El gremio de libreros reconoce la labor de la librería Treito

La profesora canguesa Mercedes Pérez durante la presentación de su libro -Uría y el patrimonio de las obras públicas en Asturias a mediados del siglo XIX- en la librería Treito; Foto: Mera

La Confederación Española de Gremios y Asociaciones de Libreros (CEGAL) ha reconocido la labor de la librería Treito de Cangas del Narcea, finalista del Premio Librería Cultural 2011. Este premio es una iniciativa de CEGAL con la colaboración de la Dirección General del Libro del Ministerio de Cultura, que premia a las librerías por su tarea de difusión del libro y de la lectura dentro o fuera del espacio físico de la librería.

De esta manera, la librería canguesa recibe el reconocimiento público a su trayectoria de los últimos años, caracterizada por realizar una tarea continua de dinamización cultural y de difusión del libro y de la lectura, resultando ser un punto de encuentro para toda la sociedad canguesa. Animación a la lectura, exposiciones, celebraciones del día del libro y presentaciones de nuevas publicaciones son algunos de los eventos a los que nos tiene acostumbrados esta popular librería desde “El Paseo al Corral” en Cangas del Narcea. 

Desde la web del Tous pa Tous también queremos mostrar nuestro reconocimiento a su labor y nuestra más sincera felicitación.

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ENTRE LA NIEVE. La vida invernal en El Puerto de Leitariegos (1903)

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El Puerto de Leitariegos. Octubre de 1977. Fotografía de José Ramón Lueje. Colección: Museo del Pueblo de Asturias (depósito de Pedro Lueje).

Hoy nieva mucho menos que antes. Esto lo puede asegurar cualquiera que tenga más de cuarenta años. Antes las nevadas eran más copiosas y la nieve duraba mucho más tiempo.

El Puerto de Leitariegos es el pueblo más alto del concejo de Cangas del Narcea y de toda Asturias. Está a 1.525 metros de altitud. Allí, en la actualidad, la nieve se ve como algo beneficioso para la práctica del esquí, pero no siempre fue así.

La existencia de este pueblo se explica por el privilegio real que tuvieron sus vecinos desde 1326 a 1879, que los eximía de impuestos y los libraba de servir al ejército con la condición de vivir allí, mantener abierto el paso y ayudar a los viajeros durante el invierno. La razón de este privilegio fue que Leitariegos era una de las rutas más transitadas entre Asturias y León.

Si no hubiera sido por este privilegio, el pueblo de El Puerto no existiría. La vida a esa altura, con inviernos muy largos y sepultados bajo la nieve, era muy dura. Son varios los testimonios de los siglos XIX y XX que mencionan como la nieve cubría totalmente las casas de este lugar, y sus moradores tenían que hacer túneles en la nieve para comunicarse entre ellos. Para subsistir, en un lugar donde la agricultura era casi imposible, los hombres del pueblo se dedicaban a la arriería y las mujeres permanecían en casa cuidando a la familia.

Conozcamos un testimonio escrito por un vecino de El Puerto, que firma D. O., en diciembre de 1903, y publicado en el diario El Noroeste, de Gijón, el 12 de enero de 1904, en el que relata esta vida “entre la nieve”:

ENTRE LA NIEVE

Pueblo sepultado

A continuación publicamos una interesantísima correspondencia que desde Leitariegos nos dirige un suscriptor de El Noroeste.

Llamamos la atención de las autoridades, y especialmente de aquéllas directamente aludidas en la carta, para que vean la manera de remediar lo que nuestro comunicante denuncia.

He aquí ahora las noticias que en ¡diciembre! enviaba nuestro suscriptor:

 

Leitariegos, Diciembre 1903.

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El Cueto de Arbas (2.007 m.) desde el puerto de Leitariegos. Octubre de 1977. Fotografía de José Ramón Lueje. Col: Museo del Pueblo de Asturias (depósito de Pedro Lueje).

En las ciudades y en las villas, allí donde la humanidad vive con más ó menos confort pero amparada y protegida por leyes de policía urbana, no hay idea aproximada de nuestra virtud y de nuestros sacrificios. Leitariegos, pueblo de 80 vecinos, á 1.500 metros de altura sobre el nivel del mar, lleva dos meses de incomunicación con el resto del mundo. No somos ni personas, porque se nos trata como á bestias. Hace 19 años que comenzó un expediente para la construcción de un modesto templo y todavía no se ha resuelto. Por humanidad debiera el señor arquitecto diocesano enviar al ministerio el proyecto que reiteradamente se le ha pedido y que es de suponer no requiera un estudio muy profundo.

