Todas las Crónicas canguesas, 1916-1928, de Borí, en la web del Tous pa Tous

José Fuertes, ‘Fanxarín’, presidente de la Sociedad de Artesanos; José Álvarez (sentado), presidente del ‘Club Cangas de Tineo’ de La Habana, y Borí en Cangas del Narcea en el verano de 1917. Fotografía de Benjamín R. José Fuertes, ‘Fanxarín’, presidente de la Sociedad de Artesanos; José Álvarez (sentado), presidente del ‘Club Cangas de Tineo’ de La Habana, y Borí en Cangas del Narcea en el verano de 1917. Fotografía de Benjamín R. Membiela. Col. Juaco López.

Incorporamos a nuestra Hemeroteca las “Crónicas canguesas” que escribió Gumersindo Díaz Morodo, Borí (Cangas del Narcea, 1886 – Salsigne, Francia, 1944), para las revistas Asturias y El Progreso de Asturias, de La Habana, entre 1916 y 1928. El Tous pa Tous ha decidido realizar esta edición facsimilar y digital coincidiendo con la colocación de una placa a la memoria de este periodista republicano el próximo sábado 30 de noviembre.

Estas crónicas cubren un vacío en el periodismo cangués. Entre 1882 y 1916 hubo casi siempre en Cangas del Narcea uno o dos periódicos locales. En ese año dejan de publicarse y no volverá a haber otra publicación periódica canguesa hasta La Maniega (1926 – 1932). De este modo, las crónicas enviadas por Borí a estas revistas nos permiten mantenernos al día de lo que sucedió en Cangas del Narcea en aquellos años.

Entre 1914 y 1928, Borí fue el corresponsal en Cangas del Narcea de estas dos revistas gráficas semanales que se editaban en la isla de Cuba. Sus primeras colaboraciones aparecieron en 1914 en Asturias y eran noticias muy breves, unas meras notas de sociedad, que se publicaban sin su nombre; la primera crónica que aparece con la firma de Borí se publica el 23 de julio de 1916 y está dedicada a El Acebo. Cuando esta revista dejó de editarse comenzó su colaboración con El Progreso de Asturias, donde escribió con regularidad hasta 1925, año en que decide dejar de enviar sus crónicas ante la imposibilidad de decir lo que piensa debido a la censura impuesta a la prensa por la dictadura de Primo de Rivera. Solo volverá a romper su silencio en 1928 para dar cuenta de la muerte de su amigo el notario Rafael Rodríguez González.

La revista Asturias salió a la calle entre 1914 y 1921; la inició y dirigió el periodista José María Álvarez Acevedo, natural de Boal. El Progreso de Asturias fue fundado en 1919 por Celestino Álvarez, nacido en Villanueva (Boal), que fue su director hasta su desaparición en 1960. Ambas revistas gozaban de cierto prestigio entre la numerosísima colonia de emigrantes asturianos en aquella isla. En ellas, en especial en Asturias, colaboraban conocidos escritores asturianos (Marcos del Torniello, Fabricio, José Díaz Fernández, Constatino Cabal, Bernardo Acevedo Huelves, Carlos García Ciaño, Alfonso Camín, María Luisa Castellanos, Adolfo Posada o Leopoldo Alas Argüelles) y periodistas locales que hacían las labores de corresponsales en los concejos: uno de estos fue Borí.

Portada de la revista ‘Asturias’ de La Habana en la que colaboró Borí

La relación de Borí con Cuba y la emigración fue muy estrecha. Su padre había sido uno de los primeros cangueses en emigrar a aquella isla, de donde retornó en 1869; en Cangas del Narcea le apodaron El Guajiro. Sus tres hermanos varones emigraron a Cuba y Tampa (EE. UU.), y él mismo fue emigrante en La Habana entre 1900 y 1902. De allí regresó a Cangas del Narcea  enfermo y sordo. Además, tuvo muchos y buenos amigos emigrantes. Borí sentía gran admiración por todos ellos y estaba convencido que los “americanos” serían un motor de progreso y renovación de la conservadora sociedad canguesa: “de los emigrantes vendrá la regeneración de la provincia asturiana”. El aprecio era mutuo, porque los emigrantes le respetaban mucho y tenían gran confianza en él, y por ello en 1920 el “Club Acebo de Cangas de Tineo” de La Habana le nombra delegado en el concejo.

Portada de ‘El Progreso de Asturias’ de La Habana en la que colaboró Borí

En las “crónicas canguesas” de Borí aparecen las noticias de todos los acontecimientos que sucedieron en Cangas del Narcea en aquellos años: la epidemia de gripe de 1918; los asesinatos del Navarro y otras muertes violentas; la construcción del Teatro Toreno, cuyo proyecto, realizado por el arquitecto Leopoldo Corujedo, estuvo expuesto en el escaparate del comercio “El Siglo XX”; la vida política local en un tiempo en el que Cangas del Narcea era la cabeza de un distrito electoral para diputado a Cortes que comprendía los concejos de Somiedo, Grandas de Salime, Ibias, Degaña, Leitariegos y Cangas. También en estas crónicas se da cuenta del acontecer diario y cíclico de la población: el tiempo atmosférico, el precio de los productos en el mercado de los sábados, las ferias, las cosechas, la recogida de castañas y los accidentes durante el vareo de los árboles, la vendimia y la feitura “o sea la operación de extraer el vino de las grandes o pequeñas tinas donde fermentó”, las fiestas y romerías, el Carnaval, la Pascua y sus bollas, y el registro civil: en todas las crónicas aparece la relación de nacidos, casados y muertos del concejo.

