Noticias de Historia de Cangas del Narcea.

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Cangueses en Mauthausen

A la memoria de José Pérez “Pepe Caín” y José Fernández

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Presos en el campo de concentración de Mauthausen

El horror y la barbarie del siglo XX también se llevó por delante a muchos cangueses. Este es el caso de dos paisanos nuestros, José Pérez Fernández “Pepe Caín” y José Fernández Martínez, que murieron en 1941 en el campo de concentración de Mauthausen y a los que queremos recordar en nuestra web del Tous pa Tous. Ellos fueron, según la información de que disponemos, los únicos cangueses que padecieron esa inmundicia de la Historia que fueron los campos de trabajo y de exterminio nazis.

El campo de Mauthausen fue construido en Austria  para albergar a “enemigos políticos incorregibles del Reich”. Como el número de deportados fue tan grande, alrededor del primer campo se construyeron varios “kommando” o campos auxiliares, como el de Gusen, situado a cinco kilómetros de Mauthausen. Los presos trabajaban en fábricas de armas y, sobre todo, en canteras de granito, en unas condiciones durísimas y con un régimen de vida inhumano. La consecuencia de tanto maltrato fue la muerte de 154.000 hombres, de un total de 206.000 que ingresaron en estos campos entre 1939 y 1945. Allí murieron algo más de siete mil españoles, entre los cuales había 96 asturianos; todos ellos eran exiliados republicanos que habían sido apresados en Francia.

Ramiro Santisteban Castillo, que fue uno de los dos mil españoles que salió vivo de este campo de concentración, escribió:

“El primer día en que llegaron presos españoles a Mauthausen, el 6 de agosto de 1940, yo me encontraba entre ellos; tenía entonces diecisiete años y entraban también en aquel campo conmigo mi padre y mi hermano mayor. Allí conocimos lo que nunca antes hubiésemos podido imaginar. Los trabajos en la cantera o en otros lugares hasta caer agotados; el hambre; las enfermedades; los castigos crueles. Los hijos veían consumirse a sus padres; muchos iban viendo morir a sus compañeros de lucha, a sus paisanos. Otras veces simplemente desaparecían, enviados a un destino desconocido; entonces sospechábamos lo peor, y esas sospechas un día se revelaron ciertas. Por supuesto, nosotros no éramos allí las únicas víctimas; a nuestro alrededor otros grupos padecían un destino similar e incluso en ocasiones, la eliminación rápida y total”.

En el campo de Mauthausen a los presos españoles se les identificaba con un triangulo azul con la letra S (de “spanier”, español) que llevaban cosido a la ropa. El color azul era el reservado para los apátridas, pues Franco nunca reconoció la existencia de estos compatriotas.

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Los hermanos Pérez Fernández: sentado Conrado con Olvido; de pie (de izda. a dcha.): Pepe, Manuel y Mario, 1926. Fotografía de Benjamín R. Membiela. Col. Juaco López Álvarez

José Pérez Fernández “Pepe Caín” ingresó en Mauthausen el 6 de agosto de 1940, con el primer contingente de 392 españoles que llegaron a este campo de concentración. Le asignaron el número 3372. Era natural de la villa de Cangas del Narcea, donde había nacido el 14 de septiembre de 1910. Fue apresado por los alemanes en el norte de Francia en mayo o junio de 1940, durante la ofensiva que trajo consigo la derrota del ejército francés y la toma de gran parte del país vecino por el ejército alemán. Los republicanos españoles que estaban en esta zona pertenecían a Regimientos de Voluntarios Extranjeros o Compañías de Trabajadores Extranjeros organizados por los franceses. Todos los españoles que fueron capturados por los alemanes fueron considerados militares y tratados como prisioneros de guerra. Pepe Caín fue enviado al campo de prisioneros de guerra Stalag VII-A en Moosburg, localizado en el estado de Baviera, en el sureste de Alemania, y el 6 de agosto fue deportado a Mauthausen. Murió el 23 de agosto de 1941 en Gusen, “un kommando o campo auxiliar destinado al exterminio de los presos más débiles”; tenía 31 años de edad.

Pepe Caín pertenecía a una familia muy conocida en la villa de Cangas del Narcea, que tenía su domicilio en la calle El Gallego, y estaba formada por Manuel Pérez Menéndez, de Cangas, y Josefa Fernández Acevedo, de Figueras (Castropol), y sus cinco hijos: Conrado, Manuel, José, Mario y Olvido. El padre era fontanero y el mismo oficio lo continuaron algunos de sus hijos. Conrado, el mayor de los hermanos, nacido en 1900, era en 1929 corresponsal del diario Región.  Manuel era miembro del PSOE. La Guerra Civil fue terrible para esta familia: trajo la muerte de Mario en el frente y la de José en Mauthausen, y el exilio de Manuel a México, de donde no regresó nunca más.

Con la entrada del ejército franquista en Cangas del Narcea el 22 de agosto de 1936, José marcha de Cangas y hace el periplo que hicieron muchos republicanos cangueses: huye a la Asturias republicana y en octubre de 1937, con la caída de Gijón, sale en barco a Francia y pasa a Cataluña. Este recorrido lo hizo con su hermano Manuel y su cuñada Eva Flórez-Valdés Menéndez. Su hermano se incorpora al ejército republicano y se va al Frente de Valencia, y Pepe y su cuñada quedan en Granollers. En febrero de 1939 vuelven a pasar a Francia donde son recluidos en campos de refugiados.

En noviembre y diciembre de 1939 Pepe Caín está en el campo de Septfonds, en el departamento de Tarn y Garona, con Emilio Menéndez Rodríguez “Milio el Pesqueiro” y Manuel Agudín Antón, ambos de Cangas del Narcea. En 1940 se traslada al norte de Francia a trabajar cerca de la frontera con Bélgica, seguramente encuadrado en una Compañía de Trabajadores Extranjeros, y en junio lo hacen prisionero los alemanes durante la invasión de Francia. En una carta de Manuel Agudín escrita desde Lanemazan (Altos Pirineos) a su mujer el 7 de agosto de 1940, le dice: “Pepe Caín estaba trabajando cerca de Bélgica por eso lo cogieron y los consideran militares”.

El resto de este grupo de exiliados cangueses tuvo mejor suerte. Manuel Agudín y Manuel Pérez, el hermano de Pepe Caín, y su mujer y su hija Aida salieron de Marsella a Casablanca y de aquí a México en septiembre de 1942, y Milio el Pesqueiro pudo marchar a Cuba.

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En la moto están Mario y detrás Pepe, y en el sidecar: Olvido y Conrado, en Corias (Cangas del Narcea), 1932. Fotografía de Benjamín R. Membiela. Col. Juaco López Álvarez

En cuanto a Pepe Caín, es probable que cuando fue apresado por los alemanes en el norte de Francia estuviese con otros dos cangueses: Moisés Avello Morodo, que sabemos que también estuvo en el campo de Septfonds, y Joaquín Flórez López. Si así fue, es posible que Pepe Caín sea el tercer protagonista de la siguiente historia que nos relata José Avello Flórez.

“Esta historia me la contó hace muchos años, creo que en 1960, mi tío Moisés Avello Morodo, la primera vez que le visité en París, donde vivía, por lo que ya he olvidado muchos detalles y seguramente he añadido otros, pues la memoria tiene esos extraños recovecos de aliarse con el olvido y con la imaginación que la reconstruye a partes iguales. En todo caso, a grandes rasgos, creo que lo sucedido fue lo siguiente.

Mi tío paterno Moisés pasó a Francia con las últimas unidades del ejército republicano al final de la Guerra Civil y junto con tantos otros soldados fue internado en el campo de concentración de Argelès-sur-Mer o en otro similar (“donde había una gran playa”, según me dijo). Allí se encontró con varios más de Cangas, entre quienes estaba un buen amigo suyo, y hermano de mi madre, Joaquín Flórez López, por tanto, también tío mío. En septiembre de 1939, con el estallido de la Segunda Guerra Mundial, los dos se alistaron voluntarios en el ejército francés, no sé si en una unidad específica de españoles o de otra forma, pero lo cierto es que fueron movilizados y trasladados al frente, en el norte de Francia, donde cayeron prisioneros en medio de la debacle del ejército francés, que perdió la guerra en unas pocas semanas. Estaban pues prisioneros de los alemanes, cuando les comenzaron a trasladar junto con otros muchos españoles hacia campos de concentración en el interior de Alemania. Iban medio hacinados en trenes que viajaban con gran lentitud y, según me relató mi tío Moisés Avello y años más tarde me confirmó mi otro tío Joaquín Flórez, iba con ellos otro cangués, cuyo nombre ya he olvidado, pero que podría ser Pepe Caín, y en un determinado momento, antes de salir de Francia, tuvieron la oportunidad de tirarse del tren y escapar. Mis dos tíos no lo dudaron y se tiraron del tren junto con algunos otros. Según me contaron, también animaron a saltar al otro cangués, pero éste, por alguna razón (quizás miedo, quizás cansancio o esperanza de conseguir mejor trato en el futuro) no se atrevió a saltar.

En los meses siguientes, mis tíos atravesaron Francia a pie, escondiéndose por los montes, hasta el sur, cerca de Toulouse, donde permanecieron escondidos, colaborando con la resistencia francesa durante toda la guerra. Sobrevivían  haciendo carbón vegetal, integrados en un grupo de resistentes y participando ocasionalmente en algunas acciones de guerra y sabotaje. En una de ellas mi tío Moisés fue herido y trasladado de lugar, motivo por el que perdió el contacto con mi tío Joaquín, quien también sería herido y viviría oculto en una casa de Toulouse durante mucho tiempo. No se volvieron a ver nunca más. Moisés viviría en Bretigny sur Orge, cerca de París, empleado en una compañía de conducciones de petróleo y falleció en 1975 en un accidente de tráfico sin haber vuelto nunca a España, pues había jurado no hacerlo mientras viviera Franco, quien irónicamente fallecería un mes después que él. Mi tío Joaquín Flórez se quedó a vivir en Toulouse, donde se casó con la joven que le escondió cuando cayó herido durante la guerra y con la que compartió su vida. Tenía una tienda y él sí volvió a España varias veces y estuvo en Cangas, siempre con unas incontenibles ganas de hablar y rememorar el pasado; falleció en la década de los noventa”.

El otro cangués muerto en Mauthausen fue José Fernández Martínez, nacido el 16 de noviembre de 1909. La información sobre su lugar de nacimiento no está clara: en el libro de M. Razola y M. C. Campo, Triangulo azul: Los republicanos españoles en Mauthausen, 1940-1945, editado en 1969,  se dice que era de Regla de Cibla (que podría ser Regla de Cibea); en la base de datos de la “Fondation pour la memoire de la Deportation”  pone Corias, y en la lista de “Españoles deportados a Campos de Concentración Nazis”, que puede verse en la web del Ministerio de Cultura de España, dice: San Pedro de Corias.

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Presos trabajando en Mauthausen

Para saber algo sobre este hombre hemos recurrido al Archivo Municipal de Cangas del Narcea y a su encargada Marta Veiga Fontaniella, así como al Registro Civil. En el Padrón de habitantes del concejo de Cangas del Narcea de 1930 aparece empadronado en la parroquia de Cibea, en el pueblo de Sorrodiles, un José Fernández Martínez, de 18 años, que vivía con sus padres, José y Encarnación, dos hermanos mayores, María de 22 años  y Manuel de 20 años, y un tío, Pedro Fernández. Eran de Casa Manolín del barrio de L’Abichera. Hemos hablado con un sobrino suyo que vive en Sorrodiles y tiene 78 años, y nos dice que su tío José, al que no conoció, murió en África de una pulmonía durante el servicio militar. El joven aparece en la “Lista de Mozos del Reemplazo” de 1934 de Cangas del Narcea y allí consta su fecha de nacimiento: 24 de marzo de 1913. Es decir, no es la persona que estamos buscando.

Por otra parte, en el Padrón de 1930 no aparece ninguna persona con este nombre en Corias ni en San Pedro de Corias, ni tan siquiera que lleve esos mismos apellidos. Sin embargo, en la “Lista de Mozos de Reemplazo” de 1930 aparece un José Fernández Martínez, de Corias, hijo de Gabino y Escolástica. Recurrimos al Registro Civil de nacimientos y allí confirmamos que este mozo es el mismo que estuvo en Mauthausen. Su padre era natural del barrio de Ambasaguas, de Cangas, y su madre del pueblo de Fonceca (parroquia de Limés), y en 1909 eran vecinos de Corias. En 1926, el padre, Gabino Fernández Marcos, era socio del Tous pa Tous y seguía viviendo en Corias, y es probable que en ese año su hijo José también fuese socio de nuestra sociedad. En 1927 la familia se traslada de domicilio y no sabemos nada más de ella.

José Fernández Martínez fue capturado por los alemanes y enviado al campo de prisioneros de guerra Stalag XB en Sandbostel, en el noroeste de Alemania. Fue trasladado al campo de Mauthausen, donde ingresó el 3 de marzo de 1941. Murió en el campo auxiliar de Gusen, conocido como “la antesala de la muerte”, el 9 diciembre de ese mismo año, aunque también con respecto a esta fecha hay datos diferentes, pues algunas fuentes de información, como la del Ministerio de Cultura de España, dan la fecha de 16 de noviembre, que claramente es una confusión con su fecha de nacimiento. Si alguna persona puede aportarnos alguna información sobre la vida de José Fernández Martínez, por favor, no deje de hacerlo.

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La epidemia de gripe de 1918 en Cangas del Narcea. Crónicas de unos meses terribles y lista de los cientos de fallecidos

A finales de 1918 el mundo entero, desde Samoa a Gran Bretaña y desde la India a España, se vio asolado por una epidemia de gripe que causó la muerte a millones de personas. La enfermedad se llamó popularmente «mal de moda», «soldado de Nápoles» o «dengue», y se encontró con una población que en su mayor parte estaba mal alimentada, vivía hacinada y en unas condiciones higiénicas penosas. Este panorama social, unido a un virus más mortal de lo común y a una organización sanitaria carente de medios, provocó una mortandad terrible, alcanzando la tragedia a las poblaciones más aisladas.

Gumersindo Díaz Morodo, Borí (Cangas del Narcea, 1886 – Salsigne, Francia, 1944), contará en la revista gráfica semanal Asturias, de La Habana, los efectos que causó esta epidemia en la villa y en los pueblos del concejo de Cangas del Narcea. Cada dos semanas Borí describe en su «Crónica Canguesa» el drama que viven sus habitantes desde finales del mes de septiembre de 1918, en que se detectan los primeros casos en el convento de los dominicos en Corias, a mediados de enero de 1919. En sus artículos reflejará el miedo, la desesperación y la impotencia ante la enfermedad y la muerte; la necesidad y el hambre; la solidaridad y, también, el egoísmo de los cangueses; el acaparamiento de alimentos; las protestas; las largas listas de fallecidos; la ayuda económica de los emigrantes en América, etc. Las crónicas de Borí, que publicamos a continuación, son realistas y sentimentales, y transmiten con emoción lo que pasó en Cangas del Narcea en aquellos cinco meses, en los que murieron cerca de 700 personas de una población de alrededor de 23.000. El número de fallecidos en la villa fue tan elevado que los dos cementerios que había en ella, el de Ambasaguas y el de la parroquia de Cangas, se quedaron pequeños y hubo que habilitar uno provisional en Barañán, donde existía el proyecto de hacer un nuevo cementerio municipal que al final, con mejor sentido de futuro, se construyó en Arayón, donde se inauguró en 1927.

Los sucesos que relata Borí coinciden completamente con el testimonio de otro testigo de esta epidemia; se trata de José Ríos Pérez, conocido como “Pepe Ríos”, nacido en 1905 en Villar de Adralés, que en sus memorias inéditas relata su vivencia de aquel hecho:

«Vino una enfermedad como un cólera, que moría mucha gente por abandono y de sed, ya que hubo casas que morían dos o más en cada familia y allí estaban varios días, allí por no haber quien los llevara. También los que estaban en cama hacían sus necesidades un día y otro en la cama, sin tener quien los limpiara, y en la aldea hubo muchos pueblos que los nenos abrieron las cuadras y soltaron el ganado para que no muriera de hambre atado. Y había un hombre llamado D. Alfredo Flórez, que cada segundo día visitaba a los enfermos pobres del Corral, La Vega, La Veguitina, calle de Abajo, Ambasaguas y el Cascarín, y sería yo un traidor a la verdad si no dijera que mientras su mano izquierda tocaba la frente del enfermo, con la mano derecha ponía trapos debajo de la cabeza y debajo dejaba cinco duros (en aquellos tiempos) por cada enfermo y cada segundo día. Muchas casas quedaron vacías; el mal de la “moda” llevaba con sus fiebres la gente al cementerio. Mis padres cayeron en cama y yo tuve que bajar [de Villar de Adralés] para Cangas para atenderlos y limpiarlos, y a las once [de la mañana] iba al Ayuntamiento a buscar la leche que bajaban de la Casona de Bimeda en un coche de caballos».

Sir Macfarlane Burnet y David O. White, autores de la Historia natural de las enfermedades infecciosas (Alianza Editorial, 1984), escriben:

«En Inglaterra, el número de muertes por gripe en esa época fue de 150.000 aproximadamente. […] La mayoría de los países del Occidente europeo tuvieron un índice de mortalidad que osciló entre tres y cinco por mil. En los países no europeos, en conjunto, la mortalidad fue mucho más alta. Murieron un veintisiete por mil de los nativos de Sudáfrica; en la India hubo más de cinco millones de muertes, con tantos por mil que oscilaban, según las regiones del país, de cuatro a seis. La mortalidad más alta se registró en Samoa, donde murieron una cuarta parte de sus pobladores».

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Gráfico 1

En Cangas del Narcea, según Borí, la gripe de 1918 provocó la muerte al veinticinco por mil de su población, índice que manifiesta las malas condiciones de vida de sus habitantes, cuya situación estaba más próxima a «los nativos de Sudáfrica» que a la mayoría de los países del Occidente europeo.

Según los dos autores mencionados, la epidemia de gripe de 1918 causó en Europa la muerte sobre todo a adultos jóvenes con edades comprendidas entre los 20 y los 35 años (Véase gráfico 1), circunstancia atípica, pues lo normal era que la gripe invernal afectase a niños y ancianos. En Cangas del Narcea, donde la mortalidad fue muy alta, esta infección afectó tanto a los grupos de riesgo habituales (niños y viejos) como a los adultos jóvenes (Véase gráfico 2).

En otros concejos asturianos la situación fue similar a la padecida en Cangas del Narcea. El horror cundió durante estos meses. El periodista Gícara escribe el 16 de octubre de 1918 desde Oviedo:

«En Asturias, más que estragos, lo ocurrido está siendo una verdadera catástrofe. No ha quedado un solo pueblo sin invadir y en todos la peste deja como recuerdo de su paso lúgubre una estela de luto, de inconsolables dolores, de lágrimas… Sobre todo en la población rural. En ella la peste encuentra ancho campo para su obra devastadora, y si rara es la familia que no viste luto, frecuente es el caso de familias enteras desaparecidas. El pánico, que es el mejor auxiliar de todas las epidemias, se apoderó de las gentes en tal forma, que todo el que puede se recluyó en casa y no hay forma de hacerle salir a la calle. La mayoría de los enfermos se mueren por falta de asistencia facultativa, otros porque no encuentran quien les asista ante el temor al contagio, y los más perecen de hambre, porque al caer enfermo el cabeza de familia falta en la casa el jornal para atender a las necesidades materiales» (Asturias, nº 229, La Habana, 15 de diciembre de 1918).

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Gráfico 2

La falta de médicos fue grande durante la epidemia, primero, porque eran pocos, y segundo, porque muchos de ellos cayeron enfermos los primeros días, llegando a morir varios, como sucedió en Navia, Villayón o Pola de Siero.

En Asturias algunas poblaciones se libraron de tanta tragedia. En la localidad de Cangas de Onís, según una noticia publicada en la revista Asturias, sólo hubo un fallecido, hecho que el cronista atribuye a la rapidez con la que se tomaron medidas para aislar completamente a los primeros enfermos y combatir los focos de infección, así como, «a las especiales condiciones higiénicas de Cangas de Onís, que hoy cuenta con abundante traída de aguas y con alcantarillado ad hoc» Por el contrario, en la villa de Cangas del Narcea, en esa misma fecha (diciembre de 1918), estaba comenzando la obra para el abastecimiento de agua corriente, que se esperaba inaugurar «a mediados del venidero julio, coincidiendo la fecha con las fiestas del Carmen». Como sucede casi siempre, la vida seguía su curso y en medio de aquella tragedia ya se estaba pensando en “fiestas”.