Desde el día 20 de Noviembre vivimos aquí, si esto es vivir, sepultados entre la nieve, cuya altura alcanza 5 metros. La Jefatura de Obras Públicas de la provincia no refuerza, en esta época del año, el personal de peones camineros; de donde resulta que para establecer, cuando es posible, la comunicación entre algunas casas nos pasamos el día los vecinos perforando túneles y no siempre logramos nuestro objeto.

En el mes de Agosto ó Septiembre pasa la autoridad requisa de víveres á todas las casas en previsión del forzoso aislamiento del invierno. Los vecinos pobres almacenan patatas, harina, leña y velas de sebo; los más acomodados cuelgan en la cocina algunos jamones, cecina y chorizos. En cuanto empieza á nevar, cada familia se encierra en su habitación, en la agradable compañía de los animales domésticos. Y digo compañía agradable, porque el que tiene la suerte de poseer una vaca de leche y algunas gallinas, ya no se muere de hambre. Pero puede morirse de otras enfermedades y entonces son las escenas trágicas.

Un vecino que falleció el año pasado, durante la incomunicación por la nevada, no pudo ser trasladado al exterior para darle sepultura y el cadáver quedó durante once días acompañando á la viuda y á los huérfanos. ¡Triste compañía ó inhumano espectáculo!

Una vecina, cuyo marido estaba ausente, quedó encerrada en su casa con una niña de dos años y una vaca. Hallábase en estado interesante y dio á luz, sin ningún auxilio, viéndose obligada, durante un mes, á cuidar de sus hijos y de la vaca, no descuidando los quehaceres domésticos ni su salud. ¡En Madrid se reirán de esto!

Una de las cosas que causan extrañeza á los pocos viajeros que se dignan visitarnos, y que admiraron mucho dos gijoneses y un avilesino que aquí estuvieron el año pasado, es la ilustración de nuestras jóvenes. Estas pobres aldeanas tienen, entre otras, la desgracia de no casarse, porque los mozos emigran apenas cumplen con las obligaciones del servicio militar y las dejan solas. ¡Pobres chicas! Pero son de un carácter tan bondadoso, que no exhalan una queja. Ellas cuidan del ganado; ellas trabajan la tierra; ellas atienden solícitamente á todos los deberes de la familia. Y por único esparcimiento y recreo, organizan todos los domingos y fiestas un baile en la casa del pueblo. Pero llega el invierno; llega la nieve y como inmediata consecuencia la encerrona, y entonces, tanto como de los víveres, como del alimento corporal, se preocupan del pasto espiritual: hacen acopio de libros. Lecturas sanas: de geografía; de historia; de viajes.

Esto parecerá una exageración, pero es el evangelio. Lo han comprobado cuantas personas cultas nos han visitado y pongo por testigos de mayor excepción á los gijoneses y al avilesino. ¡Qué sorpresa! Creer hablar con una pobre aldeana y encontrarse con una señorita, instruida, inteligente y modesta.

Si el Sr. Bellido[1] nos hiciera pronto el proyecto para la iglesia y el señor ingeniero jefe nos ayudase á salir del entierro en vida, seriamos dichosos.

Poco pedimos.

D. O.


[1] Se refiere a Luis Bellido González (Logroño, 1869-1955), arquitecto de la Diócesis de Oviedo a fines del siglo XIX e inicios del XX, que construyó las iglesias de Santo Tomás de Cantorbery, de Sabugo (Avilés), y de San Lorenzo, de Gijón. Fue el arquitecto que también hizo el proyecto del Matadero de Madrid (1910).

Un paseo en blanco y negro

En tan sólo tres minutos recorremos distintos rincones del concejo de Cangas del Narcea, pasando por Argancinas, perteneciente al vecino concejo de Allande. Besullo, Casares (Río del Coto), Brañas de Arriba y la propia villa de Cangas son algunos de los lugares de este recorrido hecho con fotografías de Jorge Fernández Rodríguez, realizadas en los años ochenta del siglo pasado.

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Homenaje de Cangas del Narcea a Anselmo González del Valle

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Anselmo González del Valle, 1874. Dibujo de José F. Cuevas.

El pasado día 2 de diciembre de 2011 en el Teatro Toreno, el Tous pa Tous y el Museo del Vino de Cangas celebraron un homenaje a Anselmo González del Valle, con motivo del centenario de su fallecimiento.