En las noticias que envía Borí a La Habana se le otorga un papel destacado a los emigrantes. Menciona los nombres de los que vienen de América a pasar una temporada a Cangas del Narcea e informa de su regreso y del barco en el que van a hacer el viaje, y cuando puede da la relación de todos los jóvenes que emigran para allá. El número de estos era tan grande que llega a escribir: “De todos los pueblos salen caravanas de emigrantes para ambas Américas. Imposible es para el cronista recoger los nombres de todos los que se marchan” (Asturias, 23 de diciembre de 1917).

Las crónicas están escritas con noticias breves y un estilo directo y sencillo. Su lectura no cansa y cuando empiezas a leerlas te enganchan y se leen de corrido. Tienen un tono coloquial, de charla o de carta que escribe un amigo contándole a otro lo que sucede en el pueblo. En este sentido, las crónicas también sirven para conocer las desventuras de su autor, que él cuenta a sus “amigos” emigrantes. Borí conoce bien los intereses de aquellos cangueses que residían en América y con sus crónicas trató de satisfacer la necesidad de información que por su lugar de origen tienen todos los que están fuera.

En algunos casos las crónicas van acompañadas de fotografías realizadas por Modesto Montoto, que era el fotógrafo oficial de la revista Asturias; por los fotógrafos cangueses Modesto Morodo y en especial Benjamín Rodríguez Membiela, autor de la mayor parte de las fotos que se publican en ese periodo, y del propio Borí.

Miramontes Ciencia Tecnología Cultura ha producido la edición digital de “Crónicas canguesas, 1916-1928”, que lleva un índice e incorpora OCR para la búsqueda de palabras en el texto. Esta edición se ha hecho a partir de revistas originales que pertenecen al Muséu del  Pueblu d’Asturias, Alfonso López Alfonso y Juaco López Álvarez, y ha sido patrocinada por Mª José, Juaco, Pedro y Alejandro López Álvarez.


Descargar: icon “Crónicas canguesas, 1916-1928” de Borí (113.41 MB)


Los eternos problemas de aparcamiento en el Hospital Comarcal de Cangas del Narcea

Lamentablemente las actuaciones llevadas a cabo desde sus inicios en cuanto a mejora de la accesibilidad al Hospital Comarcal Carmen y Severo Ochoa de Cangas del Narcea brillan por su ausencia. El tránsito real de personas con discapacidades resulta afectado por la presencia de variados obstáculos como pavimentos en mal estado, mala ubicación de señalización, aparcamiento excesivo y sobre aceras, la invasión de pasos peatonales, la presencia de salientes no detectables con el bastón, y sobre todo aceras inexistentes o excesivamente estrechas que resultan impracticables en ocasiones.

Dada la intensidad del tráfico rodado en la zona, y la inexistencia de itinerarios adaptados para invidentes o personas de movilidad reducida así como la escasez de plazas de aparcamiento reservadas para minusválidos, es imprescindible que las autoridades competentes en la materia elaboren un plan de aparcamiento y accesibilidad al Hospital de una vez por todas,

Dicho plan debe potenciar la accesibilidad como una manera de reducir los impactos que actualmente genera la movilidad como son el exceso de tráfico y aparcamiento irregular, la accidentalidad, contaminación acústica, emisiones a la atmósfera de gases contaminantes y sobre todo es urgente eliminar las barreras que afectan principalmente a niños, gente mayor y personas disminuidas. Y no cabe duda que para conseguirlo es necesario aumentar las dotaciones de aparcamiento.

El traslado del Centro de Salud lógicamente descongestionaría de manera importante la zona, pero esto es harina de otro costal.

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A la memoria de ‘Borí’

Gumersindo Díaz Morodoalt nació el 13 de enero de 1886 en Cangas de Tineo (hoy Cangas del Narcea). De muy joven emigró a Cuba y allí unas extrañas fiebres le provocan una sordera que lo acompañará el resto de su vida. En 1902 vuelve a Cangas y pocos años más tarde nacerá para el periodismo con el seudónimo de Borí. Republicano y anticlerical, se enfrentó abiertamente a los caciques y al clero desde las páginas del semanario La Justicia, de Grado, y colaboró en el periódico socialista La Aurora Social, de Oviedo. En abril de 1915 adquirió El Distrito Cangués, periódico que utilizó para luchar por mejorar la situación laboral de los obreros y denunciar el caciquismo, lo que le acarreó el cierre de la publicación dos años más tarde. También aprovechó tribunas como El Noroeste, de Gijón, y las revistas Asturias y El Progreso de Asturias, editadas en Cuba. En 1927 promovió la sociedad obrera «Nueva Vida», afecta a la UGT, y durante la II República colaboró con Constantino Suárez Españolito proporcionándole datos de escritores y artistas cangueses para el índice biobibliográfico que éste preparaba y no pudo llegar a ver publicado completo porque se interpuso la Guerra Civil. Tras el levantamiento militar del 18 de julio de 1936 Borí se exilió en Francia, donde murió el 5 de marzo de 1944.

