A la memoria de Agustín Jesús Barreiro Martínez (1865-1937), naturalista, antropólogo e historiador de la Ciencia de la Naturaleza

Agustín J. Barreiro con el birrete de doctor en 1909.

La biografía de este hijo de la desaparecida Casa Barreiro, de Cibuyu (Cangas del Narcea), que fue una autoridad en el estudio de la historia de la ciencia española, puede leerse en varias publicaciones, tanto en papel como en internet. Sobre él escribieron personalidades como Ignacio Bolivar (1850-1944), catedrático de Entomología y director del Museo de Ciencias Naturales, en su contestación al discurso de ingreso de Barreiro en la Real Academia de Ciencias en 1928; Constantino Suárez (1890-1941) en Escritores y artistas asturianos (Madrid, 1936), en donde además enumera todas sus publicaciones hasta 1934; Ignacio Acebal que escribió “La obra científica del P. Agustín Barreiro” en la revista Archeion, 22 (1940); Jesús Álvarez Fernández OSA que redactó su biografía y enumeró sus obras para el Diccionario Biográfico Español de la Real Academia de la Historia, y Eduardo Hernández Pacheco (1872-1965), catedrático de Geología de la Universidad de Madrid, y Emiliano Aguirre, catedrático de Paleontología, en sendos prólogos a la historia de El Museo Nacional de Ciencias Naturales (1711-1935) que escribió Barreiro. Nosotros vamos a hacer un breve resumen de su biografía.

Agustín Jesús Barreiro nació en 1865. Sus padres fueron Manuel Barreiro  y Josefa Martínez. Fue el mayor de cinco hermanos: dos emigraron a Argentina (uno trabajó de cocinero en un ballenero) y otros dos se quedaron en el pueblo. Él, después de estudiar en la escuela de Cibuyu, marchó con 15 años a Valladolid al Colegio de Agustinos Filipinos donde se ordenó en 1882. No fue el primer religioso de la familia: tenía una tía monja y un tío canónigo. Después continuó sus estudios teológicos en La Vid (Burgos) y El Escorial. El 16 de septiembre de 1889 está en Barcelona, camino de Filipinas, y desde allí escribe a su casa:

El día 20 del presente embarcaremos con dirección a Manila 24 compañeros y connovicios agustinos, acompañados de religiosos recoletos y franciscanos. […] El buque en donde haremos el viaje se llama “San Ignacio”. Si desea algún encargo para fray Antonio Fuertes o para mi tío me lo hace presente por carta al convento de San Pablo de Manila Agustinos Filipinos.

En Filipinas estuvo cinco años, que fueron determinantes para este joven de Cibuyu. El descubrimiento de la exuberante naturaleza de aquellas islas, y el contacto con una cultura tan diferentes a la que dejaba atrás, hizo que se aficionase al estudio de las ciencias naturales y la antropología. Aprendió la lengua nativa  y fue destinado a la provincia de Pampanga, al norte de Manila. El 29 de junio de 1891 escribe a su casa desde Lubao:

[…] desde aquí adelante en lugar de Lubao escribirán a Floridablanca, que es un pueblecito inmediato a este, a donde supongo pasaré como párroco dentro de unos días. En este pueblo de Floridablanca no hay convento o casa parroquial, como en los demás pueblos, aunque sin embargo se dispone de una casita de madera cubierta con tejido de vipa, que es una hoja con que suelen cubrir los indios sus casas después de colocarla en forma conveniente para que no gotee cuando llueve. En cuanto a los sirvientes, suelen escogerse muchachos indios que después de educados sirven regularmente. La comida, sobre poco más o menos, es la que se da en nuestros colegios de España, pues aquí se puede disponer de pan, carne y pescado bueno o por lo menos regular. Tengo una ventaja en ese pueblo y es que a corta distancia del mismo se hallan el padre con quien he aprendido idioma, y un compañero y condiscípulo mío con quien puedo pasar el rato casi todos los días.

De Floridablanca pasó a las parroquias de Candaba, San Luis, San Fernando y San Simón. En 1894 regresó a España y se dedicó a la enseñanza de las ciencias naturales en colegios de agustinos. Como carecía de título universitario, estudió el bachillerato en el instituto de Valladolid y la carrera de Ciencias Físico-Naturales en la Universidad de Salamanca, obteniendo la licenciatura en la Universidad Central de Madrid en 1902 y doctorándose en esta misma universidad en 1909 con la tesis: “Estudio psicológico y antropológico de la raza malayo-filipina desde el punto de vista de su lenguaje”. Impartió clases en la Universidad de Valladolid como auxiliar de cátedra. En 1914, por problemas de salud, abandonó la enseñanza y se trasladó a Madrid, donde se dedicará plenamente a la investigación.

Se especializó en el estudio de la zoología de invertebrados y la antropología, pero a partir de los años veinte se centró en el estudio de la historia de las ciencias de la naturaleza en España, reivindicando el papel que habían tenido los estudiosos en esta materia y las expediciones científicas españolas en América, Extremo Oriente y África, sobre todo en los siglos XVIII y XIX. Lamentablemente parte de las colecciones de estas expediciones se había perdido por abandono y los resultados, en la mayoría de los casos, nunca se habían publicado. Como escribió Ignacio Bolivar en 1928: “Podría decirse en verdad que ningún otro país gastó más ni contribuyó menos a la bibliografía científica. […] ¡Cuánta labor, cuánta inteligencia y cuánto dinero malgastados inútilmente!”. El mérito de Barreiro fue dar a conocer los trabajos de estos investigadores olvidados y relegados. Buscó la información, que estaba dispersa en archivos, museos o el Jardín Botánico, así como en las familias de los investigadores. Su gran obra en este ámbito fue la Historia de la Comisión Científica del Pacífico (1862 a 1865), editada por el Museo Nacional de Ciencias Naturales y la Junta para Ampliación de Estudios de Investigaciones Científicas en 1926, y la publicación en 1928 del diario de esta expedición escrito por Marcos Jiménez de la Espada.

Otra de sus grandes aportaciones fue la Historia del Museo Nacional de Ciencias Naturales, fundado en 1771, al que él llamaba “nuestra casa solariega”. El libro se publicó póstumamente en 1944, con un extenso prólogo de Eduardo Hernández Pacheco, y se reeditó aumentado en 1992, con una larga introducción de Emiliano Aguirre. Es una obra que todavía hoy sigue siendo imprescindible para conocer el devenir de esta institución hasta 1935, así como el desarrollo de las ciencias naturales en España, pues desde el siglo XVIII su estudio estuvo muy ligado a este museo.

