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El toro del pueblo

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Toro de raza asturiana en el Mercado de Cangas del Narcea.

Muchas de las costumbres de la antigua vida campesina estaban basadas en la cooperación y la ayuda mutua. Eran la solución más inteligente para sobrevivir en una sociedad en la que las Administraciones Públicas, al contrario que hoy, ofrecían muy pocos servicios; en la que la vida de los pueblos y de las casas era muy autosuficiente, y en la que la pobreza o la austeridad eran lo común. De este modo, si un toro era suficiente para cubrir las vacas de todo un pueblo, para que tener más.

En efecto, con un solo “toro padre” se aseguraba cada año la reproducción y, además, los vecinos ahorraban dinero y esfuerzo, porque los sementales eran caros, delicados y exigentes. Por este motivo, muchos pueblos del concejo de Cangas del Narcea (y del resto de Asturias y también del norte de León) tenían un toro de vecera, es decir, un toro que compraban todos los vecinos, y cuyo cuidado y sostenimiento se hacía por turnos.

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Toro de raza asturiana en el Mercado de Cangas del Narcea.

Esta práctica era en algunos lugares una costumbre no escrita, que se trasmitía de generación en generación, pero en otros, para evitar problemas o malentendidos, se regulaba en ordenanzas o simplemente en escrituras privadas. Uno de estos documentos fue hecho en 1886 por los vecinos de Vil.laxer / Villager, de la parroquia de San Xulianu d’Árbas, y es el que copiamos íntegramente al final.

Los vecinos de este pueblo compraban todos los años el toro en el mes de mayo, en la feria de La Cruz de la villa de Cangas del Narcea, y lo vendían el 22 de septiembre en la feria de San Mateo de esta misma villa. Con esta practica evitaban mantener al animal en otoño e invierno, estaciones muy frías en un pueblo alto como Vil.laxer / Villager, en las que el toro solo daba gastos y no cumplía ninguna prestación, y también evitaban la consanguinidad. El mantenimiento del toro correspondía cada año a un vecino.

“Obligación del toro del pueblo de Villager”, 1886

En el pueblo y parroquia de San Julián de Árbas de este concejo de Cangas de Tineo, provincia de Oviedo, a diez y nueve días del mes de septiembre año de mil ochocientos ochenta y seis, presentes según nos hallamos todos los vecinos del pueblo de Villager, en esta dicha parroquia, que por la presente somos unánimes y conformes en tener un toro padre en todos los años seguidos desde el presente, que ya le tuvo el vecino D. José Flórez Suárez, que le vence el plazo el día veinte y dos de este presente mes, y el entrante nuevo ha de comenzar el día cuatro de mayo del año primero entrante que primero viene de mil ochocientos y ochenta y siete, y así sucesivamente en todos los demás años seguidos, correspondiendo este primero a D. Juan Pérez; al otro año de ochenta y ocho a Dª Joaquina García, o a quien la represente; el ochenta y nueve a D. Pedro García; el noventa a D. José Rodríguez, y el noventa y uno a Manuela de la Fuente Riesco, únicos vecinos que somos en nuestro referido pueblo.

También es condición que el primer vecino que llegase a faltar a lo pautado queda desde ahora obligado a perder su parte de lo invertido en la compra, [y] que si el toro no se vendiese en la feria de San Mateo, quedamos todos obligados a sostenerle por vecera. También es condición de que por cada vaca que venga forastera de cualquier otro pueblo se le cobrará, por mano del que mantenga el indicado toro, tres reales, [y] que dará cuenta al último de año a los demás vecinos para el susodicho día de San Mateo de cada año. También quedamos todos obligados, que el repetido toro, cualquiera de los vecinos que le tenga le ha de meter el quince de agosto en prado, y al venderle, si diese alguna ganancia, será la mitad para el que le sostuvo. Así quedamos conformes en presencia de los testigos D. Rafael Arias Candamo y D. Celestino Collar de este mencionado pueblo de San Julián, firmamos los que sabemos y por la Manuela y Joaquina, que dicen no saber, los dichos testigos, hoy día de su fecha.

Fui testigo presencial, Celestino Collar. Testigo presencial, Rafael Arias.

Pedro García   Juan Pérez   José Flórez   José Rodríguez.

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ENTRE LA NIEVE. La vida invernal en El Puerto de Leitariegos (1903)

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El Puerto de Leitariegos. Octubre de 1977. Fotografía de José Ramón Lueje. Colección: Museo del Pueblo de Asturias (depósito de Pedro Lueje).

Hoy nieva mucho menos que antes. Esto lo puede asegurar cualquiera que tenga más de cuarenta años. Antes las nevadas eran más copiosas y la nieve duraba mucho más tiempo.