Anselmo González del Valle y Carbajal fue un personaje muy importante para Cangas del Narcea y tiene una calle dedicada a él en la villa, en la que figura como “Anselmo del Valle”, que era como se le conocía en su tiempo. Nació en La Habana en 1852, hijo de un emigrante de Oviedo. A los once años vino a esta ciudad a estudiar y aquí residió hasta su muerte el 15 de septiembre de 1911. Poseedor de una gran fortuna, invirtió su dinero en múltiples negocios. Fue un gran aficionado a las bellas artes, en especial a la música, y es uno de los compositores más destacados que tuvo Asturias.

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Etiqueta de botella de vino de Anselmo G. del Valle, Cangas de Tineo, 1896. Col. Museo del Vino de Cangas.

En 1878 adquirió muchas propiedades en el concejo de Cangas del Narcea, al que estaba unido por lazos familiares. Fue un verdadero modernizador de nuestro concejo. En 1884 construyó el molino que todavía existe junto al puente de piedra de Ambasaguas, en la villa de Cangas, al que dotó de la más moderna maquinaria, y sobre todo invirtió gran cantidad de dinero en mejorar y modernizar el cultivo de los viñedos y la elaboración del vino de Cangas. Para ello trajo técnicos franceses que introdujeron importantes cambios en los viñedos, como el empleo de hilos de alambre para apoyar las vides, el uso de sulfatadoras, sistemas de poda e injerto, etc. Construyó en la villa de Cangas del Narcea, en la calle Pelayo, una gran bodega, “montada con todos los adelantos que requiere la industria vinícola moderna”, conocida como El Lagarón, hoy desaparecida. El jefe de la bodega era Ernest Dubucq. Su vino alcanzó una gran calidad, vendiéndose en Oviedo, Gijón, Avilés, Madrid y La Habana, y obteniendo medalla de plata en la exposición vinícola de Burdeos de 1895 y de oro en la de Angers de 1896. En 1901 vendió todas sus propiedades en Cangas del Narcea a los hermanos Alfredo y Roberto Flórez González.

En el acto de homenaje intervino Fidela Uría Líbano, que hizo un breve recorrido por la biografía de Anselmo González del Valle y su aportación a la música; José María González del Valle, catedrático de Derecho Eclesiástico de la Universidad de Oviedo y nieto del homenajeado, y Juaco López Álvarez, que habló sobre la relación de González del Valle con Cangas del Narcea. Cerró el acto Purita de la Riva que interpretó al piano algunas composiciones de Anselmo González del Valle.

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La canción del Narcea (1925)

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Cangas del Narcea. Los barrios de Ambasaguas o Entrambasaguas y El Cascarín, en julio de hacia 1901.

Este hermoso pueblo de Cangas tiene un barrio ideal. Llámanlo del Cascarín, y compuesto de casas modestas y alegres, en las que mora gente pobre y jornalera; tiéndese perezoso por las laderas empinadas de un pequeño monte, situado entre dos ríos, el Narcea y el Luiña, y sin determinarse —un poco cansado— a llegar a la cumbre de aquel, ni atreverse tampoco en su timidez a descender a las orillas del río, por temor quizá a que le acusen los que le motejan de aldeano de querer entrar en la villa con humos de señorío.

Las muchachas del barrio suelen servir en las casas de la villa; las mujeres asisten, lavan o cuidan en su “casina” un “huertín” y un “jato”. Los hombres trabajan a jornal, y en los días que éste falta o en los ratos de descanso pescan truchas en el Narcea. Tal cual rapazón de diabólico mote las pesca siempre aun en veda, y además descomunales merluzas, en posesión de las cuales alborota el barrio —¡vino de Cangas, qué ruidosos haces a tus libadores!—, poniendo en jaque a los municipales, y sintiendo ánimos de matoncillo.

Pues bien; todo esto lo contemplo desde mi ventana, abierta a un paisaje maravilloso, de ensueño “Quitapesares” llamo a mi alta galería y a mi habitación en ésta, y a fe, lector que me honras siguiendo benévolo mis crónicas, que si conocieras el vasto horizonte que desde ellas domino, quedaría suspenso tu ánimo, habituado a la llanura seca, ardiente, monótona de Castilla.