Barreiro será uno de los pocos historiadores españoles en este campo. En 1932, el historiador de las ideas científicas Francisco Vera (1888-1967), “republicano, masón y teósofo”, en un artículo sobre “La enseñanza de la historia de las ciencias en España” destaca solo a cinco personas:

En este orden de ideas quiero destacar cinco nombres: José A. Sánchez Pérez, profesor del Instituto-Escuela de Madrid, y los catedráticos universitarios José M. Millás Vallicrosa y Francisco Cantera, de Madrid y Salamanca, respectivamente, en las ciencias exactas y físico-químicas, y el académico P. Agustín Barreiro y el profesor Francisco de las Barras en las naturales, quienes allegan meritísimos materiales para el conocimiento de la historia de la Ciencia española (Archeion, XIV, págs. 91-93)¹

Agustín J. Barreiro, 1923. Fotografía de ‘El Adelanto’, 24 de junio de 1923.

Además de dedicarse a la investigación, Barreiro realizó una ingente labor para difundir el olvidado trabajo de aquellos naturalistas españoles que él estudiaba. Dio muchas conferencias en ciudades españolas y asistió a numerosos congresos de Ciencias (Sevilla, Valladolid, Bilbao, Barcelona, Oporto, Coimbra, Lisboa, Salamanca). En una noticia sobre el Congreso de las Ciencias de Salamanca que publicó El Adelanto, el 24 de junio de 1923, se dice sobre Barreiro:

El padre Barreiro tiene su mejor cualidad en el ardor y entusiasmo por comunicar a todos su ciencia. Es un misionero de la ciencia, pues expone por ella su vida, sacrificando más de una vez su salud.

Su trabajo fue reconocido por la Real Academia de las Ciencias Exactas, Físicas y Naturales, que lo eligió como miembro de número en 1927. Su elección fue una noticia destacada en la prensa, pues era el primer religioso que entraba en esta academia fundada en 1847. Su discurso de ingreso trató sobre su amada Filipinas y el papel de los españoles en su conocimiento: “Características de la fauna y de la flora filipinas y labor española en el estudio de las mismas”.

Esa labor de divulgación y promoción de las ciencias también la hizo en otras sociedades científicas, a las que perteneció y en las que participaba activamente. Fue socio fundador de la Sociedad Española de Antropología, Prehistoria y Etnografía, creada en 1921, en la que fue elegido presidente en 1926; miembro de la Real Sociedad Geográfica Española y de la Sociedad Española de Historia Natural, y fundador y presidente de la Asociación de Historiadores de la Ciencia Española, fundada en 1934.

Fue una persona muy respetada. Los que lo conocieron dijeron de él que era modesto, asequible y de trato amable. Eduardo Hernández-Pacheco lo calificó como “hombre sabio y bueno” y el diario El Adelanto lo definió como de “carácter comunicativo y sencillo, afable y simpático en extremo, vive en relación y amistad con los más sabios de España, estimado y ponderado aun por lo que en religión tienen ideas opuestas” (24 de junio de 1923). En Región, de Oviedo, con motivo de su entrada en la Real Academia de Ciencias, escribieron lo siguiente:

En España, el mérito extraordinario del P. Barreiro está para los científicos muy por encima de cualquier otra consideración, cuando militan en campo opuesto al suyo. […] y han sido principalmente figuras de las izquierdas las que ahora le han llevado a la Academia, dispensándole un honor que se concede por primera vez a un sacerdote.

Mantuvo estrecha relación con Asturias y con Cangas del Narcea. Fue socio del “Tous pa Tous. Sociedad Canguesa de Amantes del País” desde su fundación en 1926 y hasta su disolución en 1932, y en el boletín de esta asociación, La Maniega (1926–1932), se informaba puntualmente de sus éxitos y publicaciones. Enviaba todos sus libros a la biblioteca del colegio de segunda enseñanza de Cangas del Narcea, al que también donó varias colecciones de ciencias naturales. Asimismo, ayudaba a los cangueses emigrados en Madrid, que no eran pocos. La Maniega da noticia de todo ello en 1927, con motivo de su nombramiento como académico:

Cuando el padre Barreiro se ve más asistido por el éxito en sus publicaciones jamás se olvida de que en la escuela de Cibuyo aprendió a leer, y de todas aquéllas manda ejemplares dedicados a nuestro Colegio de segunda enseñanza [de Cangas del Narcea]. El Tratado de Historia Natural, el de Higiene Humana, el estudio comparativo de la raza malayo-filipina, el del origen de la raza de las Islas Carolinas, el comparativo de las lenguas aborígenes, polinesias y americanas, la Historia de la Comisión científica al Pacífico, están, pues, al alcance de los cangueses. A nuestro Colegio ha donado algunas colecciones mineralógicas y raros ejemplares madrepóricos.

De la vida religiosa de nuestro eximio paisano sólo sabemos que ha ejercido en la Orden los más delicados cargos. Su gran virtud, su claro don de consejo, su abnegación asistiendo a los enfermos trascienden en los más dilatados contornos de [iglesia del] Beato Orozco en los barrios de Salamanca y Pardiñas, y son muchos los cangueses en Madrid que a él acuden cuando se ven agobiados por sus cuitas, sus problemas o su desamparo. Las penas de los cangueses, la cultura canguesa, el bienestar cangués le merecen atención preferente, y justo es, por eso, que el concejo conozca y dedique loores al hijo que tanto vale y tanto le ama. (La Maniega, núm. 9 , agosto de 1927, 10-11).

El padre Barreiro falleció en Madrid el 25 de marzo de 1937, durante la Guerra Civil, refugiado en la embajada de Chile. Tenía 72 años de edad.

Ahora, el 12 de julio de 2020, casi cien años después de publicarse aquellas palabras en La Maniega, un nuevo Tous pa Tous va a colocar una placa a su memoria en el pórtico de la iglesia parroquial de Cibuyu para que sus vecinos y los que se acerquen hasta allí conozcan y recuerden quién fue Agustín Jesús Barreiro Martínez, un hijo de Casa Barreiro de Cibuyu (Cangas del Narcea), naturalista, antropólogo y, sobre todo, historiador de las ciencias de la naturaleza.


¹ Citado por José M. Cobos Bueno, “La Asociación Española de Historiadores de la Ciencia: Francisco Vera Fernández de Córdoba”, Llull, 26 (2003), 57-81.


La calle Dos Amigos de Cangas del Narcea. Historia y vivencias

De pie, Cesar García Otero, Marta Muñiz y Maite Muñiz. Sentados, Alejo Rodriguez Peña, Jesús y Victorino Linde, y José Manuel Aller, en la calle Dos Amigos, h. 1970.