El pasado sábado 30 de noviembre EL TOUS PA TOUS, Sociedad Canguesa de Amantes del País, celebró un sencillo homenaje  a la memoria de Borí, consistente en el descubrimiento de una placa en el barrio de El Corral, en Cangas del Narcea, donde nació y vivió nuestro protagonista.

Con motivo de la celebración de este reconocimiento a Borí y como deferencia para los lectores de la web del TOUS P@ TOUS publicamos hoy en la Biblioteca Canguesa la edición completa del título Alrededor de mi casa. Crónicas canguesas (1910-1928), un libro de Gumersindo Díaz Morodo Borí en el que se recogen 35 artículos y crónicas publicados en los periódicos La Justicia y El Distrito Cangués y en las revistas Asturias y El Progreso de Asturias. Alfonso López Alfonso es el autor de la biografía de Borí y editor de la obra; Juaco López Álvarez, firma una introducción en la que se reconstruye el mundo familiar y social en el que desarrolló su vida este periodista cangués. Esta publicación ha sido sufragada por el Ayuntamiento de Cangas del Narcea.



ALREDEDOR DE MI CASA – Crónicas canguesas (1910-1928)

Spain’s Parador de Corias: simplicity for the soul

El Parador de Corias de España: simplicidad para el alma

Un pasillo en el Parador de Corias

El Financial Times (FT) es un periódico internacional de negocios. Este prestigioso diario en los últimos años se ha convertido en el periódico de calidad más vendido en el mundo. Como curiosidad, apuntar que por motivos económicos y razones prácticas, a partir de 1893 se empezó a imprimir en papel color salmón, lo que inició la tradición de usar este color como distintivo de la prensa económica.

El reconocimiento de una publicación del prestigio mundial del Financial Times no está al alcance de muchos pero sí del Parador Nacional de Corias en Cangas del Narcea. En un artículo publicado recientemente,  el Financial Times elogia el Parador de Corias bajo el título “Spain’s Parador de Corias: simplicity for the soul”  cuya traducción es: “El Parador de Corias en España: simplicidad para la mente”. Un edificio que califican de noble expresión del arte asturiano y que ofrece el acceso a paisajes sorprendentes entre los que destacan el profundo universo verde de Muniellos.

Para el Financial Times  el Parador de Corias, que abrió sus puertas este verano, trae consigo varias sorpresas agradables. En primer lugar, una zona del norte de España, verde, poco conocida y escasamente poblada, que limita con Galicia, Asturias y León. En segundo lugar, el propio edificio, un antiguo monasterio cuyo enorme escala y austera arquitectura le ha llevado a ser conocido en la zona como “El Escorial de Asturias”.

Artículo completo:  

Spain’s Parador de Corias: simplicity for the soul


La actividad artística en el barrio de El Corral de la villa de Cangas del Narcea (I): La familia García de Agüera

Barrio de El Corral. Detalle del dibujo de la villa de Cangas del Narcea hecho en 1771 y que pertenece a los fondos del Archivo General de Simancas.

En este artículo estudiamos la actividad artística desarrollada en el barrio de El Corral de la villa de Cangas del Narcea, vinculada a la familia García de Agüera, que a finales del siglo XVII emparentó con los Menéndez Acellana, una familia de doradores y pintores, a partir del matrimonio del arquitecto Antonio García de Agüera con Gregoria Menéndez Acellana. De los Menéndez Acellana hablaremos en la próxima entrega.

El barrio de El Corral estuvo adscrito a la antigua parroquia de Ambasaguas (o Entrambasaguas), que fue suprimida en 1892, pasando sus pueblos (Curriellos y Llamas) y barrios (Santa Catalina, San Tirso, El Corral, El Fuejo, El Cascarín y Ambasaguas) a depender de la parroquia de Santa María Magdalena.

La villa de Cangas del Narcea fue la capital artística de toda la zona suroccidental de Asturias durante los siglos XVII y XVIII, sobre todo, tras el asentamiento en ella del escultor y arquitecto de retablos Pedro Sánchez de Agrela (San Pedro de Mor, Lugo, h. 1610 – Cudillero, 1661) en 1642-1643. Como es sabido, Agrela vino a trabajar en los acomodos (retablo mayor, sillería de coro, puertas y cajonería de la sacristía, escudos de armas, etcétera) de la colegiata de Santa María Magdalena, mandada erigir en 1639 por don Fernando de Valdés Llano (Cangas del Narcea, 1575 – Madrid, 1639), obispo de Teruel, arzobispo de Granada y presidente del Consejo de Castilla y consagrada en 1642. Poco a poco, los artistas que le sucedieron se domiciliaron en algunos barrios de la villa (calles de la Fuente, del Mercado y del Puente y el barrio de El Corral) donde instalaron sus talleres y viviendas.