El Puerto de Leitariegos es el pueblo más alto del concejo de Cangas del Narcea y de toda Asturias. Está a 1.525 metros de altitud. Allí, en la actualidad, la nieve se ve como algo beneficioso para la práctica del esquí, pero no siempre fue así.

La existencia de este pueblo se explica por el privilegio real que tuvieron sus vecinos desde 1326 a 1879, que los eximía de impuestos y los libraba de servir al ejército con la condición de vivir allí, mantener abierto el paso y ayudar a los viajeros durante el invierno. La razón de este privilegio fue que Leitariegos era una de las rutas más transitadas entre Asturias y León.

Si no hubiera sido por este privilegio, el pueblo de El Puerto no existiría. La vida a esa altura, con inviernos muy largos y sepultados bajo la nieve, era muy dura. Son varios los testimonios de los siglos XIX y XX que mencionan como la nieve cubría totalmente las casas de este lugar, y sus moradores tenían que hacer túneles en la nieve para comunicarse entre ellos. Para subsistir, en un lugar donde la agricultura era casi imposible, los hombres del pueblo se dedicaban a la arriería y las mujeres permanecían en casa cuidando a la familia.

Conozcamos un testimonio escrito por un vecino de El Puerto, que firma D. O., en diciembre de 1903, y publicado en el diario El Noroeste, de Gijón, el 12 de enero de 1904, en el que relata esta vida “entre la nieve”:

ENTRE LA NIEVE

Pueblo sepultado

A continuación publicamos una interesantísima correspondencia que desde Leitariegos nos dirige un suscriptor de El Noroeste.

Llamamos la atención de las autoridades, y especialmente de aquéllas directamente aludidas en la carta, para que vean la manera de remediar lo que nuestro comunicante denuncia.

He aquí ahora las noticias que en ¡diciembre! enviaba nuestro suscriptor:

 

Leitariegos, Diciembre 1903.

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El Cueto de Arbas (2.007 m.) desde el puerto de Leitariegos. Octubre de 1977. Fotografía de José Ramón Lueje. Col: Museo del Pueblo de Asturias (depósito de Pedro Lueje).

En las ciudades y en las villas, allí donde la humanidad vive con más ó menos confort pero amparada y protegida por leyes de policía urbana, no hay idea aproximada de nuestra virtud y de nuestros sacrificios. Leitariegos, pueblo de 80 vecinos, á 1.500 metros de altura sobre el nivel del mar, lleva dos meses de incomunicación con el resto del mundo. No somos ni personas, porque se nos trata como á bestias. Hace 19 años que comenzó un expediente para la construcción de un modesto templo y todavía no se ha resuelto. Por humanidad debiera el señor arquitecto diocesano enviar al ministerio el proyecto que reiteradamente se le ha pedido y que es de suponer no requiera un estudio muy profundo.

Desde el día 20 de Noviembre vivimos aquí, si esto es vivir, sepultados entre la nieve, cuya altura alcanza 5 metros. La Jefatura de Obras Públicas de la provincia no refuerza, en esta época del año, el personal de peones camineros; de donde resulta que para establecer, cuando es posible, la comunicación entre algunas casas nos pasamos el día los vecinos perforando túneles y no siempre logramos nuestro objeto.

En el mes de Agosto ó Septiembre pasa la autoridad requisa de víveres á todas las casas en previsión del forzoso aislamiento del invierno. Los vecinos pobres almacenan patatas, harina, leña y velas de sebo; los más acomodados cuelgan en la cocina algunos jamones, cecina y chorizos. En cuanto empieza á nevar, cada familia se encierra en su habitación, en la agradable compañía de los animales domésticos. Y digo compañía agradable, porque el que tiene la suerte de poseer una vaca de leche y algunas gallinas, ya no se muere de hambre. Pero puede morirse de otras enfermedades y entonces son las escenas trágicas.

Un vecino que falleció el año pasado, durante la incomunicación por la nevada, no pudo ser trasladado al exterior para darle sepultura y el cadáver quedó durante once días acompañando á la viuda y á los huérfanos. ¡Triste compañía ó inhumano espectáculo!

Una vecina, cuyo marido estaba ausente, quedó encerrada en su casa con una niña de dos años y una vaca. Hallábase en estado interesante y dio á luz, sin ningún auxilio, viéndose obligada, durante un mes, á cuidar de sus hijos y de la vaca, no descuidando los quehaceres domésticos ni su salud. ¡En Madrid se reirán de esto!