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Los primeros automóviles de Cangas del Narcea, 1914 – 1925

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Automóvil en Corias (Cangas del Narcea), hacia 1920. Fotografía Benjamín R. Membiela. Colección Juaco López Álvarez.

El primer automóvil que llegó a Asturias lo trajo el Marqués de Vista Alegre de París a finales de 1890. Tenía tres ruedas, “dos traseras y una delantera”, y la velocidad máxima que alcanzaba era de 20 km. por hora en las bajadas, 15 en terreno llano y 10 en las subidas. El coche de motor se había inventado cuatro años antes.

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Automóvil en Corias (Cangas del Narcea), hacia 1925. Fotografía Benjamín R. Membiela. Colección Juaco López Álvarez.

Sin embargo, no será hasta los primeros años del siglo XX cuando comience a notarse la presencia de automóviles en las ciudades y villas asturianas, sobre todo destinados al transporte de viajeros. Su presencia no podemos cuantificarla hasta 1907, año en el se establece la obligatoriedad de matricular los automóviles en el Gobierno Civil de la provincia. Gracias a esta medida podemos conocer hoy quienes compraban los coches, donde vivían y que marcas adquirían.

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Automóvil Ford en Corias (Cangas del Narcea), 1923. Fotografía Benjamín R. Membiela. Colección Manuel Álvarez Rguez-Arango.

En 1907 se matricularon en Asturias veinte automóviles. La matricula O-1 correspondió a un coche Panhard-Levassor propiedad del conde de la Vega del Sella, la O-2 a un Charron-Girardot del marqués de Canillejas y la O-3 a un Hispano-Suiza de Carlos Bernaldo de Quirós. El número de coches que se matricularon entre 1907 y 1920 fue de 1.300. A partir de 1921 comienzan a aumentar considerablemente y en octubre de 1925 se alcanza la cifra de 4.500 automóviles matriculados. La mayor parte de los compradores residían en Gijón (971), Oviedo (861), Avilés (184), Luarca (139), Mieres (107), Villaviciosa (77), etc. En la mitad de los concejos de Asturias en ese periodo no había ningún vecino con coche. Los dueños de estos primeros automóviles eran aristócratas, industriales, emigrantes enriquecidos en América, propietarios que vivían de sus rentas, y también empresas de transporte, compañías mineras, sociedades industriales, comerciantes, etc.

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Automóvil de la marca Fiat en Corias (Cangas del Narcea), hacia 1925. Fotografía Benjamín R. Membiela. Colección Juaco López Álvarez.

Entre 1907 y 1925, los vecinos de Cangas del Narcea matricularon 36 automóviles. El primer vecino que registró un coche en el Gobierno Civil de Oviedo fue Román Rodríguez-Arango Méndez-Castrillón. Fue en 1914 y le correspondió la matricula O- 274. El coche era un S.C.A.R. de 15 CV. Hasta 1920 no volverá a matricularse otro, y lo hará el mismo señor con un Ford matricula O-714. Los propietarios de esos 36 coches eran profesionales y, sobre todo, empresarios, taxistas y comerciantes que los empleaban para la actividad de sus negocios.

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Automóvil de la marca Ford en Corias (Cangas del Narcea), hacia 1920. Fotografía Benjamín R. Membiela. Colección Juaco López Álvarez.

La marca preferida por los cangueses en este tiempo era la norteamericana Ford. De este modo, diecisiete de los vehículos eran de esta casa, seguidos por tres Motobloc, tres Citroën, dos Dogde Brothers, etc. La razón de esta preferencia hay que buscarla en el precio, ya que esta casa había desarrollado la producción en cadena muy pronto y sus vehículos tenían un coste bajo, y también en que desde 1923 la Ford tenía un representante en Cangas del Narcea, que era el Comercio del Médico.

A continuación publicamos la lista completa de los primeros vecinos de Cangas del Narcea que matricularon su automóvil en Oviedo entre 1907 y 1925, que hemos tomado de la Guía de 1919 del Real Automóvil Club de Asturias (Gijón, 1919) y Asturias Automovilista, de Antonio Pérez Pimentel (Gijón, [1926]).

Matrícula

Marca

Propietario

Ocupación

Fecha

O-274

SCAR

Román Rodríguez-Arango Méndez-Castrillón

Notario y propietario.

1914

O-714

Ford

Román Rodríguez-Arango

Notario y propietario.

Julio 1920

O-737

Pierce Arrow

Dionisio López Llano

Café Madrid y Hotel El Sport, y administración de automóviles a Oviedo.

Julio 1920

O-852

Dodge Brothers

M. Peláez

Emigrante enriquecido en Argentina.

Octubre 1920

O-1052

Renault

Secundino Cosmen

Comercio, y transporte de viajeros y mercancías.

Febrero 1921

O-1182

Fiat

Amador Álvarez

Junio 1921

O-1402

Daimler

Blanca F. Aldecoa

Propietaria de minas de carbón.

Enero 1922

O-1464

Ford

Higinio García del Valle

Abogado y viticultor

Marzo 1922

O-1515

Ford

Manuel A. Otero

Junio 1922

O-1643

Ford

Secundino Cosmen

Comercio, y transporte de viajeros y mercancías.

Septiembre 1922

O-1747

Ford

Rafael Rodríguez González

Notario

Diciembre 1922

O-1967

Ford

J. Arango Lombardero

Veterinario

Marzo 1923

O-1995

Ford

Valentín Flórez Cosmen

Comercio en La Chabola – Val.láu.

Abril 1923

O-2037

Ford

Gerardo Marcos

Farmacéutico

Mayo 1923

O-2041

Ford

Manuel Blanco González

Propietario

Mayo 1923

O-2042

Ford

Camilo Álvarez Vázquez

Comercio de comestibles

Mayo 1923

O-2235

Dodge Brothers

José Queipo Fernández

Taxista

Agosto 1923

O-2242

Ford

Pedro Calvo Blanco

Septiembre 1923

O-2454

Rieker

Ceferino García Gómez

Febrero 1924

O-2461

Ford

Manuel Pérez Carlos

Comercio en El Pueblo de Rengos (Casa Segundo).

Febrero 1924

O-2576

Ford

Francisco Álvarez del Otero

Panadería

Mayo 1924

O-2594

Citroen

Antonio Álvarez Arenal

Mayo 1924

O-2612

Fiat

Nicolás Cortés Suárez

Junio 1924

O-2614

Ford C

Aniceto Pereiro

Taxista

Junio 1924

O-2671

Citroën

Dionisio López Llano

Café Madrid y Hotel El Sport, y administración de automóviles a Oviedo.

Junio 1924

O-2680

U.S.A. C

Estanislao Pérez

Junio 1924

O-3545

Goyón M.

José Gutiérrez González

Noviembre 1924

O-3576

Ford

Joaquín López Manso

Confitería

Diciembre 1924

O-3582

Citroën

Higinio García del Valle Peláez

Abogado y viticultor.

Diciembre 1924

O-3601

Ford

Eduardo Fuentes González

Enero 1925

O-3649

Delahaye

José Queipo Fernández

Taxista

Febrero 1925

O-3660

Ford O.

Manuel Pérez Carlos

Comercio en El Pueblo de Rengos (Casa Segundo).

Febrero 1925

O-3768

Studebaker

José Queipo Fernández

Taxista

Abril 1925

O-3826

Motobloc

Antonio Álvarez Aumente

Mayo 1925

O-3949

Motobloc

Rafael Rodríguez

Notario

Julio 1925

O-4037

Motobloc

Jesús Villa Suárez

Médico

Agosto 1925

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“Nueva Vida”, la primera sociedad obrera de Cangas del Narcea, 1928 – 1936

altEl 6 de mayo de 1928 se fundó en Cangas del Narcea la primera sociedad obrera de su historia. Fue en una fecha muy tardía con respecto a otras ciudades y villas de Asturias, que estaban más industrializadas, y en las que los obreros ya estaban organizados desde finales del siglo XIX. Los promotores de esta sociedad fueron Gumersindo Díaz Morodo, “Borí” (Cangas del Narcea, 1886- Salsigne, Francia, 1944) y José Menéndez Morodo (Cangas del Narcea, 1889-1930), que no eran familia a pesar de llevar el apellido Morodo, pero sí tenían en común haber sido emigrantes a América: el primero a Cuba, en donde estuvo muy poco tiempo, y el segundo en México, de donde acababa de regresar en 1928 después de bastantes años de emigración. La asociación se denominó Sociedad de Oficios Varios «Nueva Vida» y estaba vinculada a la Unión General de Trabajadores. Formaron la primera junta directiva las personas siguientes:

Presidente: Emilio Suárez (ebanista)
Vicepresidente: Manuel Rodríguez
Tesorero: Benigno González (mampostero)
Secretario 1º: Gil Rodríguez (carpintero)
Secretario 2º: Alfredo Álvarez (obrero)
Vocales: José Fernández (ebanista), Graciano Tejón (panadero), Ramón Tornadijo (conductor y dependiente de comercio), Rafael García (molinero y obrero), Cayetano García (molinero) y Victorino Martínez.
 
Mesa de Discusión: Presidente, José Menéndez Morodo (emigrante retornado y desde enero de 1930 dueño del “Café Madrid”); Vicepresidente, Jerónimo Orbañosa, y Secretarios, Manuel Rodríguez Rodríguez y Luis Rodríguez.
 
Comisión Revisora: Gumersindo Díaz Morodo (comerciante), Antonio González y Marcelino Rodríguez (carpintero).

Según su Reglamento el objetivo de la sociedad era “agrupar a todos los trabajadores para crear, cuando haya en ella veinte obreros del mismo oficio o profesión, Sociedades que tengan el propósito de mejorar la condición moral y material de sus asociados”. El mismo Reglamento establece los medios que tiene que seguir la sociedad para conseguir sus fines. Por una parte, “los socios propagarán, por los medios que las leyes del Estado consientan, la lucha económica y política de clases y lo conveniente que es a los trabajadores formar Sociedades que tengan por objeto mejorar sus condiciones morales y materiales, y combatir la explotación del hombre por el hombre”. Y por otra parte, “Nueva Vida” deberá “adherirse a todos los actos de las organizaciones o agrupaciones que tengan los mismos fines que esta Sociedad persigue, siempre que de una manera clara y terminante tiendan a recabar de los patronos mejoras y de los Poderes Públicos leyes que favorezcan a los trabajadores que luchan por mejorar la condición de explotados”.

El miércoles 9 de mayo de 1928, la nueva sociedad obrera hizo su presentación pública en la villa de Cangas del Narcea, con una conferencia en el Teatro Toreno de Luis Oliveira, dirigente de la Agrupación Socialista de Oviedo y de la Federación de Sociedades Obreras de Asturias, con el título: “La cultura como base de la emancipación de los trabajadores”. El teatro, según El Noroeste (12 de mayo de 1928), “se hallaba completamente lleno, no faltando nutrida representación femenina, que ocupaba los palcos y daba realce al acto”. La presentación del acto la realizó Borí, que habló de la situación de los obreros cangueses y de las prácticas “arcaicas” de sus patronos, que, según él, hacían oídos sordos a los logros sociales conseguidos en España en esos años.

“Pero aquí, en Cangas, nada de esta legislación se cumple: el obrero trabaja las horas que el patrono por sí le impone; no se estudia el jornal que percibe para saber si le da o no lo suficiente para vivir; no se protege a mujeres y niños obreros, ni se establecen seguros sociales, ni se constituyen comités paritarios, y en caso de accidentes del trabajo queréis suponer que con el gasto de unas pesetas en la botica o el pago de un funeral ya habéis más que cumplido con vuestro deber”.

Con la fundación de esta Sociedad y la organización de esta conferencia, el mencionado Borí lograba ver cumplido los dos factores que él consideraba imprescindibles para la mejora y el progreso de la clase obrera: la unión de los obreros y el fomento de la cultura.

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Inventario de los objetos propiedad de la Sociedad Obrera “Nueva Vida”, Cangas del Narcea, 13 de mayo de 1933.

En 1928, la sociedad tenía 85 socios que eran en su mayoría jornaleros que trabajaban en las viñas y obreros del ramo de la madera, tanto maderistas como de fábricas de carpintería. Su domicilio social estaba en la planta principal del número 48 de la calle Mayor. Era un local austero que en 1933 estaba amueblado con una mesa de castaño, un armario-archivo de álamo, siete sillas y catorce bancos para las reuniones de los afiliados, una bandera con su asta de metal y un retrato de Pablo Iglesias, fundador de la UGT y el PSOE.

La sociedad luchó por obtener unos salarios y unas mejores condiciones de trabajo para los obreros de Cangas, y mantuvo serios conflictos para reivindicar mejoras para los trabajadores de los viñedos y para los obreros de los talleres de carpintería. Al poco tiempo de fundarse ya tuvo que defender a los obreros de estos talleres, pues los propietarios querían mantener la jornada de nueve horas y se negaban a instaurar la obligatoria de ocho horas. Justificaban esta negativa en la “gran crisis” y en lo ruinoso de su negocio. También en los primeros días del mes de julio de 1936 la sociedad declaró la huelga a los cosecheros de vino.

Además de la lucha sindical, “Nueva Vida” realizó trabajos para el Ayuntamiento de Cangas del Narcea. Durante la II Republica, como era habitual desde la implantación del Estado liberal en el siglo XIX, los ayuntamientos españoles promovieron la realización de obras públicas con el fin de paliar la grave crisis que afectaba a la actividad económica y evitar conflictos sociales. El paro era muy elevado. El Ayuntamiento de Cangas sacó a concurso en febrero de 1933 la reparación de las calles de La Veiguetina y Pelayo, y en junio de 1934 la reforma de la plaza de La Oliva y la calle de Galán y García Hernandez (hoy, Rafael Fernández Uría). “Nueva Vida” obtuvo la adjudicación de estos trabajos con el fin de obtener unos beneficios para la sociedad y, sobre todo, con el objeto de facilitar jornales a los obreros que trabajaban en estas obras.

En la presentación de las cuentas presentadas por Gumersindo Diaz Morodo “Borí”, tesorero, en febrero de 1934, dijo:

“En primer termino, la obra de contrata con el Ayuntamiento, en el arreglo de las calles de La Veguetina y del Mercado, obra aun no terminada, pero que ya deja a la Asociación una ganancia liquida de 559,23 pts., de las que 447,72 se hallan depositadas como fianza en el Ayuntamiento, y pendientes el resto de pago por obra ejecutadas. […] Como veis, esta obra de la contrata es la salvación económica de la Sociedad, puesto que dada la crisis de trabajo existente no podemos ser muy exigentes en el pago de la cuota social”.

La sociedad no solo miraba por los intereses de sus asociados. En la misma presentación de las cuentas de 1934, dice Borí:

«En el registro de gastos he sumado una partida muy simpática, muy humana, que mucho os engrandece. Me refiero a los socorros dados a camaradas forasteros, a otras víctimas de este régimen capitalista que de paso por este pueblo apelaron a nuestra solidaridad para atenuar por el momento los rigores de su miseria. Esa partida de gastos ascendió el pasado año a 111,70 pts.»

También miembros de “Nueva Vida” participaron en la política local, y en las elecciones municipales celebradas en mayo de 1931 salió concejal José Ríos Pérez, “Pepe Ríos”, que era vocal de esta sociedad.

En 1936, tras el levantamiento militar del 18 de julio, la sociedad desaparece y muchos de sus afiliados tienen que huir de Cangas del Narcea; terminada la Guerra Civil algunos de los miembros más destacados sufrirán cárcel y exilio.

El Reglamento de la Sociedad de Oficios Varios “Nueva Vida” se presentó en el Gobierno Civil de la Provincia de Oviedo el 20 de abril de 1928 y en la actualidad se conserva en el Archivo Histórico de Asturias; ahora puede consultarse en esta web del Tous pa Tous.

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“El coche de Cangas de Tineo” en 1895

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“Coche de Cangas de Tineo”, en Trubia, hacia 1895.

En la segunda mitad del siglo XIX se construyen las primeras carreteras por el suroeste de Asturias y con ellas llegó el transporte en coches de caballo o diligencias. Hasta entonces el transporte de personas y mercancías se hacía por caminos reales, por los que se transitaba en carros de vacas o bueyes, en caballería o caminando.

Las diligencias que hacían el trayecto de Oviedo a Cangas del Narcea, por Salas, La Espina y Tineo, eran de la empresa “Diligencias Maurines y Cia.”, de Oviedo, que en los últimos años del siglo se unió a “Horga. Servicio de Carruajes”, formando la sociedad “Maurines, Horga y Cia.”. A comienzos del siglo XX esta compañía dejará el servicio de viajeros con tracción de sangre por automóviles de la casa Dion Bouton, de París.

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Reverso de la fotografía con el texto: “Coach for Cangas de Tineo”.

Los carruajes tenían cuatro ruedas, y capacidad para cuatro viajeros en el interior y otros fuera, en el cupé. En la villa de Cangas del Narcea paraban en la plaza de La Refierta (hoy, plaza Mario Gómez) y los billetes se vendían en la fonda de Venancio López Álvarez. Además de personas y mercancías, estos coches transportaban el correo. La concesión de este servicio público era una garantía para el mantenimiento de este servicio, porque el número de viajeros era tan pequeño que a veces no compensaba a las empresas. En 1895 la conducción del correo desde Cangas a Oviedo y viceversa estaba en manos de los siguientes socios: Adolfo Álvarez Fernández, de Oviedo; Joaquín Horga, vecino de Santander y residente en Oviedo; Ladislao Menéndez Bernardo, de Salas, y el mencionado Venancio López Álvarez, de Cangas del Narcea, que eran dueños de dos tiros o mulas cada uno.

La fotografía de este “coche de Cangas de Tineo” tirado por ocho mulas, fue hecha por un viajero inglés, seguramente un ingeniero de minas, en Trubia, hacia 1895.

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Félix Mª Villa o la “voluntad inquebrantable” de hacer el Hospital-Asilo de Cangas del Narcea

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Vista del Hospital-Asilo fundado por Félix Mª Villa en El Corral, Cangas del Narcea, h. 1915

Si hay una institución que ha cumplido una labor asistencial en nuestro concejo para los enfermos y ancianos pobres, esa es el Hospital-Asilo de “San José”, que se inauguró el 16 de agosto de 1880 en el barrio de El Corral, en un promontorio ventilado y tranquilo, situado sobre el río Narcea.

En una descripción de la villa de Cangas del Narcea publicada el 1 de septiembre de 1882 en el periódico El Occidente de Asturias se dice:

“Hay también desde hace dos ó tres años un Hospital para enfermos pobres con su cementerio y capilla, debido á la iniciativa y á la voluntad inquebrantable de un caballero de esta villa y al auxilio que le han prestado algunas piadosas señoras de la misma”.

El nombre del “caballero” y de las “piadosas señoras”, así como el relato de las circunstancias que trajeron consigo la fundación del Hospital, los ofrece Ángel Martínez de Ron, “Amader”, en 1930:

“[…] Un pobre desvalido y enfermo, no teniendo dónde albergarse, se metió en el portalón de [la casa de] Velarde [en la calle Mayor], y allí le encontraron muerto. Este triste suceso causó una impresión de dolor tan grande en Cangas, que en seguida varias señoras, entre las cuales estaban doña Antonia, esposa de don Marcelino Rodríguez Arango, regente que había sido de la Audiencia de Barcelona; doña Candelaria García del Valle, doña Cristina y doña Carolina Meléndez de Arbas y doña Dolores Flórez de Sierra, caritativas y protectoras de los pobres, se reunieron para ver si encontraban el medio de evitar escenas tan lamentables auxiliando a los necesitados. Al efecto comenzaron a pedir limosnas en todas partes; acudieron a varios señores, encargándose al fin, el filántropo don Félix Villa de poner en práctica lo que se proponían, meditando el asunto, formulando planes, pensando cómo había de obtener lo que era necesario y acudiendo a la Diputación, a los Ayuntamientos, a los particulares y hasta a su peculio particular para conseguir hacer un pequeño hospital. Desde la primera piedra del edificio hasta verlo terminado no se apartó de allí, pasando el calvario que en tales casos se sufre, siempre por las dificultades que a cada momento se presentan. La fundación del hospital fue de inmenso beneficio y de prestigio para Cangas” (“Recuerdos de antaño”, La Maniega, nº 24, enero-febrero, 1930).