Precisamente, en el barrio de El Corral moraban, desde el último cuarto del siglo XVII, dos familia de artistas: los García de Agüera (Antonio, Plácido y Plácido Antonio), vinculados a la arquitectura, escultura y pintura, y los Menéndez Acellana (Juan y Antonio), doradores y pintores.

Antonio García de Agüera, arquitecto

Rúbrica de Antonio García de Agüera. Escritura de dote matrimonial de su hija Antonia (1718).

El primer miembro conocido de esta familia es el arquitecto Antonio García de Agüera (él firma «Auguera»), cuya actividad profesional se documenta entre 1694 y 1725, cuando su cadáver fue inhumado en la colegiata de Cangas. En los documentos que suscribió dice ser vecino del barrio de El Corral en la villa de Cangas, y en la partida de defunción, vecino de la feligresía de Entrambasaguas (APCN: Libro de difuntos de la colegiata de Cangas del Narcea, fol. 37v):

«En once de septiembre de setecientos y veinte y cinco años se murió Antonio García de Augüera, estado de viudo, de la feligresía de Entrambasaguas, y se enterró en esta parrochial de la Magdalena de Cangas, y hico memoria de testamento y se le administraron los Sanctos Sacramentos, y por verdad lo firmo.»

Antonio nació en la villa de Cangas hacia 1660. Seguramente fue bautizado en la iglesia de Ambasaguas. Se casó con Gregoria Menéndez Acellana, hermana del dorador de retablos Juan Menéndez Acellana y Alba, de cuyo enlace nació en 1696 Manuel Antonio, Antonia, que contrajo matrimonio en 1718 con José Rodríguez Panizo, y Antonio Menéndez, acaso el dorador Antonio Menéndez Acellana.

Tras los ensambladores Antonio López de la Moneda (Zanfoga, Lugo, 1654 – Corias, 1724) y Manuel de Ron y Llano (Peján, Cangas del Narcea, h. 1645 – Cangas del Narcea, 1732), Antonio García de Agüera fue el tercer artista que consolidó el barroco decorativo en el área suroccidental asturiana tras la construcción de los retablos principales (mayor y colaterales) del antiguo monasterio de San Juan Bautista de Corias, realizados entre 1677-1679 por Francisco González y Pedro del Valle, vecinos de Villafranca del Bierzo (León). A pesar de ello, en el comienzo de su carrera, no le debió de ir muy bien, manteniéndose ligada a obras de carpintería. La actividad desplegada por Manuel de Ron y Antonio López de la Moneda le ensombreció a él y a otros contemporáneos, porque sus capacidades estaban un paso por detrás de la de aquellos. Pero apartir de 1700, la popularidad de García de Agüera fue paulatinamente incrementándose: contrató aprendices, estableció mancomunidades (contratos de compañía) con La Moneda y trabajó la arquitectura y escultura con cierta frecuencia. A pesar de todo, su popularidad nunca alcanzó la de aquellos.

Antonio fue un hombre de oficio, y aunque se titulara de arquitecto, también trabajó la escultura y la carpintería y esta fue, sin duda, su principal ocupación, como demuestra sus trabajos para la iglesia de Santa María de Carceda y el santuario de Nuestra Señora de El Acebo. Para la primera hizo en 1694 una puerta con sus marcos (no conservada) para la casa rectoral por la que percibió 28 reales (APCN: Libro de fábrica de la iglesia de Santa María de Carceda, fol. 33); y en 1699, una caja para poner los paneles de las hostias cuya construcción costó 30 reales (Ídem, fol. 43v). Del mismo modo, para el santuario de El Acebo realizó toda la carpintería de la casa rectoral y de la de novenas, auxiliado por uno de sus oficiales, Andrés de Corias.

Púlpito del santuario de El Acebo, 1712.

Aparte de carpintero, también fue ensamblador (arquitecto de retablos) como demuestra el hecho de que el 12 de enero de 1712 ajustase junto a La Moneda los retablos colaterales de la capilla del palacio de Omaña, en La Rozadiella, parroquia de Santa María de Arganza (Tineo), por 5.250 reales (AHA: escritura entre don Arias de Omaña y Antonio López de la Moneda y Antonio García de Agüera, ante José Santos de Puente, caja 13.550, fol. 1). En ese mismo año realizó el púlpito del santuario de El Acebo (APCN: Libro de cuentas del Santuario de El Acebo, fol. 168v). Está decorado con motivos vegetales, a base de rosetas y espigas. En la parte superior se dispone la guardamalleta también de forma poligonal y un dosel compuesto por motivos vegetales, característicos de los retablos del Taller de Corias. También hizo tres frontales de altar para la parroquia de San Martín de Sierra (no conservados) por los cuales percibió 63 reales en 1714. Fueron policromados por Juan Menéndez Acellana, su cuñado (AHA: ante José Santos de Puente, caja 13.550, fol. 17).

En su taller se formaron algunos mancebos, de cuya carrera artística posterior no tenemos ninguna constancia. Bernardo Rodríguez Tejón era hijo de Gertrudis de Bárcena y Vicente Rodríguez Tejon (escribano de Corias). Antonio se comprometió a instruirle en arquitectura en cinco años y a la manutención (comida y cama) durante dicho tiempo; y por su parte, la madre, vestido y calzado (AHA: ante Pedro Fernández de Puente, caja 13.529, fol. s/n.º). Otro de sus oficiales fue Andrés de Corias que, como quedó dicho, lo auxilió en las obras de El Acebo.