Varios antiguos vecinos de la calle Dos Amigos, de Cangas del Narcea, han reconstruido la historia de esta calle y recordado sus vivencias en ella. Todos han nacido en la calle, unos en los años cuarenta y los más jóvenes a finales de los sesenta del siglo XX. Juaco López escribe sobre los inicios de la calle en 1930, que fue promovida por los “amigos” Alfredo Ron y José Flórez; Manuel Flórez, nieto de uno de los promotores, relata la construcción de los edificios de la calle y los negocios que había en ella; Asun Rodríguez recuerda la edificación de su casa, la número 7, levantada por su abuelo el carpintero Lin de Peña, y María José López y Maite Muñiz, así como Francisco Redondo, recuerdan sus vivencias en aquella calle en la que transcurrió su infancia y primera juventud.

ENLACES:

  1. Historia de la calle Dos Amigos de Cangas del Narcea, por Juaco López Álvarez.
  2. Calle Dos Amigos de Cangas del Narcea. Edificios y establecimientos, por Manuel Flórez González.
  3. Recuerdos de la calle Dos Amigos. El número 7, por Asun Rodríguez Fernández.
  4. La calle Dos Amigos. Al Alimón, por Mª José López y Maite Muñiz.
  5. “La calle”, por Francisco Jesús Redondo Losada

Historia de la calle Dos Amigos de Cangas del Narcea

Izda.: Casa de Trapiello desde la calle de La Fuente, 1930. Fotografía de José Luis Ferreiro. Dcha.: Calle Dos Amigos vista desde la calle de La Fuente en la actualidad.

Los inicios de la calle

La historia de esta calle comienza en el mes de marzo de 1930 con el derribo de una casona del siglo XVI. Situada en la calle de la Iglesia (hoy, calle Rafael Fernández Uría), en aquel tiempo era conocida como la casa de Trapiello por el apellido de sus últimos propietarios. Gracias a Roberto López-Campillo sabemos que fue construida por Fernando Osorio de Valdés, señor de Salas y sobrino-nieto del famoso arzobispo de Sevilla Fernando de Valdés y Salas, y levantada por el cantero Pedro Pérez de la Agüera, vecino de Güemes, en Trasmiera (Cantabria), que contrató la obra en 1582. En su fachada figuraba un gran escudo que hoy se conserva en el portal de la casa de Ferreiro, en el n.º 1 de la plaza del notario Rafael Rodríguez.

El derribo de esta casa va a  suponer un cambio muy significativo en la villa, tanto para la trama urbana como desde el punto de vista social. Mario Gómez describe estos cambios en la revista La Maniega (n.º 25, marzo-abril de 1930):

              Ya han empezado los derribos de lo que veníamos llamando casa de Trapiello. […] Está desapareciendo el que fue palacio de los condes de Miranda, el que más tarde legó D. José Fernández Flórez a su doméstica Pachina, y que pasó luego a manos de los Trapiello. Con el recio arco de sillería, con el típico patio de espacios corredores, se va de Cangas algo muy característico de sus tiempos señoriales; se va la pátina que dejaron unos siglos del mayor poderío cangués. Las piedras heráldicas, orgullo y blasón de unas generaciones, dejan sitio para airosos balcones y alegres miradores; de aquellas carcomas, y de aquellos sentires estrechos y tradicionalistas, surge una nueva vida, más rica, más activa, más sociable y más culta e igualitaria y de miras amplias y mundiales.

Izda.: Casa de Trapiello derribada en 1930. Dcha.: Entrada a la calle Dos Amigos con la casa levantada por Luis González “Silvela” en 1950. Fotografía de Alarde, hacia 1960.

Los promotores del derribo fueron dos vecinos de Cangas del Narcea: Alfredo Ron González y José Flórez García “Pachón”, que tenían el proyecto de abrir una nueva calle en el solar de la casa y en su huerta, parcelar el terreno y venderlo para la construcción de viviendas. Desde el siglo XVI esta casa tenía en su trasera una gran huerta con una puerta que daba acceso a La Vega.

La apertura de esta calle va a permitir que la calle de la Iglesia se comunique con La Vega y el barrio de El Caleal. Se traza en línea recta,  paralela a la calle Mayor, y al final, ante la imposibilidad de seguir de frente, la calle da un quiebro de noventa grados para bajar a La Vega por una pronunciada cuesta.

Travesía Dos Amigos o cuesta de Las Güertonas

La calle se bautiza con el nombre de “Dos Amigos” y en la placa figuraran los nombres de los dos promotores que la abrieron. Por su parte, la cuesta se llamará “Travesía de Dos Amigos”, aunque durante muchos años se conocerá como cuesta del Aldeano o cuesta de La Güertona.

Los “dos amigos” eran personas muy conocidas en Cangas del Narcea. Alfredo Ron era hijo de Estanislao Ron Bailira, natural de Pesoz, y de Saturnina González Pardo, de Villar de Vildas. En 1930 tenía 63 años de edad, estaba soltero y vivía en la calle de La Fuente en compañía de dos hermanas y un sobrino, en una casa construida por él y cuya fachada da a la calle de la Iglesia. Su profesión, según el padrón de ese año, es “propietario”. Pero era mucho más. En 1915, el periódico Narcea lo define como “recaudador de contribuciones, propietario, cosechero de vino, fabricante, prestamista”. Y en efecto, fue el recaudador de las contribuciones de la Zona de Cangas del Narcea (Degaña, Ibias, Leitariegos y Cangas) desde 1894 a los años cuarenta. Poseía viñas en Oubanca. También explotó madera de roble en el curso alto del río Ibias y construyó una serrería con un salto de agua y una turbina de 68 caballos en La Viliella, y en 1942 estaba extrayendo antracita en mina “Rufina”, en San Martín de Eiros, para lo que solicita instalar un cable aéreo con el fin de transportar el carbón desde la explotación a la carretera de Ventanueva-Puente de Corbón; autorización que se le concede en diciembre de aquel mismo año. Es decir, Alfredo Ron fue un inversor en todo lo que daba dinero en Cangas y una de sus inversiones va ser esta nueva urbanización en el centro de la villa.

Placas calle Dos Amigos

Su socio y amigo, José Flórez García, de casa Pachón de Ambasaguas, tenía 47 años en 1930 y vivía en el barrio de El Corral. Era propietario de una sierra de madera y de un importante taller de carpintería en El Reguerón; también construía edificios por encargo. Estaba casado con Amalia Manso Alonso y tenían once hijos. Los mayores, Julio y Joselín, ya trabajan en la carpintería y poco después les seguirán Manuel y Ramón. Fabricaban muebles de calidad (dormitorios completos, armarios, mesas, sillas) y toda clase de carpinterías para casas, empleando maderas del país, sobre todo castaño.

Cangas del Narcea en 1915; en rojo el trazado de la calle Dos Amigos abierta en 1930 con el derribo de la casa de Trapiello. Fotografía de Benjamín R. Membiela.