En efecto, Félix María Villa y Santamarina fue el fundador, promotor y administrador del Hospital-Asilo de San José, cuyo fin era atender y acoger a personas pobres y enfermas, así como a desvalidos. Nuestro benefactor nació en Cangas del Narcea el 2 de septiembre de 1828. Sus padres eran Francisco Manuel Villa, natural de Cangas del Narcea, y Mª del Carmen García Santamarina, de Puerto de Veiga (Navia). Su abuelo paterno, José Villa, era de Pola de Siero y se había establecido en la villa de Cangas hacia 1780, donde se casó con Isabel Pardo.

La profesión que declara Félix Villa en el padrón de 1889 era la de “propietario”, es decir, vivía de las rentas que le daban sus propiedades. Pero además, como también había hecho su padre, trabajaba como administrador de terratenientes que tenían muchas propiedades en el concejo de Cangas del Narcea, pero que no vivían en él. De este modo, fue administrador de los bienes de María Manuela Vázquez Quiroga y Queipo de Llano, de Anselmo Gonzalez del Valle, etc.

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Placa dedicada en 1921 a Félix Mª Villa en el Hospital-Asilo San José, El Corral, Cangas del Narcea

Félix Villa permaneció soltero toda su vida. Tenía tres hermanas y un hermano, Julián María, médico y catorce años más pequeño que él, con el que compartió negocios y que colaboró mucho en el Hospital. Era una familia muy religiosa, que mantenía una estrecha relación con las dominicas del convento de Cangas y con los frailes de Corias. Él fue durante bastantes años presidente de la Congregación del “Corazón de Jesús” de la parroquia de Cangas del Narcea. Murió el 10 de julio de 1908. El 21 de junio de 1910 el Ayuntamiento acordó dedicarle una calle en el barrio de El Corral y en 1921 el pueblo de Cangas le dedicó una placa, que se colocó en la fachada del Hospital-Asilo.

El Hospital, fundado y administrado por Félix Villa, atendió a muchos enfermos pobres, que llegaban en unas condiciones pésimas. Su creación coincidió con unos años de crisis de alimentos en los concejos del suroeste de Asturias, lo que favoreció la extensión de la pobreza y las enfermedades. El establecimiento subsistía gracias a los donativos de particulares, tanto de dinero como de ropa; a las retribuciones que daba el Ayuntamiento de Cangas del Narcea por cada enfermo pobre del concejo que ingresaba en él y a las aportaciones continuas del propio Villa. Para recaudar donativos hacía en la prensa local llamamientos “á las personas piadosas y caritativas, para que se sirvan concurrir con algunas ropas viejas de ambos sexos, sobre todo de la llamada blanca, para vestir a muchos enfermos que casi desnudos llegan a dicho establecimiento” (El Eco de Occidente, 25 de mayo de 1894). En el mismo periódico se les recordaba un mes después a esas mismas personas caritativas: “que no tengan reparo en dar cosas viejas porque todo sirve en un pobre hospital: un pañuelo hecho jirones sirve para limpiar el sudor á un moribundo, y así todo lo demás. Con unas prendas se arreglan otras. También se estima mucho el calzado por malo que sea” (El Eco de Occidente, 22 de junio de 1894).

Desde el primer momento, una de las mayores preocupaciones de Félix Villa fue asegurar el gobierno y, sobre todo, el futuro del Hospital. Para ello era muy importante decidir quien iba a ser su titular. Consultó a algunos amigos “acerca del medio mejor para impedir que mañana los incautadotes se apoderen del Hospital”. No se fiaba del Estado, porque en el siglo XIX había desmantelado, con la Desamortización de los bienes de la Iglesia, muchas instituciones religiosas de carácter asistencial y además desconfiaba de los avatares de la política española, que llegaban hasta las localidades más alejadas. Un amigo, Diego Canto Fernández, le contestó el 4 de enero de 1881 recomendándole lo siguiente:

“En cuanto al Hospital te diré que, para ponerlo a cubierto de la rapacidad revolucionaria, debe ponerse la casa como propiedad tuya o de otra persona de esa villa, y que por tus días se destine a un objeto piadoso, reservándote el derecho de disponer de ella a la hora de la muerte. Después, al hacer testamento, la dejas a otra persona de tu confianza que haga lo mismo”.

Félix Villa solo siguió en parte el consejo de este amigo. Puso el Hospital a su nombre e hizo un testamento donde dejaba como heredera a la Diócesis de Oviedo, pero alguna desavenencia tuvo con el Obispo, seguramente porque consideró que la Iglesia no colaboraba suficientemente con su Hospital, que cambió de opinión y al final, en vida, cedió el Hospital de Cangas del Narcea a las Hermanitas de los Ancianos Desamparados. Esta institución religiosa se había creado en 1873 y tenía su sede central en el Asilo-Noviciado de Valencia, donde residía la Superiora General de la orden, por eso es a ella a la que Félix María Villa cede la propiedad del Hospital de Cangas del Narcea. Ahora bien, la cesión la hace con unas condiciones muy claras, con el objeto de garantizar los fines para los que se creó, que conocemos gracias a un borrador escrito por el mismo Félix Villa y que merece la pena ser leído:

CESIÓN DEL HOSPITAL DE CANGAS DEL NARCEA POR FELIX Mª VILLA A LAS HERMANITAS DE LOS ANCIANOS DESAMPARADOS

Cesión absoluta que hace D. Felix Mª Villa y Santamarina del Hospital Asilo de San José de esta villa de Cangas de Tineo, a la Superiora General de las Hermanitas de los pobres o ancianos desamparados, llamada Sor María de Jesús, residente en su Asilo-Noviciado de Valencia, quien delega para poder efectuar su cometido en Sor Carmen de San Francisco, actual Superiora del Asilo de Ancianos de Oviedo, que aceptará el indicado edificio a nombre de dicha Sra. Al verificar la cesión se expresarán en el documento redactado al efecto (que será una conciliación) las condiciones siguientes:

  1. Que la cesión será absoluta, sin restricción alguna de la propiedad existente del edificio, en la que se incluyen todas sus salidas, huertos y jardín adyacentes, cementerio y pozo, con más las dos casitas que radican en dicha propiedad, formando un perímetro aproximado de 12 áreas y 59 centiáreas.
  2. Que también hace cesión de todos los muebles, ropas y alhajas que en la casa existen, sin otra reserva que un nicho en el cementerio, construido a sus expensas para que sirva al fundador del establecimiento de honrosa sepultura.
  3. Que por cuanto había ofrecido al Prelado de la Diócesis el patronato de la casa con la propiedad de la misma, contando con su protección prometida, a fin de darle desarrollo en sus más perentorias necesidades, las cuales olvidó, desisto por lo tanto en la concesión de tales derechos por verme desasido de compromiso, por más que apareciere en cláusulas de mi testamento.
  4. y última: Que siendo perpetua y para siempre la cesión hecha del Establecimiento a la Institución de las Hermanitas, como se deja descrita, estas o quien las represente nunca podrán enajenar el edificio y demás propiedad adyacente, ni darle otro uso más que el que actualmente tiene, con el nombre de Hospital para los enfermos y pobres y ancianos de la villa de Cangas y su concejo, porque siendo construido para este fin con las limosnas de personas caritativas, no puede hacerse otro uso sin faltar a las leyes de la equidad y justicia. Así mismo, para evitar todo evento en lo futuro y asegurar su existencia, abandonado que fuera de las Hermanitas, que hoy lo poseen, entonces pasará la propiedad al Sr. Cura Párroco de la propia villa de Cangas, al Alcalde de la misma, al Señor Arcipreste del distrito y al Sr. Rector de Corias, para que todos de consuno acuerden lo que mejor convenga para secundar las intenciones del fundador, manifestadas en este documento, cuyo original existirá en el Archivo Municipal de la propia villa de Cangas de Tineo.

Aparta de todo derecho a sus herederos, declarando que el Establecimiento construido pertenece a los enfermos pobres del pueblo y su comarca, por más que haya coadyuvado a su existencia.

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Homenaje de Cangas del Narcea a Anselmo González del Valle

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Anselmo González del Valle, 1874. Dibujo de José F. Cuevas.

El pasado día 2 de diciembre de 2011 en el Teatro Toreno, el Tous pa Tous y el Museo del Vino de Cangas celebraron un homenaje a Anselmo González del Valle, con motivo del centenario de su fallecimiento.

Anselmo González del Valle y Carbajal fue un personaje muy importante para Cangas del Narcea y tiene una calle dedicada a él en la villa, en la que figura como “Anselmo del Valle”, que era como se le conocía en su tiempo. Nació en La Habana en 1852, hijo de un emigrante de Oviedo. A los once años vino a esta ciudad a estudiar y aquí residió hasta su muerte el 15 de septiembre de 1911. Poseedor de una gran fortuna, invirtió su dinero en múltiples negocios. Fue un gran aficionado a las bellas artes, en especial a la música, y es uno de los compositores más destacados que tuvo Asturias.

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Etiqueta de botella de vino de Anselmo G. del Valle, Cangas de Tineo, 1896. Col. Museo del Vino de Cangas.

En 1878 adquirió muchas propiedades en el concejo de Cangas del Narcea, al que estaba unido por lazos familiares. Fue un verdadero modernizador de nuestro concejo. En 1884 construyó el molino que todavía existe junto al puente de piedra de Ambasaguas, en la villa de Cangas, al que dotó de la más moderna maquinaria, y sobre todo invirtió gran cantidad de dinero en mejorar y modernizar el cultivo de los viñedos y la elaboración del vino de Cangas. Para ello trajo técnicos franceses que introdujeron importantes cambios en los viñedos, como el empleo de hilos de alambre para apoyar las vides, el uso de sulfatadoras, sistemas de poda e injerto, etc. Construyó en la villa de Cangas del Narcea, en la calle Pelayo, una gran bodega, “montada con todos los adelantos que requiere la industria vinícola moderna”, conocida como El Lagarón, hoy desaparecida. El jefe de la bodega era Ernest Dubucq. Su vino alcanzó una gran calidad, vendiéndose en Oviedo, Gijón, Avilés, Madrid y La Habana, y obteniendo medalla de plata en la exposición vinícola de Burdeos de 1895 y de oro en la de Angers de 1896. En 1901 vendió todas sus propiedades en Cangas del Narcea a los hermanos Alfredo y Roberto Flórez González.

En el acto de homenaje intervino Fidela Uría Líbano, que hizo un breve recorrido por la biografía de Anselmo González del Valle y su aportación a la música; José María González del Valle, catedrático de Derecho Eclesiástico de la Universidad de Oviedo y nieto del homenajeado, y Juaco López Álvarez, que habló sobre la relación de González del Valle con Cangas del Narcea. Cerró el acto Purita de la Riva que interpretó al piano algunas composiciones de Anselmo González del Valle.

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Cangas del Narcea en el Museo Arqueológico de Asturias

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Recreación de mujer neardental en el Museo Arqueológico de Asturias

En marzo de 2011 se abrió al público el Museo Arqueológico de Asturias, en Oviedo, después de permanecer cerrado siete años. Se inauguró con una exposición permanente en la que se exponen ocho piezas procedentes del concejo de Cangas del Narcea. Lógicamente, en los almacenes del museo hay muchos más objetos de nuestro concejo, que son el resultado de hallazgos casuales y de dos excavaciones arqueológicas realizadas en el castro de Larón en 1978 y en el monasterio de Corias en los últimos años. De estas excavaciones proceden la mitad de las piezas expuestas. Vamos a enumerarlas, siguiendo un orden cronológico:

1

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Hacha de bronce encontrada en las inmediaciones del castro de Larón, 800 – 700 antes de Cristo.

Hacha de talón y anillas, aparecida en las inmediaciones del castro de Larón. Apareció, junto al fragmento de otra hacha, en los años sesenta del siglo XX, en el talud de la carretera de Degaña. El hacha es de bronce y conserva las rebabas y el muñón de fundición, lo que indica que nunca fue utilizada como instrumento. Es un tipo de hacha muy característico del Bronce Final Atlántico, que aparece entre los años 800 y 700 antes de Cristo, es decir hace unos dos mil ochocientos años. J. L. Maya y M. A. de Blas, “El castro de Larón (Cangas del Narcea, Asturias)”.

2

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Fíbula de bronce hallada en el castro de Larón, siglo II antes de Cristo.

Fíbula simétrica de bronce encontrada en 1978, en la excavación arqueológica del castro de Larón dirigida por José Luis Maya, de la Universidad Autónoma de Barcelona, y Miguel Ángel de Blas, de la Universidad de Oviedo. Una fíbula es un broche que se usaba para sujetar las prendas de vestir. La que apareció en el castro de Larón es un modelo que tiene su origen en la cultura de La Tene, y data del siglo II antes de Cristo. Existe una muy similar aparecida en el concejo de Tineo. Eran objetos muy valiosos, que se usaban durante varias generaciones. J. L. Maya y M. A. de Blas, “El castro de Larón (Cangas del Narcea, Asturias)”.

3

Depósito de monedas romanas aparecido en el pueblo de Bimeda. Se trata de 192 monedas de bronce del siglo IV que aparecieron hacia 1864 en las obras de desmonte para la construcción de la carretera La Espina-Ponferrada. De este hallazgo dio noticia Nicolás Suárez Cantón en La Ilustración Gallega y Asturiana (8 de julio de 1880). Según parece, el “tesoro” estaba formado por muchas más monedas. Las que han llegado al Museo Arqueológico de Asturias fueron acuñadas en Francia e Italia; las más antiguas pertenecen a la época del emperador Constantino I y las más recientes son del mandato del emperador Graciano. El hallazgo de esta clase de depósitos o “tesoros” es relativamente frecuente, por ejemplo, en el pueblo de Trones apareció uno en 1910 con más de mil monedas romanas, y su ocultación se realiza en momentos conflictivos en los que la gente esconde sus bienes. “El probable tesorillo de Bimeda (Cangas del Narcea)”.

4

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Lapida de Lucio Valerio Postumo, hallada en Arnosa, La Viliella.

Lápida sepulcral de Lucio Valerio Postumo. Este fue un romano que seguramente vino a nuestro concejo a trabajar en las explotaciones de oro que se llevaban a cabo en el valle del río Ibias, en la parroquia de Larón. La lápida apareció a fines del siglo XIX en el lugar de Arnosa, cerca del pueblo de La Viliella, y la encontró Felipe Rodríguez, de casa Felipón de este pueblo, que la colocó junto al portón de su casa. El 5 de diciembre de 1951, por iniciativa de Joaquín Manzanares, sus nietos la donaron al Museo Arqueológico de Asturias. En la lápida aparece la inscripción siguiente:

L · VALERIUS
POSTUMUS
VX · AN · L
H · S · EST
S · T · T · L

Que viene a ser: L. Valerius / Postumus / v(i)x(it) an(nos) L. / H(ic) s(itus) est. / S(it) t(ibi) t(erra) l(evis). La traducción al castellano es: “Lucio Valerio Postumo, vivió 50 años. Yace aquí. La tierra te sea ligera”.

5

Lápida de consagración o fundación de la iglesia de Santa María de Castanéu, del año 1166. Es una pizarra que estaba colocada en el muro norte de esta iglesia. Ingresó en el Museo Arqueológico de Asturias por iniciativa de Joaquín Manzanares y Manuel Jorge Aragoneses, el 6 de diciembre de 1951. La inscripción está escrita en latín, pero se ha borrado en su mayor parte, y solo se leen bien las tres primeras líneas, que traducidas dicen: “En el nombre de nuestro Señor Jesucristo, fue consagrado este templo por el obispo Gonzalo, en la era MC CIIII …”. Don Gonzalo fue obispo de Oviedo entre 1162 y 1175.

6

Espuela o acicate de hierro, bronce y cuero de época medieval, encontrada en la excavación arqueológica del monasterio de Corias dirigida por Alejandro García y con la participación de Francisco F. Riestra. Es una de las espuelas que aparecieron en los enterramientos que había en el interior y en el exterior de la primera iglesia que tuvo el monasterio, que fue construida en el siglo XI y era de estilo románico. En esta iglesia y en su cementerio solo se enterraban los monjes y los nobles que habían hecho donaciones al monasterio. Con las espuelas puestas se enterraba a los caballeros, y eran un símbolo de nobleza y distinción. Datan de los siglos XII y XIII. En estas tumbas también aparecieron monedas, que se colocaban en la boca o entre las manos de los difuntos, y colmillos de jabalí, que los muertos llevaban colgados como signo de su valor en la caza de estos animales.

7

Espuela o acicate de hierro y bronce de época medieval, encontrada en la excavación arqueológica del monasterio de Corias.

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Teja con representación de caballeros (Monasterio de San Juan Bautista, Corias, Cangas del Narcea)

Teja curva del monasterio de Corias de fines de la Edad Media. Tiene inciso el dibujo de dos caballeros armados con espada y lanza. Apareció en el tejado del monasterio y fue encontrada por “Biescas”, trabajador de la empresa que esta realizando la reforma del monasterio para convertirlo en Parador Nacional, que la entregó a los arqueólogos Alejandro García y Francisco F. Riestra.

                                        *   *   *   *   *   *

A continuación podéis descargaros una pequeña guía en formato pdf, realizada por la arqueóloga  Carmen Benéitez González, que os puede ayudar, si visitáis el museo, a localizar estas piezas en la exposición.

icon Cangas del Narcea en el Museo Arqueológico de Asturias (636.93 kB)

Comercios, tabernas, profesionales, industrias, etc. en Cangas del Narcea, 1904

Cangas del Narcea. La calle Mayor a la altura de la plaza de La Refierta (actual, Mario Gómez), hacia 1904

El Anuario Descriptivo de Asturias editado en Gijón en 1904 recoge los nombres de los cargos civiles y religiosos del concejo de Cangas del Narcea, y los de los funcionarios y profesionales, así como los titulares de comercios, industrias, tabernas, etc. El concejo tenía en aquel año 22.426 habitantes, ocho mil más que en la actualidad, y acababa de empezar el siglo XX con unas importantes industrias vinícola y maderera, y una incipiente minería, aunque su principal actividad económica seguía siendo la agricultura y la ganadería. En la villa eran numerosos los comercios de ropa y telas, los abogados y los procuradores (¡siempre fuimos muy pleitistas!), y repartidos por el concejo, en lugares de paso y pueblos grandes, había unos pocos figones y tabernas (Ventanueva, Vallao, Carballo, Besullo, La Regla de Perandones…). El alcalde era el comerciante leonés José Pallarés Nomdedeu, que tenía en la calle Mayor la única ferretería que existía en la villa. Para viajar todavía se empleaba la diligencia. En todo el concejo solo había doce maestros (once hombres y una mujer).

El texto del comienzo tiene unos errores, que notará cualquier lector de Cangas, que son las menciones a “un sepulcro de la condesa de Toreno” en la iglesia parroquial, que no hay tal, y un “convento de Padres Dominicos fundado por don Juan Queipo de Llano”, cuando en realidad se trata del convento de Madres Dominicas que existía en aquella fecha en la calle Mayor.

Anuario descriptivo de Asturias para 1904
– Cangas de Tineo –

Jovellanos en Cangas. Relato de su estancia en Cangas del Narcea en la vendimia de 1796

Retrato de Jovellanos con el arenal de San Lorenzo, al fondo, hacia 1780-1782; Francisco Goya (1746-1828), lienzo, 185 x 110 cm. Oviedo, Museo de Bellas Artes de Asturias.

Contribución de El Tous pa Tous a la conmemoración del bicentenario de la muerte de Gaspar Melchor de Jovellanos (1811 • 2011)

INTRODUCCIÓN

Pocas personalidades hay en España que susciten tan unánime sentimiento de admiración y respeto como la de don Gaspar Melchor de Jovellanos (Gijón, 1744-Puerto de Vega, Navia, 1811). Prototipo de patriota, intelectual y hombre de Estado, Jovellanos es, por muchos conceptos, también el ideador de la Asturias contemporánea. El conocimiento y amor por su tierra le colocan en el origen del asturianismo, del estudio científico de la historia y cultura de Asturias, de la modernización de su economía y promoción de sus primeras grandes infraestructuras de comunicación y transporte, así como de la innovación pedagógica concretada en una de sus más queridas empresas: el Real Instituto Asturiano de Náutica y Mineralogía de Gijón.