Al parecer, el taller de Antonio García de Agüera lo heredó su yerno José Rodríguez Panizo, hijo de Lázaro Rodríguez Panizo y María González, vecinos de Corias, ya que en la dote matrimonial de su hija Antonia, firmada en 1718, García de Agüera le mandó 1.500 reales de vellón, treinta formones y gubias, un serrote grande y otro pequeño, una sierra bracera, una juntera, una garlopa y un cepillo y lo demás de su taller para compartir, si fuera preciso (AHA: ante José Santos de Puente, caja 13.551, fols. 25-26).

José Plácido García de Agüera, escultor

Rúbrica de Plácido García de Agüera. Escritura de venta de censo a don Gonzalo de Llano Flórez (1721).

Era vecino de la villa de Cangas. Su actividad profesional se documenta entre 1711 y 1742. Aunque sin evidencia documental, parece que fue hermano de Antonio. Actuó de testigo en la dote matrimonial de Antonia García de Agüera, hija de Antonio, con José Rodríguez Panizo, otorgada en 1718. En esta escritura figura como José Plácido García de Agüera, vecino del barrio de El Corral, donde se avecindaban los miembros de la familia García de Agüera. Plácido estuvo casado con Francisca Menéndez Prieto, hija de Domingo Menéndez y Antonia de Miranda. Fruto de este matrimonio fue Plácido Antonio García de Agüera (1719-1798), de oficio dorador y pintor.

La primera referencia documental de Plácido García data de 1711, cuando los ad-ministradores del santuario de Nuestra Señora de El Acebo le pagaron 8 reales por componer los bancos, mesas y camas de la casa de novenas (APCN: Libro de cuentas del santuario de Nuestra Señora de El Acebo, 1681-1723, fol. 161v).

Poco después, el 9 de diciembre de 1719, junto a su mujer, vendieron a las memorias y obra pía que en la colegiata de Cangas fundó don Fernando de Valdés Llano y a don Gonzalo de Llano Flórez, vecino y regidor de la villa de Cangas, administrador de dicha obra, 9 reales de renta en cada año, por razón de 330 reales. En la escritura se mencionan los bienes hipotecados, entre ellos, «la parte de la casa en que viuen en esta villa junto a la casa de Escuelas, con su parte de guerta que linda por la parte de la entrada con la calle principal». Hizo de testigo de la escritura Antonio García de Agüera, su más que presumible hermano (AHA: ante Pedro López, caja 13.542, fols. 51-52).

Retablo de Nuestra Señora del Rosario de Barres (fotografía de Ainhoa López Formadela).

En 1721 y 1722, la parroquia de San Esteban de Barres (Castropol) le pagó el retablo de Nuestra Señora del Rosario (Ainhoa López Formadela, Los retablos barrocos del concejo de Castropol. Aportaciones desde la restauración, I Premio de Investigación Ría del Eo, 2013, pág. 45). En el Libro de fábrica figura como «Plázido Garzía, escultor, vecino de Cangas».

En 1727 aparece en una cláusula del testamento de Manuel de Ron donde se hace constar que «Plácido García de Agüera me debe sesenta reales». Finalmente, en 1742 intervino en la hechura de algunas piezas (las columnas) del retablo de la iglesia San Juan Bautista, en Vega de Rengos (Rosalía Pérez Suárez, Estudio histórico-artístico de un linaje asturiano de la Época Moderna: las empresas arquitectónicas promovidas por los condes de Toreno (siglos XVI al XVIII), Memoria de Investigación (inédita), Universidad de Oviedo, 1999, págs. 63-70).

Plácido García desempeñó los oficios de ensamblador, escultor y carpintero. Su única obra documentada y conservada es el retablo de Nuestra Señora del Rosario de Barres, realizado en 1720, revela que su estilo y formas estaban en consonancia con los del Taller de Corias. No en vano, sus características recuerdan enormemente el arte de Manuel de Ron, como la disposición de los roleos del banco, la forma alargada de los florones sobre las hornacinas laterales y los mascarones vomitando roleos, lo que indica que acaso Plácido García hubiese sido discípulo suyo. No obstante, el retablo de barres es más innovador ya que incluye el estípite en vez de la columna salomónica.

En el retablo de Nuestra Señora del Rosario se veneran las imágenes de San José con el Niño y San Roque (imágenes del primer cuarto del siglo XVIII, acaso de factura ovetense), Nuestra Señora del Rosario y San Salvador. Costó 755 reales. El retablo fue dorado en 1732, ya que en las cuentas de la cofradía del Rosario de dicha parroquia, consta que el 1 de noviembre de 1732, se dieron «seis reales de aceyte para la lámpara por no auer ardido mucho tiempo del año a causa de auerse quitado para pintar el retablo». El retablo está parcialmente repintado con formas geométricas.

José Rodríguez Panizo, escultor

Rúbrica de José Rodríguez Panizo. Escritura de dote matrimonial con Antonia García de Agüera (1718).

