tricornios, símbolos de unos años en que era norma, como enseñan estas fotografías, la segregación por sexos en las escuelas y en los que abundaban las procesiones y las misas concurridas. Estas fotos de Benito Correa nos fascinan por su capacidad de sugestión, por la facilidad que dan a las imaginaciones románticas para lanzarse hacia lo irreversible: el pasado; dan fe de un mundo extinto y tienen por tanto algo de mágicas, pero también son testigos documentales del mundo del que venimos y al que quiera dios —si es que existe— no volvamos.

(Artículo publicado en Clarín. Revista de nueva literatura, nº 90, noviembre-diciembre 2010).