Luego, siempre me arrulla la canción del río. Corren sus aguas mansas y suaves, dejándose dominar por los campesinos para regar prados y mover molinos vetustos de tosco y primitivo artefacto. Frente a la villa, y debajo precisamente de mi elevado mirador, ruge un poco atrevido, cantando y partiéndose en blancas espumas al correr por los peñascos vecinos. Pero vemos que es fanfarrón y sencillo cuando aquel muchacho que se baña, arrojándose a profundo pozo, sale indemne nadando, sin que se lo trague, o cuando el maestro del pueblo saca una gran trucha de libra con su caña, semejante a un ballenato.

Sin embargo, el Narcea y su eterna canción murmuradora me parecieron tristes una vez. Finaba este invierno, y un día de cielo gris y triste, de cierzo helado presagiador de nieve, de aguas chorreantes en montañas y caminos por doquiera, hube, cumpliendo deberes judiciales, de trasladarme al cementerio de un pueblo no lejano, para presenciar una autopsia.

Llaman aquel camposanto “de Puchanca”. Es una diminuta península asentada sobre rocas, a tres o cuatro metros de altura sobre el río, y dirigida contra la corriente del Narcea. Así parece la proa de un navío que navega hendiendo con fuerza las aguas que, locas y arrolladoras, baten la roca.

Nunca vi lugar más encantador y delicioso, aunque la triste tarde de marzo y las circunstancias que allí me llevaban no dejasen propender mucho el ánimo a fantasías poéticas. A mi recuerdo vino la famosa barca de Caronte, que surca el lago de lo infinito desconocido, con los muertos, que deben pagar el óbolo a su barquero.

Yo pensaba en los bellos cementerios mundanos y lujosos que conozco en grandes capitales: el coruñés, el Père Lachaise de París, los de Milán y Florencia. ¡Cuán distaban de aquel humilde y pequeño que tenía delante! Pero ¡qué emoción delicada embargaba el ánimo en aquel apartado rincón astur y en plena Naturaleza! ¡Qué mejor sitio que aquel para descansar siempre sobre aquella roca viva, barca de la eternidad, que lamen y arrullan las aguas cantarinas del Narcea, bello río asturiano!

Empezó a caer nieve. El forense, al aire libre y bajo aquella, manejaba rápido y seguro el bisturí, en aquel cuerpo de mujer, aún joven y hermosa, poco antes codiciado, y que un accidente había tronchado en flor. Cuando —¡la ley falta!— el escoplo golpeado por un mazo hendía aquel cráneo para abrirlo mientras escuchaba su sordo y angustioso sonido sentí una desolación, una angustia infinita, la misma que en el momento supremo debemos experimentar en los linderos de la Vida y de la Muerte…

Por eso aquel día me pareció triste como nunca y plañidera la canción del Narcea, que siempre resuena alegre debajo de mi ventana, junto a la que escribo esta crónica.

La Voz, Madrid, 30 de julio de 1925


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El puerto de Leitariegos (1925)

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El Puertu, hacia 1920. Fotografía de Benjamín R. Membiela. Colección: Juaco López Álvarez.

Asturias tiene respecto del Sur, o sea con León, dos puntos naturales de comunicación, cuyo acceso es más fácil que en cualquier otro de la colosal barrera, que por esta orientación aísla y defiende a la provincia: tales son Pajares y Leitariegos, ambos puertos de montaña en la cordillera cantábrica.

De Pajares ya escribí en marzo último una crónica con las impresiones de su tránsito nevado en ferrocarril. Además, harto conocido es por la mayoría de los lectores, si no “de visu”, por las múltiples descripciones que en guías, mapas, obras literarias, etc., se hacen de él, como merece.

Pero hoy quiero dar a conocer este otro paso de Castilla al mar, poco conocido, y que tiene gran importancia, no sólo turística y alpinista para el viajero y aficionado al deporte de montaña, sino comercial y estratégicamente considerado.

Se encuentra, lo mismo que Pajares, en el mismo límite de Asturias y León, partidos judiciales de Cangas de Tineo, en aquella provincia y de Murias de Paredes, en ésta. A unos cien kilómetros de León, en carretera, treinta y tantos de Cangas, y apenas 15 de Villablino, vía férrea más próxima, en la terminal del ferrocarril minero que de Ponferrada parte.

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La Laguna, hacia 1920. Fotografía de Benjamín R. Membiela. Colección: Juaco López Álvarez.

