El COAA convoca los premios Castelao

El Colegio Oficial de Arquitectos de Asturias presentó el 31 de marzo de 2017 la convocatoria de la I Edición del premio ‘Castelao’ a una trayectoria profesional y del premio COAA+10, a la obra arquitectónica construida con más de diez años de antigüedad.

La presentación de los premios, que se celebró coincidiendo con el aniversario del nacimiento del arquitecto Ignacio Álvarez Castelao (Cangas del Narcea, 31 de marzo de 1910 – Oviedo, 1984), tuvo lugar en la sede de Oviedo del COAA.

El premio ‘Castelao’ lleva el nombre del arquitecto cangués reconocido como uno de los grandes arquitectos asturianos del siglo XX. Supo conjugar con gran maestría la innovación arquitectónica, los avances técnicos y los criterios plásticos, siendo especialmente relevante su colaboración con artistas de otras disciplinas. Tanto su trayectoria profesional como su compromiso ético con el ejercicio de la profesión hacen de él un ejemplo para las generaciones más jóvenes.

El COAA considera que su persona aúna las características idóneas para que los premios a una trayectoria profesional lleven su apellido como recuerdo del colectivo a quien tanto aportó a la Arquitectura Moderna en Asturias.

Con este premio, el COAA distinguirá con periodicidad bianual la trayectoria profesional de un arquitecto, grupo de arquitectos, o personas que hayan desarrollado su trayectoria profesional en el ámbito de la arquitectura, el urbanismo o cualquier manifestación relacionada con la profesión, como reconocimiento a un compromiso vital con la profesión y el desarrollo de una carrera bajo el anhelo de la excelencia.

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Los versos del Angelillo

Desde septiembre de 1942, hasta junio de 1944 fui a la escuela de “El Angelillo” (Don Ángel y Don Félix). Me tuve que ir porque allí solo se estudiaba “Comercio” (Perito Mercantil) y yo empecé “bachiller”. Estaba en la que hoy es calle de Joaquín Rodríguez (entre El Mercao y la Cuesta Secundino), encima de la panadería del Astorgano (un primer piso) y también en el segundo de la casa esquina de la misma calle con la Cuesta Secundino, (frente a Telégrafos). Don Ángel cojeaba. Tenía fama de tirar tacos de madera a sus alumnos (nunca le vi tirar ninguno) al no poder perseguirlos. Su origen era cangués y era un maestro nacional represaliado por “rojo” que se vino desde Madrid.
Mi recuerdo me asaltó de pronto. Unos versos suyos, de los que solo recuerdo dos pedazos, y que conmemoraban la visita de unas jóvenes canguesas, con la “Sección Femenina” a bailar a Madrid. Ignoro el motivo (La Feria del Campo empezó después) y esto me cogió en su escuela.
Rezaban así:

Del Occidente de Asturias
llegó un autobús repleto
de fermosas canguesinas
que traen a Madrid revuelto.

Vino Pepa la Alcarreña,
Oliva, la de Aniceto,
Tina Pacho, Oliva Trones,
en fin todo lo mejor
sacado de lo más bueno………..
…………………………

Sorprende la adaptación de la gente. El padre de Tina Pacho (Tinina, hija de Pacho Chichapán), había estado en la cárcel, por “rojo”. Pero la sección Femenina de FET de la JONS tenía gran poder de persuasión.

Creo que nunca fueron impresos y los que leí eran manuscritos, acaso por el mismo Don Ángel.

Agradecería si alguien conserva en la memoria algún recuerdo al respecto me lo haga saber.

Muchas gracias

Mauro Avello Flórez
(avellof.m@gmail.com)