Esta operación urbanística de la calle Dos Amigos coincidió en el tiempo con otra de gran importancia, también en el centro de la villa. Fue el derribo del convento de dominicas, situado en la calle Mayor, y que supondrá la apertura de la calle Maestro Don Ibo y la puesta en el mercado de muchas parcelas para construir.

El ambiente y las expectativas de negocio que existían en Cangas del Narcea en aquel tiempo para este negocio los conocemos a través de un diario de la vida local que escribió en 1930 el médico Manuel Gómez Gómez. Así lo cuenta:

[31 de marzo de 1930]

Hoy empezó el derribo de la casa de Trapiello que, según se dice, compraron en sociedad D. Alfredo Ron y Pachoncín. No sé sabe que piensan hacer, pero en la villa el comienzo de las obras fue muy bien recibido porque, bajo el punto de vista artístico y aun histórico, se pierde un caserón muy antiguo con un gran escudo de la Casa de Alba, pero resultan unos cuantos solares que están haciendo mucha falta y es como una promesa de muchos jornales, cosa importante, porque este invierno escasearon mucho. Además, era [una casa] muy antihigiénica, porque el patio, muy destartalado, estaba siempre sumamente sucio y con estiércol y aguas estancadas.

La creencia general es que para Alfredo Ron y Pachoncín será un mal negocio, porque desde el momento en que se resolvió el derribo del convento de las monjas los que piensan comprar solar, y acaso comprasen de los de la casa de Trapiello, esperaran porque los del convento son mucho más céntricos.

Cuando hace un año se empezaron por Alfredo las negociaciones para la compra de dicha casa surgió un incidente que hizo creer en un ruidoso pleito. Parece ser que un antepasado de María Argüelles había dejado en herencia dicha casa a un antepasado de los Trapiello, pero con la condición de que si alguna vez se dividía volvería la propiedad a su familia. Se dividió entre los Trapiello de Tineo y los de Cangas, y fundados en eso sostenían algunos que tenía María Argüelles probabilidad de ganar el asunto. Las monjas consultaron fuera el asunto, porque como es monja María Luisa Trapiello a ellas pertenece la parte correspondiente a los Trapiello de Cangas. Es de suponer que los de Tineo también habrán consultado y, según se dijo como cosa cierta, en virtud de esas consultas la propiedad es de los Trapiello. Lo cierto es que la gente cesó de hablar de este asunto y cuando ahora se dijo que había hecho la compra Alfredo Ron, en sociedad con Pachoncín, apenas se mencionó el asunto de María Argüelles.

[28 de noviembre de 1930]

La calle que Alfredo Ron y Pachón están construyendo de la Plaza al sitio de la Vega llamado El Caleal ya une los dos puntos, y en cuanto a explanación solo falta ensancharla. Por ahora, no puede utilizarse porque es un barrizal intransitable.

Esta calle la hacen para transformar en solares la huerta de Trapiello que compraron con la casa. Hasta ahora no se sabe que hayan vendido ni un palmo de terreno, ni siquiera que haya nadie tratado de comprar nada, pues si bien dicen que los de Alfonso preguntaron por el precio de la huerta lindante de su casa, desistieron de comprar en vista de lo caro.

Se dijo que don Marcelino Peláez había preguntado el precio de la casa de la Caruja, que es donde las dominicas tienen el colegio, pero que no se habían puesto de acuerdo. También se habló de otros compradores de solares en lo que hoy es convento, pero públicamente no se sabe nada de fijo. La gran abundancia de solares, por estar a un tiempo en venta todos los de la casa y huerta de Trapiello y todos los del convento, hace que se retraigan los compradores, que no pueden ser muchos porque aquí no hay americanos ricos; los ricos de Cibea y San Juliano no tienen afición a la villa y los comerciantes –únicos que necesitan locales en el centro y que tienen algún dinero- no tienen bastante para inmovilizar veintitantos mil duros que se calculan necesarios para una casa que esté en consonancia con los cuatro a seis mil duros que costaría el solar.

Una prueba de que en Cangas no hay capitales que permitan adquirir casas de ese precio, es que la casa llamada de la Fonda en La Refierta estuvo en venta bastante tiempo y al fin se vendió en 17 ó 18 mil duros porque la compró Calamina, de Vega de Rengos, para alquilarla, y la posesión de La Cortina, que es lo mejor que hay aquí para pasar el verano, estuvo también en venta mucho tiempo y al fin la compró un indiano de Allande en otros 17 á 18 mil duros.

Es verdad que la viuda de don Joaquín Rodríguez (de Nardo) vendió en la carretera [calle Uría] una casa sumamente antihigiénica en 20 mil pesetas a un aldeano que vive en Madrid, pero eso demuestra que aquí y de aquí hay muchos capitalistas, muchas personas, que de camareros, serenos, etc. hicieron una pequeña fortuna que les permite retirarse a su pueblo o, mejor dicho, a la capital de su ayuntamiento, pero no hay más que eso. Los pocos que tienen más de 20 mil duros o tienen casa o necesitan el dinero para su comercio. Algunos pocos tienen más de ese capital en fincas de aldea.

Calle Dos Amigos en 1970

Las previsiones de Manuel Gómez no iban descaminadas y, además, la guerra civil no favoreció mucho las cosas. Hasta los años cuarenta no se levantaron los primeros edificios en la calle Dos Amigos y algunos solares tardaron más de cincuenta años en ser edificados, como sucedió con el solar del n.º 1, depósito de carbones de Alfredo Ron hasta su venta a mediados de los años cincuenta al panadero Francisco Álvarez del Otero “El Astorgano”, o con los solares del fondo de la calle, un espacio conocido como La Güertona, que no se construirán hasta los años noventa.

La ocupación de los solares comenzó a mediados de los años cuarenta y fue intensa en los años cincuenta. La mayor parte son casas de cuatro pisos con grandes ventanas a la calle, carpinterías de castaño y cocinas de carbón; todas ellas carentes de calefacción central y ascensores. La población y la minería comenzaban a crecer y con ellas la necesidad de viviendas. Además, una nueva generación de profesionales y técnicos demandaba un tipo de viviendas que en Cangas en aquel tiempo no abundaba. En los años cincuenta fue una calle de alquileres caros. A fines de 1951, el médico Rafael Fernández Uría ocupó el primer piso de la casa del n.º 2, pagando una renta de 700 pesetas al mes; el alquiler de vivienda más elevado en Cangas en aquel tiempo.

Portales números 4 y 8 de la calle Dos Amigos.

