Tiempo de silencio

Finales años 50. De izda. a dcha: Benito A. Castelao, Antón Arce, Manuel Gómez, Germán García ‘Cañita’.

El hombre de la boina es Cañita. Se llamaba Germán García Rodríguez pero todo Cangas lo conocía por Cañita. De él se contaba que se escapó cuando iba a ser fusilado en septiembre del 36. Unos decían que se tiró en marcha de la camioneta en la que él y otros republicanos eran conducidos al cementerio de Cangas, el lugar del fusilamiento. Otros sostenían que se escabulló justo delante del pelotón, en el mismo cementerio: que mientras los soldados cargaban los fusiles, se echó monte abajo hacia el río y logró huir y esconderse.

Cañita anduvo unos años deambulando por la parte del Coto y por Las Montañas y luego pasó a los concejos de Allande y Grandas. Sobrevivió mendigando y haciendo algunos trabajos, oculto bajo el nombre de Gervasio Iglesias. En 1942 lo detuvo una contrapartida de la Guardia Civil y acabó en la cárcel. Luego, regresó a Cangas. Se dedicaba a trabajar las huertas y se encargaba de tocar las campanas. Era un personaje popular de quien recuerdan muchos que fumaba en unas pipas que fabricaba él mismo con huesos de pollo.

Cañita aparece en esta fotografía con tres representantes de las fuerzas vivas de Cangas. Ahí están don Benito Álvarez Castelao, banquero; don Antonio Arce, abogado y ex alcalde; y don Manuel Gómez, médico.

Es una imagen que dice mucho del Cangas que sobrevivió a la Guerra Civil y de cómo tras la gran tragedia, la gente se echó el dolor a la espalda para poder seguir conviviendo. Tiempo de silencio. En esa escena apacible, cuatro hombres viven unos momentos de tranquilidad; puede ser que estén sentados a la puerta de alguna bodega, en una típica tarde de merienda. Años atrás, los cuatro han sido testigos de unos años intensos, dramáticos, de unos acontecimientos tremendos. La vida les ha regalado después, no obstante, instantes como este.

Cañita, el legendario rojo cangués que logró burlar a la muerte en el último minuto, está sentado junto a don Manuel Gómez, cuyo hijo Grato no tuvo esa suerte. Grato era un joven militante de Izquierda Republicana, el partido de Manuel Azaña. Lo fusilaron en Luarca en diciembre de 1937. Era estudiante de Medicina, tenía 27 años de edad. No hace falta escarbar mucho para comprobar que Grato no cometió ningún delito que mereciese tal castigo. Su fusilamiento fue contado en la controlada y censurada prensa franquista y ahí mismo, en la breve noticia publicada por el diario asturiano Región, se aprecia con claridad la injusticia.

Dice el periódico que Grato fue “pasado por las armas” en cumplimiento de una sentencia tras un juicio “sumarísimo de urgencia”, que “recibió los auxilios de la Religión con verdadera fe” y que “murió con ánimo sereno, arrepentido de sus pasados errores”. También que “su muerte ejemplar causó impresión a los asistentes al acto”. Y luego, como broche final: “En uno de los bolsillos de la americana se le encontró un rosario”. No hay más. Oponerse al golpe contra la legalidad republicana de quienes tenían apoyo armado de Mussolini y Hitler era un error que se pagaba muy caro.

Sentado junto al padre de Grato está don Antonio Arce. Como Cañita, también él se ha librado del paredón cuando era su destino inmediato. Líder en Cangas de la CEDA, el partido de Gil Robles, alcalde nombrado por el gobernador civil tras el fracaso de la Revolución del 34, don Antonio Arce representaba a la derecha católica canguesa cuando empezó la guerra. Fue detenido y encarcelado muy pronto, el mismo 18 de julio del 36 por la noche, como su hermano y su cuñado. Su hermano, Luis, era un comerciante vinculado a Acción Popular. Su cuñado, José Rodríguez Claret, el jefe local de Falange. Aunque estaban muy señalados como derechistas, ninguno tuvo oportunidad de sumarse o no al golpe. En diferentes fechas de julio y agosto, ellos y otros presos fueron trasladados desde Cangas a otras localidades.

En septiembre del 36, los tres se encuentran en la cárcel de Cangas de Onís, en la zona de Asturias que permanece leal a la República. Cangas del Narcea está ocupada por los rebeldes desde el 22 de agosto y allí pocos republicanos que caen en manos de los franquistas se libran de ser asesinados. Una escabechina. Es entonces, en esas semanas de represión en caliente, cuando logra escapar Cañita. Entre las numerosas víctimas, mujeres y chavales jóvenes.