Este maestro fue heredero del taller de Antonio García de Agüera. Era hijo de Lázaro Rodríguez Panizo y María González, vecinos de Corias. Pronto ingresó en el taller de Manuel de Ron (h. 1645-1732) en el que permaneció entre 1701 y 1706, y en 1718 se casó con Antonia García de Agüera.

En varias ocasiones hizo de testigo en las escrituras otorgadas por Manuel de Ron, donde se dice que es vecino de la villa de Cangas, acaso residente en el barrio de El Corral. Nada sabemos de su actividad artística.

Plácido Antonio García de Agüera, dorador y pintor.

Finalmente, a esta familia de artistas pertenecía el pintor Plácido Antonio García de Agüera, hijo de José Plácido García de Agüera y Francisca Menéndez Prieto, vecinos del barrio de El Corral. Nació el 26 de marzo de 1719 (APCN: Libro bautismos de la iglesia de Entrambasaguas, fol. 8) y falleció el 22 de setiembre de 1798 (APCN: Libro de difuntos de la iglesia de Entrambasaguas, fols. 55-56):

«En veinte y tres de setiembre de mil setezientos noventa y ocho yo, el infraescrito cura de esta pa-rroquia, di sepultura eclesiástica al cadáver de Plácido García Guera que murió en el veinte y dos de dicho mes y se enterró en esta mi parroquia. Hizo testamento a testimonio de don Miguel Pando, escrivano de número de esta villa, y conzejo, recivió los Santos Sacramentos, el de la Eucharistía por viático y el de la Extremaunción, y lo firmo.»

Poco sé de su vida: solo que estuvo casado con Leonor Huerta. En cambio, algo más se sabe de su actividad profesional. El 19 de marzo de 1750, ajustó el dorado y pintura del desaparecido retablo mayor de la iglesia parroquial de San Damías (Cangas del Narcea), por 1.300 reales, comprometiéndose a terminarlo para el día de san Miguel, 29 de septiembre del mismo año (AHA: ante Alejandro López, caja 13.588, fol. 27)

En 1750 pintó las imágenes de Nuestra Señora y San Luis, la corona del Santo Cristo, cuatro candeleros, un atril y el cajón de ornatos de la capilla del Santo Cristo de Murias, parroquia de Santa María de Gedrez (APG: Libro de apeos de los bienes raíces de la ermita del Cristo de Gedrez, fol. 104v). Estás imágenes están reaprovechadas en un retablo de posterior factura, de hacia 1770-1778, realizado por el escultor de Corias Gregorio de Lago.

Poco después, en 1753-1754, doró y pintó el retablo de Nuestra Señora del Rosario de la iglesia de Santiago de Villar de Sapos, concejo de Allande (AHDO: Libro de la cofradía de Nuestra Señora del Carmen de la iglesia de Santiago de Villar de Sapos, caja 1.7.3, fols. 15v y 17v).

Finalmente, en 1796 pintó un retablo colateral, tres frontales, una cruz y el arco toral de la iglesia de San Pedro de Las Montañas (AHDO: Libro de la cofradía del Santísimo Sacramento de la iglesia de San Pedro de Las Montañas, caja 1.4.5, fol. 46).

El sueño que dio origen a Corias

Tabla en la parte baja del retablo que reproduce, como dice la leyenda, una iglesia que baja del cielo

La iglesia y las antiguas dependencias del monasterio San Juan de Corias, próximo a Cangas del Narcea, constituyen uno de los más monumentales y valiosos ejemplos del arte religioso monástico asturiano, al punto que se le llegó a denominar el “Escorial asturiano”. Su reapertura, transformado ahora en parador nacional, invita a rememorar la leyenda de su fundación .

En la base del retablo mayor de la iglesia, labrado en el último cuarto del siglo XVII, hay dos tablas talladas en las que se recoge la leyenda fundacional del monasterio por los condes Piñolo y Aldonza, y que ya aparece contada en el denominado “Libro registro de Corias”, redactado a partir de 1207 por un monje del mismo monasterio llamado Gonzalo Juánez. Según ella, los condes Piñolo Jiménez (Piniolus Ximenez) y Aldonza Muñiz (Ildoncia Munionis) eran poseedores de una inmensa fortuna que no sabían a qué destinar pues no tenían descendencia. Al parecer, según cuenta el P. Risco en uno de los tomos dedicado a Asturias de la “España Sagrada”, habían tenido cuatro hijos que murieron “de tierna edad”. El conde Piñolo, según se cuenta en el “Libro Registro”, fue tocado en su corazón por el Espíritu Santo para que fundara un monasterio, para tener así hijos espirituales, ya que no podía tenerlos de su propia carne. Comunicó el proyecto a su esposa, Aldonza, que participó del mismo con gran entusiasmo, decidiendo ambos mantenerlo en secreto, mientras ponían los medios para proceder a la fundación.