Los dos promotores, según nos cuenta Manuel Flórez González, nieto de José Flórez García, dividieron la calle en dos partes: la margen izquierda para Alfredo Ron y la derecha para José Flórez. El primero vendió los solares, pero el segundo, construyó él mismo casi toda la margen derecha, desde el n.º 4 al 10. En este último levantó su propia casa, un chalé unifamiliar. El edificio del n.º 2 fue construido por Luis González Perdiz “Silvela” en 1950. Del n.º 10 en adelante, no se construyeron más edificios en la calle, porque esos terrenos no eran propiedad de la casa de Trapiello, sino huertas traseras que pertenecían a tres casas de la calle Mayor. La relación de todas las casas de la calle Dos Amigos y de los establecimientos comerciales que había en sus bajos, nos ha sido proporcionada por Manuel Flórez González, y a ella les remitimos.

 

Los años sesenta

Chalet de José Flórez, construido en 1944

Entre los años cincuenta y mediados de los setenta del pasado siglo fue una calle muy poblada y con mucha actividad. En ella nacimos muchos. En la calle y aledaños pasamos gran parte de nuestra infancia. Jugábamos en la misma calle, en el solar de La Astorgana y en La Güertona, se hacían “campamentos”, tómbolas con tebeos y juguetes viejos, se jugaba a las chapas en las aceras; al gua en La Güertona, que estaba de tierra; a la comba, la goma, el cascayu, el fútbol e incluso al tenis, a “cuchi, teje, ojo” y hasta se hacía teatro en los portales o unos modestos juegos olímpicos cuyos premios eran unos caramelos que daba Lucia Pachón. No circulaban coches. Los únicos vehículos aparcados en la calle eran el Land Rover de Correos y la Vespa del cartero. Por el día había mucho movimiento de gente, sobre todo, a la oficina de Correos (que durante mucho tiempo identificó a esta calle, conocida por la mayoría como “la calle Correos”), al Bar Royalty, regentado por Manolo (natural de Llano) y Fuencisla, y a la Sastrería Linde, de Victorino Linde y Delia Menéndez, a la que acudían numerosos clientes, viajantes de pañería y también vecinos de los pueblos de El Puelo y Villavaser (Allande), de donde ellos eran originarios, que usaban la sastrería como punto de encuentro; en este local, situado en el centro de la calle, con un gran ventanal, caliente en invierno y con olor a eucalipto, se hacían tertulias y a su alrededor giraba gran parte de la vida de la calle gracias al buen carácter de sus propietarios. Por la noche, en especial los fines de semana, los clientes del Club eran los que animaban la vía.

A principios de los años setenta, en el bajo de la casa de Silvela, en el n.º 2 de la calle, se instaló una sala de juegos con billares, futbolines, máquina de discos y máquinas recreativas; esta sala remplazó a la tienda de ultramarinos y panadería de esta familia, y en ella pasamos bastantes horas los jóvenes de aquel tiempo, que íbamos poco a poco abandonando el juego en la calle.

Portales números 3 y 7 de la calle Dos Amigos

Era una calle en la que vivían profesionales (médicos, dentistas, abogados, fotógrafos), comerciantes (Muñiz), carniceras (Concha), sastres, técnicos de minas, camioneros (Domingo, Redondo, Queipo, Vallinas) y, sobre todo, carpinteros, como cuentan en sus relatos Francisco Redondo, Manuel Flórez y Asun Rodríguez. El ramo de la madera era el predominante. Por una parte, estaban la mueblería de los hermanos Flórez Manso, regentada por Lucía, en el n.º 6; la Carpintería de Lin en el n.º 7 con varios obreros y maquinaria moderna que se oía desde el exterior, y el taller de Celesto en el n.º 9, en el que solo trabajaba él y que menudo sacaba a la calle para su venta vacías de la matanza, bancas y banquetas, que eran su principal producción. Por otra parte, en la calle residían todos los dueños de esos negocios y otros carpinteros, como los Araniego, que eran dueños del edificio del n. 3, varios hermanos Flórez Manso (los Pachón) y Pepe Gancedo, que trabajaba en la sierra y carpintería de Cuervo en el barrio de Santa Catalina.

De pie, Cesar García Otero, Marta Muñiz y Maite Muñiz. Sentados, Alejo Rodriguez Peña, Jesús y Victorino Linde, y Manuel Aller, en la calle Dos Amigos, h. 1970.

Pero en aquel tiempo, entre los años sesenta y primeros de los setenta, los niños no éramos conscientes de esas cosas y para nosotros la calle solo era un espacio familiar y un lugar de juego en el que pasábamos muchas horas con otros vecinos de nuestra misma edad.  El grupo al que yo pertenecía estaba  formado por los nacidos entre 1958 y 1963, muchos habíamos nacido en la misma calle: César García Otero, María José y Rafael Ron Fernández, Alejo Rodríguez Peña, María y Manuel Aller Fernández-Baldor, Jesús y Victorino Linde Menéndez, María Victoria y Gilberto Guerrero, Mario Queipo Rodríguez, Luis Roberto y Ana Domínguez González, Charo y Elisa Espina Fernández y mi hermano Pedro López Álvarez. Lógicamente, en la calle vivían otros jóvenes más mayores y otros más pequeños, pero esos pertenecían a otros grupos.

 

El presente

Pisos con grandes ventanas en calle Dos Amigos.

Hoy, la calle Dos Amigos, noventa años después de abrirse, es una sombra de lo que fue. La mayor parte de sus viviendas están vacías, aquellos piso tan deseados en los años cincuenta y sesenta, están desocupados y muchos en venta. La mayor parte de los bajos están también vacíos y los talleres de carpintería cerrados. En el Club hace tiempo que no se pone música.  Su historia y su presente son un buen testigo del devenir de la villa de Cangas del Narcea desde 1930 a la actualidad.

Calle Dos Amigos, de Cangas del Narcea. Edificios y establecimientos

Placa de la calle Dos Amigos

La calle Dos Amigos se abre en el año 1930, mediante  la adquisición del palacio de Trapiello por parte de don Alfredo de  Ron y don José Flórez García (Pachón). Estos dos señores derriban el edificio existente y se reparten la calle: la margen derecha para José Flórez y la izquierda para Alfredo de Ron.

Una vez hecho el reparto comienzan las edificaciones. José Flórez García construyó la primera casa hacia el año 1940. Es el edificio del n.º 4, con bajo y  cinco alturas (cuatro pisos y una buhardilla); en el cuarto piso instala su domicilio el mismo constructor y en el bajo se establece la oficina de Correos de Cangas del Narcea. A continuación,  entre 1943 y 1944, edifica  su casa, un chalet de dos plantas, en el n.º 10. Hacia el año 1952, él mismo comienza las obras del n.º 6 y, antes de finalizar éstas, las del n.º 8; los dos edificios son iguales y tienen bajo,  cuatro plantas y buhardilla. Por otra parte, en 1950 se levanta el edificio del n.º 2.