Lágrimas en el vino

Hace unos días la Denominación de Origen Vino de Cangas se vestía de luto por el inesperado fallecimiento del que hasta hace poco fuera su Presidente, José Manuel Redondo. Siendo, como era, una persona entrañable, muchos que le querían y habían colaborado con él se me han adelantado a glosar su figura y sus logros. Quiero aportar, sin embargo, mi pequeño granito de uva, centrándome en lo que fue una de las pasiones de su vida, el vino de Cangas, y en esa eterna pelea entre la memoria y el olvido, quiero romper mi lanza la primera.
Porque a muchos les costará recordar o imaginar cuál era la situación del sector vinícola cangués hace dos décadas. No diré que nuestro vino entonces fuese “peleón”, pero hay que reconocer que era “combativo” y sólo los paladares más acostumbrados podían soportar sus acometidas. Los métodos de cultivo y elaboración estaban totalmente obsoletos y la superficie de viñedos que quedaba era poco más que testimonial. A todo esto hubieron de enfrentarse José Manuel Redondo y sus compañeros sin otras armas que el entusiasmo, el conocimiento y la profesionalidad. Una tarea hercúlea, muchas veces ingrata, que no hubieran podido llevar a cabo sin un enorme amor por la viña y el vino de Cangas heredado de sus ancestros.
Cuando paladeamos ahora nuestros caldos disfrutando de la calidad que han alcanzado o un premio concedido a alguno de ellos nos permite apreciar el prestigio que han conseguido en todo el mundo, no podemos sino asombrarnos de la magnitud del logro y sentir admiración por aquellos que nos han llevado hasta aquí. Los seres humanos terminamos nuestro viaje siempre demasiado rápido, pero, si nuestro paso es firme, las huellas que dejamos detrás permanecen largo tiempo. José Manuel Redondo dejó una profunda huella en los que le conocían y en la DO Vino de Cangas y, de todos los homenajes que sin duda se le harán, el de mantener viva su obra será el que más contribuya a que su memoria perdure.


Por Antonio Ochoa, socio del Tous pa Tous y autor del blog: Entre montañas

Cartel de las Fiestas del Carmen de Cangas del Narcea, 1985

Cartel y portada del programa de fiestas del Carmen de Cangas del Narcea (Asturias) del año 1985. Autor: Carmelo García Davis.

Cartel de las Fiestas del Carmen de Cangas del Narcea de 1969

Cartel de las Fiestas del Carmen de Cangas del Narcea de 1969.

Firmado: José Colubi [José Colubi Menéndez, Cangas del Narcea, 4 de enero de 1928 – Oviedo, 12 de julio de 2003]

Imprenta La Industria, Gijón.

Colección de la Biblioteca de Asturias “Ramón Pérez de Ayala”, Oviedo.

Carlos II y el demonio de Cangas

El reinado del último soberano de la casa de Austria se vio perturbado por la creencia de que el rey era objeto de un maleficio, idea que llevó a someterlo a exorcismos que terminaran con su mala salud y le permitieran engendrar un heredero.

Carlos II a los diez años. Museo Bellas Artes de Asturias. Óleo sobre lienzo (c. 1671). Obra de Juan Carreño de Miranda (Asturias, 1614-Madrid, 1685)

«Está tan melancólico que ni sus bufones ni sus enanos logran distraerlo de sus fantasías respecto a las tentaciones del diablo. Nunca se cree seguro si no están a su lado su confesor y dos frailes, a quienes hace acostar en su dormitorio todas las noches». Así describía el embajador inglés Stanhope, en 1698, el decaído estado de ánimo de Carlos II. Los altibajos de la precaria salud del monarca eran escrutados ansiosamente por los embajadores de las potencias europeas, que intrigaban en la corte de Madrid para decantar el testamento del soberano a favor de uno u otro de los candidatos extranjeros al trono, pues su Católica Majestad no tenía heredero. Su incapacidad para engendrar un sucesor no sólo lo había hundido en la angustia, sino que había contribuido a convencerlo de que era víctima de una conjura diabólica para que a su muerte quedara vacante el trono español.

Con el enfermizo Carlos culminó el problema sucesorio que había amargado la existencia de su padre, Felipe IV. Éste había tenido decenas de vástagos fuera del matrimonio –entre ellos, Juan José de Austria, el único al que había reconocido como hijo suyo–, pero sus dos esposas sólo le habían dado tres varones: Baltasar Carlos, fallecido a punto de cumplir los 17 años; Felipe Próspero, que no llegó a los cuatro, y  Carlos, el único que alcanzó la edad adulta.

Carlos II había nacido el 6 de noviembre de 1661, cinco días después de la muerte de su hermano Felipe Próspero, lo que al soberano le pareció un venturoso augurio para la continuidad de su estirpe. Pero el pequeño ya mostraba una salud precaria. De hecho, hasta los seis años no pudo caminar, y a los nueve lo hacía con dificultad. También su formación intelectual era deficitaria. Sus dolencias y la preocupación por su salud hicieron que su educación pasara a un segundo término, de manera que a los nueve años hablaba torpemente, no sabía leer ni escribir y sólo podía contar hasta cien. El pequeño creció en el sombrío Alcázar de Madrid, sin compañía de chicos de su edad; su madre, Mariana de Austria, temerosa de cualquier percance, evitaba que practicase esgrima, equitación o cualquier actividad física. Cuando en 1665 murió Felipe IV, el futuro de su desmedrado hijo parecía de lo más incierto; tanto, que, en 1668, el emperador Leopoldo y Luis XIV de Francia –el Rey Sol–  pactaron el reparto de las posesiones españolas en caso de defunción del monarca.