Una de las cosas que causan extrañeza á los pocos viajeros que se dignan visitarnos, y que admiraron mucho dos gijoneses y un avilesino que aquí estuvieron el año pasado, es la ilustración de nuestras jóvenes. Estas pobres aldeanas tienen, entre otras, la desgracia de no casarse, porque los mozos emigran apenas cumplen con las obligaciones del servicio militar y las dejan solas. ¡Pobres chicas! Pero son de un carácter tan bondadoso, que no exhalan una queja. Ellas cuidan del ganado; ellas trabajan la tierra; ellas atienden solícitamente á todos los deberes de la familia. Y por único esparcimiento y recreo, organizan todos los domingos y fiestas un baile en la casa del pueblo. Pero llega el invierno; llega la nieve y como inmediata consecuencia la encerrona, y entonces, tanto como de los víveres, como del alimento corporal, se preocupan del pasto espiritual: hacen acopio de libros. Lecturas sanas: de geografía; de historia; de viajes.

Esto parecerá una exageración, pero es el evangelio. Lo han comprobado cuantas personas cultas nos han visitado y pongo por testigos de mayor excepción á los gijoneses y al avilesino. ¡Qué sorpresa! Creer hablar con una pobre aldeana y encontrarse con una señorita, instruida, inteligente y modesta.

Si el Sr. Bellido[1] nos hiciera pronto el proyecto para la iglesia y el señor ingeniero jefe nos ayudase á salir del entierro en vida, seriamos dichosos.

Poco pedimos.

D. O.


[1] Se refiere a Luis Bellido González (Logroño, 1869-1955), arquitecto de la Diócesis de Oviedo a fines del siglo XIX e inicios del XX, que construyó las iglesias de Santo Tomás de Cantorbery, de Sabugo (Avilés), y de San Lorenzo, de Gijón. Fue el arquitecto que también hizo el proyecto del Matadero de Madrid (1910).

El “caleicho” de Pena Ventana

Caleicho de Pena Ventana. Vista panorámica.

Hace algunas semanas, con motivo de un estudio del patrimonio etnográfico del concejo, guié a Pachu Reigada, arqueólogo, y a Armando Graña, etnógrafo y socio del Tous pa Tous, hasta el caleicho de Pena Ventana, en los límites de las parroquias de Oubachu y Larna. Los calechos, llamados así en Cangas del Narcea y Degaña, o cousos, como se denominan en Allande, Ibias y en el resto de los concejos del valle del Navia, son un tipo de construcción trampa para la caza de fieras en forma de gran corral de piedra con ciertas peculiaridades arquitectónicas que facilitaban la entrada al carnívoro –oso o lobo atraído por los balidos de una cabra– e impedían su salida.

Caleicho de Pena Ventana. Vista general.

El uso de los calechos debemos interpretarlo como parte de una estrategia de caza correspondiente a una época histórica en la que  no se empleaba aun el veneno ni abundaban las armas de fuego, y a un territorio donde las batidas del monte no eran viables por lo quebrado del relieve y su escasa población.

Situados generalmente en sitios altos y de travesía, en los llamados pasos de animales, el Suroccidente de Asturias conserva el mayor número y los mejores ejemplos de la región de calechos y cousos, aunque en la actualidad no son sino vestigios o ruinas abandonadas a su suerte sin la mínima protección o valorización.

Caleicho de Pena Ventana. Pared E.

Las dimensiones actuales del caleicho de Pena Ventana son 46 m de largo por 32 m de ancho y 155 m de perímetro, con pared cerrada sobre sí de más de 1 m de espesor. En origen, tenía unos 3 m de altura, con leve desplome y alero voladizo hacia el interior para impedir la trepa y escapada del animal, más una repisa perimetral exterior con función probable de mirador para curiosos y vecinos que asistían a esta peculiar corrida del lobo, que terminaba con la fiera despedazada por los mastines, aplastada bajo las piedras o atravesada por los chuzos.

Desde el caleicho de Pena Ventana, a más de mil metros de altitud, las vistas panorámicas del paisaje cultural de los valles, las montañas y los bosques meridionales de Cangas del Narcea son magníficas.

Juan Pablo Torrente

Nombres de vacas I – Año 1896

Manuel de Casa Berlín y su hermana Aurelia con una de sus vacas en Bisuyu / Besullo hacia 1923

Los nombres de las vacas, como los de las personas, han ido cambiando a lo largo de la historia. Podemos conocerlos desde antiguo porque son de los pocos nombres de animales que aparecen en la documentación. Además, solamente vacas, toros, perros y caballerías tenían nombres que los identificaban e individualizaban, como todavía sucede hoy.

Todos los animales cumplían su función en la casa campesina, pero la vaca era la reina de la corte (cuadra). Ella tiraba del carro, del l.labiego y demás aperos de tiro; ella daba leche para comer y hacer manteca; ella daba xatos y becerras para vender en el mercado; ella, con su muñica, daba el cuitu para alimentar las tierras; sus huesos se empleaban para elaborar pequeños objetos torneados y sus cuernos se usaban para hacer canaos donde llevar la piedra de afilar la guadaña;… La vaca era respetada e incluso querida, pero también estaba explotada y mal alimentada.