Chalet de José Flórez, en el n.º 10 de la calle, construido en 1944.

Siguiendo en la margen derecha de la calle, después del n.º 10, no hay edificaciones, existen dos huertas y, al final, hay un edificio en cuyo bajo está la Sidrería Narcea, abierta hace unos veinte años. Pero si nos remontamos a los años cincuenta del pasado siglo, lo que había al final de la calle eran dos barracones de madera: el derecho,  junto con una huerta, era propiedad de José Flórez García y en él se guardaba el camión de su taller de carpintería,  y el izquierdo, propiedad de Vicentón Alfonso,  era una carbonería que regentaba Pelayo, que hacía el reparto con maniegos al hombro.

Margen izquierdo de la calle Dos Amigos.

En cuanto a la margen izquierda de la calle, el n.º 1, hasta 1980, fue el solar de La Astorgana (la de la panadería), espacio muy conocido y apreciado por todos los niños que vivimos en la calle y, también, por los de la Plaza de la Iglesia. En el n.º 3 Marcelo el Araniego construyó, hacia 1955, un edificio de cinco alturas. Seguido a este, en el n.º 5, había un garaje mecánico propiedad de la familia Silvino, que lo tenía alquilado a el Catalán, que duró poco tiempo; alrededor de 1957, los propietarios lo derribaron e hicieron el  Club, sala de fiestas y cafetería (que aún existe hoy día). En el n.º 7, a finales de los años cuarenta, se edificó la casa de Lin con carpintería en el bajo y dos pisos para vivienda. Por último, en el  n.º 9 está la casa de Celesto (Celestino), natural de Villarino de Limés, de bajo y dos alturas, construida alrededor de 1955.

Lo que hoy es Travesía de la Calle Dos Amigos, que termina en la Vega, se llamaba entonces la Cuesta del Aldeano,  y en ella había solo tres casas a la izquierda: la continuación de la casa del n.º 9;  la casa de Pepe Gancedo y Pilar, de planta baja y dos pisos, y la casa levantada por el constructor Emilio Espina.

Antes de urbanizar la calle, con aceras y asfalto, era de tierra; en los años cincuenta solamente había una acera que hizo José Flórez García, desde el n.º 4 al 6, donde jugábamos los niños a las chapas y al cascayo.

En aquellos años cincuenta había muchos niños viviendo en la calle, también en los sesenta, pero ya menos. Jugábamos principalmente en el solar de La Astorgana, donde desarrollamos nuestra imaginación, haciendo carreteras, transportando “carbón” de las minas Matiella y Perfectas a Soto del Barco,  hacíamos túneles en los montones de arena que algunas veces depositaban para obras en la zona, etc. El recuerdo es muy grato, no se puede olvidar, pues nuestras mentes siempre estaban inventando algo a que jugar: las bolas, pídola, “cuchi, teje, ojo”, etc.

En Cangas hubo una gran tradición en el trabajo de la madera, había muchos carpinteros y la calle Dos Amigos fue un lugar central de este oficio. En ella vivían José Flórez García y sus hijos, que tenían su taller de carpintería en El Reguerón; Marcelo el Araniego, que lo tenía a la salida de Cangas; Lin en la misma calle; Celesto, que hacía en su casa pequeños trabajos, y Julio Gancedo, que trabajaba en la carpintería de Cuervo, en Santa Catalina.

Fue una calle donde vivió gente de muchas profesiones: jueces, notarios, registradores, abogados, médicos, dentistas, veterinarios, comerciantes, carpinteros, ebanistas, profesionales de la minería, transportistas, etc..

En los años 50 y 60 del siglo pasado, principalmente, la calle Dos Amigos tenía mucha vida. Todos los edificios estaban ocupados y en casi todos, por no decir en todos, había niños.

Margen derecho de la calle, donde casi todas las casas fueron construidas por José Flórez.

Hubo distintas actividades comerciales que, como digo, daban mucho ambiente a la calle. En la margen derecha estaban los establecimientos siguientes: en el n.º 2, la panadería de Silvela, hoy tienda de ropa de Lucía;  en el n.º 4, la Oficina de Correos, siendo su administrador Pepe, natural de Corias, cuyo local está hoy vacío;  en el n.º 6 estaba la mueblería del Taller de carpintería Flórez (los hijos de José Flórez García: José, Manolín y Ramón), hoy en día es una floristería; en el bajo del n.º 8, la Sastrería Linde, que permaneció abierta hasta hace unos ocho años y hoy día está cerrada, y a continuación, en el bajo del n.º 10, estaba el dentista Mario Rodríguez, que durante muchos años tuvo allí su consulta y al dejar la actividad quedó el local cerrado. Al fondo de la calle, a la izquierda, estaba la mencionada carbonería de Pelayo, que estuvo abierta hasta que derribaron el barracón, y a la derecha, en la actualidad, está la Sidrería Narcea regentada por Javi y su mujer.

Pasamos a la margen izquierda. Lo primero, el solar de La Astorgana, en el n.º 1, centro neurálgico para los niños hasta que se cerró con un muro infranqueable; desde los años ochenta hay un edificio, de Valentín, con un comercio de ropa en el bajo. En el n.º 3, el Bar Restaurante Royalti, también pensión, regentado por Jerónimo, que funcionó durante muchos años y era un establecimiento muy concurrido, a él acudían numerosos clientes de la villa  y los viajantes de comercio que venían a vender a Cangas; hoy día está cerrado. En el n.º 5, como ya comenté, estaba la Sala de Fiestas Club, que  hoy  está cerrada, y en el n.º 7 la carpintería Lin, regentada por Manolín y su hijo y dos o tres empleados, que hoy también está cerrada.

Recuerdos de la calle Dos Amigos. El número 7

El número 7 de la calle Dos Amigos.

