Escudos de los Martínez en Cangas del Narcea

Escudos con las armas de los Martínez: un árbol a cuyo tronco está atado con una cadena un león, tres flores de lis, y un sol y una luna.

Estas armas aparecen en Casa Bartuelo de Folgueras de Bergame, Casa Bartuelo de la Veiga’l Tachu, Casa Molineiro de Veigaipope y Casa Campa de Veigaperpera.

VEIGAIPOPE / VEGAPOPE (Parroquia de La Riela / La Regla de Perandones) – Casa Molineiro

VEIGAIPOPE / VEGAPOPE

(Parroquia de La Riela / La Regla de Perandones)

Casa Molineiro

Escudo con las armas de los Martínez: un árbol a cuyo tronco está atado con una cadena un león, tres flores de lis, y un sol y una luna. Debajo aparece la inscripción y la fecha siguientes: “Estas son las armas de Martínez por varón. Las mandó hacer don Juan Martínez. Año de 1797”. Las mismas armas aparecen en Casa Bartuelo de la Veiga’l Tachu, Casa Bartuelo de Folgueras de Bergame y Casa Campa de Veigaperpera. Este escudo de Casa Molineiro de Veigaipope es el más reciente que existe de las armas de los Martínez.

En efecto, en 1787 el dueño de esta casa, como dice la inscripción del escudo labrada una década después, era Juan Martínez, “hijosdalgo”, que vivía con su hijo José y su nieto Miguel. En 1808 y 1815 el propietario era este Miguel Martínez, que en 1815 presenta a los empadronadores del padrón de hidalguía una escritura hecha ante el escribano José Meléndez de Arvas del 20 de enero de 1778 en la que se dice que estos Martínez eran “hijosdalgo notorio de armas pintar”. En 1825 el propietario es José Martínez.

VEIGAPERPERA / VEGAPERPERA (Parroquia de La Riela / La Regla de Perandones) – Casa Campa

VEIGAPERPERA / VEGAPERPERA

(Parroquia de La Riela / La Regla de Perandones)

Casa Campa

Escudo con las armas de los Martínez: un árbol a cuyo tronco está atado con una cadena un león, tres flores de lis, y un sol y una luna. Las mismas armas aparecen en Casa Bartuelo de la Veiga’l Tachu, Casa Molineiro de Veigaipope y Casa Bartuelo de Folgueras de Bergame.

En este pueblo de Veigaperpera a fines del siglo XVIII y primeras décadas del XIX había siete vecinos y todos eran “hijosdalgos”, pero solo los Martínez eran “hijosdalgos de armas pintar”. En 1787 el propietario de esta casa era Francisco Martínez, y en 1808 y 1824 lo es su hijo Manuel Martínez.

FOLGUERAS DE BERGAME (Parroquia de Abanceña) – Casa Bartuelo

FOLGUERAS DE BERGAME

(Parroquia de Abanceña)

Casa Bartuelo

Escudo con las armas de los Martínez: un árbol a cuyo tronco está atado con una cadena un león, tres flores de lis, y un sol y una luna. Las mismas armas aparecen en Casa Bartuelo de la Veiga’l Tachu, Casa Molineiro de Veigaipope y Casa Campa de Veigaperpera.

Entre 1787 y 1824 los propietarios de esta casa fueron Bartolomé Martínez, su hijo Manuel y su nieto Antonio Martínez, “hijosdalgo notorios”.

BISUYU / BESULLO – La Casona

BISUYU / BESULLO

La Casona.

Escudo partido. A la izquierda armas de los Queipo de Llano (tres fajas y tres flores de lis, con racimos de uvas en el borde) y a la derecha, de los Flórez (una doncella cruzando un río con una cesta de frutas sobre la cabeza y tres flores de lis, con aspas en el borde). Este escudo es similar al que estaba en el Palacio de los Llano en el barrio de Ambasaguas en Cangas del Narcea y que en la actualidad está en una fachada lateral del Hotel Truita, calle Diz Tirado de esta villa.