Timbre de gloria es para cualquier localidad o concejo de Asturias que Jovellanos se haya fijado en ellos, que los mencione en sus obras y, ni qué decir tiene, que los visitara y recorriera dejando constancia por escrito de sus impresiones, describiendo sus monumentos, historia, paisajes o rasgos de sus gentes, productos industria y costumbres. Todo tiene cabida en su insaciable ansiedad de conocimiento; de todo hace sagaces diagnósticos y son de admirar sus precisos juicios. Consciente como todos los ilustrados de su tiempo de la necesidad de dirigir la transformación de la sociedad, Jovellanos se plantea esta tarea acometiéndola con método y responsabilidad, y por eso, como punto de partida para formar cualquier opinión o juicio se impone el del conocimiento directo, siempre sobre el terreno y en contacto con las personas, sus agentes. Así se entienden muchos de sus frecuentes recorridos por nuestra provincia a lo largo de la última década del siglo XVIII, tanto los realizados para despachar encargos oficiales como los privados.

Hay constancia de dos viajes de Jovellanos a Cangas de Tineo (desde 1927, Cangas del Narcea), aunque quizás pudo haber un tercero, en el verano de 1782, cuando según su biógrafo, secretario y hombre de confianza, Juan Agustín Ceán Bermúdez (Gijón, 1749-Madrid, 1829), «recorrió entonces casi toda la provincia [de Asturias], indagando su población, el estado de su cultivo y de su industria, sus usos y costumbres» (Memorias, págs. 33-34). Fruto de ello fue la redacción del Viaje de Asturias, conjunto de diez cartas cuyo destinatario era su amigo, el ilustrado Antonio Ponz (Bechí, Segorbe, 1725-Madrid, 1792), autor del famoso Viage de España (18 tomos, editados en Madrid entre 1772 y 1794), y con cuya aportación quiso contribuir Jovellanos a esta enciclopédica obra.

Retrato de Joaquín José Queipo de Llano, V conde de Toreno. Óleo de Vicente Arbiol. Real Instituto de Estudios Asturianos, Oviedo.

Pero los documentados son, como va dicho, dos: el primero, muy breve, verificado a comienzos de la primavera de 1795 (desde el jueves, 26, hasta el sábado, 28 de marzo), en comisión oficial, pues don Gaspar estaba designado por el Consejo de Órdenes Militares y por su amigo el ministro de Marina Antonio de Valdés y Fernández Bazán (Burgos, 1744-Madrid, 1816), para hacer las pruebas de genealogía y limpieza de sangre de Fernando de Valdés (Sevilla, 1754-Madrid, 1819), brigadier del Ejército, coronel del regimiento de caballería de Alcántara y futuro marqués del Apeo Hermoso, hermano del referido ministro, al que recientemente se le había concedido el hábito de caballero de la orden de Alcántara. Estas pruebas obligaron a Jovellanos a viajar, primero por Asturias (Pravia, Candamo, Grado, Salas y Cangas) y, a continuación, hasta La Rioja. De su peregrinar dejó constancia escrita y sus impresiones constituyen lo más destacado del Cuaderno VI del Diario que, sin interrupción, abarca desde el jueves, 12 de marzo de 1795, hasta el sábado, 31 de diciembre de 1796. Los interesados pueden ver la crónica de este viaje a Cangas en la edición crítica preparada por María Teresa Caso y el que suscribe, en 1999 (Obras completas, VII, págs. 114-125). Como resumen de lo acontecido, se pueden reseñar las descripciones del monasterio de Corias, colegiata de Santa María Magdalena y palacio de Toreno (actual sede del Ayuntamiento de Cangas). El conde de Toreno, Joaquín José Queipo de Llano y Valdés, fue su anfitrión y compañero en las visitas, aunque Jovellanos, según él mismo refiere, estuvo hospedado en casa de su administrador, don Ignacio Fernández Flórez, y no en el palacio.

El segundo viaje es el que ahora ofrecemos a los lectores de El Tous pa Tous. Realizado al año siguiente, se extiende desde el miércoles, 5, hasta el viernes, 21 de octubre de 1796, algo más de dos semanas, coincidiendo con la recolección de la uva, de ahí el expresivo título que Julio Somoza le puso: «A una vendimia en Cangas de Tineo», pues Jovellanos no lo destacó en el registro de su Diario.

Cangas, tras Oviedo y las villas costeras del centro de Asturias (Gijón y Avilés), era la siguiente villa en importancia de Asturias. Su estratégica situación en la zona suroccidental, a orillas del Narcea y enclave de caminos y acceso directo al Bierzo (León), su extensión, población, riqueza en materias primas (arbolado y canteras de piedra), su producción agropecuaria y comercio (mercado y ferias ganaderas) están en el origen de ello. Por tanto, la oportunidad de volver a ella de una manera más relajada y por mero ocio no sería desaprovechada. Esta le vino de la mano de su íntimo amigo, Rodrigo Antonio González de Cienfuegos y Velarde (Oviedo, 1745-1813), VI conde de Marcel de Peñalba, con casa, familia e intereses en este concejo. El Conde era hijo de un cuñado de Jovellanos, don Baltasar González de Cienfuegos y Caso Maldonado (muerto en Oviedo, en 1770), predecesor en el título, que había casado en tres ocasiones: la última en 1758, con Benita Antonia de Jovellanos (Gijón, 1733-Oviedo, 1801), la hermana mayor de don Gaspar. Peñalba y Jovellanos, por tanto, no eran parientes, como a veces se dice, sino solo amigos pero la relación entre ambos era tan íntima y cordial que se puede calificar de familiar. A este respecto comenta Jovellanos en el bosquejo interrumpido de sus Memorias familiares (1784) que «muerto el conde don Baltasar, heredó la casa su hijo don Rodrigo quien, sin embargo de haber contraído matrimonio, del cual tiene larga descendencia, no ha querido tomar el gobierno de su casa y rentas, que hoy sigue a cargo de doña Benita, viviendo unidas ambas familias con mucha paz y utilidad recíproca». Rodrigo y Gaspar eran además de la misma edad (Jovellanos, un año mayor que Peñalba) y durante la estancia de Jovellanos en Asturias (1790-1797 y 1798-1801), fueron asiduos contertulios y compañeros de viajes, según vemos en la correspondencia y el Diario.

La ocasión para visitar Cangas no podía ser más propicia, pues coincidió con la época de la vendimia, una de las faenas con que se va dando conclusión al ciclo agrícola anual y tiempo de festejos y regocijos públicos, como leemos en el Diario. ¡Qué pena que no se haya conservado aquella carta que nuestro viajero envió a su amigo Nicolás de Llano Ponte el jueves, 13 de octubre, que contenía «la relación de nuestra vida vendimial», y donde el gijonés también hacía referencia a las «combinaciones de afición que tanta juventud alegre hace entre sí» con este motivo! Sería un precioso documento de valor etnográfico donde, de seguro, Jovellanos describiría con su acostumbrado rigor y detalle las variedades de uva, las labores de recolección y poda, los preseos o herramientas, medios de transporte, faenas en el lagar, y los usos y costumbres derivados.

Retrato de Antonio Uría Queipo de Llano, hacia 1804. Obra del pintor Francisco Xavier Hevia. Colección de Blanca Fernández Rodríguez (Casa de Uría, Santolaya).

Al correr de los apuntes y de las jornadas vemos además lo cerrado y bien trabado que era el círculo de relaciones familiares de la nobleza canguesa, pues los Queipo de Llano, González de Cienfuegos, Uría (de la casa de Santa Eulalia de Cueras), Merás y Flórez, todos entre sí tenían algún vínculo familiar o parentesco más o menos directo. Estrategias de las clases dominantes durante el Antiguo Régimen que se mantuvieron también a lo largo del siglo XIX y comienzos del XX. Aparte de ello, eran también asiduos a las mismas tertulias, reuniones y fiestas.

Este relato nos descubre asimismo una villa nada anodina, con ciertos pujos capitalinos, estimulada por la concurrencia de dos casas aristocráticas (las condales de Peñalba y Toreno, creadas en 1649 y 1659, respectivamente) que pujaban entre sí en ostentación e influencia. Pero la voz en aquel momento la llevaba Joaquín José Queipo de Llano (1727-1805), el V conde Toreno, que había ido reuniendo bajo su protección y estímulo un pequeño círculo de científicos, mecánicos y literatos entusiastas que elevaron el nivel cultural de la villa durante las dos últimas décadas del siglo XVIII.

Peñalba fue, como decimos, el anfitrión de Jovellanos y en la casa que había construido su bisabuelo, Rodrigo González de Cienfuegos y Estrada, II conde de Marcel de Peñalba, y que todavía erige su elegante y barroca fachada en la calle Mayor de Cangas (la antigua «Fonda Universal»), estuvo alojado todo ese tiempo. El sábado, 15 de octubre de 2011, por iniciativa de El Tous pa Tous, Sociedad Canguesa de Amantes del País, se descubrirá en la fachada de esta casa de Peñalba una placa que recuerda la estancia de Jovellanos en la villa, coincidiendo además con el año en que se conmemora el bicentenario de su fallecimiento (1811-2011). Los pueblos que recuerdan a sus beneméritos paisanos son pueblos inmortales.

LA EDICIÓN

El texto seguido para la publicación de este Viaje a Cangas es el de la edición crítica que preparamos María Teresa Caso y yo mismo en 1999 para la colección de Obras completas de Jovellanos que en 1984 había iniciado el fallecido profesor José Miguel Caso González: Gaspar Melchor de Jovellanos, Obras completas, tomo VII. Diario, 2.º Cuadernos V, conclusión, VI y VII (desde el 1 de setiembre de 1794 hasta el 18 de agosto de 1797), edición crítica, prólogo y notas de María Teresa Caso Machicado y Javier González Santos, Oviedo, Instituto Feijoo de Estudios del Siglo XVIII – Ilustre Ayuntamiento de Gijón, 1999, páginas 575-612. Respecto a esta hay dos diferencias apreciables: la primera es que se han eliminado las variantes textuales derivadas de la confrontación de la copia del manuscrito original de 1811 y de las diferentes ediciones conocidas de este Cuaderno VI del Diario, y la otra es que ahora sale bastante más anotada que entonces; la intención es brindar al lector más exigente y entusiasta el texto original de Jovellanos comentado en todos sus detalles. Como se puede comprobar a primera vista, existen dos tipos de anotaciones: las notas a pie de página son comentarios más o menos extensos a las palabras de Jovellanos, pero también hay otras, sencillamente aclaratorias, que van en el propio texto de Jovellanos, entre corchetes para no interrumpir el curso de la lectura con fastidiosas llamadas a notas, y que sirven para identificar personas, nombres de lugar o accidentes geográficos a los que el viajero gijonés se refiere de modo familiar y abreviado (personas) pero también erróneo o confundido como sucede con algunos topónimos y accidentes geográficos.

JOVELLANOS EN CANGAS
Relato de su estancia en Cangas del Narcea en la vendimia de 1796

AGRADECIMIENTOS

No quiero concluir esta Introducción sin dejar constancia de agradecimiento por su desinteresada colaboración a la doctora doña María Teresa Caso Machicado, amiga y coeditora conmigo de los volúmenes segundo y tercero del Diario de Jovellanos y a quien se debe la fijación crítica del texto. A KRK Ediciones, propietaria de la edición y explotación comercial de las Obras completas de Jovellanos y a su director, nuestro buen y generoso amigo Benito García Noriega, por haberme facilitado el archivo del texto publicado en 1999 y la cesión de los derechos de reproducción del mismo para esta colaboración en El Tous pa Tous. Y por último, al Museo de Bellas Artes de Asturias y a su anterior director, hoy Consejero de Cultura y Deporte del Principado de Asturias, el señor don Emilio Marcos Vallaure, por permitir la reproducción del retrato de Jovellanos, el primero de los dos que le pintó Goya y que constituye una de las joyas artísticas de sus selectas colecciones.

A la buena memoria del Padre Carballo y su obra

Para la benemérita Sociedad “Tous pa Tous”, de Cangas del Narcea

Retrato de Nicolás Castor de Caunedo y Suárez de Moscoso. Fuente: Biblioteca Digital Hispánica.

Se lamentaba Constantino Suárez del “escaso y deficiente fruto” que había logrado en sus investigaciones para arrojar luz sobre la peripecia vital e historiográfica de Nicolás Cástor de Caunedo y Suárez de Moscoso, una de las personalidades que definieron la reivindicación de Asturias durante el fértil periodo de nuestro Romanticismo.

Décadas después, Caunedo sigue sin tener una biografía que haga justicia a la singularidad de su trayectoria y aportaciones, que se nos muestran más ricas y de matices más variados que los que le atribuyen las fuentes al uso, plagadas de silencios y errores.

Su expresa querencia por Gozón y su capital Luanco, hicieron que se le diese por nacido en ese concejo o en la villa, pero lo cierto es que, quizás por la oriundez gallega de su madre, como delata su apellido, vio la primera luz en 1819 en la parroquia de San Andrés de Cabañas, provincia de La Coruña. Su padre era uno de aquéllos “cristinos” e “isabelinos” de primera hora que, como capitán, empuñó las armas en la Primera Guerra Carlista, siendo escenario las tierras de Burón y Suarna de algunas de sus heroicas acciones, pasmándose algunos vecinos testigos de las refriegas de que por su valentía “no hubiese perecido mil veces”.

De ese progenitor heredó Caunedo la profesión de las armas, a la que unió la pasión por las letras y por la historia, que nunca le abandonaría. En plena juventud, en el Madrid efervescente del reinado de Isabel II, sería cuando fructificasen esas inquietudes en la década de los cuarenta, cuando se vincula a la Real Academia de Arqueología y Geografía, fundada en 1837 por el investigador y erudito Basilio Sebastián Castellanos de Losada. La Academia pasaría en 1863 a denominarse del “Príncipe Alfonso”, para desaparecer en 1868 con la revolución que arrojó del trono a Isabel II.

Para Caunedo, la personalidad de Basilio Sebastián Castellanos fue un referente de primer orden, consagrándole como ejemplo a seguir de intelectual y arqueólogo, como viene a demostrar la biografía que le dedica y que dio a las prensas en Madrid en 1848. Además, la Real Academia fue la institución que le amparó y reconoció en sus saberes, y en donde estuvo acompañado por otros relevantes asturianos como el conde de Toreno, Agustín Arguelles, Evaristo San Miguel o Antonio Posada y Rubín de Celis. Sin embargo, será su contemporáneo Antonio Balbín de Unquera quien desarrolle en ella una gran actividad investigadora y divulgativa. Caunedo sería recibido como académico de número en 1868 con un discurso sobre la Arquitectura Asturiana, siendo contestado por Mariano Nogués y Secall.

Aunque formalmente su ingreso como académico de número se produzca en ese año, a pocos meses de la desaparición de la Real Academia, lo cierto es que a mediados de la década anterior Caunedo ya se presentaba como “académico de mérito de las de Arqueología de España y Bélgica”. Residía entonces Caunedo en Oviedo, aprovechando este periodo para profundizar en sus estudios históricos referidos a Asturias y en continuar una interesante labor editorial, no siempre culminada como veremos.

En 1855, cuando era segundo comandante de Infantería, Nicolás Cástor de Caunedo es nombrado Fiscal del Consejo de Guerra Permanente de la Provincia de Oviedo, y sumará a estos méritos arqueológicos y militares el ser caballero de la ínclita orden de San Juan de Jerusalén, de las militares de San Fernando y San Hermenegildo, Benemérito de la Patria, y haber sido condecorado con la medalla de Sufrimiento por la Patria y otras cinco medallas más por acciones distinguidas de guerra.

Como fiscal del Consejo de Guerra se encargará, entre otras labores, de la apertura del sumario a Restituto Mata, comandante de Infantería y subinspector de la Milicia Nacional, y al capitán de Infantería Faustino García Fontela, ayudante del Batallón Provincial de Oviedo, por la conducta que observaron ambos durante la vigencia de la Junta Revolucionaria instalada en Oviedo el 17 de julio de 1856.

El proyecto de edición de las Antigüedades y cosas memorables del Principado de Asturias, del padre Carballo, en 1856

Placa a la memoria del Padre Carballo en su barrio natal de Ambasaguas (Cangas del Narcea)

Que la carrera militar no era obstáculo para que Caunedo dedicase también esfuerzos a conocer y difundir la historia de Asturias con una pasión digna de elogio, lo certifica el proyecto editorial en el que se embarca en ese año de 1856 junto a Evaristo Vigil Escalera, y que supone la empresa más ambiciosa en este campo en Asturias a lo largo del periodo isabelino, y que de haberse materializado, hubiese supuesto un hito en nuestra historia contemporánea. La nueva edición de la trascendental obra del Padre Luis Alfonso de Carballo Antigüedades y cosas memorables del Principado de Asturias proyectada por Caunedo y Evaristo Vigil no se limitaría a una simple trascripción de la original, sino que se presentaría “anotada y adicionada” por los editores, enriqueciéndola además gráficamente con láminas litografiadas por un artista nativo como Ignacio León y Escosura que, pese a su juventud, ya gozaba de contrastada calidad en sus trabajos. De este modo se modernizaba la obra, poniéndola en consonancia con el ya implantado gusto por las ediciones ilustradas con las que la corriente romántica fijaría una nueva interpretación del paisaje y la arquitectura monumental del país. Esa identificación plenamente romántica es la motivación original como medio para una reivindicación de la singularidad de la historia de Asturias y su primigenia aportación a la identidad de España, tal como revela el texto del Prospecto publicitario de la obra, que se transcribe al final.

Técnicamente, la obra se presentaría por entregas en número de ochenta a cien, conformando un tomo en 4º. mayor con un total de 800 a 1000 páginas. Con cada entrega, recibirían los suscriptores las láminas correspondientes “lujosamente litografiadas”, llegando por vez primera a los interesados el 1 de enero de 1857. Desde esta fecha, las entregas serían sin interrupción semanales.

El precio de suscripción para la península sería de real y medio por entrega, mientras que en ultramar sería de dos reales y medio. Animosos, los promotores avisaban que concluida la obra, ésta aumentaría su precio. Una amplia red regional y nacional de puntos de suscripción de la obra parecía asegurar su éxito. En Cangas del Narcea el encargado de recibir las suscripciones era Domingo Joaquín Álvarez Arenas.

Estas optimistas perspectivas no se cumplieron, y, que sepamos, la obra no tuvo inicio, frustrándose por causas que es difícil desentrañar. Habría que esperar a 1862 para que Matías Sangrador y Vítores retomase el proyecto con su Gran Biblioteca Histórica Asturiana, que inició su colección denominada “Sección de historia civil o política” con la obra de Carballo, pero sin los ambiciosos objetivos y calidades que aventuraban Caunedo y Vigil.

PROSPECTO

“Recordar las antiguas y modernas glorias de Asturias y dar a conocer los monumentos artísticos e históricos que tanto embellecen su pintoresco suelo, es el único objeto de la publicación que hoy anunciamos. El país cuyo celebrado nombre va unido a los más grandes acontecimientos que registran los anales, el que opuso una resistencia inaudita a los romanos, a la sazón dominadores del mundo; el que fue la tumba y el oprobio de los soberbios sarracenos; el país cuna de la libertad, de la monarquía y de la nacionalidad española, en fin, de donde partió el terrible grito de guerra que derribó al coloso de nuestro siglo y en que vieron la luz Pelayo y Campomanes, Alfonso el Casto y Jovellanos, y cien otros grandes hombres que son el orgullo de España, es digno de una memoria en los días que alcanzamos de civilización y progreso.