El puerto mismo, su interesante laguna, que recuerda mucho la grande de Peñalara, en el Guadarrama, y el altísimo Pico o Cueto de Arbas, uno de los puntos de triangulación principales para el mapa nacional, y bastante más elevado —como la laguna— que el mismo puerto, se encuentran dentro de Oviedo.

Antes existía un pequeño municipio, que integraban cuatro aldeas: El Puerto, Brañas de Arriba y de Abajo y Trascastro, hoy incorporado en su totalidad a Cangas por no tener medios de vida independiente ni razón de existencia.

Lamento no poderos dar una sensación gráfica por la fotografía de lo que la Casa-Ayuntamiento de Leitariegos, sita en Brañas de Arriba, era; un verdadero y pequeño mechinal o cubil, sin más luz que la de la puerta, y en la que existían unas antiguas cadenas, pesadísimas y emplomadas, para sujetar a los presos que había de juzgar la Inquisición, y el privilegio de doña Urraca de Castilla concediera a los habitantes del Puerto en pago de ciertos servicios que en su viaje o tránsito por el mismo le prestaron.

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Brañas d’Arriba y Cueto Arbas, hacia 1920. Fotografía Benjamín R. Membiela. Col. Juaco López Álvarez.

El tal privilegio, interesantísima obra de arte y documento histórico, obligaba a dichos habitantes a tener una hospedería para caminantes, y a salir en los duros días invernales de inclemencia nevada a buscar a aquellos que se hubieran perdido en el difícil paso, a cambio de la exención del servicio militar y tributos.

Difícil en extremo, en cuanto que hoy día cubre la nieve totalmente las casas, comunicándose por túneles unas con otras, y habiendo de hacer en otoño grandes provisiones de boca los vecinos para sí, y para el ganado vacuno que con ellos mora y teniendo pozos en aquéllas. Yo mismo, ya 10 de mayo último, no he podido forzar el puerto en automóvil por la nieve acumulada, y que caía en aquella fecha primaveral.

Grandes pilastras de piedra, de unos cuatro metros de altura, sirven, hacia la vertiente de León, para marcar la carretera, y aun así desaparecen en ocasiones en los aludes y ventisqueros o “traves” que la nieve compacta y la ventisca forman.

Sin embargo, tan bello y adecuado paraje para el alpinismo es casi totalmente desconocido para sus aficionados y practicantes, doliéndome en extremo a mí, antiguo “skieur”, tal abandono e indiferencia, que he intentado vencer publicando en “Vida Leonesa”, órgano de la Sociedad Cultural Deportiva de León, un artículo sobre la materia, llamando la atención de los deportistas leoneses sobre Pajares y Leitariegos como centros alpinos.

El Club Alpino Español, que tanto fomenta el deporte de montaña, la Sociedad Peñalara, la Deportiva Ferroviaria, que organiza excursiones colectivas a centros montañosos y alpestres, habrían de quedar satisfechas si, aprovechando algunas festividades —como mínimo dos días—, visitara algún grupo de sus miembros esta región y el puerto antedicho.

Estratégica y comercialmente, el puerto de Leitariegos es la vía natural de León y todo su antiguo reino y del de Extremadura y Portugal, hacia el Norte y el Cantábrico, buscando la salida en Pravia.

Un ferrocarril, el Villablino-Cangas-Pravia, continuación del de Ponferrada a Villablino, con categoría de estratégico en el trozo hasta Cangas, y secundario de aquí al mar, se halla proyectado ha largo tiempo, sin que por ahora se considere próxima su construcción, con grave perjuicio de los intereses de León y Asturias, y de los generales del Estado.

El día que dichosamente circule acrecentará enormemente la riqueza de estas provincias, y facilitará el conocimiento del hermoso puerto de Leitariegos o Lazariegos.

La Voz, Madrid, 11 de septiembre de 1925

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El paraíso del silencio (1919)

Crónica estival publicada en el  periódico La Correspondencia de España – Madrid, domingo 7 de septiembre de 1919


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EL PARAÍSO DEL SILENCIO

Camináis con nosotros por una angosta carretera, que envidiosa del río, arrebatóle parte de su cauce para hundirse también en el profundo tajo de la montaña, y desliza su blancura al margen de las aguas, que corren a nuestra vera y salpican con sus retozos las paredes de la enorme brecha. Arriba, de la faz de la meseta herida y a los bordes del abismo, cuelgan las enredaderas silvestres, repletas de campanillas de cobalto que fortalecen su colorido con la luz del Sol; y unos pajarillos de pechuga rojiza y cenicienta, como la roca viva del acantilado, revolotean a nuestro paso, asustados quizá por la presencia de estos huéspedes inesperados.