Consciente de las limitaciones del heredero, el rey había establecido la regencia de doña Mariana de Austria, cuyo autoritarismo fue anulando en Carlos toda capacidad de decisión. Por su parte, la reina se confió a sus validos: primero, a su confesor, el jesuita Nithard, y después al dicharachero Fernando de Valenzuela, organizador de los festejos de la corte. La influencia de ambos levantó la oposición de la nobleza, que se canalizó a través de Juan José de Austria. El hermano bastardo del rey entró en Madrid en 1677, desterró a Valenzuela y apartó a la reina madre, instalándola en Toledo. Pero don Juan falleció en el verano de 1679 y doña Mariana volvió a Madrid. Y allí, en diciembre, se instaló la sobrina del Rey Sol. María Luisa de Orleans, que se acababa de convertir en esposa de Carlos.

Ni hijos, ni salud

Pasaron los años y el heredero no llegaba, lo que  incluso llevó a pensar que se daban a la reina sustancias para evitar la concepción y privar al trono de sucesor. Hasta se la acusó de tomar abortivos, una idea propagada por el embajador imperial; no en vano eran un francés y un austríaco los principales candidatos al trono español si faltaba el heredero. En ese ominoso ambiente falleció María Luisa, en febrero de 1689.
El rey, que amaba a su esposa, quedó destrozado. Pero el tiempo apremiaba, y se le buscó una nueva cónyuge: Mariana de Neoburgo, prima suya e hija del elector del Palatinado; su madre había tenido 24 gestaciones, lo que parecía garantizar su fertilidad. El matrimonio se consumó en 1690, y muy  pronto la nueva consorte chocó con la reina madre, Mariana de Austria. Para hacerse valer frente a ésta y dominar la voluntad de Carlos II, simuló hasta doce embarazos terminados en aborto. Cuando en mayo de 1696 falleció la madre del soberano, quedó abierto para Mariana de Neoburgo el camino de la injerencia política, a lo que contribuyó un carácter dominante que amedrentaba al regio consorte.

El demonio de Cangas

Mientras la sucesión se alejaba, la salud del rey empeoraba. Desde enero de 1696 padecía desarreglos gástricos, temblores convulsivos, pérdidas de sentido y otros achaques a los que los médicos no lograban poner término. Con un rey enfermo e incapaz de engendrar un hijo, y con la corte sumida en turbias maniobras políticas a propósito de la sucesión del trono, se planteó la cuestión de los hechizos del rey.

Poco a poco se había abierto paso la idea de que la decaída salud de Carlos II se debía a una actuación diabólica, hasta el punto de que ello se trató en el Consejo de la Inquisición, que sobreseyó el asunto por falta de pruebas. Pero el monarca supo a qué se atribuía su estado físico, y en enero de 1698 recibió en audiencia secreta al inquisidor general, el dominico Juan Tomás de Rocabertí, y le rogó que se aplicara a descubrir si estaba hechizado.

Cangas del Narcea hacia 1910. Procesión del Corpus Christi en la calle Mayor. En primer plano, a la izquierda, está el antiguo Convento de la Encarnación de las RR. MM. Dominicas.

Rocabertí expuso al Consejo de la Inquisición lo que le había sugerido el rey, pero los consejeros estimaron que no había pruebas de actuación maléfica, por lo que no cabía someter al monarca a rituales que sólo podían perturbar su paz de espíritu y la tranquilidad de la corte. El inquisidor  no quedó satisfecho con la respuesta, y se puso en contacto con el nuevo confesor del rey, el también dominico Froilán Díaz. Éste supo que un antiguo compañero de estudios, fray Antonio Álvarez de Argüelles, estaba exorcizando a unas monjas del Convento de la Encarnación poseídas por el demonio en Cangas de Tineo (la actual Cangas del Narcea, en Asturias). Fray Froilán se propuso sonsacar al diablo de Cangas la verdad acerca de los hechizos del rey, para lo que pidió permiso a Tomás de Reluz, obispo de Oviedo, diócesis a la que pertenecía el convento. Sin embargo, el prelado respondió que, a su juicio, en el rey no había «más hechizo que su decaimiento de corazón y una entrega excesiva de voluntad a la reina», y sólo recomendó oraciones.