La venganza no se hace esperar: el hermano y el cuñado de don Antonio y otros seis cangueses son sacados de la cárcel, en Cangas de Onís. Los trasladan a Gijón y allí los matan. Muertes injustas en respuesta a muertes injustas. Don Antonio contará más de un año después, cuando es liberado y ya está sano y salvo en su pueblo, por qué él quedó vivo. Es una escena impactante: el carcelero abre la puerta de la celda que ocupan los presos cangueses y otros; están todos sentados; a ver, dice, que vayan saliendo los que nombro; y entonces comienza a leer una lista; Santiago Castro, José Luis Ferreiro, Dionisio López, Luis Antonio Arce…; como los demás, don Antonio hace ademán de incorporarse, pero Luis, su hermano, que se ha puesto rápido en pie, lo sujeta; quieto ahí, le ordena; Luis ha percibido el equívoco, o cree haberlo notado, y decide en medio segundo; don Antonio no entiende pero su hermano le presiona en un hombro con tal determinación, no te muevas, le insiste, que se queda paralizado; le hace caso, continúa sentado. Se llevan a los ocho. Don Antonio supone que pronto volverán a por él, a por el que falta. Pero no.

Tiempo después, cuando lo han destinado en la prisión a las oficinas, don Antonio encuentra la lista y confirma el error. Como intuyó su hermano, el carcelero se saltó la “y”. Luis y Antonio Arce, dos presos, se habían convertido de ese modo en un preso: en Luis Antonio Arce. Me salvó una y griega, dijo siempre el hombre que ahora está sentado entre don Manuel Gómez y don Benito Álvarez Castelao.

Don Benito es banquero y comerciante, un hombre sobresaliente en Cangas. Seguro que también ha afrontado momentos dramáticos durante la guerra. Uno lo presencia en 1938, cuando ya han matado al hijo de don Manuel y al hermano y al cuñado de don Antonio, cuando Cañita anda escondido por los montes.

Una mañana se presenta en su comercio la viuda de un hombre que trabajó para él en la central eléctrica del Molín y cuyo hijo Félix heredó ese empleo. Félix Ordás es uno de los milicianos socialistas cangueses más destacados. Él y otros cuatro presos acaban de fugarse de la cárcel de Cangas, donde esperaban su ejecución tras ser condenados a muerte. La represalia es inmediata. La Guardia Civil ha ido a la casa de la madre de Félix y le ha dicho: esté preparada mañana, que vendremos a por usted y sus hijos para llevarlos a un campo de concentración. La mujer ha madrugado y ha ido a intentar conseguir calcetines, camisetas, alguna ropa de abrigo.

Avisado de que está en su comercio, don Benito se ha acercado a la tienda. La mujer le explica lo sucedido. Don Benito sabe lo ocurrido dos años atrás, cuando los nacionales tomaron Cangas. Sabe que a un joven hijo de esa mujer, a Pepín, 16 años, lo detuvieron y lo mataron al día siguiente, sin más. Se teme lo peor. También sabe que cualquier auxilio a los rojos trae consecuencias, multas cuantiosas. Pero don Benito no duda. Esperanza, le dice, usted pida; lleve lo que quiera, todo lo que necesite.

Esperanza parte poco después hacia Figueras con dos hijos y tres hijas. Pasado un tiempo, regresarán a Cangas vivos. Félix, no. Cercado en una aldea de Allande, acorralado en una casa en llamas, antes de que lo detengan, se pega un tiro.

No se habla de estas historias a finales de los años cincuenta, cuando el fotógrafo captura y nos lega la imagen de estos cuatro hombres. Tampoco en los años sesenta ni en los setenta. Verano tras verano, en Cangas estallan los voladores, repiquetea el campanín de Ambasaguas y la gente canta en las bodegas y en los chigres. Todo respira placer.

Bajo el sonido de la pólvora, en el medio de cien montañas, la villa guarda silencio.

Peña El Refuerzo, 30 años reforzando La Descarga

Cuando un cangués, con su medalla de la Virgen del Carmen al lado del corazón, en la tarde del 16 de julio tras tensa espera dispara unas docenas de voladores y decenas de tramos de máquinas pirotécnicas van entrando en funcionamiento de forma progresiva, sabe que un final estremecedor hará que el suelo del valle que le vio nacer tiemble bajo sus pies.

Cuando ese muchacho siente que ese temblor es más leve o menos notorio que en otras ocasiones, es que ha llegado a la mejor etapa de la vida, no se resiste y quiere más. Ya lo decía el poeta griego Homero: “La juventud tiene el genio vivo y el juicio débil”.