La mañana, que está espléndida, convida a la expansión campestre, y dilátase el espíritu por estos apacibles rincones de los valles asturianos, escondidos entre los pliegues de las sierras y de las colinas, y no turbada jamás su paz infinita por las luchas humanas, aunque sean épicas las locuras y trágicas las convulsiones. La tranquilidad reina en derredor nuestro. Apoyado en el pretil de un puente, con gesto de tristeza, implora caridad un pobre anciano de blanca melena y luenga barba. A su cuidado va un rebaño de ovejas, que al trepar por los peñascos agitan sus esquilas, y llega apenas a nosotros el tintín; porque al igual de los cantares de otros pastores mozos y lejanos, es rumor moribundo en aras de la distancia.

Pasan las horas con inusitada rapidez, como diluidas en la corriente, y bien pronto nos sorprende el monasterio de San Juan de Corias, con sus interminables filas de ventanas y balcones —tantos como días tiene el año, al decir de las gentes—; con su mole inmensa de mármol y granito, que pesa sobre un área de ocho mil metros cuadrados y da la sensación de una obra de leyenda, adornada con todos los más bellos ritos que haya podido forjar la tradición cristiana.

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Monasterio de San Juan Bautista de Corias (Cangas del Narcea), hacia 1919.

Ciertamente que no caben mayor exuberancia ni prodigalidad en las galas que acumuló la Naturaleza en torno del monumento. Las aguas potables de manantiales y de arroyos, que corren presurosas entre los árboles frutales y los bosques frondosos, y la situación incomparable del edificio, que se yergue en medio de un valle salpicado de viñas y caseríos, de praderías y arbolado, aúnan el más delicioso conjunto que puedan apetecer quienes sepan gozar de la vida del campo y aprecien esos encantos en toda su intensidad.

Chirría la puerta, mientras gira perezosamente sobre su goznes, y nos franquea el paso a los claustros, que están desiertos, pero bañados por torrentes de luz, que penetra también a chorros, como haces de oro y púrpura, por las filigranas de los ventanales para dibujar caprichosas siluetas en las paredes del fondo, donde se alinean las celdas, que aparentan dormir el augusto sueño sepulcral.

Un religioso de cara angulosa, y tan pálido como la blanca estameña de los hábitos que viste, pero afable y culto, nos guía por el laberinto de pasillos, y con palabra dulce, reposada, nos explica una lección de historia local, a la par que conocemos las dependencias del convento con todas las preciadas joyas que atesora.

Fue fundado el monasterio de San Juan de Corias a principios del siglo XI y a expensas de una cuantiosa fortuna legada con tal fin a los monjes benedictinos por los condes doña Aldonza y D. Piñolo de Ximénez, quienes después de perder a todos sus hijos y la esperanza de nuevas sucesiones, hicieron testamento por el año 1044, concediendo todas sus dilatadas heredades y haciendas desde el río Duero hasta el mar Océano, y desde el río Eo hasta el Deva, para que después de la muerte de ambos se llevase a cabo su deseo.

En 1763 un incendio destruyó toda la antigua abadía, y entonces se pensó en levantar el monumental monasterio que hoy contemplamos y que habitan los frailes dominicos. Comenzadas las obras algunos años más tarde por el abad fray Isidoro Estébanez, continuaron sin interrupción hasta el 1809, que se llevaron á feliz término; largo plazo si se cuentan los meses y los años, pero no tan exagerado, si nuestra atención advierte con algún esmero el ímprobo trabajo que representa.

Hubo un día en que las risas infantiles gorjeaban por los claustros como trinos de pájaros. Decían mal con la austera tranquilidad del convento. Acaso por esto los frailes dejaron de educar gente extraña, y ya no moran en este recinto aquellos heraldos de la alegría, que en sus recreos y con su juvenil algazara inundaban de vida los patios, como si el Narcea, que lame de continuo los cimientos del coloso, desbordase sus pacíficas aguas para arrastrar todo lo arcaico y todo lo legendario, y traer en el seno de su corriente las piedras preciosas que cimentaron el orbe donde bulle todo ajetreo mundanal.