Ni el inquisidor ni el confesor hicieron caso al obispo, y en junio de 1698 Rocabertí ordenó a fray Argüelles que conjurase al demonio y le preguntara si los soberanos estaban maleficiados. Con ello no sólo actuaba a espaldas del Consejo de la Inquisición, sino que contravenía las disposiciones canónicas, que prohibían interrogar al demonio espontáneamente. El 9 de septiembre, el diablo respondió por boca de las monjas que el rey estaba doblemente ligado por obra maléfica: para engendrar y para gobernar. Se le hechizó cuando tenía catorce años (la fecha de su mayoría de edad, en que podía gobernar por sí solo) con un chocolate en el que se disolvieron los sesos de un hombre muerto para quitarle la salud, y también los riñones –los testículos– para corromperle el semen e impedirle la generación. Explicó también el demonio que los efectos del bebedizo se renovaban por lunas y eran mayores durante las lunas nuevas. La inductora había sido la difunta reina madre, poseída de la ambición de seguir gobernando, y Valenzuela, su valido, permitió que llegase al rey la dosis nefasta, preparada por una mujer llamada Casilda y que vivía en Madrid.

Pero el demonio pronto se desdijo. El 28 de noviembre de 1698 escribía fray Antonio: «He hallado mucha y demasiada rebeldía en los demonios y, poniendo las manos sobre el ara consagrada, juró Lucifer que todo lo que había dicho era mentira y que no tenía nada el rey». Al parecer, el diablo no completaría sus revelaciones sino en la madrileña basílica de Atocha, adonde se debían trasladar fraile y posesas. Algo así era inconcebible para el inquisidor general, que había llevado todo el asunto en secreto. Esta complicada situación se enrarecería aún más con la muerte de Rocabertí, en junio de 1699.

Exorcismos en palacio

Retrato de Carlos II, con armadura. Museo del Greco (Toledo). Óleo sobre lienzo (c. 1681). Obra de Juan Carreño de Miranda (Asturias, 1614-Madrid, 1685)

Carlos II eligió como nuevo inquisidor al cardenal Alonso de Aguilar. El rey, que lo designó en contra de la voluntad de Mariana de Neoburgo (quien tenía otro candidato al puesto), dejó clara al cardenal la razón por la que lo había elegido: «Muchos me dicen que estoy hechizado, y yo lo voy creyendo: tales son las cosas que dentro de mí experimento y padezco. Y pues seréis presto nuevo inquisidor general y haréis justicia a todos, hacédmela a mí también, descargando de mi corazón esta opresión que tanto me atormenta». No era de extrañar que el rey se convenciera de que era objeto de artes maléficas, pues –desde que había hablado el Lucifer de Cangas– a él y a su esposa se les habían aplicado exorcismos, sin quizá llegarle a administrar los remedios prescritos por fray Antonio: ingerir aceite bendito en ayunas y ungir con él cuerpo y cabeza.

Ahora, el nuevo inquisidor y el obcecado confesor real se empeñaron en ayudar a su señor con el auxilio de un nuevo personaje: Mauro Tenda. Este capuchino saboyano, afamado exorcista, se había desplazado a la corte desde Italia después de que, en 1696, una endemoniada le confesara que el rey español estaba endemoniado y él debía liberarlo. Tenda había llegado a Madrid en el verano de 1698, y ahora el inquisidor se puso en contacto con él, visto que los médicos no lograban terminar con la esterilidad ni con sus dolencias. Un amanecer de junio de 1699, el capuchino tuvo su primera entrevista con el soberano; ordenó al demonio que pinchase a su majestad en diferentes lugares de su cuerpo, y así lo sintió un espantado Carlos II, lo que confirmó la existencia de una intervención diabólica. El fraile concluiría que el rey no estaba endemoniado, sino hechizado.

Así las cosas, Tenda advirtió que el monarca llevaba un saquito colgado del cuello, que guardaba bajo la almohada mientras dormía. Él y el confesor real lograron que la reina se lo entregase; cuando lo hizo, descubrieron que contenía cosas que se empleaban en hechizos, como cáscaras de huevo, uñas de los pies y cabellos. Interrogado el monarca, éste explicó que pensaba que eran reliquias y que no recordaba quién se lo dio.