Los que tal pensamiento concebimos, más ricos de entusiasmo por nuestra amada patria que de fuerzas para labrarle una corona tal cual merece, creemos el mejor medio reproducir el muy notable escrito, tan raro hoy como apreciado por los eruditos, que nos legó en el siglo XVII el digno asturiano Luis Carballo, y en el que recopiló las pasadas glorias y grandezas de Asturias. Por más que seamos los primeros en tributar sinceros elogios al laborioso cronista, no podemos menos de reconocer que, su obra que contentaba todas las exigencias de la época en que vio la luz pública, debe hoy sufrir el dominio que tan justamente ejerce la crítica sobre la historia de los tiempos lejanos. Sin embargo, lejos de nosotros la idea de borrar las romancescas tradiciones que derraman tanta poesía en la historia de Asturias; pues no olvidamos que de muy antiguo, las leyendas populares envolvieron con el gracioso manto de la fábula los más graves y verdaderos sucesos. Nuestro propósito es tan solo esclarecer, en cuanto alcancemos, los que como dudosos figuran en las crónicas nacionales y que acontecieron en Asturias, rectificando los errores en que pudo incurrir Carballo. De aquí la necesidad de ilustrar el primitivo texto con algunos fragmentos tomados de los escritores árabes, con privilegios y donaciones reales, cartas pueblas, inscripciones, etc., etc. Incompletos quedarían nuestros trabajos si no presentáramos también la historia del Principado en los tres últimos siglos, no menos dignos de interés y fecundos en acontecimientos memorables que los anteriores, y les daremos fin consignando el heroico y gloriosísimo alzamiento contra los franceses, en el que nuestros padres mostraron ser dignos herederos de los esforzados soldados de Covadonga conquistando innumerables laureles y devolviendo su perdida libertad e independencia a la madre patria. Finalmente, aparecerán con profusión en el nuevo Carballo litografías que reproduzcan los monumentos, sucesos y personajes de más nombradía, debidas al joven y aventajado pintor don Ignacio León y Escosura.

No haremos, cual es de costumbre, pomposos ofrecimientos rara vez cumplidos; tan solo prometemos aquí que la edición que vamos a dar será todo lo esmerada posible, y en todas sus partes producto de artistas del país”.

Un reguero de pólvora

NOTICIA DE LOS TALLERES PIROTÉCNICOS EN CANGAS DEL NARCEA

Miembros de la Peña El Arbolín en el Lagarón. Julio de 1954.

Se lamentaba Juan de Llano Ponte (conocido como “Juan de las Carreteras”), a mediados del siglo XIX, del gusto desmedido de los asturianos por los voladores y fuegos de artificio, mientras el país, en plena fiebre minera e industrial, debía pugnar por modernizar sus infraestructuras. “En vez de gastar tanta pólvora en fiestas, deberían las autoridades y el pueblo llano emplearla en abrir las entrañas de la tierra para nuevas minas y, sobre todo, para hacer caminos de los que tan necesitados estamos”, clamaba Llano Ponte en una época de transición en la que lo viejo se resistía a morir y lo nuevo luchaba por ser para crecer. No se engañaba aquel moderno visionario sobre la encrucijada asturiana en la que quería hacerse oír: el país y sus naturales eran dados a manifestarse explosivamente en sus festejos y era difícil que renunciasen a esa nada extraña personalidad colectiva para empujar un progreso que les parecía ajeno o, cuando menos, de lejanos y minoritarios beneficios. Así que todo siguió como en siglos precedentes, y en algunos lugares, como en la villa de Cangas del Narcea, las nubes de pólvora y el estruendo se convirtieron en una seña de identidad que hoy va multiplicándose en fama y aplauso.

La mecha, 1924. 60 x 39 cm. Cartel para Unión Española de Explosivos. Col. Unión Explosivos Rio Tinto, S.A. Madrid.

Cuando Llano Ponte daba sus consejos sobre el uso rentable de las materias explosivas, nacía este sector industrial a gran escala en Asturias, llamado a tener una sólida reputación en el ámbito español. Será sobre todo la demanda del sector minero, los distintos ramos del ejército y, en menor medida, las obras públicas, las que permitan que antes de iniciarse el siglo XX contase Asturias con tres importantes industrias de explosivos.

No cabe duda que la implantación y desarrollo de este sector influyó en la aparición de una tupida red de talleres pirotécnicos en toda la región, cuya producción artesanal se destinaba al consumo interno en su vertiente eminentemente festiva. Lógicamente, Cangas del Narcea, con esa tradición tan asentada en voladores y fuegos, no podía estar al margen de este fenómeno pirotécnico y fue así como se crearon distintos talleres, de los que hoy, en la renovación anual del ciclo festivo, queremos dar noticia.

Conviene señalar, sin embargo, que el comercio de materias explosivas en el concejo se había introducido desde que, en fecha que no podemos determinar, se había instalado en la villa una de las seis administraciones subalternas, dependientes de la central de Oviedo, de la Administración de la Hacienda Pública de la Provincia y, en concreto, de la Dirección General de Rentas Estancadas y Loterías, que controlaban la venta de materias explosivas. En el caso de Cangas del Narcea, el comercio era únicamente de pólvora de mina, y en 1868 almacenaba un total de 500 kilos. Como consecuencia de la Revolución de ese año, se va a producir la supresión de la Dirección General de Rentas Estancadas, con lo que la producción y comercialización de la pólvora y otras materias explosivas se va a liberalizar, desapareciendo en 1870 la administración subalterna de Cangas.

La prolija legislación que regula el sector irá acomodándose a una realidad cada vez más compleja, que en lo que atañe a lo estrictamente festivo será cada vez más restrictiva, tal como revela la Real Orden de 7 de octubre de 1886 que señalaba que: “Nadie podrá quemar fuegos artificiales, disparar cohetes o petardos o hacer cualquier uso público de sustancias explosivas sin permiso escrito del Alcalde de la localidad. En ningún caso podrá esto hacerse dentro de poblado, en caminos y lugares de tránsito o de numerosa concurrencia, ni en épocas o sitios en que puedan ocasionarse incendios en las mieses o pastos u otros daños semejantes”.

La razón de las autoridades para aplicar esta normativa en Asturias estaba en “la costumbre inveterada que existe en esta provincia de amenizar toda función como procesiones, romerías, bodas, bautizos, etc. disparando cohetes con el distintivo en su clase de bomba real, palenque y otros de gran detonación”, lo que hacía que se utilizasen materias prohibidas como la dinamita o la adición de clorato de potasa a la pólvora para potenciar su efectividad. Esto los hacía sumamente peligrosos, provocando graves sucesos en fiestas de toda la región.

En el punto de mira de las autoridades se hallaban los pirotécnicos, a los que se tildaba de “ignorantes o poco escrupulosos” a la hora de fabricar los productos que producían estos accidentes, pero el colectivo artesanal se defendía protestando que los artefactos por ellos construidos eran “inofensivos” y que eran “personas extrañas o malos compradores” los que manipulaban la composición, por ejemplo, de las bombas de detonación.

En las primeras décadas del siglo XX las normas para intentar corregir los continuos accidentes serán la Real orden citada de 1884 y las posteriores de 9 de noviembre de 1893 y 22 de noviembre de 1913, que intentan un mayor control de todo lo que afecta a los explosivos en su aplicación festiva. No será hasta la promulgación del Reglamento de Explosivos de 1920 cuando la regulación alcance de modo expreso a los talleres de pirotecnia o fábricas de fuegos artificiales, que funcionaban sin autorización, incumpliendo con ello la legalidad.

Gracias a la rigurosa aplicación de esta norma a lo largo de la década de los años veinte, y de modo particular durante la Dictadura de Primo de Rivera, conocemos documentalmente las características de las instalaciones y las reformas que realizaron dos talleres pirotécnicos de Cangas del Narcea, fundados con anterioridad, pero que se transforman a fines de este periodo para adecuarse a las condiciones exigidas por la ley.

El primero es el promovido por la vecina de la villa María Blanco Menéndez, quien solicita autorización en 1928 para instalar un taller de pirotecnia para fabricar a mano cohetes y fuegos artificiales elaborados con pólvora corriente y cloratada, no empleando más de diez kilos de estos productos por jornada laboral. El taller se instalaría en una finca, propiedad de la Comunidad de Dominicas, situada en el kilómetro 41 de la carretera de Ponferrada a La Espina, y distante más de trescientos metros de la villa. Los edificios más próximos al taller distaban a 30 metros, y el edificio -“caseta”-, tendría 3´80 metros de frente por 2´80 de fondo, siendo construido con tabiques de armazón de madera rellenos de rajuela, mientras que la cubierta sería en parte de teja plana y el resto de latón. El ingeniero comisionado por la Dirección General de Minas y Combustibles informará que la localización del taller es aceptable, pero para su autorización definitiva pondrá diversas condiciones: el taller debe cercarse con alambrado, valla o empalizada, poniéndose en los cuatro ángulos un aviso en el que se señale que dicho taller de pirotecnia está autorizado por la Real orden precisa. El recinto tendrá una sola entrada, exclusiva para el personal y con puerta de apertura hacia fuera, colocándose un rótulo que diga: “Prohibida la entrada”.

La fabricación debía comprender únicamente “los productos de la pirotecnia y fuegos artificiales de la clase corriente del país”, que eran cohetes o voladores, petardos, luces de bengala, y otros, teniendo todos la correspondiente mecha. Se prohibía la utilización de dinamita en todos los productos. Los morteros debían ser de cobre o bronce, siendo las mazas del mismo metal o aleación, y también de madera o piedra. Las agujas atacadoras y demás artefactos serían igualmente de cobre, bronce y madera.

Los toneles de trituración y mezcla no deberían tener ninguna partícula de hierro, y si el eje fuese de ese metal, debería recubrirse de madera y ésta, a su vez, de cuero cosido con cáñamo. Los balines que se empleasen debían ser también de bronce o madera. La elaboración con materias cloratadas debía hacerse al aire libre, en cobertizos o en departamentos a propósito. Tanto las materias primas como los productos elaborados debían tener el correcto almacenaje.

Por último, el taller pasaba a estar bajo la inspección de la Jefatura Provincial de Minas. La promotora lograba la aprobación de su taller por Real orden de 11 de junio de 1929. Pero debieron surgir problemas, pues en 1930 María Blanco solicita una nueva licencia para instalar un taller de pirotecnia, ahora en el lugar conocido como “Huertas del Pelayo”, distante 50 metros del edificio más cercano que es un establo, y otro tanto de la vía de comunicación más cercana. El edificio para la manufactura sería una construcción completa de ladrillo con una planta de 5 metros de frente por 4 de fondo.

Tampoco ahora parece ser éste el taller definitivo, pues cuatro años después, en julio de 1934, una nueva solicitud documenta la petición de autorización para un taller “sito en las afueras de la villa” y a 65 metros del edificio más cercano y a 72 metros de la vía más próxima. Ahora, el edificio del taller sería de 20 metros cuadrados de planta, con una altura de muros de 2´70 metros, construidos en ladrillo. El piso sería de hormigón y la cubierta de teja, señalando la promotora que: “Sólo se fabricarán cohetes en sus clases más corrientes”.

Los Nogales, 1930. En el centro taller pirotécnico de Raimundo Rodríguez (Cantarín). Detalle de fotografía de Ubaldo Menéndez Morodo

Estrictamente contemporáneo del primer proyecto de María Blanco es el promovido también en 1928 por el vecino de la villa Raimundo Rodríguez “Cantarín”. En su solicitud señala que el taller de pirotecnia se situaba en las inmediaciones del río Narcea y a unos 32 metros de la carretera de Cangas a Ventanueva. El edificio más cercano se hallaba a 37 metros. El taller -“una caseta”- tendría 1´90 metros de ancho por 4´40 de fondo y se construiría con tabiques de armazón de madera cubiertos de piedra menuda, siendo la cubierta de teja plana. En su petición señalaba que el objeto del taller era “la fabricación a mano de cohetes y fuegos artificiales con pólvora corriente y cloratada”, trabajando menos de diez kilos diarios.

Ante las condiciones enumeradas, se le deben señalar algunos cambios por las autoridades competentes, pues meses después la localización del taller es en un terreno de su propiedad situado en el barrio de El Fuejo, a 137 metros de la carretera de Cangas a Ouviaño, y las características técnicas del edificio también varían: la planta será de 3 metros de ancho por 2´20 metros de fondo. Los muros serán de armazón de madera con relleno de sarmiento y revocados con cal tanto en el interior como en el exterior. El informe del ingeniero será negativo, basándose en la inexistencia de una defensa natural que proteja tanto la carretera como, sobre todo, los edificios y viviendas de los barrios del Fuejo y Ambasaguas, siendo denegada la autorización por Real orden de 12 de abril de 1930.

Para autorizarlo, la Dirección General de Minas exigirá además del taller de fabricación, la construcción de un edificio almacén con toda clase de seguridades, recinto cerrado con anuncios de la existencia del taller, una sola puerta de entrada con rotulación de la prohibición de acceso de persona ajena, así como todas las demás condiciones impuestas a la otra promotora local. Por fin, el taller promovido por Raimundo Rodríguez será definitivamente autorizado por Real orden de 17 de junio de 1930.

Casi todas las revisiones e informes para autorizar talleres y polvorines en toda la geografía asturiana a lo largo de los años veinte y treinta serán efectuados, en calidad de comisionado, por el ingeniero de minas Celso Rodríguez-Arango Méndez-Castrillón, de oriundez canguesa y probablemente pariente de Gregoria Rodríguez-Arango Fernández-Argüelles, quien en 1928 solicitará autorización para establecer un polvorín en el lugar de Obanca, en Cangas del Narcea, y en 1935 una expendería de explosivos también en la villa, en la calle de Galán y García Hernández (hoy, calle de Rafael Fernández Uría).

La Revolución de Octubre de 1934 en Asturias. Su incidencia en Cangas del Narcea

Este trabajo que ahora reproducimos revisado, fue publicado en la revista La Maniega, nº 41 de julio-agosto de 2004. Su autora, la canguesa Mercedes Pérez Rodríguez, es doctora en Historia por la Universidad de Oviedo, con una tesis sobre José Francisco Uría y las obras públicas en Asturias a mediados del siglo XIX, que leyó en 2005, y profesora del IES de Cangas del Narcea.

NOTA DE LA AUTORA: Este artículo procede de un trabajo universitario realizado en el curso 1983-1984. Entonces conté con la colaboración de tres vecinos de Cangas del Narcea: don Victorino López, entrañable vecino y gran conocedor de la historia canguesa; don José Ríos, que amablemente me recibió en casa de su hija en Gijón y cuyos escritos autobiográficos espero que lleguen a publicarse algún día, y don Luis Pérez Frade, “Luis Camposín”, que conservaba una excelente memoria de los hechos; los tres ya han fallecido. Siempre agradeceré su colaboración y a título póstumo les dedico este artículo, apuntando que los errores que pueda tener son debidos a mí, nunca a ellos.


La Biblioteca Femenina Circulante de Cangas de Tineo, 1925 – 1931

Jóvenes canguesas delante de la puerta de la iglesia de Ambasaguas, hacia 1930; algunas de ellas eran asiduas lectoras de la Biblioteca Femenina Circulante.

La biblioteca pública fue una conquista social del siglo XX, que facilitó el acceso a los libros y, en definitiva, favoreció la difusión del conocimiento. Esta situación que hoy es completamente normal, fue hasta ese siglo algo muy difícil de alcanzar para la mayor parte de la población, porque solo había bibliotecas en monasterios, conventos, seminarios y en algunas casas rectorales, así como en los palacios de los nobles o en viviendas de profesionales liberales.

En Cangas del Narcea la aspiración de tener una biblioteca ya existía desde el siglo XIX. En 1873, durante la Primera República Española, el Ayuntamiento aprobó la formación de una “biblioteca popular” asociada a la escuela de la villa y más adelante el mismo asunto volverá a aparecer en las actas municipales, pero estas buenas intenciones nunca pasaron de ser un proyecto. La primera biblioteca pública del concejo la establece en 1952 el Centro Coordinador de Bibliotecas de Asturias, en un local de la casa consistorial que en esa fecha acababa de instalarse en el palacio de los condes de Toreno: es la Biblioteca Padre Luis Alfonso de Carballo. El Centro Coordinador dependía de la Diputación Provincial, se había fundado en 1939 y desde 1944 estaba dirigido por Lorenzo Rodríguez-Castellano, natural del pueblo de Besullo. Gracias a él se fundaron en Asturias gran número de bibliotecas.

Antes de que la Administración Pública tomara la iniciativa en esta materia, hubo en Asturias otras bibliotecas que se crearon entre 1904 y 1936 por iniciativa de ateneos, sociedades culturales y sindicatos. Estas bibliotecas tenían el objetivo de fomentar la lectura y aumentar el nivel cultural de las clases populares. Una de las primeras y mejor dotadas fue la del Ateneo Obrero de Gijón, fundada en 1904. Asimismo, la creación de las Misiones Pedagógicas en 1931 favoreció la creación de pequeñas bibliotecas que se beneficiaban de los lotes de libros que donaba este organismo creado por el Gobierno de la II República. Junto a estas bibliotecas también existieron en ese mismo tiempo otras creadas por personas independientes. El mejor ejemplo de estas fue la Biblioteca Popular Circulante de Castropol, fundada en 1922 por un grupo de jóvenes de este concejo.

A ese ambiente cultural de los años veinte y treinta del siglo XX corresponde la creación en nuestro concejo de la “Biblioteca Femenina Circulante de Cangas de Tineo”, que se fundó en 1925, y del “Centro de Recreo y Cultura”, de Besullo, que se creó en 1935 y que tenía entre sus fines la constitución de una biblioteca circulante.

No sabemos mucho de la Biblioteca Femenina canguesa, ni de esta clase de bibliotecas en Asturias. Su existencia es casi seguro que se debe a una recomendación de la Iglesia Católica para dirigir la lectura de las mujeres, que eran las principales usuarias de las bibliotecas. Con estas bibliotecas se trataba de evitar lecturas “heterodoxas”. Su promotora en la villa de Cangas del Narcea fue María del Collado de Llano, hija del magistrado Grato del Collado Alea y de Luscinda de Llano Valdés, que pertenecía a la familia de los Llano que en el primer tercio del siglo XX controló el poder político local. María permaneció toda su vida soltera. Era una mujer religiosa y conservadora. Entre 1924 y 1927, durante la dictadura de Miguel Primo de Rivera, fue concejala del Ayuntamiento de Cangas del Narcea. No fue la única mujer en esa corporación presidida por Porfirio Ordás, pues cuatro más tuvieron este cargo, siendo las primeras concejalas de la historia del concejo.

La Biblioteca Femenina estaba en la misma casa de María del Collado, que vivía en el palacio de los Llano, en la calle de La Fuente. Era una biblioteca únicamente circulante, es decir, no tenía sala de lectura y los libros solo eran para llevar a casa. Su reglamento era muy sencillo. Podían beneficiarse de ella todas las mujeres residentes en Cangas del Narcea. Los libros se prestaban por un periodo de una semana y por cada préstamo había que abonar cinco céntimos. La biblioteca abría todos los domingos de tres a cuatro de la tarde.

Reglamento de la Biblioteca Femenina Circulante de Cangas de Tineo, 1925.

Los libros de esta biblioteca eran fundamentalmente novelas, sobre todo novelas amorosas o “rosas”, costumbristas e históricas. Muchos pertenecían a las colecciones “La novela rosa” de la Editorial Juventud, “Biblioteca amena” de El Mensajero del Corazón de Jesús y biografías de “Mujeres ilustres”. Abundaban las obras escritas por mujeres y las de autores de moda en aquellos años. Lógicamente el fondo de la biblioteca estaba en relación con las ideas de la promotora, y en él no estaban representados escritores muy leídos en su tiempo, pero mal vistos por la Iglesia; de este modo no había libros de Blasco Ibáñez, Pérez Galdós, Baroja, Zola o Balzac.

Algunos de los títulos más solicitados en la Biblioteca Femenina de Cangas de Tineo eran los siguientes: La casa de la Troya, Currito de la Cruz y La Virgen del Rocío ya entró en Triana, de Alejandro Pérez Lugín; Peñas arriba y Don Gonzalo González de la Gonzalera, de José Mª de Pereda; El sombrero de tres picos y El niño de la bola, de Pedro Antonio de Alarcón; Jeromín, Pequeñeces y La reina mártir, del padre Luis Coloma; La esfinge maragata, Trozos de vida y La niña de Luzmela, de Concha Espina; Los últimos días de Pompeya, de Edgard Bulwer Lytton; La vuelta al mundo en ochenta días, de Julio Verne; Amor y llanto, El alma enferma, Un nido de palomas y Narraciones del hogar, de Mª del Pilar Sinués; La casa de los solteros, de Alberto Insúa; Doña Blanca de Navarra, de Francisco Navarro Villoslada, Quo vadis, de Henryk Sienkiewicz; El crisol del matrimonio, de Concordia Merrel; El triste amor de Mauricio, de Matilde Muñoz, y otras novelas y biografías de las colecciones ya mencionadas. Desconocemos el número total de libros de esta biblioteca, aunque suponemos que estaría entre cien y ciento cincuenta volúmenes.