Pero en sus amplias galerías, en sus huertos poéticos, en todos sus lugares, tiene el monasterio de Corias la más inefable atracción, y desde este aislamiento, que lejos nos parecería cruel ostracismo, renegamos de la inexorabilidad de nuestro sino, porque muy fácilmente el vivido ideal de un delirio exquisito pretende naturalizarse en el imperio de la consciente realidad. En este paraíso del silencio los ruidos sociales no penetran y no turban su tranquilo bienestar; habla el alma a solas, consigo misma, y no topa otros testigos de su charla que aquellos sentimientos que procura añorar. Nuestra voz resuena en el abismo del ser, y en su místico letargo el espíritu siente nacer un mundo nuevo con imágenes e impresiones de coloración caprichosa, ajenas por completo a las plásticas concepciones del mundo real.

El monasterio de Corias, Escorial asturiano, alcázar de resignados, refugio de solitarios, es hoy paraíso de silencio en esta tierra de potentados, y cuando el quejumbroso tañido de sus campanas rasga los aires, parece estremecerse el espacio en todos los contornos, para salir de las entrañas del bosque legiones de duendes en mágico aquelarre, firmes jinetes en el indomable corcel de los tiempos y ansiosos de desandar la vida para brindarnos las desnudeces de añejas costumbres pésicas.

Todo es misterio. Los profanos visitantes nos sentimos contagiados de la frialdad de los muros, y se extravía nuestra imaginación en vagos soliloquios por la intrincada espesura del pasado, que revive al soplo de estas brisas monacales saturadas de mirra, de incienso, de laurel. Y desfilan ante nosotros las visiones, y recordamos los sueños de Arquíloco cuando dormía en la más elevada meseta de los Alpes y veíase adorado con rítmicas contorsiones por las hijas de Licambo, bajo la influencia de las nómadas…

Y pasa la tarde. Cuando salimos del convento cierra ya la noche. La luz del Sol desfallece en ámbares cloróticos, y en el terciopelo celeste tiemblan como florecillas de hielo las estrellas. Entre los crespones de las sombras se oculta ya el monasterio de Corias, pero todavía perdura en nuestro ánimo largo rato la impresión que os brindamos.

GIRALDO DE RAVIGNAC
Luarca y septiembre de 1919.


 

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Cangas del Narcea en el Museo Arqueológico de Asturias

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Recreación de mujer neardental en el Museo Arqueológico de Asturias

En marzo de 2011 se abrió al público el Museo Arqueológico de Asturias, en Oviedo, después de permanecer cerrado siete años. Se inauguró con una exposición permanente en la que se exponen ocho piezas procedentes del concejo de Cangas del Narcea. Lógicamente, en los almacenes del museo hay muchos más objetos de nuestro concejo, que son el resultado de hallazgos casuales y de dos excavaciones arqueológicas realizadas en el castro de Larón en 1978 y en el monasterio de Corias en los últimos años. De estas excavaciones proceden la mitad de las piezas expuestas. Vamos a enumerarlas, siguiendo un orden cronológico:

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Hacha de bronce encontrada en las inmediaciones del castro de Larón, 800 – 700 antes de Cristo.

Hacha de talón y anillas, aparecida en las inmediaciones del castro de Larón. Apareció, junto al fragmento de otra hacha, en los años sesenta del siglo XX, en el talud de la carretera de Degaña. El hacha es de bronce y conserva las rebabas y el muñón de fundición, lo que indica que nunca fue utilizada como instrumento. Es un tipo de hacha muy característico del Bronce Final Atlántico, que aparece entre los años 800 y 700 antes de Cristo, es decir hace unos dos mil ochocientos años. J. L. Maya y M. A. de Blas, “El castro de Larón (Cangas del Narcea, Asturias)”.

2

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Fíbula de bronce hallada en el castro de Larón, siglo II antes de Cristo.

Fíbula simétrica de bronce encontrada en 1978, en la excavación arqueológica del castro de Larón dirigida por José Luis Maya, de la Universidad Autónoma de Barcelona, y Miguel Ángel de Blas, de la Universidad de Oviedo. Una fíbula es un broche que se usaba para sujetar las prendas de vestir. La que apareció en el castro de Larón es un modelo que tiene su origen en la cultura de La Tene, y data del siglo II antes de Cristo. Existe una muy similar aparecida en el concejo de Tineo. Eran objetos muy valiosos, que se usaban durante varias generaciones. J. L. Maya y M. A. de Blas, “El castro de Larón (Cangas del Narcea, Asturias)”.