En 1787 el dueño de esta casa era Pedro de Llano Flórez. La heredará su hijo Lorenzo de Llano Flórez (1822-1902), que en 1897 derriba la casa antigua y construye la casona que ha llegado hasta nuestros días, que hoy está en ruinas después de un incendio ocurrido en 2006. Una placa de mármol colocada encima de la puerta de entrada a la casa recuerda al dueño y su obra: “Se hizo esta casa por el Sr. D. Lorenzo de Llano Flórez a los setenta y cinco años de edad. Año de 1897”.

Fabricación de orujo en el Occidente de Asturias

Alquitara o alambique para hacer orujo en Las Escolinas, Cangas del Narcea, h. 1970. Fotografía Julio A. Fernández Lamuño. Col. Museo del Pueblo de Asturias.

En la zona occidental de las viejas Asturias, donde aun se cultiva la viña, denominase orujo no al hollejo de la uva, sino al alcohol destilado del mismo por medio de un sencillo alambique de construcción casera. Cuando se pisa la uva, esta es introducida con todo el escobajo en la tina, donde se produce la primera fermentación del mosto por espacio de unas tres semanas. Al cabo de este tiempo se trasiega a las cubas donde ha de sufrir la segunda fermentación, en tanto que el magayu u orujo (que en Grandas de Salime llaman bullo) es llevado a la prensa de husillo para extraer el pie que es un vino de segunda calidad, inferior al del mosto, pero que puede mezclarse con éste para homogeneizar el conjunto. Según se apriete más o menos el magayu, se obtendrá después menos o más orujo, es decir, alcohol etílico.

El alambique o alquitara suele ser de construcción muy sencilla, siendo los mejores los que poseen la caldera de cobre; pero son más frecuentes los económicos fabricados con bidones o depósitos de chapa de hierro de 200 a 300 litros de cabida. A estos se les ajusta una tapadera de cierre hermético y un tubo vertical al que se adapta un terminal de cobre llamado “el capuchu”, que va dentro de un depósito de agua corriente y sirve de condensador de los vapores del orujo, el cual sale al exterior por un tubito lateral, cayendo en forma de delgado hilillo líquido en la garrafa dispuesta al efecto para recogerlo.

Para alcanzar este resultado, ha de prepararse cuidadosamente todo el proceso, necesitándose una persona dedicada a él, sin prisas ni impaciencias: en el fondo de la caldera hay que colocar una capa de paja, preferentemente de centeno (que da menos color al orujo y aguanta bien el calor), aunque en caso de carecer de ella sirve también la de trigo u otra similar. Ya dispuesta esta capa con espesor de algunos centímetros, se echan unos dos baldes de agua (es decir, unos 30 litros) para una caldera de 220 litros, añadiendo la carga de magayu o bullo y apretando ligeramente, hasta llenar la caldera, la cual deberá ser seguidamente cerrada con la tapa ajustada, y cegando cualquier pequeña rendija o fisura por donde pudiera escapar el vapor, con barro o cualquier otro material fácil de encontrar en el medio rural. Se coloca la capucha o refrigerante, se hace gotear el agua de refrigeración y se procede a encender y atizar el fuego, el cual solo puede ser vivo al principio hasta el momento de empezar a hervir la mezcla (cosa que se alcanzar hacia los 90 minutos de haber encendido el fuego). En este punto debe mantenerse la fuerza del fuego más suave, para conseguir una destilación lenta y continuada, ya que si fuera rápida, arrastraría mucha agua y se obtendría un orujo muy flojo, y si fuera demasiado lenta se alargaría la operación hasta la noche (es decir, muchas horas) con poco rendimiento y gran molestia.