Vacas xuncidas en Brañas de Arriba en 1927. F. Krüger

Hoy, la vida de este ganado ha cambiado considerablemente, tanto de los animales que se crían para carne como los que solo se dedican para leche. Antiguamente, el trato con la vaca era más personal y el nombre era fundamental para enseñarla a trabajar, para llamarla cuando iba enganchada al carro o a los aperos de tiro. Fray Toribio de Santo Tomas y Pumarada, autor del Arte General de Grangerías (1711-1714), recomienda a un sobrino de La Riera de Colunga una serie de nombres para vacas y toros, y le dice: “Ni se debe juzgar ocioso haberme detenido en sacar estos tantos nombres; pues es visto que sin tener cada cual su nombre no se pueden llamar, ni regir, ni enseñar estos ganados. Y con ellos vemos que más fácilmente se domestican y gobiernan”.

En la actualidad, la costumbre de bautizar a las vacas con un nombre está comenzando a perderse. Todavía se mantiene en casas donde hay poco ganado, pero donde las cuadras superan las cincuenta, ochenta o cien cabezas, esa vieja costumbre está abandonándose. La explotación de la vaca es hoy más impersonal y el nombre está siendo sustituido por un número y un código de barras que obligatoriamente deben llevar todas las reses de ganado vacuno en sus crotales o marcas de oreja. Con estas marcas al ganado se le identifica como a una mercancía cualquiera.

Relación de ganado propiedad de Hermenegilda Marcos, de San Romanu de Bisuyu, 1896. Archivo Histórico de Asturias

En el Tous pa Tous nos gustaría recopilar muchos nombres de vacas, de toros y de bueyes. Queremos saber los nombres que se dan en las casas, en los pueblos y en las parroquias a estos animales, antes y ahora. Por eso os pedimos a tous que nos envíes esos nombres. Los nombres que tenían estos animales cuando erais nenos o nenas, o los que tienen ahora en vuestra casa. Nombres que no han sido ajenos a las características físicas de los animales o a su carácter, así como a los gustos de sus amos, a las modas, a los programas de televisión, a la política, al cine o las canciones.

Vamos a empezar enumerando los nombres que hemos encontrado en un inventario de bienes que se hizo en 1896 a la muerte de Hermenegilda Marcos Llano, vecina de San Romanu de Bisuyu. Esta señora y su marido, Manuel de Llano Marcos, tenían dieciséis vacas, la mayoría dadas en aparcería o comuña a tres vecinos de los pueblos de Bisuyu, Eirrondo de Bisuyu y Trones. Ellos eran campesinos ricos y poseían muchas vacas, porque lo común a finales del siglo XIX era que cada familia tuviese entre dos o seis vacas. El documento lo hemos encontrado en el Archivo Histórico de Asturias. Los nombres de las vacas eran los siguientes:

Bolera, Cachorra, Castaña, Cierva, Figuera, Galana (había dos vacas con este nombre), Gallarda, Garbosa, Gurmea, Loura, Morena, Parda (había dos vacas con este nombre) y Roja.

Una panera de 1651 en Riegla de Cibea es la más antigua del concejo

Panera y Casa Rectoral de Riegla de Cibea.

En Riegla de Cibea se conserva una pequeña panera fechada en 1651, que pertenece a la Casa Rectoral, situada junto a la iglesia de esta parroquia. Es la panera más antigua que conocemos en el concejo de Cangas del Narcea, donde la gran mayoría de estas construcciones es de fines del siglo XVIII y sobre todo de los siglos XIX y XX. Esta panera es probable que haya venido de otro lugar, porque en algún momento fue desmontada. Esto se sabe por las rayas pintadas que aparecen en sus corondias o tablas, que se trazaban cuando se desmontaba un hórreo o una panera para facilitar después su montaje. ¿De dónde vino esta panera? No lo sabemos.

Cruz e inscripción talladas en la panera de la Casa Rectoral de Riegla de Cibea

Una de sus peculiaridades es el dibujo y la inscripción que aparecen tallados y pintados de rojo en el centro del liño o viga superior de la fachada principal. Es una talla muy plana, ejecutada con mucho esmero. El dibujo representa una cruz con una amplia base y en su origen estuvo encima de la puerta de entrada a la panera. A los lados de la cruz aparece la inscripción siguiente: “16. XPS. IHS. M. 51”. Los números del principio y del final corresponden al año de construcción de la panera: 1651, y las letras son anagramas religiosos: XPS (Xhristos), IHS (Iesus Hominum Salvator) y una M y una A entrelazadas (María). Estos anagramas aparecen con frecuencia sobre puertas y ventanas en la arquitectura popular con el fin de proteger a personas, animales y cosechas; en este caso se colocaban para proteger los productos que se guardaban en la panera, que eran fundamentales para la supervivencia de la casa: cosecha, matanza, etc. La decoración de esta panera se completa con dos motivos geométricos calados, que favorecen la ventilación del interior y que son frecuentes en hórreos y paneras del siglo XVII.