Las usuarias de la Biblioteca Femenina Circulante de Cangas de Tineo eran algo más de medio centenar de mujeres, la mayoría adolescentes y jóvenes. Eran hijas de comerciantes, profesionales (médicos, abogados, procuradores), propietarios rentistas, jueces, notarios, confiteros, farmacéuticos, funcionarios, relojeros, etc. La Biblioteca funcionó hasta fines de 1931.

Encabezamientos comerciales de Cangas del Narcea 1900 -1930

Impreso realizado en 1908 en la Imprenta Moderna de Cangas de Tineo propiedad de Santiago García del Valle,

La Historia no sólo se escribe consultando el Boletín Oficial o documentos administrativos, existen otras fuentes de información que no se custodian en archivos oficiales y que son muy importantes para conocer nuestro pasado. Mucha de esta documentación se halla en archivos particulares, comerciales o empresariales, que, como no se han valorado en su justa medida, han terminado en casi todos los casos en la basura o en el fuego. El resultado de esta manera de proceder es el vacío que supone para el conocimiento histórico, de modo que muchas de las actividades de nuestro pasado jamás podremos conocerlas.

Unos documentos muy interesantes para la Historia, por la información que ofrecen y por su calidad estética, son los impresos de comercios e industrias, es decir, el papel de cartas y las facturas que utilizaban estos establecimientos para su correspondencia y facturación. Los impresos de esta clase comenzaron a hacerse en Cangas del Narcea en los últimos años del siglo XIX y sobre todo en las primeras décadas del XX, que es la época en la que se instalan industrias nuevas, relacionadas con el vino y con la explotación y la transformación de la madera (carpinterías, mueblerías), y, sobre todo, es el momento en el que se establecen los primeros comercios de la villa, pues con anterioridad a 1850 solo había tabernas y estancos.

 

No será hasta 1882 cuando se instale en la villa de Cangas del Narcea la primera imprenta. En esta comenzarán a realizarse aquella clase de trabajos tipográficos, que se generalizarán en el siglo XX con la apertura de la Imprenta Moderna, propiedad de Santiago García del Valle, en la que se hicieron la mayoría de los impresos que presentamos en esta noticia. De este modo, los “comercios modernos” y las nuevas empresas que se establecen en la villa en ese periodo prestigiarán su actividad con unos impresos publicitarios, que eran los que exigía el gusto de la época.

En Cangas del Narcea no vamos a encontrar los lujosos encabezamientos comerciales que se hacían en las empresas litográficas de Gijón, Oviedo o Luarca, y que a veces se acompañaban con dibujos del comercio o la fábrica, alegorías, etc. En nuestro caso son impresos sencillos, en los que predomina la tipografía y en el que el repertorio de motivos gráficos es pequeño; además, no es raro que un mismo motivo se emplee para diferentes comercios. Son, de todas maneras, unos documentos imprescindibles para conocer las artes gráficas, así como la actividad comercial e industrial de nuestro concejo.

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Inauguración de la luz eléctrica en Cangas del Narcea, 1899

Construcción de la presa de la central de la Sociedad Eléctrica de Cangas en el río Narcea, junto al puente de Chanu / Llano, 1898

El siglo XIX es la época de la industrialización y de los grandes inventos que van a comenzar a cambiar el mundo. El ferrocarril, el telégrafo, la fotografía, el teléfono, la electricidad… son inventos de esa centuria que irán llegando poco a poco a Cangas del Narcea y cambiando (y mejorando) la vida de los vecinos. Las primeras fotografías que se tomaron en el concejo debieron hacerse hacia 1880, el telégrafo se instaló en 1886, la luz eléctrica se vio por primera vez en 1899 y el teléfono se inauguró en 1925. El ferrocarril, en cambio, nunca atravesó estas tierras, aunque muchas personas lo intentaron denodadamente. ¿Qué hubiera sido de nuestro concejo si se hubiese construido la línea de ferrocarril Pravia-Cangas-Villablino-Ponferrada?

La primera central eléctrica del mundo funcionó en Nueva York el 2 de septiembre de 1882, fue un invento de Thomas Edison. Este invento llegó a Cangas del Narcea diecisiete años más tarde, en 1899.

El 18 de julio de 1897 se lee en un pleno del Ayuntamiento de Cangas del Narcea una carta de la casa de comercio de los Sres. Caunedo, de Luarca, con una propuesta para establecer el alumbrado eléctrico en la villa. El asunto se valoró muy favorablemente, primero, por las ventajas de este alumbrado con respecto al de petróleo, “tan escaso e imperfecto, que apenas merece la pena de sostenerlo”, y segundo, porque el coste del nuevo alumbrado no era excesivamente caro: el alumbrado de petróleo costaba al Ayuntamiento 1.500 pesetas anuales y el presupuesto del eléctrico era de 2.250 pesetas. En consecuencia, nuestros regidores actuaron con gran celeridad y un mes después, el 17 de agosto de 1897, aprueban las condiciones para sacar a subasta pública el suministro de luz eléctrica para el alumbrado de la villa. El servicio se convoca por un periodo de treinta años e incluye “mil bujías de luz eléctrica distribuidas en cien focos o lámparas, que se han de colocar en los puntos que designe el Ayuntamiento”. Durante el transcurso de estos treinta años “el Ayuntamiento se compromete a no autorizar a ninguna otra empresa ni particular para tender cables, alambres ni tuberías por las calles y plazas de la villa con objeto de facilitar luz eléctrica, siendo por lo tanto privilegio del contratista”. Las horas de alumbrado con todos los focos o lámparas encendidos se establecen desde el anochecer hasta las doce de la noche en los meses de noviembre a abril, y desde el anochecer a la una de la madrugada en los seis meses restantes; pasadas las doce y la una, según los meses, el adjudicatario tenía que dar “medio alumbrado hasta el amanecer”, es decir, se apagaban la mitad de los focos.  Los gastos de instalación de la maquinaria y de toda clase de aparatos corrían a cuenta del contratista, que quedaba también autorizado para facilitar alumbrado a casas particulares y empresas. En 1899, como la energía eléctrica solo se empleaba para alumbrar y no para mover máquinas, el suministro que se ofrecía a los particulares comprendía solamente “desde media hora antes de la puesta del sol, hasta media hora después de su salida”.

Contrato de abonado de la Sociedad Eléctrica de Cangas de Tineo, 1900.

A la subasta del Ayuntamiento de Cangas del Narcea se presentaron dos ofertas: una de Porfirio Ordás Sanmarful, vecino de Ambasaguas, por 2.250 pesetas al año, que pretendía convertir en central eléctrica un molino que tenía en el barrio de Santiso, y otra de Claudio Alfonso Gómez, de Morzó, por 2.249 pesetas. Se le da el servicio de alumbrado al segundo, por ser la oferta más económica. Claudio Alfonso traspasa unos días después dicha contrata a Marcial Rodríguez-Arango González-Regueral, de Cangas del Narcea, que constituye el 12 de noviembre de 1897 la sociedad “La Eléctrica de Cangas”. Esta sociedad girará bajo la razón social de Arango, Suárez y Cosmen, y estará integrada por tres socios: Francisco Suárez Díaz (también conocido como Francisco Suárez Dóriga, que eran los apellidos del padre), vecino de Cangas del Narcea; Cándido Cosmen Cosmen, de El Puerto de Leitariegos, y el mencionado Marcial Rodríguez-Arango.

Estado actual de la central de la Sociedad Eléctrica de Cangas, en Arayón.

“La Eléctrica de Cangas” construye una central hidroeléctrica en el lugar de Arayón, a orillas del río Narcea, cuyas aguas aprovecha a partir de una presa construida junto al puente de Llano. Esta central comenzará a funcionar el 30 de junio de 1899 y ese mismo día se alumbran por primera vez las calles de la villa con luz eléctrica.

Estado actual de la presa y la entrada del canal de la central de la Sociedad Eléctrica de Cangas, en el puente de Chanu / Llano.

La central la había montado el técnico Augusto Gresnert, y su explotación en los años 1901 y 1902 estará en manos del ingeniero gijonés Victoriano Alvargonzález, que estaba especializado en esta clase de fábricas. El edificio todavía se conserva en la actualidad, aunque muy modificado, así como la presa que desde Llano conducía el agua por la margen derecha del río.

Estado actual de la central de la Sociedad Eléctrica de Cangas, en Arayón.

La central hidroeléctrica de Arayón fue la primera y la única que existió en Cangas del Narcea hasta bien entrado el siglo XX. El contrato por treinta años entre el Ayuntamiento y “La Eléctrica de Cangas” era un freno muy importante para la instalación de otros empresarios. No obstante, en 1906 los hermanos Roberto y Alfredo Flórez González solicitan al Gobierno Civil autorización “para cambiar el aprovechamiento de aguas que disfrutan del río Naviego, para fuerza motriz de un molino y destinarlo en lo sucesivo a la producción de energía eléctrica para alumbrado”. El  molino es el que aún está en la villa de Cangas, al lado del puente de piedra, y que habían comprado, junto a José Mª Díaz López Penedela, a Anselmo Gonzalez del Valle. A esta solicitud se opuso la Sociedad Arango, Suárez y Cosmen, pero el Gobierno Civil desestimó esta oposición y  autorizó a los hermanos Flórez Gonzalez a producir energía eléctrica. De todos modos, la “Hidro Eléctrica del Luiña”, que se estableció en este molino, no comenzó a funcionar hasta 1924. A  estas dos centrales se sumarán en los años veinte y treinta la “Hidro Electra de Villacibrán”, cuyo propietario era Victorino Bardal Puente, vecino de Val.lau / Vallado, y otra central en la parroquia de Cibea, así como dos más en la villa: una en el barrio de Santiso  y otra en Ambasaguas, donde la  “Eléctrica de Cangas del Narcea” inaugura el 2 de mayo de 1932 una nueva hidroeléctrica que aprovecha la estacada y la presa de la vieja central de Arayón.

El suministro de luz eléctrica ira extendiéndose muy poco a poco por todo el concejo, y no llegará a los pueblos más apartados hasta los años ochenta del siglo XX, en que puede darse por concluida la expansión de este servicio.

Recibo de la Sociedad Eléctrica de Cangas de Tineo, 1900.

Desde hace varias décadas, todas aquellas centrales hidroeléctricas canguesas están cerradas y las empresas que las sustentaban han desaparecido. La energía eléctrica que se consume en Cangas del Narcea, debido a la mejora de las redes de distribución y a la concentración de la producción en grandes empresas, procede en su totalidad de fuera del concejo. La última fábrica que funcionó fue la de Ambasaguas, propiedad de la sociedad ELCANASA, dirigida por Alfonso Rueda Rodríguez-Arango, que fue adquirida por UNION FENOSA a principios de los años ochenta del siglo XX.

Pero volvamos al siglo XIX, al viernes 30 de junio de 1899, al día aquel en el que se inauguró la luz eléctrica en la villa de Cangas del Narcea y conozcamos a través de la crónica que publicó el diario El Correo de Asturias, de Oviedo, como se vivió esa jornada:

Bendición de las máquinas de la luz eléctrica e inauguración de ésta en Cangas de Tineo

Días pasados anunciamos en nuestro periódico que en Cangas de Tineo se habían hecho con éxito satisfactorio las pruebas del alumbrado eléctrico.

Terminados los trabajos de instalación de dicha luz, los socios D. Marcial Arango, D. Francisco Suárez Dóriga y D. Candido Cosmen, invitaron a los señores alcalde y varios concejales del ayuntamiento de la expresada villa, al señor juez de instrucción y a otros para que tuvieran la amabilidad  de concurrir al acto de la bendición de las máquinas.

Hízose ésta con toda solemnidad por el R. P. Dominico Fray Lesmes Alcalde, acompañado de los de la misma Orden y Colegio de Corias PP. Alfredo Fanjúl y Matías García, ante un concurso selecto de personas, a las seis de la tarde del día 30 de junio próximo pasado.

Terminada la bendición, trasladáronse los invitados a un hermoso campo contiguo a la fábrica del alumbrado, campo en el cual tenían los Sres. Arango, Suárez y Cosmen preparado a los invitados un suntuoso banquete, en el que abundó, entre otros suculentos y distintos platos, el incomparable jamón cangués, no escaseando los excelentes vinos -incluso el espumoso Champagne- y licores, el aromático café y buenos cigarros habanos.

Entre otros de los invitados, hallábanse los tres RR. PP. ya citados, el Sr. Juez de instrucción D. Ángel Rancaño, el municipal D. Claudio Díaz Argüelles, el abogado D. Fernando Graña Ordóñez, el exalcalde D. Manuel Rodríguez, el concejal D. Joaquín Martínez, el capitalista D. José Suárez Dóriga, D. José Alfonso, de Orallo, en Laciana, D. José Cosmen conocido por el Provisor, la señora de éste, D. Secundino Izquierdo y el inteligente práctico encargado de la instalación de la luz eléctrica D. Augusto Gresnert.

Los Sres. D. Marcial Arango, D. Francisco Suárez y D. Cándido Cosmen hicieron con exquisita amabilidad, delicada y fina atención, los honores del banquete.

Levantado éste, pasaron las relacionadas personas y otras a la fábrica del alumbrado, en la que D. Augusto puso seguidamente en movimiento las máquinas, y se vio en ella una inmejorable luz, cuya inauguración se realizó entonces, prestando desde ese momento a los particulares que la tienen instalada y al publico cangués muchos y valiosos servicios.

Después trasladóse la comitiva -excepto los PP. Dominicos que regresaron a su Colegio de Corias- a la villa de Cangas, recorriendo las plazas, calles y varios establecimientos públicos, y admirando entusiasmada, los excelentes efectos de la luz y lo muchísimo que esta hermosea y realza a la población.

Hay, pues, en Cangas de Tineo un alumbrado eléctrico de lo mejor, para cuya instalación no escatimó cosa alguna la sociedad “Sres. Arango, Suárez y Cosmen”, a quienes enviamos nuestra cordial enhorabuena, y les deseamos pingües rendimientos respecto del capital que animosos y decididos invirtieron en obra tan sumamente útil para dicha localidad.

Ahora solo falta que esa comarca vea, dentro de breve plazo, confundirse en sus hermosos valles y cañadas el ruido monótono del Narcea, con el eco civilizador del silbido de la locomotora; el día que tal suceda señalará el comienzo de una era de prosperidad y engrandecimiento de esa zona, olvidada desde hace tiempo casi por completo de nuestros gobernantes.

Principio y fin del Partido Republicano en Cangas del Narcea, 1930-1936

Gumersindo Díaz Morodo, Borí y Genaro Flórez, miembros del comité local del Partido Republicano en Cangas del Narcea, y el farmacéutico Joaquín Peñamaría, en 1914.

El republicanismo fue casi una religión para muchos españoles, que estaban convencidos que los males de España solo se curarían con el derrocamiento de la Monarquía y la proclamación de una República. Después del fracaso de la Primera República Española (1873-1874), este movimiento político volvió a tomar auge a fines del siglo XIX y primeras décadas del XX, y a él se sumaron numerosos intelectuales, profesionales liberales, comerciantes e industriales en toda España.

En Cangas del Narcea existía desde los años setenta del siglo XIX un pequeño grupo de republicanos, pertenecientes a unas pocas familias acomodadas de la villa: los Flórez, los García del Valle, etc., que eran maestros, abogados, “propietarios” o comerciantes. Su número fue incrementándose paulatinamente, sobre todo a partir del aumento de la clase media en la villa, y, por fin, tras la caída de la Dictadura de Miguel Primo de Rivera, se fundó el Partido Republicano en Cangas del Narcea en septiembre de 1930. La noticia de su constitución, de los miembros del comité local y de sus primeros acuerdos, la hemos hallado en el diario La Libertad, de Madrid, de 21 de septiembre de 1930, y dice lo siguiente:

Partido Republicano de Cangas del Narcea

Bajo la presidencia de D. Saturnino Martínez Blanco se tomaron los siguientes acuerdos:

Primero. Declarar constituido el Partido Republicano en Cangas del Narcea.

Segundo. Nombrar el siguiente Comité local:

Presidente, D. Mario de Llano González (procurador); vicepresidente, D. Santiago García del Valle (industrial); secretarios, D. Rafael Fernández Uría (médico), don Francisco Fernández Rodríguez (empleado) y D. Grato Gómez del Collado (estudiante); tesorero, don Genaro Flórez González-Reguerín (propietario); contador, D. José María Mayo García (industrial); vocales, D. Gumersindo Díaz Morodo [Borí] (propietario), D. César Menéndez Meléndez (industrial), don Nicolás Álvarez Valledor (obrero), D. Francisco Álvarez Otero [el Astorgano] (industrial), D. Baldomero Álvarez Queipo (obrero) y D. Pedro Vega Tablado (obrero).

Tercero. Comunicar los precedentes acuerdos a la secretaría de la Federación Republicana de la provincia, mandándoles copia literal de la presente acta.

Cuarto. Dar un voto de confianza al presidente y vicepresidente nombrados en este acta para que asistan el día 14 a la asamblea que se celebrará en Oviedo, plaza de San Miguel, 1, para la formación de la Federación Republicana de Asturias, autorizándoles para tomar los acuerdos que crean oportunos.

El Partido Republicano era un partido heterogéneo e interclasista. En el primer comité local de Cangas del Narcea convivían personas de las clases media y alta, que eran la mayoría: tres comerciantes, un procurador de los tribunales, un médico, un estudiante de medicina, un propietario rentista y los dueños de una imprenta y una panadería, junto a tres obreros y un empleado. Algunos de sus miembros pertenecían a viejas familias republicanas de la villa, como Mario de Llano y su primo y cuñado Genaro Flórez, cuyos abuelos, los maestros José María Flórez y Genaro González Reguerín, habían sido fervientes seguidores de estas ideas; Gumersindo Díaz Morodo, cuyo padre, Antonio Díaz González, había sido concejal y teniente alcalde durante la Primera República, etc.

Poco tiempo después de su constitución y con el objeto de darse a conocer, el nuevo partido publicó un manifiesto y organizó un mitin en el que intervinieron el abogado Saturnino Escobedo y el médico Carlos Martínez (Ambas, Carreño, 1899 – Gijón, 1995), miembros del Partido Republicano Radical Socialista. Así lo cuenta la revista La Maniega (nº 28, 1930):

El nuevo partido republicano cangués ha constituido un club y ha publicado un manifiesto en tonos de gran comedimiento y transigencia, llamándose defensores de la justicia, de la libertad, del orden, de la religión y de los tradicionalismos arraigados en el país. A más de este sesudo manifiesto, ha celebrado un mitin en el teatro Toreno, el día de San Andrés [30 de noviembre], para el que trajo dos notables oradores de Oviedo. Fueron presentados, con soltura y muy acertada discreción, por el presidente del club, don Mario Llano, y fue el primero en hablar el señor Escobedo, acreditado ateneísta, quien ponderó, en tonos de conferencia técnica, las excelencias de la República. Cuando cesaron los prolongados aplausos, habló el señor Martínez, orador fogoso y de grandes arrogancias y entusiasta propagandista, que levantó en el público cangués gran entusiasmo. En verdad que el nuevo club puede estar satisfecho de sus primeros pasos.

Mario de Llano (sentado en el sidecar), presidente del Partido Republicano y alcalde de Cangas del Narcea durante la Segunda República, en Corias, hacia 1920

En las elecciones municipales del 12 de abril de 1931 los republicanos cangueses obtuvieron ocho concejales de un total de 24, el resto fueron: catorce monárquicos o conservadores y dos independientes. A pesar de no ganar las elecciones, la proclamación de la Segunda República Española dos días después, el 14 de abril, trajo consigo que la alcaldía la ocupase uno de los concejales republicanos: Higinio García del Valle Peláez. Su triunfo llegó en las elecciones generales celebradas en junio de 1931, donde la Conjunción Republicano Socialista obtuvo la mayoría de los votos en el concejo de Cangas del Narcea.  En el mes de septiembre de ese año dimite García del Valle para pasar a la Diputación Provincial, ocupando la alcaldía el presidente del partido en Cangas del Narcea: Mario de Llano.