Como dice Sabina, “vivo en el número 7”, no de la calle Melancolía, sino de la calle Dos Amigos, en Cangas del Narcea, en la casa en la que nací y que siempre perteneció a mi familia. Corría el año 1949 cuando mis abuelos, Lin de Peña, de la familia Peña de Santa Catalina, y Asunción, hija del cartero y tratante de Limés, Emilio “Fortugo”, un hombre emprendedor y muy trabajador, compraron este solar. En aquel entonces había varios solares libres en la calle, solo estaban construidas las casas de Pachón, la del Araniego y la de Correos, y el edificio que más tarde fue El Club, donde tenía el horno la panadería de Silvino y posteriormente fue el garaje del Catalán. Sin embargo, mi abuelo lo quería para montar un taller de carpintería y le pareció mejor este del número 7. Trabajaba en el taller de Cuervo y ganaba tres pesetas a la semana, por eso, cuando Alfredo Ron le pidió diez mil pesetas por él, le pareció mucho; tiempo después le pidió quince y tampoco se decidió, pero él quería el solar y volvió a intentarlo de nuevo, entonces le pidió veinticinco mil pesetas y Lin dijo: ”Pues de aquí no pasa”.  Construyó un tendejón en el que montó su taller al tiempo que construía parte de lo que ahora es la casa, junto con su hijo, mi padre, que por aquel entonces tenía catorce años, y sus cuatro obreros: Pisco, Tano el carpintero, Sindo el del Cascarín y Robustiano el de Pancilla. Tardaron casi dos años en levantar el edificio que da a la calle Dos Amigos: una planta baja con sótano, el primer piso y un desván. El bajo funcionó como taller de carpintería desde 1950 hasta 1997, año en el que se jubiló mi padre, quien había heredado  del suyo tanto el oficio como el negocio

Construcción de la casa. De izquierda a derecha, arriba: Antón de Moína, Rancaño, Lin de Peña, Pepe el de Joselón, Francisco el mampostero, el hermano de Sindo el del Cascarín y Antón el de Pancilla. Abajo, Sindo el del Cascarín, Manuel, mi padre (Lin de Peña), Pisco y Robustiano el de Magadán.

Tiempo más tarde, mis abuelos decidieron  construir dos viviendas que dan a la calle Tres Peces y a la terraza del edificio. En una de ellas, recién terminada, pues en aquella época había pocas viviendas de alquiler en Cangas, se instalaron en 1964 Celestino Queipo y su mujer, Nieves, con su hijo Pepín, que tenía dos años.  Un año después vinieron a vivir a la otra, Mario Queipo, el Perchas, y su mujer Carmina, con su hijo mayor, Mario. En 1966 se casaron mis padres y rehabilitaron la segunda planta de la casa que da a la calle Dos Amigos, donde nací y pasé una infancia muy feliz, rodeada de niños, todos varones: Javier y Jorge Queipa, y José Ramón, hijo del Perchas, siendo la consentida del edificio por ser niña.

La calle fue el otro  gran paraíso de mi infancia, una calle repleta de niños con los que jugar, además de mis vecinos de casa, recuerdo con enorme cariño a los hermanos Redondo, a Paz la del otorrino, Grisel la del Araniego y su hermano Domingo, Fuencisla y Ana las del Royalti, Adela la de Pozo, Alejandro el de La Astorgana… Pero esta parte de la historia ya la ha contado de manera brillante mi amigo Francisco Redondo, con el que comparto infancia y recuerdos.


Asun Rodríguez Fernández, hija y nieta de Lin de Peña


La calle Dos Amigos. Al alimón.

Mi hermano Joaquín, para recordar la vida en la calle donde nacimos, quiere una visión femenina, pero mis recuerdos me llevan a la vida dentro de la casa. Otros hablarán de los comercios que rodeaban nuestra vivienda: Lucía y su mueblería, donde mi hermano Pedro pasaba mucho tiempo; Delia y Victorino en la sastrería, siempre trabajando y siempre con una palabra amable para todos; la oficina de Correos; la sala de juegos de la esquina; la consulta del dentista Mario Rodríguez; el bar Royalty; el Club; la carpintería de Lin… todos estos sitios formaban parte de nuestro mundo, aunque Cangas para nosotros tenía pocos límites y los juegos nos llevaban a recorrer el pueblo al grito de “tres marinos a la mar” o a la Plaza, donde jugábamos al cascayo o a la comba.

Vivir en la casa donde se nace era normal en aquella época, a mí me hacia ilusión. Viví en esa casa y en esa calle hasta que termine COU en 1973.  Bajar a la calle a jugar era suficiente explicación para cualquier momento del día. ¡Qué felicidad!

El n.º 8 de la calle Dos Amigos

Una escalera de sesenta peldaños llevaba desde el portal oscuro, el n.º 8 de la calle, a mi casa, en el tercer piso. En el primero vivía una planchadora con su familia, a los que se les veía poco. En el segundo piso vivía la familia de Maite Muñiz, mi amiga hasta hoy, de la que no recuerdo cuándo nos conocimos. Los pisos superiores eran terreno poco explorado, los hijos del cuarto piso, Manolín y Marisa, eran mayores que nosotros y eso a esas edades suponía una limitación.

Cuantas veces salimos y entramos de aquel portal, idéntico al de al lado, el n.º 6, con el que nos comunicábamos por el patio interior.

Generalmente, la vida en la calle era con las amigas, no salíamos con los mayores. Nuestra calle era nueva, a diferencia de otras del pueblo, y ahí vivíamos familias con niños y niñas de mi misma edad, así que las fotos que conservamos de aquella época son celebraciones de cumpleaños en otras casas o las fiestas de disfraces en el Club.

Disfraces en el Club, hacia 1966

Hay que reconocer que era una calle fría, poco soleada. Por la noche se oía el río y cuando abría el Club, la música. Por la mañana nos despertaba el gallo del gallinero que había en las huertas que quedaban entre nuestra casa y las casas de la calle Mayor.

Con las amigas de la calle íbamos mucho a jugar a la Plaza de la iglesia. Recuerdo una época en la que organizamos un teatro con niños más pequeños en un portal al final de la calle. Es el portal del n.º 9, que hace esquina y que tiene un rellano amplio que hacía de escenario.

En aquella época, los niños, si teníamos la suerte de tener hermanos, como era mi caso, jugábamos también mucho dentro de casa. Los sábados por la mañana jugábamos a la guerra con los soldados o al oeste americano, y yo intentaba jugar a las familias que se quedaban en el fuerte. En el pasillo, una baldosa rota servía para jugar al guá.

Para terminar, una anécdota de nuestra escalera, ahora muy de actualidad. Durante unos días un murciélago se colocó en el techo delante de la puerta del segundo piso, para mi era horrible subir y bajar por la escalera con aquella cosa negra colgada; me daba la impresión de que a los demás no les molestaba mucho, y se fue como vino.

En la calle el tiempo no contaba.

La calle estaba llena de vida.

En la calle había sitio para todos.

‘La Calle’

El número 9 de la calle Dos Amigos

Nací el 30 de marzo de 1968 en el número nueve de la calle Dos Amigos de Cangas del Narcea. La casa la habían levantado a finales de los años cincuenta Celesto y María, originarios del concejo de Cangas. Los dos habían marchado para Madrid, él era carpintero, ella había enviudado y tenía un niño, también llamado Celestino, que todos los cangueses conocerán con el tiempo como “Tino el fotógrafo”. Cuando regresaron construyeron esta casa de vecinos, de planta baja, piso y buhardilla, en total cinco viviendas. Es un edificio grande que hace esquina, ocupando el final de la calle y el principio de “la cuesta” o “cuesta del Aldeano” que baja a La Vega; toda su trasera da a la calle Tres Peces.