Detalle de la cruz y la incripción talladas en la panera de la Casa Rectoral de Riegla de Cibea

Las paneras se generalizan a partir del siglo XVII en el centro de Asturias como consecuencia de la expansión del cultivo del maíz, que trajo consigo una mejora de las cosechas y de las condiciones de vida de los campesinos. En ese siglo, el hórreo resulta ya pequeño en muchas casas para albergar las cosechas y también para secar las riestras de maíz, por eso se levantan construcciones más grandes, que se distinguen con el nombre de panera, y se añaden corredores. Sin embargo, la edificación de paneras no se generaliza en el occidente de Asturias hasta la segunda mitad del siglo XVIII y sobre todo hasta el siglo XIX. Por eso, esta panera de Riegla de Cibea merece toda nuestra atención.

Lamentablemente, la Casa Rectoral de Riegla de Cibea y su panera están deshabitadas. Al parecer, la Iglesia las tiene en venta. El estado de conservación de la panera no es bueno: la hiedra está empezando a cubrirla. Esperemos que la propiedad o la Administración Pública tomen medidas para frenar su deterioro, porque de lo contrario es posible que esta construcción, protegida por la Ley de Patrimonio Cultural, se derrumbe y desaparezca.

Los nombres de las casas

Trascastro de la parroquia de Leitariegos y, Arbas y Vegameoro de la parroquia de San Julián de Arbas

Oviedo, diciembre 2009

En Asturias, especialmente en el medio rural, las casas tienen un nombre o apodo. El origen del mismo es difícil de determinar. Existen algunas posibles razones de ello, tal como la ubicación en el espacio del pueblo y, más frecuentemente, determinadas características de alguno de sus miembros, generalmente ya desaparecidos: oficio, procedencia, algún rasgo físico, su propio nombre o alguna otra circunstancia destacable.

El apodo de la casa operaba en el ámbito del pueblo, de la parroquia y de la zona o del valle. Es decir, en el marco de lo que se podría denominar una vecindad amplia y que se comunicaba por medio de la palabra. Más allá de estos límites, donde hacía acto de presencia la “sociedad otra” y el medio de comunicación era a través de los papeles oficiales –recibo de pago de impuestos y otros documentos oficiales, correspondencia, etc.-, el nombre o apodo de la casa ya no aparecía, y sí el de sus moradores con su nombre de pila y sus apellidos.

Hórreo de casa Anxelo en Sigueiru/Sieiru, Cangas del Narcea

El nombre de la casa representaba los dos grandes ejes de la misma: la casería (con sus tierras, prados, ganado) y la familia. Los individuos eran identificados y hasta catalogados, desde la cuna hasta la tumba, por su pertenencia a tal o a cual casa. Hasta tal punto era esto cierto que resultaba poco menos que imposible liberarse o borrar la marca que la casa grababa, generación tras generación,  sobre cada uno de sus miembros. Cuando llegaba alguien de afuera a la casa, principalmente a través del matrimonio, debía “morir” a su casa de procedencia y “nacer” en su nueva morada, un proceso que duraba muchos años, y hasta que no lo lograba era un miembro marginal o en estado liminar.

En síntesis, los individuos estaban “casificados”, y el que no tenía casa “no existía”, no tenía identidad ni vecindad. Con el proceso de cambio de la sociedad tradicional las casas siguen conservando su viejo nombre, pero el individuo existe y se conoce por sus cualidades y se le identifica mediante su nombre de pila y sus apellidos. Es decir, tiene la identidad que él se construye.

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Enlace: Casas del concejo de Cangas del Narcea

La cal en Cangas del Narcea

Calero u horno de cal en El Rodical (Tinéu), en 2008. Fotografía de Astur Paredes.

La cal fue un producto muy importante que se empleaba para la construcción de edificios, el abono de tierras y otros usos agrícolas e industriales. En la Asturias caliza su fabricación era muy abundante y su producción se vendía en la región y fuera, sobre todo a Galicia. En el concejo de Cangas del Narcea, donde la caliza es escasa, solo había hornos de cal en unos pocos lugares donde aflora este mineral y su producción era pequeña, pero no dejó de tener su relevancia. Hoy, todos estos caleros están abandonados y arruinados, y ya casi no los recuerda nadie.

José Luis García López del Vallado es el autor del libro La cal en Asturias, editado por el Museo del Pueblo de Asturias en 2009.