El tiempo fue pasando y el proyecto no se llevaba a cabo. Por ello, Dios intervino nuevamente valiéndose de Suero, un fiel servidor de los condes y su mayordomo, en quien sus señores tenían gran confianza. Una noche, en sueños, el mayordomo oyó una voz misteriosa que le decía: “Levántate. Ve a decir a tu señor que no retrase por más tiempo la realización de lo que tiene pensado, pues lo pensó por mi inspiración y es por consiguiente consejo divino. Que venga, pues, contigo al lugar denominado Corias y allí edifique un santuario en honor de aquel que me preparó el camino en el desierto (San Juan Bautista) y del cual no ha nacido mayor entre los hombres”.

Temeroso el escudero de no ser creído por su señor, no se atrevió a contarle su sueño. Por segunda vez, Suero tuvo la misma revelación nocturna, pero nuevamente volvió a callar, receloso de que el conde Piñolo lo tomase por un embustero y perder así su confianza. La visión se repitió por tercera vez y, en esta última, Suero vio descender del cielo una iglesia sostenida por resplandecientes cadenas, que se posaba sobre el lugar desvelado en la primera aparición. La misma voz volvió a hablar al siervo de los condes en los siguientes términos: “Mira y escucha: Ve a decir a tu señor que este lugar y esta iglesia que has visto descender del cielo han de ser dedicados en la tierra a Juan el Bautista. Y tú, que no quisiste obedecer por dos veces mi mandato por temor a no ser creído, llevarás en tu rostro esta señal para que la vea el conde tu señor”. Al tiempo que se decía esto, el siervo recibió una fuerte bofetada en la mejilla izquierda, a consecuencia de la cual quedaron impresas las huellas de los dedos en su cara.

Con tales señales en su rostro, el mayordomo no dudó ya en comunicar al conde Piñolo el mandato divino. Sin embargo, el conde no creyó las palabras de su siervo y sospechó que su mujer había contado al mayordomo el proyecto guardado en secreto, por lo que la increpó por su indiscreción.

-“¿Acaso te atreviste a divulgar mi secreto, que sólo a ti había confiado?”, le dijo el conde a su esposa, según se cuenta en el “Libro Registro” y traduce Alfonso García Leal en su edición del manuscrito.

-“Ten por seguro, venerable esposo”, contestó Aldonza, “que yo, tu queridísima esposa, no me atreví a hacer pública tu voluntad, agradable a Dios. Pero lo que has discurrido fielmente y me has hecho saber en confianza, realmente te lo ha inspirado Dios para que lo lleves a cabo”.

Tabla en la parte baja del retablo que reproduce los primeros trabajos de construcción de Corias

El conde Piñolo se dispuso entonces a dar cumplimiento al mandato divino y encargó a su siervo Suero que reuniese los operarios necesarios para emprender la obra. Lo primero en construirse fue un pequeño oratorio dedicado a San Juan Bautista y en él fue consagrado el primer abad de la comunidad coriense, Arias Cromaz, un clérigo que vivía en el mismo palacio de los condes Piñolo y Aldonza y que, quizás, tuvo influencia en la decisión de sus señores de fundar el monasterio. Este Arias Cromaz fue más tarde, en 1073, elegido obispo de Oviedo y regaló al tesoro de la catedral una cajita de plata sobredorada que aún se conserva.

Uno de los hechos más curiosos de toda esta historia es que el terreno escogido para la construcción del monasterio de Corias no pertenecía a los condes fundadores. La elección del lugar, según la leyenda, fue revelada al escudero Suero por inspiración divina y, según consta en el “Libro Registro”, era una heredad medio abandonada, áspera e inculta y llena de maleza, situada junto al Narcea, a su orilla derecha, en la que existía ya un pequeño oratorio consagrado a San Adrián. Tanto Piñolo como Aldonza, pero especialmente el conde, poseían un extenso patrimonio disperso por toda Asturias, con notable presencia en la zona occidental y en la misma cuenca del Narcea. Sin embargo, la heredad de Corias pertenecía al conde Rodrigo Díaz que, según el P. Risco, era hermano de doña Jimena, la mujer de Rodrigo Díaz de Vivar, conocido como el Cid. Así pues, para poder llevar adelante su obra, el conde Piñolo hubo de ofrecer a Rodrigo Díaz, a cambio de Corias, una heredad que había sido de sus padres y, además, un perro sabueso y un azor.

Todo esto ocurría por el año 1043, que fue cuando se constituyó la primera comunidad de Corias, que fue puesta bajo la disciplina de la regla benedictina, que entonces hace su aparición en Asturias. Al año siguiente, 1044, los condes Piñolo y Aldonza hicieron la dotación fundacional del monasterio coriense, que incluía un total de ocho monasterios, entre ellos los de San Miguel de Bárcena (en Tineo) y Santa María de Miudes (en El Franco), seis iglesias y un conjunto de más de treinta villas, localizadas en su mayor parte en el valle del Narcea, así como un importante grupo de población servil.

Previamente a la fundación del monasterio, el 28 de marzo de 1032, los condes Piñolo y Aldonza habían obtenido del rey Vermudo III permiso para construirlo, permutando con el monarca varias posesiones, entre ellas siete castillos y varias villas, además de otras heredades, a cambio de la concesión de “coto” a perpetuidad de la llamada “mandación de Perpera” y de todo el territorio monástico. La denominada “mandación de Perpera”, que actualmente es el valle conocido como Monasterio del Coto, recorrido por el río del Coto, había sido donada a los condes por Vermudo III el 11 de mayo de 1031, recibiendo de éstos un caballo bayo valorado en doscientos sueldos, precio muy elevado.