Esto es lo que a finales de los años ochenta del siglo pasado les estaba ocurriendo a un grupo numeroso de cangueses que cada 17 de julio, cambiaban impresiones sobre La Descarga del día anterior y acaban siempre diciendo: “de este año no pasa, vamos a fundar una Peña para que el mundo vuelva a vibrar como antes bajo nuestros pies”.

Y como la juventud llega cuando nos decidimos a afrontar la vida con decisión y optimismo, con el inicio de la década de los noventa el momento de aquellos muchachos llegó y la Peña se fundó. El objetivo era claro, y los medios para conseguirlo incuestionables. Sólo se podía conseguir a través de La Descarga que organizaba la Sociedad de Artesanos Nuestra Señora del Carmen. Sólo el momento de la llegada en procesión al centro del Puente “Romano” (que es de piedra, pero no es romano), de la Carmela, esa señora de Ambasaguas que a todos los había visto nacer y crecer, lo podía conseguir.

En primer lugar, había que trasladar la idea a la Junta Directiva de la Sociedad de Artesanos que por aquel entonces presidía Rafael Álvarez Flórez (Falo). El objetivo fundamental de la nueva Peña de la pólvora que se pretendía fundar no era otro que el de reforzar La Descarga de la Sociedad de Artesanos de Nuestra Señora del Carmen, homenaje y tributo a la Virgen del Carmen y base fundamental de las fiestas de Cangas del Narcea. Para su cumplimiento la Peña debería colaborar tanto en la organización de La Descarga como en su financiación.

Hubo unas primeras conversaciones con algunos de los miembros de la Directiva a modo particular y todo eran buenas vibraciones, hasta el punto de que Falo, el presidente, les invitó a participar en una de las reuniones de la Junta Directiva para exponer de una manera formal sus intenciones. Se les trasladó que sería una Peña formada exclusivamente por miembros de la Sociedad de Artesanos con el fin de colaborar con ésta, que no tendría un disparo propio durante las fiestas del Carmen y que todos sus esfuerzos estarían encaminados a reforzar La Descarga, a su entender un acto festivo único en toda la geografía española, y colaborar en todos aquellos eventos que la Sociedad de Artesanos tuviese a bien para aumentar el interés de las fiestas patronales de Cangas del Narcea.

Y dicho y hecho, no sólo se aceptaba de buen agrado su propuesta, sino que se les invitaba a incorporar, desde aquel mismo momento, a una serie de sus miembros fundadores a la Junta Directiva de la Sociedad de Artesanos.

A partir de ahí todo vino rodado. Lo primero que había que hacer era ponerle nombre a la Peña. Para ello se congrega un buen número de futuros componentes en el Caniecho viejo, huevos fritos con patatas y jamón, vino por doquier y alguna casera para los menos atrevidos y licores varios. Mucha comedia, mucho cantarín, pero nombre ninguno. Se levanta la sesión porque había que pasar al palo largo, estaba de moda el bar de Vuelta, antiguo Correa. A la salida del Caniecho, aparece Juan el del quiosco y se une al grupo.

Juan, aunque de los más jóvenes en edad, era uno de los miembros con más antigüedad en la Directiva de Artesanos. Estaba entusiasmado con la idea de la formación de la Peña, incluso había solicitado su ingreso con la idea de apoyar la iniciativa en los primeros años de andadura, y antes de engullirnos en los decibelios del Pesgos, fue la persona que dijo: “esta Peña se tiene que llamar El Refuerzo”. Era evidente, que la misión de la nueva Peña que iba a ver la luz era la de reforzar La Descarga, pero había algo más y eran los llamados socios de refuerzo, o refuerzo voluntario individual a los que la Sociedad de Artesanos daba mucha importancia, pues se trata de una aportación extra que voluntariamente pueden hacer los socios de manera adicional a la cuota anual. Estaba claro, Juan había dado en la diana y en la hoy plaza de Marcelino Peláez Barreiro (Onón, 1869 – Mar del Plata, Argentina, 1953), al lado del extinto quiosco de Popó, se celebró el bautismo de la Peña El Refuerzo.

Tras el nombre, vino el escudo. No podía ser otro que no fuese el alfa y omega de cualquier socio de Artesanos. La Farola del Puente “Romano” (que es de piedra, pero no es romano) es el verdadero centro neurálgico mundial para los cangueses durante el desarrollo de La Descarga. Adaptada con un volador encendido como mástil y el humo de la subida como cadena de luces, sería el emblema oficial de la Peña El Refuerzo.

Tres colores conforman la esfera de esta farola: rojo, azul y amarillo. Tres colores primarios cuya mezcla da el color marrón. Marrón carmelita sería el tono de la camisa oficial, no podía ser de otra manera.