 La fabricación de cal en Cangas del Narcea

por José Luis García López del Vallado

Anuncio de un fabricante de cal en el periódico ‘El Narcea’, julio de 1912

En Asturias la cal se empleaba para mortero en la construcción, para blanquear fachadas de casas y cuadras, y para fertilizar la tierra, que se empobrecía de calcio y otras sustancias con la lluvia y el cultivo. La cal resulta de calcinar piedra caliza a unos 900 grados en hornos llamados caleros. Aunque en el tercio occidental asturiano la piedra caliza escasea, no falta por completo y, en Cangas del Narcea, Tineo y otros concejos, las vetas conocidas se explotaron a lo largo de varios siglos. Se ha encontrado un contrato de 1612 para hacer en Fontes de Corbeiro cal destinada a la construcción del monasterio de San Juan de Corias, y este contrato podría no ser el más antiguo; por otra parte, hacia 1950 tejeros llegados de Llanes hacían cal en Ridera, parroquia de Ambres, en una campa situada por encima de los 1000 metros, que al parecer es el único lugar de la comarca en que afloran vetas de piedra calear. Un período, por tanto, de unos 350 años, que probablemente fue mayor. Los contratos más antiguos se refieren a la fabricación, el porte y el suministro de cal para construcciones de importancia. Aparte del ya citado de 1612, conocemos otro de 1650 también para fabricar en Fontes de Corbeiro cal para Corias; otro de 1750, para transportar cal desde Fontes hasta Ardaliz (seguramente para la construcción del palacio que existe en ese lugar); y uno más, de 1756, en el que un particular de Rengos denuncia a un vecino que se aprovechó del producto de un calero y una cantera propiedad del denunciante. Es posible que ya entonces hubiera varios caleros en Rengos, porque el de la denuncia estaba “inmediato a la Vega de los Fornos” y, por otra parte, también el conde de Toreno, en un escrito de 1777, menciona la existencia de un horno de cal en las canteras de mármol de Rengos.

Calero u horno de cal en El Rodical (Tinéu), en 2008. Fotografía de Astur Paredes.

Esta cal de Fontes de Corbeiro y Rengos se calcinaba con leña. En el siglo XX, los caleros más conocidos del concejo de Cangas del Narcea fueron los de Rengos, Moncóu y Moal, aunque había caleros en otros lugares del concejo, como el llamado “calero de Casa Elvira”, en la parroquia de Monasterio de Hermo, que funcionaba hacia 1920. Posiblemente se conserven restos de algunos de estos hornos, en los que la cal se quemaba con carbón, que en el caso de Moal se extraía de una mina cercana a los hornos.

Si el calero es propiedad de los vecinos de un pueblo, ellos se reparten la cal; si es de un particular, la cal puede comercializarse en un establecimiento y, además, venderse por los pueblos, como hacía una pequeña empresa calera que, según se lee en 1912 en el periódico El Narcea, tenía un horno entre Ventanueva y Rengos. Es probable que la fabricación de cal en el concejo de Cangas del Narcea no se haya prolongado más allá de la década de 1950.

Los teitos en L.leitariegos en 1752

Durante muchos siglos, millones de europeos vivieron en casas cubiertas con materias vegetales. En el concejo de Cangas del Narcea hasta mediados del siglo XX todavía quedaban muchas casas, así como hórreos y cuadras, cubiertas con paja de centeno, que se conocían como teitos. También había construcciones cubiertas con tablas de roble, pero estas eran menos numerosas.

Hoy en Cangas del Narcea solo existen unos pocos hórreos cubiertos con paja, que en general están muy mal conservados. Su futuro es muy negro, porque casi no se cosecha centeno y ya quedan pocas personas que sepan colocar estas cubiertas. Por diferentes razones, en nuestro país estas construcciones cubiertas con materias vegetales se han despreciado, mientras que en otras naciones europeas se valoran y gozan de gran prestigio. Ejemplo de nuestra indiferencia es que en los últimos años se ha derrumbado la casa Vaqueiro, de Brañas d’Arriba, que era un símbolo de toda esta antigua arquitectura campesina. Esta casa fue fotografiada por muchos investigadores y publicada en numerosas publicaciones. Esta claro que no hemos sabido, o mejor dicho, es evidente que no hemos querido conservar ni tan siquiera un ejemplo de este patrimonio arquitectónico. No obstante, los archivos, donde se conserva la documentación antigua, seguirán recordándonos como era en el pasado la arquitectura de este concejo.

Xuan F. Bas Costales es licenciado en Geografía e Historia por la Universidad de Oviedo y esta preparando su tesis doctoral sobre el ajuar doméstico y la vivienda en Asturias en los siglos XVII al XIX. Él es el autor de esta noticia sobre las casas en L.leitariegos en 1752.