Soy la única persona que nació en ese edificio; mi hermano Juan, mayor que yo, nació en Oviedo y llegó a Cangas siete días después. Desde el día de mi nacimiento, la casa dejó su huella en mí. De madrugada, a la vez que mi madre rompía aguas, la casa también lo hizo: reventó la tubería del agua caliente inundando el piso. Según me contaron, mi padre salió a buscar a Cundo “el fontanero” y mi tía a Marisol “la comadrona”, amiga de juventud de mi madre por tierras de Laciana; pero ésta había salido esa noche a atender otro parto en un pueblo del concejo y al final fue “Cabezas el practicante” el que me “cogió”. Antes de que nadie llegara, mi madre y yo, hicimos el trabajo solos, ella me tuvo y yo nací. Según contaba fui como un “pedín” y salí sin darse cuenta.

Cuando yo era un crío, las cinco viviendas de la casa estaban habitadas. En la planta baja vivían mis apreciados Ana Amor y Marcos Verano (el bisabuelo de la saga); para mí Ana fue también un poco abuela. En el primero derecha vivían los propietarios de la casa: María (todo un carácter) y Celesto, y a la izquierda, la familia Redondo: mis padres Manolito y Mercedes, mi querido hermano Juan y yo. Los pisos de encima eran abuhardillados. En el segundo izquierda vivían Carmina y Eduardo Villamil, y cuando éstos se fueron llegaron Adela Jacón, su marido Luis Pozo y su nieta Adela; la abuela fue la última persona que vivió de continuo en el edificio. En la buhardilla de la derecha, Pili y Tino el fotógrafo, que tenían en la misma planta un salón que utilizaban como estudio de fotografía, que antes había utilizado otro fotógrafo, Enrique, casado con Carmina la peluquera. En ese mismo piso habitó la familia Baragaño (su hijo José vivió en él desde sus primeros días de vida, pero había nacido en Mieres), y también vivieron en el edificio Los Vascos, cuyo padre era camionero, y Pin Moreno el taxista; todos ellos antes de llegar mi familia.

Nuestra vivienda tenía tres habitaciones, salón, una buena cocina con despensa y baño. Durante muchos años una de las habitaciones se utilizaba de salita y desde su ventana fui descubriendo el mundo. La ventana daba a “la cuesta”, a “el prao” o “la huertona” y a “la huerta”. Tengo todavía muy presente el recuerdo de estar apoyado en el cristal de la ventana, viendo pasar los días, las estaciones, los vecinos, el mercado de ganado de todos los sábados, cuando “el prao” se llenaba de vacas y caballos, aquellas “nevadonas” que cubrían nuestro “territorio” de un manto blanco listo para jugar…

En el bajo de la casa estaba el taller de carpintería de Celesto, que era un carpintero “estacional” y vivía básicamente de hacer vacías para la matanza y banquetas de madera; no tenía herramienta moderna y trabajaba con maestría el saber antiguo, empleando sierras, serruchos, viejos sargentos de todos los tamaños, cepillos de varias clases, berbiquís… ¡qué bien entendía la madera!

Esquina del número 9 de la calle Dos Amigos.

La casa tiene varios bajos, que en aquel tiempo se empleaban para varias cosas. A la calle Dos Amigos da un bajo con tres portones, que se utilizaba como cochera y que también servía, en la temporada de matanza, como exposición y venta de las vacías que hacía Celesto. En la cuesta hay otro portón que daba acceso a una especie de bodega (para mí siempre fue un misterio) y que años después se utilizó como almacén de fruta. Y, por último, en la parte trasera del edificio, con fachada a la calle Tres Peces, hay un pequeño patio donde estaba la carpintería y encima de ésta una terraza donde se apilaban los tablones de madera.

En el portal, debajo de las escaleras, hay una carbonera, con un pasillo que se empleaba para aparcar las bicicletas, y la puerta de la vivienda de Ana Amor. La puerta de entrada es grande y esta insertada en esa fachada esquinera tan singular, que tiene un poyete de piedra donde pasábamos en aquellos años horas y horas sentados. Y de ahí, al paraíso, a “la calle”.

Cuando era muy pequeño la calle estaba llena de chicos grandes, algunos ya hombrecitos, recuerdo a: Juaco y Pedro los de Pepita, Jesús y Víctor Linde, Alejo el de Mario el dentista, Mario Perchas, María y Kiko los del otorrino, Celso el de Angelines, Luis Robustiano y su hermana Ana, Gilberto y María Victoria los de Esperanza, Pepín Queipo, los Morodo (que vivían en La Vega)…

Después ya llegaron los míos. Crecí rodeado de muchos niños, que eran “los amigos”: Paz la del otorrino, Cova (la nena) y mi apreciado Cundín los de Teresa y Cundo, Alejandro el de Pepita, José Ramón “Perchas”, Inma la de Silvela, Dolores la de Loli, Grisel y Domingo los de Esperanza, Adela Jacón, Asún la de Lin, Javi el de Espina, Javi y Jorge Queipo, Raulín y Guillermo los de la discoteca, Pablo y Eugenia los de Pepita, mi quinto y querido Dioni y su hermano Evaristo Morodo. Muchos otros fueron llegando: los Solana, Fuencisla y Ana del Royalty, Patri y Ángel del Molinón, Los Gemelos, los hermanos Dupont… Y otros que iban y venían, Amaya y las gemelas de los Araniegos, Santiago de los de Pachón, Humberto Ron, las nietas de Pila y Pepe Gancedo…

En aquel paraíso que se extendía desde El Caleal, pasando por La huerta con su pozo, El prao, La cuesta, La calle, La acera, Los portales, hasta llegar al paraíso dentro del paraíso, el solar de La Astorgana con montones de pilas de leña donde, durante años, construimos nuestros campamentos.

La calle abierta por los dos amigos en 1930 fue ocupada en su gran mayoría por el gremio de la madera: los Pachón, Araniegos, Lin, Celesto y Pepe Gancedo. Con los años también la ocupó el gremio de los transportista: Guerrero, Perchas, Queipo, Marcos Verano, El Vasco, Redondo…

En 2015, gané el Certamen Nacional de Arte de Luarca con “Espacio Amueblado”, una escultura que, de alguna manera, rinde un homenaje a aquel mundo de madera tan presente en mi niñez. Contar con tanto estímulo visual y material, como era el hierro del taller de Robustiano, la madera de “El solar” y el buen oficio de los carpinteros, fue fundamental para desarrollar mi capacidad creadora.

Podría contar cientos de recuerdos, pero creo que el más importante es el de la felicidad y el cariño que guardo de esos lugares y de esas gentes, fue un placer y no lo olvidaré nunca.