3

Depósito de monedas romanas aparecido en el pueblo de Bimeda. Se trata de 192 monedas de bronce del siglo IV que aparecieron hacia 1864 en las obras de desmonte para la construcción de la carretera La Espina-Ponferrada. De este hallazgo dio noticia Nicolás Suárez Cantón en La Ilustración Gallega y Asturiana (8 de julio de 1880). Según parece, el “tesoro” estaba formado por muchas más monedas. Las que han llegado al Museo Arqueológico de Asturias fueron acuñadas en Francia e Italia; las más antiguas pertenecen a la época del emperador Constantino I y las más recientes son del mandato del emperador Graciano. El hallazgo de esta clase de depósitos o “tesoros” es relativamente frecuente, por ejemplo, en el pueblo de Trones apareció uno en 1910 con más de mil monedas romanas, y su ocultación se realiza en momentos conflictivos en los que la gente esconde sus bienes. “El probable tesorillo de Bimeda (Cangas del Narcea)”.

4

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Lapida de Lucio Valerio Postumo, hallada en Arnosa, La Viliella.

Lápida sepulcral de Lucio Valerio Postumo. Este fue un romano que seguramente vino a nuestro concejo a trabajar en las explotaciones de oro que se llevaban a cabo en el valle del río Ibias, en la parroquia de Larón. La lápida apareció a fines del siglo XIX en el lugar de Arnosa, cerca del pueblo de La Viliella, y la encontró Felipe Rodríguez, de casa Felipón de este pueblo, que la colocó junto al portón de su casa. El 5 de diciembre de 1951, por iniciativa de Joaquín Manzanares, sus nietos la donaron al Museo Arqueológico de Asturias. En la lápida aparece la inscripción siguiente:

L · VALERIUS
POSTUMUS
VX · AN · L
H · S · EST
S · T · T · L

Que viene a ser: L. Valerius / Postumus / v(i)x(it) an(nos) L. / H(ic) s(itus) est. / S(it) t(ibi) t(erra) l(evis). La traducción al castellano es: “Lucio Valerio Postumo, vivió 50 años. Yace aquí. La tierra te sea ligera”.

5

Lápida de consagración o fundación de la iglesia de Santa María de Castanéu, del año 1166. Es una pizarra que estaba colocada en el muro norte de esta iglesia. Ingresó en el Museo Arqueológico de Asturias por iniciativa de Joaquín Manzanares y Manuel Jorge Aragoneses, el 6 de diciembre de 1951. La inscripción está escrita en latín, pero se ha borrado en su mayor parte, y solo se leen bien las tres primeras líneas, que traducidas dicen: “En el nombre de nuestro Señor Jesucristo, fue consagrado este templo por el obispo Gonzalo, en la era MC CIIII …”. Don Gonzalo fue obispo de Oviedo entre 1162 y 1175.

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Espuela o acicate de hierro, bronce y cuero de época medieval, encontrada en la excavación arqueológica del monasterio de Corias dirigida por Alejandro García y con la participación de Francisco F. Riestra. Es una de las espuelas que aparecieron en los enterramientos que había en el interior y en el exterior de la primera iglesia que tuvo el monasterio, que fue construida en el siglo XI y era de estilo románico. En esta iglesia y en su cementerio solo se enterraban los monjes y los nobles que habían hecho donaciones al monasterio. Con las espuelas puestas se enterraba a los caballeros, y eran un símbolo de nobleza y distinción. Datan de los siglos XII y XIII. En estas tumbas también aparecieron monedas, que se colocaban en la boca o entre las manos de los difuntos, y colmillos de jabalí, que los muertos llevaban colgados como signo de su valor en la caza de estos animales.

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Espuela o acicate de hierro y bronce de época medieval, encontrada en la excavación arqueológica del monasterio de Corias.

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Teja con representación de caballeros (Monasterio de San Juan Bautista, Corias, Cangas del Narcea)

Teja curva del monasterio de Corias de fines de la Edad Media. Tiene inciso el dibujo de dos caballeros armados con espada y lanza. Apareció en el tejado del monasterio y fue encontrada por “Biescas”, trabajador de la empresa que esta realizando la reforma del monasterio para convertirlo en Parador Nacional, que la entregó a los arqueólogos Alejandro García y Francisco F. Riestra.

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A continuación podéis descargaros una pequeña guía en formato pdf, realizada por la arqueóloga  Carmen Benéitez González, que os puede ayudar, si visitáis el museo, a localizar estas piezas en la exposición.

icon Cangas del Narcea en el Museo Arqueológico de Asturias (636.93 kB)