El endemoniado de Viena

En septiembre, tres meses después de que comenzaran los exorcismos, habló el demonio en Madrid, por boca de una posesa que refirió que la propia reina estaba hechizada. El confesor y Tenda lograron que Mariana entregase a su esposo una bolsita que, como hacía Carlos, llevaba al cuello y ponía bajo la almohada, y en cuyo interior se hallaron tierra y cabellos del soberano. Los autores del maleficio eran la condesa de Berlepsch, confidente de la soberana, y una de sus azafatas, Alejandra, instigadas por Lorenza de la Cerda, conocida como la condestablesa Colonna. También le revelaron que el padre Gabriel de la Chiusa, confesor de la reina, no era cómplice de este hechizo, pero había fabricado otro con el que podía conseguir de la reina lo que quisiera. Que el diablo andaba por los pasadizos del Alcázar madrileño quedó confirmado en aquel mismo mes, cuando el embajador austríaco recibió del emperador Leopoldo el interrogatorio a un joven endemoniado de Viena, quien afirmó que el rey estaba maleficiado. El artífice del sortilegio era una tal Isabel, que tenía la boca torcida, la marca de una T en la axila y cuya hija había sido procesada por la Inquisición como judía notoria.

La furia de la reina

Esta vez, fray Froilán comunicó los hallazgos al Consejo de la Inquisición, que indagó al respecto, pero no se halló al autor de los hechizos «ni cosa cierta de lo demás». Dudando de si eran los lugares que el demonio señalaba, en un portal de la calle de Silva y en una estancia del Alcázar se encontraron cosas que se reputaron hechizos: según fray Froilán, el del Alcázar era «una masa compacta de agujas, horquillas, huesos de cereza y albaricoques y pelo de Su Majestad». Todo fue quemado según prescribía la Iglesia. Aquel otoño de 1699, Carlos II experimentó un maravilloso restablecimiento que el confesor real y el padre Tenda atribuyeron a la eficacia de los exorcismos. Pero la actuación de los dos frailes había levantado la ira de Mariana de Neoburgo, quien no podía tolerar que el diablo señalase a personas de su entorno (o a ella misma) como cómplices de los embrujamientos. El momento de ajustar cuentas llegó cuando, el 19 de septiembre, falleció el inquisidor Aguilar. La reina logró que se concediera su puesto al autoritario don Baltasar de Mendoza, obispo de Segovia, quien hizo que el Santo Oficio arrestara a fray Froilán y expulsara de España a fray Tenda. El rey hechizado abandonó este mundo el primero de noviembre de 1700. Ni exorcistas ni médicos lograron prolongar su vida ni que concibiera un hederedo, y a su muerte estalló, cruenta, la guerra de Sucesión por el trono español.

Para saber más

La vida y la época de Carlos II el Hechizado. José Calvo Poyato. Ed. Planeta, Barcelona, 1996.
Supersticiones de los siglos XVI y XVII y hechizos de Carlos II. Maura Gamazo, Gabriel (duque de Maura). Ed. Saturnino Calleja, s.p.i. Madrid.


Fuente: National Geographic ESPAÑA


Redondo

Juan Manuel Redondo recogiendo en Tuña el premio ‘Lar Vial’ el 23 de septiembre de 2016. Foto: Lidia Álvarez

Ayer, 3 de marzo, falleció Juan Manuel Redondo, de Bodegas Monasterio de Corias y hasta hace poco presidente del Consejo Regulador de la DOP Vino de Cangas, una de las personas que en estos años ha trabajado más por la recuperación del vino de Cangas, y por volver a convertir este producto en una actividad económica importante en nuestro concejo de Cangas del Narcea. Redondo tenía 51 años y era ingeniero técnico agrícola. El 23 de septiembre del año pasado recogió el premio “Lar Vial”, que la Asociación Cultural de Tuña y la Asociación de Mujeres Cuarto de la Riera otorgaron a la DOP Vino de Cangas. Aquel día agradeció este galardón que premia «a una agrupación de bodegas y productores que llevamos dieciséis años empeñados en recuperar, con mucha ilusión, un cultivo con una historia milenaria y que poco a poco vamos poniendo en el panorama vitícola nacional e internacional». Conocimientos, trabajo, ilusión, mercado exterior, colaboración…esto es lo que Redondo aportó durante los últimos años a esta actividad. Descanse en paz.

En el acto de entrega del premio “Lar Vial”, Senen González Ramírez leyó un texto dedicado a la historia del vino en el concejo de Tineo, que hoy traemos a nuestra web. El trabajo de Juan Manuel Redondo se enmarca en la larga historia del cultivo del viñedo y el vino de Cangas; él fue, sin duda, uno de los que escribieron el actual y meritorio capítulo de esta historia. Sirva esta publicación de recuerdo y homenaje a su labor.

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