La advocación elegida para el monasterio, San Juan Bautista, ampliamente relacionada con un culto pagano y precristiano de las aguas, y la existencia previa de un oratorio dedicado a San Adrián, apuntan hacia un posible carácter sagrado del lugar de Corias. La inclusión del perro sabueso y el azor, animales ambos empleados para la caza, actividad muy prestigiosa en época medieval y propia de nobles, contribuyeron a realzar el valor de la permuta.


La Nueva España, 6 de noviembre de 2013

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Búsqueda de familiares en Cangas del Narcea desde Montevideo

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Ricardo Antonio Casas Bagnoli (Montevideo, 20 de abril de 1955) es un cineasta uruguayo, documentalista, director y productor de cine.

Ricardo Casas Bagnoli vive en Montevideo, es nieto de una canguesa que emigró a comienzos del siglo XX a América y después de ver el documental “El Viejo Rock”, de Pablo Sánchez Blasco, que trata sobre un emigrante asturiano en América, le surgió la necesidad de conocer a su familia en Cangas del Narcea. Recurre al TOUS PA TOUS y nos escribe desde la capital de Uruguay la siguiente solicitud:

Mi abuela paterna se llamó Esperanza González Fuertes y nació en Cangas del Narcea el 17 de noviembre de 1894. Vino joven a Montevideo, tuvo a mi padre en 1917. No conozco a mi familia asturiana y me gustaría saber de ellos. Yo hago cine y me está surgiendo un deseo de hacer un documental sobre mi familia española.

Espero ese contacto. Gracias.

Según la certificación literal de nacimiento que hemos obtenido en el Registro Civil, esta señora nació el 13 de noviembre de 1894 a las cinco de la madrugada (el 17 de noviembre fue inscrita en el Registro Civil) y es de Veiga / Vegaperpera, aldea perteneciente a la parroquia de La Riela / La Regla de Perandones en el concejo de Cangas del Narcea. Sus padres, bisabuelos de nuestro solicitante, fueron José González Fernández de Veiga / Vegaperpera y Joaquina Fuertes de Rebol.las también perteneciente a la parroquia de La Riela.

Para aportar información al respecto pueden utilizar nuestro buzón: Mensajes a: EL PAYAR

El arte ‘cangués’ produce vértigo

AlNorte, la Semana Nacional de Arte Contemporáneo de Asturias, es un encuentro generacional anual que organiza actividades en torno al Arte Actual (becas, exposiciones, talleres de artistas, cursos, conciertos…) en distintas localidades asturianas. En el evento, fundado en 2002, han participado centenares de protagonistas del Arte Español Actual, con la colaboración de numerosas entidades públicas y privadas (galerías, museos, escuelas de arte, talleres, asociaciones vecinales, colegios, Universidad, colectivos de artistas…). La idea y dirección es de Ángel Antonio Rodríguez y la organización corre a cargo del diario EL COMERCIO.

El jurado de las XII Becas AlNorte, formado por la directora del Museo Barjola Lydia Santamarina, los galeristas Amador Fernández, Nuria Franco y Gema Llamazares, el artista Ramón Rodríguez y por la dirección de AlNorte, decidió el pasado miércoles conceder cuatro becas para organizar y desarrollar sus exposiciones en cuatro salas de Avilés, Gijón y Oviedo que se anunciarán en los próximos días, cuando los miembros del jurado y la organización hayan estudiado la ubicación más idónea para cada proyecto.

Entre los becados se encuentra el proyecto “El arte produce vértigo”, de Francisco Jesús Redondo Losada, natural de Cangas del Narcea y residente en Gijón, con formación en diseño y grabado en las Escuelas de Arte de Avilés y de Oviedo, apuesta por una contundente instalación de registros escenográficos para representar el vértigo del creador y proponer una reflexión colectiva en torno al arte. Su trabajo, que interactúa con el público, equilibra lo escultórico, lo conceptual y lo metafórico, sumando estímulos.

Redondo (Cangas del Narcea, 1968) propone para AlNorte 2013 una gran estructura de madera colgante que alude a los cajones y embalajes contenedores de las obras de arte, imitando su construcción y su simbología, y funcionando como pasarela para interactuar con el público. La instalación se basa fundamentalmente en esa pieza, marcada por textos y pictogramas, que utilizará tensores de acero anclados al techo y al esqueleto de la estructura de la sala para establecer un camino de ida y vuelta, elevándose sobre un cristal negro y brillante que reflejará la imagen de los espectadores y subrayará, en clave reflexiva e intimista, la idea de ‘vértigo’ en relación con la metáfora de la creación artística. Con un interesante fondo teórico y una atractiva solución formal, la obra alude a diversos adjetivos relacionados con la definición de arte y explora las relaciones íntimas del artista con su taller, en ese momento clave de la búsqueda de la emoción contemplativa, proponiendo también un enfrentamiento con el miedo escénico propio y ajeno.