  LOS TEITOS EN L.LEITARIEGOS EN 1752

por Xuan F. Bas Costales

Libro de bienes del Catastro de Ensenada del coto de L.leitariegos, 1752. Archivo Municipal de Cangas del Narcea

Entre los fondos del Archivo Municipal de Cangas del Narcea se encuentra un documento de gran valor para el estudio de las construcciones existentes en el antiguo coto de L.leitariegos a mediados del siglo XVIII. Se trata del único tomo del catastro promovido por el marqués de la Ensenada en 1752 que se conserva del concejo, perteneciente a ese coto que estaba integrado por los pueblos de las parroquias de Brañas y Trescastru. La información que ofrecen las relaciones de bienes que dan los vecinos sobre sus casas y otras construcciones auxiliares nos permite reconstruir sumariamente la arquitectura de los pueblos de la zona, caracterizada por el predominio de teitos o cubiertas vegetales.

Corte o cuadra de casa El Roxu cubierta de paja de centeno en Xinestosu, 1927. Fotografía de Fritz Krüger

Las respuestas generales del catastro en el coto registran cincuenta y nueve casas habitables, once arruinadas «por desidia de sus dueños» y cuarenta y dos hórreos, «sin que los suelos de dichas casas tengan ningún tributo». No obstante, las respuestas particulares de los vecinos consignadas en ese único tomo se reducen a la descripción de treinta y cuatro casas y veintinueve hórreos, que se distribuyen entre los lugares de Trescastru y Brañas d’Arriba, aunque solo está completa la relación de bienes del primero con veintiséis casas y veintitrés hórreos.

El Puertu de L.leitariegos, 1944. Fotografía de J. Ramón Lueje

Las casas del antiguo coto de L.leitariegos ofrecían una gran uniformidad tanto en el material de construcción, la forma y la orientación, como en la distribución interior. Se caracterizaban por estar cubiertas mayoritariamente con paja de centeno y presentar una planta rectangular de unos 115 m2 de media. Las casas tenían una distribución interior formada en los casos más sumarios por «cozina terrena», algún dormitorio, caballeriza «para el recogimiento del ganado» y pajar. El espacio destinado a los animales y la cosecha ocupaba más de la mitad del edificio. En unas pocas casas, que eran las mejores, las caballerizas y los pajares aumentaban hasta tres o cuatro, y aparecían otras piezas como portales, bodegas y «quartos altos».

Casas y hórreo cubiertos de paja de centeno en El Puertu de L.leitariegos, 1944. Fotografía de J. Ramón Lueje

La mayoría de las casas disponía de un hórreo, e incluso alguna tenía dos. Prácticamente todos estaban cubiertos con paja y apoyaban sobre cuatro «pies de piedra», salvo una panera en Trescastru que lo hacía sobre seis. Asimismo, los vecinos de Brañas d’Arriba contaban con caballerizas «para la custodia de su ganado», cubiertas también con paja, en la cercana braña de Vil.lar d’Árbas.

Casa cubierta de paja de centeno en Brañas d’Arriba, 1927. Fotografía de Fritz Krüger.

La arquitectura de Brañas d’Arriba que describe el catastro en 1752 no era muy diferente de la que se encontró el filólogo y etnólogo alemán Fritz Krüger cuando visitó el pueblo en 1927, a pesar de que ya habían aparecido «tres casas de nueva construcción con tejados de pizarra». Desde entonces, sin embargo, las cosas han cambiado mucho y no queda en pie ninguna construcción con cubierta de paja en el pueblo ni prácticamente en el resto de la parroquia.

Sección

 

Las imágenes de la derecha muestran la sección y planta de una casa de L.lamera similar a las que habría en L.leitariegos en 1752. En la parte superior están la cocina terrena y un cuarto, y en la inferior la cuadra y el pajar. Dibujos de Armando Graña García.

 

 

Planta

 

La “poznera” en Cangas del Narcea

As de bastos en Casares

Cristina Cantero Fernández es una joven licenciada en Geografía e Historia que investiga en el campo de la etnografía y la historia de Asturias. Durante varios años formó parte del equipo de investigadores que constituyó la Junta General del Principado de Asturias para documentar y conocer en profundidad el Derecho Consuetudinario Asturiano. La “poznera” es una de las veinte figuras que aun hoy permanece vigente de este derecho y por ello nos ha parecido conveniente solicitar a Cristina Cantero una noticia sobre esta costumbre. Además, es probable que mucha gente no sepa interpretar el significado de las marcas que aparecen grabadas en los troncos de muchos castaños.

 El derecho de poznera en Cangas del Narcea

por Cristina Cantero Fernández

En el concejo de Cangas del Narcea aun sigue viva la antigua

Nuevos materiales para viejas costumbres: saetas marcadas con aerosol en Adralés

costumbre de la poznera, que fue recogida en las Ordenanzas Generales del Principado de Asturias de 1659 y que, hasta hace poco, estuvo generalizada en toda nuestra comunidad autónoma. 