En ese mismo tiempo, en una junta general, se renueva el comité local de Cangas del Narcea y se decide cambiar el nombre de Partido Republicano por el de Partido Republicano Radical Socialista (La Maniega, nº 34, 1931, pág. 22). Esta formación se había fundado en Madrid en 1929 y uno de sus principales dirigentes era el asturiano Álvaro de Albornoz (Luarca, 1879-México, 1954), que ocupó los ministerios de Fomento y de Justicia en los primeros años de la Segunda República, y que el 25 de septiembre de 1932, siendo ministro de Justicia, visita la villa e interviene en un mitin en el Teatro Toreno.

Mario de Llano será alcalde durante casi todo el periodo de la Segunda República Española. Con motivo de la Revolución de Octubre de 1934 fue cesado, como les sucedió a todos los alcaldes de la Conjunción Republicano Socialista de Asturias, pero volverá a ocupar el cargo unos meses después y hasta su muerte repentina, a causa de una angina de pecho, el 26 de febrero de 1936.

Los republicanos cangueses tendrán también una presencia regional, y el mismo Mario de Llano es nombrado en un congreso celebrado en Oviedo, el 24 de octubre de 1933, miembro del Comité Provincial del Partido Republicano Radical Socialista, donde también estaban Leopoldo Alas o José Maldonado (La Prensa, Gijón, 24 de octubre de 1933).

El final del partido republicano en Cangas del Narcea, que desde 1934 se había refundado en el partido Izquierda Republicana, llega con la sublevación militar del 18 de julio de 1936 y la entrada del ejercito franquista en Cangas del Narcea el 22 de agosto de ese año. A partir de este momento, el destino de muchos de sus miembros fue doloroso y trágico. Tomando solo como referencia la suerte que corrieron los miembros de aquel primer comité local, sabemos que unos cuantos fueron encarcelados, deportados o inhabilitados, otros tuvieron que exiliarse y no volvieron nunca más a Cangas del Narcea, en algunos casos sus bienes fueron incautados y sacados a subasta, y otros fueron condenados a la pena de muerte, como el joven Grato Gómez del Collado, de 27 años, estudiante del último curso de medicina, que fue ejecutado en Luarca el 15 de diciembre de 1937. Todos estos hombres, que no habían cometido ningún delito, tuvieron que pagar por sus ideas, por su entusiasmo y por su preocupación hacia el bien público.

Historia del molín de la villa de Cangas del Narcea

Depósito de agua y trasera del molín en 1903

La molienda de grano era la actividad industrial más importante de Asturias hasta mediados del siglo XIX. La harina era imprescindible para la elaboración del pan, que era el alimento básico de la mayor parte de la población. En consecuencia, el molino era la fábrica más abundante en el país, en muchos concejos la única. Los había de varias clases según el número de muelas que tuviesen y la propiedad. Los molinos más numerosos eran los de una muela que pertenecían y utilizaban varios campesinos, y aprovechaban regatos que a menudo en verano bajaban con tan poca agua que era imposible moler en ellos. Los otros molinos tenían dos, tres o cuatro muelas y eran propiedad de una sola persona que cobraba una maquila por moler. La maquila era un pago en especie o grano por el servicio que daba el molino.

El molín hacia 1935. Fotografía de Elisa Álvarez Castelao.

Estos molinos los atendía un molinero, que normalmente no era el propietario, y aprovechaban el agua de ríos, que desviaban con estacadas y presas. Los molinos de más de cuatro muelas eran muy raros en Asturias. Los dueños de estos molinos grandes siempre eran nobles, señores, monasterios o eclesiásticos, que obtenían de ellos un pingüe beneficio, debido a que sus molinos trabajaban durante todo el año y a los campesinos no les quedaba más remedio durante el estío que acudir a ellos para moler su grano. También había en Asturias, en los concejos de la costa, molinos de marea, que aprovechaban las subidas y bajadas del agua del mar, e incluso molinos de viento.

Localización del molín (letra F) en 1771 (detalle del dibujo de la villa de Cangas de Tineo)

En la villa de Cangas del Narcea, que tenía un territorio muy reducido (porque estaba rodeada por la parroquia de Entrambasaguas o Ambasaguas), solo había un molino, pero era un molino muy especial debido a su tamaño, sin duda uno de los más grandes que hubo nunca en Asturias. El molino estaba pegado al puente de piedra de Ambasaguas, a su derecha, entrando desde la calle de La Fuente, y funcionaba con el agua del río Luiña. En el dibujo de la villa de Cangas de 1771, que puede verse en el apartado de Mapas, planos y dibujos de la web del Tous pa Tous,  se ve perfectamente su localización: aparece identificado con la letra F. Su propietario era la casa de Omaña, uno de los linajes más poderosos de la villa en la Edad Media, que del mismo modo que había construido su palacio junto a la iglesia parroquial, que en aquel tiempo se consideraba un lugar preferente, también había obtenido la prebenda de construir y explotar un molino, que era, como ya dijimos, un negocio muy rentable.

Este molino aparece mencionado en el catastro del marqués de la Ensenada realizado en 1752, donde dice: “En la parroquia de esta villa, uno [molino] de quatro molares, sobre el río Naviego [o Luiña], que muele todo el año, trigo, centeno, mijo, maíz y panizo, propio de D. Arias de Omaña”. El molino fue reformado y ampliado unos años después, porque en 1771 en la cartela del dibujo de la villa mencionado aparece la siguiente información: “Molino de ocho ruedas de D. Joseph Omaña”. Es decir, entre 1752 y 1771 el molino duplicó el número de muelas, circunstancia que nos indica claramente que la población de Cangas había aumentado en ese periodo y con ella la producción de cereales y la necesidad de moler más grano. A mediados del siglo XIX volvemos a encontrar información de este molino en el Diccionario Geográfico-Histórico de España de Pascual Madoz (1845-1850), donde se lee que en Cangas del Narcea “existe un molino harinero con 8 muelas en continuo ejercicio”.

En los años ochenta del siglo XIX la casa de Omaña y parte de sus propiedades fueron adquiridas por Anselmo Gonzalez del Valle (La Habana, 1852 – Oviedo, 1911), rico propietario que tenía vínculos familiares con el concejo de Cangas del Narcea, y que invirtió mucho dinero en él con el fin de mejorar la situación económica de los vecinos. Sus mayores inversiones se destinaron a la viticultura y la vinicultura, y a él se deben cambios muy importantes relacionados con el viñedo y el vino de Cangas. El molino del puente de Ambasaguas también pasó a manos de González del Valle, que decidió construir un molino nuevo con todos los adelantos modernos. El nuevo se construyó muy cerca del viejo, del otro lado del puente, y reaprovechará la vieja presa que conducía el agua del río Luiña.

En la fotografía de J. M. Cordeiro de la villa de Cangas del Narcea en 1884 se ven el molino viejo, pegado al puente de piedra de Ambasaguas, y el molino nuevo pintado de blanco y recién inaugurado.

El nuevo molino se inauguró en el mes de noviembre de 1884. Tenía tres muelas: una francesa y dos españolas, que molían más rápido y mejor que las antiguas, y otras innovaciones, como un ventilador para limpiar el grano movido por un rodezno hidráulico. La noticia sobre este molino, que es el que todavía existe hoy junto al puente de piedra de Ambasaguas, la hemos tomado del periódico El Occidente de Asturias, de 11 de noviembre de 1884, y dice lo siguiente:

El día 5 del actual se inauguró el importante molino harinero, que, bajo la dirección del inteligente maestro D. Mariano Guerra, ha construido en esta villa nuestro particular amigo el Sr. D. Anselmo del Valle.  

El depósito de aguas contiene próximamente 929 metros cúbico y el salto es de 2,95 metros. Cinco tragaderos conducen las aguas a los canales en esta forma: una para la pesquera; otra para la rueda que imprime movimiento al ventilador, que despacha nueve fanegas [500 litros] por hora, desalojando la piedra, polvo y otros cuerpos extraños y dejando por consiguiente el grano perfectamente limpio; otra mueve una pareja de piedras francesas, sistema “Dordoña” clase superior, que muele cuatro fanegas [222 litros] por hora; y las otras  dos, a otras dos parejas de piedras españolas de las mejores clases.  

El estreno ha sido verdaderamente satisfactorio, porque, a pesar de ser bastante complicado el mecanismo, procedente de la acreditada fábrica del constructor Sr. Laurín, de León, funcionó sin el menor tropiezo.  

Por el mismo periódico sabemos que el Taller de Máquinas Agrícolas e Industriales de Alberto Laurín, de León, estaba especializado en “útiles para molinos harineros” y que la profesión del “maestro D. Mariano Guerra” era la de “maestro de molinos”. El redactor de la noticia se felicitaba por la obra “que reúne todas las condiciones en esta clase de artefactos, y que ha ser, al paso que de mucha utilidad para su dueño, de grandísima conveniencia para la población”.

Molín desde el puente de Ambasaguas, año 2009. Fotografía de Alberto Montes.

En los primeros años del siglo XX, este molino fue vendido a José María Díaz López “Penedela”, que unos años más tarde lo ampliará para convertirlo en una central hidroeléctrica.

En la actualidad, el molín del puente de Ambasaguas es, sin duda, uno de los edificios industriales más interesantes de la villa y del concejo. Es un edificio que hoy vemos viejo y en desuso, pero que en 1884 era una moderna fábrica de harina, que contribuyó a hacer más cómoda la vida de los cangueses.

De ferias y mercados en Cangas del Narcea

Día de mercao en la plaza de La Oliva o plaza Mayor de Cangas del Narcea, en 1905. Fotografía de don Mario Gómez, fundador del Tous pa Tous.

Hasta fines del siglo XIX toda la actividad comercial del medio rural giraba alrededor de los mercados y las ferias. Los comercios comenzaron a establecerse en las villas en ese momento y su desarrollo ira haciendo perder protagonismo a aquellos.

Los mercados eran semanales, se habían instaurado en las villas asturianas desde su fundación en los siglos XIII y XIV y en ellos se concentraba el comercio de su entorno inmediato. En Cangas del Narcea, el mercado se celebra desde esas centurias todos los sábados del año. Hasta 1805 se hacia delante del palacio del conde de Toreno, por eso a esa plaza la seguimos llamando el Mercao, pero en esa fecha se trasladó a la Plaza Mayor.

Cangas del Narcea. La Plaza, con puestos de cacharros de cerámica de L.lamas del Mouro y de El Rayu (Siero), 1910. Fotografía de Benjamín R. Membiela. Colección: Juaco López Álvarez.

Las ferias tenían un rango económico muy superior a los mercados y eran reuniones anuales de mercaderes que se trasladaban desde muy lejos; gozaban de un privilegio real y su radio de acción era más grande. En la Edad Media solo existían en Asturias tres ferias, que se celebraban en Oviedo, Llanes y Cangas del Narcea, hecho que denota el rango que tenía nuestra villa en aquel tiempo.

Hoy, las ferias y mercados están de capa caída. Las primeras solo se reducen a la venta de ganado y no tienen la incidencia económica y social que tenían antiguamente. En la Edad Media, la feria de Cangas se realizaba durante la Pascua de Pentecostés, duraba quince días y venía gente de Laciana, El Bierzo, Valdés, Castropol, Navia, etc. Esta feria es la que aún se sigue celebrando en esas fechas y se conoce como la Feriona. De todo esto nos habla el historiador Juan Uría Maqua en su artículo “Una feria asturiana en la Edad Media: la de Cangas del Narcea”, publicado en el número 8 de la revista Asturiensia medievalia, y que puede consultarse en nuestra Biblioteca Canguesa.

El mercado semanal de hoy día tampoco es el mercado de un sábado a comienzos del siglo XX y su importancia económica es mucho más pequeña. Para conocer como era aquel mercado reproducimos a continuación un artículo publicado el 26 de diciembre de 1908 en la portada del periódico local El Narcea. Aquella sociedad de hace algo más de cien años era muy diferente a la actual y allí se reunían oficios, animales y productos que en el presente han desparecido completamente de nuestro mercado.

NUESTROS DÍAS DE MERCADO

Aunque en Cangas los días de mercado no son días de fiesta, como sucede en otras partes, porque aquí el mercado se celebra el sábado, y dos días seguidos de fiesta llegarían a cansar, sin embargo, estos días resultan muy animados entre nosotros, y acaso más que en otras muchas villas por la concurrencia, ya no digamos excesiva ni grande, sino variada de las personas que nos visitan y de los productos que traen a la venta. 

            Sabido es que lo que más abunda esos días son las reses vacunas de los concejos de Tineo, Allande y este concejo, viéndose también ganado mular, caballar, asnal y de cerda de los lugares citados. De Ibias y Degaña, cuando los puertos están francos, también suelen concurrir a nuestro mercado con esos animales. Y, aunque no en todos, en algunos se ven también cabras y ovejas. 

            De Ponferrada, Toreno y Laceana, que son de la provincia de León, cuando el puerto Leitariegos y algún otro alto no están cubiertos de nieve, nos traen: de Ponferrada, pimientos, cebollas, ajos, cebada y centeno; de Toreno, garbanzos y lentejas, y de Laceana, patatas, trigo y centeno. 

            De los distintos pueblos de este concejo nos traen esos días todos los productos citados y otros muchos, tales como tomates, habas, judías, guisantes, castañas, nueces, avellanas, peras, manzanas, cerezas, higos, ciruelas y otras varias frutas –por supuesto, lo mismo de un lado que de otro, todo en su tiempo-, así como huevos, manteca, gallinas, pollos, perdices, quesos, natas, cestos, cestas, almadreñas, etcétera. 

            De Luarca y Cudillero nos suministran pescados de mar. 

            De nuestro vecino pueblo de Besullo, acuden al mercado con calderas, calderos, tambores para asar castañas, cazos, cacillas, ruedas de carro del país y toda clase de herramientas de campo, por supuesto todo fabricado en el citado pueblo, que es lo que mas admira, dado en donde está enclavado el pueblo de Besullo y por consiguiente lo difícil que es llegar a él con el hierro en bruto; pero esta consideración y otras muchas que pudiéramos hacer acerca de los honrados y valientes trabajadores de Besullo, las dejamos a cargo de nuestro colaborador D. Ambrosio Rodríguez… 

            Del partido de Sierra, que también merece punto y aparte, nos visitan los sábados los alfareros y alfareras de aquellos pueblos con toda clase de vasijas de barro, como tazas, cazuelas, jarros, jarrones, pucheros, platos, etcétera, industria ésta que, aunque montada como en los primitivos tiempos, es de suma importancia para este país, más que nada por lo barato que resulta toda mercancía que no paga porte alguno. 

            De otros pueblos, como Besullo, las Fraguas de Castanedo, etcétera, vienen con navajas, cuchillos, tijeras, hoces, etcétera, todo fabricado allí, que es también otra industria muy respetable para este concejo, por lo fuertes y adecuadas que resultan para los distintos trabajos todas estas herramientas. 

            Tampoco falta en nuestros mercados el lino y el cáñamo, comercio exclusivo de los vaqueros que viven en las montañas de Luarca. 

            Otras muchas cosas dejamos por apuntar, que también son causa de atraer gente a Cangas los sábados, como son la lana hilada y la tejida, hecha mantas y en rollo, una para la venta y otra para que los mazos de Besullo y la Pesonera de Abanceña sienten bien el tejido, a la vez que limpian y lavan las telas. 

            Por todo lo que precede puede juzgarse sin temor a padecer equivocación, que nuestros mercados son los más concurridos, animados y variados de toda España. 

            El foto-grabado que va al frente de las presentes líneas, representa la plaza Mayor y parte de la Oliva, que es el punto en donde los días de feria y de mercado se venden las frutas, los granos, la manteca, etcétera, y todas las demás menudencias, así como el sitio preferido por los carboneros para vender carbones, los herreros sus clavos y los cacharreros sus cacharros. 

(Publicado en El Narcea, nº 153, 26 de diciembre de 1908)

Azulejos para numerar las casas y rotular los pueblos en 1860

Un humilde testigo de la modernización de España en el siglo XIX:

Azulejos para numerar las casas y rotular los pueblos en 1860

Fotografía de Celso Álvarez Martínez

Los azulejos de color blanco con letras y números azul cobalto en los que aparecen el nombre de los pueblos y parroquias, así como el número de las casas, y que hoy, los que se fijen en ellos, consideraran una antigualla, se colocaron en 1859 y 1860, y fueron un signo de la modernidad del país.

Rosendo Mª López Castrillón, un campesino del pueblo de Riodecoba, en el concejo de Allande (que hoy pertenece a Eilao / Illano) escribió en 1859:

“Número 435, púsolo mi hermano Francisco sobre la puerta principal de esta casa de La Fuente de Riodecoba día de Nuestra Señora de las Candelas, 25 de marzo de este año, por nueva orden real y así se puso en todas las del concejo y otros; cosa nueva y nunca vista hasta ahora de numerar todas las casas como si todo fuese una calle o ciudad”

Fotografía de Celso Álvarez Martínez

Este campesino estaba cumpliendo una Real Orden de 31 de diciembre de 1858 en la que se ordenaba que en el plazo de dos meses se reparara la numeración de las casas en las poblaciones que ya la tenían y se pusiera en aquellas que no la tuvieran. A esta orden siguió otra de 24 de febrero de 1860, en la que se establecía, además de la obligatoriedad de la numeración de las casas, la necesidad de tener una buena rotulación de las calles, barrios y pueblos. En cumplimiento de estas órdenes se colocaron los azulejos mencionados con los números de las casas y los nombres de calles, pueblos y parroquias, en los que se nombraba el concejo y el partido judicial al que pertenecían. Asimismo, en todos los edificios de uso público se colocaron también azulejos con el nombre del edificio (iglesia, escuela, etc.). Los rótulos de los pueblos y las parroquias se colocaban en la entrada de las poblaciones, incrustados en la fachada de la primera casa y mirando al camino.

La última real orden disponía todas las reglas que había que seguir para la colocación de los azulejos. Uno de los puntos decía: “Se procurará que en las capitales y poblaciones donde se conserve todavía el uso de algunos dialectos, se reduzcan todos los nombres de las calles a lengua castellana”. Por lo tanto, que nadie utilice nunca el nombre que aparece escrito en ellos como garante de la toponimia del país.

Detrás de la colocación de todos estos azulejos estaba una política de reorganización del Estado promovida por la burguesía liberal, que había comenzado en 1833 con la división de España en provincias y que buscaba una nueva Administración centralizada y ordenada. Sin embargo, la Administración española desconocía el país que tenía que administrar: no había estadísticas, ni mapas y faltaba la más mínima información. Para favorecer el conocimiento de la realidad de España y de su población se tomaron varias medidas: se crea la Comisión de Estadística en 1856; se regula la realización de censos de población cada cinco años, así como el recuento de casas y demás edificios, etc. El fin último de toda esta política era mejorar la recaudación de impuestos, el servicio militar, las comunicaciones, la enseñanza, etc.

Fotografía de Celso Álvarez Martínez

En el concejo de Cangas del Narcea aún se conserva alguno de aquellos azulejos. Las fotografías de Celso Álvarez Martínez nos muestran los de los pueblos de Limés (L.lumés) y Siero (Sieiru), y el de la parroquia de San Juan de Vega (San Xuan de Veiga de Rengos). En la villa se conservaba uno de estos azulejos indicadores. Estaba en el barrio de El Corral, en la casa donde estaba la Panadería de Silvela. En aquel año de 1860 esta casa era la primera de la villa viniendo desde Oviedo. El azulejo no estaba en muy buen estado. La casa se derribó hace tres años, junto a gran parte de El Corral. ¿Que sucedió con este azulejo?  No lo sabemos, pero es muy probable que nadie haya hecho nada por él, ni el que derribó la casa ni el que la mandó derribar, y que aquel primer indicador de la villa que recibía a los viajeros, aquel signo de modernidad decimonónica, haya ido a la escombrera. Esperemos que los que todavía se mantienen duren muchos años más.