La paja de centeno cumple la importante misión de evitar que el magayu se queme o “afume”, accidente que daría mal aroma al producto destilado. Para hacer el fuego tiene especial valor el disponer de buena leña de roble o de faya y, aun mejor, de los cepos o torgos de las carroubas (raíces) de la uz moural (la uz o brezo blancal se arranca mal y, además, tiene poca cabeza y es mala de trocear; en cambio la uz moural es fácilmente arrancable con picachón y proporciona un excelente torgo, muy apto para el fuego, donde genera excelente borrayu o brasa de larga duración). Al cabo de unas siete horas de haber encendido el fuego y tras una destilación de cuatro o cinco horas, debe desocuparse la caldeira, vaciándola de todos los restos, útiles ya solo para el estercolero, pudiendo repetirse la operación en sucesivos días. Es un trabajo que exige paciencia y atención constante al proceso, para evitar tanto el detenimiento de la destilación como el que el exceso de calor la provoque demasiado rápida. Se obtiene así, un orujo o alcohol de una riqueza que oscila entre el 40 y el 60%, generalmente algo más rico al principio y más flojo al final.

Se calcula que para una caldera de doscientos litros de cabida se colocan unos ochenta kilogramos de magayu (tres cestos o maniegos), de los cuales se obtienen entre cinco y doce litros de orujo, según varios factores: cual haya sido el grado de previo estrujado, la calidad meteorológica del año, la madurez de la uva empleada y el grado de apuramiento en la destilación; el promedio normal para dicha carga es de nueve litros. Pero las antiguas viñas de Sanformar (en las aldeas anegadas por el embalse de Grandas de Salime) alcanzaban a dar hasta los 13 litros de aguardiente para la misma carga, en tanto que otras de Arganza (Tineo) solo llegaban a los cinco; eran la consecuencia de las distintas calidades de sus viñas, condicionadas tanto por el emplazamiento y orientación, como por la naturaleza de los terrenos y el régimen de trabajos y cuidados aplicados a ellas.

La fabricación de orujos o aguardientes es una práctica muy extendida en toda la comarca vitivinícola del occidente de Asturias, si bien la paulatina reducción de ésta la va haciendo desaparecer poco a poco, conservándose hoy en Cangas del Narcea, Ibias, Los Oscos, Pesoz, Allande y pocos concejos más. Antaño fue una manera de conseguir un beneficio marginal a la cosecha de vino, y su venta se ha venido haciendo en chigres y locales similares, donde los asiduos clientes suelen apreciarlos más que a conocidos productos alcohólicos con nombres comerciales famosos y de precio muy superior.

La cantidad de orujo obtenida al cabo del año es difícil de conocer, por ser la fabricación muy irregular y en régimen de pura artesanía rural. Últimamente se utilizan para obtener este licor, no solo los magayus autóctonos sino también los de uvas traídas directamente desde las tierras leonesas, uvas que vienen a sumar sus mostos a los caldos conseguidos en las ya escasas hectáreas de viñas aun cultivadas en nuestras tierras del occidente astur.


Tineo, octubre de 1978.


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XARCELEI / JARCELEY – Casa el Palacio

XARCELÉI / JARCELEY

Casa el Palacio.

Escudo con las armas de 1º Carballo (un roble y una mujer que aparece partiendo una rama; un castillo y delante de su puerta un hombre), 2º Sierra, 3º Valle / Queipo de Llano, 4º Sierra y 5º Peláez (un hombre pisando a un dragón al que clava una espada en la boca, mientras mira hacia una cruz).

En 1787 el propietario de este palacio era Francisco de Sierra Quiñones. En 1808 es de su primogénito, Francisco José de Sierra y Llanes, coronel de los Reales Ejércitos, Maestrante de Sevilla y uno de los siete asturianos que participaron en las Cortes de Cádiz y que redactaron la Constitución Española de 1812. Francisco José fallece en Avilés en 1820 y pasa la posesión de la Casa de Jarceley a su hijo Francisco Julián de Sierra Abello y Castrillón, que reside en Avilés. Para saber más sobre la casa de Xarceléi véase en esta web del Tous pa Tous la noticia escrita por Xuan F. Bas Costales sobre este palacio en 1820: El palacio de los Sierra en Xarceléi en 1820