La poznera es el derecho de los vecinos de un pueblo a plantar árboles en sus montes comunales y aprovecharlos privativamente mientras el árbol esté con vida. En ese tiempo, su dueño puede podarlo, fradarlo, cosecharlo y recoger los frutos, hojas y leñas caídos al suelo, siempre que caigan bajo la copa del árbol, porque si están fuera cualquier vecino puede cogerlos. También puede talar el árbol y usar su madera cuando quiera, pero el tocón que queda semienterrado se considera parte del suelo y ya pasa a ser de propiedad comunal. No obstante, como esta práctica daba lugar a malentendidos y riñas entre los vecinos, se crearon varias soluciones intermedias. Por ejemplo, si el tocón retoña, se entiende que el árbol ha revivido y con él su derecho de poznera; y si nace un árbol junto al tocón, se juzga que, en primer lugar, pertenece al dueño de éste, aunque, si no lo quiere, cualquier vecino puede tomarlo. 

Hoja de helecho en San Pedru Las Montañas

Existen dos medios para tener un árbol en poznera dentro de los montes comunales: trasplantar allí los retoños cultivados en los pevidales o viveros que tienen los vecinos junto a sus huertos, o apropiarse de los retoños que nacen de forma natural en el monte, marcándolos con un signo propio. 

Precisamente, las marcas que los dueños de árboles en poznera graban en su tronco para identificarlos son una de las características más interesantes de esta figura jurídica. Cada casa del pueblo tiene un signo particular, trasmitido de padres a hijos, que adopta un repertorio variado: grupos de rayas solas o combinadas con aspas, una saeta, una cruz; dibujos esquemáticos de elementos cotidianos, como el tres de bastos de la baraja, una espiga, una hoja de helecho, un yugo, una escalera, la cabezada del arado, una media luna, etc.; y, más recientemente, las iniciales del nombre propio o números. Siempre son motivos de trazo muy sencillo para poder grabarlos fácilmente con navaja y no dañar los árboles, porque se marcan cuando son muy jóvenes, apenas plantones, y si el dibujo es complicado

Marcos del pueblo de San Romanu de Bisuyu dibujados por un vecino

se corre el peligro de romperlos o cortarles la savia y matarlos. 

La mayoría de los árboles disfrutados en poznera eran frutales, como castaños, nogales, avellanos, perales o ciruelos. Pero también afectaba a especies maderables como el roble, que antes se vendía para construir edificios o hacer traviesas de ferrocarril, o el abedul y la haya que, debido a la flexibilidad y suavidad de su madera, se utilizaban para fabricar madreñas. Hoy en día casi todos los árboles en poznera de Cangas del Narcea son castaños, sobre todo porque la Asociación de Castañicultores de Asturias, creada en el concejo en 2006, está potenciando su cultivo. Gracias a ella, la poznera tiene una utilidad práctica para los vecinos y, sin duda alguna, esto es lo que asegurará su permanencia en el futuro en Cangas del Narcea.

 

El juego de los bolos

Armando los bolos en la l.labana, Riegla de Cibea, mayo de 1953

En otros tiempos, el juego de los bolos era el deporte y entretenimiento por excelencia de muchos cangueses. En las últimas décadas había decaído bastante, pero en estos últimos años ha vuelto a recuperarse y otra vez las boleras vuelven a tener mucha vida. El juego de bolos es una actividad muy sociable, que sirve para unir a diferentes generaciones en torno a la bolera, y para estrechar lazos con pueblos y concejos vecinos. La labor de recuperación ha sido el resultado de unas cuantas personas que en 1999 fundaron en el concejo de Cangas del Narcea la “Asociación Bolo Vaqueiro”, en la que actualmente se agrupan 22 peñas y 368 socios.

Tirando la bola en Riegla de Cibea, mayo de 1953

La mayoría de las peñas son de nuestro concejo, pero también hay de Degaña, Caboalles de Arriba y Villablino. Entre las actividades de esta asociación destacan las competiciones que organiza y la difusión que lleva a cabo entre los más jóvenes.

Las fotografías antiguas sobre este juego en Cangas del Narcea son escasas. Nosotros conocemos muy pocas. Hoy presentamos en la web del «Tous pa Tous» tres imágenes tomadas en la bolera de la Riegla de Cibea por José Ramón Lueje Sánchez (1903-1981), conocido montañero asturiano, muy aficionado a la fotografía, que en sus excursiones fotografió muchos momentos de la vida cotidiana del mundo rural asturiano.

Tirando la bola en Riegla de Cibea, mayo de 1953

Las tres fotografías fueron realizadas en mayo de 1953 y en ellas se ven a varios vecinos de Cibea armando 22 bolos en la “l.labana” y tirando las bolas. A Lueje, que era natural de Infiesto y vivía en Gijón, debió de llamarle mucho la atención nuestro juego de bolos y, sobre todo, el movimiento del tirador cuando lanza la bola. Las imágenes también sirven para ver como viejos, mozos y nenos convivían en la bolera.