Pues con estos mimbres ya se podía hacer el cesto y sin más preámbulos, que no fueron pocos los que acontecieron el momento, una noche del verano de 1991, en la calle Tres Peces, en una improvisada terraza del bar Caniecho nuevo, el McDonald’s particular de aquellos jóvenes cangueses, se redactaba y firmaba el acta fundacional de la Peña El Refuerzo.

Los primeros años de la Peña El Refuerzo fueron de una actividad frenética. Trámites burocráticos para su legalización, dotación de equipamiento e infraestructura que cada año había que redefinir debido al incremento de solicitudes de ingreso de nuevos socios, catering para las distintas comidas, cenas y desayunos, fanfarrias como Los Maraballos, fundamentales en el estreno y primeros compases del Refuerzo, así como meriendas-cenas de confraternización, reuniones y lluvias torrenciales de ideas a desarrollar y sobre todo una obsesión, La Descarga.

El Refuerzo en el desfile de Peñas del año 2014

Como ya se ha dicho, con la fundación de la Peña El Refuerzo algunos de sus miembros se incorporarían a la Junta Directiva de la Sociedad de Artesanos. Se recomponía de esta manera una Directiva que aunaba veteranía y juventud. La experiencia de los mayores y el empuje de los más jóvenes enseguida dieron sus frutos. En el primer trimestre del año 92, esta Junta Directiva presentaba en el Ayuntamiento de Cangas el expediente de Declaración de Fiesta de Interés Turístico Regional en favor de La Descarga para su tramitación ante el Gobierno del Principado de Asturias siendo meses después declaradas de Interés Turístico Regional las Fiestas del Carmen y la Magdalena de Cangas del Narcea.

Ese mismo año, y tras incumplimiento por parte de la Pirotecnia Devita de Colunga (Asturias) se adjudicaba La Descarga mediante un concurso precio-calidad a Pirotecnia Astariz de Rábade (Lugo). Si en El Refuerzo la actividad era frenética, en Artesanos era vibrante. Se acercaba el gran día y el mundo tenía que volver a temblar bajo los pies de aquellos entusiastas cangueses.

El primer paso era acordar un incremento de voladores de La Descarga. Primero lo fácil, una docena más por tirador a mano. No sólo se aprobó, sino que, además, con el cambio de pirotecnia se consiguió mejorar la calidad de la explosión. A continuación, lo más difícil, aumentar el número de máquinas de siete a nueve.

– ¿Y dónde se meten dos máquinas más?
– Una en el Parque municipal y otra en el barrio del Fuejo.
– De acuerdo, pero al Fuejo se va la Peña El Refuerzo.
– El Refuerzo, conforme.

La máquina del Parque no fue una buena idea, pues las varas de voladores más juguetonas, a su regreso del cielo encontraban cobijo en las almenas y para poder mantenerla en ese lugar en Descargas sucesivas, se hacía imprescindible por temas de seguridad desalojar el Mercao, cosa que no se consideraba del todo viable. Teniendo la Sociedad de Artesanos como eje central la seguridad en todas y cada una de sus vertientes, la máquina del Parque acabó despareciendo para siempre. No así la del Fuejo que durante tres décadas ha sido la niña bonita de los vecinos del barrio y de los artesanos de la Peña El Refuerzo.

Por último mencionar que otro de los factores positivos de esa Directiva, en que la entrada de miembros de la Peña el Refuerzo conseguía ese equilibrio mencionado entre veteranía y juventud, fue la potenciación de la cena de Artesanos la víspera del Carmen por parte de los veteranos y un impulso de los más jóvenes a la Jira de Santana, el día de nuestra patrona La Magdalena, como colofón a unas Fiestas que por su honda tradición popular, la importancia de sus actos y el gran número de visitantes que atraen, con La Descarga que desborda el ámbito puramente regional y va aún mucho más allá, se merecen que sigamos peleando por conseguir la declaración de Interés Turístico Nacional.

Este año la Sociedad de Artesanos Nuestra Señora del Carmen, organizadora de La Descarga que durante 30 años venimos reforzando, ha distinguido a la Peña El Refuerzo con su galardón más preciado, la medalla de oro. Todos los que llevamos a gala en nuestras camisas el marrón carmelitano durante las fiestas del Carmen de Cangas del Narcea nos sentimos felices, orgullosos y agradecidos.

¡Viva la Virgen del Carmen! ¡Viva La Descarga! ¡Viva la Sociedad de Artesanos! ¡Viva la Peña El Refuerzo! ¡Viva Cangas! ¡Qué vivan siempre!


Manuel Álvarez Pereda
Presidente de la Peña El Refuerzo
Cangas del Narcea, 5 de junio de 2021.