Intentos segregacionistas en el concejo de Cangas del Narcea en el siglo XIX

Azulejo indicador del pueblo de “Brañas de Abajo, concejo de Leitariegos, partido judicial de Cangas de Tineo, provincia de Oviedo”, de 1860. Fotografía de Celso Álvarez Martínez.

Es difícil pensar que un concejo tan extenso como el nuestro de Cangas del Narcea e integrado por valles con personalidad tan acusada, no haya tenido movimientos separatistas. El actual concejo de Cangas del Narcea se formó con un amplio territorio cuya capital desde 1255 estaba en la Puebla de Cangas, y al que se agregaron viejos cotos señoriales: el coto de Cangas, el coto de Corias  y el coto de Brañas o Leitariegos. Los cotos eran unos territorios  bien delimitados, que constituían “la propiedad eminente y la zona de jurisdicción de un personaje individual o colectivo llamado señor” (Pierre Goubert).  El coto de Cangas abarcaba un gran número de parroquias (Ambasaguas, Santa Marina, Bergame, San Damias o Abanceña, Augüera del Couto, Veigal.lagar, Las Montañas, etc.)  y a su existencia se debe el nombre del río del Couto (que antiguamente se llamaba río Perpera). La jurisdicción de este coto perteneció hasta el siglo XVI al monasterio de Corias, pero en ese siglo fue comprado por el concejo de Cangas y pasó a depender de él. El coto de Corias comprendía solamente esta población y hasta el siglo XIX perteneció al mencionado monasterio. Por último, el coto de Brañas o Leitariegos, que también en la Edad Media había dependido de los monjes de Corias, pertenecía desde el siglo XVI a los “vecinos y moradores” de los pueblos de El Puerto, Brañas d’Arriba, Brañas d’Abaxu y Trascastro. Este último coto se constituyó en ayuntamiento en 1821, con el nombre de concejo de Leitariegos, pasó en 1827 a depender de Cangas y más tarde volvió a ser independiente hasta 1925, en que se integra definitivamente en Cangas del Narcea (Gaceta de Madrid, 3 de junio de 1925).

 

Casas en Riegla de Cibea

En 1820, durante el Trienio Liberal, que instauró la Constitución de Cádiz de 1812, muchos concejos asturianos se dividieron. El articulo 330 de esta Constitución favorecía la formación de nuevos ayuntamientos: “Se pondrá ayuntamiento en los pueblos que no lo tengan, y en que convenga le haya, no pudiendo dejar de haberle en los que por sí ó con su comarca lleguen á mil almas”. El fin de los legisladores liberales de 1812 era racionalizar los municipios españoles, formando unos concejos uniformes y favoreciendo la independencia municipal de la mayoría de los núcleos de población. Para cumplir este fin se daba a las poblaciones todas las facilidades para formar un ayuntamiento: a las de más de mil habitantes se las obligaba a tenerlo y para las que no llegaban a ese número se promulgó un decreto el 23 de mayo de 1812, por el cual la población “que por sus particulares circunstancias de agricultura, industria o población considere que debe tener ayuntamiento, lo hará presente a la Diputación de la provincia, para que en virtud de su informe se provea lo conveniente”. 

Fuente de Riegla de Cibea construida en 1872, ejemplo de la nueva clase social que promueve la creación del concejo de La Unión en 1887.

Como consecuencia de estas leyes, a fines de 1820 Cangas del Narcea se dividió en cinco concejos con capitales en las siguientes poblaciones: Ounón, Carbachu, Pousada de Rengos, Bisuyu y Cangas. A estos nuevos ayuntamientos tenemos que sumar el de Leitariegos, con capital en Brañas d’Arriba, que en ese mismo año pasó de coto a concejo. Cada concejo tenía alcalde constitucional, procurador, secretario y regidores. Los nuevos concejos duraron menos de tres años, porque en 1823, con la vuelta de España a la monarquía absolutista de Fernando VII, las cosas volvieron a su estado anterior y todos estos ayuntamientos (con excepción de Leitariegos) desaparecieron sin dejar rastro. 

Sin embargo, el sentimiento separatista de algunas parroquias no desapareció en 1823 y volverá a manifestarse sesenta años después. En 1887 llega a la Diputación Provincial de Oviedo la siguiente propuesta: “Creación de un nuevo Ayuntamiento con el nombre de La Unión, constituido con las parroquias de San Julián, San Pedro de Arbas, Cibea, Genestoso y Fuentes [de Corveiro], hoy pertenecientes al Ayuntamiento de Cangas de Tineo, cuya capital sea Miravalles” (Boletín Oficial de la Provincia de Oviedo, 3 de noviembre de 1887). 

Sonande, en la parroquia de Cibea, en la que sobresalen varias casas construidas por emigrantes enriquecidos en Madrid.

La razón que argumentaban los vecinos de estas parroquias para separarse del concejo de Cangas era su lejanía de la capital y los inconvenientes que esto les ocasionaba. Además, suponemos que su proximidad con el pequeño concejo de Leitariegos fuese un estimulo para los promotores de esta iniciativa y aunque no sabemos quienes eran estos, es casi seguro que este movimiento segregacionista tiene que estar vinculado con la existencia de una nueva clase social de campesinos acomodados y emigrantes enriquecidos en Madrid, que aspirarían al control político de este nuevo concejo. La existencia de esta nueva clase social tendrá su mejor manifestación en las grandes casas que se levantan en algunas de aquellas parroquias en la segunda mitad del siglo XIX. 

La Diputación Provincial tenía que tramitar la solicitud de creación de este nuevo concejo y enviarla al Ministerio de la Gobernación, que era el que tenía la última palabra. El Ayuntamiento de Cangas de Tineo ya había manifestado su oposición a esta propuesta. En una junta de la Diputación se debatió este asunto, lo que provocó una airada discusión entre dos diputados. Por el acta de esa junta, que se publicó en el Boletín Oficial de la Provincia de Oviedo de 5 de noviembre de 1887, sabemos lo que allí se dijo: 

“El Sr. Gonzalez Núñez pidió la palabra en contra y obtenida manifestó que el expediente se halla incompleto, faltando en él documentos esenciales, pues carece de la solicitud de los vecinos, ignorándose por lo tanto qué número de ellos solicita la segregación y la certificación original que acredite el número de habitantes de las parroquias que pretenden segregarse, no pudiendo por lo tanto apreciarse si llegan a dos mil habitantes como requiere la ley; cuyos documentos aparecen solo en copia simple sin autorización alguna, por lo que no tienen fuerza legal ni pueden ser estimados en el expediente.
   El Sr. Acebal contestó que hace tiempo se instruyó el expediente en el que obraba toda la documentación original y completa, el cual se remitió al Ayuntamiento de Cangas de Tineo para su informe, y allí se perdió; que habiendo acudido en queja los interesados al Sr. Gobernador de la provincia, por orden de esta autoridad se reprodujo la reclamación por un Procurador de los vecinos; que por esto y el haber admitido el Ayuntamiento la certeza de las copias, pues no la impugna o informa en vista de ellas, demuestra que son admisibles; y que en último resultado si el Ministerio de la Gobernación no las estima bastantes, ya exigirá los documentos necesarios. Que respecto al fondo de la cuestión debe decir que la pretensión de los interesados es procedente, puesto que distando las aludidas parroquias 6 ó 7 leguas de la capital del concejo, se hallaban abandonadas y muy difícil las comunicaciones con aquél. 
   El Sr. González Núñez repuso que era muy grave la afirmación de que el Ayuntamiento hubiese hecho desaparecer el expediente y que el presentado ahora no tiene valor ninguno por no estar autorizado por nadie los documentos que lo constituyen.
   El Sr. Acebal replicó que él no afirmaba que el Ayuntamiento hubiese hecho desaparecer el expediente y solo sí que resultaba que allí había desaparecido.
   Seguidamente fue aprobado el dictamen por 14 votos contra 5”. 

El expediente de creación del concejo de La Unión pasó el trámite de la Diputación Provincial, pero finalmente no obtuvo la aprobación del Ministerio de la Gobernación. La oposición del Ayuntamiento de Cangas del Narcea debió resultar un escollo muy difícil de superar para los promotores de este nuevo concejo.

Del Paseo del Prado de Madrid al valle de Cangas del Narcea en 1789


“Tipos de Madrid: El aguador”, de Federico Guisasola, “La Ilustración Española y Américana”, 24 de noviembre de 1872. A mediados del siglo XIX había cerca de doscientos aguadores de Cangas del Narcea en Madrid, solo los superaban los procedentes de Cabranes y sobre todo de Tineo

En noviembre de 1789, la importante revista madrileña Memorial Literario publicaba un curioso artículo titulado “Viaje aéreo desde el Prado de Madrid hasta el valle de Cangas de Tineo”, escrito por el prestigioso dramaturgo y periodista Luciano Francisco Comella (Vic, Barcelona, 1751 – Madrid, 1812). En él se relataba un ficticio y casi instantáneo viaje en una nube negra, contado en primera persona, desde el famoso paseo del Prado, en apogeo tras su inauguración en 1781, hasta un “empinado monte” en pleno valle de Cangas del Narcea. El viaje, en realidad una ensoñación, lo iniciaba el escritor a partir de la visión, en el popular paseo madrileño, de dos enormes filas de carruajes.  Comella calculaba que en estos vehículos trabajaban unos 4.800 hombres, entre porteros de estrados y de puertas, mozos de mula, galopines, faroleros, etc. Hombres que en su mayoría procedían de Asturias.

Comella nos proporciona datos curiosos sobre la vida en el concejo de Cangas del Narcea a fines del siglo XVIII. Su primera imagen, nada más descender de la nube al suelo, fue la de unos valles eriales “poblados de heno, en los que pacían algunas vacas, y en medio de los cuales se divisaban algunos caseríos muy pobres, y de trecho en trecho algunas iglesias tan infelices como los caseríos”. Al bajar de la loma oyó una gaita, que le llevó a un arroyo, en donde una zagala y un zagal de unos diez años, que tocaba este instrumento, interpretaban un canto que decía así:

Con curpiñu pardu
fue el primu a la Corte,
y agora diz que anda
llenu de galones.
Tum ba y la
que me voy contigo,
tum ba y la
para ir a moler.

Los zagales huyeron despavoridos al acercarse el intruso, los perros comenzaron a ladrar y los vecinos, creyendo que los lobos acechaban al ganado, salieron presurosos a recoger sus ovejas. Comella se mostró sorprendido: “¡Entre los que salieron de los caseríos había unas cien mujeres y otros tantos niños, pero ningún hombre!”. Más adelante divisó a una mujer arando el campo y a otras dos guiando unos carros cargados de leña: “¿Qué es esto? –se preguntó-. O yo deliro, o estoy en el país de las amazonas”. A continuación, un beneficiado (clérigo de rango menor) le condujo a una casilla y, tras verse obligado a explicarle aquella “prodigiosa llegada”, el viajero le preguntó el porqué de tan dilatados valles eriales sin cultivo, sin ningún núcleo de  población numerosa, “del porqué araban y hacían las mujeres todas las faenas propias de los hombres, y del porqué no se veían en todos aquellos contornos más hombres que él”. El clérigo le contó que, aparte del cura y cinco beneficiados, había en su feligresía unos treinta ancianos y que todos los mozos, “apenas aptos para la agricultura”, se marchaban a Madrid y a otras capitales. De no ponerse algún freno, esa parte de Asturias se vería enteramente despoblada en pocos años. Luego relató cómo era la vida de estos jóvenes, que marchaban a la Corte reclamados por un primo cochero o un tío portero, para trabajar de lacayos o de mozos de mulas, y en donde se olvidaban –según el clérigo- de sus mujeres y familias y “de la decadencia de este noble Principado”.

Aguador asturiano, de José Ribelles (dibujante) y Jose Carrafa (grabador); Colección de Trajes de España, Madrid, 1825

Sin embargo, lo que Comella pone en boca de este clérigo no era cierto. Estos hombres que emigraban a Madrid no se olvidaban de sus mujeres, ni de su familia, ni de la tierra de origen. Como el resto de asturianos, llegaban a la capital tras más de dos semanas de duro viaje a pie o, en el mejor de los casos, compartiendo mula cada varias leguas con otros paisanos. En Madrid convivían en pequeñas habitaciones con otros diez, quince, veinte o más hombres, igual que sucede hoy en día con los inmigrantes de Sudamérica o del este de Europa. Generalmente trabajaban en los oficios más ingratos de la ciudad, como los de esportillero (persona que estaba en  una plaza o lugar público y se ofrecía para llevar en una cesta lo que se le mandara), aguador (llevaban el agua a las casas), mozo de cuerda (cargadores de bultos), sirviente o cochero. En 1798, pocos años después del relato de Comella, nacía en Madrid un oficio prácticamente monopolizado por gente nacida en el concejo de Cangas del Narcea: el de sereno. Todos estos oficios tenían en común los pequeños jornales y las agotadoras jornadas de trabajo, pero, aún así, el ahorro y el envío de dinero a sus familias era el norte del día a día de estos trabajadores. Del amor y recuerdo a su lugar de origen es muy difícil dudar: los emigrantes asturianos mantuvieron durante siglos las costumbres importadas de su tierra y un estrecho contacto diario entre ellos que hizo creer a algunos cronistas de la capital que se trataba de un pueblo aparte dentro de Madrid. La relación con sus hogares era tan intensa que algunos oficios llegaron a formalizar la suplencia o alternancia de titulares por dos o tres años, para convertir en costumbre el regreso temporal al añorado hogar familiar.

Durante siglos, desde finales del siglo XVI hasta mediados del siglo XX, los valles de Cangas del Narcea quedaban casi desiertos de hombres, con las mujeres ocupándose de las tareas de la casa y del campo, mientras que los varones emigraban a Madrid y a otras ciudades españolas en busca de un dinero en metálico, escasísimo en el medio rural asturiano, que les ayudara a soportar mejor la difícil realidad a la que tenían que hacer frente dadas las adversas condiciones que determinaban sus vidas. Ésta era la doble realidad de la vida en el concejo de Cangas, “de aquel infeliz pedazo precioso de Asturias”, como despidió su relato el escritor Luciano Francisco Comella.

Cangas del Narcea en la obra “Asturias”, 1897-1901

Barrio y puente de Ambasaguas o Entrambasaguas, en la desembocadura del río Luiña con el Narcea, en Cangas del Narcea, 1897

En la Biblioteca digital del Tous pa Tous pueden consultarse las tres monografías relacionadas con el concejo de Cangas del Narcea que se publicaron entre 1897 y 1901 en la obra Asturias: Su historia y monumentos. Bellezas y recuerdos. Costumbres y tradiciones. El bable. Asturianos ilustres. Agricultura e industria. Estadística. Los promotores y directores de esta obra fueron Octavio Bellmunt, médico y dueño de una empresa de artes gráficas en Gijón, y Fermín Canella, profesor, rector de la Universidad de Oviedo y prestigioso estudioso de Asturias. Los dos se juntaron para llevar a cabo esta “aventura editorial”, como la definió Francisco Crabiffosse, en el que participaron muchas personalidades y que “fue la más importante empresa editorial llevada a cabo en la región hasta aquel momento”. La obra incluía muchas fotografías y sobre todo unas láminas de gran calidad, realizadas con una técnica de reproducción nueva en aquella época: la fototipia. Asturias se publicaba por entregas, que comenzaron a salir a la calle en diciembre de 1894 y terminaron en 1901. La obra completa son tres voluminosos tomos.

Dibujo de unas castañuelas de Cangas del Narcea enviado por Ambrosio Rodríguez para ilustrar la obra

En lo que respecta a Cangas del Narcea, colaboraron Faustino Meléndez de Arvás, que escribió la monografía dedicada al concejo de Cangas; Fray Justo Cuervo Arango que hizo la del monasterio de San Juan Bautista de Corias y José Rodríguez Riesco que redactó la del concejo de Leitariegos, que hasta 1931 fue independiente del de Cangas del Narcea. Estas tres monografías son las que se han incorporada a nuestra Biblioteca digital.

Otro colaborador cangués de esta obra fue el médico Ambrosio Rodríguez Rodríguez (1852-1927), natural de La Torre, Sorrodiles, parroquia de Cibea, que en aquellos años residía en Gijón. Ambrosio Rodríguez aportó fotografías de campesinos asturianos, y dibujos de castañuelas y madreñas del concejo de Cangas del Narcea, que aparecieron publicados en un capítulo firmado por Bellmunt y Canella sobre “Usos y costumbres asturianas”. En este mismo capítulo aparece una lámina en la que se reproduce el cuadro de Luis Álvarez Catalá: “Una boda de aldea”, que representa un cortejo nupcial en el pueblo de Monesteriu d’Ermu a fines del siglo XIX.


Primer fotógrafo de Cangas del Narcea

El fotógrafo J. Mª. Cordeiro y las primeras fotografías de Cangas del Narcea, 1875-1880

Cangas del Narcea en 1880

Vista de Cangas del Narcea desde El Cascarín, hacia 1880. Fotografía de José María Cordeiro.

Las primeras fotografías se presentaron en París en 1839 y aunque en esa misma fecha empezó su rápida expansión por todo el mundo, este invento no llegó a todas partes al mismo tiempo. En lugares apartados de las ciudades y los centros industriales, la fotografía tardó más en llegar. En Cangas del Narcea el primer fotógrafo profesional que se estableció fue Benjamín Rodríguez Membiela (Llamas del Mouro, 1875 – Corias, 1944), que abrió su estudio en Corias hacia 1905. Antes de él hubo fotógrafos ambulantes que venían de León, Oviedo, Gijón o Luarca, y cuya presencia se anunciaba en los periódicos cangueses. En julio de 1886 se publica en El Occidente de Asturias el anuncio siguiente:

“Se halla accidentalmente en el inmediato pueblo de Corias un acreditado fotógrafo, que permanecerá allí algunos días, y a donde pueden acudir las personas que deseen retratarse. Ha sacado fotografías de preciosas imágenes que existen en la iglesia de aquel convento y que vende al precio de cuatro reales una”

Hasta la fecha, el primer fotógrafo profesional y ambulante del que tenemos constancia en Cangas del Narcea es José María Cordeiro Alves, que entre 1875 y 1888 vino por nuestro concejo y otros del occidente de Asturias, haciendo retratos y tomando fotografías de paisajes, celebraciones, etc.

Primer fotógrafo de Cangas del Narcea

El fotógrafo José María Cordeiro. Colección de la familia Cordeiro

Cordeiro nació en 1835 en Escarigo, concejo de Figueira de Castelo Rodrigo (Portugal). A mediados del siglo XIX se instaló en Madrid como fotógrafo y en 1869 se traslada a León, donde establece el primer estudio fotográfico profesional de esta ciudad. Desde aquí vendrá a Cangas del Narcea como fotógrafo ambulante; el anuncio de El Occidente de Asturias posiblemente es de él. En 1893, Cordeiro deja León y se establece en Astorga, donde trabaja como fotógrafo hasta su fallecimiento en 1917. Sobre su vida y obra ha publicado el Instituto Leonés de Cultura un estudio en 2004.

Cangas del Narcea, El Acebo en 1880

Santuario de El Acebo el día de la fiesta, un 8 de septiembre, hacia 1880. Fotografía de José María Cordeiro

En Cangas del Narcea Cordeiro retrató a algunos vecinos y realizó otras fotografías de las que solo conocemos dos: una panorámica de la villa tomada desde el barrio de El Cascarín hacia 1880 y otra de El Acebo, sacada el día de su fiesta el 8 de septiembre. Son las primeras imágenes fotográficas que conocemos de estos dos lugares y hasta el momento las más antiguas que tenemos de nuestro concejo. La primera nos muestra el estado de la villa a mediados del siglo XIX, una urbe formada por poco más de tres calles: la calle Mayor, la calle La Fuente y la calle de la Iglesia; pocos años después se construirán las casas de pisos de la calle Uría y otras casas emblemáticas de fines del siglo XIX: la de don Eleuterio García y la de la familia Flórez González, que cambiarán la imagen de la villa. En cuanto a la foto de El Acebo, es un testimonio muy valioso para conocer como era el ambiente de una romería en el pasado: el campo de la fiesta, los numerosos estandartes y pendones, los puestos, los paraguas para protegerse del sol, las caballerías, etc.